Mostrando entradas con la etiqueta Legislación antifamiliar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Legislación antifamiliar. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de agosto de 2016

El romanticismo: enfermedad del espíritu de hombres y pueblos (Plinio Correa de Oliveira)

 El romanticismo: enfermedad del espíritu de hombres y pueblos



DIVORCIO Y ROMANTICISMO



El presente texto es de ese Cruzado que tuvo el siglo XX, el brasileño Doctor Plinio Correa de Oliveira. En 1951 el Doctor Plinio lideró una campaña contra el divorcio y escribió este artículo. Merece que escrutemos, con la guía del Doctor Plinio, las causas por las cuales se ha instalado el divorcio en nuestra sociedad, hasta tal punto que incluso en nuestros días es algo cotidiano, a la vez que fuente de dolor para muchas personas que, fracasando en su matrimonio, terminan por sumirse en la depresión. El artículo ofrece así la oportunidad de plantearnos romper con muchos tópicos que permanecen en la mentalidad de nuestros contemporáneos. La lucidez y claridad del Doctor Plinio van a iluminar a muchos lectores.




 En los compendios se dice que la escuela romántica ha muerto. Evidentemente, esto es verdad si se trata de literatura o de arte. Pero, ¿será igualmente verdad si se trata de la vida? ¿Serán enteramente extraños a los hábitos mentales y afectivos de nuestros contemporáneos el modo de ser y de sentir que crearon los románticos? En lo que atañe al matrimonio, ¿será cierto que el comportamiento del hombre actual sufre de alguna influencia romántica? ¿Y qué relación existe entre esta influencia y el problema del divorcio?



A LA BÚSQUEDA DEL “ALMA GEMELA”

 En primer lugar, evocamos a ciertos tipos de "Héroes" y "heroínas" del romanticismo. El "héroe" de género “delicado” podríamos imaginárnoslo como un joven (ahora, a los 50 años se es cualquier cosa, menos romántico) grácil, pálido, de rasgos regulares, ojos grandes y melancólicos que se pierden mirando al vasto horizonte, poéticamente descuidado en el peinado y en el atavío, el pecho jadea con ardientes aspiraciones, indefinidas, torturantes, anhelante de una completa felicidad afectiva. Sin embargo es un incomprendido. En los rincones inexplorados de su personalidad hay horizontes sublimes, hay anhelos inefables que piden, buscan, imploran la comprensión de una "alma gemela". Allí deberá existir, en la inmensidad de este mundo un ser hecho para comprenderlo a él. Búsquelo, porque entonces encontrará la felicidad... y nostálgico deambula por la vida, hasta que lo encuentra.

EL “HÉROE DE TIPO HORRIBLE”

 El héroe romántico de tipo terrible muestra una diversidad en apariencia física, es idéntico, desde el punto de vista moral, al modelo descrito más arriba: de hombría exuberante, de constitución atlética, de una belleza un tanto oscura, según el estilo de algunos de los personajes de Wagner, rico, de buena posición social, de enorme influencia, en definitiva posee todo lo que la vida puede ofrecer... Pero en el corazón tiene una llaga: un ardiente afecto, una tremenda desilusión, una pesada persuasión y un frío intenso como una lápida sepulcral, pues nunca encontrará en la tierra la correspondencia afectiva que sueña su corazón.

LA “HEROÍNA”

 En simetría es como se formó la figura de la "heroína", de la cual no sería difícil evocar a dos modelos característicos. Uno de estos dos es el género "mignon". Ella es una monada de alma y cuerpo delicados. Cualquier dolor la hace llorar, cualquier rozadura en su alma la hace su sufrir. Ingenua como una niña pequeña, lleva en el corazón un inmenso deseo de dedicarse a alguien y ser amada por alguien. Necesita protección, puesto que su fragilidad es completa y se refleja en la ternura de su mirada, en las inflexiones armoniosas de su voz, en la finura de sus rasgos faciales, en la delicadeza refinada de toda su constitución.

 El otro modelo sería el de la "heroína" del género grande. Una deslumbrante belleza, la estatura y el porte de reina, el centro natural de atención, de todos los homenajes, de toda la dedicación, una presencia dominante y fatal. En el corazón, por supuesto, una cicatriz secreta, una profunda amargura, un dolor grande y oculto. Es la amargura de una desilusión pasada, a la búsqueda ansiosa y desesperada de cualquiera que la comprenda realmente. A sus pies, los poetas, los duques, los millonarios gimen en vano. Su mirada indiferente, altanera, profunda y entristecida, busca en la distancia, en derredor de su vida, aquello nunca encontrará. Es la felicidad de un gran afecto, de acuerdo con las aspiraciones “elevadísimas” y torturantes que le procuran al alma un secreto e incesante derramamiento de sangre.

MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

 Tal vez, algunos lectores se sonreirán. ¿No parece verdad que todo esto ya desapareció? Cuando uno ve pasar, en su coche de colores festivos, al muchacho o la muchacha de esta época jovial, deportiva y vitaminada, ¿no podremos pensar que estamos a kilómetros del romanticismo? El joven actual es robusto, alegre, parece bien instalado en la vida, con buen sentido práctico y deseoso de triunfar. La joven de hoy es desenvuelta, emprendedora, práctica y muchas veces audaz. Se la ve a ella también alegre, se siente bien y quiere disfrutar de la vida. ¿Qué tiene ella en común con la dama de tipo lacrimógeno que conmovió a nuestros abuelos?

 No negamos que el utilitarismo moderno ha creado un clima de mayor tolerancia para los matrimonios inspirados por motivos cínicamente económicos. No negamos que el cálculo respecto a la carrera, la posición social, hogaño influyen con mayor frecuencia que en los matrimonios de otras épocas. Pero a buen seguro que se equivocaría aquel que quisiera generalizar en términos absolutos los numerosos casos concretos que se podrían presentar en este sentido. A despecho de todo el utilitarismo, el terreno reservado al “sentimiento” continúa siendo muy considerable. Y, si analizamos este “sentimiento”, veremos que no es otro que una adaptación muy superficial de los viejos moldes románticos.

MATRIMONIO DE AFECTO

 Nuestra era de democracia no admite ya a personajes más que destacados o excepcionales. El “héroe” es hoy un “chico popular” y la “heroína” una “chica fascinante”. Entendámoslo bien, un “chico popular” como otros miles y una “chica fascinante” como también tantas otras. La existencia tecnificada actual los fuerza a ser menos asiduos que sus antepasados en materia de devaneos y en las interminables divagaciones. Todo esto circunscribe de varios modos el ámbito de las efusiones fantasiosas y sentimentales. Sin embargo, aunque hagamos todas estas reservas, cada vez que ellos se ocupan del amor, se trata del mismo sentimentalismo empalagoso, son los mismos vagos anhelos, las mismas incomprensiones, la misma afinidad, los mismos sobresaltos, las mismas crisis, las mismas ansias de felicidad afectiva sin límites, y la crónica precariedad de toda esta “felicidad”. No queremos hacer aquí un estudio psicológico de la producción literaria y artística más o menos de segunda clase que cunde por el mundo. Y que forma efectivamente el espíritu de la masa. Bastará que nuestro lector tenga un poco de sentido de esta realidad que en todo momento lo circunda, para percibir lo cabales que son nuestras apreciaciones. De hecho, la gran mayoría de los matrimonios que se efectúan por motivos afectivos se construyen hoy en día sobre la base de sentimientos absolutamente imbuidos de sentimentalismo romántico.

EL ROMÁNTICO VIVE “EN LA NOVELA”

 Y he aquí el problema. Si algunos matrimonios vienen a consumarse por interés y otros por afecto, y si los que se hacen por afecto generalmente se hacen bajo la influencia del romanticismo, la cuestión de la estabilidad de la convivencia conyugal depende de saber hasta qué punto el interés o el romanticismo pueden llevar a los cónyuges a soportarse mutuamente.

 No hablemos del interés, puesto que el asunto es suficientemente claro. Hablemos del romanticismo. Lo primero de todo, acentuemos que el romanticismo es esencialmente frívolo. Supone de buen grado, las mayores virtudes tanto en la “heroína” como en el “héroe”. Pero, en el fondo, esas virtudes pesan realmente muy poco en la balanza como factor de supervivencia del recíproco afecto. De hecho, el romanticismo perdona generalmente, sin que le cueste mucho esfuerzo, defectos morales reales, ingratitudes, injusticias, y hasta traiciones. Pero no perdona la trivialidad. De modo que, para llegar a la carne viva del problema hay que usar ejemplos- un modo grotesco de roncar durante el sueño, el mal aliento, cualquier otra miseria humana de las menudas, al cabo, puede matar sin apelación un sentimiento romántico… Que buenamente resistiría a otras razones mucho más graves para quejarse. Ahora bien, la vida humana es un entramado de trivialidades, y no hay persona alguna que en la intimidad no tenga algo más o menos difícil de soportar. Por eso se volvió banal hablar de las desilusiones, después de la luna de miel. “Pasado ese período” –me dijo una vez uno- “mi mujer no me dejó insatisfecho nunca, pero sí me colmó de desilusiones”. Y como el romanticismo por esencia y definición está todo él hecho de ilusiones, de afectos descontrolados e hipotéticos sobre personas que sólo existen en el mundo de la quimera, la consecuencia es que a poco tiempo el sentimiento que era la única base psicológica de la estabilidad de la convivencia conyugal se esfumó.


RETORNAR A LA REALIDAD

 Naturalmente una persona, en estas condiciones, no desciende al fondo de las cosas, no percibe lo que hay de sustancialmente irrealizable en sus anhelos, y juzga pura y simplemente que se engañó. Entonces cree que puede encontrar en otra persona la felicidad que el matrimonio anterior no le pudo dar. Acostumbrada a vivir única y exclusivamente para su propia felicidad, habituada a ver la felicidad realizada sólo y exclusivamente en la satisfacción de sus devaneos sentimentales, tal persona juzgará su vida inexorablemente destruida, si no la satisface de otro modo. Y juzgará que igualmente destruida estará la vida de todas las numerosas personas que cayeron en la misma “equivocación”. De ahí que el divorcio le parecerá tan absolutamente necesario como el aire, el pan y el agua.

 A una persona en este estado de alma, ¿qué argumentación seria contra el divorcio, por reforzada que esté con el lenguaje yerto de las estadísticas, la va a impresionar? Acostumbrada a divagar, y no a pensar, esta persona detesta todo tipo de argumentación y mucho más si la argumentación es seria. El lenguaje de los números le parece ridículo en materia como ésta. Hablar de sociología a propósito del matrimonio y el amor se le figura tan chocante como si se le habla de tema más técnicos de botánica a un poeta absorto en la contemplación de la belleza de una flor.

 Ahora se comprende, por lo tanto, que la campaña anti-divorcista, rigurosamente coherente en todos sus argumentos, da palos de ciego en un blanco errado, tratando de convencer, con argumentos fundados en la moral y en el bien del país, a gentes que está únicamente preocupada de lograr su felicidad individual en un mondo de sueños y de quimeras.

SOBRE EL EGOÍSMO NADA SE CONSTRUYE… Y MENOS TODAVÍA, LA FAMILIA

 Y llegamos al final. En último análisis, el romanticismo es egoísmo en estado puro. El romántico no busca sino su propia felicidad. Y solamente concibe el amor en la medida en que el otro sea un instrumento adecuado para hacerlo feliz. Esta felicidad afectiva la desea de modo tan exclusivo que, dándole rienda suelta a su sentimiento, saltará por encima de todas las barreras de la moral, le importará un bledo todas las conveniencias del bien común, y satisfará brutalmente sus instintos. Sobre el egoísmo nada puede construirse… Y mucho menos la familia.

 Es necesario, pues, lanzar una tremenda ofensiva anti-romántica, para mostrar la sustancial diferencia que hay entre la caridad cristiana –toda ella hecha de espíritu sobrenatural, de sentido común, de equilibrio de alma, de triunfo sobre el desorden de la imaginación y de los sentidos, toda ella hecha de piedad y ascesis, contra el amor sensual y egoísta, descontrolado, hecho de sentimentalismo romántico que todavía está en boga. Es falso imaginar que los verdaderos esposos cristianos son héroes de novela, que por una feliz coincidencia lograron consumar un auténtico matrimonio, según el Derecho Canónico, como un paso prelimar para satisfacer sus pasiones, pero que llevan al tálamo conyugal el mismo estado de espíritu, el mismo egoísmo, la misma ausencia de espíritu de mortificación de cualquier aventura amorosa.

 Mientras que el concepto sentimental-romántico influya, implícita o explícitamente, en la mentalidad de los contrayentes, todo matrimonio de hoy en día será precario, porque habrá sido construido sobre un terreno esencialmente meloso, movedizo, volcánico, del egoísmo humano.


 Se dice, por costumbre, que la familia es la base de la sociedad. Los matrimonios nacidos del sentimentalismo egoísta y romántico son la base de la Ciudad del Demonio, en la que el amor del hombre a sí mismo lo lleva a olvidar a Dios. Y los matrimonios nacidos del amor de Dios, y del amor sobrenaturalmente santo al prójimo, hasta el olvido de sí mismo, son la única base sobre la que se edifica la Ciudad de Dios.

RAIGAMBRE
http://movimientoraigambre.blogspot.com.es/

martes, 30 de agosto de 2011

Legislación antifamiliar pone en peligro tu pensión


Legislación antifamiliar pone en peligro tu pensión

.

Pues es bien sencillo: no aumenta el número de cotizantes y aumenta el número de beneficiarios. Los mismos a aportar, más a repartir. Con lo cual, dado lo chungo de las perspectivas del sistema público de pensiones a causa del invierno demográfico y el aumento de expectativa de vida, es como echar gasolina al fuego. De hecho ya antes de la promulgación de la ley del homomonio y de la equiparación de las parejas de hecho a los matrimonios a efectos de pensiones, se había producido alguna sentencia reconociendo prestaciones a causa de la “presión social”. En concreto a alguna viuda gitana: ya sabéis que a menudo los gitanos se casan por su rito, que no tiene validez civil, y entonces claro, luego las pasaban canutas para reclamar la viudedad. Ahora ya todo vale: te comentaba el otro día en plan coña que yo estoy por proponerle matrimonio a Manolo, un minero jubilado con una pensión de cojones que aparece con frecuencia por las barras de los bares que visito, yo creo que entre la silicosis y la mala vida le quedan dos telediarios. Y ya se lo he dicho: Manolo, tenemos que casarnos. Pues eso, que va a haber mucho fraude.

Contra lo que dice la propaganda del gobierno la llegada de inmigrantes no va a ser el balón de oxígeno que salve de la quiebra al sistema de pensiones: sus trabajos son muy precarios, a tiempo parcial, a salto de mata, con muchas lagunas de cotización y casi siempre con bases mínimas. Por otra parte el tan cacareado fondo de reserva a día de hoy no cubre más que unos cuantos meses. La previsión es que si las cosas siguen así cuando los babyboomers lleguemos a la edad de jubilación el sistema ya habrá quebrado a causa de la inversión de la pirámide demográfica.

Es cierto que en estos últimos años la creación de empleo ha sido grande, en términos de cotizantes varios millones. Pero casi todo mileuristas e inmigrantes, o contratos a tiempo parcial. Con lo cual se ha puesto un parche para sanear el sistema a corto plazo y constituir un modesto fondo de reserva, pero a largo plazo el peligro estructural sigue ahí: en unos años no habrá cotizantes suficientes para mantener a los pasivos. Hoy la relación es, grosso modo, de dos trbajadores activos por cada pensionista. Cuando la demografía conduzca a una relación 1:1 la situación de la SS será financieramente insostenible.

¿Soluciones? En Alemania ya han empezado: retraso de la edad de jubilación, paulatinamente de los 65 a los 67. Otra solución parcial: incrementar el periodo mínimo de cotización para generar el derecho a la prestación, eso ya se ha hecho aquí este año: ha subido a quince años –hasta el año pasado eran también quince años pero cada año contaba por catorce meses por el efecto de las pagas extras, eso se ha eliminado-. La perspectiva es que se siga incrementando el periodo mínimo de cotización. Otro parche: incrementar el periodo que se toma en cuenta para el cómputo de la pensión, de tal manera que se haga una media de lo cotizado en toda la vida laboral y no lo de los últimos años que es cuando más se cotiza. Pero ya digo, estas medidas, unas ya tomadas y otras que se adoptarán en los próximos años, son parches que sólo retrasarán mínimamente el colapso del sistema. Otro parche adicional: incentivar el retraso en la jubilación con un plus porcentual en la pensión, típica engañifa en la que caerán no más de cuatro compulsivos workholics pero que sirve al ministro de turno para vender “soluciones imaginativas y flexibles”.

La verdadera solución a largo plazo, si se quiere continuar con un sistema público de pensiones de los de “reparto”, esto es, de los que garantizan la solidaridad generacional por ser los cotizantes en activo los que sufragan las pensiones de los pasivos, es implementar políticas eficaces de protección de la familia y fomento de la natalidad. O sea, todo lo contrario del gaytrimonio, las inestables y poco comprometidas con la paternidad parejas de hecho y toda esa mierda experimental de nuevas formas “flexibles” de convivencia. Sólo la familia estable y como Dios manda garantiza un fecundo recambio generacional que sustente un sistema de seguridad social de reparto.

¿Pero, poniéndonos un poco conspiranoicos, qué es lo que quiere el sistema? Quiere que sobre el sistema público penda la espada de Damocles de la insolvencia para que el gran capital nos venda sus sistemas privados complementarios: “suscriba usted un plan de pensiones buen hombre, que la de la Seguridad social igual se queda sin ella”. Y ya sabemos quién está detrás de los grandes bancos y aseguradoras: la plutocracia judaica o masónica o yanqui o lo que cada uno quiera creer. Primero el sistema fomenta un desarme moral que destruye la familia y muestra a la paternidad como un engorro a evitar. Se promueve el individualismo, el hedonismo, el relativismo. “Oiga usted, los hijos son un marrón, cómprese un coche último modelo y permítase un crucero por los fiordos, no sea gilipollas”. Una vez que el capitalismo ha destruido a la familia como red de solidaridad que ha funcionado durante milenios, el individuo queda completamente rebajado a la categoría de consumidor y ya puede ser bombardeado por los omnipresentes medios publicitarios para que el sistema le chupe la sangre a base de bien: con hipotecas, con seguros, con planes de pensiones, haciéndolo sentir un apestado si no dobla su cerviz y se somete a lo que toda la aborregada masa hace: llenar el carrito en el híper y pagar televisión por satélite, como un imbécil.

Vuelvo al tema. No lo tengo muy claro pero quizá cabría llegar a una solución “a la chilena” o al menos intermedia entre la capitalización y el reparto. Me explico: el sistema de reparto es el actual de la Seguridad social, como ya dije arriba: con las cotizaciones de los activos se pagan las prestaciones de los pasivos. Un plan privado de pensiones es un sistema de capitalización: o sea que cada uno con sus propias aportaciones va formando una especie de hucha con la que cobrará su jubilación en la forma que elija cuando llegue el momento: renta vitalicia, capital… O sea, que es parecido a un fondo de inversión normal sólo que con la diferencia de que sólo es disponible cuando llegue la jubilación o en casos excepcionales de incapacidad permanente o fallecimiento –ahora mismo dudo si en caso de paro de larga duración se puede movilizar el saldo de un plan de pensiones, tendría que mirarlo-. La indisponibilidad de las aportaciones al plan de pensiones tiene ventajas e inconvenientes: el principal inconveniente es la iliquidez, no puedes disponer de ese dinero que igual te hace falta para una emergencia vital, yo qué sé, una grave enfermedad de un familiar. Pero esa es también su ventaja: que se afecta irrevocablemente a la contingencia cubierta, la jubilación en este caso, con lo cual en cierta medida queda asegurado que la gente no se va a pulir con antelación la pasta de su pensión.

¿Qué hicieron en Chile? Bajo la supervisión de los ultraliberales Chicago boys de Milton Friedman, bajo la dictadura de Pinochet, lograron convertir el sistema de reparto en sistema de capitalización. En pequeñísima escala es lo que ha hecho también aquí sin ir más lejos la Mutualidad de la Abogacía, que ahora funciona como una aseguradora cualquiera. Al menos creo que en Chile no se ha llevado la privatización del sistema y sigue siendo público. Quizá no fuera mala idea ir a un sistema mixto: que el Estado garantizara la solidaridad con los más desfavorecidos mediante un mínimo vital con cargo a impuestos –exhaustivamente controlado para que no se produjera picaresca- y luego un sistema de capitalización para todos –mejor público que privado-, y el que quiera complementar con sistemas privados pues allá él.

Ahora eso sí, aunque sea vender el alma al capitalismo rapaz, en plan consejo de amigo: contratad un sistema alternativo de pensiones al de la SS. Y hacedlo ya. Que luego el público, milagrosamente, se arregla y no quiebra: pues tendréis dos pagas. Pero es que a día de hoy ya digo que no se le ve arreglo, sólo parches que retrasen el momento de la debacle.

Claro que igual lo mejor es dejar que todo se vaya al carajo, invertir en pólvora como mejor plan de pensiones, y echarnos al monte a combatir el sistema antes de que llegue la edad de jubilación. Echándole huevos. A vida o muerte.