LOS SACRAMENTOS
L’ORTHODOXIE
Paul Evdokimov
Descleé de Brouwer 1979 pp262-265
CAPÍTULO IV
Los sacramentos
INTRODUCCIÓN
«Los sacramentos: he aquí el camino que nuestro Señor nos ha
trazado, la
puerta que ha abierto… es volviendo a pasar por este camino
y esta puerta
como regresa hacia los hombres» 137.
Cristo regresa en la economía
sacramental del Espíritu Santo, que perpetúa su visibilidad
histórica.
137 NICOLÁS CABASILAS, La vida en Cristo, p. 28.
Pero, además, los sacramentos de la Iglesia ocupan el lugar
de los milagros de
la época de la Encarnación 138.
Más clásica es la definición de la Confesión
ortodoxa: «El sacramento es una acción santa en la
que, bajo el signo visible,
se comunica al creyente la gracia invisible de Dios» 139.
La unión de lo visible y lo invisible es inherente a la
propia naturaleza de la
Iglesia. Como Pentecostés perpetuado, la Iglesia derrama la
sobreabundancia
de la gracia a través de todas las formas de su vida. Pero
la institución de los
sacramentos (su aspecto «lícito», la corrección canónica; su
aspecto «válido»; y
su aspecto «eficaz» de gracia santificante) establece un
orden que pone límites
a todo «pentecostalismo» sectario y desordenado y, al mismo
tiempo, ofrece un
fundamento inquebrantable, objetivo y universal para la vida
de gracia. El
Espíritu sopla donde quiere, pero en los sacramentos, en
presencia de las
condiciones exigidas por la Iglesia y en virtud de la
promesa del Señor, los
dones del Espíritu Santo se confieren con seguridad y la
Iglesia lo atestigua.
La teología escolástica se vio influida por la tradición
latina al afirmar que los
sacramentos son siete: el bautismo, la unción
crismal, la eucaristía, la
penitencia, la extremaunción, la ordenación sacerdotal y el
matrimonio. Esta
doctrina, que se formó en Occidente hacia el siglo XII, fue
confirmada en el
Concilio de Trento y se extendió a Oriente. Pero ya en el
siglo XIII se menciona
la serie de siete sacramentos en la Confesión de
Miguel Paleólogo y se cita en
el Concilio unionista de Lyon (1274). La polémica con los
teólogos protestantes
en la época del patriarca de Constantinopla Jeremías II (†
1595) condujo a la
misma afirmación del número siete (Cirilo Lucaris, de
tendencia calvinista, solo
aceptaba dos). La encíclica de los patriarcas orientales140 da este mismo
número, siete, y precisa «ni más, ni menos»; la tendencia
polémica de la carta
lo explica. Pero aún en el siglo XV, Joasaph, metropolitano
de Éfeso, cita los diez
sacramentos, san Dionisio habla de seis y san Juan Damasceno
solo menciona
dos. Algunos textos mencionan la ordenación monástica, el
oficio de difuntos y
la gran bendición de las aguas. A menudo, entre los Padres,
«el bautismo»
significaba el conjunto de los tres grandes sacramentos.
En un sentido amplio, todo en la vida cristiana es eclesial
y, por tanto, de
naturaleza sacramental, pues «derramaré de mi Espíritu sobre
toda carne»
(Hch 2, 17); todo es carisma, ministerio, don al servicio de
la Iglesia. Sin
embargo, la santidad personal, los actos de fe, de martirio
o de caridad, la
santificación de toda forma de existencia y de ser se sitúan
en la Iglesia, pero
constituyen un ámbito inefable, inorganizable, inobjetivable
y, por ello, no exigen
ni llevan ningún sello objetivo del consenso del
Cuerpo. A lo sumo, se puede
decir que aquí «el Espíritu se manifiesta en cada uno para
el bien de todos» (1
Cor. 12, 17).
138 Véase O. CULLMANN, Les Sacrements dans l'Église Johannique,
París
1951, pp. 35-48.
139 Primera parte, 99.
140 Parágrafo 15
También existe un gran número de sacramentales (sacramentalia):
la
consagración del templo, de las cruces y de los iconos, del
agua, de los frutos
de la tierra, los funerales y los votos monásticos, la
bendición litúrgica y
sacerdotal, la señal de la cruz, la oración. Todos estos
ritos confieren asimismo
la gracia del Espíritu Santo.
El padre Nicolás Afanassieff 141
aporta una precisión esclarecedora. Todo
sacramento incluye una acción de santificación, pero no toda
acción de
santificación es un sacramento. Este último implica la
voluntad de Dios de que
dicho acto tenga lugar, el acto en sí mismo y, en tercer
lugar, el testimonio de la
Iglesia de su recepción, que confirma el don conferido y
recibido. Así, en la
práctica antigua,el «axios» del pueblo acompañaba
todo acto sacramental, y
todos los sacramentos conducían a la Eucaristía, que culmina
el testimonio de
la Iglesia sobre la realidad pneumatófora de todo
sacramento. Tal consenso es
un hecho interno de la Iglesia. Un sacramento es siempre un
acontecimiento en
la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia;
excluye toda individualización que aísle
el acto y a quien lo recibe. Todo sacramento repercute en el
Cuerpo de todos
los fieles. Todo bautizado y confirmado es un nacimiento en
la Iglesia, que se
enriquece con un miembro; todo perdón, toda absolución
«devuelve» al
penitente a la Iglesia 142,
a la «comunión de los santos»; en toda eucaristía:
«todos los que participamos de este único pan y de este
único cáliz, que
estemos unidos unos a otros en la comunión de un mismo
Espíritu» (liturgia de
san Basilio); «tras lo cual mencionamos el cielo, la tierra
y el mar, el sol y la
luna, los astros y toda criatura racional e irracional,
visible e invisible, y a los
ángeles y arcángeles» 143.
La ordenación de un obispo garantiza la Eucaristía,
manifestación de la Iglesia. El marido y la mujer acceden
ante todo a la sináxis
eucarística en su nueva existencia conyugal. Así, todo
sacramento trasciende lo
particular hacia su resonancia católica, y los dones se
manifiestan para todos.
Pentecostés continuado, función reveladora continuada del
Espíritu Santo,
la Iglesia revela sin cesar su identidad con Cristo, que es
Verdad, Vida y
Camino, lo que erige a la propia Iglesia en sacramento de la
Verdad y de la
Vida. El carisma de la Verdad condiciona la acción de los
concilios. Sus
definiciones dogmáticas se acercan a la naturaleza del
sacramento. Su
fórmula: «Ha parecido bien al Espíritu y a nosotros» se
realiza en dos etapas:
primero es «Ha parecido bien a nosotros» y después es la
recepción por parte
del Cuerpo, el consenso proclamado, cuando se trata
de un concilio reconocido
como ecuménico: «Ha parecido bien al Espíritu». El concilio
es ecuménico
porque el Espíritu de la Verdad ha hablado144.
141 «Sacramenta et Sacramentalia», en La Pensée Orthodoxe,
n.º 8 (en ruso).
142 CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, P. G. 9, 649.
143 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, P. G. 33, 1119.
144 PARA SAN GREGORIO DE NAZIANZO, el Padre es el Verdadero, el
Hijo
es la Verdad, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad — Πνεῦμα
τῆς (P.G. 35, 1164 A9
«Nuestra doctrina está en consonancia con la Eucaristía»145. Todo sacramento
se remonta a la institución eucarística y se incluye en
ella. No tiene importancia
buscar para cada sacramento una palabra explícitamente
institucional del
Señor. Ciertamente, siempre se requiere una referencia
bíblica, pero todo
sacramento se remonta al poder del Sacramento de los
sacramentos, que es la
Iglesia-Eucaristía. No es el aspecto formal ni jurídico lo
que opera en los
sacramentos. Si, por razones válidas, en la celebración de
un sacramento
faltan las condiciones canónicas, «la gracia suplanta la
debilidad humana», y la
integración en la Eucaristía puede dar testimonio de la
venida del Espíritu y del
don recibido. Por eso, en la práctica antigua, todo
sacramento formaba parte
orgánica de la liturgia eucarística y culminaba en la Cena
del Señor.
Todo sacramento va precedido de su episcele y forma parte de
la
economía del Espíritu Santo: «Así como el pan eucarístico se
convierte, por
invocación (episcele), en el Cuerpo de Cristo, así también
el crisma, por
invocación (episcele), se ha convertido en el carisma de
Cristo, generador del
Espíritu Santo, por la presencia de su divinidad» 146.
El sacramento, μυστήριον, es algo secreto, oculto. «Los
misterios de Cristo
están ocultos a los profanos, incluso a los profetas, pues
Cristo solo los reveló
en parábolas»147. Es
también un misterio porque, si bien es Dios quien obra, lo
hace a través del acto del sacerdote. «Cuando el sacerdote
bautiza, no es él
quien bautiza, sino Dios, cuya presencia invisible sostiene
la cabeza del
bautizado»148. «Dios
actúa por medio de los sacerdotes, incluso de los
indignos, para salvar al pueblo», afirma san Juan Crisóstomo149. Se
comprende bien que siempre se busca la rectitud moral del
ministro, pero no es
un requisito absoluto; del mismo modo, la fe de quien recibe
no influye en
absoluto en la validez objetiva del sacramento, pero este
último actúa siempre,
ya sea para la salvación o para la condenación, en función
de la fe. Los
sacramentos no son solo signos que confirman las promesas
divinas ni medios
para avivar la fe y la confianza; no solo dan la gracia,
sino que la encierran, y
son vehículos o viáticos de la inmortalidad, a la vez
instrumentos de la
salvación y la salvación misma.
145 SAN IRENEO, Adv. haeres. IV, 18, 5.
146 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, P. G. 33, 1089.
147 CLEMENTE DE ALEXANDRIA, Strom. I, V.
148 P. G. 57, 507.
149 P. G. 62, 609.