Ciencia
moderna y sabiduría tradicional
Titus Burckhardt
Taurus Ediciones
S.A. Madrid 1982.
Ciencia no sabia Pp.29
y ss.
Todos los errores
de las llamadas ciencias ≪exactas≫ proceden del hecho de que la mentalidad
que sustenta estas ciencias tiende a prescindir de la existencia del sujeto humano,
que, pese a todo, es el espejo en el que el fenómeno del
mundo se revela. El referir toda observación a fórmulas matemáticas permite
hacer abstracción en una larga medida de la existencia de un sujeto conocedor,
y comportarse como si solo existiera una realidad ≪objetiva≫; se olvida deliberadamente que ese
sujeto, precisamente, es la única garantía de la constante lógica del mundo; y
que ese sujeto, a quien no debe
entenderse solo en su naturaleza relativa al yo, sino, antes bien, en su
esencia espiritual, es el único testimonio de toda la realidad objetiva.
En verdad, el
conocimiento ≪objetivo≫ del mundo, es decir, independiente de
las impresiones que se refieren al yo y, por lo
tanto, ≪subjetivas≫, presupone ciertos
criterios ineluctables que, a su vez, no podrían existir si en el propio sujeto
individual no hubiese un fondo imparcial, un testigo que trasciende el yo, en resumen,
si no existiera el espíritu puro. En ultima instancia, el conocimiento del
mundo presupone la unidad subyacente del sujeto que conoce, de modo que se podría
decir de la ciencia deliberadamente agnóstica de nuestro tiempo, lo que Meister
Eckhart dijo de los que reniegan de Dios: ≪Cuanto más blasfeman, más alaban
a Dios. ≫ Cuanto más proclama la ciencia un orden exclusivamente
≪objetivo≫ de las cosas, más pone de
manifiesto la unidad subyacente en el espíritu; lo hace, desde luego, indirecta
e inconscientemente y en contradicción con sus propios principios; sin embargo,
en cierto modo afirma lo que pretende negar.
En
la visión científica moderna, el sujeto humano completo, que implica al mismo
tiempo sensibilidad, razón y espíritu puro, se ve sustituido artificialmente por
el pensamiento matemático. Se llega incluso hasta excluir toda visión del mundo
frente a la cual se albergan dudas: ≪El auténtico progreso de la
ciencia natural≫, escribe un teórico moderno 1, ≪radica en que se aleja cada
vez más de lo que es meramente subjetivo y destaca cada vez más claramente lo
que existe independientemente de la mente humana, por lo cual tendrá poca
similitud con lo que la percepción original consideraba real≫.
No se trata, pues, de eliminar todo el conocimiento física y emocionalmente
condicionado por el observador individual; hay que despojarse también de lo que
es inherente a la percepción humana, es decir, de la síntesis de varias
impresiones en una imagen. Mientras que para la cosmología tradicional la integridad
de las imágenes constituye el verdadero valor del mundo visible, confiriéndoles
su carácter de
1 James JEANS, Die neuen Grundlagen
der Naturerkenntnis, Stuttgart, 1935
símbolo
y de metáfora, para la ciencia moderna solo el esquema conceptual, al que
puedan referirse algunos procesos espacio-temporales, posee un valor
cognoscitivo. Esto es debido al hecho de que la fórmula matemática admite
un máximo de generalización sin separarse de la ley del número, por lo cual
permanece controlable en el plano cuantitativo. Por esta misma razón no puede
captar toda la realidad tal como aparece a nuestros sentidos: la pasa a través
de un tamiz, por así decirlo, y considera irreal todo lo que queda excluido en
este proceso. En él se suprimen, naturalmente, todos los aspectos puramente
cualitativos de las cosas, es decir, todas aquellas cualidades que, aun siendo
perceptibles a través de los sentidos, no son exactamente mensurables; son
estas cualidades las que representan para la cosmología tradicional los
indicios más claros de las realidades cósmicas, que atraviesan
el plan cuantitativo y lo trascienden. La ciencia moderna no solo prescinde del
carácter cósmico de las cualidades puras, sino que también pone en duda su
existencia desde el momento en que se manifiestan en el plano físico. Para
ella, los colores, por ejemplo, no existen como tales, sino solo como
impresiones ≪subjetivas≫ de diversos grados de oscilación
de la luz: ≪Una vez admitido el principio≫,
escribe un representante de esta ciencia 2, ≪según el cual las
cualidades percibidas no pueden considerarse como cualidades de las propias
cosas, la física propone un sistema absolutamente obvio e indiscutible de
respuestas a las preguntas relativas a lo que realmente subyace en esos
colores, sonidos, temperaturas, etc.≫. ¿Acaso el carácter univoco
al que se alude no consistirá en el hecho de haber reducido en gran medida la
cualidad a la cantidad? Con ello la ciencia moderna nos invita a sacrificar
una buena parte de lo que para nosotros
2 Β. BAVINE, Hauptfragen der
heutigen Naturphiliisiphie, Berlin, 1928.
constituye
la realidad del mundo; lo que nos ofrece a cambio son esquemas matemáticos cuya
única ventaja consiste en ayudarnos a manejar la materia en el plano que esa
ciencia elige, es decir, el de la mera cantidad.
Este
proceso de la realidad pasada por el cedazo matemático rechaza no solamente las
cualidades llamadas ≪secundarias≫ de las cosas perceptibles,
como son los colores, olores, sabores y las sensaciones de frio y calor, sino también
y principalmente lo que los filósofos griegos y los escolásticos llamaron la ≪forma≫, es
decir, el ≪sello≫ cualitativo, la ≪marca≫ de
la unidad esencial de una criatura. Para la ciencia moderna esta forma esencial
no existe: ≪La creencia acariciada por algunos aristotélicos≫,
escribe un representante del punto de vista moderno, ≪de
poder, mediante una " iluminación"
de nuestro intelecto, por obra del intellectus. agens, entrar intuitivamente en posesión
de los conceptos relativos a la esencia de las cosas de la naturaleza, no es más
que un hermoso sueño... Las esencias de las cosas no pueden ser contempladas, sino
que deben deducirse de la experiencia mediante una ardua labor de investigación≫ 3.
Un Plotino, un Avicena
o un Alberto Magno le habrían probablemente replicado que nada es tan evidente
en la naturaleza como las esencias (no los ≪conceptos de la esencia≫)
de las cosas, desde el momento en que se manifiestan en sus
formas. Estas, desde luego, no pueden descubrirse mediante una ≪ardua
labor de investigación≫, dado que no pueden medirse
cuantitativamente; sin embargo, la penetración espiritual, que si las capta, se
apoya espontáneamente en la percepción sensible y, en cierto modo, también en
la imaginación, en la medida en que esta sintetiza las impresiones recibidas
del exterior.
3 Josef GEISER, Allgemeine
Philosophie des Seins und der Natur, Munster (Westfalia),
1915.
¿Qué
seria, por otra parte, ese intelecto humano que intenta comprender la esencia
de las cosas mediante una ≪ardua labor de investigación≫? O
está en condiciones
de alcanzar su meta o no lo está. Sabemos que el intelecto humano es limitado;
pero también sabemos, por otra parte, que puede captar verdades que subsisten
independientemente del individuo aislado; en otras palabras, que en el
intelecto se expresa una ley que está por encima del individuo. Sin entrar en
discusiones filosóficas, podemos comparar la relación del
intelecto individual con su fuente cognoscitiva supraindividual, el espíritu
puro —definido por la cosmología medieval como intellectus agens y, en sentido más amplio,
como intellectus primus—, con la relación existente entre el reflejo y la fuente
luminosa; esta imagen expresa la realidad mejor y más exhaustivamente que
cualquier definición: el reflejo está limitado por el medio
en el que se produce; para el intelecto humano ese medio es la facultad
racional y, en un sentido más general, la psique; pero la naturaleza de la luz
es esencialmente
siempre la misma, tanto en su fuente como en su reflejo; igualmente es así para
el espíritu, que, sean cuales fueren los limites formales, es siempre el mismo.
El espíritu, por otra parte, es, por su propia esencia, conocimiento; tiene la
virtud de conocerse a sí mismo, y en la medida en que se conoce a si mismo, en
principio, conoce también todas las posibilidades en él
comprendidas. Este es el acceso, no tanto a la estructura material de cada cosa
en particular, como a sus ≪esencias≫.
El
verdadero conocimiento cosmológico se basa siempre en los aspectos cualitativos
de las cosas, es decir, en las ≪formas≫
como trazas de la esencia. He aquí por qué la cosmología es a la vez directa y
especulativa,pues capta las cualidades de las cosas inmediatamente, sin rodeos
ni dudas, extrayéndolas de sus circunstancias particulares para contemplarlas
en su realidad universalmente valida, que se manifiesta en diferentes planos
existenciales al mismo tiempo. Respecto a la dimensión ≪horizontal≫ de
la existencia material, la dimensión
de las cualidades cósmicas es ≪vertical≫,
pues une lo inferior con lo superior, lo transitorio con lo eterno. Así
contemplado, el cosmos revela
su intrínseca unidad descubriendo al mismo tiempo una cambiante multiplicidad
de aspectos y dimensiones. Tales contemplaciones suelen ser de una belleza poética
que no resta nada a su veracidad, ya que toda autentica poesía contiene un
presentimiento de la unidad esencial del mundo.
Si
a esta visión de las cosas se le puede reprochar el ser más contemplativa que
practica y el omitir las relaciones materiales de las cosas entre sί —reproche que
en realidad no es tal—, de la ciencia moderna, en
cambio, podría decirse que despoja al mundo de su jugo cualitativo.
El ≪gran≫
argumento a favor de la ciencia moderna estriba en su éxito técnico; argumento
de gran peso en la conciencia de la masa, aunque menor a los ojos de los científicos,
que se dan perfecta cuenta de las veces que un
descubrimiento técnico ha partido de teorías totalmente insuficientes o incluso
erróneas. Como prueba de verdad en el sentido más profundo, el éxito técnico
-es asaz dudoso; en efecto, una teoría puede captar la realidad en la medida
requerida por determinada aplicación técnica e ignorar, sin embargo, su
verdadera esencia. Así ocurre con frecuencia, y las consecuencias de una poco
sabia dominación de la naturaleza es cada vez más evidentes: en un principio se
pusieron de manifiesto, sobre todo, en un plano humano, imponiendo al hombre
una forma de vida mecanizada, contraria a. su verdadera naturaleza; en una
segunda fase, estos inventos, que siempre se caracterizan más por el no saber
que por el saber, ejercen sus efectos nocivos en el reino viviente 4; y, aun cuando este proceso no alcance a
poner en peligro las propias bases de la vida terrena 5, en un momento dado, cuando las
consecuencias de las intervenciones imprudentes en la naturaleza se hayan
acumulado y acelerado inesperadamente, para evitar calamidades aun mayores [6] habrá que soportar los sacrificios mayores
de cuantos el hombre haya debido nunca soportar para la mera conservación de su
existencia.
Podemos
objetar que la ciencia como tal es responsable de esta evolución, que se halla
ya contenida en la propia estructura de la ciencia moderna. Evolución que
nace de una unilateralidad determinada, en primer lugar, por el hecho de que,
siendo el mundo fenoménico infinitamente múltiple, cualquier ciencia que
lo trate solo podrá ser incompleta. Además, la mezcla peligrosa y explosiva de
saber y no saber, característica de la ciencia moderna, se debe a que niega sistemáticamente
todas las dimensiones no puramente físicas de la realidad. Esta exclusividad
verdaderamente inhumana de la ciencia moderna es responsable de fisuras, ya implícitas
en sus propios fundamentos; estas fisuras, que no afectan solo al plano teórico,
están lejos de ser inofensivas; representan, al contrario, en sus consecuencias
técnicas, otros tantos gérmenes de
una catástrofe.
4 Es interesante notar, en este contexto, que sea
ahora, precisamente, la primera vez que se ve seriamente perjudicada la pureza del agua, del aire y de la tierra. La pureza de
estos elementos, que siempre se restablece por sί sola, es la expresión del equilibrio de la naturaleza, razón por la cual
tierra, agua, aire y fuego fueron sagrados en todas las edades
precedentes.
5 Esto puede suceder también independientemente de
los peligros de la fisión atómica.
6 El hecho de que los gobiernos intervinieran en el
control de nacimientos significarla una intromisión en la vida
del individuo inimaginable hasta ahora, incluso bajo los regímenes dictatoriales mas feroces.
La concepción
puramente matemática de las cosas,al estar inevitablemente ligada a la
naturaleza esquemática y discontinua del número, omite todo lo que, en el
inmenso tejido de la naturaleza, está hecho de pura continuidad y de relaciones
sutilmente mantenidas en equilibrio. Ahora bien, la continuidad y el equilibrio
son, por otro lado, más reales que lo discontinuo o anecdótico e infinitamente más
preciosas; son, simplemente, indispensables para la vida.
Para la física
moderna, el espacio en que se mueven los astros y el espacio medido por las
trayectorias de los cuerpos más pequeños, como los electrones, se concibe como
un completo vacío. Aunque esta concepción sea contraria a la lógica y a
cualquier representación intuitiva, se mantiene porque permite representar las
relaciones espaciales y temporales entre los diferentes cuerpos o corpúsculos
de manera matemáticamente ≪pura≫. En realidad, un ≪punto físico suspendido≫ en un vacío absoluto carecería a totalmente
de relación con cualquier otro ≪punto≫ físico; estaría, por así decirlo, ≪suspendido en la nada≫. Aunque se hable de campos magnéticos
que establecerían relaciones entre cuerpo y cuerpo, no se especifica como esos
campos magnéticos se sostienen. El espacio totalmente vacío no puede existir;
no es sino una abstracción, una idea arbitraria que demuestra hasta donde llegar
el pensamiento matemático cuando, artificialmente, se desvincula de la intuición
concreta de las cosas.
Un continuo indiferenciado, empero, no puede subdividirse en
una serie de unidades similares ni, a pesar de peinar el espacio, puede medirse
gradualmente esta parece ser también una característica de la velocidad de la
luz, al menos de modo aproximado; a lo que hay que añadir que la luz recorre el
espacio más rápidamente que cualquier otro movimiento; su velocidad representa
un valor límite propiamente dicho.
En 1881, Michelson estableció, mediante sus experimentos,
que la velocidad de la luz era invariable tanto si se la medía en el sentido
del movimiento terrestre como en sentido contrario; este valor de velocidad,
aparentemente, absoluto ha colocado a los astrónomos modernos frente a la
alternativa de asumir la inmovilidad de la Tierra, negando con ello el sistema
heliocéntrico, o de refutar los conceptos habituales de espacio y tiempo. Einstein fue inducido a considerar espacio y
tiempo como dos magnitudes relativas dependientes de las condiciones de
movimiento del observador y sólo la velocidad de la luz como única constante;
ésta sería siempre y en todo lugar idéntica, mientras que espacio y tiempo
cambiarían uno respecto al otro, hasta que el espacio casi pudiese disminuir en
favor del tiempo, y viceversa.
Esta teoría es seductora a primera vista, pues parece
plausible que la luz pueda «medir» con su propio movimiento el espacio y el
tiempo. El experimento de la velocidad
de la luz, que ha servido de base al desarrollo de la teoría, ha debido
necesariamente tener en cuenta en sus cálculos al espacio y al tiempo tal como
se presentan en nuestra experiencia cotidiana. ¿Qué es, pues, la famosa
«constante» que expresaría la velocidad de la luz? En la práctica se escribe «300.000 kilómetros
por segundo» suponiendo que este valor, aunque deba expresarse de distintas
maneras según las circunstancias, permanecería igual a sí mismo en todo el
cosmos. Pero ¿cómo puede un movimiento
con una determinada velocidad, cuya definición seguirá siendo una determinada
relación entre espacio y tiempo, ser en sí mismo la medida, por así decirlo,
absoluta de estas dos condiciones del estado físico? ¿Acaso no se intercambian
dos planos distintos de la realidad?
Estamos dispuestos a creer que la naturaleza de la luz es fundamental para
todo el mundo físico y que el movimiento de la luz representa algo así como la
medida cósmica de este mundo, pero esto ¿qué tiene que ver con el número, o, lo
que es más, con un número determinado?[7].
[7] Véase la excelente crítica
de la teoría einsteiniana de Maurice Ollivier en Physique moderna et Réalité,
Editions du Cédre, París.
Se nos dice que la realidad no se conforma necesariamente a
nuestros conceptos innatos de espacio y tiempo; pero a la vez se da por sentado
que el universo físico se conforma a ciertas fórmulas matemáticas que después
de todo se basan en axiomas igualmente innatos.
Se dice que espacio y tiempo varían según el estado de
movimiento del observador y que la contemporaneidad no existe objetivamente,
pero los criterios matemáticos, según se afirma, son los mismos en todo lugar.
Es como si el mundo físico, que, aun poseyendo una lógica
propia, no representa sin duda más que una realidad condicionada, pudiera ser
superado y aprehendido en su totalidad por el pensamiento matemático. Hay que
tener cuidado: no de una visión o introspección puramente espiritual, sino de
una sucesión de fórmulas puramente matemáticas. ¿Cómo se desarrollará, pues, en
la práctica la nueva exploración del universo?
El astrónomo, que calcula el número de años-luz que nos separan de la
nebulosa en la constelación de Andrómeda, refiriéndose al desplazamiento de las
líneas en el espectro, confía, pese a su pensar en términos relativos, en que
la velocidad de la luz sea igual a la que puede medir en la Tierra; y que la
naturaleza de la luz y la naturaleza de la materia sean invariables en todo el
cosmos visible. Confía en suma en
que el tejido del mundo será siempre y en todas partes idéntico al minúsculo
pedacito que el hombre puede probar. ¡ Qué mezcla singular de total confianza
por parte de la física y de desconfianza matemática frente a los conceptos
directamente dados de espacio y tiempo.! ¿ Qué ocurriría si -como puede fácilmente
suceder- si se cuestionara la validez universal de la supuesta velocidad de la
luz? Esto haría tambalearse al único punto cardinal fijo de toda
la teoría einsteiniana de la relatividad.
Toda la concepción moderna del cosmos, y no sólo la de Einstein, se
pulverizaría inmediatamente como una quimera[8].
[8] Estas líneas ya habían sido escritas
cuando nos enteramos a través de un informe del científico español Julio
Palacios («El hundimiento de una teoría», en ABC, Madrid, noviembre de 1962) de
que, según la revista de la sociedad norteamericana de óptica, Wallace Kantor,
de la Western University of California, demostró inequívocamente con sus
experimentos que la velocidad de la luz no es constante en el sentido
einsteiniano, sino que disminuye o aumenta según el movimiento de la fuente
luminosa. La teoría de Einstein ha sido,
pues, privada de todo fundamento; de todos modos, tendrá que pasar mucho tiempo
antes de que sus elucubraciones desaparezcan de los libros de texto y se saquen
las debidas conclusiones de esta delusión; hay que darse cuenta de que la
relatividad de esta existencia espacio-temporal, que indudablemente subsiste
desde un punto de vista más elevado, no puede ser demostrada a partir de un
elemento cualquiera, como es la velocidad de la luz, correspondiente a esta
misma existencia. Considerada con la
debida perspectiva histórica, la teoría einsteiniana de la relatividad
aparecerá quizá como un equivalente de la filosofía existencialista que, con la
ayuda de análisis lógicamente desesperados, quiere demostrar que la lógica no
es válida. De igual modo se oponen a la teoría de Einstein los cálculos del
doctor Harlan Smith, de la Universidad de Texas, relativos a ciertos cuerpos
celestes «quasi-estelares» que a una distancia de un billón de años-luz y con
diámetros de, por lo menos, mil años-luz, presentan pulsaciones de luz de cerca
de trece años
Consideremos una vez más el abc de la teoría einsteiniana:
espacio y tiempo, así lo afirma esta teoría, se miden de modo distinto según el
movimiento del observador; lo único definitivo es la velocidad de la luz. Sin embargo, esta velocidad debe tener en sí
misma su propia medida, porque ¿con relación a qué podría ser medida si no? Se
supone que es constante para hacer cuentas redondas, pero nada nos asegura que
la velocidad de la luz no varíe según la esfera cósmica en que se expande la
luz; además, es muy probable que sea así, puesto que no existe en parte alguna
ningún fenómeno idéntico a sí mismo. Lo único inmutable es la acción fuera del
tiempo, el «fiat lux» creativo; el movimiento de la luz se expresa mediante el
«valor límite» de su velocidad; aunque sólo aproximadamente y con toda la
relatividad típica del mundo corpóreo.
Es posible, pues, que todas las distancias entre los astros
calculadas en «años luz» tengan una validez tan «subjetiva» como las relaciones
de cualquier cosmología «obsoleta», sin hablar del hecho de que el conocimiento
de la naturaleza está condicionado por los límites de nuestras facultades
sensoriales.
En el mismo orden de ideas, queremos citar aquí la teoría
según la cual el espacio en que se mueven los astros, es decir, el espacio
total del universo físico, no corresponde al espacio euclidiano, sino a un
«espacio» que no admite el postulado euclidiano de las paralelas (por un punto
pasa una sola recta paralela a otra recta dada); tal «espacio» refluye sobre sí
mismo sin una curva definida. Se podría
ver en esta teoría una expresión de la indefinitud propia del espacio total,
pues en realidad el espacio no es ni finito ni infinito; sólo el Absoluto es
infinito. Los antiguos expresaban esta
indefinitud comparándola a una esfera cuyo radio excedía toda medida y que a su
vez estaba contenida en el Espíritu universal. Pero no es esto a lo que aluden
los físicos modernos cuando hablan de un espacio no euclidiano; para ellos se
trata de una concepción rectificada del espacio: el euclidiano representaría
sólo un caso excepcional del espacio efectivo, y la concepción de éste, aun
siendo insólita, sería fácilmente accesible a una imaginación entrenada.
Ahora bien, esto en absoluto es cierto, y se basa en una
singular confusión entre la espacialidad real y una especulación matemática
que, si bien deriva de conceptos geométricos, no es espacialmente
representable. En realidad, no es posible representarse el «espacio» no
euclidiano más que indirectamente, comparándolo al euclidiano, ya que las
figuras más simples, bidimensionales, de aquél son referibles a un modelo
euclidiano tridimensional; cuando se trata de más de dos dimensiones, la
comparación deja de funcionar y no nos queda más que una estructura matemática
cuyas magnitudes, aun llevando el nombre de elementos espaciales, se sustraen a
nuestra imaginación. Además, en este caso, la lógica propia de la imaginación
es desmontada por conceptos puramente matemáticos para, finalmente, violentar
retroactivamente la propia imaginación. Mientras que el primer paso, la
superación matemática de la imaginación, puede ser lícito, el segundo, es
decir, su violación matemática, supone una tendencia, de la que ya hemos
hablado, que convierte una facultad mental
-la de pensar en términos matemáticos- en un absoluto.
De acuerdo con el
esquematismo matemático, la materia es concebida como algo inconexo, como un
elemento discontinuo, pues se considera que los átomos, así como los corpúsculos
de los que están compuestos, se encuentran en el espacio mucho más aislados que
los mismos astros. Cualquiera que sea concepción del
orden atómico dominante – las teorías sobre la materia se suceden con una
rapidez desconcertante- siempre se trata, sin embargo, de un sistema dentro del
ámbito de puntos físicos o energéticos distintοs. Más, puesto que el medio por
el que estas minúsculas partículas de la matera pueden ser observadas, suele
ser la luz, representa a su vez un continuo, de ahí surge en seguida una contradicción
entre una representación discontinua y una representación continua de la materia,
cuando luego se intenta superar esta contradicción,
resulta de ello una situación sin salida, como cuando el acto de ver intenta
verse a sí mismo.
De acuerdo con el esquematismo matemático, la materia es
concebida como algo inconexo, como un elemento discontinuo, pues se considera
que los átomos, así como los corpúsculos de los que están compuestos, se
encuentran en el espacio mucho más aislados que los mismos astros. Cualquiera
que sea la concepción del orden atómico dominante -las teorías sobre la materia
se suceden con una rapidez desconcertante-, siempre se trata, sin embargo, de
un sistema dentro del ámbito de «puntos» físicos o energéticos distintos. Mas, puesto que el medio por el que estas
minúsculas partículas de la materia pueden ser observadas, que suele ser la
luz, representa a su vez un continuo, de ahí surge enseguida una contradicción
entre una representación discontinuo y una representación continua de la
materia; cuando luego se intenta superar esta contradicción, resulta de ello
una situación sin salida, como cuando el acto de ver intenta verse a sí mismo.
En este punto, nos gustaría recordar la doctrina tradicional de la materia [9] según
la cual el mundo procede de la materia prima por «diferenciación sucesiva» en
virtud de la «acción inmóvil» de la entidad plasmadora del espíritu
creador. La materia prima no es, sin
embargo, perceptible en sí misma; indiferenciada, se encuentra en la base de
todas las condiciones o formas diferenciables, siendo esto válido no sólo para
la materia prima de todo el cosmos, tanto visible como invisible, sino también,
en sentido más limitado, para la materia que compone el mundo corpóreo. Los
cosmólogos medievales la llamaban materia signata quantitate, «materia
caracterizada por la cantidad»: la materia de cualquier cuerpo fenoménico es
siempre lo que aún no ha sido plasmado y que, por lo tanto, no puede definirse
con ninguna de las características válidas en este mismo campo. En conjunto, el mundo discernible se
desarrolla entre dos polos que escapan a cualquier conocimiento distintivo: el
polo de la esencia plasmadora y el polo de la materia indiferenciada, del mismo
modo que el espectro de los colores puede manifestarse, en virtud de la
descomposición de la luz blanca (y, como tal, incolora), en un medio también
incoloro como una gota de agua o un cristal.
[9] Cfr. nuestro libro sobre Alquimia, op.
cit, 42
La
ciencia moderna, que a pesar de su pretendido pragmatismo busca una explicación
valida y exhaustiva de los fenómenos visibles y cree encontrar la razón última
de la naturaleza de las cosas en una determinada estructura intrínseca a la
materia física, debe suministrar la demostración de que toda la riqueza cualitativa
del mundo sensorialmente perceptible se basa en las agrupaciones cambiantes de pequeñísimos
corpúsculos. Es evidente que esta reducción está destinada al fracaso, pues si
bien estos ≪modelos≫ llevan en si
aun ciertos elementos cualitativos —aunque solo se tratara de su imaginaria
estructura espacial—, se trata, al fin y al cabo, de una reducción de la
cualidad a la
cantidad; pero la cantidad jamás podrá comprender la cualidad.
En su
obra De Unitate et Uno, Boecio comparo convincentemente la ≪forma≫ de
una cosa, es decir, su aspecto cualitativo, con una luz mediante la cual
conocemos la esencia de la cosa en cuestión. Prescindiendo lo mas posible de
los aspectos cualitativos de la existencia física con la intención de captar su
fondo cuantitativo, o sea, la materia pura, se actúa como un hombre que apagase
todas las luces para escrutar mejor la naturaleza de las tinieblas.
Asi,
la ciencia moderna no aprehenderá nunca la esencia de la materia en que este
mundo se fundamenta. Ni siquiera se le acercara, ya que con la progresiva exclusión
de todas las características cualitativas en favor de definiciones puramente matemáticas
de la estructura material, se sitúa dentro de unos límites en los que la
exactitud se convierte en indeterminación. Es eso precisamente lo que ha
ocurrido, llevando a la física nuclear moderna a sustituir progresivamente la lógica
matemática por estadísticas y cálculos de probabilidades. Parece como si las
leyes de causa y efecto no alcanzasen plenamente los terrenos a los que ha sido
empujada en nuestros días esa ciencia; la lógica se pone en duda y se empieza a
especular sobre si el fenómeno
basilar de la naturaleza es determinado o indeterminado, y si, en el segundo de
los casos, las llamadas leyes de la naturaleza no serían más que una especie de
aproximación estadística. Esta claro que entre el mundo cualitativamente
diferenciado y la materia indiferenciada hay, por así decirlo, una zona
intermedia, la zona del caos. La indeterminación pertenece al caos, y en él se
incluye la desproporción entre lo que parece causa y lo que parece efecto. Son característicos
de esta zona los siniestros peligros que la escisión atómica
implica.
Si
las antiguas cosmogonías parecen infantiles e ingenuas cuando las tomamos
literalmente y no en su simbolismo —lo que significa no comprenderlas—, las teorías
modernas sobre el origen del mundo son, por demás,
simplemente absurdas; no ya por su formulación matemática, sino por la
ingenuidad con que sus autores se constituyen en testigos imparciales del fenómeno
cósmico. A pesar de su convicción, expresamente profesada y tácitamente
presupuesta, de que el propio espíritu humano no es sino un producto de tal fenómeno,
si fuera ello cierto, ¿cuál sería, entonces, la relación
entre esa nebulosa primordial de cuyo torbellino material se querría hacer
derivar el mundo, la vida y el hombre, y ese pequeño espejo mental que se pierde
en conjeturas —no otra cosa seria la inteligencia para los científicos—, seguro
de encontrar en si mismo la lógica de las cosas? .¿Como puede el efecto ser
juez de su propia causa? Si en la naturaleza existen leyes
constantes —las leyes de la causalidad, del número, del
espacio y del tiempo— y si algo en nosotros mismos tiene derecho a decir: esto
es verdadero, aquello es falso, quién garantiza la verdad: el objeto o el
sujeto conocedor? ¿Acaso nuestro espíritu no es más que espuma sobre las olas
del océano cósmico, o existe en su fondo un testigo intemporal de la realidad?
Algunos
defensores de tales teorías nos responderían que solamente se ocupan de la
realidad física y objetiva y no se pronuncian sobre los fenómenos subjetivos; probablemente
se referirían a Descartes, quien definió espíritu y materia como dos realidades
coordinadas pero distintas una de otra. Esta concepción contiene una pizca de
verdad, aunque se equivoca en su unilateralidad. Desde luego, el dualismo
cartesiano preparo a las mentes para prescindir de todo lo que no fuera
naturaleza física, como si el hombre mismo no fuera la demostración de que la
realidad encierra en si múltiples modos o grados de existencia.
El
hombre de la antigüedad, que imaginaba a la Tierra como una isla circundada por
el océano primordial y al cielo como una cúpula protectora, o el hombre
medieval, que veía los cielos como esferas concéntricas que desde el centro de
la Tierra se irían escalonando hasta la esfera, que todo lo abarca y no limitada
en si misma, del Espíritu divino, esos hombres tenían ciertamente una concepción
errónea de las relaciones reales del universo físico; en cambio, eran conscientes
del hecho, infinitamente más importante, de que el mundo corporal no representa
toda la realidad, la cual esta como circundada y penetrada por una realidad más
amplia y mas sutil, que se halla a su vez contenida
en el Espíritu; indirecta o directamente, sabían además que, respecto al Infinito, la
vastedad del universo es nula.
El
hombre moderno ha aprendido que la Tierra no es más que una esfera suspendida
en un abismo sin fondo, con un movimiento vertiginoso y complejo regido por
otros cuerpos celestes, incomparablemente mayores que esta Tierra e increíblemente
lejanos; sabe que la Tierra en la que vive no es más que un granito de arena
con relación al Sol y que el Sol no es más que un granito de arena respecto a
las miríadas de otros astros incandescentes; y sabe que todo se mueve. Una irregularidad
en ese juego de movimientos astronómicos, la incursión
de un astro extraño en el sistema planetario, una variación en la trayectoria
solar o cualquier otro accidente cósmico, bastarían para que la Tierra
se tambaleara en su rotación, para trastornar la sucesión de las estaciones,
para cambiar la atmosfera y destruir a la humanidad. El hombre moderno sabe también
que el mínimo átomo contiene fuerzas que, una vez desencadenadas, incendiarían
la Tierra casi instantáneamente. Para la ciencia moderna, tanto lo ≪infinitamente
grande≫ como lo ≪infinitamente pequeño≫ se
presentan como un mecanismo complicadísimo cuyo funcionamiento depende de una
serie de potencias ciegas.
No
obstante, el hombre de nuestro tiempo vive y actúa como si el desarrollo normal
y cotidiano de los ritmos de la naturaleza le estuviera asegurado.
Efectivamente, no piensa ni en los abismos del mundo estelar ni en las
terribles fuerzas latentes en cada brizna de materia. Contempla el cielo encima
de él como lo ve cualquier niño, con su Sol y sus estrellas, pero el recuerdo
de las teorías astronómicas le impide reconocer en ellos signos divinos. El
cielo ha dejado de ser para el la manifestación natural del Espíritu que engloba
al mundo y lo ilumina; sustituye esta visión ≪ingenua≫ y
profunda de las cosas por el saber científico, no como una nueva conciencia de
un orden cósmico superior, un orden del que, como hombre, forma parte, sino
como una desorientación, un desasosiego irremediable ante abismos sin común
medida con su persona. Porque nada le recuerda que, en definitiva, el cosmos
entero está contenido en él, no en su ser individual, cierto, sino en el espíritu
que está en él y que al mismo tiempo es más que él y que todo el universo fenoménico.