«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA
HUMILDAD
Relatos de un peregrino ruso
Título original: Oskrovennye razskazy Strannika
dukhovnomu svoemu
otcu
Anónimo, 1865
Me enteré de que en Kitaevaya Pustina, a unas siete verstas
de Kiev,
había un sacerdote de vida ascética, que era muy sabio y
comprensivo.
Quienquiera que acudiese a él en confesión, encontraba un
ambiente de
tierna compasión, y se marchaba con enseñanza para su
salvación y
desahogo de espíritu. Me alegré mucho al enterarme de esto,
y me fui hacia
allí en seguida. Después que hube pedido su consejo, y
hubimos hablado un
rato, le di a leer mi hoja de papel. La leyó por entero, y
luego dijo:
—Querido amigo, mucho de lo que has escrito es absolutamente
fútil.
Escucha: Primero: no traigas a confesión pecados de los que
ya te hayas
arrepentido y te hayan sido perdonados; no vuelvas sobre
ellos de nuevo,
puesto que esto sería dudar de la fuerza del sacramento de
la penitencia.
Segundo: no hagas memoria de otra gente que haya tenido
relación con tus
pecados; júzgate sólo a ti. Tercero: los Santos Padres nos prohíben
mencionar todas las circunstancias de los pecados, y nos
ordenan
confesarnos de ellos en general, a fin de evitar la
tentación tanto para
nosotros mismos como para el sacerdote. Cuarto; has venido
para
arrepentirte, y no te arrepientes de que no sepas
arrepentirte, esto es, de que
tu arrepentimiento sea tibio y negligente. Quinto: has
repasado todos estos
detalles, pero has pasado por alto lo más importante: No has
revelado los
pecados más graves de todos. No has confesado, ni anotado,
que no amas a
Dios, que odias a tu prójimo, que no crees en la Palabra de
Dios, y que estás
henchido de orgullo y de ambición. Una inmensa cantidad de
maldad, y
toda nuestra perversión espiritual, residen en estos cuatro
pecados. Ellos
son las raíces de las que brotan los retoños de todos los
pecados en que
caemos.
Quedé muy sorprendido al oír esto, y dije:
—Perdón, Reverendo Padre, pero ¿cómo es posible no amar a
Dios,
nuestro Creador y nuestro Guarda? ¿Qué hay en que creer sino
la Palabra de
Dios, en la que todo es verdadero y santo? Yo quiero bien a
todos mis
semejantes, ¿y por qué iba a odiarlos? No tengo nada de que
enorgullecerme; además de tener innumerables pecados, no
tengo nada
digno de ser ensalzado, ¿y qué podría yo codiciar, con mi
pobreza y con mi
mala salud? Naturalmente, si yo fuese un hombre culto, o
rico, entonces sin
duda sería culpable de las cosas de que habláis.
—Es una lástima, querido, que comprendieras tan poco de lo
que dije.
Mira, vas a aprender más deprisa si te doy estas notas. Es
lo que siempre
uso para mi propia confesión. Leelas de cabo a rabo, y
tendrás, de forma lo
bastante clara, una muestra exacta de lo que te acabo de
decir.
Me dio las notas, y me puse a leerlas. Helas aquí:
«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA
HUMILDAD
»Volviendo la mirada atentamente sobre mí mismo, y
observando el
curso de mi estado interior, he comprobado por
experiencia que no amo a
Dios, que no amo a mis semejantes, que no tengo fe, y que
estoy lleno de
orgullo y de sensualidad. Todo esto lo descubro realmente
en mí como
resultado del examen minucioso de mis sentimientos y de
mi conducta, de
este modo:
»1. No amo a Dios. —Puesto que si amase a Dios, estaría
continuamente pensando en Él con profundo gozo. Cada
pensamiento de
Dios me daría alegría y deleite. Por el contrario, pienso
mucho más a
menudo, y con mucho más anhelo, en las cosas terrenales,
y el pensar en
Dios me resulta fatigoso y árido. Si amase a Dios, hablar
con Él en la
oración sería entonces mi alimento y mi deleite, y me
llevaría a una
ininterrumpida comunión con Él. Pero, por el contrario,
no sólo no
encuentro deleite en la oración, sino que incluso
representa un esfuerzo
para mí. Lucho con desgana, me debilita la pereza, y
estoy siempre
dispuesto a ocuparme con afán en cualquier fruslería, con
tal de que acorte
la oración y me aparte de ella. El tiempo se me va sin
advertirlo en
ocupaciones vanas, pero cuando estoy ocupado con Dios,
cuando me pongo
en Su presencia, cada hora me parece un año. Quien ama a
otra persona,
piensa en ella todo el día sin cesar, se la representa en
la imaginación, se
preocupa por ella, y en cualquier circunstancia no se le
va nunca del
pensamiento. Pero yo, a lo largo del día apenas si
reservo una hora para
sumirme en meditación sobre Dios, para inflamar mi
corazón con amor por
Él, mientras que entrego con ansia veintitrés horas como
fervorosas
ofrendas a los ídolos de mis pasiones. Soy pronto a la
charla sobre asuntos
frívolos y cosas que desagradan al espíritu; eso me da
placer. Pero cuando
se trata de la consideración de Dios, todo es aridez,
fastidio e indolencia.
Aun cuando sea llevado sin querer por otros hacia una
conversación
espiritual, rápidamente intento cambiar el tema por otro
que dé
satisfacción a mis deseos. Tengo una curiosidad
incansable por las
novedades, sean acontecimientos ciudadanos o asuntos
políticos. Busco
con ahínco la satisfacción de mi amor por el conocimiento
en la ciencia y
en el arte, y en la manera de obtener cosas que quiero
poseer. Pero el
estudio de la Ley de Dios, el conocimiento de Dios y de
la religión, no me
causan efecto, y no sacian ningún apetito de mi alma. Veo
estas cosas no
sólo como una ocupación no esencial para un cristiano,
sino
ocasionalmente como una especie de cuestión secundaria en
que ocupar
quizá el ocio, a ratos perdidos. Para resumir: Si el amor
a Dios se reconoce
por la observancia de sus mandamientos (Si me amáis,
guardaréis mis
mandamientos, dice Nuestro Señor Jesucristo), y yo no
sólo no los guardo
sino que incluso lo procuro poco, se concluye
verdaderamente que no amo
a Dios, Esto es lo que Basilio el Grande dice: “La prueba
de que un
hombre no ama a Dios y a Su Cristo está en el hecho de
que no guarda Sus
mandamientos”.
»2. No amo tampoco a mi prójimo. —Puesto que no sólo soy
incapaz
de decidirme a entregar mi vida por él (conforme a lo que
dice el
Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad,
mi bienestar y mi
paz por el bien de mis semejantes. Si lo amase tanto como
a mí mismo,
como manda el Evangelio, sus infortunios me afligirían a
mí también, e
igualmente me deleitaría con su felicidad. Pero, por el
contrario, presto
oídos a extrañas e infortunadas historias sobre mi
prójimo, y no siento
pena; me quedo imperturbable o, lo que es peor, encuentro
en ello un cierto
placer. No sólo no cubro con amor la mala conducta de mi
hermano, sino
que la proclamo abiertamente con censura. Su bienestar,
su honor y su
felicidad no me causan placer como si fueran míos y, al
igual que si se
tratase de algo absolutamente ajeno a mí, no me
proporcionan ningún
sentimiento de dicha. Lo que es más, ellos despiertan en
mí, de forma sutil,
sentimientos de envidia o de menosprecio.
»3. No tengo fe. —Ni en la inmortalidad ni en el
Evangelio. Si
estuviera firmemente persuadido y creyese sin ninguna
duda que más allá
de la tumba se encuentra la vida eterna y la recompensa
por las acciones
de esta vida, pensaría en ello continuamente. La idea
misma de la
inmortalidad me aterraría, y haría que me condujese en
esta vida como un
extranjero que se dispone a penetrar en su tierra natal.
Por el contrario, ni
siquiera pienso en la eternidad, y veo el fin de esta
vida terrena como el
limite de mi existencia. Y esta secreta idea anida en mi
interior: “¿Quién
sabe lo que ocurre a la muerte?”. Si digo que creo en la
inmortalidad,
hablo entonces sólo por mi entendimiento, pues mi corazón
está muy lejos
de una firme convicción de ello. Esto lo atestiguan
abiertamente mi
conducta y mi continua solicitud en dar satisfacción a la
vida de los
sentidos. Si mi corazón acogiese con fe el Santo
Evangelio como la Palabra
de Dios, yo estaría ocupado continuamente con él, lo
estudiaría, hallaría
deleite en él y pondría con toda devoción mi atención en
él. En él se
ocultan la sabiduría, la clemencia y el amor; él me
llevaría a la felicidad, y
yo encontraría gran gozo en estudiar la Ley de Dios día y
noche. En él
encontraría yo alimento, como mi pan cotidiano, y mi
corazón sería movido
a guardar sus leyes. Nada en el mundo sería lo bastante
fuerte como para
apartarme de él. Por el contrario, si de vez en cuando
leo o escucho la
Palabra de Dios, es tan sólo por necesidad o por un
interés general por el
saber, y al no prestarle una atención estrecha, la
encuentro sosa y sin
ningún interés. Por lo general, llego al término de la
lectura sin sacar
ningún provecho, y más que dispuesto a cambiar a una
lectura mundana,
en la que obtengo mayor placer y encuentro temas nuevos e
interesantes.
»4. Estoy lleno de orgullo y de sensual amor por mí mismo.
—Todas
mis acciones lo confirman. Viendo algo bueno en mí mismo,
quiero
mostrarlo o enorgullecerme de ello ante otra gente, o
admirarme yo mismo
interiormente por ello. Si bien revelo una humildad
exterior, con todo la
atribuyo por entero a mis propias fuerzas y me considero
superior a los
demás, o por lo menos no peor que ellos. Si yo observo en
mí una falta,
trato de excusarla, y la disimulo diciendo: “Estoy hecho
así,” o “no es mía
la culpa”. Me enfurezco con los que no me tratan con
respeto y los
considero incapaces de apreciar la valía de las personas.
Voy jactándome
de mis dotes, y tomo como un insulto personal mis
tropiezos en cualquier
empresa. Murmuro, y encuentro placer en el infortunio de
mis enemigos. Si
me empeño por algo bueno es sólo con el propósito de
ganar admiración, o
autocomplacencia espiritual, o consuelo mundano. En una
palabra: Hago
de mí continuamente un ídolo y le presto servicio
ininterrumpidamente,
buscando en todo el placer de los sentidos y el sustento
para mis pasiones
sensuales y mis apetitos.
»Examinando todo esto, me veo arrogante, espurio,
incrédulo, sin
amor a Dios y con odio hacia mis semejantes. ¿Qué
condición podría ser
más culpable? La de los espíritus de las tinieblas es
mejor que la mía.
Ellos, aunque no aman a Dios, odian a los hombres y viven
de orgullo, por
lo menos creen y tiemblan. Pero en cuanto a mí, ¿puede
haber una condena
más terrible que la que me espera? ¿Y qué sentencia de
castigo será más
severa que la que recaerá sobre la vida de indiferencia y
de desatino que
reconozco en mí?».
Leyendo por entero este modelo de confesión que el sacerdote
me
había dado, quedé horrorizado y pensé para mí: «¡Dios mío!
Qué pecados
tan espantosos se esconden dentro de mí, y yo sin haber
reparado nunca en
ellos!». El deseo de verme limpio de ellos me hizo rogar a
este gran padre
espiritual que me enseñase cómo conocer las causas de todos
estos males y
cómo curarlos. Y él se puso a instruirme.
—Mira, querido hermano. La causa de no amar a Dios es falta
de fe;
la falta de fe viene motivada por la carencia de convicción;
y la causa de
ésta es el descuido en la búsqueda del saber santo y
verdadero, la
indiferencia hacia la luz del espíritu. En una palabra: Si
no tienes fe, no
puedes amar; si no tienes convicción, no puedes tener fe; y
para alcanzar
la convicción debes obtener un conocimiento pleno y exacto
de la cuestión
que tienes delante. Por la meditación, por el estudio de la
Palabra de Dios
y por la observación de tu experiencia, debes despertar en
tu alma un ansia
y un anhelo (o, como algunos lo llaman, una «admiración»)
que te
proporcione un deseo insaciable de conocer las cosas más de
cerca y más
plenamente, y de penetrar más en su naturaleza.
Un autor espiritual habla de ello de este modo: «El amor,
dice, crece
por lo general con el conocimiento, y cuanto mayor es la
hondura y la
extensión del conocimiento tanto más amor habrá, más
fácilmente se
ablandará el corazón y se abrirá al amor de Dios, a medida
que contemple
con diligencia toda la plenitud y belleza de la naturaleza divina
y su
ilimitado amor por los hombres».
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