lunes, 18 de marzo de 2019

El budismo ¿ una doctrina nueva? (Julius Evola)



El budismo ¿ una doctrina nueva?

La Doctrina del Despertar. Capítulo III. Lugar histórico de la doctrina del despertar
Biblioteca Julius Evola

Desde el punto de vista de la historia universal, el budismo surge en un periodo en que en toda una serie de civilizaciones tradicionales ocurrió una crisis, que unas veces se solucionó positivamente gracias a reformas o renovaciones oportunas y otras tuvo final negativo que dio lugar a ulteriores fases involutivas o de desintegración espiritual. Este periodo, por algunos calificado de "climaterio" de las civilizaciones, ocurrió hacia los siglos VIII Y V a. C. Fue en un periodo así que en China se afianzaron las doctrinas de Lao-tzu* y de K’ung-fu-tzu (Confucio), quienes representan una renovación de elementos de una tradición más antigua, en el plano metafísico en el primero de los dos y en el eticosocial en el segundo. Por la misma época se supone que apareció Zaratustra, con quien en la tradición irania se operó una transformación similar. Y en la India tuvo una función análoga el budismo, el cual significó una reacción y al mismo tiempo un enaltecimiento; por el contrario, como hemos tenido ocasión de subrayar en otras obras, parece que en Occidente, en general, prevalecieron los procesos decadentes.[16] El periodo que estamos señalando es precisamente aquel en el que decae la antigua Hélade, aristocrática y sacra; es aquel en que sobre la civilización solar y regia de Egipto se sobrepone la religión de Isis, junto con ciertas formas místicas populares y espurias; es aquel en que, con el profetismo, en Israel se preparan los más peligrosos fermentos de corrosión y de subversión espiritual para el mundo mediterráneo. La única contracorriente positiva en Occidente parece haber sido Roma, que nació en este mismo periodo y en determinado momento fue una creación de alcance universal, en gran medida dominada por su espíritu original.[17]

Regresando al budismo, no hay que concebirlo, como quieren algunos que hacen suyo indiscriminadamente el punto de vista brahmán, como una rebelión antitradicional, similar a su modo a la que representaría el protestantismo frente al catolicismo;[18] y menos toda­vía como una doctrina "nueva", producto de una lucubración aislada que hubiera logrado imponerse. Fue, por el contrario, una adaptación de la tradición prístina; adaptación que tuvo bien presentes las condiciones del tiempo en que se hizo necesaria, con lo que limitó y dio una formulación distinta a enseñanzas preexistentes.

Pueden aducirse no pocos indicios del hecho de que la doctrina budista no buscó la originalidad, sino que reivindicó un carácter universal, un tradicionalismo en sentido superior. El propio Buda dice, por ejemplo: "Es así: aquellos que en tiempos pasados fueron santos, perfectos despertados, incluso estos sublimes encaminaron así tan justamente a los discípulos a tal fin, como aquí ahora son encaminados así tan justamente por mí los discípulos; y aquellos que en tiempos futuros serán santos, despertados perfectos, también estos sublimes encaminarán así tan justamente a los discípulos, como aquí ahora son encaminados así tan justamente por mí los discípulos".[20] Lo mismo se repite en lo referente a la purificación del pensamiento, la palabra y la acción;[21] lo mismo, acerca del justo conocimiento de lo que es decadencia y muerte, de su origen, de su fin y del camino que conduce a su fin; lo mismo, acerca de la doctrina del "vacío" o "vacancia", sunnata,[22] La doctrina y la vita divina anunciadas por el príncipe Siddhartha son llamadas reiteradamente "no ligadas al tiempo", akaliko.[23] Se habla también de "antiguos santos, despertados perfectos"[24] y se retoma el motivo tradicional que se refiere a un lugar (aquí llamado "la Garganta del Vate"), donde ya antes habría desaparecido toda una serie de pacceka-buddha, o sea, seres que por sí mismos, aisladamente, alcanzaron la suprahumanidad y el mismo despertar perfecto que el príncipe Siddhartha.[25] Son recriminados quienes están "sin fe, sin devoción, sin tradición".[26] Se repite: "De lo que para el mundo de los sabios no existe, yo digo ’no existe’, y de lo que para el mundo de los sabios existe, yo digo ’existe ’[27] Indicación interesante: de la "extinción", fin de la ascesis budista, en un texto se habla como de algo que "conduce a los orígenes"[28] A esto añádase el simbolismo de un gran bosque, donde se descubre "un antiguo sendero, un sendero de hombres de otros tiempos". Siguiéndolo, Buda encuentra una ciudad regia y pide que sea restaurada.[29] En otro lugar, Buda declara el sentido de lo anterior de manera más explícita: "He visto el camino antiguo, el viejo camino hollado por todos los Perfectos de un tiempo; éste es el sendero que yo sigo".[30]

Notas 

[15] Bhagavad-gita, IV, 1-2.
[16] Evola, J., Rivolta contra ... , op. cit.; Careo ... , op. cit.; Gli uomini e le rovine (1953), Ed. Settimo Sigillo, Roma’, 1990. (N de G. d. T.)
[17] Sobre este significado de Roma como "renacimiento" de un legado primordial, véase nuestro Rivolta contra ... , op. cit.
[18] Éste es el punto de vista que sostuvo en un principio R. Guénon, L’homme et son devenir selon le Vedanta, París 1925, pp. 111 Y ss., al que nos resulta imposible adherirnos. Más correctas son las ideas de Coomaraswamy, A. c., Hinduism and Buddhism, Nueva York, 1941, aunque en su libro es visible la unilateralidad al resaltar todo cuanto en el budismo es valorable desde el punto de vista brahmánico, descuidado el específico significado funcional que tuvo frente a la precedente tradición hindú.
[19] Digha-nikayo, 111, 12.
[20] Majjhima , LI (11, 3-4).
[21] Majjhima , LXI (11, 3-4).
[22] Samyutta , XII, 33; Majjhima ... , CXX (iii, 184).
[23] Majjhima , XCII (11,443).
[24] Majjhima , LXXV (11,234); LXXXI (11, 3 12).
[25] Majjhima , CXVI (111, 136-7); CXXIII (I1I, 195).
[26] Majjhima , CII (I1I, 23).
[27] Samvutta .. ., XXII, 94.
[28] Mahaparinirvana-sutra, 52-53 (se trata, sin embargo. de la tradición china del texto).
[29] Samyutta.,., XXII, 94.
[30] Samyutta.,., III, 196. Es interesante que en el mito, Buda consiguió el despertar bajo el Árbol de la Vida, situado en el "ombligo" de la Tierra, donde también todos los budas precedentes consiguieron el conocimiento trascendente. Esto remite a la teoría del "Centro del Mundo", que se representa como una especie de crismón [letras iniciales del nombre de Cristo en griego] de tradicionalismo y de ortodoxia iniciática dondequiera que se restablece el contacto con los orígenes.



viernes, 15 de marzo de 2019

¿SE PUEDE SER A LA VEZ BUDISTA Y CRISTIANO? (Alain Delaye)



¿SE PUEDE SER A LA VEZ BUDISTA Y CRISTIANO?


SAGESSE DU BOUDDHA .RELIGION DE JÉSUS
Bouddhisme et christianisme des origines á nos jours
Alain Delaye
Editions Accarias L’ORIGINEL. Paris 2007, pp. 351-353

La dificultad de llamarse cristiano y budista al mismo tiempo aparece claramente en el libro de Dennis Gira: El Loto o la Cruz (Bayard-2003). Este autor explica aquí por qué, a pesar de su larga asociación con el budismo y los budistas y su simpatía por ellos, persiste en llamarse cristiano. La razón de esta elección es que su experiencia fundamental de ser humano se sitúa en sus relaciones interpersonales. Sin embargo, sólo el cristianismo, piensa él, enfatiza esta dimensión esencial de la existencia. Esta convicción le lleva a confesar los datos de la base de la fe cristiana: la existencia de un Dios personal revelado en Jesúcristo y concediéndonos en Él su perdón, las premisas de nuestra resurrección y el fundamento de una comunión universal en el amor. Estas posiciones se reclaman en último extremo del "misterio de la persona". Aunque van acompañadas de una apertura y cuidado que contrasta con las actitudes del pasado muchos pensadores cristianos, no hacen avanzar mucho mucho en el diálogo interreligioso.

Muy diferente es el texto publicado más recientemente en el que Dennis Gira deja sus declaraciones algo solipsista para exponerse, con su amigo Fabrice Midal (budista), a un diálogo interreligioso purificador y constructivo: Jesús Buda. ¿un posible encuentro? (Bayard - 2006). En este libro donde las cuestiones teóricas más fundamentales se mezclan con las confidencias más personales, ambos autores avanzan, a través de una serie de cartas, hacia una toma de conciencia más viva de la autenticidad de sus respectivos enfoques y del desacuerdo que los separa. Ningún autor sale convertido a la religión del otro, pero sin duda más comprensivo a su favor, así como hacia su propia religión.

Sin embargo, no es sólo el problema existencial de las relaciones interpersonales levantado por Dermis Gira, que está impidiendo que algunos cristianos se conviertan en budistas; El, más teológico, de la mediación universal de Cristo, a algunos les parece que es insuperable. ¿Cómo conciliar en efecto la doctrina de un único salvador del mundo, mediador exclusivo entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:4-6), con el, búdico, de una salvación vehiculada a través del ejemplo, la palabra  y la comunidad de Buda (el triple refugio)? A pesar de los encomiables esfuerzos para relativizar el cristianismo en tanto que religión culturalmente situada, el acontecimiento que Jesús representa, a saber, la irrupción única y definitiva del Absoluto encarnado en la historia (Col.2.9), parece hacer imposible que se pueda seguir a dos maestros al mismo tiempo.

Por otro lado, el teólogo Anthony Fernando, en su libro Budismo y cristianismo. Recorrido y enseñanzas cruzadas (In Press - 2002), declara: "No tengo dificultad en admitir que alguien pueda ser, al mismo tiempo, totalmente budista y totalmente cristiano. » (p. 14)

Entre estas dos posiciones, el teólogo Claude Geffré considera la posibilidad, para que un discípulo de una gran religión no cristiana se convierta en un cristiano sin renegar sin embargo de su experiencia religiosa anterior. Entonces cree que es posible una especie de doble pertenencia: "Si se considera la religión como un sistema cerrado, entonces sí que sería temerario afirmar que uno puede ser a la vez cristiano, hindú o budista. Pero si entendemos la religión como una experiencia y como entrega total de uno mismo a un Misterio más grande que uno mismo, entonces es posible afirmar una continuidad entre mi experiencia cristiana y mi experiencia espiritual anterior. Es la misma experiencia del Absoluto que será mediada por diferentes objetivaciones de orden simbólico, conceptual y ritual diferentes. (...) Entonces tendríamos derecho a hablar de la aparición de una figura inédita del Cristianismo. Y eso sería para probar que puede haber un buen uso del sincretismo." 570 Este razonamiento puede aplicarse a un cristiano que decide devenir hindú o budista sin negar su experiencia cristiana preliminar.Se trata ahí más que una hipótesis teórica si se la juzga , en el lado hindú, por los casos del Padre Monchanin y de Dom Henri Le Saux que recibieron el darshana de Ramana Maharshi y fundado el ashram de Satchitananda, y en  el lado budista por el recorrido del Padre Hugo Lasalle, jesuita, que recibió la transmisión del zen dentro de la Escuela Sambo Kyodan, cambió su nombre a Εnοmiya-Lasalle, y que es considerado el pionero del Zen cristiano. A la que se puede añadir Karlfried Graf Dürckheim, también un ardiente promotor del Zen cristiano.

Si ahora nos movemos de estos conocedores pioneros a residentes fronterizos más  modestos, podemos, con Frédéric Lenοir 571, elaborar una tipología de personas que recibieron una educación cristiana en su infancia, pero que más tarde se vieron afectados por el budismo. Así es como distingue, según su grado de implicación en éste, entre el simpatizante, el próximo y el practicante. Para estas personas, las barreras intelectuales generalmente juegan un papel poco importante y los aspectos emocionales y prácticos de la religión son a menudo dominantes. Son sensibles al silencio, a la meditación, para trabajar en las emociones, para mostrar compasión. Algunos de ellos reivindican una afiliación cristiana o budista, pero también se encuentra otras que se sienten cristianos (o judíos) y budistas. Como esa asisteta social que concluye una entrevista diciendo: "Yo no elijo (...) el budismo me ha acercado al cristianismo (...) No funciona por escisión o por exclusión. La prueba es que retorno con un tipo de evidencia al catolicismo. Y es una reconciliación tranquila, sin culpabilidad  por renegado de nada en absoluto. “Esto ilustra aún más la hipótesis de Claude Geffré sobre la doble pertenencia.

Notas

570 De babel a Pentecôte (Cerf-2006) p.630
571 Le boudhisme en France (Fayard-1999) p.339s
572 Ibidem p.192

martes, 12 de marzo de 2019

LABERINTOS (Jean Hani)


LABERINTOS

Le Symbolisme du Temple Chretien
Jean Hani

CAPÍTULO XI

La cuestión de los laberintos trazados en el suelo de algunas iglesias podría parecer, a primera vista, bastante secundaria y, por esta razón, no ser objeto de examen en una obra que, lo repetimos, quiere ceñirse a lo esencial. Si, con todo, hablamos de ella, no es para satisfacer la justa curiosidad de los aficionados al arte que visitan nuestros viejos edificios religiosos, sino también, y sobre todo, porque el estudio de la naturaleza y la utilización de los laberintos puede proyectar una nueva luz sobre el significado del propio templo.
                                                                           * * *
El uso de los laberintos parece realmente haber sido muy generalizado, cuando menos en algunos países. En Francia se conservan los de Saint-Quentin, Amiens, Bayeux, Chartres, Poitiers y Guingamp, pero había muchos más, hoy desaparecidos, como los de Arras, Auxerre, Reims y Sens. Los hay en Inglaterra y Alemania; y en Italia, en Pavía, Plasencia, Cremona, Luca, etc. Su origen se remonta ciertamente a muy antiguo, puesto que se encontró uno en los restos de la antigua basílica cristiana de Orléansville (Castellar Tingitanum). Su analogía, por lo menos «literaria», con el famoso laberinto de Creta es cierta y viene atestiguada por inscripciones y representaciones, como veremos en seguida. Pero, ¿hay que ir más lejos y buscar en esta dirección el origen histórico de nuestros laberintos, tomando en cuenta, con Evans, el hecho de que el tipo «basilical» de los edificios podría muy bien haber nacido en Creta? Esto queda en el campo de las hipótesis. Señalemos aún la interesante observación de Autran sobre la distribución de los laberintos en las iglesias de Europa, distribución que coincide, según él, con la de los megalitos; se han encontrado, por otra parte, laberintos grabados en piedras megalíticas, como las del Museo de Dublín. La hipótesis de una transmisión por la civilización megalítica no debe, pues, ser descartada. Por lo demás, no nos detendremos en estas consideraciones de orden histórico, que no encajan directamente en nuestra perspectiva, y nos dedicaremos en seguida al estudio de los laberintos como tales.

Algunos de ellos están colocados en la nave a la altura del crucero, pero la mayoría están trazados al comienzo de la nave, y se presentan al fiel tan pronto como éste franquea la puerta. El laberinto está constituido por una serie de círculos concéntricos y, a veces, como en Amiens, por octógonos concéntricos, lo que viene a ser lo mismo, como ya hemos dicho. El centro está dibujado con claridad y, a veces lo ocupa una representación o un motivo geométrico; y este centro es el punto de intersección de dos ejes perpendiculares, que dibujan una cruz visible a través de los repliegues a menudo muy sinuosos de las líneas de los círculos.

¿Cuál era el sentido de estas figuras y a qué se destinaban? Rechazamos, por supuesto, la tesis de quienes no ven en ellas sino un motivo ornamental puro y simple, por las razones ya expuestas al hablar de los campanarios. Además, aparte de estas razones muy generales, existe una, absolutamente decisiva, para que no nos atengamos a esta falsa explicación, y es que sabemos expresamente que los laberintos servían para unos ejercicios de devoción que se beneficiaban de ciertas indulgencias. Pero antes de examinar de qué se trataba, que es lo que constituye el meollo de la cuestión, apuntemos una primera explicación de esos misteriosos dibujos. Se ha querido ver en ellos la firma colectiva de asociaciones de «Compagnons» constructores, lo cual es tanto más verosímil cuanto que, en algunos casos, como en Amiens, por ejemplo, el maestro de obras se había hecho representar en la parte central. Por otro lado, el laberinto está formado por una línea continua, por lo que ofrece una semejanza con la «cuerda de nudos» o los «lagos de amor», símbolos bien conocidos de las corporaciones de artesanos y que representan, entre otras cosas, el vínculo que une entre sí a los miembros de esas organizaciones. Pero afirmar de los laberintos este papel de «firma» no hace más que alejar la verdadera explicación, que está ligada a la naturaleza misma del objeto y que justificaba su adopción por las corporaciones de oficios.

Una primera aproximación nos viene dada por el hecho conocido de que los laberintos fueron utilizados en la Antigüedad para proteger casas y ciudades contra las influencias maléficas. Knigh, en su libro Cumaean Gates (1936), lo ha demostrado, especialmente a propósito de casas griegas arcaicas en modelos reducidos encontradas en Corinto, y en cuyos muros exteriores hay grabados laberintos (nótese, a este respecto, que la Corinto arcaica muy bien pudo haber sufrido una influencia micénica y, a través de ésta, cretense). Por esta razón, lo relacionaremos con la situación de los laberintos de Inglaterra, que son pequeños monumentos levantados en el exterior y junto a las iglesias. Que los laberintos hayan podido desempeñar, pues, un papel de «exorcismo» con respecto a las potencias del mal no queda descartado. En un mismo orden de ideas, los fosos y las murallas de las ciudades, en la Edad Media, eran consagrados ritualmente contra los asaltos del demonio, de la enfermedad y de la muerte. En este caso, su ubicación cerca de la puerta del templo se justificaría plenamente.

Pero, en fin, esta función apotropaica no ha sido probada por lo que respecta a nuestras catedrales, y, en cualquier caso, no es la esencial. Su destino era ante todo de orden espiritual, lo cual viene demostrado tanto por la tradición como por la propia estructura de los laberintos, como hemos indicado antes.

Si, en esta estructura, consideramos los círculos con sus repliegues y los ejes que se superponen a ellos, quedaremos asombrados por la semejanza de la figura con la tela de araña, que es el modelo natural del tejido. Los cuatro brazos de la cruz constituyen la urdimbre del tejido, mientras que la trama viene representada por las lineas concéntricas y sus repliegues. En el simbolismo universal, el tejido representa el mundo, la existencia, concebida a veces como la construcción de la Araña cósmica, imagen del Artesano supremo. Bajo este aspecto, lo que destaca en el laberinto es la complicación de la trama, la dificultad de orientarse en sus repliegues, y la figura representa la existencia humana, la vida con sus vicisitudes de todo tipo, consecuencia del estado humano y de su inmersión en el mundo. La entrada en el laberinto es el nacimiento, y la salida, la muerte. Leemos, a este respecto, en un manuscrito hermético de la Edad Media conservado en San Marcos: «Viendo estas mil espirales, que van del interior al exterior, estas bóvedas esféricas, que de este lado y el otro vuelven sobre sí mismas, reconoce el curso cíclico de la vida, que te revela así sus recodos resbaladizos y sus caminos tortuosos. Él se despliega concéntricamente y se enrosca sutilmente en espirales compuestas, al igual que en sus roscas la Serpiente del Mal repta y se desliza, a veces a plena luz y a veces en secreto...» 1 Abandonado a si mismo, el hombre es incapaz de orientarse, y se pierde, como Dante, en el «bosque oscuro». Para volver a encontrar el camino ha de poseer el «hilo de Ariadna», que no es otra cosa que los propios repliegues concéntricos, cuyo enmarañamiento es sólo aparente puesto que ellos están constituidos, de hecho, por una línea continua, el «hilo de la existencia». En lenguaje cristiano, el «hilo» que permite al hombre volver a encontrar su ca

1. Publicado en Cahiers du Sud, 8-9, 1939.

ino es la Gracia divina. ¿Es temerario ver una interpretación en este sentido del mito de Teseo, en una inscripción grabada sobre el laberinto del Duomo de Luca: «He aquí el laberinto de Creta construido por Dédalo, del que nadie, una vez dentro, puede salir, salvo Teseo, ayudado graciosamente por el hilo de Ariadna...»? Theseus gratis Adriane (sic) stamine jutus. Hay que prestar mucha atención a esta palabra, gratis, la misma que gratia, la Gracia. Ariadna es la gracia divina que ayuda a Teseo en su lucha contra el monstruo, es decir, al hombre que combate el mal. Esta exégesis alegórica de un mito antiguo en sentido cristiano está totalmente en la línea del pensamiento de los primeros siglos y de la Edad Medía. En el centro del laberinto de Chartres, por otra parte, había representada antaño, igualmente, la escena del combate de Teseo, lo cual constituye un fuerte indicio en favor de la exégesis que proponemos.

Acabamos de hablar del centro de la figura, y esto nos lleva a la segunda forma de considerarla. Ya no consideraremos ahora los repliegues y su desorden, sino los cuatro brazos o ejes cuya intersección pasa por el centro de la figura. Pues bien, notémoslo, nos encontramos ante un diagrama análogo al que rige la fundación del templo: una cruz inscrita en un círculo. Además, la existencia de laberintos cuadrados, como el de Orléansville, muestra claramente que nos encontramos aquí en el mismo terreno simbólico del círculo y su cuadratura. Así, el laberinto se nos presenta con evidencia como un símbolo cósmico, un microcosmo, una «imagen del mundo», en la cual la cruz cardinal, emanación del centro, ordena el «caos», al menos aparente, de los repliegues 2. Lo que cuenta, pues, en la figura, es el centro, el cual se identifica con el Centro del mundo, y al cual van a dar las líneas. Esta es la razón por la cual, en la Edad Media, se llamaba a los laberintos «caminos de Jerusalén», al estar situada necesariamente la ciudad santa, como ya hemos dicho, en el centro del mundo. El recorrido del laberinto hacía las veces,  en algunos casos, del peregrinaje a Jerusalén y había indulgencias asociadas a esta práctica, prueba de que se la tomaba muy en serio. No se trataba sino de lo que se denomina el «viaje al centro» o, si se quiere, «la orientación espiritual» del ser, del que el peregrinaje constituye sólo un aspecto exterior. El peregrinaje, en cuanto marcha ordenada a un centro consagrado, constituye una victoria sobre el espacio y el tiempo, porque su objetivo se identifica ritualmente con el Objetivo supremo, con el Centro supremo, que no es otro que Dios, y, a niveles inferiores, con la Jerusalén celeste y con la Iglesia. Así, en el centro del laberinto de Orléansville puede verse un «cuadrado mágico» cuyas letras componen las palabras Sancta Ecclesia.

2. La Iglesia Sainte Foy de Saverne posee un laberinto en cuyos ángulos están representados los cuatro ríos del Paraíso.

Puede encontrarse quizá una confirmación a lo que decimos en la concepción y el empleo del mandala de los hindúes. El mandala es un diagrama formado por círculos concéntricos inscritos en un cuadrado y, en la tradición hindú, se le considera expresamente una imago mundi. Sirve para las iniciaciones: se traza en el suelo, y el neófito recorre sucesivamente sus distintas zonas para alcanzar el centro. Este viaje al centro es, en el fondo, lo mismo que la procesión ascendente de los fieles hindúes por las escaleras que, por la pendiente del templo-monña, les conducen a la capilla de la cúspide, situada sobre el eje vertical e identificada al Paraíso. El mandala puede ser considerado como la proyección sobre un plano de las espiras del camino por las pendientes del templo, imagen de la ascensión de la montaña cósmica del paraíso. Ocurre exactamente lo mismo con el laberinto: análogo a la figura crucicírcular de los ritos de fundación, él constituye, en el templo, algo así como el diagrama esencial del propio templo en cuanto imagen del cosmos y del Centro espiritual.
En consecuencia, podemos apreciar la importancia y el sentido que recobra, en esta perspectiva, la deambulación del fiel medieval por esa red mística. Esta última no era en absoluto, como decía bastante a la ligera Cisternay, canónigo de Chartres, un «entretenimiento en el que los que no tienen nada que hacer pierden el tiempo dando vueltas». La eminente dignidad de este «peregrinaje», como por otra parte la de cualquier peregrinaje, responde al hecho de que simboliza el auténtico peregrinaje, el auténtico «viaje al centro», que es un viaje «interior» a la búsqueda del Yo. El Yo verdadero del hombre no se identifica ni con su cuerpo, esfera de las sensaciones, ni con su alma, esfera de los sentimientos, ni tampoco con su mente, campo de las ideas y de la razón, sino con su espíritu, o, para emplear el lenguaje tradicional, su corazón. Este espíritu, este corazón, es denominado también, según las escuelas espirituales, el «fondo», el «castillo interior», la «cúspide» o la «cima del alma». Allí es donde reside la esencia humana, «la imagen de Dios en el hombre»: allí está el centro de su ser. Y todo el trabajo espiritual, el objetivo único de la vida, el unum necessarium, es el de «realizar» ese Yo, es decir adquirir conciencia, con la gracia de Dios, no de forma discursiva, sino vital y ontológica, de que sólo ése es nuestro ser verdadero, de forma que todas las demás coberturas del individuo se reabsorben en ese centro vivo y luminoso, que es el «reino de Dios en nosotros», y que, en virtud de la analogía entre el macrocosmo y el microcosmo humano, se identifica con el Centro del mundo. El hombre que, por la gracia de Dios, se ha instalado en este centro, lo ve todo, el mundo y él mismo, con el propio ojo de Dios.

En el esfuerzo, largo y difícil, de concentración sobre sí mismo que debe hacer para lograr esta penetración al centro, el espíritu necesita el sostén de soportes exteriores, que canalicen la corriente sensible y la mental y las hagan entrar en la perspectiva del objetivo, ayudando así a que el hombre encuentre su propio centro. Ésta es la función de las imágenes, sean cuales fueren; aparte de los santos iconos, ha habido desde los comienzos figuras simbólicas abstractas, geométricas, construidas de forma que pusieran de manifiesto el punto central que las engendra. Es posible que el laberinto sea una de éstas. Él encaja, sin duda alguna, en la categoría de los yantras, palabra hindú que designa toda figura que sirva de soporte para la meditación y la concentración. El mandala, como hemos visto, es un yantra de uso ritual. Ahora bien, la analogía entre el mandala y el laberinto es demasiado evidente como para que uno no piense en seguida en unα utilizaciόn similar del segundo 3

Podremos hacernos una idea de lo que representaba el laberinto para el hombre de la Edad Medía, creemos, mediante un ejemplo que ofrece la doble ventaja de ser actual y bien vivo γ, por otra parte, haberse desarrollado, por lo menos en parte, en un medio cristiano. El P. Dournes ha publicado páginas excelentes sobre el arte de los Sré, una tribu de las altiplanicies vietnamitas; entre todos los temas que aborda, seleccionaremos el que nos da a conocer motivos de decoración de la cestería de los Sré.

El punto de partida de todos los trabajos es un cruce de briznas que dibujan un centro llamado nus (corazón), el cual se multiplica y se propaga en cuadrados concéntricos para formar una labor. Este «punto» de cestería es conocido como guung nus, es decir, el «camino del corazón». El cuadrado inicial agrupa las líneas de construción, γ es la figura esencial que concentra la mirada. La observación atenta de este guung nus conduce de forma natural al ojo a buscar el corazón y a concentrarse en él. Un Sré cristiano, instado a decorar una cruz, puso un nus en el centro y, en los cuatro brazos, un movimiento de espiguillas que conducía al centro, lo cual constituye un auténtico Sagrado Coracán. Otro definía el nus como el punto primordial del que todo proviene (= el centro del mundo) γ decía que el cristiano era movido de ese modo a considerar el Corazόn de Jesús como el modelo a seguir, el «punto» a continuar para «tejer» la comunidad de los hombres (L'Art Sacré, 7, 1955).

Esta noción de centro es absolutamente capital para el trabajo espiritual γ, por consiguiente, para la construcción de los objetos que son, de algún modo, sus «herramientas». Hemos comprobado ya como ella gobernaba la fundación del templo, «herramienta de meditación»; acabamos de encontrarla en el laberinto; veamos ahora como el «camino del corazón» ordena la estructura interior del templo alrededor del altar.

3. Para elucidar de forma más completa el papel del laberinto, habría que estudiar, por unα parte, por qué sirvió para ejecutar determinadas danzas rituales, y, por otra parte, considerar su emplazamiento en la Iglesia, en el centro de ésta —como el omphalos de la iglesia bizantina— o hacía la parte inferior de la nave, y la correspondencia de ese emplazamiento con las partes del cuerpo humano. Pero éstas son ya cuestiones muy complejas y que no podemos abordar aquí.

domingo, 10 de marzo de 2019

Idealismo y angelismo (Jacques du Perron)




Idealismo y angelismo

La Gauche vue de Droite  (pp. 31-33)
Jacques du Perron Ed. Pardès. Puiseaux 1993

Una vez que se conocen los fundamentos filosóficos de la izquierda, es relativamente fácil deducir sus ideas políticas. Así, el sistema democrático aparece como una consecuencia lógica y necesaria de la suposición de la razón soberana - a la soberanía de la razón corresponde la soberanía del pueblo. En democracia, todos los ciudadanos se consideran puntos matemáticos, unidades similares que se pueden sumar o restar. Las decisiones son tomadas tras una operación aritmética, cuyo resultado es una mayoría, una garantía racional de veracidad.

Por otra parte, la sustitución del monarca por el pueblo soberano tiene la ventaja de eliminar el capricho y la arbitrariedad de una conciencia aislada, a menudo equivocada, y sujeta a las seducciones de las pasiones irracionales.

La democracia también cumple el criterio del progreso, porque que está cambiando de naturaleza, ya que se basa en las fluctuaciones en la opinión pública, sustituyendo el principio hereditario por el sistema electivo, elige el movimiento y renuncia a la estabilidad, al conservadurismo. ¿Cuáles son las discusiones perpetuas en la plaza pública, si no la expresión viva de la dialéctica que procede, nosotros lo hemos visto, a través de declaraciones y negaciones. Bajo un aparente desorden, en medio de un conflicto en curso, sería en realidad un orden racional que se construiría triunfando sobre las contradicciones.
La concepción, propia del espíritu de izquierda, de la humanidad como conjunto de  seres naturalmente buenos, igualmente dotados de razón, poseyendo las mismas facultades intelectuales, se afirma también con alegría en el sistema democrático, donde las carreras  gubernamentales más diversas, desde los más humildes hasta los más altos, están abiertos a todos los ciudadanos sin excepción.

Todavía encontramos la yuxtaposición paradójica de idealismo y del materialismo en la soberanía popular: por un lado, este está fundado sobre la cantidad en detrimento de la cualidad, responde a las necesidades del número más grande –por tanto las necesidades materiales - por otra parte, al estar sin cesar en movimiento, responde a todas las esperanzas de alcanzar algún día la sociedad ideal, la perfección.

No hasta el ateísmo que no se integra perfectamente en la democracia; este régimen político comienza por renegar de fórmula religiosa Omnis potestas a Dei - "Todo poder viene de Dios" - y entonces, habiendo rechazado toda trascendencia, vino a promover una contra-religión, la de la Humanidad. Berdiaev, que sabía detectar la incredulidad en las raíces de la ideología democrática, reprocha a los demócratas la pretensión de descubrir la verdad a partir de la mayoría, de la cantidad, mientras que su origen es divino e independiente de la arbitrariedad humana.

Porque la izquierda no ha dudado en investir a todos los ciudadanos no sólo de poder temporal sino también de autoridad espiritual, contribuyendo así a la creación de una nueva entidad, un mito real, un verdadero mito: "El pueblo". Parece legítimo hablar aquí de un mito, porque se trata en realidad de una entidad fantasmagórica; cuando estábamos hablando en el la Edad Media del buen pueblo de Francia, queríamos designar a los labradores y a los artesanos, y esto correspondía a una cosa concreta, ya no es más el caso hoy en día, donde la sociedad ha sido literalmente atomizada, donde el pueblo se ha transformado en masa, que incluye, además, como Ortega y Gasset ha mostrado, elementos pertenecientes a todas las clases sociale. Para el gran estadista que fue Disraelí, el término "Pueblo" no es una noción política. A pesar de estas dificultades, la izquierda persiste en hacer un gran uso de la palabra "Pueblo" que es en realidad un nuevo "Sésamo, ábrete", una verdadera fórmula mágica que da grandes poderes a quien la pronuncia. ¡Que de crímenes permitieron a los jacobinos protegidos por el poder de ese talismán!

En el nombre del pueblo todo está permitido, y ¡ay de aquellos que son declarados enemigos del pueblo! Idealismo y angelismo de izquierda revisten al pueblo de todas las virtudes, pero está permitido demandarse, siempre desde el punto de vista de la cantidad, si la mayoría no puede ir hacia el error y la injusticia, si el número de los malvados no supera al de los buenos..., ¿no es el mal más fácil de ejecutar que el bien? En este caso, la ideología democrática conduciría, como piensa Berdiaev , al reino de los peores y no de los mejores. La izquierda afirma con gran autoridad que el gobierno del pueblo representa la mejor forma de gobierno, pero no parece que la experiencia confirma esta bella seguridad: todos los regímenes políticos contemporáneos que se llaman, sin temer el pleonasmo, democracias populares, son tiranías. Es que en verdad el poder ilimitado de todos es más aterrador que el poder despótico de uno solo. Sin embargo, esta tiranía colectiva, aunque abrumadora en su apariencia, es difícil de percibir en su mecanismo, también es necesaria toda la sutileza lógica de un Alexander Zinoviev para dejar hacer admitir que las masas nunca han participado tanto en el poder como durante el reino de Stalin. Según el lógico ruso, no sólo hubo una coincidencia histórica entre Stalin y las masas, sino que el estalinismo era un auténtico poder del pueblo. Estos puntos de vista provocativos son corroborados por historiadores y sociólogos que han estudiado el fenómeno totalitario; son unánimes en confirmar el papel primordial de las masas en el totalitarismo. "El poder supremo no es el partido sino de las gentes mismas, el poder de una abrumadora mayoría de acuerdo con el régimen. " 7 ¿Pero no dijo ya Tocqueville en el siglo pasado ese despotismo le pareció particularmente importante temible en épocas democráticas; y si volvemos a remontar de nuevo en tiempo, no encontramos advertencias comparables en Platón o su discípulo Aristóteles, que distinguió cuatro formas de democracia, y se refirió a la cuarta como "la forma colectiva de la tiranía". Independientemente de la relevancia de estas advertencias, la izquierda no puede admitirlas, porque dañan a uno de sus dogmas fundamentales, es decir, que toda la verdad, toda la sabiduría, toda la justicia reside en el Pueblo, el único soberano legítimo.

Por último, el sistema democrático, tal como se aplica hoy en día, aparece a los ojos de la izquierda como el régimen perfecto y definitivo, por lo menos como el que mejor tiende a realizar, en las condiciones actuales, lo que pretende ser sus dos principales aspiraciones: libertad e igualdad.

7 Alexandre Zinoviev. Nous et l’Occident


sábado, 9 de marzo de 2019

viernes, 8 de marzo de 2019

Escolios a un texto implícito 3 (Nicolás Gómez Dávila)



 — El ceremonial es el procedimiento técnico para enseñar verdades indemostrables.
 Ritos y pompas vencen la obcecación del hombre ante lo que no es material y tosco.

 — Si la filosofía, las artes, las letras del siglo pasado, solo son superestructuras de su economía burguesa, deberíamos defender el capitalismo hasta la muerte. Toda tontería se suicida.

 — Amor u odio no son creadores, sino reveladores, de calidades que nuestra indiferencia opaca.

 — Para desafiar a Dios el hombre infla su vacío.

 — La atrocidad de la venganza no es proporcional a la atrocidad de la ofensa, sino a la atrocidad del que se venga.
 (Para la metodología de las revoluciones).

 — Lo que la razón juzga imposible es lo único que puede colmar nuestro corazón.

 — El tono profesoral no es propio del que sabe, sino del que duda.

 — Los juicios injustos del hombre inteligente suelen ser verdades envueltas en mal humor.

 — El pueblo nunca ha sido festejado sino contra otra clase social.

 — El moderno ya sabe que la soluciones políticas son irrisorias y sospecha que las económicas lo son también.

 — Creemos confrontar nuestras teorías con los hechos, pero sólo podemos confrontarlas con teorías de la experiencia.

 — La más execrable tiranía es la que alegue principios que respetemos.

 — La exuberancia suramericana no es riqueza, sino desorden.

 — Transformar el mundo: ocupación de presidiario resignado a su condena.

 — Hastiada de deslizarse por la cómoda pendiente de las opiniones atrevidas, la inteligencia al fin se interna en los parajes fragosos de los lugares comunes.

 — Hay algo indeleblemente vil en sacrificar aún el más tonto de los principios a la más noble aún de las pasiones.

 — Los prejuicios defienden de las ideas estúpidas.

 — La presencia silenciosa de un tonto es el agente catalítico que precipita, en una conversación, todas las estupideces de que sean capaces los interlocutores más inteligentes.

 — Un cuerpo desnudo resuelve todos los problemas del universo.

 — Envidio a quienes no se sienten dueños tan sólo de sus estupideces.

 — La cultura del individuo es la suma de objetos intelectuales o artísticos que le producen placer.

 — El ridículo es tribunal de suprema instancia en nuestra condición terrestre.

 — El historiador de las religiones debe aprender que los dioses no se parecen a las fuerzas de la naturaleza sino las fuerzas de la naturaleza a los dioses.

 — A la Biblia no la inspiró un Dios ventrílocuo.
 La voz divina atraviesa el texto sacro como un viento de tempestad el follaje de la selva.

 — El sexo no resuelve ni los problemas sexuales.

 — Creyendo decir lo que quiere, el escritor sólo dice lo que puede.

 — La buena voluntad es la panacea de los tontos.

 — Quisiéramos no acariciar el cuerpo que amamos, sino ser la caricia.

 — No rechazar, sino preferir.

 — Lo sensual es la presencia del valor en lo sensible.

 — El paraíso no se esconde en nuestra opacidad interna, sino en la terrazas y en los árboles de un jardín ordenado, bajo la luz del mediodía.

 Humano es el adjetivo que sirve para disculpar cualquier vileza.

 — Hace doscientos años era lícito confiar en el futuro sin ser totalmente estúpido.
 ¿Hoy quién puede creer en las actuales profecías, puesto que somos ese espléndido porvenir de ayer?

 — “Liquidar” a una clase social, o a un pueblo, es empresa que no indigna en este siglo sino a las presuntas víctimas.

 — La libertad no es la meta de la historia, sino la materia con la cual trabaja.

 — Marx gana batallas, pero Malthus ganará la guerra.

 — La sociedad industrial está condenada al progreso forzado a perpetuidad.

 — Cuando definen la propiedad como función social, la confiscación se avecina; cuando definen el trabajo como función social, la esclavitud se acerca.

 — La verdadera gloria es la resonancia de un nombre en la memoria de los imbéciles.

 — Cuando un afán de pureza lo lleva a condenar la “hipocresía social”, el hombre no recupera su integridad perdida, sino pierde la vergüenza.

 — El hombre es un animal que imagina ser hombre.

 — Quienes se proclaman artistas de vanguardia suelen pertenecer a la de ayer.

 — Cuando sólo se enfrentan soluciones burdas, es difícil opinar con sutileza.
 La grosería es el pasaporte de este siglo.

 — Las artes florecen en las sociedades que las miran con indiferencia, y perecen cuando las fomenta la solícita reverencia de los tontos.

 — Los hombres se dividen en dos bandos: los que creen en el pecado original y los bobos.

 Demagogia es el vocablo que emplean los demócratas cuando la democracia los asusta.

 — Basta que la hermosura roce nuestro tedio, para que nuestro corazón se rasgue como seda entre las manos de la vida.

 — Las categorías sociológicas facultan para circular por la sociedad sin atender a la individualidad irreemplazable de cada hombre.
 La sociología es la ideología de nuestra indiferencia con el prójimo.

 — Para explotar plácidamente al hombre, conviene ante todo reducirlo a abstracciones sociológicas.

 — Lo que aún protege al hombre, en nuestro tiempo, es su natural incoherencia.
 Es decir: su espontáneo horror ante consecuencias implícitas en principios que admira.

 — Envejecer con dignidad es tarea de todo instante.

 — Nada más alarmante que la ciencia del ignorante.

 — El precio que la inteligencia cobra a quienes elige es la resignación a la trivialidad cotidiana.

 — El tonto no se inquieta cuando le dicen que sus ideas son falsas, sino cuando le sugieren que pasaron de moda.

 — Todo nos parece caos, menos nuestro propio desorden.

 — La historia erige y derrumba, incesantemente, las estatuas de virtudes distintas sobre el inmóvil pedestal de los mismos vicios.

 — Nuestros anhelos, en boca ajena, suelen parecernos una estupidez irritante.

 — La violencia política deja menos cuerpos que almas podridas.

 — Verdad es lo que dice el más inteligente.
 (Pero nadie sabe quién es el más inteligente).

 Cada generación nueva acusa a las pretéritas de no haber redimido al hombre. Pero la abyección con que la nueva generación se adapta al mundo, después del fracaso de turno, es proporcional a la vehemencia de sus inculpaciones.

 — Las tiranías no tienen más fieles servidores que los revolucionarios que no ampara, contra su servilismo ingénito, un fusilamiento precoz.

 — La sociedad moderna se da el lujo de tolerar que todos digan lo que quieran, porque todos hoy coinciden básicamente en lo que piensan.

 — No hay vileza igual a la del que se apoya en virtudes del adversario para vencerlo.

 — La interpretación económica de la historia es el principio de la sabiduría.
 Pero solamente su principio.

 — El incrédulo se pasma de que sus argumentos no alarmen al católico, olvidando que el católico es un incrédulo vencido.
 Sus objeciones son los fundamentos de nuestra fe.

 — La política es el arte de buscar la relación óptima entre la fuerza y la ética.

 — Nadie piensa seriamente mientras la originalidad le importa.

 — La “psicología” es, propiamente, el estudio del comportamiento burgués.

 — El mal que hace un bobo se vuelve bobería, pero sus consecuencias no se anulan.

 — En la tinieblas del mal la inteligencia es el postrer reflejo de Dios, el reflejo que nos persigue con porfía, el reflejo que no se extingue sino en la última frontera.

 — Nadie sabe exactamente qué quiere mientras su adversario no se lo explica.

 — Lo amenazante del aparato técnico es que pueda utilizarlo el que no tiene la capacidad intelectual del que lo inventa.

 — El mayor triunfo de la ciencia parece estar en la velocidad creciente con que el bobo puede trasladar su bobería de un sitio a otro.

 La juventud es promesa que cada generación incumple.

 — Arte popular es el arte del pueblo que no le parece arte al pueblo.
 El que le parece arte es el arte vulgar.

 — Los profesionales de la veneración al hombre se creen autorizados a desdeñar al prójimo.
 La defensa de la dignidad humana les permite ser patanes con el vecino.

 — Cuando se principia exigiendo la sumisión total de la vida a un código ético, se acaba sometiendo el código a la vida.
 Los que se niegan a absolver al pecador terminan absolviendo al pecado.

 — La honradez en política no es bobería sino a los ojos del tramposo.

 — Bien educado es el hombre que se excusa al usar de sus derechos.

 — El antiguo que negaba el dolor, el moderno que niega el pecado, se enredan en sofismas idénticos.

 — El moderno no escapa a la tentación de identificar permitido y posible.

 — El demócrata defiende sus convicciones declarando obsoleto a quien lo impugna.

 La angustia ante el ocaso de la civilización es aflicción reaccionaria.
 El demócrata no puede lamentar la desaparición de lo que ignora.

 — El tonto no se contenta con violar una regla ética: pretende que su transgresión se convierta en regla nueva.

 — Tanto en país burgués, como en tierra comunista, reprueban el “escapismo” como vicio solitario, como perversión debilitante y abyecta.
 La sociedad moderna desacredita al fugitivo para que nadie escuche el relato de sus viajes. El arte o la historia, la imaginación del hombre o su trágico y noble destino, no son criterios que la mediocridad moderna tolere.
 El “escapismo” es la fugaz visión de esplendores abolidos y la probabilidad de un implacable veredicto sobre la sociedad actual.

 — Amor es el acto que transforma a su objeto de cosa en persona.

 — La obra de arte no tiene propiamente significado sino poder.
 Su presunto significado es la forma histórica de su poder sobre el espectador transitorio.

 — La virtud que no duda de sí misma culmina en atentados contra el mundo.

 — El alma de una nación nace de un hecho histórico, madura aceptando su destino, y muere cuando se admira a sí misma y se imita.

 — La adhesión al comunismo es el rito que permite al intelectual burgués exorcizar su mala conciencia sin abjurar su burguesía.

 — El hombre se vive a sí mismo como angustia o como creatura.

 — No hay peor tontería que la verdad en boca del tonto.

 — La imbecilidad se deposita en el alma como un sedimento de los años.

 — A la inversa del arcángel bíblico, los arcángeles marxistas impiden que el hombre se evada de sus paraísos.

 — Las revoluciones democráticas inician las ejecuciones anunciando la pronta abolición de la pena de muerte.

 — El comunista odia al capitalismo con el complejo de Edipo.
 El reaccionario lo mira tan sólo con xenofobia.

 — El infierno es lugar identificable sólo desde el paraíso.

 — Lo que se piensa contra la Iglesia, si no se piensa desde la Iglesia, carece de interés.

 — Aún cuando el pecado colabora a la construcción de toda sociedad, la sociedad moderna es la hija predilecta de los pecados capitales.

 — El católico debe simplificar su vida y complicar su pensamiento.

 — El mal no vence como seducción, sino como vértigo.

 — El mal, como los ojos, no se ve a sí mismo.
 Que tiemble el que se vea inocente.

 — Fe es lo que nos permite extraviarnos en cualquier idea, sin desasir la senda de regreso.

 — El creyente no es posesor de heredades inscritas en catastros, sino adelantado de mar ante las costas de un continente inexplorado.

 — El que acepta el rango que la naturaleza le fija no se convierte en la mera ausencia de lo que no es.
 Aún lo más modesto tiene en su sitio un precio inestimable.

 — La soledad es el laboratorio donde los lugares comunes se verifican.

 — Hombre inteligente es el que mantiene su inteligencia a una temperatura independiente de la temperatura del medio que habita.

 — Ni la imitación del pasado, ni la del presente, son recetas infalibles.
 Nada salva al mediocre de su mediocridad.

 — El reaccionario anhela convencer a las mayorías, el demócrata sobornarlas con la promesa de bienes ajenos.

 — Los partidos liberales jamás entienden que lo contrario de despotismo no es bobería, sino autoridad.

 — Cada insulto de la vida sobre una faz amada alimenta al verdadero amor.

 Las sociedades agonizantes luchan contra la historia a fuerza de leyes, como los náufragos contra las aguas a fuerza de gritos. Breves remolinos.

 — La sabiduría, en este siglo, consiste ante todo en saber soportar la vulgaridad sin irritarse.

 — No conozco pecado que no sea, para el alma noble, su propio castigo.

 — Hoy más que nunca el hombre corre detrás de cualquier tonto que lo invite al viaje, sordo al atalaya que avizora los caminos destruidos y los puentes derrumbados.

 — El profeta que acertadamente pronostique la corrupción creciente de una sociedad se desacredita, porque mientras más crezca la corrupción, el corrompido la nota menos.

 — La poesía que desdeña la musicalidad poética se petrifica en un cementerio de imágenes.

 — El problema básico de toda antigua colonia: el problema de la servidumbre intelectual, de la tradición mezquina, de la espiritualidad subalterna, de la civilización inauténtica, de la imitación forzosa y vergonzante, me ha sido resuelto con suma sencillez: el catolicismo es mi patria.

 — Individuos o naciones tienen virtudes distintas y defectos idénticos.
 La vileza es nuestro común patrimonio.

 — La vida es instrumento de la inteligencia.

 — El intelectual suramericano importa, para alimentarse, los desechos del mercado europeo.

 — Aún entre igualitarios fanáticos el más breve encuentro reestablece las desigualdades humanas.

 — El cristianismo no niega el esplendor del mundo, sino invita a buscar su origen, a ascender hacia su nieve pura.

 — Lo que aleja de Dios no es la sensualidad, sino la abstracción.

 — La edad viril del pensamiento no la fijan ni la experiencia, ni los años, sino el encuentro con determinadas filosofías.

 — La sensibilidad moderna, en lugar de exigir la represión de la codicia, exige que suprimamos el objeto que la despierta.

 — El prejuicio de no tener prejuicios es el más común de todos.

 No hay victoria espiritual que no sea necesario ganar cada día nuevamente.

 — El alma que asciende hacia la perfección suele evacuar las bajas tierras conquistadas, donde se instalan diablillos subalternos que la ridiculizan y la empuercan.

 — La amenaza de muerte colectiva es el único argumento que desbarata la complacencia de la humanidad actual.
 La muerte atómica la inquieta más que su envilecimiento creciente.

 — Vivir es el único valor del moderno.
 Aún el héroe moderno no muere sino en nombre de la vida.

 — La resignación al error es el principio de la sabiduría.

 — La interrogación sólo enmudece ante el amor.
 “¿Para qué amar?”, es la única pregunta imposible.

 — El amor no es misterio sino lugar donde el misterio se disuelve.

 — Lo grande, para la sensibilidad, no es suma aritmética de partes, sino calidad de ciertos conjuntos.
 La grandeza métrica, todo edificio moderno lo muestra, no tiene relación con la grandeza monumental.