domingo, 12 de mayo de 2019

Escolios a un texto implícito 9 (Nicolás Gómez Dávila)


 — Los biógrafos del escritor suelen eliminar a la persona, para ocuparse de su vida insignificante.

 — A finales del siglo pasado sólo hubo un “arte sin estilo”, en la segunda mitad de éste sólo hay un estilo sin arte.

 — Las extravagancias del arte moderno están enseñándonos a apreciar debidamente las insipideces del arte clásico.

 — Las burocracias no suceden casualmente a las revoluciones. Las revoluciones son los partos sangrientos de las burocracias.

 — Las más nobles cosas de la tierra quizá no existan, sino en las palabras que las evocan.
 Pero basta que allí estén, para que sean.

 — Las insolencias del adolescente no son más que patadas del asno que se acomoda al establo.
 Mientras que la insolencia del adulto que arroja bruscamente de sus hombros los años de paciencia que lo encorvan es un espectáculo admirable.

 — Obligaciones o placeres, objetos o personas: basta moverlos del sitio subordinado que a cada cual corresponde, para convertirlos en nada.

 — Todo inconforme sabe, en el fondo del alma, que el sitio que su vanidad rechaza es el sitio mismo que su naturaleza le fijó.

 — Hay menos ambiciosos en el mundo que individuos que hoy se creen obligados moralmente a serlo.

 — Religión y ciencia no deben firmar pactos de límites, sino tratado de desconocimiento recíproco.

 — A lo más que puede aspirar el hombre que se conoce es a ser lo menos repugnante posible.

 — Postulado básico de la democracia: la ley es la conciencia del ciudadano.

 — La tolerancia consiste en una firme decisión de permitir que insulten todo lo que pretendemos querer y respetar, siempre que no amenacen nuestras comodidades materiales.
 El hombre moderno, liberal, demócrata, progresista, siempre que no le pisen los callos, tolera que le empuerquen el alma.

 — Decir que la libertad consiste en cosa distinta de hacer lo que queremos es mentira.
 Que convenga, por otra parte, limitar la libertad es cosa evidente.
 Pero el engaño comienza cuando pretenden identificarla con las limitaciones que le imponen.

 — La historia moderna se reduce, en última instancia a la derrota de la burguesía y a la victoria de las ideas burguesas.

 — El predicador del reino de Dios cuando no es Cristo el que predica, acaba predicando el reino del hombre.

 — Cuando despierta en nosotros el anhelo de otros lugares, de otros siglos, no es realmente en tal o cual tiempo, en tal o cual país, donde deseamos vivir, sino en las frases mismas del escritor que supo hablarnos de ese país o de ese tiempo.

 — Naciones e individuos, salvo excepciones raras, sólo se portan con decencia cuando las circunstancias no les permiten otra cosa.

 — Si el burgués de ayer compraba cuadros porque su tema era sentimental o pintoresco, el burgués de hoy no los compra cuando tienen tema pintoresco o sentimental.
 El tema sigue vendiendo el cuadro.

 — La ética debe ser la estética de la conducta.

 El que no se anticipa a la vejez no prolonga su juventud, sino corrompe hasta sus recuerdos.

 — Mientras no convierten la igualdad en dogma, nos podemos tratar como iguales.

 — No añoro una naturaleza virgen, una naturaleza sin la huella campesina que la ennoblece y sin el palacio que corona la colina.
 Sino una naturaleza a salvo de industrialismos plebeyos y de manipuleos irreverentes.

 El escritor que no ha torturado sus frases tortura al lector.

 — El hombre moderno se encarceló en su autonomía, sordo al misterioso rumor de oleaje que golpea contra nuestra soledad.

 — El hombre cierra los ojos ante los verdaderos problemas, como el comentarista ante las verdaderas dificultades del texto.

 — Cuando el diálogo es el último recurso, la situación ya no tiene remedio.

 — El cristianismo no inventó la noción de pecado, sino la de perdón.

 — El universo no se venga de quienes lo tratan como mecanismo inánime, haciéndolos morir humillados, sino prósperos y embrutecidos.

 La sociedad moderna procede simultáneamente a volverse inhóspita a los viejos y a multiplicar su número, prologando su vida.

 — El moderno ya no se atreve a predicar que el individuo nazca como página blanca.
 Demasiados descalabros le enseñaron que somos los herederos agobiados de nuestra familia, nuestra raza, nuestra sangre.
 La sangre no es líquido inocente, sino viscosa pasta histórica.

 — Ciertas cosas sólo son interesantes vividas, otras sólo lo son imaginadas.

 — No demos a nadie la ocasión de ser vil.
 La aprovecha.

 — La razón corrige los errores lógicos, pero los errores espirituales sólo son corregibles por una conversión de la persona.
 Las evidencias presuntas se desvanecen en silencio, cuando las contemplamos desde un nivel espiritual más alto.

 — Del libro del mundo no conocemos sino las páginas escritas en un idioma que ignoramos.

 — Se aproxima la época en que la naturaleza, desalojada por el hombre, no sobrevivirá sino en herbarios y en museos.

 — La sabiduría se reduce a no olvidar jamás, ni la nada que es el hombre, ni la belleza que nace a veces en sus manos.

 — Todo lo que le haga sentir al hombre que el misterio lo envuelve lo vuelve más inteligente.

 — La caída del poderoso nos parece decreto de la providencia, porque regocija nuestra envidia.

 — La democratización del erotismo sirvió, por lo menos, para mostrarnos que la virginidad, la castidad, la pureza, no son solteronas agrias y morbosas, como lo creíamos, sino vestales silenciosas de una limpia llama.

 — La retórica no gana sola las batallas, pero nadie gana batallas sin ella.

 — El hombre asegura que la vida lo envilece, para esconder que meramente lo revela.

 — El mundo sería aún más tedioso, si fuese tan fácil actuar como soñar.

 — No es imposible que en los batallones clericales al servicio del hombre todavía se infiltren algunos quintacolumnistas de Dios.

 — La burocracia no asusta porque paralice, sino porque funciona.

 — Un flujo constante de noticias invade hoy la existencia, destruyendo el silencio y la paz de las vidas humildes, sin abolir su tedio.

 — La percepción de la realidad, hoy, perece aplastada entre el trabajo moderno y las diversiones modernas.

 — Hallarse a merced de los caprichos populares, gracias al sufragio universal, es lo que el liberalismo llama garantía de la libertad.

 — La historia, si la seguimos con ojos de partidario, en lugar de observarla con mirada de curioso, nos mece tontamente entre la nostalgia y la ira.

 — El incorregible error político del hombre de buena voluntad es presuponer cándidamente que en todo momento cabe hacer lo que toca.
 Aquí, donde lo necesario suele ser lo imposible.

 — La sociedad moderna se envilece tan aprisa que cada nueva mañana contemplamos con nostalgia al adversario de ayer.
 Los marxistas ya comienzan a parecernos los últimos aristócratas de Occidente.

 — Cuando las revoluciones económicas y sociales no son simples pretextos ideológicos de crisis religiosas, después de unos años de desorden todo sigue como antes.

 — Las verdaderas revoluciones no se inician con su estallido público, sino terminan con él.

 — El mejor paliativo de la angustia es la convicción de que Dios tiene sentido del humor.

 — La demagogia deja pronto de ser instrumento de la ideología democrática, para convertirse en ideología de la democracia.

 — No apelar a Dios, sino a su justicia, nos lleva fatalmente a emplazarlo ante el tribunal de nuestros prejuicios.

 — La humanidad no necesita al cristianismo para construir el futuro, sino para poder afrontarlo.

 — Inútil, como una revolución.

 — Los valores, como el alma, nacen en el tiempo, pero no le pertenecen.

 — La sociedad no se civiliza bajo el impulso de prédicas sonoras, sino bajo la acción catalítica de gestos discretos.

 — Para ser revolucionario se requiere ser algo bobo, para ser conservador algo cínico.

 — La riqueza facilita la vida, la pobreza la retórica.

 — Jesucristo no lograría hoy que lo escucharan, predicando como hijo de Dios, sino como hijo de carpintero.

 — Para ser historiador se requiere un raro talento.
 Para hacer historia basta un poco de impudicia.

 — Enseñar exime de la obligación de aprender.

 — Las sociedades igualitarias estrangulan la imaginación, para ni siquiera satisfacer la envidia.

 Tratar al inferior con respeto y cariño es el síndrome clásico de la psicosis reaccionaria.

 — Arrepentido, como un revolucionario victorioso.

 — La imaginación es el único lugar en el mundo donde se puede habitar.

 — El hombre, para gobernar, se venda los ojos con ideologías.

 — Los valores no son ciudadanos de este mundo, sino peregrinos de otros cielos.

 — La civilización moderna se estaría suicidando, si verdaderamente estuviera logrando educar al hombre.

 — La falta de imaginación preserva a un pueblo de muchas catástrofes.

 — El historiador suele olvidar que el hombre no tiene en cada época sino los problemas que cree tener.

 — El optimismo inteligente nunca es fe en el progreso, sino esperanza de milagro.

 — Sostener que “todas las ideas son respetables” no es más que una inepcia pomposa.
 Sin embargo, no hay opinión que el apoyo de un número suficiente de imbéciles no obligue a aguantar.
 No disfracemos nuestra impotencia en tolerancia.

 — La inteligencia no consiste en encontrar soluciones, sino en no perder de vista los problemas.

 — No trato de envenenar las fuentes.
 Sino de mostrar que están envenenadas.

 — Nada más peligroso para la fe que frecuentar a los creyentes.
 El incrédulo restaura nuestra fe.

 — Los revolucionarios no destruyen, a la postre, sino lo que hacía tolerable las sociedades contra las cuales se rebelan.

 — Cuando el filósofo renuncia a guiar, el periodista se encarga de hacerlo.

 — Los problemas del país “sub-desarrollado” son el pretexto favorito del escapismo izquierdista.
 Carente de mercancía nueva para ofrecer en el mercado europeo, el intelectual de izquierda vende en el tercer mundo sus saldos desteñidos.

 — El ateo es respetable mientras no enseña que la dignidad del hombre es el fundamento de la ética y el amor a la humanidad la verdadera religión.

 — La naturaleza acabó de morir en este siglo.
 Tan sólo en el arte de siglos pretéritos descubrimos, asombrados, que la naturaleza no es simple experimento de física explotado por organismos diligentes.

 — Una existencia colmada es aquella que entrega al sepulcro, después de largos años, un adolescente que la vida no envileció.

 — La experiencia del hombre que “ha vivido mucho” suele reducirse a unas anécdotas triviales con que adorna una imbecilidad incurable.

 — Temblemos si no sentimos, en este abyecto mundo moderno, que el prójimo, cada día, es menos nuestro semejante.

 — Observar la vida es demasiado interesante para perder el tiempo viviéndola.

 El hombre cultivado no es el que anda cargado de contestaciones, sino el que es capaz de preguntas.

 — El lector contemporáneo sonríe cuando el cronista medieval habla de “paladines romanos”, pero se queda serio cuando el marxista diserta sobre la “burguesía griega” o el “feudalismo americano”.

 — Irrespetar la individualidad es el objeto de la educación.
 Del olvido de verdad tan obvia proviene, en parte, la crápula moderna.

 — Una plácida existencia burguesa es el anhelo auténtico del corazón humano.

 — El hombre inteligente suele fracasar, porque no se atreve a creer en el verdadero tamaño de la estupidez humana.

 — El proletariado tiende hacia la vida burguesa, como los cuerpos hacia el centro de la tierra.

 — El individuo se declara miembro de una colectividad cualquiera, con el fin de exigir en su nombre lo que le avergüenza reclamar en el propio.

 — Para una sociedad que vive entre estadísticas, sospechar que cada unidad es persona única y destino propio resulta perturbador y alarmante.

 — El que se confiesa fuera del confesionario se propone sólo eludir el arrepentimiento.

 — Todo ser yace disperso en pedazos por su vida y no hay manera de que nuestro amor lo recoja todo.

 — Nunca hubo felicidad tan libre de amenazas que nos atreviéramos a volverla a vivir.

 — El liberalismo no ha luchado por la libertad sino por la irresponsabilidad de la prensa.

 — Las concesiones son los peldaños del patíbulo.

 — El mundo moderno nos obliga a refutar tonterías, en lugar de callar a los tontos.

 — Única alternativa en este fin de siglo: cuartel oriental-burdel occidental.

 — El izquierdista inteligente admite que su generación no construirá la sociedad perfecta, pero confía en una generación futura. Su inteligencia descubre su impotencia personal, pero su izquierdismo le impide descubrir la impotencia del hombre.

 — Calumniado, como un reaccionario.

 — La superficialidad consiste, básicamente, en el odio a las contradicciones de la vida.

 — La pasión más ardiente no engaña, si conoce la inadecuación de su objeto.
 El amor no es ciego cuando ama locamente, sino cuando olvida que aún el irreemplazable ser amado sólo es una misteriosa primicia.
 El amor que no se cree justificado no es traición, sino propedeútica.

 — No tratemos de convencer; el apostolado daña los buenos modales.

 — Aceptemos la sociología mientras clasifique y no pretenda explicar.

 — Buscar la “verdad fuera del tiempo” es la manera de encontrar la “verdad de nuestro tiempo”.
 El que busca la “verdad de su tiempo” encuentra los tópicos del día.

 — Lo que más probablemente se avecina no es un terror revolucionario, sino un terror contra-revolucionario implantado por revolucionarios asqueados.

 — Para que el tronco de la individualidad crezca, hay que impedir que la libertad lo desparrame en ramas.

 — La aparición del nacionalismo en cualquier nación indica que su originalidad agoniza.

 — Que el cristianismo no resuelva los problemas sociales no es razón de apostatar sino para los que olvidan que nunca prometió resolverlos.

 — No es una restauración lo que el reaccionario anhela, sino un nuevo milagro.

 — Sólo el alma anclada en el pasado no naufraga bajo vientos nocturnos.

 — Divisa para el joven izquierdista: revolución y coño.

 — Esperar no entontece fatalmente, si no esperamos en un futuro con mayúscula.
 Abrigar la esperanza de un nuevo esplendor terrestre nos es ilícito, siempre que esperemos un esplendor herido, endeble, mortal.
 Podemos amar sin culpa lo terrestre, mientras recordemos que amamos una arcilla fugitiva.

 — En vestirse, no en desvestirse, consiste siempre la civilización.

 — Las únicas enseñanzas importantes son las que no puede transmitir sino el tono de la voz.

 — La desventura del moderno no es tener que vivir una vida mediocre, sino creer que podría vivir una que no lo fuera.

 — La democracia es el régimen político donde el ciudadano confía los intereses públicos a quienes no confiaría jamás sus intereses privados.

 — Toda obra de arte nos habla de Dios.
 Diga lo que diga.

 — El mundo felizmente es inexplicable.
 (¡Qué sería un mundo explicable por el hombre!).

 — Dialogar con quienes no comparten nuestros postulados no es más que una manera tonta de matar el tiempo.

 — La difusión de la cultura tuvo por efecto capacitar al tonto a parlotear de lo que ignora.

No hay comentarios: