sábado, 18 de mayo de 2019

Escolios aun texto implícito 11 (Nicolás Gómez Dávila)


— Nada asegura al hombre que lo que inventa no lo mata.

 — El mundo moderno parece invencible.
 Como los saurios desaparecidos.

 — Las auténticas transformaciones sociales no son obra de la frustración y la envidia, sino secuelas de epidemias de asco y de tedio.

 — Las ideologías se inventaron para que pueda opinar el que no piensa.

 — Innovar en materia litúrgica no es sacrilegio, sino estupidez.
 El hombre sólo venera rutinas inmemoriales.

 — El abuso eficaz de poder presupone el anonimato del opresor o el anonimato del oprimido.
 Los despotismos fracasan, cuando rostros inconfundibles se enfrentan.

 Sin analizar no comprendemos.
 Pero no presumamos haber comprendido, porque hemos analizado.

 — El porcentaje de electores que se abstienen de votar mide el grado de libertad concreta en una democracia.
 Donde la libertad es ficticia, o donde está amenazada el porcentaje tiende a cero.

 — Si no jerarquizamos, acabamos siendo injustos con todo.
 Hasta con lo que fuimos, o con lo que somos.

 — El mal promete lo que no puede cumplir.
 El bien cumple lo que no sabe prometer.

 — Las estupideces modernas son más irritantes que las antiguas, porque sus prosélitos pretenden justificarlas en nombre de la razón.

 — La gente nos permite más fácilmente desdeñar sus ocupaciones serias que sus diversiones

 — Un destino burocrático espera a los revolucionarios, como el mar a los ríos.

 — Hoy no hay por quien luchar.
 Solamente contra quien.

 — Los medios actuales de comunicación le permiten al ciudadano moderno enterarse de todo sin entender nada.

 — Nada más bufo que aducir nombres de creyentes ilustres como certificados de existencia de Dios.

 — La dicha del ser que amamos es el único bien terrestre que nos colma.

 — Una voz ebria de dicha es dato que revela secretos sobre la substancia misma del mundo.

 — Creer se asemeja más a palpar que a oír.

 — El universo es un diccionario inútil para el que no aporta su propia sintaxis.

 — La primavera es el sueño del eterno otoño del mundo.

 — La intransigencia en política suele ser una exigencia compensatoria de las flaquezas personales.

 — Ni la elocuencia revolucionaria, ni las cartas de amor, pueden leerse por terceros sin hilaridad.

 — El escritor sólo debe ser vocero de sí mismo.

 Donde oigamos, hoy, las palabras: orden, autoridad, tradición, alguien está mintiendo.

 — La obra política es irrepetible, como la obra de arte, e igualmente capaz de la misma eternidad.

 — Los lectores del escritor ilustre se dividen en dos grupos: los que lo admiran sin leerlo y los que lo desdeñan sin haberlo leído.

 Toda revolución agrava los males en contra de los cuales estalla.

 — No culpemos la técnica de las desgracias causadas por nuestra incapacidad de inventar una técnica de la técnica.

 — El moderno se niega a sí mismo toda dimensión metafísica y se juzga mero objeto de ciencia.
 Pero chilla cuando lo exterminan como tal.

 — Dios nos preserve de la pureza, en todos los campos.
 De la madre del terrorismo político, del sectarismo religioso, de la inclemencia ética, de la esterilidad estética, de la bobería filosófica.

 — Estrictamente nuevo no hay en el mundo sino cada alma nueva.
 La novedad de las cosas, por lo tanto, no es más que el tinte en que las baña el alma que atraviesan.

 — En las sociedades donde el cargo social, en lugar de adherir a la persona, constituye meramente un transitorio encargo, la envidia se desboca.
 La carriere ouverte aux talents” es el hipódromo de la envidia.

 — Las almas modernas ni siquiera se corrompen, se oxidan.

 Al reaccionario derrotado le queda siempre el recurso de divertirse con las simplezas del vencedor.

 — El clérigo progresista, en tiempos revolucionarios, acaba de muerto, pero no de mártir.

 — La estupidez es el combustible de la revolución.

 — El demócrata achaca sus errores a las circunstancias.
 Nosotros agradecemos a la casualidad nuestros aciertos.

 — La comunicación entre los hombres se dificulta, al desaparecer los rangos.
 Los individuos no se tienden la mano, al caminar en tropel, sino se tratan a codazos.

 — Los demócratas se dividen entre los que creen la perversidad curable y los que niegan que existe.

 — Se acabó con los analfabetos, para multiplicar a los iletrados.

 — La literatura no perece porque nadie escriba, sino cuando todos escriben.

 — Sólo sabemos portarnos con decencia frente al mundo cuando sabemos que nada se nos debe.
 Sin mueca dolorida de acreedor frustrado.

 — Hay que aprender a ser parcial sin ser injusto.

 — Investiguemos dónde y cuándo nace una nueva mentalidad, pero resignémonos a ignorar por qué.

 — Sensual es el objeto que revela su alma a los sentidos.

 — El progresista envejecido tiene nostalgia de coqueta vieja.

 — Llamamos “orígenes” los límites de nuestra ciencia.

 — El pensamiento reaccionario ha sido acusado de irracionalismo porque se niega a sacrificar los cánones de la razón a los prejuicios del día.

 — Los valores, como las almas para el cristiano, nacen en la historia pero son inmortales.

 — El problema religioso se agrava cada día, porque los fieles no son teólogos y los teólogos no son fieles.

 — Al demócrata no le basta que respetemos lo que quiere hacer con su vida, exige además que respetemos lo que quiere hacer con la nuestra.

 — En la literatura la risa muere pronto, pero la sonrisa es inmortal.

 — La cultura vive de ser diversión y muere de ser profesión.

 — La actual alternativa democrática: burocracia opresora o plutocracia repugnante, tiende a abolirse.
 Fundiéndose en un solo término: burocracia opulenta.
 A la vez repugnante y opresora.

 — El moderno no admitirá jamás que la estupidez compartida por muchos no sea respetable sino meramente temible.

 — La virtud se ha vuelto menos rara que la buena educación.

 — Mientras el hombre no despierte de su actual borrachera de soberbia, nada vale la pena intentar.
 Sólo miradas que no desenfoca el orgullo logran esa visión lúcida del mundo que confirma nuestra prédica.

 — Cuando la sociedad se vacía íntegramente en el molde del estado, la persona se vaporiza.

 — La mediocridad de cualquier triunfo no merece que nos ensuciemos con las cualidades que exige.

 — Sólo al contemplativo no se le muere el alma antes que el cuerpo.

 — El pueblo cree en el desinterés de sus benefactores profesionales hasta que le pasan la cuenta.

 — Patria, sin palabrería nacionalista, es sólo el espacio que un individuo contempla a la redonda al ascender una colina.

 — La sociedad moderna arrolla las libertades, como un regimiento de tanques una procesión de beatas.

 — ¿Hacia dónde va el mundo?
 Hacia la misma transitoriedad de donde viene.

 — No achaquemos al intelecto las catástrofes causadas por las codicias que nos ciegan.

 — Todo lo que interrumpa una tradición obliga a principiar de nuevo.
 Y todo origen es sangriento.

 — El enjambre humano retorna sumisamente a la colmena colectiva, cuando la noche de una cultura se aproxima.

 La escolástica pecó al pretender convertir al cristiano en un sabelotodo.
 El cristiano es un escéptico que confía en Cristo.

 — Mientras más complejas sean las funciones que el estado asume, la suerte del ciudadano depende de funcionarios crecientemente subalternos.

 — El estado moderno es pedagogo que no licencia nunca a sus alumnos.

 — Las ideas se asustan y emigran de donde se resuelve pensar en equipo.

 — Las grandes tareas intelectuales no se cumplen por el que deliberadamente las emprende, sino por el que modestamente pretende resolver problemas personales.

 — Ningún cuento popular comenzó jamás así: érase una vez un presidente…

 — El cristianismo degenera, al abolir sus viejos idiomas litúrgicos, en sectas extravagantes y toscas.
 Roto el contacto con la antigüedad griega y latina, perdida su herencia medieval y patrística, cualquier bobalicón se convierte en su exégeta.

 — Nada enternece más al burgués que el revolucionario de país ajeno.

 — El que indaga las causas de una revolución nunca debe inferirlas de sus efectos.
 Entre las causas de una revolución y sus efectos hay torbellinos de accidentes.

 El hombre inteligente llega pronto a conclusiones reaccionarias.
 Hoy, sin embargo, el consenso universal de los tontos lo acobarda.
 Cuando lo interrogan en público niega ser galileo.

 — Cuando los explotadores desaparecen, los explotados se dividen en explotadores y explotados.

 — Todos examinan con más cuidado el raciocinio que la evidencia que lo sustenta.

 — Los raciocinios se enderezan con más garbo, se yerguen más altivos, caminan con más petulancia, mientras más se alejan de su origen.

 — Cuando la noción de deber expulsa la de vocación, la sociedad se puebla de almas truncas.

 El reaccionario no anhela la vana restauración del pasado, sino la improbable ruptura del futuro con este sórdido presente.

 — La estupidez es la madre de las atrocidades revolucionarias.
 La ferocidad es sólo la madrina.

 — La imaginación, si fuese creadora, sería simple fantasía.
 La imaginación es percepción de lo que escapa a la percepción ordinaria.

 — La desconfianza en el futuro de la sociedad moderna, reservada hasta ayer al hombre inteligente, agobia hoy hasta al imbécil.

 — Todo, en el individuo, proviene del cruce del espacio con el tiempo.
 Menos el individuo mismo.

 — El individuo no es una encrucijada de caminos, sino el misterioso calvario allí erigido.

 — El izquierdista, como el polemista de antaño, cree refutar una opinión acusando de inmoralidad al opinante.

 — Los que manejan un vocabulario sociológico se figuran haber entendido porque han clasificado.

 — Nuestros contemporáneos denigran el pasado para no suicidarse de vergüenza y de nostalgia.

 — Los museos son el invento de una humanidad que no tiene puesto para las obras de arte, ni en su casa, ni en su vida.

 — La unanimidad, en una sociedad sin clases, no resulta de la ausencia de clases, sino de la presencia de la policía.

 — Cada tabú suprimido hace retroceder la existencia humana hacia la insipidez del instinto.

 — Los problemas sociales no son solubles.
 Pero podemos minorarlos evitando que el empeño de aliviar uno solo los agrave todos.

 — El solitario es el delegado de la humanidad a lo importante.

 — Las derrotas nunca son definitivas cuando se aceptan de buen humor.

 — Las sociedades moribundas acumulan leyes como los moribundos remedios.

 — La posteridad no es el conjunto de las generaciones futuras.
 Es un pequeño grupo de hombres de gusto, bien educados, eruditos, en cada generación.

 — Puesto que el diálogo con mediocres notoriamente nos apoca, ¿no será la poquedad de nuestros interlocutores, reflejo de nuestra mediocridad?

 — Podemos pintar la decadencia de una sociedad, pero es imposible definirla.
 Como la creciente demencia de una mirada.

 — Dios inventó las herramientas, el diablo las máquinas.

 — Creemos en muchas cosas en que no creemos creer.

 — Las solas leyes biológicas no tiene dedos suficientes sutiles para modelar la belleza de un rostro.

 — El derecho al mando fue el tema central de la política, ayer.
 Las técnicas de captación del mando son, hoy, el tema central de la política.

 — Los abanderados de la libertad festejados por el XIX resultaron la vanguardia del despotismo industrial.

 — El burgués de ayer se perdonaba todo, si su conducta sexual era estricta.
 El de hoy se perdona todo, si es promiscua.

 — El arte es el supremo placer sensual.

 — El sufragio universal no reconoce finalmente al individuo sino el “derecho” de ser alternativamente opresor u oprimido.

 — Los desatinos políticos se reiteran, porque son expresión de la naturaleza humana.
 Los aciertos no se repiten, porque son dádiva de la historia.

 — Los problemas graves no asustan nunca al tonto.
 Los que se inquietan, por ejemplo, ante el deterioro cualitativo de una sociedad, lo hacen reír.

 Los reaccionarios se reclutan entre los espectadores de primera fila de una revolución.

 — La tragedia intelectual del gobernante democrático es la obligación de realizar el programa que pregonó para que lo eligieran.

 — El raciocinio cardinal del progresista es bellísimo: lo mejor siempre triunfa, porque se llama mejor lo que triunfa.

 — El hombre moderno trata al universo como un demente a un idiota.

 — Cada día le exigimos más a la sociedad para poder exigirnos menos.

 — La plétora de leyes es indicio de que nadie sabe ya mandar con inteligencia.
 O de que nadie sabe ya obedecer con libertad.

 — Como consecuencia de los adelantos técnicos, los viejos anunciadores de catástrofes les están cediendo el puesto a los testigos de las catástrofes anunciadas.

 Las civilizaciones difieren radicalmente entre sí.
 De civilización a civilización, sin embargo, los pocos civilizados se reconocen mutuamente con discreta sonrisa.

 — Sociólogos, psicólogos, psiquiatras, son expertos en generalidades.
 Ante los pitones taurinos del caso concreto, todos parecen toreros anglosajones.

 — La razón no es substituto de la fe, así como el color no es substituto del sonido.

 — El individuo que se miente a sí mismo, así como la sociedad que no se miente, se pudren pronto y perecen.

 — La honradez intelectual es virtud que cada generación sucesiva presume practicar por vez primera.

 La evolución rápida de una sociedad tritura sus costumbres.
 E impone al individuo, en lugar de la educación silenciosa de los usos, las riendas y el látigo de las leyes.

 — Nuestra tolerancia crece con nuestro desdén.

 — La imaginación es la capacidad de percibir, mediante los sentidos, los atributos del objeto que los sentidos no perciben.

 — Los sueños vulgares aquí se cumplen.
 Pero aquí no anidan los que el adolescente sueña bajo el follaje opresor del verano.

 — Respetemos los dos polos del hombre: individuo concreto, espíritu humano.
 Pero no su zona media de animal opinante.

 — Para hablar de lo eterno, basta hablar con talento de las cosas del día.

 — La nueva izquierda congrega a los que confiesan la ineficacia del remedio sin dejar de creer en la receta.

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