miércoles, 20 de febrero de 2008

Religión remedio a la decadencia 1 (P. de Meuse)

La noción de pueblo en occidente se ha visto modernamente sometida a tan dispares interpretaciones semánticas, que para retomar la noción tradicional de pueblo es un referente esclarecedor usar el término sánscrito de “Jana” que es el pueblo caracterizado por una cultura basada en una concepción metafísica tradicional de carácter sagrado que impregna de manera unánime al pueblo. Claro está que unánime se refiere al fondo tradicional y sagrado muy diferente de la modernas nociones de igualdad e indiferenciación que no son sino una manifestación de la entropía. Muy por el contarios el pueblo tradicional trata de preservar las diferencias cualitativas o funcionales inherentes al hombre, sobre todo las diferencias internas que corresponden a la función sacerdotal o sagrada, la función guerrera y la función artesana que corresponden a la vocación diferente, irremplazable e íntima de cada ser humano –swadharma- que son la base de lo que Dumezil ha llamado sociedades tri-funcionales que occidente era el fundamento de la sociedad estamental o de las castas en la India.

La decadencia progresiva de la tradición que estaba en la base de los pueblos cristianos europeos trajo consigo una degeneración y confusión progresiva del sentido de las funciones tradicionales, que sucesivos episodios revolucionarios acabaron por extinguir casi del todo.

En un contexto no exactamente centrado en la noción tradicional de pueblo unánime o Jana, Pierre de Meuse trata de analizar en su libro : Essai sur les contradictions de la droite. Dialogues avec les hommes de ma tribu, Éditions de L’Aencre, Paris 2002 y mas concretamente en su capítulo III : De la religión como remedio a la decadencia de Europa; las posibilidades de la religión cristiana como fundamento posible de un pueblo en los tiempos actuales, en el caso que el contempla se refiere de manera general a los pueblos europeos , pero de una manera más concreta a Francia, pero que puede ser una reflexión pertinente para cualquier otro pueblo europeo y cristiano, por ejemplo Castilla. Su estilo rememora los diálogos platónicos

La noción de pueblo que maneja Pierre de Meuse se esboza más bien como una solidaridad comunitaria - no siempre bien perfilada - frente al moderno individualismo, que no de un pueblo en su sentido tradicional.

En lo que se refiere a la tradición subyacente se refiere naturalmente a la tradición cristiana occidental o católica, con referencias también al protestantismo, y que como ocurre con la inmensa mayoría de los occidentales deja fuera la consideración de la ortodoxia oriental que tiene particularidades especiales que el propio autor considera quizá como más factibles como fundamento existencial de un pueblo.

Un poco superficial en conocimientos de nociones teológicas y místicas repite en varias ocasiones que el cristianismo actual no considera más que la salvación individual y no la salvación colectiva, interpretación desde luego más válida para el catolicismo y el protestantismo actuales que no para el cristianismo de los orígenes o la ortodoxia oriental en donde la noción de restauración universal o apocatástasis no es un palabra vacía de significado.

Se echa de menos también una referencia, por ligera que sea, a la especial particularidad de la religión cristiana como una tradición que en su origen era teológicamente mística o en terminología guenoniana esotérica, que por avatares históricos se convirtió en una religión oficial imperial de caracteres marcadamente externos o exotéricos, y que además en occidente derivó en una tendencia terrenal y marcadamente raciocinante muy diferente por cierto de la ortodoxia oriental.

Hace referencia a que la consideración del cristianismo como fundamento de convivencia social y política en una Europa progresivamente deslizada al individualismo y la indiferenciación no es una preocupación reciente, muchos políticos han intentado rectificar la decadencia fatal imponiendo con más o menos brío a las masas un cristianismo de ordenanza y decreto: Federico II de Prusia, Napoleón, Mussolini con sus pactos lateranenses y otros privilegios, Franco con el nacional-catolicismo, intento combinado de boletín oficial del estado , código penal, grises y respetables dosis de hipocresía; intentos todos ellos de crear con la religión guardianes de almas , vigilantes de fuegos y policías auxiliares pero incapaces a la postre de contener el aluvión imparable de decadencia y caos creciente. No obstante aun es posible observar algún llamado tradicionalista que pretende volver por los fueros del nacional catolicismo.

Lo que parece claro es que el intento de volver al pasado es una ensoñación irrealizable. Trasformado el cristianismo occidental fundamentalmente en una ideología humanista al estilo correcto propagado por la ONU difícilmente puede ser el fundamento tradicional de nada. Aunque mucho antes de esta transformación mundanal y humanitaria ya decían algunos moralistas cristianos que el cristiano no tiene necesidad de patria. Hoy día parece incluso que no verían con malos ojos la destrucción pura y simple de las patrias que quedan, cuando no entregarlas postradas a la conquista del Islam.

Cuanto más perfecta es una religión tanto más desarmado deja su secularización, o como decían los alquimistas “corruptio optimi pessimi”.

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III DE LA RELIGIÓN COMO REMEDIO A LA DECADENCIA DE EUROPA

¿ Es de tu agrado, dime, que tu lleves el yugo?
O en tu pueblo tienes el odio de un partido,
que sigue la voz de un dios?

Odisea III 214-215

Diálogo entre Simplicio y el Comandante (continuación)

El Comandante: -¿ Decadencia? ¿Habla de decadencia? Pero querido Simplicio, la palabra no es bastante fuerte, hay en la decadencia como un vago olor de refinamiento malsano que puede tentar a los estetas, un relente de escuela literaria a lo Huismans, sugiriendo el agotamiento de los sentidos y voluntades que alcanza a un organismo hastiado y perverso, y que puede suscitar aún un interés de curiosidad. ¡No! "decadencia" es una palabra demasiado bella para describir la ignominia de la que vivimos." Es de caducidad, de putrefacción, de lo que sería necesario hablar: nuestro siglo asquea a fuerza de peste y de de sanie. Por todas partes se manifiestan las señales de una vuelta al paganismo: la deificación del hombre impone su innoble dictadura en todos los ámbitos de la moral; aceptación de la eutanasia, del aborto, hedonismo generalizado, que expone bajo nuestros ojos la imagen del estupro más descarado, esclavitud del dinero, desfiguración de la obra de Dios en las creaciones humanas cada vez más utilitarias, cada vez más feas. Todo en esta sociedad refleja la imagen repelente de un mundo que retorna a sus falsos dioses, adorando ídolos gesticulantes: Mammon, para la riqueza, Freya para el sexo, Mercurio para las relaciones sociales limitadas al comercio, Hefaistos parar la técnica. El hombre no es ya el templo de la chispa divina, sino un impuro objeto de deseo, un simple instrumento de potencia y de gozo instantáneo. Nuestro entorno se ha vuelto absolutamente obsceno. Querría tener la pluma de Léon Bloy para llamar sobre él el castigo de Dios que lo fulminara en Su sabiduría y Su infinita bondad.

Simplicio: - Permítame hacer dos observaciones sobre lo que acaban de decir. En primer lugar sobre el carácter decadente de nuestras sociedades. Es necesario observar que estos caracteres no son nuevos y otros pensadores los han discernido desde más de un siglo, diagnosticando los síntomas de una sociedad en la vía de la decadencia: acuérdese de Renan, lanzando al joven Barrés su famoso apóstrofe: “Francia se muere, joven, no turbe su agonía”o de Spengler que preveía a la vuelta de los años treinta la decadencia de Occidente(1). Queda claro que La Historia nos prodiga ejemplos de sociedades que se hundieron por haber seguido la misma vía: la desaparición del vínculo que une a los hombres entre ellos, en su adhesión al pasado como en su percepción del futuro. Ya que esto es un rechazo de toda herencia de lo que se trata. Las mujeres no quieren parir más, los hijos no quieren seguir más la obra de su padres ni su modo de vida, nadie quiere admitir más que debe a veces sacrificar su deseo. Hace hincapié en la pérdida de sentido moral que caracteriza nuestro tiempo. Sin embargo, todos los aspectos de la actividad humana están tocados, y no solamente el respeto del Decálogo, en un rechazo casi unánime de todas las dificultades y de todas las diferencias. Queda claro que nunca a una sociedad conoció tal grado de desagregación y con todo, nuestros gritos de alarma parecen ridículos, ya que la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos no percibe en absoluto esta situación como una decadencia. Mucho peor, nuestras advertencias son casi ridículas, en el sentido que anuncian catástrofes que no se producen, pero que deberían haberse producido si... nuestra sociedad funcionara como las del pasado. En efecto, La actividad económica prospera, y permite a cada uno vivir sin dificultades mayores, sin que se sepa cuánto tiempo el intercambio monetario que es su esencia podrá seguir haciéndose en una sociedad privada progresivamente de todas las acciones gratuitas sin la cual ninguna sociedad puede vivir. Lo que llamamos "decadencia", el espíritu público lo llama pues "progreso" y considera " que el deterioro progresivo del orden social no es más que una etapa normal hacia el nacimiento de una sociedad enteramente nueva en la cuál razas y culturas estarán enteramente mezcladas, no solamente porque los hombres vivirán en paz (se cree), sino sobre todo porque las únicas diferencias que subsistirán entre los hombres serán las que son individuales e incluso voluntarlas, habiendo desparecido las otras progresivamente. Utopía, me dirá con razón, pero una utopía que parece realizarse bajo nuestros ojos bajo al menos en algunos aspectos, y con el consentimiento general de los hombres de nuestro tiempo. La Ciencia, en efecto, ha venido a aportar los medios de liberar a los individuos de todas las dificultades más naturales. Le daré un ejemplo que, espero, no encontrará inconveniente: el de la contracepción. He ahí una técnica que los hombres de nuestro tiempo utilizan para escaparse a los sufrimientos del parto y a las cargas de los hijos no deseados. En eso, no hacen más que seguir la pendiente natural que empuja a los humanos, sirviéndose de su inteligencia, a obtener el máximo de satisfacción con el mínimo de esfuerzo. ¿No pagan la contrapartida, me dirá? ¿Despojan a la especie de sus derechos en favor de su pequeña persona, me contestará?

Anonadan lo sagrado en favor de lo prosaico, me objetará. Seguramente, todo esto es verdad; pero es una tendencia que rige el comportamiento racional de los hombres desde siempre. Se puede inducirles a llevar una vía recta mediante reglas adecuadas, se puede conducirlos al heroísmo y al sacrificio, pero raramente. Desgraciadamente, no se puede obligarlos seguir constantemente los caminos más duros cuando tienen en permanentemente la posibilidad de hacerlo de manera diferente. ¿Si los hombres de la Edad Media hubieran conocido la píldora, esta usted seguro qué la Cristiandad hubiera durado y qué estaría aquí hoy? No negará que los orígenes de nuestra entropía residen en el seno mismo de la razón individual y los fines que ella se fija. Las leyes que elevan los hombres sobre su existencia, que conceden a la Especie sus derechos, están sobre la Razón individual. Lo que le digo no es no una novedad, desgraciadamente.

Los organismos que alientan y organizan discretamente esta evolución ponen en práctica el viejo proverbio alquímico "solve et coagula": disolver las comunidades existentes y sustituirlos por grupos fundados sobre Ia adhesión individual, voluntarla y racional. Lo que denunciamos "in desertis" como decadencia es un fenómeno global y secular en el cual todo está lógicamente causado por la misma actitud. Amoralidad, pérdida de memoria, colapso demográfico, desaparición de lo sagrado, odio de todo lo que es elevado, omnipresencia de lo feo, confusión de las clases, borrado de las diferencias, mezcla no diferenciada de las razas son el producto de la soberanía del Ego de la que se alegran la mayoría de nuestros contemporáneos. Mientras la catástrofe que anunciamos no se convierta en visible al otro lado de la calle, nuestros contemporáneos se burlarán de nuestros gemidos.

Por otra parte, me permitirán contradecirle, Querido Comandante, en su diagnóstico. Contrariamente lo que usted dice, nada en la visión de nuestra sociedad permite referirse al paganismo de los antiguos días. En efecto, las sociedades paganas se caracterizan al contrario por la presencia de innumerables prohibiciones de todas las clases. Las religiones anteriores al cristianismo no favorecían el laxismo sino imponían a los hombres dificultades omnipresentes en su comportamiento, de carácter territorial, ritual, corporal. El hombre antiguo estaba encerrado en una red de deberes sagrados que se elaboraban en torno él barreras destinadas a guardarlo en una conformidad con el orden social y religioso, que no eran más que uno, por otra parte. La referencia a la eutanasia o al aborto- infanticidio no es más que una ilusión óptica ya que las sociedades que la practicaban como Esparta o el antiguo Japón no contemplaban realizar así la liberación del individuo sino la conformidad con el interés social tal como era percibido por ellas (eugénico o demográfico). Su contrasentido proviene de lo que identifica paganismo e irreligión, lo que es un grave error, cometida recientemente por Mgr Simon autor de un libro muy discutible titulado La France païanne(2). No, Querido Comandante, la deriva de nuestras sociedades no es la prueba de un retorno a los antiguos dioses, sino al contrario, como lo destaca el Sr. Georges Dillinger3), una evolución original, sobre sus propias bases, pero traicionándolas, de la sociedad precedentemente humanista y cristiana: asistimos hoy día a una formidable rebelión del individuo contra la especie que no debe nada a los Ases ni a los Olímpicos. Lo que la modernidad triunfante coloca más alto que todo no es lo sagrado antiguo, sino la soberanía del Yo.

El Comandante: - Me parece percibir en su observación una tentación pagana. ¿No será usted de los que van a bailar desnudos a la luz de luna al sonido de la chirimía? ¿O que, vestidos de lino blanco, recogen el rocío de las hojas y cortan los ramos de muérdago cantando informes melopeas?

Simplicio: - No, Comandante, no se de lo que habla usted; no me enviarán a la cumbre su hoguera íntima sobre este cargo de acusación ya que la palabra "pagano" está para mi desnuda de sentido. Formada en el siglo V para designar les campesinos atrasados que no habían asimilado las convicciones de su tiempo, (pagus = país) este vocablo me parece vacío. Algunos lo emplean, como Pedro Louys, para designar un estado de ánimo concibiendo los placeres de la carne sin culpabilidad ninguna, lo que es una visión muy parcial y pueril de las antiguas religiones; otros se refieren ahí para celebrar la rebelión prometéica contra las fuerzas de la inercia, lo que es un contrasentido total. Hay para quien ser "pagano' es solo es un manera de ser ateo. Algunos al contrario querrían, como el viejo Maurras, borrar el corte abierto cavado entre la antigüedad y la Edad Media, congregándose en un catolicismo del Orden, heredero de dioses de Olimpo. De todas formas, se sea esteta, moralista o erudito, nadie está en condiciones de comprender a fondo cómo los Griegos antiguos concebían su fe, porqué sacrificaban a sus rebaños a sus dioses, porqué el renacimiento de Grecia, por el advenimiento de la Ciudad, después de las "edades obscuras", se han hecho por reagrupaciones alrededor de los lugares consagrados (4). La motivación mística del paganismo nos sigue siendo misteriosa, herméticamente cerrada. Sus señales, sus milagros, no hablan ya. Como lo decía Walter Otto, tenemos tanta dificultad en comprender su contenido como un arqueólogo de los siglos futuros que solo tuviera por todo elemento de teología católica las ruinas de una catedral. Por lo tanto, las tentativas de reconstrucción artificial de ritos a las cuales hicieron alusión no son más que mascaradas, sin ningún valor, que no comprometen realmente el corazón y el espíritu de los que se entregan a ellas, no dándoles ni regla ni vida espiritual. Desafío pues la calificación de paganismo, tanto a mi respeto como al de la sociedad del tiempo presente. Los únicos que, de manera perceptible de una sola mirada, guardan una actitud religiosa en la sociedad actual, a pesar de su extremo decadencia, son los cristianos. Esto no es de mi parte una concesión, sino una comprobación.

El Comandante: - Bien. Yo prefiero eso. Pero poco importan. Quería solamente hacer hincapié en el hecho de que en el estado en que nos deslizamos, no podemos escapar a la desesperación sino por la Fe. Se lo digo francamente, ante el grado de subversión al que hemos llegado, no nos queda ya más que rezar, confiando en la Esperanza. Es necesario creer en el milagro, ya que solamente lo sobrenatural puede salvarnos, y omnipotencia de Dios se manifestará plenamente cuando toda esperanza humana nos haya abandonado, mostrándose así que no tenemos nada que esperar de otro que de El.

Simplicio: - Constato que usted pasa muy rápidamente de la certeza en la fuerza irresistible del genio francés a la serenidad desapegada que dan las contemplaciones eternas. ¿Quieren rezar? ¡Yo no sabría desviarle! No obstante la oración no le dispensa de combatir y arrojar una mirada lúcida sobre nuestro tiempo. Es cierto que nada es irreversible en las cosas esenciales, excepto nuestra muerte individual, y el mestizaje, la decadencia, no hacen excepción; sin embargo, su esperanza se asemeja mucho a la desesperación, en el sentido que dejan al fatum, cualquiera que sea el nombre que le de, el cuidado de decidir lo que se salvará y lo que se sacrificará. Su voluntad se asusta de la tarea inhumana de distinguir entre estos objetos. Usted está seguro de que Dios no puede abandonarle, y esta certeza le devuelve la paz.

El Comandante: - Sí, lo digo con fuerza, incluso si su ironía de descreído se ejercen abroncarme, pues creo que, como lo decía Mgr el Conde de Chambord en su lecho de muerte, Dios no puede abandonar a sus Francos, desde el pacto que hizo a Clodoveo en Tolbiac, desde el crisma de Saint Rémi.

Simplicio:- Estoy contento de desengañarle, querido Comandante, e incluso si yo no compartiera la integridad de su fe, yo no me burlaría de usted, ya que es cierto que nuestra esperanza no puede ser más que religiosa. Sin un compromiso completo del alma, nada nos puede detener sobre la pendiente mortal en que nos deslizamos Nuestras fidelidades, nuestras solidaridades, nuestros linajes, nuestra cultura incluso, todo será llevada por la mascarada que la disloca, si no tenemos en el fondo nosotros una chispa divina que nos eleve sobre nosotros mismos. Cada vez que en la Historia, una civilización pudo renovarse, siempre ha sido siempre necesario que ella se enderece con el recurso sus dioses. No veo lo que haría de la civilización europea una excepción.

El Comandante (sospechoso): - Si hombre, quiere dar al sacerdote el papel de guardián de las almas, de guardafuegos, de policía auxiliar. Es su pensamiento secreto; la confesión es, a vuestro modo de ver, una versión benigna de las medidas represivas del orden público. ¡Qué piedad! Napoleón, Federico II de Prusia expresaron por turno estas concepciones mezquinas de agnóstico y de cínico. El miedo del infierno, puesto al mismo plano que el miedo del presidio. ¿Pero no ven qué todo esto no más que un expediente temporal? La Religión no está al servicio del Estado. Sus beneficios son de un otro registro. En primer lugar existe la Verdad. No hay una verdad para los imbéciles quienes se le intimida la sumisión, y una verdad para las élites.

Simplicio: - Su sospecha es aún injusta, Comandante. Tal no es mi concepción del orden. La religión no puede ser sierva; debe encontrarse en la cumbre del orden social, en la fuente misma de la soberanía. Es suicida encerrarse en la contradicción que coloca Marc Augé de la manera siguiente: “los hombres no pueden ser gobernados más que en nombre de un principio trascendente; este principio no existe”(5), Lo Divino debe resumir y proyectar la esencia de una sociedad. Sin él, nada no es posible: ni mantenimiento ni renacimiento, y nosotros quedaremos solos, impotentes y desnudos. La decadencia que sufrimos no puede ser frenada más que por una resurrección religiosa. Ella sola, sobre nuestro continente, puede transmitir la llamada de la especie a sobrepasar al individuo para seguir la marcha colectiva que conecta las generaciones.

El Comandante: - Muy bien hablado; puesto que usted está del lado de la buena palabra, y dado que recusa el paganismo, no le falta más que la Fe, que no se adquiere más que por las obras. Únase a nosotros. Justamente le propongo participar en la próxima peregrinación que organizamos próximamente a Santa Gertrudis de las Picotets y que...

Simplicio: - Desgraciadamente, temo que, en el estado en que se encuentra él cristianismo no pueda responder solo a nuestra espera. Necesitamos una religión, en efecto, pero de una religión que nos religue, según el origen de la palabra, y no de una que nos desate.

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