miércoles, 11 de agosto de 2010

Decálogo para formar un delincuente (Emilio Calatayud)

DECÁLOGO PARA FORMAR UN DELINCUENTE


El popular juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, conocido por sus sentencias educativas y orientadoras, ha publicado un libro: 'Reflexiones de un juez de menores' (editorial Dauro), en el que inserta un 'Decálogo para formar un delincuente'. Es muy interesante, y dice así:

1: Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece

2: No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3: Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.

4: No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.

5: Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás

6: Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.

7: Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.

8: Déle todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.

9: Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10: Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.

Y cuando su hijo sea ya un delincuente, proclamad que nunca pudisteis hacer nada por él”.

domingo, 8 de agosto de 2010

Manifiesto contra la sociedad al revés

[FAROagencia] Manifiesto contra la sociedad al revés
mié,28 julio, 2010 10:39
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Manifiesto contra la sociedad al revés

La causa final de la sociedad es el bien común temporal, la vida común según la virtud. La virtud específica que regula el logro de ese bien común es la justicia general, virtud que se predica de distinta manera en gobernantes y gobernados. En los primeros, en quienes es más eminente y arquitectónica, se manifiesta sobre todo en la promulgación de leyes justas ordenadas al bien común y en las decisiones prudentes de gobierno enderezadas al mismo fin. En los ciudadanos, principalmente, se manifiesta en el cumplimiento de las leyes y en la adquisición de las virtudes necesarias para concurrir a los actos legales y de gobierno: fortaleza, templanza, liberalidad y, sobre todo, prudencia.

En cuanto a la orientación de una muchedumbre a un bien común, podemos distinguir entre situaciones de explícita y constitutiva búsqueda; situaciones de búsqueda parcial o imperfecta, y por último situaciones de evitación sistemática o de exclusión programática. Las dos primeras situaciones son legítimamente llamadas sociedades políticas y se ordenan la una a la otra como lo imperfecto a lo perfecto. El anómalo tercer escenario lo hemos llamado disociedad o sociedad al revés: también se puede denominar "tiranía", aunque parece que la tiranía designa más específicamente a un gobierno que a un sistema.

Es la misma naturaleza humana la que establece la preeminencia del bien común sobre el individuo, por lo que esa misma naturaleza contiene una inclinación a la justicia general. Esa inclinación encuentra su fin adecuado en las sociedades bien constituidas, en un grado que puede ir de lo perfecto a lo menos perfecto. En una disociedad, esas mismas inclinaciones políticas, carentes de la rectificación necesaria por parte del gobernante, fácilmente degeneran en sumisión servil, convirtiéndose, por paradójico que resulte, en el mayor sustento de ese tiránico simulacro de organización política.

Como colofón a estas consideraciones apresuradas, aventuro alguna reflexión de naturaleza práctica:

1) Hagas lo que hagas, obra con prudencia y ten presente el fin por el que obras, dice el viejo proverbio. Una conclusión genérica se impone: la inclinación hacia el bien común está inscrita en nuestra naturaleza y no podemos renunciar a ella sin traicionarnos a nosotros. Por lo tanto, lo que en situaciones normales nos empuja a la obediencia de la ley, en las patológicas como hoy, nos demanda la resistencia a la disposición inicua. Pero no sólo eso: debemos aspirar a la recreación de un orden político al servicio del bien común;

2) Así pues, un movimiento "social" dirigido a la mera "objeción" a la "norma tiránica", sólo en apariencia se inserta en la dinámica del bien común. Tales movimientos, para ser legítimos, deben incluir en su definición una finalidad proporcionada: es decir, la reversión de una situación social patológica y su sustitución por un orden político justo.

3) El espejismo "democristiano" ha sido adecuadamente confutado por plumas más competentes, demostrando errores antropológicos y de contrariedad con la doctrina política de la Iglesia, por ejemplo, recientemente, por Danilo Castellano o Miguel Ayuso. Baste aquí decir que la política de pretendido parcheo desde el interior de la disociedad adolece de la misma tacha que los movimientos "sociales" a los que me refería en el punto 2: limitan sus aspiraciones a tal o cual acción, prescindiendo de la postulación natural de la finalidad política: el bien común, sostenido por el orden constitutivo justo.

4) Por esos motivos, aun cuando materialmente se pueda coincidir, con matices, en determinadas propuestas de estos movimientos "sociales" o con iniciativas democristianas, es fundamental identificar su inadecuación a las exigencias concretas y naturales humanas en el orden político y, por lo tanto, "teniendo presente el fin por el que obran", denunciar su condición de obstáculos para el bien común.

5) Esa confinación a lo privado o a lo parcial es más sinceramente confesada por otros grupos, como los que se autodenominan "libertarios" de tipo norteamericano. La imagen del granjero, con su rancho, su rifle y su caballo, es decir, de la autarquía que entiende lo público como enemigo al menos potencial y de lo que hay que defenderse, se ha abierto paso entre muchos católicos desarraigados de la tradición política propia. El bien común propiamente hablando, como bien distinto y superior a los bienes particulares, no como mero orden público o como asistente de los ciudadanos en la consecución de sus fines privados, ha desaparecido. Por comprensibles que resulten estas reacciones, no podemos dejar de señalar su gravedad. Insistamos una vez más: el bien común no es una convención, ni una imposición positivista, sino una inclinación y una exigencia de la naturaleza humana.

6) En último término, la gran masa de los católicos "despolitizados" y desorganizados se integra pacíficamente en el sistema disocial, prestando su apoyo a una u otra fuerza gobernante. En estos, la renuncia al bien común, y por lo tanto al orden político justo, se suma a la culpable complacencia o lamentación, según los gustos, ante los avances corruptores de la disociedad democrática.

7) Aunque sea la justificación favorita de los católicos integrados en el sistema, la cuestión de la pretendida "efectividad" es también esgrimida, a modo de argumento decisivo, por los movimientos "sociales" católicos y por los democristianos. Tal es el grado de alejamiento de los principios políticos naturales y cristianos, los cuales, como no podía ser menos, se rigen por la moral natural y católica, uno de cuyos axiomas más sagrados es el de que el fin no justifica los medios, nunca. Además, nada impide que confluyan nuestras fuerzas para eventuales bienes particulares y para evitar males mayores, pero esa concitación nunca ha de hacerse, como habitualmente se exige, ensombreciendo el fin último de la acción, el bien común. Es decir, la aspiración del orden político cristiano al servicio de ese bien común.

8) En gran parte, la culpa no ya de la inoperancia católica, sino del abisal grado de esa inoperancia, es debido a esa "fascinatio nugacitatis" , fascinación de las cosas sin valor, que domina a los "católicos profesionales" . Como dice el libro de la Sabiduría, esa fascinación "oscurece las cosas buenas". Invirtamos los términos: la única "unidad de acción" posible, no será la ligada a "operaciones concretas", es decir, a bienes particulares o a parches, sino la que se deduce de la unidad de finalidad: para lo cual debemos ser suficientemente unánimes sobre el orden político necesario para el bien común. Si, como parecen afirmar --nunca con claridad-- este desorden actual de cosas les vale y lo único que necesitamos es enderezarlo con acciones puntuales, queda claro que, aunque reducidos a un puñado ínfimo, los que sostenemos la esperanza política fiados sólo en la naturaleza de las cosas y en la fe y en la doctrina imperecederas de la Iglesia, no podemos ceder sin comprometer esos bienes que están por encima de nosotros.

9) Uno de los pilares de esa esperanza política (también "contra toda esperanza") es el de la legitimidad. No se trata solamente de mantener unos principios universales inviolables. Además, el bien común, como todo bien, procede de una "causa íntegra". En el caso de la comunidad política de las Españas, ahora reducida a su condición de bien común acumulado y latente, la constitución histórica de nuestra patria ha sido monárquica y la corona era la depositaria de la legitimidad política. Bajo esa legitimidad, despojados de defectos ideologizantes, cabrán agrupados y ordenados los esfuerzos de los que, de verdad y sin altisonantes retóricas desean contribuir al bien común.

10) Todos los intentos de aventuras políticas "católicas" en la historia reciente de España deberían servir para confirmar empíricamente lo que se deduce de los viejos principios. Los católicos que deseamos vivir --también en el orden político-- conforme a la doctrina de la Iglesia somos un grupo minúsculo. En parte el mal viene de muy lejos, como ya he señalado en otros lugares, del abandono de la doctrina social. La crisis atroz que vive la Iglesia ha agudizado el problema, acabando de desfigurar ante sus propios hijos las exigencias naturales y cristianas de la vida en común. No hay que darle muchas vueltas: sociológicamente somos un fleco ridículo en esta disociedad. Somos un "ruido estadístico" y pensar sobre nuestra acción política en términos que antepongan una efectividad puntual es una majadería. Sin embargo, en todo "tenemos presente el fin". Nuestra acción no servirá de mucho si no está penetrada de esa presencia del fin: desde la laboriosa adquisición de las virtudes necesarias para la justicia general (fortaleza, magnanimidad, templanza, liberalidad, ¡prudencia!), hasta el estudio y la explicación de la doctrina política a todo el que quiera conocerla, pasando por la creación de familias educadas en el servicio a ese bien común político o creando obras educativas, económicas o artísticas. En todo ello, la causa final es la instauración de un régimen --utilicemos nuestro lenguaje más propio-- de reinado social práctico de Nuestro Señor Jesucristo. Ése, y no otro, es el bien común (por limitado que sea) que nos es asequible en estas desdichadas circunstancias. Ése, y no otro, es el principal campo de batalla con nuestros equivocados hermanos los católicos extrañados de su herencia doctrinal, pero también de la naturaleza política.

11) Si algún día --quiéralo Dios-- hemos de poder levantar la mano para poner fin a este desorden perverso y para contribuir a la reconstrucció n de una sociedad justa y católica, será por Providencia de Dios y como un signo en medio de la Historia, como siempre lo fue antaño. El cristiano, teniendo en cuenta las distinciones anteriores, es hombre de oración y en la oración hemos de pedir conformarnos a los sabios designios de Dios. Y para no incurrir en la maldición del apóstol Santiago el menor, ésa de que pedimos y no recibimos porque pedimos para satisfacer nuestra concupiscencia, habremos de preparar ese momento con el cultivo de nuestros deberes de estado, con la adquisición de las virtudes conducentes a la justicia general y haciendo un resuelto apostolado político, transparente y sin concesiones. No hace tanto tiempo --y era ya entonces inverosímil-- que las laderas de Montejurra se llenaban de fieles carlistas, como siempre esperando contra toda esperanza. Como reclamaba "la pucelle", libremos, pues, el buen combate y Dios, si le place, dará la victoria. Nosotros seremos, llegado el caso, colaboradores asombrados, en primera línea de frente.

12) Con todas las limitaciones actuales, el germen --continuidad histórica de la legitimidad- - de esa fe política hispánica, es el carlismo. Cuando todas las fantasías se han intentado y han defraudado, sigue siendo la hora de la tradición española, martirial e improbable. Llena de sorpresas.

jueves, 5 de agosto de 2010

¿Se festejará el tricentenario de la Revolución? (El libro negro de la Revolución francesa)

Capítulo XXV ¿SE FESTEJARÁ EL TRICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN?

Contestar el mito revolucionario, como se dedican los historiadores actuales, deslegitimar el Terror, es arruinar el presupuesto antiguo según el cual los progresos sociales se obtendrían por la violencia. Es destruir la ilusión según la cual un proyecto político podría generar a un nuevo hombre. Cada vez que se puso en marcha tal tentativa, condujo a querer regenerar la humanidad purificándola de sus elementos indeseables, desencadenando un mecanismo asesino. En 1993, en Vendée, Alexandre Soljenitsyne establecerá el vínculo entre la Revolución francesa y las lógicas totalitarias del comunismo o el nazismo.

Diez años después del Bicentenario, nuevos trabajos de historiadores profundizarán en esta pista de reflexión. En 1999, Alain Gérard descifra la guerra de Vendée como punto focal del Terror, analizando la concepción del hombre que se deduce de la lengua convencional, el autor concluye que si los Vendeanos (y más allá, todos los opositores al Gobierno de salud pública) debían liquidarse, es que personificaban una “subhumanidad'”. En 2000, Patrice Gueniffey analiza el Terror asociándolo al concepto de poder. “El Terror, afirma a este historiador, es el producto de la dinámica revolucionaria y, quizá, de toda dinámica revolucionaria. En eso, tiene la misma naturaleza de la Revolución, de todo revolución'. ”

Conducida en nombre del pueblo, la Revolución se efectuó sin el consentimiento del pueblo, y a menudo mismo contra el pueblo. ¿En 1989, cómo explicar esta contradicción a los Franceses? Esto sería demasiado complicado, y eso implicaría demasiadas puestas en causa. Entonces la conmemoración oficial de la Revolución se efectúa lejos de la historia, al grado del aire del tiempo. Como en 1889. En la época, el patriotismo estaba de moda: el Centenario se acorazó de tricolor. En 1989, es la hora de los derechos del hombre, del antirracismo, del derribo de las fronteras. De donde el desfile mestizo Jean-Paul Goude.

El Bicentenario de verdad no conmemoró 1789, sino más bien exaltado la idea que la Francia de 1989, al menos la que está en el poder, se hace ella misma.

Dejemos la historia para el campo de la prospectiva. Un ejercicio de riesgo: tantos parámetros determinan el curso de los acontecimientos, tantos imprevistos pueden trastornar este curso que nadie puede prever el futuro con certeza. A lo sumo se puede - pero es ya mucho - destacar que algunas consecuencias se derivan ineluctablemente de tendencias afirmadas veinte, treinta o cincuenta años antes.

¿En 2089, Francia festejará el tricentenario del Revolución? Bien osado el que se atreviera a responder por la afirmativa o la negativa, separándonos más de ochenta años de este vencimiento. En cambio, interrogarse es legítimo.

Todos los observadores convienen que el nivel escolar se hundió durante los veinte últimos años, especialmente en el ámbito de la historia. Ciertamente, en los programas de secundaria, la Revolución sigue siendo un fragmento de elección, a pesar de una orientación ideológica evidente: el manual modelo propone una página sobre la monarquía llamada absoluta, de Enrique IV a Luís XVI, contra una veintena de páginas sobre la caída del Antiguo Régimen y veinticinco páginas sobre la Revolución propiamente dicha. Pero la cronología está ausente de lo que no es más un relato nacional. En cuanto a la enseñanza primaria, la historia de Francia prácticamente ha desaparecido. Si la tendencia no se invierte, ¿que significará la fecha de 1789 para el ciudadano de 2089?

Incluso si la campaña presidencial de 2007 puso de manifiesto – a izquierda como a derecha - que la temática del orgullo francés despertaba aún algo en las mentalidades, la época está persuadida de que el futuro reside en un modelo de sociedad donde las fronteras se señalarán cada vez menos, sobre todo con nuestros vecinos inmediatos. Ahora bien los Europeos, no sin sabiduría, definen la Revolución francesa como un larga secuencia, situada entre 1789 y 1815. ¿Y que retienen? Los Británicos, todos los hijos de Burke, consideran que los derechos del hombre no fueron inventados por la Revolución de Francia, esta agitación sangrienta, y añaden que no lamentan haber relegado a Napoleón Santa Elena. Los Alemanes y los Austriacos se acuerdan de la Francia revolucionaria como la “Gran Nación” orgullosa que, con el pretexto de aportarles la libertad, les hizo la guerra. Los Italianos no olvidan el cautividad del papa y el saqueo organizado de la Península por Bonaparte, y los Españoles vibran aún con la evocación del Dos de Mayo. ¿Es una Europa integrada, en 2089, lo que incitará a los Franceses a festejar 1789?

El principio de la ruptura radical con el mundo previo, el recurso a la ideología en el discurso público (en el sentido en que Saint-Just elogiaba la felicidad como “una nueva idea”), la voluntad “de cambiar la vida”, la ambición de crear un nuevo hombre, todos estos síntomas revolucionarios han dejado un rastro sangriento a través de los dos últimos siglos. Después de la caída del nazismo en 1945, el comunismo se hundió sobre si mismo los años ochenta. Nadie puede decir lo que nos reserva el siglo XXI, sino que parece más bien que, si debemos enfrentar una nueva ola destructiva para el hombre, vendrá más que de un proyecto político organizado, del nihilismo de las redes terroristas o derivas de la investigación científica (y, en particular, de la investigación biológica), fenómenos ampliados por la negación o el olvido de la eminente dignidad de la naturaleza humana y por la banalización de lo que Juan-Pablo II llamaba “la cultura de muerte”. En otras palabras, incluso si el siglo que viene corre el riesgo de ser tan peligroso que el precedente, no se ve lo que traería la reviviscencia del mito revolucionario que nació el siglo XVIII. ¿Entonces, en 2089, por qué festejar 1789?

¿La divisa revolucionaria - libertad, igualdad, fraternidad - saca su sustancia, como lo afirmaba Chesterton, de ideas cristianas que se han vuelto locas? A nivel histórico, es fácil recordar el anticristianismo jacobino y la persecución que se abatió sobre la Iglesia católica (y también sobre los otros cultos, en lo más fuerte del Terror). Sin embargo, a nivel filosófico, la controversia sobre la conformidad del ideal republicano con los preceptos evangélicos dura desde hace más de un siglo. No pretendiendo solucionar en tres líneas una cuestión tan compleja, se contentará, aquí, a observar que la Revolución creció sobre un mantillo cristiano. Si Francia continúa como hoy día alejándose del cristianismo, ¿qué mirada fijará, hacia el final del siglo XXI, hacia los orígenes de la Revolución? Y más allá, la razón, el progreso y la ciencia, estos ideales de las Luces que se volvieron ideales republicanos, ¿que sentido tendrán en 2089?

Añadamos esto, a riesgo de trastornar el políticamente correcto. Respecto a los movimientos de población producidos sobre el suelo francés al final del siglo XX siglo y al principio del siglo XXI, incluso si los flujos migratorios se pararan ahora, los demógrafos calculan que, en 2030, el número de hogares originarios del Magreb, África negro y Turquía podría representar cerca de 10 millones de personas y un 30% de los nacimientos. Hacia 2050, el número de los niños de origen extranjero residiendo en Francia metropolitana debería sobrepasar al de los niños de origen francés. Más de una generación más tarde, la proporción será aún más fuerte, como será verosímilmente más elevado el porcentaje de musulmanes en esa población. Si la lógica comunitarista que prevalece actualmente no se invierte, si los nuevos Franceses no pasan a ser Franceses de cultura, ¿qué significación revestirá para ellos la conmemoración de la Revolución? EL pensamiento revolucionario, stricto sensu, no concuerda con la antropología expresada por los textos sagrados del Islam. En 2089, ¿los musulmanas de Francia querrán celebrar 1789?

El historia no se escribe nunca por adelantado, y la historia de Francia siempre ha reservado inmensas sorpresas. No se podría excluir, después de todo, que l acabando el siglo XXI vea un retorno en fuerza de la fe cristiana sobre el viejo suelo francés. Se tendrá entonces que reconstruir todo. ¿Estos nuevos cristianos no tendrán otras urgencias que de celebrar o impugnar el tricentenario de 1789?

JEAN SÉVILLIA,

historiador, periodista.

"Libertad, igualdad, fraternidad" o la imposibilidad de ser hijo (El libro negro de la Revolución francesa)

Capítulo XXIV “LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD” O LA IMPOSIBILIDAD DE SER HIJO.

Fr. Jean-Michel Potin o.p.
Historiador archivista de la Provincia dominicana de Francia.

Y, de hecho, doscientos años más tarde, el balance político de la divisa republicana no es bueno: es falso para la libertad, catastrófico acerca de la igualdad y mentiroso acerca de la fraternidad.

Mientras reivindican valores evangélicos, los revolucionarios, expulsando a Dios, se han separado de la fuente sin la cual no se pueden reconocer los frutos. Así una libertad que no es dada por un Padre es un movimiento incoherente; una igualdad que no reconoce la elección preferencial de un amor es mentirosa y una fraternidad que se autoproclama sin referencia a un origen común es simplemente falsa.

Querer matar el Padre guardando los valores legados por él, es imposible.

Comenzaremos este estudio por la igualdad pues es ella la que lleva el pecado original de toda la divisa. El desconocimiento de la libertad y la fraternidad extrae tiene su origen en esta concepción falsa de la igualdad.

IGUALDAD

El rey reinaba no solo porque había nacido de de su padre, esto no era más que el modus operandi de la transmisión política. El más banal, el más frágil y el menos meritorio de los modus operandi que haya y es por eso que era el único poder posible y legítimo, nadie podía enorgullecerse de ser el origen. Pero el don del poder, él, dependía de una elección superior, del mismo orden que la del pueblo hebreo contra el pueblo de Egipto. Esta elección superior era un decreto divino al cual era preciso asentir.

Rechazando a la vez, la fuente originaria del poder y el modus operandi del nacimiento, nuestros contemporáneos se obligan a encontrar ellos mismos, y en cada generación, las razones de ejercer el poder. Están entonces condenados a una eterna autojustificación del poder que ejercen. Están obligados a elegir ellos mismos su propio nacimiento. El modo generacional (somos más los hijos de nuestro tiempo que los hijos de nuestros padres) es concomitante a la Revolución Francesa. Es por eso que es preciso que el rey muera, pero igualmente su hijo, para que no haya más filiación.

A partir de la Revolución no somos más los hijos de nuestros padres, somos de la misma generación. Estamos tentados de encontrarnos razones de existir en el hecho de haber nacido en el mismo tiempo. El tiempo nos engendra más que nuestros padres. La primera de estas generaciones fue la generación romántica, la última fue la generación del 68 (entre ellas se alternan dos tipos de generaciones, una generación de fundadores y una generación de sacrificados). Salido el nacimiento no existimos más que por bloque generacional. Ahora una generación no crea hermanos, crea individuos yuxtapuestos que pasan su tiempo en comprender lo que les liga a esos otros individuos, que no son sus hermanos, ni su padre eso de donde ellos han nacido. Es el principio del signo de los tiempos. A falta de nuestros padres, el tiempo nos habla y es preciso, según la expresión canonizada incluso por la Iglesia católica, “leer los signos de los tiempos”.

En esta historia donde las generaciones se siguen diferenciándose, cada una de entre ellas, en un movimiento que ella cree generoso, quiere que la siguiente esté compuesta, no de herederos sino de fundadores. Cada generación política quiere que la siguiente recree el mundo. Grito desesperado de los padres que se dan cuanta que no han llegado a transmitir otra cosa que el vacío y el caos.

Esta sucesión de generación sin herencia posible no deja elección: no se trata más que de apresurar la catástrofe ya que nada es transmisible; de los fascistas de los años treinta a la izquierda radical del principio de este milenario, se trata de esto: apresurar la catástrofe porque no se ha recibido nada y porque no se puede transmitir nada.

LIBERTAD

Decretando legislativamente que los hombres nacen libres por naturaleza y por derecho, los revolucionarios han fantaseado la naturaleza y han atribuido al derecho lo que no puede hacer.

No se es libre más que por don y se engaña si se cree garantizar la perennidad de un don que es natural decretando que es natural o proclamándolo derecho. Un don es mucho más perenne que la naturaleza (que se entrega y vuelve a comenzar por el primero de sus dones que es la vida); en cuanto al derecho escrito, otro escrito puede anularlo, ahí está toda su debilidad, lo que existe por escrito puede cesar de existir por otro escrito. En cambio, lo que es dado, no puede ser quitado pues el don es una extensión de si que no puede jamás ser recuperado. Si Dios nos creado libres, es porque el se dio a si mismo y no puede quitarse sin destruirnos y sin destruirse.

Si los hombres nacen libres, es porque esto se hace naturalmente y es por tanto contradictorio decretarlo por escrito. Lo que está escrito es justamente lo que no es natural y tiene necesidad de este escrito para existir.

Confundiendo y mezclando las libertades públicas (que existen bajo la realeza y que el rey era el garante ellas tenían su palabra, de otra forma más sólido que lo escrito) y la libertad personal (cuya sede es mi conciencia), los revolucionarios han contraído el riesgo que se contradigan la una y la otra y se impidan funcionar.

La inflación legislativa actual en que las leyes suceden a las leyes que no tienen incluso tiempo de recibir sus decretos de aplicación antes de ser anuladas por otras leyes es la prueba de que incluso los legisladores no creen más en lo que hacen,

El grave error de la teoría de la libertad republicana es de haber hecho creer que un régimen de libertades públicas (que se parece mucho a este programa: “nosotros nos ocuparemos de todo incluida vuestra libertad”) pueda instaurar la libertad.

La libertad es eminentemente personal y con baches. Es volcánicamente intempestiva. No se ejerce más que para cada uno y en momentos específicos. El hombre raramente debe hacer constantemente prueba de su libertad pero cuando debe hacerlo, no debe fallar ese momento. Cuando Jean Paul Sartre escribía “nunca hemos sido más libres que bajo la ocupación alemana” mostraba que la libertad no puede ejercerse más que frente a quien la niega. No existen países libres y países “no libres”, solo los hombres lo son o no. Ha sido precisa una grave ignorancia de es la libertad en este mundo que se dice “libre” para osar una tal pretensión.

La idea según la cual un régimen de libertades públicas protege la libertad individual es una engañifa, no más que garantizar eventualmente los contratos que ligan a los hombres entre ellos. Una libertad se conquista, es lo que hace su esencia misma. Pretender proteger la libertad individual, es aniquilarla.

Tras esta idea del régimen de libertades públicas existe la idea de un progreso moral de la humanidad y luego la negación de la posibilidad del mal, Todo mal no es más que un defecto que se va a poder erradicar por la educación o la ciencia que el estado se encarga de procurar a cada uno. Todo es mejorable. El progreso va a balizar la ruta de nuestros hijos hacia un porvenir mejor. Ahora bien no hay progreso moral ( y aún menos político) en la historia de la humanidad. Este desconocimiento del mal, este rechazo de ver que cada hombre y cada mujer tendrá que batirse hasta el fin de los tiempos contra los mismos –exactamente los mismos- males que sus ancestros ha conducido a esta humanidad liberada la infierno.

El rey no era el garante de la libertad del hombre (no tenía esta omnipotencia) pero garantizaba las libertades públicas, las que permitían el vivir juntos en una negociación constante entre los sujetos.

En nuestro sistema político actual en que nosotros nos damos a nosotros mismos nuestra libertad (tanto la libertad interior como la libertad política) ¿que vale esta libertad? ¿Como puedo ser yo mismo garante de mi propia libertad? ¿Que valor tiene esta libertad sino el valor que yo me de a mi mismo? ¿Como puedo yo conocer mi valor y por tanto mi libertad si nadie diferente a mi no me la revela y no me exige?

FRATERNIDAD

Quien dice fraternidad dice forzosamente parentalidad común. Es preciso que haya origen común (o al menos comienzo común) para que haya vínculo fraternal. Ahora bien, habiendo negado al Padre la República francesa, habiendo guillotinado al padre de la nación, deberá encontrar un origen común, al riesgo de inventarlo.

Comienza entonces la personificación de la matria, su antropomorfismo: toma los trazos de una mujer generosa a quien se le da el nombre de Marianne, una invasión del suelo se convierte en la violación de la madre patria que deberá ser vengada según las leyes de la sangre. En vez de vivir, se trata más bien de morir: la única fraternidad propuesta se sella en la leva masiva, en la conscripción. Los hijos (“ Allons enfants de la patrie “) nada más que porque parten a la guerra. La fraternidad no es posible más que en fraternidad de armas.

Marianne ha tenido a bien ser representada generosa, con bellos senos nutricios, ella llegará a ser, al hilo de los años, Medea, madre indigna que mata a sus hijos. ¿Quien osa decir todavía que morirá por ella?

Sin embargo esta fraternidad nacional ha funcionado cierto tiempo, incluso habría podido funcionar, si no hubiera tenido, en origen, un vicio de forma que hace imposible esta ficción. La ficción viene de la decisión arbitraria de elegir su progenitor o su progenitora. La tensión natural de la República hacia lo universal ha permitido, al hilo de la historia, reemplazar la nación por Europa esperando una nueva entidad, aún más vasta, aún más universal. Esta expansión hacia lo universal en que lo particular no es más que transitorio (era preciso batirse por Francia; hoy día, no es preciso batirse por Francia sino por Europa, esperando que se nos diga que no es preciso batirse por Europa sino por…) es la perpetua huida hacia delante del proyecto republicano. De la fraternidad nacional, ha sido preciso pasar a una fraternidad ciudadana, más fluida, ilimitada.

Hoy día negando el origen común (la madre patria no tiene ningún éxito ante los republicanos), la República ha tenido que conservar la fraternidad pero en el sentido de solidaridad. Esta, puramente abstracta, ya que no se asienta en ningún vínculo real, propone entonces abrir esta solidaridad a todos. Pero en este universo abstracto, no hay sujetos (que son aquellos sobre los cuales se pueden construir reivindicaciones), no hay más que vivientes que reclaman derechos de vivientes. Ahora bien el derecho de los vivientes se expresa hoy de dos maneras: la seguridad de riesgo cero y el derecho al bienestar. Estamos así en el mejor de los mundos en que habiendo borrado toda dimensión de sujeto dependiente de alguien que le de un derecho, no quedan más que vivientes que reclaman derechos que nadie les puede dar.

En efecto todas las fraternidades particulares (corporaciones de oficio, gremios, cofradías piadosas, fraternidades caritativas, órdenes religiosas…) funcionan según estatus políticos muy preciso y riguroso, habiendo hecho a menudo sus pruebas de democracia real (con elecciones como modus operandi durante siglos que olvidaba la fuente principal) durante siglos. “Tener voz en el capítulo” es una expresión del más elemental y del más eficaz funcionamiento democrático. Diluyendo las fraternidades particulares en una fraternidad universal, nadie más puede “tener voz en el capítulo” pues no existe “capítulo” universal. Las únicas voces que la fraternidad universal autoriza son las que se cuentan en las urnas. Así no se hace oír una voz, un hombre no habla, se cuenta su voz. No somos en el acto de la palabra, somos en el lenguaje matemático. A una democracia basada sobre la palabra como acto se ha substituido una democracia basada en el recuento de códigos (no siendo las encuestas más que tentativas desesperadas para saber los lo que estos códigos quieren decir).

Los más pesimistas de los hermeneutas de la divisa revolucionaria explican que la fraternidad es la palabra que permite hacer la articulación entre los dos otros nombres , antagonistas, de la divisa, La libertad inclinando hacia la derecha y la igualdad inclinando hacia la izquierda, la única manera de no desgarrar la nación en una eterna guerra civil es paliar los defectos de la derecha y de la izquierda por la fraternidad, En el momento de hacer el balance, se puede decir que los únicos momentos de la historia en que la derecha y la izquierda se han unido en un mismo impulso nacional, las únicas veces en que la libertad y la igualdad se han callado para dejar hablar a la fraternidad, fueron momentos de guerra. La nación no ha querido que los hombres fueran hermanos más que en el barro y la sangre.

¿EL AMOR TIENE ALGO QUE VER CON LA POLÍTICA?

La política no es solamente la disciplina de los derechos, esta tiene también alguna cosa que ver con la obediencia y el servicio. Ahora bien no se puede servir y obedecer libremente más que amando. El amor es el zócalo esencial de la política, como lo es de toda la vida del hombre.

El rechazo del amor filial no ha hecho desertar el amor del político, solamente lo ha metamorfoseado y caricaturizado. Teniendo la naturaleza humana horror al vacío, el culto del héroe ha venido a reemplazar el amor al rey.

Todos los héroes modernos en política han reivindicado el título de padre: Stalin era el padrecito de los pueblos; Hitler y Mussolini son pastores y Mao un Gran Timonel. Pero ya que no se llega al Padre más que por el Hijo y en el Espíritu, acceder a los padres políticos sin pasar por ellos acarrea forzosamente el culto. El culto a la personalidad no es asunto más que de huérfanos.

Refundar la política sobre el amor no consiste en rechazar amar a los héroes sino saber discernir que el héroe es el que confía el poder a quien tiene legitimidad. Toda autoridad viene de Dios. Él da y es este don el que conviene amar.

El libro negro de la revolución francesa. Paris 2008
Pp. 415-429

miércoles, 4 de agosto de 2010

El repato revolucionario del territorio,entre utoía y tecnocracia (El libro negro de la Revolución francesa)

Capítulo XVI EL REPARTO REVOLUCIONARIO DEL TERRITORIO, ENTRE UTOPÍA Y TECNOCRACIA

“Establecer la Constitución es para nosotros reconstruir y regenerar el Estado. No es necesario pues que una pusilanimidad rutinaria nos tenga esclavizados al antiguo orden de las cosas, cuando es posible establecer las mejores bases y necesario disponer los resortes del Gobierno para los nuevos efectos que se trata de obtener. Como no habría regeneración si no se cambiaba nada, sólo habría una superficial y pasajera, si los cambios se limitaran a simples paliativos, dejando subsistir la causa de los antiguos defectos. No tratemos de hacer la Constitución, si no queremos regenerar a fondo.”

Así habla en 1790, delante de la Asamblea Constituyente, el Normando Jacques Guillaume Thouret, abogado, diputado del tercio de Ruán, uno de los más finos juristas de la asamblea, miembro del Comité de constitución y ponente este día de su proyecto de reparto del territorio. Un hombre que no dudaba ciertamente entonces que formaría parte de las víctimas de esta furia regeneradora que llama con sus votos y que se llevará al cadalso en el mismo carro que Malesherbes, el último defensor de Luís XVI.

Pues desde los primeros días noviembre de 1789, cuando combate la organización del territorio como tantos otros ámbitos, la Revolución francesa se proponen luchar sin descanso contra todo lo que podría dividir un cuerpo social y político unitario supuestamente revelado por la simbólica noche del 4 de agosto. Pero esta unidad es también, desde el principio del fenómeno revolucionario, indisolublemente vinculada una uniformidad pensada como necesaria, y esto por tres razones complementarias.

La primera revela, por supuesto, la pasión de la igualdad. No el entusiasmo para esta igualdad “varonil” que describirá Alexis de Tocqueville, que empuja a al hombre a intentar igualar a los que le son superiores, sino esta pasión que mencionan también al pensador normando, que nombraríamos igualitarismo, la que promueve a rebajarlo todo al más pequeño común denominador . En este sentido, este reparto territorial que se debate en la Constituyente puede parecer no ser más que un avatar de esta pasión igualitaria, el simple fruto de una misma voluntad de hacerlo pasar todo, hombres y territorios, bajo una talla idéntica. Pero el igualitarismo no es sin embargo todo, y en estos debates por el establecimiento de un nuevo orden de derecho público, no es evocado principalmente para justificar estas elecciones.

La principal razón, el fundamento intelectual de las primeras reformas se podría decir, la igualdad siendo aquí representativa de la segunda fase revolucionaria , es la voluntad de organizar mejor los cuadros de la sociedad. La razón, que permite al hombre comprender el bien público, debe dictarle también las formas de su organización social. Pero supone entonces un análisis exterior de los problemas, hecha por algunos cerebros superiores en sus gabinetes, descartando los datos de la historia. Este razonamiento es necesariamente simple, en una aproximación a la vez científica y utilitarista que se combina muy bien con la pasión igualitaria y la negación de las diferencias que se deriva. Para nuestros modernos de entonces, toda organización dispar, enredada, de forma irregular, no podría razonablemente prevalecer sobre la belleza de un idéntico esquema extendido al conjunto del territorio.

Pues lo que no es razonable sus ojos, o lo que no lo es más, en tanto que eso haya sido un día justificable por tal o cual consideración factual, es la organización territorial de un Antiguo régimen que conocía efectivamente una gran diversidad de repartos administrativos, a los cuales correspondían a menudo derechos particulares. A pesar de la redacción de los costumbres provinciales bajo el control del poder real, a pesar de la tentativa de sustituir un derecho francés “nacional” a los derechos locales, éstos siguen siendo dispares, como lo son también las infraestructuras, las economías, los métodos de arrendamiento del suelo o el diferente pesos de las ciudades, sin olvidar especificidades culturales que refuerza a veces la existencia de una lengua. Como lo señala Thouret, que será luego uno de los padres de la división territorial revolucionaria, “el reino está dividido en tantas divisiones diferentes como distintas especies de regímenes o poderes: en diócesis con relación eclesiástica; en gobiernos con relación militar, en generalidades con relación administrativo; en arriendos con relación judicial. […] no solamente, añade, hay desproporciones demasiado fuertes en la extensión del territorio, sino que estas antiguas divisiones, que no ha determinado ninguna combinación política, y que sola la práctica puede hacer tolerable, son viciosas bajo varios relaciones, tanto públicas como locales’. ”

Ahora bien la voluntad de reforma racional e igualitaria encuentra aquí un deseo de las administraciones que preexiste al fenómeno revolucionario. El Antiguo Régimen disponía de una administración central eficaz, compuesta de empleados del Estado a veces elegidos fuera de las clásicas redes nobiliarias en relación con el poder, y para los cuales eficacia debía prevalecer. Y, vistas desde París o desde estas sedes descentralizadas del poder central que son las intendencias, en resumen vistas con ojos “modernos”, las supervivencias “góticas” no tienen obviamente razón de existir.

Pero si el Antiguo Régimen había intentado reformarse con la creación de nuevas estructuras o nuevos poderes, era sin hacer desaparecer las antiguas divisiones. Excluyamos aquí la reforma parlamentaria emprendida por el canciller Maupeou, y que resultó menos de una voluntad de racionalización que al deseo de liberar el poder real de las pretensiones parlamentarias. La creación de los generalidades, es una tentativa para evitar las molestias de la gran diversidad, reforma inacabada que el régimen intentará aún con la de las asambleas provinciales. Aparecen por otra parte los términos modernos. Ya en 1765 , de Argenson pide la división del reino en departamentos, un término utilizado en la administración de Puentes y Calzadas, donde cada ingeniero tiene un “departamento” como circunscripción de acción, y, en 1787, las asambleas provinciales de la generalidad de Île-de-France serán reunidas por departamentos. La técnica moderna misma empuja en este sentido. Los ingenieros de Puentes que acabamos de mencionar, casta de técnicos ultraespecializados creada en 1716, se basan en el establecimiento de la carta de Cassini y sobre el conocimiento profundo que ella iba a aportar del territorio sujeto su control, para imponer su poder racionalizando la organización y el uso del espacio.

Así pues, en este Antiguo Régimen donde no es uniforme nada, una parte de la administración considera, fuera como se ve de todo debate sobre la igualdad de derechos, y esencialmente para afirmar su poder, que numerosas cosas deberían llegar a serlo. Si la visión tocquevillienne de un reino preparando las grandes reformas administrativas de la Revolución y, sobre todo, del Imperio, es seguramente excesiva, una nueva cultura administrativa está efectivamente en germen. Pero el reino permanece “erizado de libertades”, y los privilegios de las parroquias, municipios o sociedades son aún tantas defensas contra una administración por esencia siempre más intervensionista, tanto es así que el poder administrativo, no más que otros, no sabría autolimitarse.

El jurista está compartido entre dos enfoques, del que uno aprehende la Revolución como una ruptura ideológica asumida, cuando el segundo lo vería reanudar la marcha ya empezada hacia el modernidad administrativa. Lo que es cierto, es que el ataque contra las antiguas divisiones territoriales - con todas sus consecuencias en términos de nivelación de las especificidades jurídicas y culturales - viene todo tanto del interior del régimen como del exterior. Como lo declara Thouret la tribuna de la Constituyente presentando el informe al Comité de constitución sobre la nueva organización administrativa del reino: “Desde hace tiempo, los publicistas y las buenos administradores desean a una mejor división del reino: porque todas las que existen son excesivamente desiguales, y que no hay ninguna que sea regular, razonable, y cómoda, sea al administrador, sea a todas las partes del territorio administrado.”

Pero hay aún un punto a evocar, una tercera razón para la imperiosa necesidad de la redefinición territorial, el cambio de perspectiva que ofrecen el nuevo método de expresión de la voluntad general y la existencia de un órgano legislativo elegido. Este método de elaboración de la ley es en efecto la justificación esencial presentada la asamblea revolucionario para el renovación territorial. Se conocen los términos del debate en torno a la imposibilidad de poner en marcha una democracia directa que supondría la reunión de los ciudadanos – incluso aun cuando se tratara solo de los ciudadanos activos - en un mismo lugar. Será necesario pues representantes, que pueden ser titulares de un mandato imperativo, así pues perpetuamente revocables por sus comitentes, o de un mandato representativo, y libres entonces de actuar como les parezca para despejar la voluntad general. Eligiendo constituirse en Asamblea nacional, los elegidos de los Estados generales, procediendo del mandato que se les había confiado y que sólo consistía presentar los cuadernos de quejas de su orden y su distrito electoral, se comprometen, al término de debates agitados, en la única vía posible: liberarse de la idea de todo mandato imperativo y considerar que una vez reunidos representan la nación.

Es preciso asumirlo como ruptura total y necesaria. “Establecer la Constítutción, declara a Thouret a los diputados, es llevar en nombre de la nación [...] la ley suprema que vincula y subordina las diferentes partes al todo. El interés de este todo, es decir de la nación en cuerpo, puede solo determinar las leyes constitucionales; y nada de lo que concerniera a los sistemas, a los prejuicios, a las prácticas, a las pretensiones locales, puede entrar en la balanza. Si nos miramos menos como los representantes de la nación que como estipulantes de la ciudad, el arriendo o la provincia de donde somos enviados, prosigue el abogado normando; si, extraviados por esta falsa opinión de nuestro carácter, hablando mucho de nuestro país y muy poco del reino, ponemos el afecto provincial en paralelo con el interés nacional; me atrevo a demanadar, ¿seríamos dignos de haber sido elegido como los regeneradores del Estado'? ”

Es también para evitar en el futuro toda cuestión de este tipo que se repensado una organización del territorio que supone particularmente la cuestión de los distritos electorales. En este sentido pues, y es la tercera explicación, además de a la pasión igualitarista y de la voluntad de racionalización, el planteamiento revolucionario es también la consecuencia de necesidades jurídicas, y la única elección que ha sido hecha del sistema representativo la implicaría necesariamente según los excelentes juristas presentes la Constituyente.

¿Las consecuencias serían nefastas para las libertades? No, ya que la Revolución, haciendo desaparecer el despotismo, habrá vuelto inútiles los contrapoderes de las libertades locales. Curiosamente nadie parece entonces desconfiarse del peligro que harían correr a las libertades individuales una asamblea o administración central. En una acepción muy rousseauniana la elección supone garantizar la llegada al poder - al menos mayoritariamente - de individuos preocupados solo por bien común, y, hecha por los representantes de la nación, la ley no sabría ser más que ventajosa para todos. Simbólicamente, en la misma época, el juez ordinario (judicial) por otra parte está invitado a no interesarse en la acción del Estado (ley de 16 y 24 de agosto 1790): de una parte, porque el número de juristas de la Constituyente han lamentado , bajo el Antiguo Régimen, el freno puesto por los parlamentos de la ejecución de las reformas queridas por el poder central; pero también, por otra parte, porque el nuevo Estado, ejecutando las deliberaciones de órganos libremente elegidos, no sabría hacerlo mal.

Por eso se puede prescindir de los contrapoderes representados por las instituciones locales. “La posición no es ya la misma que era antes de la revolución actual, declara a Thouret. Cuando el omnipotencia estaba de hecho en las manos de los Ministros, y cuando las provincias aisladas tenían derechos e intereses a defender contra el despotismo, cada una deseaba con razón tener su cuerpo particular de administración, y de establecerla al mas alto grado de potencia y fuerza que era posible “. Los tiempos no están ya para estas necesidades, y dejando sus libertades a los poderes locales, es la división de la nación la que estaría en germen. “Temamos, añadimos nuestro Normando, establecer cuerpos administrativos bastante fuertes para emprender resistencia al jefe del poder ejecutivo, y que pueda creerse bastante potente para faltar impunemente la sumisión a la legislatura”. ” Es incluso hasta el recuerdo de las antiguos pretensiones lo que es necesario descartar: según Mirabeau, “Es preciso cambiar la división actual de las provincias, porque después de haber suprimido las pretensiones y los privilegios, sería imprudente lesionar una administración que podría ofrecer medios de reclamarlos y de reanudarlos””. La instrucción del 8 de enero de 1790 anexada al decreto del 22 de diciembre 1789 lo recordarán: El Estado es uno, los departamentos no son más que secciones del mismo todo.

Es necesario pues establecer a una organización “regular, razonable, y cómoda, sea al administrador, sea a todas las partes del territorio administrado”, y dos discursos subtienden estos propósitos: una voluntad de democratización, con instituciones más legibles y un poder más cercano, pero también, paralelamente, un poder central más eficaz y más presente localmente. Es lo que resume bien bastante los famosos argumentos sobre el tamaño óptimo de la circunscripción departamental: suficiente para permitir a todo ciudadano rendirse a su Administración central, a la cabeza de partido, en un día de marcha, y a su administrador de hacer la ida y vuelta de sus puntos más distantes en un día de caballo.

La historiografía francesa gusta en insistir en dos enfoques del reparto territorial, el de Mirabeau por una parte, y la del Comité de constitución, y, en particular, Sieyés y Thouret por otra parte, presentando el primero como el que enmendó el proyecto por demasiado rígido de los segundos aportándole un poco de realismo.

En sus Algunas ideas de constitución aplicables la ciudad de París, el abad escribía que es necesario “por todas partes nueve municipios para formar un departamento de cerca de 324 leguas cuadradas”. Thouret se haya de acuerdo con él sobre la superficie media del departamento. Para él 324 leguas cuadradas le dan… los cuadrados de 18 leguas de lado”. Entiende también dividir este departamento en nueve comunas de 36 leguas cuadradas y de seis leguas de lado… ella misma divididas en cantones de cuatro leguas cuadradas.

Mirabeau desea, él, que cada una de las 40 provincias se reparta en tres departamentos, lo que da 120 en vez de 80, sin comunas o cantones, pero conservando las parroquias. Se opone también la idea de partir de París como centro de un reparto matemático, ya que tal división “cortaría todos los vínculos que estrechan desde mucho tiempo los costumbres, las prácticas, los hábitos, , las producciones y la lengua””. Es que la cuestión -esencial no es a su modo de ver geográfica sino demográfica y que “la población es todo '”. Y más que de atentar a la nueva nación manteniendo ciertos cuadros idéntitarios antiguos, teme, si desaparecen, favorecer el estallido del reino por la pérdida de toda referencia en sus conciudadanos. Importaría pues evitar todos los excesos. “Los departamentos, declara, no serán formados más que por ciudadanos de la misma provincia, quienes ya la conocen, que ya están vinculados por mil relaciones. La misma lengua, las mismas costumbres, los mismos intereses no cesarán de ligarlos unos a otros. ”

Pero el criterio demográfico, lógico para justificar la igual representatividad de los parlamentarios en idénticos circunscripciones electorales, no carece de reproches. Cuando, llevándolo al extremo, Gautier de Biauzat propone apostar exclusivamente por hacer departamentos de 500.000 habitantes, es Thouret quien le acusa de “violar los límites actuales, cruzar el, montañas, cruzar los ríos, y confundir [...] las prácticas, los hábitos y los lenguajes'”.

Ya que, según el diputado normando, el proyecto de reparto del Comité respeta un cuadro identitario, la provincia: “Ninguna provincia, declara, es destruida, ni verdaderamente desmembrada, y ella no cesa de ser provincia, y la provincia de mismo nombre que antes.” “La nueva división, añade, puede hacerse casi por todas partes observando las conveniencias locales y sobre todo respetando los límites de las provincias”, y toma el ejemplo de Normandía de 1789: “Dividida en tres generalidades, escribe, formando tres resortes de intendencia; tiene tres distritos de asambleas provinciales; no subsiste menos bajo su nombre.” Nuestro fino jurista no puede ignorar con todo sino él se trataba en mismo tiempo de un atentado a su identidad, y a sus capacidades de pensarse momo contrapoder. Ciertos diputados emiten pues reservas sobre esta confianza: Delandine lamenta la división del Forez entre Beaujolais y Lyonnais, de otros piden, refiriéndose, en particular, al Languedoc y Bretaña, la creación de asambleas representando estas provincias. Pero los debates se limitan rápidamente al examen de cuestiones muy técnicas, las de saber ¡cómo distribuir las deudas de las antiguas provincias… o a quien hacer pagar los grandes trabajos locales!

La tentativa de racionalización revolucionaria del más pequeño escalón local favorecerá finalmente la continuidad histórica. La cuestión municipal se trata con la urgencia de la creación “espontánea” de comunas, y el la ley del 14 de diciembre de 1789 reconoce la existencia de 44.000 comunas, herederas de las antiguos parroquias, y no las grandes comunas pensadas por Thouret. En cuanto al departamento, la Asamblea Constituyente pone el principio de una tal división del reino por la ley del 22 de diciembre de 1789 - 8 de enero de 1790: artículo 1º. Se retienen un número (tendrá 83), un espacio (300 leguas cuadradas) y contornos geográficos que deberán respetar las antiguas parroquias. Pero departamentos y comunas no son toda la nueva organización territorial: cada departamento estará dividido en nueve distritos, ellos mismos divididos en cantones divididos en comunas. Los departamentos tal como los conocemos, fueron creados por la ley del 26 de febrero y 4 de marzo de 1790.

Esta división revolucionaria suscitó numerosas críticas. Para muchos, se trata de una creación artificial que no fue impuesta más que por una razón política, hacer estallar las antiguas provincias. “Es la primera vez que se ve hombres hacer pedazos la patria de una manera tan bárbara”, escribirá Edmund Burke sus Reflexiones sobre la Revolución de Francia. Añade: “No se conocerá más, se nos dice, ni Gascones ni Picardos, ni Bretones ni, Normandos, sino solamente de Franceses. Pero es más mucho verosímil que vuestro país pronto estará habitado no por franceses, sino por hombres sin patria; nunca se ha conocido hombres unidos por el orgullo, por una inclinación o por un sentimiento profundo a un rectángulo o un cuadrado. Nadie se tendrá nunca. La gloria de llevar el número 71 o llevar alguna otra etiqueta del mismo género” A pesar de la buena voluntad indicada, ciertos departamentos en efecto son en gran medida compuestos: el Aisne y el Oise enredan la île-de-France y Picardíe, la Charente-Maritime el Aunis y el Saintonge, la Haute-Vienne está a caballo sobre el Limnousin, la Marche, lal Guyenne y el Poitou, ,los Bassses-Pirinées descuartizados entre el Pays Basque, el Béam y Gascogne.

Pero el Normando Alexis de Tocqueville respondió en su Ancienne Régirne et la Revolution (1856) que habida cuenta de la centralización monárquico no se hizo apenas, en 1790, más que “despiezar muertos”. Además, el desmantelamiento de las provincias no constituyó siempre una ruptura con el pasado y las tradiciones, ya que el reparto “racional”, efectuado teniendo en cuenta el papel de polo de atracción jugado por las ciudades importantes, integraba realidades económicas y administrativas. Las nuevas circunscripciones se aproximaron pues a veces curiosamente con las antiguas, subdelegaciones para los departamentos bretones o diócesis para el Herault. Las provincias de Bretaña o Normandía se repartieron simplemente en cinco circunscripciones, las de Provence y Franco Condado en tres. Según Frangois Chauvin, los “cinco departamentos de llle-et-Vilaine, de Loire-Atlantique, de Morbihan, de Cótes-du Nord y del Finistere, evocan inevitablemente la antigua distribución del territorio bretón entre cinco tribus galas que son respectivamente losl Riedons, los Namnétes, losl Vénétes, los Coriosolites y losl Osimes '”. Y se encuentra por otra parte el Périgord en Dordogne, el Quercy en el Lot, el Gévaudan en la Lozere, o lo Bourbonnais en el Allier'.

Pero el atentado idéntitario no es sin embargo negable, y la ausencia de compromiso sobre el punto simbólico de la denominación es también muy revelador del espíritu de la época. Puesto que no podría ser cuestión de conservar nombres históricamente connotados, los departamentos van a ser bautizados sobre bases exclusivamente geográficas (en dos tercios por nombres de ríos) incluso cuando estos elementos son casi completamente imaginarios: el departamento de Calvados deberá así su nombre algunas infelices rocas sobre las cuales se habría perdido un galeón de la Armada Invencible… Es que el nuevo Estado se afirma en un nuevo territorio que simboliza el nuevo nombre. Y la crítica de Burke será retomada por Joseph de Maistre en sus Consideraciones sobre Francia, cuando el Saboyardo comparará el ordenamiento de los nuevos departamentos al de los regimientos, en adelante caracterizados por un número (1º o 5º regimiento de dragones…) y no más por un nombre (Real dragones, Coronel general…).

La parte utópica de la regeneración no es pues desdeñable, que se traduzca en un nuevo calendario, una nueva lengua (jaleo de la cortesía y los títulos), de nuevos pesos y medidas o de nuevos nombres. Se sabe, la fase última del ridículo se alcanzará cuando la Revolución se radicalizará y que 3.100 municipios cambiarán de nombre, las unas para recordar un antepasado] ilustran. Cuando Compiègne se convierte en Marat-sur-Oise, Ris-Orangis, Brutus o Santa-Maxime Cassius, los otros para borrar un recuerdo contrarrevolucionario, Versalles que se han convertido en Berceau-de-la-Liberté, Chantilly Égalité-sur-Nonette, Marsella, culpable de levantamiento Ville-sans-nom y Lyon, Commune-affranchie, de otros por fin para descartar un término implicado. Bourg-la-Reine que se han convertido en Burgo-Igualdad y, sobre todo, Grenoble… ¡Grelibre!

¿Cuáles fueron las consecuencias de estos repartos? La pérdida de un sentimiento de solidaridad, ya que, excepcionalmente, el departamento nunca se ha convertido en una esfera de pertenencia. Sondeo tras Sondeo, cuando se les pide su marco privilegiado de enraizamiento, los Franceses siguen mencionando la nación, las región/provincias y los municipios, y aunque establecidos desde hace doscientos años los departamentos presentan siempre la figura de estructura artificial. Al desposeer las provincias, contribuyeron a permitir su eclipse: resultando la pérdida del sentimiento de continuidad histórico y los límites a las posibilidades de crear contrapoderes locales. Pues si el escalón departamental no siempre ha aparecido como mejor adaptado a la puesta en marcha de la descentralización, lo ha sido desde el principio a una desconcentración eficaz, reforzando el poder de este agente del Estado todopoderoso que fue mucho tiempo - y que lo es aún largamente - el prefecto. En resumen, el departamento ha jugado su papel en el desarrollo de una unidad igualadora y contribuyó al refuerzo del peso de la tecnocracia. Los burócratas estarán contentos.

¿Las cosas han cambiado? La descentralización, pedida por desde hace unos años, parece no ser acordad hoy día porque que no permite ya la emergencia de verdaderos contrapoderes. ¿Volvería a reanudar la cadena del tiempo? Pero, ¿donde están las antiguas provincias en los numerosos repartos: tecnocráticos que el DATAR ( Délegation interministerielle à la Amenegement du Territoire et al Atractivité Regionale ) a ha retomado de Vichy? Se temía en el siglo XIX, la afirmación de poderes locales llevados por las comunidades orgánicas. ¿Pero existen aún estos últimos, laminados por la pseudocultura planetaria y “folklorizados” en parques temáticos para turistas amnésicos? Al combatir las pequeñas patrias, la Revolución ha impedido quizá el estallido de la nación de nación; pero, más seguramente aún, ha contribuido a hacer de los franceses menos que sujetos, simples administrados.

CHRISTOPHE BOUTIN,

profesor de Derecho público, Universidad de Caen.

martes, 3 de agosto de 2010

El vandalismo revolucionario (El libro negro de la Revolución francesa)

Capítulo XII EL VANDALISMO REVOLUCIONARIO

El vandalismo de la Revolución parece obvio. Ningún monumento, ninguna ciudad que no lleve las trazas de las destrucciones operadas durante este periodo capital. No obstante una tal fórmula suscita temibles problemas. Poner juntas estas dos palabras, es evidentemente decir que la Revolución ha sido vándala. Si la cuestión es antigua – ha nacido con la Revolución misma – no hay que olvidar que polémica.

Es preciso previamente resolver una cuestión de orden semántico: ¿como definir el vandalismo? En su acepción corriente, en efecto, se trata de “una tendencia a destruir estúpidamente, por ignorancia, obras de arte” (Le Petit Robert). Pero esta definición es demasiado restrictiva, pues no engloba los dos motivos principales del vandalismo: la especulación financiera, universalmente extendida, y la ideología política ¿Se puede poner al mismo rasero un especulador que arrasa una iglesia para revender los materiales, y una municipalidad decretando la destrucción de una estatua ecuestre de Luis XIV, ‘imagen insoportable de la tiranía’ Sin embargo es lo que ha producido la Revolución , con un raro placer.

…la Constituyente, la Legislativa y la Convención han tenido discursos concomitantes llamando al mismo tiempo a la destrucción de símbolos deshonrosos del pasado y la preservación de obras maestras de las artes, de las que el pueblo debía poder gozar.

Es aquí donde reside la clave de la lectura del vandalismo revolucionario. Más que la tontería o la astucia política, es preciso ver en esta actitud esquizofrénica la contradicción fundamental de la Revolución: no ha cesado de estar fundada sobre el reino de las teorías y de la abstracción, y de estar a la greña con los hechos y la encarnación. No era posible destruir toda Francia y purgarla de todos sus monumentos y obras de arte. Pero tampoco era posible a los nuevos dueños del país conservar intacto el decorado del pasado, que constituía un recuerdo permanente de los antiguos tiempos: las flores de lys embalsamaban siempre la monarquía, los campanarios góticos cantaban en todas partes la lengua de Dios. Entonces se operó a golpes, sin lógica, a veces con exceso, a veces con debilidad, decretando o dejando hacer. Y después de algunos años, el resultado fue un gran trastorno del paisaje monumental de ciudades, castillos e iglesias. Inmenso desastre para Francia, del que Chateaubriand a sido uno de los pintores más conmovedor, al mismo tiempo que un éxito inmenso de la Revolución.

Un último problema suscitado por este vandalismo es de orden contable. Menos complejo, no es menos delicado: ¿se puede redactar una lista completa de lo que ha desaparecido, aquilatar lo la medida exacta? Responder con la afirmativa vendría a ser tener un fichero gigantesco de la bibliografía histórica y topográfica de todas las comunas de Francia, pues el vandalismo revolucionario cubre el entero territorio de la nación. Ninguna iglesia, castillo, villa, en efecto que no lleve un estigma del acontecimiento refundador. Incluso si se pudiera ¿sería suficiente tal gestión para dar cuenta del capital de belleza e inteligencia que ha sido destruida por el hierro y por el fuego? ¿Que palabras podrían decir la emoción del rostro de una Virgen con el Niño del siglo XIII destruida a martillazos? ¿Qué descripción podría hacer sentir la magnificencia de una catedral medieval dinamitada y reducida a un montón de piedras? En su clásico Histoire du vandalisme, Louis Reau ha redactado un capítulo implacable y nutrido de innumerables ejemplos, que es a día de hoy la mejor síntesis de lo que se ha perdido

Más alinear los casos, más vale examinar los diferentes tipos de vandalismo en marcha bajo la Revolución, teniendo presente en mente su formidable interacción..

El primer tipo que se puede aislar es el vandalismo de pulsión, que pertenece propiamente a la gesta revolucionaria. El de una liberación acompañada de excesos y de derivas rápidamente incontrolables. Incluso los discursos de ruptura con el pasado que funda el periodo contienen en ese sentido todas las pérdidas por venir. …. Todos los discursos exaltados sobre los símbolos de la “tiranía” , los “nidos de bergantes”, las “marcas infames” de la esclavitud antigua, toda esa logorrea pueril e insensata , en el sentido primario del término, estas apelaciones a la purificación de Francia, debían llevar malos frutos.

Un segundo tipo podría ser definido como un vandalismo por procuración, un vandalismo en el que de alguna manera no se ensucian las manos. Se expresa de dos maneras bien conocidas. Ordenando la supresión de escudos de armas y blasones en todo el territorio francés (19 junio 1970) , la Constituyente ha abierto la vía a la destrucción de un inmenso patrimonio heráldico, que tocaba tanto a la historia como al arte, de numerosos monumentos que habían sido realizados por grandes escultores desde la Edad Media.

Mucho más grave, en cuanto que ha tenido más consecuencias – ciertas han durado hasta nuestros días- es el segundo caso. Nacionalizando los bienes del clero (noviembre 1789), después los de la corona y emigrados (1792-1793), poniéndolos en venta (los famoso “bienes nacionales”) , la Constituyente y la Legislativa perseguían un fin claro, reflotar el tesoro del Estado; quizá tuvieran también un fin oculto, formidable, no dicho, destruir una parte del parque inmobiliario de los edificios religiosos y principescos. Pues la venta de una iglesia o un gran dominio no podía ser otra cosa que su muerte. Sea una muerte inmediata por una destrucción, que procuraba materiales, después un terreno a repartir: la revolución suministró ahí una rica materia al vandalismo más corriente, el de la especulación. Sea una muerte lenta, por transformación en un uso contrario a su buena conservación: ¿cuantas iglesias convertidas en salas de espectáculos, fábrica de salitre, cuadras, incluso vivienda…? Asi han desaparecido grandes abadías (Jumiéges, Cluny, Chaalis, Orval…), grandes castillos reales o principescos ( Marly, Meudon, Chantilly, Choisy, Madrid en el bosque de Bolonia…) Como prueba el caso de la abadía de Royaumont, estas destrucciones podían ser igualmente por otra parte a la vez un buen negocio y teñidas de ideología, “ por miedo de la guillotina, porque el terror engendra la cobardía y el vandalismo antirreligioso había llegado a ser una prueba de cinismo “. Sería menester añadir que dieron lugar a invenciones notables, como ese sistema puesto a punto por un arquitecto fracasado, Petit-Radel,, y destinado a operar la destrucción de una iglesia medieval en ¡”diez minutos”!

El tercer y último tipo, el más repugnante es el vandalismo ideológico. Recubre las destrucciones ordenadas por el gobierno revolucionario y sus diferentes emanaciones administrativas contra los monumentos de la monarquía y de la Iglesia principalmente. Este vandalismo es propiamente la responsabilidad de la Iª República, entendida como periodo histórico y como régimen político. Nos resulta la más odiosa, pues anuncia numerosas destrucciones que han afectado las obras de arte y la inteligencia del siglo XX, en todos los puntos del globo y en dictaduras de todos los órdenes.

La joven República se encontraba en efecto frente a innumerables monumentos, cuadros, esculturas, libros, tapicerías, muebles… que cantaban la gloria secular de la monarquía francesa. A fin de no “herir” los ojos de los buenos ciudadanos, según la fraseología primaria del momento, fue preciso emprender una operación de amputación de esta memoria visible. Esta supresión real funcionó de dos maneras por destrucción y por mutilación.

El aspecto más espectacular fue la destrucción de efigies reales, perseguidas por todas partes. Centenas de cuadros, sobro todo retratos, fueron destruidos. Peor, pues subsiste a pesar de todo efigies reales pintadas, fue la suerte reservada a las estatuas, ecuestres o pedestres y a los bajorrelieves monumentales, obras admirables debidas a los mejores escultores italianos y franceses que adornaban los palacios reales y los edificios públicos, tanto en Paris como en provincias. … Cinco grandes estatuas desaparecieron en Paris, una en la plaza Bellecour de Lyon , cuyos edificios fueron arrasados por el cañón, una en Dijon, Nancy, Reims, Valenciennes, Caen, Montpellier, Bordeaux, dos en Rennes…La estatua de piedra de Luis XII en la fachada del castillo de Blois, el Carlos VII de Bourges, el Felipe el Hermoso a caballo de Notre Dame de Paris , el Enrique IV del ayuntamiento de Paris o el Luis XIV carcoleando en la fachada del ayuntamiento de Lyon sufrieron la misma suerte. Todas estas estatuas de piedra y de bronce fueron derribadas, destrozadas, dispersadas incluso fundidas, destrozando una suma de tesoros esculpidos inestimables.

En cambio para las grandes residencias reales, la República no operó por destrucción local, sino por mutilación. Así, por extraordinario, los más bellos símbolos de la monarquía han sobrevivido a la Revolución, y en primer lugar el conjunto de Versalles. En todos estos edificios el vandalismo ideológico se encarnizó en efecto sobre los símbolos y mutiló fachadas y decoraciones esculpidas, incluso agujas y campanarios cuando estos herían el sentimiento de igualdad (sic). Millares de flores de lys, de coronas, de iniciales reales, de estatuas y de bajorrelieves fueron cuidadosa, pacientemente… y costosamente martilleados. …Se llegó hasta rasgar encuadernaciones, arrancar los bordes de las tapicerías, cambiar partes de los muebles (el escritorio del rey en Versalles) .

El vandalismo antirreligioso tomó pronto el relevo. En este dominio, la fecha de 1792 es igualmente capital: cuando el rey fue eliminado, el odio antirreligioso y las persecuciones ligadas a la fe pudieron tomar un auge extraordinario, único en la historia del país desde el fin del imperio romano. Prohibir tosa práctica de fe, deportar o ejecutar a los miembros del clero, perseguir los fieles, poner a subasta los edificios religiosos nacionalizados, todo esto era a la vez inédito y relativamente fácil de hacer. Otra cosa era borrar una presencia monumental que habitaba las villas y ciudades de toda Francia desde más de mil años.

Existía no obstante un precedente anunciador: la transformación, en 1791, de la iglesia real de Sainte –Geneviève , la obra maestra de Soufflot, en “panteón de grandes hombre”: para dar al templo de la nueva religión un carácter de dignidad, el arquitecto Quatremère de Quincy había mutilado un monumento mayor de la arquitectura francesa destrozando la escultura religiosa, abatiendo los dos campanarios y el linternón de la cúpula, pero sobre todo obturando la casi totalidad de las ventanas periféricas que iluminaban generosamente la nave, para obtener un efecto más “sepulcral” . Pasando de la luz a la sombra , la gesta revolucionaria no podía ser más explícita.

El odio antirreligioso ha engendrado un número muy importante de destrucciones y mutilaciones de monumentos religiosos seculares, de iglesias parroquiales y hasta de catedrales enteras (como la de Saint-Lambert en Lieja), tipo ordinariamente preservado por razón de la masa a demoler.

En el exterior de los edificios, varios millares de estatuas, datando de la época medieval, del renacimiento y de la edad moderna, fueron abatidos, destrozados, decapitados…., los bajorrelieves rasgados (citemos, entre tantos otros, el caso de la iglesia de Notre-Dame de Dijon, donde las esculturas continúan a leerse en negativo sobre el portal principal). Muy pocas de estas mutilaciones fueron el fruto de un “furor” popular, tolerado por las autoridades de hecho. Fue preciso organizar, dar órdenes, montar andamios, pagar a tanto alzado, sistema en donde la administración desplegó su energía y dejó en consecuencia archivos.

En el interior los objetos litúrgicos, los vitrales, las tumbas de mármol o de bronce fueron destrozadas, desmontadas, desplazadas, llevando al mercado una cantidad increíble de objetos religiosos vendidos como materiales los que no habían sido destrozados. … Desgraciadamente este vandalismo viajó con las tropas francesas; además de las degradaciones en Bélgica, recodemos que en Roma, los franceses mutilaron la iglesia de Trinitá in Montoria en Pincio, y que destrozaron en el capitolio una gran estatua de Pietro Bracchi representante del papa Clemente XII.

Paris pagó un pesado tributo al vandalismo antirreligioso si se piensa en el número de iglesias y de conventos desaparecidos entonces. Citemos en la orilla izquierda Cordeliers, Saint-André-des-Arts, la Chartreuse, la iglesia de Bernardins, los Carmelitas, los Feuillantes, al biblioteca de la Saint- chapelle de Saint-Germain- des-Prés , en la orilla derecha Saint-Jean-en –Grève, San Pablo, los Feuillants, los Capuchinos, los Jacobinos, el Temple, los Mínimos… Ante este desastre uno se extraña de el Val-de-Grace , abadía de fundación real ligada al recuerdo de Ana de Austria, y la cúpula de los Inválidos de Luis XIV hayan sobrevivido. En cuanto a la catedral de Notre-Dame , puesta en venta durante el Terror, no encontró comprador.

lunes, 2 de agosto de 2010

La guerra de Vendée. Guerra civil, genocidio,memoricidio 3 (El libro negro de la Revolución francesa)

LA TOMA DE CONCIENCIA Y EL MÉMORICIDIO

Va a ser necesario esperar la caída de Robespierre para que la opinión pública local, nacional, internacional tome conciencia de “la enormidad del Acto” cometido en Vendée. Al estupor general, sigue muy rápido la cólera. Se exigen culpables y penas: los testimonios afluyen, los escritos se publican, los documentos revelan

El proceso Carrier no se comprende más que en este contexto: el hombre es visto a la vez como “un gran criminal contra los derechos fundamentales de los hombres” y el chivo expiatorio que debe pagar para todos otros. Desaparecido, se espera que el olvido hará tabla rasa de este crimen que mancha, se sabe ya , de manera indeleble, la Revolución. Su proceso es de una asombrosa modernidad y, en el fondo, muy próximo del de Nuremberg. Se plantean cinco grandes cuestiones: ¿quién es culpable? ¿Quién es responsable? ¿Cómo sancionar este crimen contra la humanidad? ¿Cómo memorizar este crimen de Estado? ¿Cómo llamarlo? Esta última cuestión es el objeto largos debates en razón misma de la primer especificidad de esta política de destrucción y exterminio. A falta de palabra, Gracchus Babeuf va a recurrir un neologismo: el populicide.

En efecto, el horror es tan grande que las consecuencias políticas se imponen a todos: más allá de los hombres, es el régimen político el que se condenado. Se entabla entonces una carrera contrarreloj cuya apuesta es la misma supervivencia de la Revolución y los revolucionarios.

Todo se juega entre el proceso Carrier de diciembre de 1794 y el de Turreau en diciembre de 1795.

El contexto está en la reconciliación y el olvido: los Vendeanos por los Tratados el Jaunaye (17 de febrero de 1795) y Saint-Florent-le-Vieil (2 de mayo de 1795) y los Chouans de Bretaña por el de Mabilais (20 de abril de 1795) se prestan al juego tanto más fácilmente por otra parte que se les promete secretamente la restitución del delfín rey Louis XVII, para el cual se construyó una casa en Belleville, y la restauración de la monarquía que aparece como el único sistema que pueda garantizar la libertad y la seguridad general. Por otra parte ésta parece inevitable y las elecciones legislativas están próximas: se divide a los republicanos, la miseria del país real, la opinión pública ultrajada.

Los convencionales, desesperados y asustados, deciden forzar el destino: una carta escrita por siete de ellos (Tallien, Treilhard, Sieyés, Doulcet, Rabaut, Maree, Cambacérés) y expedida a representante del pueblo Guezno explica la estrategia a retener: “Es imposible, querido colega, que la República pueda mantenerse si la Vendée no se reduce enteramente bajo el yugo. No podremos nosotros mismos creer en nuestra seguridad hasta que los bandidos que infestan el Oeste desde hace dos años hayan sido puestos en la impotencia de dañarnos y contrariar nuestros proyectos, es decir cuando hayan sido exterminado. Es ya un sacrificio demasiado vergonzoso haber sido reducido a tratar de la paz con rebeldes o más bien con canallas cuya gran mayoría mereció el cadalso. Convenceros de que nos destruirán si no los destruimos. Ellos no han puesto más buena fe que nosotros en el Tratado firmado y no debe inspirarles ninguna confianza en las promesas del Gobierno. Los dos partidos han transigido sabiendo bien que se engañaban. Es conforme a la imposibilidad en que estamos de esperar que podamos abusar mucho más tiempo de los Vendeanos, imposibilidad también demostrada a todos los miembros de los tres Comités, por la que es necesario buscar los medios de prevenir a los hombres que tengan tanta audacia y actividad como nosotros. Es necesario no dormirse porque el viento no agita aún las grandes ramas, ya que está bien cerca de soplar con violencia. El momento se acerca, en que según e artículo II del Tratado secreto, es necesario presentarles una especie de monarquía, y mostrarles a este pequeño por el cual se baten. Sería demasiado peligroso hacer un tal paso; nos perderían sin retorno. Los Comités sólo encontraron un medio de evitar esta dificultad verdaderamente extrema; helo aquí. La principal fuerza de los bandidos está en el fanatismo que sus jefes les inspiran; es necesario detenerlos, y disolver así, de golpe, a esta asociación monárquica que nos perderá si nos apresuramos a prevenirlo. Pero no es necesario perder vista, querido colega, que la opinión se nos vuelve cada día aún más necesaria que la fuerza; es necesario sacrificarlo todo para poner la opinión nuestro lado. Es necesario suponer que los jefes levantados quisieron romper el Tratado, creerse a príncipes de los departamentos que ocupan; que estos jefes tienen inteligencias con los ingleses; que quieren ofrecerles la costa, pillar la ciudad de Nantes y embarcarse con el fruto de sus rapiñas. Haga interceptar correos portadores de parecidas cartas, grite la perfidia y ponga sobre todo en este primer momento una gran apariencia de moderación para que el pueblo vea claramente que la buena fe y la justicia están de nuestro lado. Te lo repetimos, querido colega, la Vendée destruirá la Convención, si la Convención no destruye la Vendée. Si puedes tener los once jefes, la manada se dispersará. Concierta sobre el terreno con los administradores de llle-et-Vilaine. Comunica la presente desde su recepción a los cuatro representantes del distrito. Será preciso aprovecharse del asombro y del desaliento que debe producir la ausencia de los jefes para operar el desarme de los Vendeanos y de los Chouans. Es necesario que se someten al régimen general de la República o que perezcan; nada de medias tintas; nada de semi-medidas, ellas consienten todo en revolución. Es preciso, si es necesario, emplear el hierro y el fuego, pero haciendo a los Vendeanos culpables a los ojos de la nación del mal que les haremos. Atrapadas, te lo repetimos, querido colega, las primeras apariencias que se presentarán para asestar el gran golpe ya que los acontecimientos apresuran de todas las partes [...].”

Por una casualidad inaudita esta carta cae entre las manos del Chouans, Cháteaugiron, el 10 de junio, o sea dos meses después de la interceptación de un convoy de veneno en los alrededores de Ancenis, en la granja de Volfrése, por el vizconde de Scepeaux: es el estupor y la cólera. El 22 de junio, por una proclamación solemne a los habitantes del Poitou, del Anjou, de Maine, de Bretaña, de Normandía y de todas las provincias de Francia, los principales jefes bretones y vendeanos protestan cara tales métodos y gritan la traición.

Es demasiado tarde: los convencionales han trabajado en profundidad: el desembarque de Quiberon, el 27 de junio, el golpe de Estado del 13 vendémiaire (5 de octubre) harán el resto: nunca ,jamás la opinión pública nacional verá en los Vendeanos como en los el Chouans más que hombres perjurios.

El general Turreau, que sigue los acontecimientos de su prisión, comprendió esta evolución y, aunque amnistiado después del 13 vendimiario, exige ser juzgado: sabe que no sólo no arriesga ya nada sino que, por añadidura, puede recobrar su honor. Absuelto, no tiene incluso una mirada de compasión para Chapelain, el diputado republicano del Vendée, abucheado por el público por haber denunciado los horrores cometidos. Desesperado, asqueado, este último atentará incluso a sus días ya que sabe que la nación hizo una elección definitiva: los argumentos seguirán, lógicos, crueles, injustos, deshonestos. La unidad nacional, consciente e inconsciente, se cristalizó contra los Vendeanos: Nada más podrá ponerla en cuestión y desgracia a los que se atrevan a recordar la realidad de los acontecimientos.

Sólo, los generales vendeanos, debido a su envergadura, del respeto que suscitaban, de su conocimiento exacto de los acontecimientos, habrían podido eventualmente romper esta lógica naciente. Desgraciadamente, todos se habían muerto: Cathelineau, Bonchamps, Lescure, matados por balas anónimas; por Elbée, Carro, Stofflet, fusilados; el príncipe de Talmont, guillotinado, etc.

Permanece el problema de la memoria o más exactamente de las memorias ya que es necesario hacer la distinción entre la memoria nacional y la memoria local.

Bonaparte es el primer agente de la memoria nacional. Cuando toma el poder en 1799, una de sus primeras preocupaciones es el restablecimiento de la paz en Vendée. Además de la evidente finalidad política, el general tiene también un reflejo humanitario. Está, y lo dirá en muchas ocasiones, escandalizado por lo que se ha hecho: ¡“Ah! ¡Ahí está la guerra civil y su espantosa comitiva: he ahí sus inevitables resultados; sus frutos asegurados! Si algunos jefes hacen fortuna y sacan partido, el polvo de la población es siempre despreciado; ninguno de los males se le ahorra” El por otra parte se habían negado a viajar a Vendée en el cuadro de la represión. No se equivocaron los Vendeanos que, el 15 brumario del año VIII, se desgañitaron a gritar: ¡“Viva el rey, viva Bonaparte! ”

El sectarismo del Directorio y las persecuciones que se siguieron acabaron luego en una formidable extensión de la guerra al Oeste en 1799. Muchos contemporáneos han señalado las graves consecuencias que podían resultar, tales dos informes anónimos (firmados X.) de 23 y 26 ventoso año VI expedidos de Nantes al Ministro. El primer texto indica el renacimiento de las críticas contra el mismo régimen, por parte de personas al parecer sumadas a la República: las pasiones se animan; los agentes son víctimas de amenazas; los descontentos elevan la voz. Los culpables, según los testimonios, son indudablemente los sacerdotes que “se agitan más que nunca y abusan de su pérfida influencia para adoctrinar a los débiles en el momento de la llegada de las fiestas de Pascua”. Reuniones populares para recitar el rosario tienen lugar un poco por todas partes, cada noche: “los habitantes son convocados en los lugares, indicados por medio de cuernos.” El segundo informe habla de “manejos subversivos” y se quejan aún de los sacerdotes que “predican la rebelión” y anuncian el próximo final del Gobierno.

La administración, cara estos acontecimientos, adopta, inicialmente, una actitud moderada, luego se coloca francamente del lado de los Vendeanos. Prohíbe representar aires patrióticos al comienzo de los espectáculos y reacciona vivamente, en septiembre de 1798,a la decisión del Directorio de proceder un nuevo levantamiento de hombres. Esta reacción implica el fracaso del la ley llamada ley Jourdan. El Directorio, furioso, decide entonces sancionar los supuestos culpables y hace volver a ocupar militarmente el país, de donde la multiplicación de las manifestaciones de cólera, tanto más violentas cuanto que se persigue al clero de nuevo y la práctica religiosa es prohibida.

Por lo tanto, todo se juega entre mediados de octubre y finales de diciembre de 1799. La primera tarea de los cónsules es el restablecimiento de la paz religiosa: esto es la famosa proclamación del 7 nivosos del año VIII (28 de diciembre de 1799) del que el contenido señala una ruptura con relación a la política del Directorio. Después de haber condenado la acción “de los traidores vendeanos al Inglés [...], hombres a quienes el Gobierno no debe ni consideración ni declaración de principios”, los cónsules se dirigen a los “ciudadanos caros a la patria, que fueron seducidos por sus astucias y quienes se deben las luces y la verdad”. Recuerdan en pocas palabras los abusos arbitrarios de los gobiernos anteriores: “leyes injustas han sido promulgadas y ejecutadas, actos arbitrarios alarmaron la seguridad de los ciudadanos y la libertad de conciencia; por todas partes inscripciones aventuradas en listas de emigrantes afectaron ciudadanos que nunca abandonaron ni su patria ni incluso sus hogares; en fin grandes principios de carácter social han sido violados. ”

No solamente, según el texto, el Gobierno actual no ha continuado esta política, sino, al contrario, lo ha denunciado; mejor “trabaja sin descanso preparar la reforma de las malas leyes y una combinación más feliz de las contribuciones publicas. Cada día está, y, estará marcado por actos de justicia [...]. El Gobierno perdonará, hará merced al arrepentimiento. ” Recusación, amnistía, cierto, y también, y sobre todo, libertad total del culto católico. “Los cónsules declaran aún que la libertad de culto está garantizada por la Constitución, que ningún magistrado puede atentar, que ningún hombre puede decir otro hombre: ejercerás un único culto, tu sólo ejercerás un único día. ” Esta frase, impresa en caracteres especiales, es decisiva: disminuye o suprime las reivindicaciones religiosas. Ya, el Tratado del Jaunaye puesto entre los Vendeanos y la República, el 17 de febrero de 1795, por una dirección de los representantes Morisson y Gaudin, había declarado la libertad de culto pero había sido puesta en cuestión.

Esta proclamación, muy hábil en su declaración, hace coincidir, por primera vez, la legitimidad del clero refractario con una determinada legalidad. Le reconoce, en efecto, y le confiere mismo un papel de intermediario que se había visto rechazar hasta entonces: “Nadie conocerá más que un único sentimiento: el amor de la patria. Los Ministros de un Dios de paz serán los primeros motores de la reconciliación y la concordia: que vayan en estos templos reabiertos para ellos a ofrecer con sus conciudadanos el sacrificio que expiará los crímenes de la guerra y la sangre vertida. ” La palabra “sacrificio” no fue retenida por casualidad: es una definición católica fundamental y no un deísmo o incluso un cristianismo de tipo protestante o modernista. Bonaparte, mediterráneo, está muy al hecho a la sensibilidad católico. El clero no se equivoca. La proclamación va seguida todas las órdenes que cancelan las restricciones y humillaciones anteriores. Declaran el derecho a apelar a las funciones públicas de nobles o padres de emigrantes juzgados dignos de confianza. El juramento constitucional es sustituido por una promesa de respetar la Constitución consular que no interfiere con lo espiritual. Esta declaración es considerada como una victoria por los Vendeanos. Justifica de manera brillante su combate.

En 1808. el emperador invitado por su amigo el barón Dupin, prefecto de Deux-*Sèvres, esposo de la viuda de Danton, cuando a su vuelta de por España, cruza el Vendée. Asombrado por el estado de desolación general, va aún más lejos y decide estimular el reconstrucción compensando a las poblaciones siniestradas. Un decreto sale inmediatamente, el 8 agosto, para la Vendée, seguido de dos otro, en 1811, para los Deux-Sèvres y el Loira-Inferior: entre otras cosas, los Vendeanos son eximidos de contribuciones durante quince años y se pagan algunas subvenciones. Luis XVIII y Carlos X, a pesar de los discursos oficiales que parten del principio que “el rey no sabe nada, el rey tiene todo olvidado” con el fin de no excitar las pasiones, prosigue este política y la amplían: pensiones, indemnizaciones, subvenciones, honores, el trabajo se distribuyen espontáneamente o a raíz de solicitudes. Los supervivientes, estimulados por las autoridades, comienzan también a contar los acontecimientos como los vivieron. Escritores, periodistas dan prueba también. Victor Hugo mismo, en 1819, le dedica a la Vendée una de sus más bellas odas titulada “Vendée”.

Con el reino de Luís Felipe comienza la revisión de la historia y el trabajo de manipulación de la memoria en nombre del interés superior de la nación y los principios “fundadores” del Revolución como la ha explicado tan bien el gran historiador del Siglo XIX siglo, a Hippolyte Taine, en la introducción de su obra, Los Orígenes de la Francia contemporánea, aparecido en 1884: “Este volumen, como los precedentes, dice, sólo se escribe para los aficionados de zoología moral, para los naturalistas del espíritu, para los investigadores de verdades, textos y pruebas, para ellos solo y no para el público que, sobre la revolución, tiene su partido tomado, su opinión hecha. Esta opinión comenzó formarse en 1825-1830 después de la jubilación o la muerte de los testigos oculares: desaparecidos ellos, se pudo convencer al buen público que los cocodrilos eran filántropos, que varios de ellos tenían genio, que no comieron casi más que culpables y que sí a veces comieron demasiados culpables, ha sido sin su conocimiento, a pesar suyo o por dedicación, sacrificio de ellos mismo al bien común.” ”

La operación consiste lavar la Revolución de toda mancha, a quitar la mancha de sangre vendeana. Como se es incapaz de explicar el crimen cometido, se prefiere negarlo, relativizarlo, justificarlo, banalizarlo, el método más extendido en los historiadores “negacionistas”, método siempre utilizado hoy día. Leamos, por ejemplo, los libros escolares sobre la cuestión: lal Vendée se resume sabiamente en una pequeña guerra civil, nacida en marzo de 1793 y muerta en diciembre del mismo año. Los hechos de 1794 no se definen más que por relación a una guerrilla o cínicamente se concentran sobre una masacre cometida por los Blancos, Machecoul, masacre única por otra parte, que es consecuencia de una masacre cometida por los azules en Pornic, tres días antes y de un seudo-asesinato de un niño soldado llamado Bara , muerte de la que no se conoce el origen, y cuyo mito ha sido creado en todas sus partes por el mismo Robespierre a pesar de las protestas del superior del niño que será condenado por otra parte a muerte por esta razón y ejecutado. Este negacionismo va tan lejos que niega y denuncia la existencia de las leyes de destrucción y exterminación, a pesar de su publicación por el Diario Oficial de la época del llamado plan de Turreau, plan del que los archivos del fuerte de Vincennes conservan el original redactado por el mismo Turreau, de los ahogamientos, de las matanzas de masa, en particular, de niños y mujeres, de los hornos crematorios, de las curtidurías de pieles humanas, de las fundiciones de grasa, etc algunos de estos historiadores no vacilan, por otra parte, justificar lo injustificable en nombre de la Revolución, a partir del principio que la Revolución que es un bloque, nada debía mancharla. Este argumento se utiliza por primera vez con motivo del pleito Carriere. El abogado Tronson-Ducoudray lo denuncia vivamente en términos precisos: “Hay, dice, otra calumnia que los facciosos lanzan desde hace algún tiempo, con habilidad, entre el pueblo. Afirman que al recordar los horrores del Vendée, se va a hacer el pleito de la Revolución.”

Localmente, hasta en 1814-1815, los Vendeanos permanecen relativamente discretos con relación a los acontecimientos, seguramente debido al contexto y también a falta de portavoz de envergadura y medios, en particular, financieros, medios enteramente consagrados a la reconstrucción. Con la Restauración, los Vendeanos aprenden apropiarse su historia gracias, entre otras cosas, a la publicación de testimonios, como los de las marquesas de Bonchamps y de Rochejaquelein, las erecciones de monumentos, en particular, de estatuas en honor de Rochejaquelein, de Bonchamps, de Charette, de Cathelineau…, la transferencia de los despojos de los grandes jefes, de víctimas aisladas e incluso de sepulcros de masa como en Bouguenais y en la Chapelle-Basse-Mer. A partIr de los años 1830, es decir en el momento de la puesta en obra a nivel de Estado de la manipulación de la historia oficial frente a la Vendée, comienza una verdadera política de devoción, tanto más intensa cuanto que los últimos testigos están desapareciendo. Sin embargo, si el recuerdo de los acontecimientos se transmite de generación en generación, masivamente hasta en los años sesenta, en ningún momento los Vendeanos tomaron conciencia, y en consecuencia integrado, la especificidad del crimen de Estado cometido a su respecto. A título de ejemplo, es lo que explica que algunos municipios vendeanos hayan dado el nombre de sus verdugos calles como en Challans lal de Lazare Carnot, autor de la carta, el 8 de febrero de 1794, que avala el plan de Turreau.

A nivel nacional, el bicentenario de la revolución habría debido ser la ocasión de abordar, al margen de ideología, este periodo, No solamente no ha sido así en absoluto sino que se hizo todo con relación al dogma oficial. A título de ejemplo, los coloquios científicos, organizados sobre la cuestión vendeana, sólo tenían este objetivo. Se había por otra parte tomado la precaución de evitar invitar a cualquier contradictor, tachado de revisionista, el colmo, haciendo al mismo tiempo lo necesario para impedirles ser contratados como profesores o investigadores.

Este planteamiento tiene consecuencias gravísimas. A nivel humano, era una ocasión de reparar un delito histórico cometido frente a los Vendeanos que la historia oficial hace aún traidores y de sus verdugos, de los “santos laicos” y de las víctimas; a nivel científico, de delimitar la verdadera dimensión del drama vendeano que es un genocidio matricial como lo había visto tan bien, desde 1795, Gracchus Babeuf, a través de una obra de un increíble modernidad titulada del sistema de despoblación o la vida y los crímenes de Carrier. Por otra parte, los líderes comunistas como Lenin, Pol Pot, etc no se equivocan: han extraído de ahí sus reflexiones y sus métodos. Yendo más lejos, se habría podido reflexionar sobre una serie de cuestiones como la filiación entre el Terror y los sistemas comunista y nazi, el soporte jurídico de la deportación judía en el cual se basó Vichy, etc; al nivel del derecho internacional, era la ocasión de ampliar el campo de acción del concepto de genocidio la memoria y de definir el crimen de memoricidio. En efecto, crimen contra la humanidad, el concepto de genocidio se limita a la concepción o a la realización o a la complicidad en el exterminio parcial o total de un grupo humano de tipo racial, étnico o religioso y del que se encuentran excluidas la memoria y la manipulación. En 1991, yo había publicado en Olivar Orban una obra titulada Judíos y Vendeanos, de un genocidio a otro: la manipulación de la memoria. Concluía escribiendo: “Los asesinos de la memoria son peligrosos: si consiguen convencer a la opinión pública, siempre presta a rechazar lo que supera su entendimiento, que el genocidio judío no tiene lugar o que se justifica, el impensable de ayer puede convertirse en la realidad de mañana. Esta es la razón por la que la memoria judía no es solamente asunto de los Judíos sino de todos como la Vendée habría debido serlo anteayer y eso por la dignidad de la humanidad. ” El coloquio negacionista organizado por Irán, en diciembre de 2006, es una etapa de la que es necesario no subestimar la importancia ni marginalizarla puesto que los intereses ideológicos y políticos priman naturalmente sobre la verdad cualquiera que sea: la Vendée ha sido el ejemplo matricial.

REYNALD SECHER,

doctor en letras.