miércoles, 30 de septiembre de 2009

Lengua y cabeza reducidas (José Jiménez Lozano, Diario de Ávila 27-9-2009)

A LA LUZ DE UNA CANDELA
José Jiménez Lozano. Premio Cervantes
(Diario de Ávila 27 septiembre 200))

Lengua y cabeza reducidas

Lo que se viene observando en bas­tantes de las nuevas traducciones de libros, pero también en el español directamente empleado, es una inca­pacidad para emplear - o para con­servar en el caso de las traducciones - el lenguaje simbólico que trata de sustituirse por una formulación vul­gar, con lo que la poesía, los equívo­cos e ironías, y las dulzuras o contun­dencias de la lengua desaparecen.

Las gentes con algún barniz cul­tural hablan como los periódicos y los técnicos en el lenguaje de su dis­ciplina, pero sin saber lo que dicen, utilizando conceptos como «trau­mas, complejos y represión que cos­taron años de pensares al doctor Freud - decía Bertrand Russell -, pero ahora se han abaratado del todo, y no significan nada. Y, en el lenguaje de la escuela, se emplean, por lo visto, pa­labros como «psicomotricidad» en lugar de «gimnasia», como si fueran sinónimas, y ojalá quedase la cosa en asunto tan divertido como expresión propia del «sector ocio» de las neo­pedagogías, pero es algo más serio.

Moliére se reía de que a la imposi­bilidad de hablar se la llamase «afa­sia», y también nos reímos nosotros leyendo esa escena en que la madre dice al médico que su hija no puede hablar y éste contesta que es que tie­ne «afasia»; pero nos reímos de la tau­tología y no de la palabra técnica
«afasia». Pero Moliére, sin embargo, no podría jugar hoy con estas ironías, porque su ironía resultaría ininteligi­ble.

Y el caso es que el lenguaje - co­mo la mente - se va reduciendo a len­guaje instrumental o «ahí-a-la-ma­no», como dice Heidegger, que es un lenguaje meramente comunicativo y por cierto muy menesteroso, porque en este proceso de reduccionismo se va haciendo equívoco y abstracto; li­quidándose, verdaderamente. La co­sa tiene mal remedio, o ninguno. La razón última de todo esto es muy simple; se inscribe en el pro­ceso de desamor e indiferen­cia, cuando no de reniego y­ odio, hacia lo que llamamos España, su historia, su heren­cia artística y cultural; está muy avanzado, y ¿cómo iba a amar­se la lengua española?

Pero quizás también, y sobre todo, ocurre todo eso con el español, porque por estos pagos nuestros nos ha fascinado casi siempre todo lo que es foráneo y nos sue­na a novedoso, y, por lo tan­to a maravilloso; y sigue tam­bién ocurriéndonos lo que al portugués que fue a Francia, y admirado quedó de que to­dos los niños en Francia supie­ran hablar francés.

¿Y entonces? Entonces me parece que, en esta España nuestra, sólo las gentes, más bien iletradas, y las otras cuatro personas que se dedican a es­tudios lingüísticos o literarios, más seguramente quienes fueron educa­dos en tiempos de tinieblas y ausen­cia de calidad de enseñanza, entien­den y vibran, por ejemplo, con Cer­vantes, Azorín o Góngora.

Para los demás, textos son éstos llenos de palabras raras; y el universo que hay detrás de esas palabras es incomprensible, y entonces se decide que está pe­riclitado, y que no tie­ne nada que decirnos a estas alturas de nuestras sabidurías

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