sábado, 4 de julio de 2026

Modelo de confesión (Relatos de un peregrino ruso)

 

«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA

HUMILDAD

Relatos de un peregrino ruso

Título original: Oskrovennye razskazy Strannika dukhovnomu svoemu

otcu

Anónimo, 1865



Me enteré de que en Kitaevaya Pustina, a unas siete verstas de Kiev,

había un sacerdote de vida ascética, que era muy sabio y comprensivo.

Quienquiera que acudiese a él en confesión, encontraba un ambiente de

tierna compasión, y se marchaba con enseñanza para su salvación y

desahogo de espíritu. Me alegré mucho al enterarme de esto, y me fui hacia

allí en seguida. Después que hube pedido su consejo, y hubimos hablado un

rato, le di a leer mi hoja de papel. La leyó por entero, y luego dijo:

 

—Querido amigo, mucho de lo que has escrito es absolutamente fútil.

Escucha: Primero: no traigas a confesión pecados de los que ya te hayas

arrepentido y te hayan sido perdonados; no vuelvas sobre ellos de nuevo,

puesto que esto sería dudar de la fuerza del sacramento de la penitencia.

Segundo: no hagas memoria de otra gente que haya tenido relación con tus

pecados; júzgate sólo a ti. Tercero: los Santos Padres nos prohíben

mencionar todas las circunstancias de los pecados, y nos ordenan

confesarnos de ellos en general, a fin de evitar la tentación tanto para

nosotros mismos como para el sacerdote. Cuarto; has venido para

arrepentirte, y no te arrepientes de que no sepas arrepentirte, esto es, de que

tu arrepentimiento sea tibio y negligente. Quinto: has repasado todos estos

detalles, pero has pasado por alto lo más importante: No has revelado los

pecados más graves de todos. No has confesado, ni anotado, que no amas a

Dios, que odias a tu prójimo, que no crees en la Palabra de Dios, y que estás

henchido de orgullo y de ambición. Una inmensa cantidad de maldad, y

toda nuestra perversión espiritual, residen en estos cuatro pecados. Ellos

son las raíces de las que brotan los retoños de todos los pecados en que

caemos.

Quedé muy sorprendido al oír esto, y dije:

—Perdón, Reverendo Padre, pero ¿cómo es posible no amar a Dios,

nuestro Creador y nuestro Guarda? ¿Qué hay en que creer sino la Palabra de

Dios, en la que todo es verdadero y santo? Yo quiero bien a todos mis

semejantes, ¿y por qué iba a odiarlos? No tengo nada de que

enorgullecerme; además de tener innumerables pecados, no tengo nada

digno de ser ensalzado, ¿y qué podría yo codiciar, con mi pobreza y con mi

mala salud? Naturalmente, si yo fuese un hombre culto, o rico, entonces sin

duda sería culpable de las cosas de que habláis.

—Es una lástima, querido, que comprendieras tan poco de lo que dije.

Mira, vas a aprender más deprisa si te doy estas notas. Es lo que siempre

uso para mi propia confesión. Leelas de cabo a rabo, y tendrás, de forma lo

bastante clara, una muestra exacta de lo que te acabo de decir.

Me dio las notas, y me puse a leerlas. Helas aquí:

 

«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA

HUMILDAD

»Volviendo la mirada atentamente sobre mí mismo, y observando el

curso de mi estado interior, he comprobado por experiencia que no amo a

Dios, que no amo a mis semejantes, que no tengo fe, y que estoy lleno de

orgullo y de sensualidad. Todo esto lo descubro realmente en mí como

resultado del examen minucioso de mis sentimientos y de mi conducta, de

este modo:

»1. No amo a Dios. —Puesto que si amase a Dios, estaría

continuamente pensando en Él con profundo gozo. Cada pensamiento de

Dios me daría alegría y deleite. Por el contrario, pienso mucho más a

menudo, y con mucho más anhelo, en las cosas terrenales, y el pensar en

Dios me resulta fatigoso y árido. Si amase a Dios, hablar con Él en la

oración sería entonces mi alimento y mi deleite, y me llevaría a una

ininterrumpida comunión con Él. Pero, por el contrario, no sólo no

encuentro deleite en la oración, sino que incluso representa un esfuerzo

para mí. Lucho con desgana, me debilita la pereza, y estoy siempre

dispuesto a ocuparme con afán en cualquier fruslería, con tal de que acorte

la oración y me aparte de ella. El tiempo se me va sin advertirlo en

ocupaciones vanas, pero cuando estoy ocupado con Dios, cuando me pongo

en Su presencia, cada hora me parece un año. Quien ama a otra persona,

piensa en ella todo el día sin cesar, se la representa en la imaginación, se

preocupa por ella, y en cualquier circunstancia no se le va nunca del

pensamiento. Pero yo, a lo largo del día apenas si reservo una hora para

sumirme en meditación sobre Dios, para inflamar mi corazón con amor por

Él, mientras que entrego con ansia veintitrés horas como fervorosas

ofrendas a los ídolos de mis pasiones. Soy pronto a la charla sobre asuntos

frívolos y cosas que desagradan al espíritu; eso me da placer. Pero cuando

se trata de la consideración de Dios, todo es aridez, fastidio e indolencia.

Aun cuando sea llevado sin querer por otros hacia una conversación

espiritual, rápidamente intento cambiar el tema por otro que dé

satisfacción a mis deseos. Tengo una curiosidad incansable por las

novedades, sean acontecimientos ciudadanos o asuntos políticos. Busco

con ahínco la satisfacción de mi amor por el conocimiento en la ciencia y

en el arte, y en la manera de obtener cosas que quiero poseer. Pero el

estudio de la Ley de Dios, el conocimiento de Dios y de la religión, no me

causan efecto, y no sacian ningún apetito de mi alma. Veo estas cosas no

sólo como una ocupación no esencial para un cristiano, sino

ocasionalmente como una especie de cuestión secundaria en que ocupar

quizá el ocio, a ratos perdidos. Para resumir: Si el amor a Dios se reconoce

por la observancia de sus mandamientos (Si me amáis, guardaréis mis

mandamientos, dice Nuestro Señor Jesucristo), y yo no sólo no los guardo

sino que incluso lo procuro poco, se concluye verdaderamente que no amo

a Dios, Esto es lo que Basilio el Grande dice: “La prueba de que un

hombre no ama a Dios y a Su Cristo está en el hecho de que no guarda Sus

mandamientos”.

»2. No amo tampoco a mi prójimo. —Puesto que no sólo soy incapaz

de decidirme a entregar mi vida por él (conforme a lo que dice el

Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad, mi bienestar y mi

paz por el bien de mis semejantes. Si lo amase tanto como a mí mismo,

como manda el Evangelio, sus infortunios me afligirían a mí también, e

igualmente me deleitaría con su felicidad. Pero, por el contrario, presto

oídos a extrañas e infortunadas historias sobre mi prójimo, y no siento

pena; me quedo imperturbable o, lo que es peor, encuentro en ello un cierto

placer. No sólo no cubro con amor la mala conducta de mi hermano, sino

que la proclamo abiertamente con censura. Su bienestar, su honor y su

felicidad no me causan placer como si fueran míos y, al igual que si se

tratase de algo absolutamente ajeno a mí, no me proporcionan ningún

sentimiento de dicha. Lo que es más, ellos despiertan en mí, de forma sutil,

sentimientos de envidia o de menosprecio.

»3. No tengo fe. —Ni en la inmortalidad ni en el Evangelio. Si

estuviera firmemente persuadido y creyese sin ninguna duda que más allá

de la tumba se encuentra la vida eterna y la recompensa por las acciones

de esta vida, pensaría en ello continuamente. La idea misma de la

inmortalidad me aterraría, y haría que me condujese en esta vida como un

extranjero que se dispone a penetrar en su tierra natal. Por el contrario, ni

siquiera pienso en la eternidad, y veo el fin de esta vida terrena como el

limite de mi existencia. Y esta secreta idea anida en mi interior: “¿Quién

sabe lo que ocurre a la muerte?”. Si digo que creo en la inmortalidad,

hablo entonces sólo por mi entendimiento, pues mi corazón está muy lejos

de una firme convicción de ello. Esto lo atestiguan abiertamente mi

conducta y mi continua solicitud en dar satisfacción a la vida de los

sentidos. Si mi corazón acogiese con fe el Santo Evangelio como la Palabra

de Dios, yo estaría ocupado continuamente con él, lo estudiaría, hallaría

deleite en él y pondría con toda devoción mi atención en él. En él se

ocultan la sabiduría, la clemencia y el amor; él me llevaría a la felicidad, y

yo encontraría gran gozo en estudiar la Ley de Dios día y noche. En él

encontraría yo alimento, como mi pan cotidiano, y mi corazón sería movido

a guardar sus leyes. Nada en el mundo sería lo bastante fuerte como para

apartarme de él. Por el contrario, si de vez en cuando leo o escucho la

Palabra de Dios, es tan sólo por necesidad o por un interés general por el

saber, y al no prestarle una atención estrecha, la encuentro sosa y sin

ningún interés. Por lo general, llego al término de la lectura sin sacar

ningún provecho, y más que dispuesto a cambiar a una lectura mundana,

en la que obtengo mayor placer y encuentro temas nuevos e interesantes.

»4. Estoy lleno de orgullo y de sensual amor por mí mismo. —Todas

mis acciones lo confirman. Viendo algo bueno en mí mismo, quiero

mostrarlo o enorgullecerme de ello ante otra gente, o admirarme yo mismo

interiormente por ello. Si bien revelo una humildad exterior, con todo la

atribuyo por entero a mis propias fuerzas y me considero superior a los

demás, o por lo menos no peor que ellos. Si yo observo en mí una falta,

trato de excusarla, y la disimulo diciendo: “Estoy hecho así,” o “no es mía

la culpa”. Me enfurezco con los que no me tratan con respeto y los

considero incapaces de apreciar la valía de las personas. Voy jactándome

de mis dotes, y tomo como un insulto personal mis tropiezos en cualquier

empresa. Murmuro, y encuentro placer en el infortunio de mis enemigos. Si

me empeño por algo bueno es sólo con el propósito de ganar admiración, o

autocomplacencia espiritual, o consuelo mundano. En una palabra: Hago

de mí continuamente un ídolo y le presto servicio ininterrumpidamente,

buscando en todo el placer de los sentidos y el sustento para mis pasiones

sensuales y mis apetitos.

»Examinando todo esto, me veo arrogante, espurio, incrédulo, sin

amor a Dios y con odio hacia mis semejantes. ¿Qué condición podría ser

más culpable? La de los espíritus de las tinieblas es mejor que la mía.

Ellos, aunque no aman a Dios, odian a los hombres y viven de orgullo, por

lo menos creen y tiemblan. Pero en cuanto a mí, ¿puede haber una condena

más terrible que la que me espera? ¿Y qué sentencia de castigo será más

severa que la que recaerá sobre la vida de indiferencia y de desatino que

reconozco en mí?».

Leyendo por entero este modelo de confesión que el sacerdote me

había dado, quedé horrorizado y pensé para mí: «¡Dios mío! Qué pecados

tan espantosos se esconden dentro de mí, y yo sin haber reparado nunca en

ellos!». El deseo de verme limpio de ellos me hizo rogar a este gran padre

espiritual que me enseñase cómo conocer las causas de todos estos males y

cómo curarlos. Y él se puso a instruirme.

—Mira, querido hermano. La causa de no amar a Dios es falta de fe;

la falta de fe viene motivada por la carencia de convicción; y la causa de

ésta es el descuido en la búsqueda del saber santo y verdadero, la

indiferencia hacia la luz del espíritu. En una palabra: Si no tienes fe, no

puedes amar; si no tienes convicción, no puedes tener fe; y para alcanzar

la convicción debes obtener un conocimiento pleno y exacto de la cuestión

que tienes delante. Por la meditación, por el estudio de la Palabra de Dios

y por la observación de tu experiencia, debes despertar en tu alma un ansia

y un anhelo (o, como algunos lo llaman, una «admiración») que te

proporcione un deseo insaciable de conocer las cosas más de cerca y más

plenamente, y de penetrar más en su naturaleza.

Un autor espiritual habla de ello de este modo: «El amor, dice, crece

por lo general con el conocimiento, y cuanto mayor es la hondura y la

extensión del conocimiento tanto más amor habrá, más fácilmente se

ablandará el corazón y se abrirá al amor de Dios, a medida que contemple

con diligencia toda la plenitud y belleza de la naturaleza divina y su

ilimitado amor por los hombres».


No hay comentarios: