martes, 27 de octubre de 2026

La sabiduría de la cosmología antigua (Wolfgang Smith) CAPÍTULO VIII LA SITUACIÓN DEL GEOCENTRISMO

 

WOLFGANG SMITH


 

La sabiduría de la cosmología antigua

 

 

La ciencia contemporánea a la luz de las cosmologías tradicionales


CAPÍTULO VIII

 

 

LA SITUACIÓN DEL GEOCENTRISMO

Si el geocentrismo ha estado relativamente ausente de los debates recientes, la razón es clara: casi todo el mundo da por sentado que sus afirmaciones pertenecen al pasado y van de la mano de, por ejemplo, la hipótesis de la Tierra plana. No cabe duda de que la vieja doctrina sigue teniendo algunos defensores convencidos en Europa y América, cuyos argumentos no son triviales ni están mal informados; el problema es que a casi nadie parece importarle, y casi nadie les escucha. Incluso el movimiento de la "ciencia de la creación" de orientación bíblica, que recientemente ha recuperado cierto prestigio e influencia, ha desautorizado casi por completo el geocentrismo. Sin embargo, el hecho es que la cosmología geocéntrica no sólo es una doctrina antigua, sino verdaderamente tradicional; ¿no deberíamos suponer que como tal es la salvaguarda de una verdad inmutable? Sostener que esta verdad no tiene nada que decir en el plano de la cosmografía -en otras palabras, que la doctrina es "meramente simbólica o alegórica"- es unirse al bando de los teólogos que siempre están dispuestos a "desmitologizar" en cuanto la ciencia oficial se lo ordena. Así pues, será interesante comprobar si la tesis geocéntrica -¡entendida en su sentido cosmográfico! - ha quedado realmente invalidada. Intentaré demostrar que no es así. En cuanto a las controversias en torno a Galileo, me propongo mostrar que su heliocentrismo resultó científicamente insostenible y que el santo y sabio cardenal Belarmino se impuso en realidad. Y ya puedo indicar que la problemática de este capítulo me llevará, en conclusión, a plantear una interpretación de la física de la relatividad coherente con la doctrina tradicional.

Quizá merezca la pena, al término de estas consideraciones, aclarar cualquier malentendido sobre lo que, sin demasiada inverosimilitud, podría pasar por "fundamentalismo". Permítanme subrayar, en primer lugar, que los argumentos presentados en este capítulo para "defender" el punto de vista geocéntrico son perfectamente científicos, y como tales  pueden calificarse. En cuanto a la teoría geocéntrica en sí, también puede entenderse en un sentido que podría calificarse de "esotérico", como se verá en el capítulo siguiente, "Esoterismo y cosmología". Lo que distingue al geocentrismo, entendido en este sentido, del fundamentalismo es que tal punto de vista no es incompatible con la cosmografía heliocéntrica, sino que admite la posibilidad de diferentes "representaciones del mundo" según el punto de vista o las herramientas de conocimiento. Como quedará claro más adelante, el geocentrismo es la cosmografía que corresponde a la percepción cognitiva sensible, que tiene su propia validez y su propio sentido, sin excluir, además, diversos modos de heliocentrismo correspondientes a otras herramientas cognitivas. Podría incluso afirmarse que es el sello distintivo del esoterismo que   143reconocer la naturaleza jerárquica del conocimiento humano, el hecho de que existe necesariamente una multiplicidad de darshana-s , cada uno expresando su propio modo y nivel de verdad. Cuando se trata de lo que se puede llamar la tradición integral en el sentido más auténtico, no se puede hablar de que un darshana invalide a otro, aunque, formalmente hablando, uno pueda contradecir al otro desde ciertos puntos de vista. Lo que caracteriza al esoterismo auténtico es que trasciende los límites inherentes a los puntos de vista parciales. Así pues, puede decirse que tal perspectiva es la antítesis misma del fundamentalismo.

 

Quizá no haya nada más impenetrable para la mente moderna que las cosmologías antiguas. No sólo son intrínsecamente metafísicas, sino que lo que probablemente nos molesta aún más es el hecho de que, al menos en un sentido cualitativo, describen el mundo perceptible. Cuando hablan del Sol, la Luna y las estrellas, su significado es sin duda simbólico, pero no "meramente simbólico", lo que significa que no están desprovistas de contenido científico. Esta fusión de "metafísica" y "física", que es una ciencia de la naturaleza, es lo que parece más desconcertante. Hay que entender, por supuesto, que el tipo de ciencia a la que me refiero está a años luz de las innovaciones de Bacon, tanto por su método como por su objetivo. En particular, los antiguos cosmólogos no se sentían obligados a explicar cosas como los movimientos planetarios retrógrados o la precesión de los equinoccios; según Thomas Kuhn, "sólo en nuestra propia civilización se ha considerado la explicación de estos detalles como una función de la cosmología.

144Ninguna otra civilización, antigua o moderna, ha tenido exigencias similares" . En cualquier caso, la transición de la cosmología antigua a la astronomía en el sentido moderno puede discernirse claramente en Grecia desde la época de Pitágoras hasta la de Ptolomeo. Se tiene la impresión de que nociones míticas e intrínsecamente metafísicas, como la de las "esferas" celestes, se transformaron gradualmente en conceptos físicos, y que el advenimiento de los tiempos modernos las relegó al desprecio y al abandono. Al mismo tiempo, se inventaban técnicas matemáticas cada vez más complejas y sofisticadas para describir con mayor precisión los fenómenos observables.

El capítulo más sencillo de la astronomía griega trata de la esfera estelar. Las órbitas de las estrellas podían describirse, y con una precisión que entonces parecía perfecta, partiendo de la idea básica de que las estrellas están fijas a la superficie de una inmensa esfera con la Tierra en su centro, que durante el día gira alrededor de un eje que puede situarse a un grado de la posición de la estrella polar, mientras que la Tierra permanece inmóvil en el centro del universo. Si no fuera por el Sol y algunos otros "errantes", este sencillo modelo de "dos esferas" de la astronomía antigua habría proporcionado una descripción aparentemente perfecta de los fenómenos en cuestión. Pero las órbitas de los planetas resultaron ser complejas y difíciles en extremo. Finalmente, los astrónomos griegos llegaron a la conclusión de que las órbitas circulares concéntricas alrededor de la esfera terrestre no eran suficientes para su descripción, y en la época de Hiparco, cuya vida activa puede fecharse entre 160 y 127 a.C., el método de los epiciclos y deferentes se había convertido en algo habitual. El movimiento de un planeta se concebía entonces como la suma de dos  movimientos circulares: una pequeña rotación alrededor de un centro llamado deferente, que a su vez describe una rotación mucho mayor alrededor de la Tierra. Los epiciclos se inventaron para corregir ligeramente las órbitas circulares de esta antigua astronomía "esférica". Debo añadir que, además de su trabajo sobre los epiciclos, Hiparco es conocido por haber descubierto la precesión de los equinoccios, que estimó en treinta y seis segundos de arco al año (su valor actual es de unos cincuenta segundos). También estimó la distancia de la Tierra a la Luna en treinta y tres veces el diámetro terrestre (valor actual: aproximadamente 30,2). Tras estos descubrimientos, los avances en astronomía planetaria continuaron a buen ritmo. Los astrónomos no tardaron en darse cuenta de que podían corregir gradualmente las órbitas añadiendo epiciclo tras epiciclo de forma indefinida. También descubrieron que podían introducir correcciones adicionales desplazando el centro de un deferente. Los círculos resultantes, llamados excéntricos, podían ajustarse para mejorar aún más el resultado. Se descubrió que se podía alcanzar un grado de precisión aún mayor si se consideraba que la velocidad de rotación de un deferente o de cualquier otro punto del diagrama geométrico era uniforme con respecto no a su centro real, sino a un centro desplazado llamado equángulo. El método de las excéntricas y las equantes complementaba así al de los epiciclos. En retrospectiva, puede decirse que la astronomía griega proporcionó el primer ejemplo de un modelo matemático a gran escala. Esta evolución culminó con la obra de Claudio Ptolomeo, cuyo tratado, el Almagesto (c. 150 d.C.), dominó la astronomía occidental al menos hasta 1543, cuando fue superado por la teoría de Copérnico.

¿Qué impulsó a Copérnico a rechazar la teoría ptolemaica en favor de la astronomía heliocéntrica? 145En su prefacio a De Revolutionibus, cita la continua imprecisión y la falta de coherencia como sus principales críticas a la astronomía de la época . Unos mil cuatrocientos años después de la publicación del Almageste, los problemas cuantitativos aún no se habían resuelto con una precisión satisfactoria.

Peor aún, no parecía existir ningún principio que rigiera la insensata proliferación de epiciclos, excéntricas y ecuantes. Todos estos elementos matemáticos no parecían formar un todo coherente entre sí. Es como si un artista tomara prestados de varios modelos las manos, los pies, la cabeza y otros miembros para sus retratos", escribió el astrónomo polaco, "cada miembro excelentemente dibujado, pero sin ninguna conexión con los demás para formar un cuerpo único, y como no coinciden en modo alguno, el resultado será un monstruo más que un hombre". Se ha señalado que esta concepción refleja la filosofía neoplatónica, de la que se sabe que influyó en Copérnico. En cualquier caso, lo que hacía monstruoso el modelo ampliado de Ptolomeo a los ojos de Copérnico era la naturaleza ad hoc de sus múltiples construcciones y, por tanto, la falta de inteligibilidad matemática del conjunto. Por el contrario, sostenía que la nueva astronomía heliocéntrica mostraba una "admirable simetría" y "un evidente vínculo de armonía en el movimiento y el tamaño de las esferas". Tomemos, por ejemplo, el movimiento retrógrado de los planetas: ¿por qué un planeta debe invertir su movimiento normal y retroceder durante cierto tiempo antes de reanudar su curso hacia el Este? Desde el punto de vista de la astronomía ptolemaica, este fenómeno parece una irregularidad inexplicable, esto se explica mediante la introducción de epiciclos apropiados, pero es difícilmente comprensible. En cambio, desde el punto de vista heliocéntrico, el movimiento retrógrado deja de ser una irregularidad y se convierte en una simple consecuencia matemática del hecho de que la Tierra gira alrededor del Sol. Es fácil comprobarlo. Basta con dibujar tres círculos concéntricos que representen la esfera de las estrellas, la órbita de la Tierra y la órbita del planeta. En el caso de un planeta menor (Mercurio o Venus), el tercer círculo es el más interior, mientras que para uno de los planetas más lejanos, la órbita de la Tierra se situará entre los otros dos. 146Si indicamos ahora las posiciones sucesivas de la Tierra y del planeta en sus círculos respectivos y unimos los puntos correspondientes mediante una línea recta para obtener las posiciones planetarias "observadas" en la esfera estelar, podemos ver inmediatamente cómo el movimiento de la Tierra provoca el fenómeno de la retrogradación. También descubrimos que la retrogradación se produce cuando el planeta está más cerca de la Tierra, lo que explica por qué los planetas que retrogradan brillan más. Parece que la astronomía copernicana proporcionó la primera explicación científica de la retrogradación de los planetas.

La variación observada en los periodos del movimiento orbital planetario es una segunda irregularidad que la nueva teoría explica magníficamente.

Dado que la Tierra gira alrededor del Sol, el tiempo que tarda un planeta en volver a su posición inicial observado desde la Tierra no coincide en absoluto con el tiempo que tarda en completar su órbita. Una vez más, estas variaciones pueden explicarse por el supuesto movimiento de la Tierra. Copérnico dio numerosos ejemplos para apoyar el poder explicativo de la hipótesis heliocéntrica. Mencionaré sólo uno: sabemos que Mercurio y Venus sólo pueden observarse en las proximidades del Sol. Para explicar esto en términos ptolemaicos, era necesario introducir deferentes y epiciclos que relacionaran estos planetas con el Sol. La astronomía heliocéntrica, por el contrario, no requiere tal construcción ad hoc: el fenómeno en cuestión es una consecuencia inmediata del hecho de que las órbitas de Mercurio y Venus están contenidas dentro de la órbita de la Tierra.

Esto nos lleva a una diferencia esencial entre las dos astronomías; en el esquema heliocéntrico, el orden de las órbitas planetarias se determina a partir de datos observacionales. Si los planetas, incluida la Tierra, tienen órbitas circulares alrededor del Sol, es posible calcular las relaciones de sus radios en función de las distancias angulares entre el Sol y los planetas medidas desde la Tierra. No ocurre lo mismo con el sistema geocéntrico, en el que ni siquiera el orden de los planetas está determinado por las apariencias. En resumen, la nueva astronomía es mucho más coherente que la antigua. Es a esta nueva coherencia a la que se refiere Copérnico cuando habla de "un vínculo manifiesto de armonía en el movimiento y la magnitud de las esferas", y está claro que ve en este nuevo "vínculo" un poderoso argumento a favor de la verdad de su teoría.

En realidad, sin embargo, la nueva astronomía también cae bajo la acusación de incoherencia. En la práctica, Copérnico se vio obligado a introducir epiciclos y excéntricas propios y, al igual que Ptolomeo, acabó con más de treinta círculos, sin una ganancia apreciable en precisión. Evidentemente, el problema de la astronomía planetaria aún no estaba resuelto.


En las décadas que siguieron a la publicación de De Revolutionibus hubo pocos adeptos a la causa de Copérnico. A los ojos del público en general, la noción de una Tierra en órbita era tan absurda como impía, e incluso la mayoría de los astrónomos parecen haber desconfiado de esta hipótesis. La segunda mitad del siglo estuvo dominada por la imponente figura de Tycho Brahe, que se opuso firmemente al heliocentrismo. Se le conoce sobre todo por la increíble precisión de sus mediciones astronómicas. Sus resultados son a menudo extremadamente exactos, con una precisión de un minuto de arco, un logro sin parangón para la observación a simple vista. 147Sin embargo, lo que más nos interesa es el hecho de que propuso una nueva teoría planetaria, que todavía hoy cuenta con partidarios en Europa y América. Aceptó la noción tradicional de una Tierra inmóvil y una esfera estelar en rotación geocéntrica diurna, y propuso que Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno giran alrededor del Sol, mientras que el Sol y la Luna lo hacen alrededor de la Tierra. Resulta que esta teoría geocéntrica incluye todas las ventajas que Copérnico pretendía obtener de su modelo heliocéntrico. También explica el movimiento retrógrado, la variación de los periodos planetarios y el vínculo entre los planetas inferiores y el Sol, sin recurrir a epiciclos u otras construcciones ad hoc. De hecho, se puede demostrar que las dos teorías planetarias de Tycho Brahe y Copérnico son matemáticamente equivalentes, lo que significa que predicen exactamente las mismas trayectorias planetarias aparentes.148

Sin embargo, las dos teorías no son equivalentes en lo que respecta a la astronomía sideral, ya que es obvio que un desplazamiento de la Tierra provocaría el correspondiente cambio paraláctico en la posición aparente de una estrella. El propio Brahe había buscado tal cambio, pero no encontró nada. Esto significa que el paralaje estelar, si existe, debe ser del orden de magnitud de menos de un minuto de arco, lo que requeriría distancias estelares mucho mayores de las que los astrónomos suelen suponer. El propio Copérnico había reconocido que su hipótesis exigía un enorme aumento de la esfera estelar, y cabe señalar que Brahe consideraba que esta fantástica multiplicación de un espacio aparentemente vacío era una de sus razones más pertinentes para rechazar la hipótesis copernicana. Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente científico, la elección entre ambas teorías no se planteó en aquel momento.

Aunque el problema de la astronomía planetaria aún no se había resuelto, Copérnico y Tycho Brahe, cada uno a su manera, habían hecho aportaciones decisivas que pronto conducirían a una solución definitiva. El gran avance se produjo en los primeros años del siglo XVII, gracias a Johannes Kepler. Utilizando los datos superiores proporcionados por Brahe, propuso una nueva teoría heliocéntrica que estaba destinada a triunfar. Tras años de intentos infructuosos, abandonó el método de los epiciclos, a pesar del prestigio de su antigüedad, en favor de una idea radicalmente nueva: que los planetas giran alrededor del Sol en órbitas elípticas con velocidades variables. Su Primera Ley establece que el Sol está situado en uno de los dos focos de la elipse planetaria, y la Segunda que el segmento rectilíneo entre el Sol y el planeta cubre áreas iguales en tiempos iguales dentro de la elipse.


Cualitativamente, esto significa simplemente que cuanto más cerca esté el planeta del Sol, más rápido será su movimiento; en realidad, sin embargo, la "ley de las superficies iguales" nos permite calcular la velocidad del planeta en cualquier punto de su trayectoria. Juntas, las dos leyes se prestan a una descripción completa del sistema planetario. Se acabaron los epiciclos, las excéntricas, las ecuantes y demás trucos: dos leyes sencillas y matemáticamente elegantes son todo lo que se necesita para resolver un problema ancestral. 149Como señaló Thomas Kuhn: "Por primera vez, una sola curva geométrica simple y una sola ley de velocidad bastan para todas las predicciones de la posición de un planeta, y también es la primera vez que las predicciones son tan exactas como las observaciones" .

Sería ir demasiado lejos comentar las fuentes neoplatónicas de las ideas de Kepler; baste decir que la primera publicación de sus ideas fue un tratado sobre el movimiento de Marte, el planeta más desafiante. No es exagerado decir que la era de la astronomía moderna comenzó con la publicación de este tratado en 1609.

Fue el mismo año en que Galileo Galilei apuntó su telescopio al cielo por primera vez, con resultados asombrosos. En rápida sucesión, descubrió que la Vía Láctea es un mar de estrellas; vio montañas y cráteres en la Luna, cuya altura y profundidad podía estimar a partir de sus sombras; divisó las manchas del Sol, demostró que gira alrededor de su eje y observó que Júpiter tiene cuatro lunas.

Aunque estos descubrimientos no tenían relación directa con la cuestión copernicana, influyeron decisivamente en la mentalidad europea, ya que desacreditaron la antiquísima distinción entre las esferas celestes, por un lado, que la humanidad consideraba perfectas e inmutables, y el mundo "sublunar", por otro, ese reino de imperfección y cambio perpetuo que es nuestro hábitat. A través de su telescopio, Galileo parecía contemplar siempre el mismo tipo de universo, desde el áspero paisaje de la Luna hasta las cambiantes manchas del Sol. Es difícil imaginar la sensación que producían los relatos de estos nuevos horizontes en los salones de Europa. Una fascinación general por los descubrimientos astronómicos parece haberse apoderado de la sociedad europea, provocando reacciones de todo tipo.

John Donne -por citar quizá el ejemplo más llamativo- parece haber percibido casi de inmediato el profundo significado del "movimiento" galileano: "La nueva filosofía lo pone todo en duda", escribió ya en 1611, "todo está hecho pedazos, toda coherencia ha desaparecido". Por supuesto, la mayoría de la gente no era tan previsora; como observó Kuhn con picardía: "El telescopio se convirtió en un juguete popular". Mucho más que un juguete. No cabe duda de que las nuevas imágenes obtenidas por el telescopio contribuyeron significativamente a la muerte de la antigua Weltanschauung.

Cabe mencionar otro descubrimiento de Galileo: las fases de Venus, que parecían confirmar que este planeta orbita alrededor del Sol. Pero aunque Galileo presentó este descubrimiento como una prueba de la hipótesis de Copérnico, lo cierto es que la astronomía de Tycho Brahe da cuenta igualmente bien de las fases de Venus. No era una prueba", escribió Kuhn, "era propaganda".

Pero, ¿en qué punto se encontraba esta cuestión en el momento de la controversia entre Galileo y Brahe? En retrospectiva, se encontraba más o menos en el punto en el que el Cardenal  Bellarmino lo decía en una carta a Foscarini en 1615: "Demostrar que las apariencias son seguras cuando se supone que el Sol está en el centro y que es la Tierra la que está en el cielo no es lo mismo que demostrar que el Sol está de hecho en el centro y la Tierra en el cielo. Creo que la primera demostración es posible, pero tengo serias dudas sobre la segunda". La obra de Kepler confirma la primera de esas dos demostraciones; en cuanto a la segunda, la historia de la ciencia ha justificado plenamente las "muy serias dudas" del cardenal. Como me propongo demostrar ahora, la ciencia actual ha hecho de hecho impensable esta segunda demostración.

 

Con la publicación de los Principia de Newton en 1687, el triunfo científico de la astronomía de Kepler fue completo. La teoría podía ahora derivar sus dos Leyes sobre la base de una física que era a la vez nueva y brillante, una física que podía ser probada y verificada de mil maneras. Para la comunidad científica, el geocentrismo había pasado a la historia. Ya nadie dudaba de que la Tierra giraba; sólo quedaba imaginar experimentos que detectaran y midieran su movimiento.

¿Cuáles eran esos experimentos y qué demostraban?

Uno de los enfoques se basa en el fenómeno de la aberración. En 1676, un astrónomo danés, Olaus Roemer, observó que el periodo entre dos eclipses de una de las lunas de Júpiter variaba varios minutos en función de la posición relativa de la Tierra. Llegó a la conclusión de que la luz viaja a una velocidad determinada, que estimó en trescientos nueve mil kilómetros por segundo (una precisión con menos del 3% de error). Ahora bien, si la Tierra se mueve, esta velocidad adicional debe provocar un cambio en la posición aparente de cualquier objeto celeste.

Pensemos en un coche que circula bajo la lluvia en un día sin viento. En relación con el coche, la lluvia cae, no verticalmente, sino en un ángulo que depende de la relación entre las dos velocidades: la velocidad horizontal del coche, dividida por la velocidad vertical de la lluvia. Por lo tanto, la relación entre las velocidades en cuestión puede determinarse a partir de la medición de este ángulo, conocido como ángulo de aberración. Esta es la idea en la que se basa el que parece ser el primer experimento ideado para demostrar y medir la velocidad de la Tierra en su órbita.

En 1724, James Bradley, astrónomo real inglés, fijó un telescopio a una repisa de la chimenea y se dispuso a observar la estrella Gamma Draconis, situada a casi noventa grados sobre el horizonte. Como esperaba, descubrió que, en el transcurso de un año, la posición aparente de la estrella describe un pequeño círculo que corresponde a un ángulo de aberración cercano a los veinte segundos de arco. Un simple cálculo trigonométrico muestra que este ángulo es igual al arco tangente de v/c, siendo v la velocidad orbital de la Tierra y c la velocidad de la luz. 150De ello se deduce que una aberración de veinte segundos corresponde a una velocidad orbital cercana a los treinta kilómetros por segundo, lo que se ajusta bien a la teoría astronómica de Kepler y Newton . Al observar y medir la aberración causada por la velocidad orbital v, Bradley aparentemente había observado y medido el supuesto movimiento de la Tierra. Parecía que el famoso Eppur si muove de Galileo había sido por fin confirmado e incluso reivindicado a los ojos de todo el mundo.


Pero la historia no acaba ahí. En 1871, otro astrónomo inglés, George Biddel Airy, realizó un experimento basado en una idea que había sugerido más de un siglo antes un jesuita dálmata llamado Boscovich. Se había dado cuenta de que si el telescopio del experimento de Bradley se hubiera llenado de agua en lugar de aire, el ángulo de aberración habría aumentado, ya que la velocidad de la luz en el agua es menor que en el aire. Sin embargo, cuando finalmente se completó el experimento, ¡se descubrió que el ángulo en cuestión no había cambiado en absoluto! A primera vista, este resultado contradecía la afirmación de Bradley de que el cambio de veinte segundos estaba causado por la aberración. Para asombro de todos, el argumento contra el movimiento de la Tierra parecía entonces lógicamente convincente: puesto que el movimiento orbital implica aberración, se deduce obviamente que la ausencia de aberración implica la ausencia de movimiento orbital. Es comprensible que el fracaso del experimento de Airy conmocionara a la comunidad científica. Pero lo peor estaba por llegar. En 1887, Michelson y Morley llevaron a cabo un experimento, hoy famoso, para detectar y medir la velocidad de la Tierra, no mediante la aberración, sino comparando la velocidad observada de la luz en la dirección de este movimiento con su velocidad en la dirección opuesta. La reflexión elemental muestra que las dos velocidades deben diferir exactamente en 2v, donde v es de nuevo la velocidad de la Tierra.

Pero una vez más, para consternación de todos, resultó que las dos velocidades de la luz eran exactamente iguales, lo que significa que el experimento dio como resultado una velocidad de la Tierra igual a cero. Dos experimentos decisivos, basados en principios físicos diferentes, habían llegado a la misma conclusión: la Tierra no se mueve.

 

Llegados a este punto, sólo hay dos opciones: o aceptamos la conclusión de que la Tierra no gira alrededor del Sol y optamos por una astronomía del tipo Tycho Brahe debidamente refinada, o buscamos la forma de ajustar las leyes de la física para que la velocidad orbital de la Tierra sea imposible de detectar. La historia recuerda que Einstein optó por la segunda alternativa y, al hacerlo, asombró al mundo con su teoría de la relatividad. Al mismo tiempo, la teoría especial proporcionó una ingeniosa "explicación" a los resultados negativos de los experimentos de Airy y Michelson y Morley, y dio lugar a un sinfín de otras predicciones verificables que más tarde se comprobaron realmente. No cabe duda, por tanto, de que la física einsteniana es uno de los empeños más brillantes y exitosos de la historia de la ciencia moderna. No hay que olvidar, sin embargo, que funciona según la lógica de "salvar las apariencias", que no es lo mismo, parafraseando al cardenal Belarmino, que demostrar que lo que se afirma en teoría es lo que existe de hecho. Como le gustaba señalar a Walter van der Kamp, incansable defensor de la astronomía de Tycho Brahe, la lógica de la relatividad constituye un argumento ponendo ponens: a partir de la premisa "P implica Q", se concluye falsamente que "si tenemos Q, entonces tenemos P".

Volviendo al experimento de Bradley, la pregunta sigue en pie: si la Tierra no gira, y si por tanto no existe aberración sideral, ¿cómo explicar el pequeño círculo descrito por la estrella Gamma Draconis? Si la pregunta se basa en los principios de Ptolomeo o Tycho Brahe, la respuesta es clara: el fenómeno observado está causado por un movimiento circular efectivo de Gamma Draconis con respecto al Stellatum, la esfera giratoria de las estrellas. Una observación similar se aplica al fenómeno del paralaje estelar, que Henderson detectó finalmente en 1832, y que Bessel y Struve midieron con gran precisión en 1838. Desde un punto de vista geocéntrico, no existe evidentemente nada llamado paralaje estelar, lo que significa que el fenómeno en cuestión debe ser causado, una vez más, por los correspondientes movimientos estelares. Estos movimientos son demasiado pequeños para ser observados a simple vista, razón por la cual eran desconocidos en la antigüedad. Se puede argumentar que el descubrimiento de Henderson, lejos de demostrar la existencia del paralaje estelar, puede explicarse con la misma facilidad sobre una base geocéntrica.

Esto no significa, sin embargo, que sea irrelevante para la astronomía estelar adoptar o no un punto de vista geocéntrico: ¡nada más lejos de la realidad! En efecto, en la astronomía contemporánea, la hipótesis del paralaje desempeña un papel crucial en la determinación de las distancias interestelares. Esto ya se desprende del hecho de que la unidad habitual de distancia astronómica es el pársec, que se define como la distancia a la que un objeto estelar subtiende un ángulo de un segundo con respecto a una línea de base cuya longitud es igual a la distancia media entre el centro de la Tierra y el centro del Sol. En lenguaje llano, el pársec es una unidad de distancia de paralaje. En realidad, esto significa que una estrella situada a un pársec de la Tierra tendrá un paralaje del orden de un segundo. Nótese que la hipótesis del paralaje impone unas dimensiones enormes al universo sideral: un solo pársec equivale a unos treinta y un millones de millones de kilómetros. Además, dado que la mayoría de las estrellas, salvo algunas excepciones, no presentan un paralaje mensurable, su distancia a la Tierra debe ser de al menos veinticinco a cincuenta pársecs; de hecho, los astrónomos suelen preferir utilizar el megapársec como unidad de distancia. El universo de Tycho Brahe seguiría requiriendo distancias considerables, pero nada parecido a los miles de millones de años luz que exige la astronomía contemporánea. Podemos ver que una interpretación geocéntrica de los fenómenos astronómicos, al eliminar el paralaje estelar, reduciría el valor de nuestra imagen ordinaria del universo sideral. El universo de Tycho Brahe sería radicalmente distinto, tanto en tamaño como en arquitectura.

Pero mientras que la astronomía actual se opone implacablemente a la hipótesis geocéntrica, la física pura no lo es. Según la relatividad general, es perfectamente admisible considerar la Tierra como un cuerpo en reposo: como dice Fred Hoyle, la teoría resultante "es tan buena como cualquier otra, pero no mejor". La relatividad implica que la hipótesis de una Tierra estática no es incompatible con las leyes de la física y no puede refutarse experimentalmente. La física como tal no puede ciertamente confirmar esta hipótesis, pero tampoco puede negar su validez. 151Ya en 1904, Henri Poincaré se dio cuenta de que "las leyes de los fenómenos físicos son tales que no tenemos ni podemos tener ningún medio de descubrir si nos transportamos o no en un movimiento de traslación uniforme" ; y hacia 1915, Einstein concluyó que lo mismo ocurría con el movimiento  arbitrario. En cuanto a la física, la afirmación geocéntrica sigue siendo viable.

Dado que la impugnación científica del geocentrismo no procede de la física, sino de la astronomía, debemos preguntarnos si está en condiciones de justificar su postura. Nuestro conocimiento científico del universo estelar se basa evidentemente en observaciones realizadas en observatorios en la Tierra o mediante instrumentos transportados al espacio por satélites. Es esencial señalar que el paso de los datos de observación a las afirmaciones sobre los mundos siderales no puede hacerse basándose únicamente en la física, sino que requiere hipótesis adicionales de tipo no verificable. 152 153Ya hemos encontrado una hipótesis de este tipo con la hipótesis del paralaje estelar, y el lector informado probablemente recordará la interpretación Doppler de los corrimientos al rojo estelares , así como el llamado principio cosmológico, hipótesis no verificables que son la base de la astronomía contemporánea. La lógica aquí es una vez más del tipo ponendo ponens, lo que significa que las hipótesis en cuestión se juzgan o validan en función de su éxito a la hora de "explicar" los fenómenos observables. Pero, aparte del hecho de que tal argumento no tiene sentido -¡como el cardenal Belarmino vio hace mucho tiempo! 154A pesar de informes abultados y de décadas de esfuerzos concertados, se ha descubierto que la teoría del Big Bang no se ajusta a los datos empíricos . También aquí tenemos motivos para suponer, en momentos decisivos, que efectivamente no se trata del Big Bang. No era una cuestión de "pruebas", sino una vez más, si se quiere, de "propaganda". Si los experimentos de Airy o de Michelson y Morley hubieran dado los resultados que pretendían, los argumentos científicos a favor del geocentrismo, aunque no hubieran quedado irrefutablemente establecidos, al menos habrían sido impresionantes; sin embargo, tal como están las cosas, la improbabilidad de la antigua doctrina ni siquiera ha quedado demostrada, y mucho menos descalificada.

 

El difunto Walter van der Kamp hizo una observación interesante: "La elección está realmente entre Tycho Brahe y Einstein, Galileo y otros quedan fuera de juego". Estoy de acuerdo con lo que dice sobre Galileo. Para ser precisos, está "fuera de juego" no porque apoyara el movimiento de la Tierra, sino porque apoyaba su afirmación en argumentos ostensiblemente científicos. Hoy sabemos, gracias a la física, que los argumentos de Galileo no son concluyentes y que el supuesto movimiento no puede probarse en absoluto. Por otra parte, lo que me parece que puede inducir a error es esta idea de una elección entre Tycho Brahe y Einstein. Me niego a ver la astronomía de Tycho Brahe y la física de Einstein como polos mutuamente excluyentes de una misma alternativa. Se puede argumentar no sólo que las dos posturas son compatibles, sino que cada una tiene su propia validez. También en este caso, la clave del problema reside en discernir lo que podríamos llamar los niveles de la realidad cósmica: aunque vinculados, estos niveles siguen siendo distintos y, por tanto, deben distinguirse.

Para empezar por lo físico, permítanme recordarles que utilizo este término en su sentido técnico: se refiere al nivel o aspecto de la realidad cósmica que corresponde al modus operandi de la física. Así pues, lo físico se define y se conoce gracias a


actos de medida, lo que implica que no contiene ni esencia ni sustancia en el sentido ontológico tradicional. 155Como observó Heisenberg en relación con las partículas cuánticas, los objetos físicos constituyen, como ya hemos visto, un extraño y nuevo tipo de entidad, "que se sitúa exactamente en el medio entre la posibilidad y la realidad" . Ahora bien, yo sostengo que la relatividad einsteniana tiene su lugar en el nivel de estas nuevas y extrañas entidades. No debería sorprendernos que las entidades, definidas mediante actos de medición, se ajusten a los principios de la relatividad: en última instancia, ¿no son relacionales por definición? Veamos la velocidad, la potencia del movimiento: ¿puede ser otra cosa, físicamente hablando, que una velocidad relativa a tal o cual sistema coordinado, a tal o cual marco de referencia? Evidentemente, existen invariantes en el plano físico -es decir, magnitudes que resultan ser las mismas para cada sistema coordinado de tal o cual clase-, pero no son absolutos: nada que sea intrínsecamente relacional. Aparte de eso, necesitamos la esencia, lo que responde a la pregunta "¿Qué? Un guijarro o un gato no son relativos, no son meramente relacionales, puesto que son algo: que son algo más que "el término medio entre la posibilidad y la realidad". En consecuencia, un guijarro o un gato no es algo que pueda cuantificarse, o explicarse a partir de actos de medida, y por tanto no pertenece al ámbito físico. 156Como señaló el citado Eddington, "el concepto de sustancia ha desaparecido de la física fundamental" . En sentido estricto, la física no se ocupa de las cosas. Es cierto que la noción de sustancia se mantuvo en lo que hoy se denomina física clásica; sin embargo, este mantenimiento era falso, es decir, incoherente con los principios operativos de la física. Como señala Eddington: "La teoría de la relatividad fue el primer intento serio de ocuparse de los hechos en sí. 157Anteriormente, los científicos habían profesado un profundo respeto por los 'hechos sólidos de la observación'; pero no se les había ocurrido averiguar cuáles eran esos hechos" .

Einstein fue probablemente el primer físico que llegó a una teoría coherente basada en principios operativos. Las afirmaciones de la relatividad no son estipulaciones ad hoc introducidas para salvaguardar la hipótesis copernicana, como suelen pretender los geocentristas, sino que responden a los principios mismos en los que se basa la física. En un mundo que se define a sí mismo operacionalmente -en lo que John Wheeler llama el universo participativo- la relatividad einsteniana ejerce un poder absoluto.

Pero, ¿qué ocurre con el mundo físico? ¿Se aplican los principios de la relatividad a un mundo que llegamos a conocer mediante actos no de medición, sino de percepción sensorial cognitiva? ¿Siguen aplicándose a un mundo en el que las esencias se manifiestan en forma de cualidades sensibles, un mundo en el que no sólo encontramos relaciones, sino también sustancias reales? No hay ninguna razón para creer que sea así. 158Nada nos obliga a suponer que en el reino corpóreo, que es manifiestamente "más" que el reino físico, no pueda haber ni reposo absoluto, ni movimiento absoluto, ni simultaneidad absoluta de los acontecimientos

. Si, en este nivel superior, los guijarros y los gatos son reales, ¿por qué no también el reposo y el movimiento, por qué no también la simultaneidad de los acontecimientos? En El enigma cuántico argumenté que la causa de esta pérdida es la pérdida de la esencia, del ser sustancial, a medida que se desciende al plano físico, que pone en juego el principio de superposición de la mecánica cuántica, quisiera formular ahora la proposición de que esta misma pérdida, esta misma reducción conduce a la relatividad einsteiniana en el plano macroscópico. Donde no hay sustancia para distinguir un marco de referencia de otro, no es de extrañar que ambos tengan el mismo peso. Como siempre, es la pérdida de sustancia, de hecho la pérdida de toda jerarquía, lo que conduce a la "democratización" de lo que queda.

Sabemos que el plano corporal anula el principio de superposición: sabemos, por ejemplo, que un gato no puede estar a la vez vivo y muerto. 159Este simple hecho explica la supuesta reducción del paquete de ondas que tanto ha desconcertado a los físicos desde la aparición de la teoría cuántica en 1926. ¿No es entonces razonable suponer que el plano del cuerpo deroga también los principios de la relatividad?

Esta derogación, que considero un hecho, tiene obviamente enormes implicaciones. Entre otras cosas, sugiere que la física aristotélica no puede ser tan quimérica como se suele afirmar. Además, es evidente que este reconocimiento arroja nueva luz sobre la controversia en torno al geocentrismo. En particular, demuestra que la astronomía de Tycho Brahe puede ser algo más que una teoría "admisible", como declara la relatividad general, algo más que "tan buena como cualquier otra, pero no mejor". El problema es que el valor de la astronomía geocéntrica ya no puede garantizarse exclusivamente mediante actos de medición. No puede resolverse en el terreno de la física pura, sino que requiere consideraciones de otro orden. Todo lo que la física como tal puede decir es que la astronomía geocéntrica no puede descartarse.

En resumen: el geocentrismo es la cosmología a la que llegamos a través de la percepción sensorial cognitiva, mientras que el acentrismo einsteniano es el modo de conocimiento propio de las ciencias físicas. No puede haber conflicto ni contradicción entre ambos: sus respectivas visiones del mundo corresponden simplemente a perspectivas diferentes, a darshana-s diferentes, como dirían los hindúes. 160Sin embargo, el geocentrismo es la más elevada de las dos visiones, del mismo modo que el plano corporal es ontológicamente más elevado que el plano físico . Puesto que la percepción sensorial cognitiva tiene acceso a la esencia, puede en principio trascender el plano corporal, pasando, en palabras de San Pablo, de "las cosas creadas" a "las cosas invisibles de Dios" - e incluso más allá, a "Su eterno Poder y Divinidad". En resumen, la percepción humana está en principio abierta al mundo metacósmico (del que procede), m i e n t r a s q u e el modus operandi de la física nos confina a un ámbito exclusivamente relacional y subcorpóreo. Por último, el heliocentrismo de Galileo es una noción bastarda que confunde dos vías de conocimiento. Podríamos añadir que existe un heliocentrismo tradicional o auténtico, que no debe confundirse con el de Galileo; y es éste el que nos ocupará principalmente en el próximo capítulo.


1    Arthur Zajonc, la principal autoridad en física cuántica, ha dicho lo siguiente sobre la propia luz: "No puedo describirla, mi imaginación apenas puede rozar su borde, pero sé que en su corazón hay una primitiva 'primera luz', donde reside la sabiduría, una sabiduría calentada por el amor y activada por la vida" (Catching the Light, Oxford University Press, 1995, p. 325). Me parece realmente notable que un físico contemporáneo dé testimonio de la metafísica perenne de la luz, y en términos tan elocuentes. Como brillante punto icónico en el campo oscuro, Zajonc compensa, por así decirlo, la nesciencia casi universal de sus colegas.

2           En El enigma cuántico.

3    Nombre dado en sánscrito a las distintas escuelas clásicas de la filosofía hindú (J. Herber & J. Varenne, Vocabulaire de l'hindouisme, Dervy, París, 1985). Este término puede entenderse aquí en el sentido más general de "punto de vista".

4           The Copernican Revolution, MJF Books, Nueva York, 1985, p. 7.

5    También cita autores antiguos que no eran geocentristas, entre ellos los pitagóricos.

6           Recuerda que cuanto más pequeña sea la órbita, más rápido será el movimiento.

7    De hecho, hoy en día, todos los defensores serios del geocentrismo siguen la teoría de Tycho Brahe.

 

148

Un esbozo de esta prueba puede encontrarse en Thomas Kuhn, op. cit., pp.

206.

201-.

149

Ibid, p. 212.

150

En francés. (NdT)

151

Citado en Dean Turner, The Einstein, Myth and the Ives Papers, Devin Adair,

Greenwich, 1979, p. 154.

152 El espectro de las galaxias lejanas se desplaza hacia el rojo (longitudes de onda largas), lo que se interpreta como un efecto Doppler, que significa que estas galaxias se alejan de nosotros (KM).

 

153

Véase el capítulo VI, pp. 143-144 y el capítulo VII, pp. 159-161.

154

Véase el capítulo VII.

155

Física y Filosofía, p. 41.

156

The Philosophy of Physical Science, Cambridge University Press, 1949, pp.

110.

 

157

Ibid, p. 32.


158     Recordemos la notable afirmación de René Guénon de que quienes no pueden concebir que todos los acontecimientos se produzcan simultáneamente están excluidos de toda comprensión de cualquier cosa metafísica. Evidentemente, esto sitúa la metafísica en las antípodas de la física, en la que no hay simultaneidad real entre dos acontecimientos distintos (aunque puedan parecerlo en relación con un marco de referencia particular). Podría decirse que a medida que ascendemos en la scala naturae de la ontología, la dispersión temporal se reduce progresivamente y finalmente se trasciende.


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