martes, 28 de julio de 2009

Los problemas de las ayudas a los países en desarrollo (RES)

Los problema de las ayudas a los países en desarrollo


Se ha convertido en un tópico bienpensante el tema de la ayuda a los países del tercer mundo o en vías de desarrollo, a la manera de las nuevas denominaciones políticamente correctas. Como solución necesaria y -según demasiados indocumentados- suficiente para acabar con el espectáculo insólito del aluvión inmigratorio en Europa. A veces incluso dan la sensación de un razonamiento tecnocrático impecable, con toques de keynesianismo oportuno y optimismo progre. No hay más que seguir esa receta y evitaremos un futuro problemático que hasta el más romo puede diagnosticar a partir de los datos actuales., dando de paso felicidad sin límites a pueblos y tierras hasta ahora excluidas del banquete consumista.

En realidad, aunque el mencionarlo tan solo estropea el discurso moral imperante de mucho aspirante a arreglaentuertos a nivel mundial; a pesar de lo que se diga si ha habido alguna ayuda, o mejor varias ayudas a los países en vía de desarrollo, y el importe total de dichas ayudas no ha sido precisamente desdeñable, veamos algunas cifras:

“En el mundo cada cuatro segundos una persona (por lo general un niño) muere de ham­bre; y en África la gran mayoría de las muchachas ignora que el sida se transmite por el sexo. Cabe suponer que éstos serán los resultados del desin­terés predominante por la situación de pobres, desheredados y condenados de la Tierra. Un cier­to desinterés no se puede negar, y sin embargo a África se le han concedido en cincuenta años ayu­das por valor de 400.000 millones de euros que no han evitado su hundimiento económico. Ésta es, probablemente, una de las razones que impul­san al economista Paolo Sylos Labini a afirmar que hay «que evitar como la peste las ayudas pu­ramente financieras», porque «son fuente de co­rrupción y de derroches». Lo comprenden ahora ya hasta los mismos pobres de África, quienes, en la Conferencia de la FAO, han insistido en las li­bertades comerciales y contra el proteccionismo. La respuesta ha sido la de siempre, por parte de los países ricos, de las almas pías, de las ONG: de­dicar fondos y condonación de las deudas. Se si­gue pasando por alto sobre un simple dato real: ni la hecatombe provocada por el hambre, ni la que viene del sida, ni el continuo descenso de la esperanza de vida en África, arañan siquiera mí­nimamente el crecimiento exponencial de la po­blación. Procrear sin cesar en estas condiciones significa renovar con activa locura un gigantesco rito de sacrificios humanos”.


(Giovanni Sartori, Gianni Mazzoleni. La tierra explota. Ed. Taurus . Madrid 2003 pp 240-241)




Los raptos emocionales en pro de ayudas humanitarias y justicieras suelen ser pésimas ayudas para analizar con frialdad las situaciones extremas. Así pocos recuerdan sin duda que las ayudas previstas por el plan Marshall en 1948 ascendían a un montante de 13 millardos de dólares (13.000 millones de dólares). Como quiera que las cifras manejadas por Sartori y Mazzoleni se comenzaron a contabilizar a partir de 1953, un poco después del Plan Marshall, cabe la posibilidad de una comparación de las cifras respectivas, lo que en primera providencia nos dice que África recibió 30,7 veces más dinero que la Europa destrozada por la posguerra. Ciertamente se argüirá que el valor del dólar ha cambiado en cincuenta años, pero también habría que tener en cuenta que el África de los años cincuenta, inmediatamente anteriores a la descolonización (Ghana 1957), tenía una población inferior a Europa sobreviviente de la segunda guerra mundial.

Parece inútil echar cuentas, una pulsión sentimental y emocional omnipresente insiste sin tregua ni fatiga en que la solución consiste en aportar todavía más dinero al llamado tercer mundo, enunciado que al parecer tranquiliza la conciencia de los ponentes; sería curioso saber cuanto dinero aportan de sus bolsillos particulares los incansables propagandistas del : “más dinero todavía”, en el lenguaje actual se insiste en inversiones masivas, que en principio no está claro de donde se van a sacar y en segundo lugar tampoco está claro si por muy masivas que sean las inversiones no acabarán siendo cantidades exiguas para una población masivamente creciente . Parece como si tras esas declamaciones existiera la firme convicción de que es posible una justicia inmanente en este mundo pecador; una ley platónica maravillosa que solo unos malvados impiden realizar y que sin duda llevará a un paraíso feliz sobre la tierra. La realidad tozuda es que ningún condicionamiento externo es capaz de cambiar la naturaleza del hombre caído; así ha comprobado a lo largo de decenios como el torrente monetario ha alentado tiranías tribales, enconado guerras y matanzas tribales, alimentado el tráfico de armas, promovido corrupciones y malversaciones enormes, alineado las economías tradicionales a los intereses de compañías multinacionales, despoblado territorios desprovistos de medios tradicionales de subsistencia , aglomerado poblaciones en megápolis abarrotadas de chabolas, favelas, bidonvilles y similares donde los medios de subsistencia no van mucho más allá de trabajos esclavos de la infancia, prostitución, drogas, delincuencia, niños sicarios o niños soldados y otros medios de economía sumergida. Es ya un hecho públicamente admitido y expresado en los medios que las ayudas gubernamentales a los países africanos en vías de desarrollo es absolutamente desaconsejable puesto que no llega a su destino. Mucho más perspicaces que los partidarios de la emoción filantrópica mundial, los países árabes productores de petróleo lejos de caridades fraternales en sus correligionarios, invierten sus petrodólares en propagación del fundamentalismos varios desde el wahabismo y el talibanismo al ayatolismo, construcción de mezquitas y estimulación de la guerra santa o terrorismo puro y duro; en definitiva la destrucción del infiel europeo, blanco y opresor no deja de ser algo más concreto, épico y satisfactorio que el imposible ideal de paraíso fraternal del progresismo angelical. Cada vez que se intenta ordenar definitivamente el mundo – la paz perpetua kantiana-, surgen como por ensalmo problemas peores de los que se quieren resolver al principio; una concatenación casi fatal de acciones y reacciones concordantes que se procura obviar.

Es por otra parte cuando menos ingenuo pensar que la verdadera solución es un mero problema de libertad comercial, que de ninguna manera va traer milagrosamente responsabilidad y moralidad a prueba de bombas; la economía y el comercio son unos aspectos más de la confrontación y del polemos. Al menos cabe reconocer que algo de esto sabía Malthus cuando agriaba las digestiones plácidas de los economistas liberales y su mano oculta.

Las migraciones resultantes de las guerras, el deterioro ambiental y las confrontaciones de civilizaciones son ya hoy día muy importantes pero el montante de su cuantía en un futuro no muy lejano ascenderá en sus estimaciones menos exageradas a cifras verdaderamente impresionantes que jamás habían alcanzado ninguna de las migraciones conocidas en la historia. Así solo en lo referido a medio ambiente tenemos las siguientes estimaciones:



“A quien manifestaba reservas sobre el flujo de inmigrantes de la orilla sur a la norte del Medite­rráneo, un ministro le hizo notar que no era sólo cuestión de búsqueda de trabajo y que, dadas las condiciones del Sur del mundo, mas que sorpren­dernos de la inmigración, nos tendríamos que maravillar de que todavía fuera tan limitada. A me­nos que en el horizonte no se vislumbre la realiza­ción de la «profecía» del profesor Norman Myers: 200 millones de emigrados (refugiados) del cli­ma dirigidos hacia Europa, perseguidos por la aridez que avanza. Un mísero fin para todas las legislaciones antimigratorias. En el origen de todo está siempre, a fin de cuentas, el mismo problema: el exceso de población. Los llamados po­bres del mundo son ya cinco veces más numero­sos que los llamados ricos y si nada cambia muy pronto llegarán a ser diez veces más”.

(Giovanni Sartori, Gianni Mazzoleni. La tierra explota. Ed. Taurus . Madrid 2003 p 175-176)

Estas cifras no se refieren a las guerras recientes, cuya mortandad y crueldad han dado una prueba de la eficacia masacrante y criminal de la que es capaz el africano; acaso, no lo olvidemos, instruido en parte por el ejemplo aleccionador dado por el hasta hace no mucho tiempo colonizador blanco europeo. En lo que se refiere a las guerras futuras no parece que las cosas tengan visos de mejorar.

Una estimación más omnicompresiva y por tanto de mayor envergadura –africanos, asiáticos, europeos del este, latinoamericanos y probablemente esquimales- fue la que se deslizó en el debate electoral alemán del 2002, que en circunstancias normales hubiera sido silenciada pero que al calor de la polémica electoral se usó como argumento contundente. Raro es también que dada la gravedad del asunto se hubiera dejado sin censura al osado periodista que la notificó:

«El candidato democristiano, Edmund Stoiber, hace campaña electoral a costa de personas que no se pueden defender», mantie­ne Oger en alusión a unas decla­raciones del líder bávaro pocos días antes. «Cuatrocientos millo­nes de personas amenazan con venir hacia aquí y por eso nos te­nemos que defender contra ello», había denunciado Stoiber en un mitin electoral en Wiesbaden. La Unión (CDU y CSU) pretende promulgar una nueva ley de in­migración si finalmente llega al poder.

Los conservadores quieren im­poner restricciones a los extranjeros procedentes de países de fuera de la Unión Europea

(El Mundo. Sábado 21 de septiembre de 2002)

Así pues las estimaciones de la inmigración se duplican con relación a las de norman Myers, y esto en cantidades de centenares de millones Naturalmente que estas estimaciones parten de un escenario poblacional mundial relativamente modesto en comparación con el que se avecina para dentro de unos cincuenta años.

“El demógrafo francés Jacques Vallin ( Jacques Vallin, La población mundial, Madrid, Alianza, 1995.) señala: los países pobres, que tienen una fuerte mortalidad, «por lo general tienen una fecundidad muy por encima del valor necesario para la renovación de las generaciones y ven aumentar rápidamente su población»7. Lo confirma un informe de la ONU, publicado en el Corriere della Sera (28 de febrero de 2001) : en Áfri­ca, paradigma de subdesarrollo y miseria, en los últimos cincuenta años los habitantes han creci­do de 221 a 794 millones y «en los próximos diez años, a pesar de un fenómeno devastador como es el sida, el número de habitantes se doblará y lle­gará a dos mil millones en 2050». Si en los países pobres el crecimiento (donde lo haya) de la ren­ta nacional se ve siempre superado por el aumen­to de la población, la renta per cápita no hará más que descender y la miseria se hará invencible. ¿Y el control de nacimientos? Es sólo una palabra, dados los niveles culturales y los arraigados tradi­cionalismos”.

(Giovanni Sartori, Gianni Mazzoleni. La tierra explota. Ed. Taurus . Madrid 2003 p 106)

Es decir si se espera que para el 2050 la población de África se multiplique por tres, al igual que la miseria, la desnutrición, las enfermedades y el caos social, nada de extraño tendría que por una regla de tres lógica y fatal el tamaño del maremoto inmigratorio también se multiplique por dos, por tres...; es decir una masa de 800, de 1000 o acaso de 1.200 millones de inmigrantes para la Europa del 2050, ¿ quien sabe?, en cualquier caso bastante superior a la población de autóctonos europeos para dicha época, a menos que sucedan milagros imprevisibles.

El discurso bienintencionado de muchos sectores sociales, entre los que cabe destacar los medios sindicales, insiste en el argumento del sostenimiento de las pensiones de la seguridad social, que por razones históricas muy distintas de las actuales se creyó bien cimentado en el régimen financiero de reparto. Naturalmente se refieren a los inmigrantes legales que trabajan y cotizan, que obviamente son y sobre todo serán en el futuro una ínfima minoría a tener de las cifras estimativas que se barajan para el aluvión inmigratorio. Claro que si se intenta una mínima atención social a dicho aluvión – sanidad, salarios mínimos de integración, pensiones no contributivas, vivienda protegida, reagrupaciones familiares, prestaciones familiares acaso para familias poligámicas y otras rúbricas- es obvio que en pocos años ni toda la renta nacional será capaz de cubrirlas, tanto menos cuanto será imposible crear empleo y retribuciones para una población que en poco tiempo superará ampliamente a los autóctonos. Para tales ilusos convendría recordar que las prescripciones coránicas acerca de las ayudas sociales se refieran a la familia, y la limosna legal del Ramadán; aunque esta última limitada a los musulmanes y sin relación alguna con cristianos, paganos, agnósticos o ateos. Por otra parte esa concepción de la ayuda social no es tan distinta de las vieja civilización cristiana en donde las necesidades sociales –lo que hoy denominaríamos seguridad social- se arreglaban en base a la familia y a la Iglesia. Comprendido esto acaso se entienda el disparate mayúsculo de considerar asegurada la estabilidad futura de un sistema de seguridad social en reparto que en el mejor de los casos va a estar en manos de trabajadores que en su mayor parte serán de cultura y religión islámica, poco proclives sin duda a mantener viejos e inútiles infieles, cristianos -o nazarenos como dicen en el Magreb-, cruzados o al menos considerados como tales por un fundamentalismo ascendente y previsiblemente mayoritario.

Otra cuestión cuidadosamente eludida es el tipo y clase de población que integre los contingentes inmigratorios; en el colmo de la ingenuidad se supone que solo interesa la mera cantidad de trabajadores para mantener un sistema de prestaciones en crisis inevitable. En el mejor de los casos se supone que es importante la inmigración hispanoamericana, sin duda la más susceptible de integrase de una manera aceptable. Pero los sudamericanos –y también los españoles autóctonos- serán dentro de poco una gota en un océano de población islámica. Acerca del Islam se posee en España –independientemente de la región, autonomía , o nacioncita supersoberana considerada- una ignorancia enciclopédica y cuasi-absoluta, pese a la vecindad y lucha secular contra él. En base a la ignorancia se supone que una religión guerrera y conquistadora es susceptible de diluir su virulencia y dulcificarse amablemente en base tal vez a la precaria, menesterosa y desnortada educación laica occidental, o acaso con algún cursillo de divulgación constitucional y formalismo democrático; por no mencionar la catequesis y las homilías parroquiales que ya apenas motivan a la propia población autóctona progresivamente descreída y pagana. La fascinación occidental, según tales ilusiones, integraría felizmente a las masas invasoras: la ilustración embridaría al fundamentalismo; un amplio y tolerante criterio de convivencia a la lapidación de adúlteras; la filantropía burguesa a la conquista y exterminio del infiel . No faltan incluso líneas de crédito bancario para tales loables propósitos. Asimilación, integración o sucedáneos varios de una domesticación sin tragedia atroz, he ahí la panacea de todos los males, la meta de todos los ideales progresistas y pacifistas.

Según tales delirios las masas islámicas dominantes del futuro en vez de imponer fatalmente por la fuerza del número la Shari´a y la yihad, se convertirán a un liberalismo tolerante y respetuoso de las leyes civiles laicas, de manera que acabarían besando no el Corán, como al parecer ya hace hasta el romano pontífice, sino el código civil; invocarían no a Allah sino a Rousseau. Conviene ilustrar acerca de ciertas sentencias coránicas para no hacerse demasiadas ilusiones en lo que se refiere a un futuro de mayoría islámica; nada mejor a este respecto que una crónica de Cesar Vidal publicada en La Razón (21-1-2004)

“Al respecto, la sura 4 del Corán no puede ser más ilustrativa. En su aleya 34 señala expresamente en relación con las mujeres: «Aquéllas cuya rebeldía temáis, amonestadlas, no os acostéis con ellas, pegadlas». La aleya 15 estipula además: «Aquéllas de vuestras mujeres que se presenten con una indecencia, buscad cuatro testigos, y si dan testimonio contra ellas, recluidlas en casa hasta que la muerte se las lleve o Allah disponga otra cosa». De la misma manera, en la citada Sura, aleya 11, se dispone que la herencia del varón debe ser doble a la de la mujer o en la aleya 3 se indica que es permisible tener hasta cuatro esposas. La Sura 4 es especialmente ilustrativa porque, por si fuera poco, ordena la persecución de los que no creen en el islam (a. 100 y 103), la práctica incansable de la guerra santa contra los infieles (a.75) y el asesinato de los que abandonan la fe predicada por Mahoma (a. 88-90). Todo ello forma parte de la esencia del islam y la siniestra dictadura de lo políticamente correcto no debería opacar nuestro juicio a la hora de reflexionar sobre lo que significa en el seno de una sociedad democrática”.

Cabe siempre la posibilidad de interpretar de una manera no tan literal las aleyas anteriores. De todas formas hasta en los propios círculos sufíes no se desaprueban en absoluto las interpretaciones más literales. Por si acaso el nuevo integrismo musulmán de los países afro-magrebíes, está instigado y financiado en buena parte por el wahabismo saudí, claramente decantado por el literalismo más crudo y estrecho. Es decir en un futuro no tan lejano cada garganta cristiana, pagana o atea tendrá asegurada su cuchillo o gumía degolladora, incluso en un sentido islámico, democrática y purificadoramente degolladora.

Se olvida con demasiada frecuencia que el aluvión inmigratorio actual y más aún el futuro no puede ni podrá encontrar ningún trabajo, pese a las piadosas declaraciones de algunos medios sindicales en el sentido de que no importa la cantidad de millones de inmigrantes que acudan al país, puesto que con esfuerzo justiciero adecuado para todos se encontrará empleo; naturalmente el aluvión inmigratorio no va a esperar a tener un puesto de trabajo para inmigrar - como antaño los españoles que iban a Europa, que por cierto no tenían derecho ni a salarios mínimos de integración, ni a pensiones no contributivas, ni a financiación subvencionada de viviendas, ni por supuesto a fácil adquisición de nacionalidad-; dicho aluvión probablemente en muchos, en demasiados casos no va a intentar siquiera su adscripción laboral ordenada; en su mayor parte pretenden mucho más los beneficios que pueda aportarle la sociedad europea occidental que no los sacrificios que exige, y no solamente para un periodo transitorio de tiempo sino con la idea de instalación definitiva para él y su descendencia per secula seculorum. Aumentará, eso si, esa economía criminal cada vez más dilatada de la que ya somos testigos: narcotráfico, prostitución, robos, pillajes más o menos violentos, estafas, secuestros, circuitos comerciales de objetos robados y otros etcéteras, cuya incidencia en delitos, tribunales, cárceles y reformatorios empieza a ser claramente notoria en el país, pese a los intentos políticamente correctos de ocultarlo o interpretarlo de manera benévola y tolerante.

La civilización islámica y mucho más en su actual estado de degradación está muy lejos de inculcar una ética de la responsabilidad personal en la vida, en el trabajo y en la convivencia social; inútil intentar analogías con Calvino, Max Weber desconocía el Islam. Un sentido telúrico y patológico del destino puede perturbar las psiques y mentes, hasta el punto de considerar el suicidio acompañado de crímenes, muertes y carnicerías varias como acreedor de la palma del martirio - en un sentido obviamente muy distinto del cristianismo- y de las huríes complacientes. Inútil buscar en el Islam fundamentalista actual el sentido de Providencia misericordiosa, de Caritas, de voluntad de perfección que largos siglos de cristianismo dejaron como poso –reconocido o no, esa es otra cuestión- en occidente.

Pese a tales constataciones se siguen escuchando opiniones favorables a la inmigración indiscriminada: unos alegando caridad, extraña caridad que curiosamente prefieren ejercer sobre los lejanos alógenos y no sobre los próximos –prójimo viene de próximo- autóctonos connacionales: parados, sin techo o los ocho millones de españoles que viven por debajo del umbral de pobreza según Caritas; otros -más en la línea de camaradería progresista- se inclinan por “papeles para todos”, naturalmente para que el resto de los ciudadanos, y no ellos mismos, los tomen a cargo . Por un mínimo de coherencia mental y moral se debería exigir a cualquiera que abogue por el : “papeles para todos”, que tomase a su exclusivo cargo un inmigrante , como aquel antiguo “siente un pobre en su mesa”, y además se hiciera cargo del reagrupamiento familiar y de atender a su mujer o mujeres y prole numerosa. Solo entonces tendrían fuerza moral para exigir algo.

Las evidencias cada día hacen más imposible la ocultación de los hechos: barcos, pateras, furgonetas, trenes, camiones y aviones, unos detectados y probablemente la mayoría –al igual que los alijos de droga- no detectados, acuden al reclamo circense: “pasen e instálense”, un pequeño papel con la exhortación tartufesca a abandonar el país y “ancha es Castilla”, el ilegal tiene plena libertad de desplazamiento, incluso se organizan puentes aéreos para no recluirlos en islas y que disfruten de amplio espacio en el continente. La legalización masiva no es más que cuestión de espera y algún rapto emocional y lacrimoso de la opinión pública, a veces con el argumento ingenuo añadido de que la mera legalización bastará cual varita mágica para eliminar los problemas crecientes de una inmigración cada día más inasimilable, en cuanto mayor su composición afromagrebí y muslimica, por otra parte bien consciente de acudir a países de infieles que hay que convertir o exterminar acaso cuando las circunstancias sean adecuadas y favorables. Eso no obsta para que con voz seria y campanuda algún representante del partido en el poder o de la oposición mencione en alguna ocasión el problema de la inmigración descontrolada, jurando por las barbas del profeta que solo se van a autorizar la inmigración legal precisa para ocupar los puestos de trabajo vacantes: “ tranquis troncos que todo está bajo control”.

Por su parte el secretario general de Naciones Unidas, Koffi Anan, afirma que Europa no debe cerrar sus fronteras a los inmigrantes; naturalmente no se refiere a los inmigrantes necesarios para cubrir necesidades laborales sino a todos los inmigrantes que deseen ocupar el continente. Así pues la invasión posee las bendiciones y sacramentos de las autoridades mundiales. Lo que no acaba de estar claro es porqué Estados Unidos, Canadá, Australia -mucho más grandes y despoblados que Europa-, Nueva Zelanda o Japón tienen bula para cerrar sus fronteras a la inmigración indiscriminada y beneplácito para aplicar los principios aceptados de legislación internacional -reconocida por la misma ONU- para la admisión de extranjeros.

La extraña caridad en un mundo carente de principios espirituales y religiosos hace sospechar lo que en muchos sectores de opinión europea ha venido en denominarse masoquismo etnocida, del cual fue clarividente profeta E. Cioran hace ya algunas décadas:


Aunque nunca hubiera adivinado lo irreparable, una ojeada sobre Europa hubiera bastado para darme su es­calofrío. Preservándome de lo vago, justifica, atiza y hala­ga mis terrores, y cumple para mí la función asignada al cadáver en la meditación del monje.

En su lecho de muerte, Felipe II hizo venir a su hijo y le dijo: «He aquí dónde acaba todo, incluso la monar­quía.» En la cabecera de esta Europa, no se qué voz me advierte: «He aquí dónde acaba todo, incluso la civiliza­ción».


¿De qué sirve polemizar con la nada? Ya es hora de serenarnos, de triunfar sobre la fascinación de lo peor. No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde surgirán? No importa. Por el momento, bástenos saber que su arrancada no se hará esperar, que mientras se pre­paran para festejar nuestra ruina meditan sobre los me­dios para volver a erguirnos, para poner punto final a nuestros raciocinios y a nuestras frases. Al humillarnos, al pisotearnos, nos prestarán la suficiente energía para ayudarnos a morir o a renacer. Que vengan a azotar nues­tra palidez, a revigorizar nuestras sombras, que nos trai­gan de nuevo la savia que nos ha abandonado. Marchitos, exangües, no podemos reaccionar contra la fatalidad: los agonizantes no se agremian ni se amotinan. ¿Cómo con­tar, pues, con el despertar, con las cóleras de Europa? Su suerte, y hasta sus rebeliones, se decretan en otra parte. Cansada de durar, de dialogar consigo misma, es un vacío hacia el que se movilizarán pronto las estepas... otro va­cío, un vacío nuevo.”

.(E.M. Cioran , La tentación de existir. Ed Taurus Madrid 1973, p41)


Ante la nueva invasión de la morisma no han faltado, y no precisamente en España, los que han propuesto volver a los compases marciales y épicos de la reconquista medieval; no suena mal asunto pero ignoran que no existe ya material apto para tales propósitos; cuatro quiñones son pocos, hacen falta más quiñones como dijo Muñoz Seca en La Venganza de Don Mendo y hoy escasea mucho esa especie micológica; el corolario final se perfila cada más nítidamente como una rendición temerosa sin dar batalla. Antes morir que perder la vida; no cabe imaginar ninguna actuación de energía, arrojo o sacrificio en la actual Europa para defenderse de una imposición cantada por mayoría abrumadora y en un plazo no demasiado largo del más literal y temible de los islamismos posibles, del chádor, de las palizas coránicas reglamentarias a la ja, absolución inmediata de los crímenes de honor al estilo turco, de la supresión jamón de pata negra, del fino y del amontillado, de la substitución de la democracia obsoleta y sin pulso por un califato despótico y tirano al albur de la ventolera de cualquier imán o ulema fanático y exaltado, de la ablación y cercenado del clítoris y de otras sublimidades de la civilización musulmana patrocinadas por los petrodólares wahabíes de las que el escaparte afgano ofreció cumplida muestra. Es más que probable que cualquier progre -o progra- que se precie, opine que sucumbir a la nueva mayoría es sencillamente el mayor y último acto de democracia que se puede cumplir; cual mártir de la antigua Roma ante las fieras ofrecerá manso su cuello ante los nuevos almohades del desierto a mayor gloria de las nuevas divinidades del multiculturalismo, el mestizaje, y un extraño concepto de tolerancia masoquista políticamente correcta.

Máxima prueba de tolerancia temerosa, inconsecuencia y provocación inútil, día a día se trata de islamizar una poco más Europa: hoy tolerando velos; un poco después liquidando la enseñanaza religiosa cristiana e introduciendo la enseñanza islámica - que sin duda se considera más laica y progre-; árabe obligatorio como preludio de la memorización de azoras; a continuación financiando mezquitas mientras se cierran iglesias y se desploman viejas catedrales; posteriormente permitiendo las oraciones canónicas y zalemas en plena calle; un poco después dando cobertura legal a la poligamia, la lapidación de adúlteras, la degollación de apóstatas, cortes de mano a ladrones, dando pábulo y carta de naturaleza a la justicia coránica y otras hazañas memorables. Verdaderamente no se puede tolerar que unos pobrecitos marginados estén dejados de la mano de Dios; su religión, sus insólitas costumbres, sus intolerancias varias y toda la parafernalia de su civilización deben imponerse absolutamente v sin resquicio ni escondrijo posible para cumplir finalmente la meta excelsa de neutralidad y respeto y evitar odiosas imposiciones imperialistas y eurocéntricas . El antiguo Islam se propagó a punta de sable, el moderno no lo va a necesitar; una variopinta caterva de quintacolumnistas va desbrozando día tras día el terreno en nombre del progreso imparable y la superación de la oscura, retardataria, intolerante y opiacea religión cristiana, sin consideración de especies ni variantes.

RES

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