viernes, 24 de agosto de 2018

¿Cur Deus homo? (Nikos Vhardikas)


¿Cur Deus homo? *

Nikos Vardhikas

Vers la Tradition


Si era para los santos como es para todas las criaturas, es decir si Dios creó la santidad en los santos la misma manera que él creó en otros seres las cualidades que les convienen, ¿qué necesidad entonces de Cristo y de su venida a la tierra? ¿Qué necesidad hay del bautismo según su orden, y del poder y capacidad que resultan de ellos para nosotros? ¿Qué necesidad, una vez más, del Espíritu insuflado, enviado y establecido permanentemente, desde el principio? En efecto, habría estado: tanto en nosotros como en el Universo, y Dios no sería menos creativo y deificador.

San Gregorio Palamas, De la deificación del ser humano

La reflexión sobre esta vieja interrogación debería ser constante, entre los cristianos.
En efecto, la Edad Media dijo respondió diferentemente, dependiendo de si se estaba en el Occidente cristiano o en el Oriente cristiano.

El Occidente, a través de Saint Anselmo de Canterbury(1) autor de una obra que lleva nuestro título, ha respondido en términos de la redención necesaria después de la Caída. Esta respuesta no es totalmente falsa, pero es muy limitada (2). En primer lugar, la satisfacción de la justicia divina significa que entre la Caída y la Encarnación nadie podría ser salvado, sólo las tentativas de suavizar, la ira de Dios a través del culto serían concebibles; luego, ella excluye toda validez, a priori, al  judaísmo  y al Islam, así como a cualquier otra vía que no sea la cristiana. Además, hace que los dogmas cristianos sean muy difíciles de "tragar", si esto no es propiamente escandaloso, ya que supone que, incluso para ser justificados en el Último Postrero, era necesaria la encarnación de Dios. Así termina rozando la blasfemia, en realidad, y por ser, como dice la Fatiha, una insensatez.
Oriente, entre otros a través de san Gregorio Palamas (3), respondía de una manera más completa y, de hecho, la única satisfactoria: que ésta era el único medio que podía permitir la deificación del hombre.

Esta respuesta es más matizada que la otra: la Encarnación-Resurrección restituye la  naturaleza humana (colectiva y teóricamente) a su pureza original; sin cesar de llevar individualmente no la culpabilidad sino las consecuencias  del pecado original, el hombre puede, a través de la misión del Espíritu Santo "canalizada" al cristianismo a través de la obra  de Cristo, lograr (individual y prácticamente) una deificación desde esta vida.

Desde esta perspectiva, la salvación es posible en judaísmo, en el Fin de los Tiempos, sólo la deificación (o la justificación de esta vida) no lo era; el dicho; la discusión entre Jesús  y Marta justo antes de la resurrección de Lázaro vuelve esto claro (4). El cristianismo aporta así un "más", pero no anula nada. Al igual que la Cábala, el cristianismo, en el enfoque oriental, por lo tanto, trata de "combinar" la realidad de la salvación con la de la liberación, normalmente mutuamente exclusiva. Este es el significado de una nueva alianza: no una sustitución, sino una extensión de la antigua.
Sin embargo, el enfoque no concibe la posibilidad de una deificación (en el área abrahámica, por lo menos, donde prevalece la noción -y la posibilidad- de salvación) fuera de la obra de Cristo. Jesús dice bien:

                          Vuestros padres comieron el maná y murieron (Jn 6,49 y 58)
y también
                          Moisés no te dio el pan del cielo (Jn 6, 32)

En cuanto a judaísmo, podemos decir que esta suposición es cierta, porque lo que judaísmo logra a través de la 640 mitzvoth es la salvación, una posibilidad que excluye la liberación pero asegura la no transmigración, a la vez que prevé un Juicio Final y una apocatástasis final. Se trata de una "novedad" entre las tradiciones, aparecida por revelación hacia el inicio del Kali-Yuga, y "ya es mucho", como decía René Guénon. La Cábala, de hecho, considerada como esoterismo judío, se separa netamente de ella en este punto; representa una integración en el judaísmo (sólo ella sabe cómo) de las posibilidades de una "mejora" (pero también de todos los peligros) que ofrece la transmigración. Pero esto, precisamente, la pone, hablando estrictamente, fuera del judaísmo ortodoxo, que proyecta toda posibilidad equiparable a la realización espiritual al Fin de los Tiempos.  Es de notar que los mismos Sumos Sacerdotes (los Saduceos), en el tiempo de Jesús, rechazaron formalmente la posibilidad de una resurrección, incluso en el Fin de los Tiempos - lo cual excluye la realización aquí y ahora; porque estas dos realidades - el Fin de los Tiempos y las posibilidades de realización en la vida están siempre en una relación como en un espejo. Los fariseos, que lo admitieron, por otra parte, habían perdido la llave del conocimiento, sin haber entrado a él ellos mismos. 

El Islam, por el contrario, no excluye formalmente nada, pero tampoco afirma nada. En efecto, desde un punto de vista musulmán "estricto" pero no rígido, como el de Ibn-Κhaldun (5), por ejemplo, se admite el sufismo "moderado", llegando hasta las concepciones de al-Ghazali (6), ya que parece no hablar de realización espiritual en esta vida, pero no la de los akbarianos, vista como "exagerado", Este enfoque también rechaza cualquier realización espiritual al Final de los Tiempos, después del Juicio.

Esto se basa en una verdad: la única manera de poder beneficiarse de una realización espiritual en esta vida es admitir la posibilidad de que el hombre pueda devenir la verdad (7), al igual que al-Hallaj(8) Pero este último fue crucificado por los musulmanes por haber pronunciado "Yo soy la Verdad", y fue rechazado como discípulo por algunos maestros sufíes y no de los menos importante (9) como "loco". Si se admite la posibilidad de la deificación, de hecho, también deberíamos admitir, aparte de Mahoma (pero no fuera de su "verdad": haqiqa muhammadiyya), un maestro que es  Sello de la Santidad, y que por lo tanto se encuentra, comparado con el Profeta, en una relación tanto de inferioridad (en el nivel legislativo) como de superioridad (en el nivel de santidad) - lo que equivale a decir, al final, un maestro divino-humano. Sólo los discípulos de Ibn-'Arabi (10) entendieron a Cristo de esta manera; por eso era posible decir (equivocadamente) que eran criptο-Cristianos o directamente influenciados por el cristianismo (11), mientras que en verdad el carácter crístico (y no cristiano) de la doctrina de ibn'Arabi es completa y legítimamente musulmán. Esta es también la razón por la que este "tipo" de Sufismo sigue siendo visto con sospecha, más que otros, por los musulmanes exoteristas (12).

Lo que debemos recordar de esto es que son los herederos espirituales de ibn'Arabi quienes hablan más claramente de una realización espiritual en el modo musulmán y que este "tipo" de espiritualidad tiene una clara dimensión crística (y no "cristiana").

Habiendo así, en cierto modo, establecido la "legitimidad" cristiana del sufismo akbarico y reconocido así a un cierto Islam posibilidades no evidentes en judaísmo (a los ojos, todo esto, por supuesto, de otros cristianos), debemos ahora volver a la cuestión del cristianismo mismo.
Mientras que esta dimensión realizadora es un "plus" para el Islam, percibido sólo por ciertos musulmanes iniciados en el akbarismo (y el sufismo en general), pero', perfectamente compatible con el Islam exotérico e incluso impensable fuera de él, ¿podemos decir que, de forma similar, un cristianismo que ha perdido de vista esta posibilidad sigue siendo legítimo asimismo?

Nos parece difícil responder afirmativamente, dado que, si bien es cierto que ni las capacidades salvadoras ni el "mérito de existir" de un camino establecido por Dios pueden ser anulados, en el caso concreto del cristianismo los dogmas mismos, despojados de su significado metafísico, se convierten en piedras de escándalo que, tarde o temprano (y fue más temprano que tarde en la historia de esta tradición) provocaron o la desafección o incluso la distorsión de la tradición en beneficio de las fuerzas de la Parodia. Incluso si, por ejemplo, la supremacía (numérica) de racionalismo y materialismo estaba inscrita en la naturaleza de las cosas (o del descenso cíclico), la participación -directa o por reacción- de la Iglesia en este proceso seguramente no lo estaba.

Decir que Dios tiene una Madre y un Hijo, por ejemplo, sin proponer al mismo tiempo los medios para "reconstituir" la unidad de Dios así "dividida" para los hombres, a través de la realización espiritual, constituye propiamente, como decía San Pablo, un escándalo y una locura (13) El argumento de las multitudes, según el cual hay un riesgo de escandalizar a los simples, no explica por qué nadie parece recordar estas verdades en la Iglesia, o más bien en su Μagisterio (14). Además, los "simples" no pueden dejar de percibir estos dogmas que no se apoyan en una doctrina como "locuras" o simples "metáforas", y no como herramientas simbólicas, es decir, como medios que actualizan, operativamente, la verdad) a la que se refieren de forma humanamente perceptible. Si los acepta sin comprender, como verdades absolutos (pero necesariamente truncadas), esto no puede más que hacerlo intolerante, exclusivista y anti-espiritual; muy a menudo, a eso se reduce la "fe del carbonero".

El cristianismo, por lo tanto, no puede existir en última instancia sin declarar la fórmula de San Atanasio:
                                  Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios.

No basta, por supuesto, con limitarlo a esta declaración; pero sin ella, ni siquiera podría tener incluso el "mérito de existir".

También debería poseer y ser conscientes de los medios para la realización de esta promesa; y por la pérdida de eso, el Cielo no puede tener ninguna responsabilidad. No entraremos, sin embargo, en este tema, puesto que es patente que, ya, la primera condición (admitir, decir y conocer la fórmula  San Atanasio) no se cumple en el cristianismo "que vemos a nuestro alrededor", en Occidente.
Aquí es donde debemos empezar: meditar (al menos) sobre la vieja pregunta, a saber

                                        por qué Dios se hizo hombre.

(como lo afirma el cristianismo), acompañado de la afirmación de los Padres de que

                                       nada en la naturaleza puede producir deificación,

 lo que excluye toda especulación individual e indica la absoluta necesidad de inserción en una cadena, es decir, de iniciación.

Nikos VARDHIKAS
13 de abril de 1998. Lunes de Pascua

NOTAS
* ¿ Por qué Dios se hizo hombre?
1) 1033-1109, arzobispo de Canterbury en 1093; se basa principalmente en San Agustín.
2) Este comentario es válido para todas las innovaciones occidentales que separan los dos pulmones de la Iglesia, sea la cuestión del filioque, la de Inmaculada Concepción o la de la legitimidad de bautismo por aspersión.
3) 1296-1359, metropolita de Salónica en 1347; su doctrina fue oficialmente reconocida como el corazón de la teología de Ortodoxa desde 1351; fue canonizado en 1368. Palamas no ha  innovado, sino puesto en perspectiva la doctrina cristiana de siempre; cita a San Basilio Magno (330-379), San Máximo el Confesor (580-662) y San Dionisio (alrededor de 500),
4) Jn 11,24-25.
5) 1332-1406. Véase Shift a al-sa'il lí-tahdhib al-mas a'il, traducido como La Vía y la Leyi, París (Sindbabd) 1901.
6) 1058-1/11.
7) Estamos acostumbrados a la expresión realización espiritual, forjada por Gυénοn probablemente sobre el ejemplo de la tahgiq sufí, que significa "verificación" o "convertirse en verdad leída". Puesto que "leer la verdad" es Dios, formalmente entendido, en el Islam esta expresión es el estricto equivalente al término deificación.
8) 857-922.
9) Como, por ejemplo, Junm'd ul-Bhughdág ϊ (muerto  en 910), conocido como Αs-sayyid
al-'dríffn (Señor de los Sabios).
10) 1165-1240. Este es el doctor Maximus (Shaykh al-akbar) del Sufismo.
11) Y lo que es más, por el cristianismo dolorista o "místico" (en sentido pasivo y phenomenal de tipo' occidental. Esta es la tesis del Padre Μ. A. Palacios, en su célebre Islam cristianizado.
12) Por ejemplo, Si Hiun:a Bouóukeur, cuya introducción y comentarios a su traducción del Corán.
13) Se refería aquí a las reacciones de los judíos y de los griegos, respectivamente al anuncio cristiano concerniente a la Encarnación y Resurrección.
14) Recuérdese las esperanzas decepcionadas de R. Guénon al respecto.

jueves, 23 de agosto de 2018

Sumario de la obra de 'Abd al-Karîm al-Jîlî (Titus Burckhardt)


Titus Burckhardt
SUMARIO DE LA OBRA DE 'ABD AL-KARCEM AL-JCELCE
Ext. de "al Insân al-Kâmil" ("Del Hombre Universal"). Traducido del árabe y comentado por Titus Burckhardt. París, Dervy-Livres, 1975.
***
Con el presente envío damos por finalizada la traducción al castellano de esta notable obra de 'Abd al-Karîm al-Jîlî. La
edición francesa presenta un glosario de las expresiones árabes empleadas en el texto, que no hemos creído oportuno reproducir aquí. El indice es el siguiente:
Introducción (Titus Burckhardt) [DT-424. 23/10/98] Sumario de la obra de 'Abd al-Karîm al-Jîlî (Titus Burckhardt) [DT-425. 23/10/98]
TRADUCCIÓN:
De la Esencia (adh-dhât) [DT-318. 20/04/98]
Del Nombre (al-Ism) [DT 359. 08/07/98]
De la Cualidad (aÇ-Çîfah) [DT 374. 03/08/98]
De la Cualidad de Divinidad (al-ulûhiyah) [DT-415. 07/10/98]
De la Unidad (aI-ahadiyah) [DT-416. 08/10/98]
De la Unicidad (al-wâhidiyah) [DT-417. 09/10/98]
De la Beatitud misericordiosa (ar-rahmâniyah) [DT-418. 10/10/98]
De la Oscuridad divina (al-am) [DT-419. 12/10/98]
Del Desvelamiento (tajallî) de las Actividades divinas
(al-afâl) [DT-420. 13/10/98]
Del Desvelamiento (tajallî) de los Nombres divinos [DT-421.
18/10/98]
Del Desvelamiento (tajallî) de las Cualidades divinas [DT-422.
19/10/98]
Del Desvelamiento (majlâ) de la Esencia [DT-423. 21/10/98]
Cualquier reproducción con ánimo de lucro del contenido de los textos recibidos por este medio no está prohibida con respecto a Difusión Traditio, pero constituye una acción francamente reprobable que afectará seriamente a la conciencia del individuo en cuestión. Si un tal hecho se produce y llega a nuestro conocimiento, será automáticamente eliminado de esta lista.
***


Los seis capítulos siguientes describen lo que puede ser llamado los Grados divinos, a saber: la Naturaleza divina, la Unidad, la Unicidad, la Beatitud misericordiosa, el Señorío y la Oscuridad divina. En nuestra traducción hemos dejado de lado el capítulo sobre el Señorío, cuyo contenido ya está en su mayor parte implícito en los demás. Al hablar de la Oscuridad divina, que es la Realidad no-manifestada de Dios, Jîlî retoma en cierto modo lo que decía al principio acerca de la Esencia. Esta serie de capítulos constituye pues un ciclo completo.
No hemos traducido los dos capítulos siguientes, que tratan de la transcendencia (at-tanzîh) y de la inmanencia (at-tashbîh) divinas, pues ninguno de ambos capítulos constituye un eslabón indispensable en el conjunto lógico que nos hemos propuesto reproducir.
Los cuatro capítulos siguientes, por el contrario, que se refieren
al "desvelamiento" (tajallî) de las Actividades, de los Nombres, de
las Cualidades y de la Esencia, están relacionados con los que tratan
de los Grados divinos, en el sentido en que describen la gradual
realización de estos mismos Grados. Observemos a propósito de ello
que la consideración de las Actividades divinas en el hombre se
relaciona muy naturalmente con el dominio de la acción y de la
voluntad humanas, mientras que el conocimiento de los Nombres y de las
Cualidades -implicando éstas esencialmente a las Actividades- es del
orden de la contemplación pura. La contemplación de Dios a partir de
Sus Nombres se sirve de soportes ideales, al ser cada Nombre divino como
un punto de vista intelectual que concierne a la Esencia. En cuanto al
"desvelamiento" de las Cualidades, implica una penetración efectiva de
las modalidades divinas, de manera que el sujeto individual deja de
existir como foco de la visión. El último de estos capítulos
concierne al conocimiento inmediato de la Esencia, conocimiento que es
patrimonio del Hombre universal en tanto que "polo" de la existencia.
Hasta aquí llega nuestra traducción, que no es por lo demás
completa, ya que hemos omitido algunos pasajes de importancia secundaria
o de carácter demasiado hermético; hemos marcado con puntos
suspensivos los pasajes omitidos; por otra parte, el carácter
condensado del texto original exigía ciertas interpolaciones, de
manera que hemos señalado éstas entre corchetes. La lengua árabe
es a la vez concisa y compleja -las palabras tienen muchos
significados, y abundan los sinónimos-, cualidad que se presta a la
especulación metafísica, pero que a veces hace imposible una
traducción literal (1).
***


Posteriormente, Jîlî considera en primer lugar las siete


Cualidades llamadas de la Persona (an-nafs) divina, que son: la Vida (aΙ-hayâh), el Conocimiento (al-'ilm), la Voluntad (al-irâdah), la Potencia (al-qudrah), la Palabra (al-klam), el Oído (as-sam') y la Vista (al-baÇar).
Todas las Cualidades divinas pueden dividirse en cuatro grupos, según se refieran exclusivamente a la Esencia, como la Unidad, la Unicidad, la Singularidad, la Independencia absoluta, etc., o bien a los modos divinos de la Belleza, de la Majestad y de la Infinitud.
Belleza (jamâl) y Majestad (jalâl) corresponden en cierta manera a los dos polos de la inmanencia y de la trascendencia, pues la Majestad fulmina a la criatura, mientras que la Belleza la colma.
La Infinitud (al-kaml) sintetiza a uno y otro modo. Es por Infinitud, y no por "Perfección" ni por "Universalidad", que debe traducirse la palabra kamâl cuando se refiere a Dios, pues la perfección de Dios, escribe Jîlî, consiste en que ΈΙ no tiene limites.
Los pronombres personales con los que el texto coránico se refiere a Dios expresan igualmente "aspectos" esenciales; se hace derivar del pronombre huesa, "i", al-huwiyah, la "Aseidad", o la "Ipseidad"; dicha expresión designa el Misterio absoluto, pues el pronombre ΈΙ es el de la "persona ausente". A la Aseidad se opone lógicamente el "Sujeto divino", al-aniyah, cuyo nombre deriva del pronombre ana, "Yo".
La Eternidad divina es considerada como poseyendo tres dimensiones: la Eternidad sin comienzo (al-azal), la Eternidad sin fin (al-abad) y la Preexistencia (al-gidam).
Los siete "Días de Dios" (ayâm Allâh) corresponden a la
Actualidad divina, pues Dios se halla "cada día en acto" (Corán, LV, 29).
***
En una serie de capítulos, de los cuales el primero es el que versa sobre la "Resonancia de la campana", y el último sobre el "Sinaí y el Libro escrito en líneas", Jîlî considera las
modalidades de la revelación en el sentido específico del término.
La "resonancia de la campana" (calÇalat al-jaras) significa un sonido sutil que el Profeta oyó cuando tuvo la revelación del Corán, y corresponde a la repercusión de la potencia divina a través de los múltiples estados de la existencia.
El Corán menciona tres nombres principales del Libro revelado: "La


Madre del Libro" (umm al-kitâb), nombre que designa el prototipo
eterno del Corán, "la Recitación" (al-qur'ân), nombre del
Corán como revelación auditiva, y 'la Discriminación"
(al-furgân), es decir, el Corán como Ley sagrada. Según Jîlî,
la Madre del Libro corresponde al fondo insondable de la Divinidad,
origen maternal del universo; al-qur'ân corresponde análogamente
al estado de Unidad suprema, "descendido" en el cuerpo del profeta, y
al-furgân simboliza el conjunto de las Cualidades divinas, es decir,
la distinción principial, igualmente "descendida" sobre Muhammad.
Son éstos aspectos intemporales del Corán; sobre el plano terrestre, sucede a los otros tres grandes libros sagrados de la linea abrahámica, la Torá, el Salterio y el Evangelio, en virtud de un encadenamiento cíclico que quiere que cada revelación, necesariamente limitada en su forma -aunque no en su esencia- sea compensada por otra. Así, la Torá y el Evangelio manifiestan una cierta polaridad, de la que Jilî dice en suma lo que igualmente expresa el adagio cristiano: Christi doctrina revelat quid Moisi doctrina velat. El Corán aparecerá entonces como una síntesis de las tendencias judía y cristiana, o como el restablecimiento de un equilibrio fatalmente roto.
***
La segunda parte de la obra trata de cosmología, y más exactamente de cosmología metafísica, pues las realidades cósmicas siempre son reducidas a sus principios divinos.
Esta parte comienza con la descripción de los grados de la manifestación principial, cuyos soportes inmediatos son las realidades ilimitadas del mundo informal. Sus nombres, casi todos sacados del Corán, simbolizan las "moradas" o las "estaciones" de la Divinidad, tales como los "Baldaquinos supremos" (ar-rafrat al-a'lâ), el "Lecho de reposo" (as-sarîr), los "dos Pies y las dos Sandalias" (ar-rijlayn wa an-na'layn), el "Trono" (al-'arsh), el "Pedestal" (al-kursî) y el "Árbol Loto del Limite extremo" (sidrat al-muntahâ). Son
éstos como otros tantos espejos de la irradiación divina integral. Su jerarquía se diferencia en virtud de la polarización sucesiva en principio activo y principio pasivo: lo que es pasivo con respecto al grado superior es a su vez activo hacia lo que domina. Esta polaridad es particularmente explícita en la relación entre el "Cálamo supremo" (al-galam al-α'Ιâ) y la "Tabla Guardada" (al-10h al-mahfûz), pues el Cálamo inscribe la Ciencia divina del universo sobre la Tabla que, a su vez, es el prototipo inmutable del devenir (2).
Ahora bien, el soporte cósmico primero de las manifestaciones divinas, así como su agente eterno, no es otro que el Espíritu (ar-rûh), que es a la vez creado e increado, puesto que representa el


mediador entre Dios y el universo (3). Jîlî da a la "faz" increada del Espíritu el nombre de Espíritu santo (ar-rûh al-quds),
mientras que le llama el Espíritu en tanto que primera criatura, "el
Ángel llamado Espíritu" (al-malak al-musammâ bir-rûh).
El Espíritu se refracta en seis facultades de conocimiento que tienen su sede en el hombre, pero cuyas esencias son cósmicas y angélicas, de modo que representan, en sus realidades no-individuales, otras tantas facultades del Hombre universal; son: el corazón, el intelecto, la facultad conjetural, la fuerza de decisión, el
pensamiento y la imaginación.
Entre estas facultades, el corazón (al-galb) es central, pues es el "lugar" en que las Realidades trascendentes entran en contacto con el hombre; es el órgano de la intuición y de la revelación
(at-tajallî) divina.
El intelecto primero (al-'aql al-awwal) se identifica
esencialmente con el Espíritu, y en consecuencia con el corazón; sin embargo, su reflejo en el hombre es en cierto modo complementario del corazón; podría decirse que éste revela la Presencia divina bajo su aspecto de "ser", mientras que el intelecto -es decir, la
refracción cósmica del Intelecto primero- la revela bajo su aspecto de "ciencia". Según un simbolismo planetario que Jîlî expone más adelante, el corazón es solar; corresponde al centro luminoso del universo, mientras que el intelecto corresponde a la esfera planetaria más alejada, la de Saturno, que engloba a las demás.
La palabra al-wahm designa la facultad conjetural, la imaginación activa o el poder de ilusión, que representa la potencia cósmica más temible que el hombre haya recibido en prenda, pues manifiesta la tendencia demiúrgica que atrae a toda posibilidad, aunque sea inagotable.
Al-Himmah, por el contrario, significa la facultad de ascensión espiritual, la aspiración del hombre hacia lo esencial y su fuerza de decisión, su voluntad de liberación.
El pensamiento (al-fikr) representa una modalidad de conocimiento indirecto. Las imperfecciones del pensamiento residen en sus "ramas", y no en su "raíz", que toca las posibilidades superiores del hombre. El pensamiento -especialmente la meditación (tafakkur)- puede ser una "clave" de conocimiento espiritual.
La sexta facultad descrita en el libro de Jîlî es la
imaginación (al-khayâl), cuyo papel es relativamente pasivo en oposición al de la facultad conjetural (al-wahm); en efecto,
al-khayâl es como la materia plástica de la mente, de forma que esta


facultad corresponde análogamente a la materia prima del mundo de las formas.
Hemos insistido un poco sobre estos capítulos que conciernen a las facultades del alma porque hay aquí una verdadera psicología
espiritual, es decir, una ciencia del alma bajo el aspecto de sus
contactos con el mundo del Espíritu. Es igualmente en este sentido como debe comprenderse la elección de las facultades descritas, entre las cuales faltan las facultades de sensación y de acción, mientras que la voluntad es únicamente considerada en su exaltación
espiritual, como himmah (4).
Todas estas facultades tienen sus "orígenes" perpetuos en la
"Forma muhammadiana" (aÇ-Çûrat al-muhammadiyah), el germen de Luz divina del que han sido creados los paraísos y los infiernos. Jîlî
describe los estados paradisíacos y los estados infernales, que no son realmente eternos (5), puesto que finalmente todo será reintegrado en Dios.
Todas las tendencias subversivas tienen su soporte en la psique (an-nafs), que es la raíz de la individualización y que se opone en cierta manera al espíritu (ar-rûh). No obstante, ella tiene su
prototipo universal e inalterable en la "Forma muhammadiana".
***
Es del "Hombre universal" en tanto que "síntesis de todas las realidades esenciales (hagâϊq) de la existencia" que Jîlî habla en el capítulo que prácticamente es el último del libro, no siendo en suma el resto más que un añadido. Como el propio autor afirma, este capítulo ocupa precisamente el lugar de una síntesis final de todo lo que ha descrito en los capítulos anteriores: la Esencia, los aspectos divinos, la revelación, los grados de la existencia, el microcosmos, el devenir del alma.
Citemos algunos pasajes de este capítulo: "Cada individuo del género humano contiene enteramente a los otros, sin defecto alguno, no siendo su propia limitación más que un accidente... En tanto las condiciones accidentales no intervengan, los individuos son entonces como espejos opuestos, y cada uno refleja plenamente al otro...". Es decir, que cada individuo contiene esencialmente, por su inteligencia, la realidad de todos los demás, e incluso de toda cosa existente. "...Pero unos no contienen las cosas sino en potencia, mientras que los otros, a saber, los perfectos de entre los profetas y los santos, los contienen en acto...". Esto significa que realizan su identidad esencial con toda cosa, pues es evidente que no contienen a las cosas concretamente; hay no obstante grados en esta "actualización" de la esencia del hombre, pues la plenitud perfecta no pertenece sino al


Hombre universal, que se identifica con el profeta Muhammad. Es necesariamente así según la perspectiva del Islam, pues cada tradición conoce al Hombre universal a través de su propio polo espiritual.
"...ΕΙ Hombre universal -escribe Jilî más adelante- es el polo alrededor del cual evolucionan las esferas de la existencia, de la primera a la última; es único en tanto que dure la existencia... Sin embargo, reviste diferentes formas y se revela por los diversos cultos, de manera que recibe múltiples nombres (6)... En cada época, tiene el nombre que corresponde a su actual vestidura. Es así como yo lo encontré en la forma de mi maestro Sharaf ad-dîn Ismό l
al-Jabartî; yo no sabía que él era el Profeta; le veía como un
maestro... Es como si se viera en sueños a una persona revestida de la forma de otra.., aunque hay una gran diferencia entre el estado de sueño y el de vigilia... Pero no imagines que hay en mis palabras ninguna alusión a la metempsícosis...".
"Debes saber que el hombre universal implica en sí mismo correspondencias con todas las realidades de la existencia. Corresponde a las realidades superiores por su propia naturaleza sutil, y a las realidades inferiores por su naturaleza grosera... Su corazón corresponde al Trono divino; y, por otra parte, el Profeta dice que el corazón del creyente es el Trono de Dios; su Yo (aniyah) corresponde al Pedestal divino, su estado espiritual al Árbol Loto del Limite extremo, su intelecto al Cálamo supremo, su alma a la Tabla Guardada, su físico a los elementos, su receptividad a la Hylé, etc.".
"ΕΙ Profeta decía que Dios había creado a Adán según la
forma del Clemente, o también, según otra tradición oral
(hadîth), que Dios había creado a Adán en Su forma. Pues Dios es viviente, conocedor, potente, dotado de voluntad, de oído, de vista y de palabra, al igual que el hombre es viviente, conocedor, etc.".
"Debes saber que al Hombre universal pertenecen principialmente los Nombres de la Esencia y las Cualidades divinas, al igual que el reino [universal], al que rige en virtud de su esencia... Es entonces para Dios lo que el espejo es con respecto a la persona que en él se mira... Pues Dios se impone a Si mismo no contemplar Sus propios Nombres y Cualidades más que a través del Hombre universal. Es éste además el sentido de la expresión: "Hemos ofrecido un pacto [el depósito de la fe] (7) a los cielos, a la tierra y a las
montañas, pero han rehusado hacerse cargo de él y le han temido, mientras que el hombre -que es injusto e ignorante- se ha hecho cargo de él" (8). Es decir, hirió a su propia alma bajando de un tal alto rango; y es ignorante de su propia capacidad, ya que es el lugar del pacto (o garantía) divino, y no lo sabe...".


El resto del libro trata de cosmología; especialmente del
simbolismo de las esferas planetarias. Éstas corresponden al sistema geocéntrico, lo que no quita ninguna validez a las analogías, pues este sistema reproduce el orden de las cosas tal como éstas aparecen espontáneamente a la visión humana; tiene entonces todo el alcance espiritual que poseen los "signos" visibles de Dios (9).
Señalemos también que la cosmología sufí se vincula con la angelología, al igual que el mundo físico está relacionado con el mundo sutil, y más allá con el mundo del Espíritu. En cuanto a la angelología, se integra a su vez en la ciencia de las Cualidades divinas, como toda función espiritual se integra en un aspecto de Dios.
NOTAS:
1.     Para nuestra traducción, nos hemos basado en la tercera edición de la Prensa Azhariana de El Cairo, 1329 H. (1908).
2.     Ver a este respecto Frithjof Schuon, L'Oeil du Coeur (colección Mystiques et Religions, Ed. Dervy-Livres, París), capítulo En-nûr, y Du Soufisme, p. 46.
3.     Ver Introduction aux doctrines ésotériques de l'Islam, capítulo "del Espíritu".
4.   El simbolismo planetario al que hemos aludido permite situar estas facultades en una jerarquía visual: el corazón corresponde al Sol, cuya posición es en cualquier caso central con respecto a los otros planetas, sea cual sea el sistema astronómico adoptado; el intelecto corresponde a la esfera de Saturno, la voluntad espiritual a la de Júpiter, la facultad conjetural a la de Marte, la imaginación a la de Venus, el pensamiento a la de Mercurio. A la de la Luna, Jîlî hace corresponder el espíritu vital, igualmente llamado rûh. Se observarán las posiciones antínόmicas, según el orden
geocéntrico de los planetas, de al-himmah y al-fikr, al igual que las de al-wahm y al-khayâl.
5.     La eternidad absoluta no pertenece sino a Dios.
6.     Es Muhammad para los musulmanes, Cristo para los cristianos, cada Avatâra para los hindúes, el Buda para los budistas... En este último caso, la idea del hombre universal absorbe toda cualidad positivamente descriptible de Dios, pues la Esencia como tal no se expresa sino por negaciones.
7.     El añadido entre corchetes es nuestro (Difusión Traditio).
8.     Corán, XXXIII, 72.
9.     Ver nuestro estudio Una clef spirituelle de l'Astrologie musulmane d'après Mohyi-d-dîn ibn 'Arabî (Les Editions Traditionnelles,
París, 1950) [Clave espiritual de la astrología musulmana según Mohyiddîn Ibn Arabî, Barcelona-Palma de Mallorca, J. J. De Olañeta Ed., 1998, 2AA ed.].