domingo, 28 de julio de 2013

Melqíades y los tres anillos

Giovanni Bocaccio

MELQUIADES Y LOS TRES ANILLOS

EL DECAMERÓN. PRIMERA JORNADA. NARRACIÓN TERCERA


    El judío Melquiades, con un cuento sobre tres anillos, elude un
peligro que Saladino le aprestaba.

    * * *

    Alabada por todos la narración de Neifile, cuando ésta calló,
Filomena, con licencia de la reina, comenzó a hablar de esta guisa:

    -El relato de Neifile me trae a la memoria otro espinoso caso
antaÑo acaecido a un judío. Ya se ha dicho bastante acerca de Dios y
de la verdad de nuestra fe, y por ello no desdecirá el descender a los
lances y actos de los hombres con una narración que acaso, después
de oída, os haga más cautos en las respuestas a las preguntas que os
formularen. Debéis saber, amadas compaÑeras, que así como la
necedad nunca aporta dicha, y aun pone en grandísima miseria, así el
buen sentido saca de grandísimos peligros al sabio y le reporta grande
y seguro reposo. Y como el hecho de que la necedad conduce a muchos de
buen estado a miseria, es cosa que por hartos ejemplos se ve, no hace el
caso que los relatemos, puesto que en mil ejemplos aparece ello
manifiesto. Pero que el buen juicio puede dar consuelo, como es de
razón, en un cuentecillo, como os prometí, mostraré concisamente.

    Saladino, cuyo valor fue tal que le elevó de hombre pequeÑo a
sultán de Babilonia, haciéndole obtener muchas victorias sobre
sarracenos y cristianos, había, en diversas guerras y muchísimas
magnificencias, consumido su tesoro; y haciéndole falta una buena
cantidad de dinero y no viendo de dónde sacarla tan prestamente como
la necesitaba, acudióle a la memoria un judío llamado Melquiades,
que prestaba con usura en Alejandría. Pero era tan avaro, que por
voluntad propia nunca habría prestado a Saladino, y éste no quería
forzarle. Mas, apretándole la necesidad, aplicóse por entero a
hallar el modo de que el judío le sirviese, y resolvióse a hacerle
fuerza, aunque coloreándola de alguna apariencia de razón. Y,
habiéndole hecho llamar y recibiéndole familiarmente, mandóle
sentar y le dijo:

    -Hombre de pro, por muchas personas he sabido que eres muy sabio y
muy entendedor en las cosas de Dios; y por ello me placería saber de
ti cuál de las tres religiones reputas mejor: la sarracena, la judía
o la cristiana.

    El judío, que era, en efecto, sabio, comprendió bien que
Saladino quería atraparle en lo que dijese para buscarle alguna
dificultad, y también pensó que, si loaba alguna de las tres
religiones más que las otras, Saladino advertiría su intención. Y
como necesitaba respuesta en que no pudieran cogerle, aguzó el ingenio
y a poco, ocurriéndosele lo que decir debía, manifestó:

    -SeÑor, buena es la pregunta que me habéis hecho, y para deciros
lo que siento, me convendrá contaros y haceros oír un cuentecillo.
Si no yerro, recuerdo muchas veces haber oído hablar que un hombre
poderoso y rico tenía entre las más preciosas joyas de su tesoro un
anillo valioso y bellísimo. Y queriendo honrarlo por su valor y
belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes, ordenó que aquel
de sus hijos a quien después de muerto él, se le encontrara el
anillo, fuese tenido por su heredero y por todos, como mayor, fuera
reverenciado y honrado. Aquel a quien el anillo se legó tomó igual
medida con sus descendientes, obrando como lo hiciera su predecesor. Y,
en resolución, el anillo pasó de mano en mano a muchos sucesores, y
últimamente a las de uno que tenía tres hijos virtuosos y buenos y
muy obedientes a su padre, por lo que éste amaba a los tres por igual.
Y los mancebos, conocedores de la historia del anillo y deseando cada
uno ser más honrado entre los suyos, rogaban todos a su padre, que era
viejo ya, que cuando muriese, aquella joya le dejase. El buen hombre,
que a todos amaba lo mismo, no sabía a quién elegir para legársela
y, habiéndola prometido a todos, quiso satisfacer a los tres. Así,
secretamente encargó a un artífice que hiciera dos anillos tan
semejantes al primero que él mismo, que los encargara, apenas sabía
distinguir el verdadero. Y, a punto de muerte, y en secreto, dio uno a
cada uno de sus hijos. Éstos, tras la muerte del padre, quisieron
todos adquirir la herencia y el honor y, negándoselos uno al otro, los
tres, en testimonio de su derecho, sacaron sus respectivos anillos. Y
halláronlos tan parecidos entre sí, que no se podía conocer cuál
fuese el verdadero, por lo que la cuestión de cuál debía ser el
verdadero heredero del padre quedó en suspenso, y aún en suspenso
está. Y por eso os digo, seÑor, que respecto a esta cuestión que
me propusisteis sobre las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios,
su padre, he de contestaros que cada uno tiene su herencia y su
verdadera ley, cuyos mandamientos se cree obligado a cumplir, pero, como
en los anillos, aún sigue en suspenso la cuestión.

    Saladino comprendió cuán perfectamente había escapado aquel
hombre de la trampa que a los pies le había tendido, y resolvió
exponerle abiertamente su necesidad y ver si quería servirle. Y así
lo hizo, explicándole lo que en su ánimo se había propuesto hacer
si discretamente no le hubiera su colocutor respondido. El judío
ofreció libremente servir a Saladino en lo que éste hubiera
menester, y Saladino, más adelante, pagóle íntegramente, además
de lo cual le colmó de grandísimos dones y siempre por amigo le
tuvo.

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