sábado, 4 de julio de 2026

Salmo 51

 

Salmo 51


51,1 Del maestro de coro. Salmo. De David.

51,2 Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se había unido a Betsabé.

51,3 Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito,

51,4 lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame.

51,5 Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí;

51,6 contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas.

51,7 Mira que en culpa yo nací, pecador me concibió mi madre.

51,8 Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría.

51,9 Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

51,10 Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú.

51,11 Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas.

51,12 Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, un espíritu firme dentro de mí renueva;

51,13 no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu.

51,14 Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame;

51,15 enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti.

51,16 Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación, y aclamará mi lengua tu justicia;

51,17 abre, Señor, mis labios, y publicará mi boca tu alabanza.

51,18 Pues no te agrada el sacrificio, si ofrezco un holocausto no lo aceptas.

51,19 El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.

51,20 ¡Favorece a Sión en tu benevolencia, reconstruye las murallas de Jerusalén!

51,21 Entonces te agradarán los sacrificios justos, holocausto y oblación entera se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.

Modelo de confesión (Relatos de un peregrino ruso)

 

«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA

HUMILDAD

Relatos de un peregrino ruso

Título original: Oskrovennye razskazy Strannika dukhovnomu svoemu

otcu

Anónimo, 1865



Me enteré de que en Kitaevaya Pustina, a unas siete verstas de Kiev,

había un sacerdote de vida ascética, que era muy sabio y comprensivo.

Quienquiera que acudiese a él en confesión, encontraba un ambiente de

tierna compasión, y se marchaba con enseñanza para su salvación y

desahogo de espíritu. Me alegré mucho al enterarme de esto, y me fui hacia

allí en seguida. Después que hube pedido su consejo, y hubimos hablado un

rato, le di a leer mi hoja de papel. La leyó por entero, y luego dijo:

 

—Querido amigo, mucho de lo que has escrito es absolutamente fútil.

Escucha: Primero: no traigas a confesión pecados de los que ya te hayas

arrepentido y te hayan sido perdonados; no vuelvas sobre ellos de nuevo,

puesto que esto sería dudar de la fuerza del sacramento de la penitencia.

Segundo: no hagas memoria de otra gente que haya tenido relación con tus

pecados; júzgate sólo a ti. Tercero: los Santos Padres nos prohíben

mencionar todas las circunstancias de los pecados, y nos ordenan

confesarnos de ellos en general, a fin de evitar la tentación tanto para

nosotros mismos como para el sacerdote. Cuarto; has venido para

arrepentirte, y no te arrepientes de que no sepas arrepentirte, esto es, de que

tu arrepentimiento sea tibio y negligente. Quinto: has repasado todos estos

detalles, pero has pasado por alto lo más importante: No has revelado los

pecados más graves de todos. No has confesado, ni anotado, que no amas a

Dios, que odias a tu prójimo, que no crees en la Palabra de Dios, y que estás

henchido de orgullo y de ambición. Una inmensa cantidad de maldad, y

toda nuestra perversión espiritual, residen en estos cuatro pecados. Ellos

son las raíces de las que brotan los retoños de todos los pecados en que

caemos.

Quedé muy sorprendido al oír esto, y dije:

—Perdón, Reverendo Padre, pero ¿cómo es posible no amar a Dios,

nuestro Creador y nuestro Guarda? ¿Qué hay en que creer sino la Palabra de

Dios, en la que todo es verdadero y santo? Yo quiero bien a todos mis

semejantes, ¿y por qué iba a odiarlos? No tengo nada de que

enorgullecerme; además de tener innumerables pecados, no tengo nada

digno de ser ensalzado, ¿y qué podría yo codiciar, con mi pobreza y con mi

mala salud? Naturalmente, si yo fuese un hombre culto, o rico, entonces sin

duda sería culpable de las cosas de que habláis.

—Es una lástima, querido, que comprendieras tan poco de lo que dije.

Mira, vas a aprender más deprisa si te doy estas notas. Es lo que siempre

uso para mi propia confesión. Leelas de cabo a rabo, y tendrás, de forma lo

bastante clara, una muestra exacta de lo que te acabo de decir.

Me dio las notas, y me puse a leerlas. Helas aquí:

 

«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA

HUMILDAD

»Volviendo la mirada atentamente sobre mí mismo, y observando el

curso de mi estado interior, he comprobado por experiencia que no amo a

Dios, que no amo a mis semejantes, que no tengo fe, y que estoy lleno de

orgullo y de sensualidad. Todo esto lo descubro realmente en mí como

resultado del examen minucioso de mis sentimientos y de mi conducta, de

este modo:

»1. No amo a Dios. —Puesto que si amase a Dios, estaría

continuamente pensando en Él con profundo gozo. Cada pensamiento de

Dios me daría alegría y deleite. Por el contrario, pienso mucho más a

menudo, y con mucho más anhelo, en las cosas terrenales, y el pensar en

Dios me resulta fatigoso y árido. Si amase a Dios, hablar con Él en la

oración sería entonces mi alimento y mi deleite, y me llevaría a una

ininterrumpida comunión con Él. Pero, por el contrario, no sólo no

encuentro deleite en la oración, sino que incluso representa un esfuerzo

para mí. Lucho con desgana, me debilita la pereza, y estoy siempre

dispuesto a ocuparme con afán en cualquier fruslería, con tal de que acorte

la oración y me aparte de ella. El tiempo se me va sin advertirlo en

ocupaciones vanas, pero cuando estoy ocupado con Dios, cuando me pongo

en Su presencia, cada hora me parece un año. Quien ama a otra persona,

piensa en ella todo el día sin cesar, se la representa en la imaginación, se

preocupa por ella, y en cualquier circunstancia no se le va nunca del

pensamiento. Pero yo, a lo largo del día apenas si reservo una hora para

sumirme en meditación sobre Dios, para inflamar mi corazón con amor por

Él, mientras que entrego con ansia veintitrés horas como fervorosas

ofrendas a los ídolos de mis pasiones. Soy pronto a la charla sobre asuntos

frívolos y cosas que desagradan al espíritu; eso me da placer. Pero cuando

se trata de la consideración de Dios, todo es aridez, fastidio e indolencia.

Aun cuando sea llevado sin querer por otros hacia una conversación

espiritual, rápidamente intento cambiar el tema por otro que dé

satisfacción a mis deseos. Tengo una curiosidad incansable por las

novedades, sean acontecimientos ciudadanos o asuntos políticos. Busco

con ahínco la satisfacción de mi amor por el conocimiento en la ciencia y

en el arte, y en la manera de obtener cosas que quiero poseer. Pero el

estudio de la Ley de Dios, el conocimiento de Dios y de la religión, no me

causan efecto, y no sacian ningún apetito de mi alma. Veo estas cosas no

sólo como una ocupación no esencial para un cristiano, sino

ocasionalmente como una especie de cuestión secundaria en que ocupar

quizá el ocio, a ratos perdidos. Para resumir: Si el amor a Dios se reconoce

por la observancia de sus mandamientos (Si me amáis, guardaréis mis

mandamientos, dice Nuestro Señor Jesucristo), y yo no sólo no los guardo

sino que incluso lo procuro poco, se concluye verdaderamente que no amo

a Dios, Esto es lo que Basilio el Grande dice: “La prueba de que un

hombre no ama a Dios y a Su Cristo está en el hecho de que no guarda Sus

mandamientos”.

»2. No amo tampoco a mi prójimo. —Puesto que no sólo soy incapaz

de decidirme a entregar mi vida por él (conforme a lo que dice el

Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad, mi bienestar y mi

paz por el bien de mis semejantes. Si lo amase tanto como a mí mismo,

como manda el Evangelio, sus infortunios me afligirían a mí también, e

igualmente me deleitaría con su felicidad. Pero, por el contrario, presto

oídos a extrañas e infortunadas historias sobre mi prójimo, y no siento

pena; me quedo imperturbable o, lo que es peor, encuentro en ello un cierto

placer. No sólo no cubro con amor la mala conducta de mi hermano, sino

que la proclamo abiertamente con censura. Su bienestar, su honor y su

felicidad no me causan placer como si fueran míos y, al igual que si se

tratase de algo absolutamente ajeno a mí, no me proporcionan ningún

sentimiento de dicha. Lo que es más, ellos despiertan en mí, de forma sutil,

sentimientos de envidia o de menosprecio.

»3. No tengo fe. —Ni en la inmortalidad ni en el Evangelio. Si

estuviera firmemente persuadido y creyese sin ninguna duda que más allá

de la tumba se encuentra la vida eterna y la recompensa por las acciones

de esta vida, pensaría en ello continuamente. La idea misma de la

inmortalidad me aterraría, y haría que me condujese en esta vida como un

extranjero que se dispone a penetrar en su tierra natal. Por el contrario, ni

siquiera pienso en la eternidad, y veo el fin de esta vida terrena como el

limite de mi existencia. Y esta secreta idea anida en mi interior: “¿Quién

sabe lo que ocurre a la muerte?”. Si digo que creo en la inmortalidad,

hablo entonces sólo por mi entendimiento, pues mi corazón está muy lejos

de una firme convicción de ello. Esto lo atestiguan abiertamente mi

conducta y mi continua solicitud en dar satisfacción a la vida de los

sentidos. Si mi corazón acogiese con fe el Santo Evangelio como la Palabra

de Dios, yo estaría ocupado continuamente con él, lo estudiaría, hallaría

deleite en él y pondría con toda devoción mi atención en él. En él se

ocultan la sabiduría, la clemencia y el amor; él me llevaría a la felicidad, y

yo encontraría gran gozo en estudiar la Ley de Dios día y noche. En él

encontraría yo alimento, como mi pan cotidiano, y mi corazón sería movido

a guardar sus leyes. Nada en el mundo sería lo bastante fuerte como para

apartarme de él. Por el contrario, si de vez en cuando leo o escucho la

Palabra de Dios, es tan sólo por necesidad o por un interés general por el

saber, y al no prestarle una atención estrecha, la encuentro sosa y sin

ningún interés. Por lo general, llego al término de la lectura sin sacar

ningún provecho, y más que dispuesto a cambiar a una lectura mundana,

en la que obtengo mayor placer y encuentro temas nuevos e interesantes.

»4. Estoy lleno de orgullo y de sensual amor por mí mismo. —Todas

mis acciones lo confirman. Viendo algo bueno en mí mismo, quiero

mostrarlo o enorgullecerme de ello ante otra gente, o admirarme yo mismo

interiormente por ello. Si bien revelo una humildad exterior, con todo la

atribuyo por entero a mis propias fuerzas y me considero superior a los

demás, o por lo menos no peor que ellos. Si yo observo en mí una falta,

trato de excusarla, y la disimulo diciendo: “Estoy hecho así,” o “no es mía

la culpa”. Me enfurezco con los que no me tratan con respeto y los

considero incapaces de apreciar la valía de las personas. Voy jactándome

de mis dotes, y tomo como un insulto personal mis tropiezos en cualquier

empresa. Murmuro, y encuentro placer en el infortunio de mis enemigos. Si

me empeño por algo bueno es sólo con el propósito de ganar admiración, o

autocomplacencia espiritual, o consuelo mundano. En una palabra: Hago

de mí continuamente un ídolo y le presto servicio ininterrumpidamente,

buscando en todo el placer de los sentidos y el sustento para mis pasiones

sensuales y mis apetitos.

»Examinando todo esto, me veo arrogante, espurio, incrédulo, sin

amor a Dios y con odio hacia mis semejantes. ¿Qué condición podría ser

más culpable? La de los espíritus de las tinieblas es mejor que la mía.

Ellos, aunque no aman a Dios, odian a los hombres y viven de orgullo, por

lo menos creen y tiemblan. Pero en cuanto a mí, ¿puede haber una condena

más terrible que la que me espera? ¿Y qué sentencia de castigo será más

severa que la que recaerá sobre la vida de indiferencia y de desatino que

reconozco en mí?».

Leyendo por entero este modelo de confesión que el sacerdote me

había dado, quedé horrorizado y pensé para mí: «¡Dios mío! Qué pecados

tan espantosos se esconden dentro de mí, y yo sin haber reparado nunca en

ellos!». El deseo de verme limpio de ellos me hizo rogar a este gran padre

espiritual que me enseñase cómo conocer las causas de todos estos males y

cómo curarlos. Y él se puso a instruirme.

—Mira, querido hermano. La causa de no amar a Dios es falta de fe;

la falta de fe viene motivada por la carencia de convicción; y la causa de

ésta es el descuido en la búsqueda del saber santo y verdadero, la

indiferencia hacia la luz del espíritu. En una palabra: Si no tienes fe, no

puedes amar; si no tienes convicción, no puedes tener fe; y para alcanzar

la convicción debes obtener un conocimiento pleno y exacto de la cuestión

que tienes delante. Por la meditación, por el estudio de la Palabra de Dios

y por la observación de tu experiencia, debes despertar en tu alma un ansia

y un anhelo (o, como algunos lo llaman, una «admiración») que te

proporcione un deseo insaciable de conocer las cosas más de cerca y más

plenamente, y de penetrar más en su naturaleza.

Un autor espiritual habla de ello de este modo: «El amor, dice, crece

por lo general con el conocimiento, y cuanto mayor es la hondura y la

extensión del conocimiento tanto más amor habrá, más fácilmente se

ablandará el corazón y se abrirá al amor de Dios, a medida que contemple

con diligencia toda la plenitud y belleza de la naturaleza divina y su

ilimitado amor por los hombres».


EL PECADO (M.A. Costa de Beauregard)

 

L’Orthodoxie .

Hier.Demain

M.A. Costa de Beauregard

Père Ion Bria Théologue de Foucauld

Ëditions Buchet/Chastel.Paris 1979 pp 161-162

 

EL PECADO

 

Pero el hombre, dotado también de plena libertad de elección —sin la

cual no sería más que un esclavo, como dice san Ireneo—, prefiere el

amor propio al amor a Dios. Perturbado primero por la falsa ciencia del

bien y del mal, y luego por el orgullo y la codicia, se hunde en la noche del

no ser. Los Padres ven el pecado menos desde una perspectiva moral de

transgresión de lo prohibido que desde una perspectiva que es la del

conocimiento (cf. 2 Pedro 2). Todo el mal proviene de la ignorancia

(agnoia). «El hombre era un niño. Aún no tenía pleno uso de sus

facultades. Por eso fue fácilmente engañado por el Seductor», dice san

Ireneo. Engañado por el Maligno, el hombre se aleja de Dios: deja

entonces de ser alimentado directamente por la gracia y se produce la

ruptura del equilibrio. El deseo que atraía al hombre hacia lo inteligible y

hacia Aquel que está por encima de lo inteligible —Dios— se vuelve ahora

hacia el mundo de los fenómenos. El estado de pecado es, en el fondo, la

reducción a la mera naturaleza; es la pérdida de la vida hipostática.

Este desvío del amor a Dios hacia el amor a la criatura y hacia el amor

propio tiene consecuencias infinitamente dolorosas. La carne está

condenada a la descomposición y, por el mismo hecho, a la

concupiscencia, que es la forma por excelencia que adoptan el instinto de

conservación y el temor a la muerte. El alma, privada de su alimento

natural, se ve sacudida en lo más profundo de su ser. La voluntad no está

totalmente corrompida, pero sí distorsionada. Y, sobre todo, el espíritu se

ve ahora invadido por las pasiones del alma. Todo el macrocosmos, cuyo

jefe está herido, se ve sumido en un proceso de desintegración.

La obra de la salvación traída por la Muerte y la Resurrección de Cristo

consistirá no solo en restaurar la imagen divina, sino también en llevar a

buen término la obra interrumpida a la que el hombre está llamado.

Dios se encarna, devuelve la vida eterna al hombre mediante su muerte y

su resurrección, le comunica en Pentecostés la fuerza deificadora por medio

del Espíritu santificador y lo eleva tras de sí, en su Ascensión, hasta la diestra

 del Padre


AMOR. (Jean Marc Vivenza)

 

AMOR.


Le Dictionnaire de René Guénon

Jean Marc Vivenza

Le Mercure Dauphinois, Grenoble 2002


Sin dejar de insistir en el carácter central y único la Inteligencia* dentro

de la búsqueda iniciática (la relación con la inteligencia reviste

evidentemente una importancia capital), Guénon estudia sin embargo con

gran detalle el papel del corazón* como "centro vital" y sede del "calor

animador"; vida y afectividad son dos cosas muy próximas, de hecho

totalmente relacionadas. ¿Acaso no hablamos", escribe Guénon, "del calor

de los sentimientos? También utiliza una imagen interesante, que

demuestra su agudo sentido de la observación, cuando observa que una

llama es tanto más caliente cuanta menos luz tiene, del mismo modo que

el sentimiento es en realidad, la mayoría de las veces, sólo calor sin luz.

Por eso el Amor auténtico, para ser profundo, debe ser totalmente distinto

del sentimiento, si es que se le quiere calificar de alguna manera. Del

mismo modo que ciertos términos tomados de la afectividad se transponen

análogamente al plano espiritual (en particular entre los místicos), también

parece que, en las doctrinas tradicionales, e incluso en el ámbito de la

iniciación o de ciertas ramas del esoterismo islámico y de la caballería

medieval*, el uso del Amor puede desempeñar, o ha desempeñado, un

cierto papel. Como nos recuerda Guénon, es en Dante donde encontramos

pruebas de la existencia Orden de Caballería iniciática de los "Fieles de

Amor". Para Guénon, este vínculo con las Órdenes de Caballería es sin

duda un signo de que el Amor es algo más que un medio para alcanzar un

fin, particularmente apropiado para los Kshatriyas*, siendo el camino*

inteligencia o el conocimiento naturalmente el de los Brahmanes*.

 

(Symboles de la science sacrée, cap. LXIX, "Le Coeur rayonnant et le

Coeur enflammé". Aperçus sur l'ésotérisme chrétien, cap. IV, "Le langage

secret de Dante et des Fidèles d'Amour").

viernes, 3 de julio de 2026

LA IGLESIA PAGANA (Paul Evdokimov)

 

LA IGLESIA PAGANA

 

La femme et le salut du monde

Paul Evdokimov

Desclée de Brouwer 1978 pp 76-77

 

5. La antropología litúrgica o doxológica

 

La concepción ortodoxa no conoce rupturas; hay pluralidad de planos y eones, pero siempre con una misteriosa continuidad y una estrecha correspondencia. Ve incluso en la historia un fenómeno religioso, pues el paganismo se llama litúrgicamente «Iglesia infructuosa, estéril», pero Iglesia, al fin y al cabo. La imagen muy familiar para los Padres, en cuanto hablan de la caída, es la integridad «rota en mil pedazos por el pecado 30 ». Pero, en su infinita paciencia, Dios dedica su tiempo a volver a empezar, «pegando» los fragmentos dispersos para reconstituir la unidad inicial. Esto proporciona a los Padres una idea rica en implicaciones para la historia de las religiones y la misionología. Hablan de las «visitas» del Verbo antes de la Encarnación, en los mundos religiosos ajenos a la revelación cristiana; el Verbo se manifiesta así de una manera más kenótica, más oculta, en la iglesia invisible, la iglesia pagana.

 La continuidad de los planos acerca los mundos angélico y humano, y esta proximidad tan íntima de las fuerzas celestiales inspira el paso del esbozo a lo consumado, del vacío a la plenitud carismática: gratia plena, y condiciona la antropología hagiophánica en sus aspectos litúrgico y doxológico.

La «pequeña» y la «gran entrada» en la liturgia ortodoxa van acompañadas de la entrada de la jerarquía de los ángeles. El hombre se une a su canto, en primer lugar, en el Trisagio: «Dios Santo, Santo Fuerte, Santo Inmortal»: el Padre, fuente de santidad, el Santo; el Hijo, el Fuerte, aquel que triunfa sobre la muerte; el Espíritu Santo, el vivificador, soplo de vida. Y el segundo canto, el Sanctus, resume el tema de la Anáfora, la adoración eucarística trinitaria; el ministerio humano y el ministerio de los ángeles se unen de nuevo en el mismo impulso de adoración: Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos. El cielo y la tierra están llenos de su gloria (cf. Is. 6, 3). «Sed santos, sed perfectos» se refieren a la misma plenitud, al contenido positivo del siglo futuro que ya ha comenzado aquí en la tierra. Un santo no es un superhombre, sino aquel que encuentra y vive su verdad de hombre como ser litúrgico. La definición antropológica encuentra su expresión más exacta y plena en la adoración litúrgica: el ser humano es el hombre del Trisagio y del Sanctus: «Cantaré a mi Dios mientras viva» (Sal 103, 33). Es por esta «acción» por lo que el hombre es «apartado» (hecho santo). Cantar a su Dios es su única preocupación, es su única «tarea».

30. San Máximo: Quaest. ad Thalass., P. G. 90, 25 B. En san Agustín, es la imagen de Adán; al caer y romperse, llenó de sus fragmentos todo el universo. Dios recoge los fragmentos, los funde en el fuego de su caridad y reconstituye la unidad quebrantada. In psalm. 95, n. 15.

LOS SACRAMENTOS (Paul Evdokimov)

 

LOS SACRAMENTOS

 

L’ORTHODOXIE

Paul Evdokimov

Descleé de Brouwer 1979 pp262-265

 

CAPÍTULO IV

Los sacramentos

INTRODUCCIÓN

«Los sacramentos: he aquí el camino que nuestro Señor nos ha trazado, la

puerta que ha abierto… es volviendo a pasar por este camino y esta puerta

como regresa hacia los hombres» 137. Cristo regresa en la economía

sacramental del Espíritu Santo, que perpetúa su visibilidad histórica.

 

137 NICOLÁS CABASILAS, La vida en Cristo, p. 28.

 

Pero, además, los sacramentos de la Iglesia ocupan el lugar de los milagros de

la época de la Encarnación 138. Más clásica es la definición de la Confesión

ortodoxa: «El sacramento es una acción santa en la que, bajo el signo visible,

se comunica al creyente la gracia invisible de Dios» 139.

La unión de lo visible y lo invisible es inherente a la propia naturaleza de la

Iglesia. Como Pentecostés perpetuado, la Iglesia derrama la sobreabundancia

de la gracia a través de todas las formas de su vida. Pero la institución de los

sacramentos (su aspecto «lícito», la corrección canónica; su aspecto «válido»; y

su aspecto «eficaz» de gracia santificante) establece un orden que pone límites

a todo «pentecostalismo» sectario y desordenado y, al mismo tiempo, ofrece un

fundamento inquebrantable, objetivo y universal para la vida de gracia. El

Espíritu sopla donde quiere, pero en los sacramentos, en presencia de las

condiciones exigidas por la Iglesia y en virtud de la promesa del Señor, los

dones del Espíritu Santo se confieren con seguridad y la Iglesia lo atestigua.

La teología escolástica se vio influida por la tradición latina al afirmar que los

sacramentos son siete: el bautismo, la unción crismal, la eucaristía, la

penitencia, la extremaunción, la ordenación sacerdotal y el matrimonio. Esta

doctrina, que se formó en Occidente hacia el siglo XII, fue confirmada en el

Concilio de Trento y se extendió a Oriente. Pero ya en el siglo XIII se menciona

la serie de siete sacramentos en la Confesión de Miguel Paleólogo y se cita en

el Concilio unionista de Lyon (1274). La polémica con los teólogos protestantes

en la época del patriarca de Constantinopla Jeremías II († 1595) condujo a la

misma afirmación del número siete (Cirilo Lucaris, de tendencia calvinista, solo

aceptaba dos). La encíclica de los patriarcas orientales140 da este mismo

número, siete, y precisa «ni más, ni menos»; la tendencia polémica de la carta

lo explica. Pero aún en el siglo XV, Joasaph, metropolitano de Éfeso, cita los diez

sacramentos, san Dionisio habla de seis y san Juan Damasceno solo menciona

dos. Algunos textos mencionan la ordenación monástica, el oficio de difuntos y

la gran bendición de las aguas. A menudo, entre los Padres, «el bautismo»

significaba el conjunto de los tres grandes sacramentos.

En un sentido amplio, todo en la vida cristiana es eclesial y, por tanto, de

naturaleza sacramental, pues «derramaré de mi Espíritu sobre toda carne»

(Hch 2, 17); todo es carisma, ministerio, don al servicio de la Iglesia. Sin

embargo, la santidad personal, los actos de fe, de martirio o de caridad, la

santificación de toda forma de existencia y de ser se sitúan en la Iglesia, pero

constituyen un ámbito inefable, inorganizable, inobjetivable y, por ello, no exigen

ni llevan ningún sello objetivo del consenso del Cuerpo. A lo sumo, se puede

decir que aquí «el Espíritu se manifiesta en cada uno para el bien de todos» (1

Cor. 12, 17).

138 Véase O. CULLMANN, Les Sacrements dans l'Église Johannique, París

1951, pp. 35-48.

139 Primera parte, 99.

140 Parágrafo 15

También existe un gran número de sacramentales (sacramentalia): la

consagración del templo, de las cruces y de los iconos, del agua, de los frutos

de la tierra, los funerales y los votos monásticos, la bendición litúrgica y

sacerdotal, la señal de la cruz, la oración. Todos estos ritos confieren asimismo

la gracia del Espíritu Santo.

El padre Nicolás Afanassieff 141 aporta una precisión esclarecedora. Todo

sacramento incluye una acción de santificación, pero no toda acción de

santificación es un sacramento. Este último implica la voluntad de Dios de que

dicho acto tenga lugar, el acto en sí mismo y, en tercer lugar, el testimonio de la

Iglesia de su recepción, que confirma el don conferido y recibido. Así, en la

práctica antigua,el «axios» del pueblo acompañaba todo acto sacramental, y

todos los sacramentos conducían a la Eucaristía, que culmina el testimonio de

la Iglesia sobre la realidad pneumatófora de todo sacramento. Tal consenso es

un hecho interno de la Iglesia. Un sacramento es siempre un acontecimiento en

la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia; excluye toda individualización que aísle

el acto y a quien lo recibe. Todo sacramento repercute en el Cuerpo de todos

los fieles. Todo bautizado y confirmado es un nacimiento en la Iglesia, que se

enriquece con un miembro; todo perdón, toda absolución «devuelve» al

penitente a la Iglesia 142, a la «comunión de los santos»; en toda eucaristía:

«todos los que participamos de este único pan y de este único cáliz, que

estemos unidos unos a otros en la comunión de un mismo Espíritu» (liturgia de

san Basilio); «tras lo cual mencionamos el cielo, la tierra y el mar, el sol y la

luna, los astros y toda criatura racional e irracional, visible e invisible, y a los

ángeles y arcángeles» 143. La ordenación de un obispo garantiza la Eucaristía,

manifestación de la Iglesia. El marido y la mujer acceden ante todo a la sináxis

eucarística en su nueva existencia conyugal. Así, todo sacramento trasciende lo

particular hacia su resonancia católica, y los dones se manifiestan para todos.

Pentecostés continuado, función reveladora continuada del Espíritu Santo,

la Iglesia revela sin cesar su identidad con Cristo, que es Verdad, Vida y

Camino, lo que erige a la propia Iglesia en sacramento de la Verdad y de la

Vida. El carisma de la Verdad condiciona la acción de los concilios. Sus

definiciones dogmáticas se acercan a la naturaleza del sacramento. Su

fórmula: «Ha parecido bien al Espíritu y a nosotros» se realiza en dos etapas:

primero es «Ha parecido bien a nosotros» y después es la recepción por parte

del Cuerpo, el consenso proclamado, cuando se trata de un concilio reconocido

como ecuménico: «Ha parecido bien al Espíritu». El concilio es ecuménico

porque el Espíritu de la Verdad ha hablado144.

141 «Sacramenta et Sacramentalia», en La Pensée Orthodoxe, n.º 8 (en ruso).

142 CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, P. G. 9, 649.

143 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, P. G. 33, 1119.

144 PARA SAN GREGORIO DE NAZIANZO, el Padre es el Verdadero, el Hijo

es la Verdad, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad — Πνεῦμα τῆς (P.G. 35, 1164 A9

 

«Nuestra doctrina está en consonancia con la Eucaristía»145. Todo sacramento

se remonta a la institución eucarística y se incluye en ella. No tiene importancia

buscar para cada sacramento una palabra explícitamente institucional del

Señor. Ciertamente, siempre se requiere una referencia bíblica, pero todo

sacramento se remonta al poder del Sacramento de los sacramentos, que es la

Iglesia-Eucaristía. No es el aspecto formal ni jurídico lo que opera en los

sacramentos. Si, por razones válidas, en la celebración de un sacramento

faltan las condiciones canónicas, «la gracia suplanta la debilidad humana», y la

integración en la Eucaristía puede dar testimonio de la venida del Espíritu y del

don recibido. Por eso, en la práctica antigua, todo sacramento formaba parte

orgánica de la liturgia eucarística y culminaba en la Cena del Señor.

Todo sacramento va precedido de su episcele y forma parte de la

economía del Espíritu Santo: «Así como el pan eucarístico se convierte, por

invocación (episcele), en el Cuerpo de Cristo, así también el crisma, por

invocación (episcele), se ha convertido en el carisma de Cristo, generador del

Espíritu Santo, por la presencia de su divinidad» 146.

El sacramento, μυστήριον, es algo secreto, oculto. «Los misterios de Cristo

están ocultos a los profanos, incluso a los profetas, pues Cristo solo los reveló

en parábolas»147. Es también un misterio porque, si bien es Dios quien obra, lo

hace a través del acto del sacerdote. «Cuando el sacerdote bautiza, no es él

quien bautiza, sino Dios, cuya presencia invisible sostiene la cabeza del

bautizado»148. «Dios actúa por medio de los sacerdotes, incluso de los

indignos, para salvar al pueblo», afirma san Juan Crisóstomo149. Se

comprende bien que siempre se busca la rectitud moral del ministro, pero no es

un requisito absoluto; del mismo modo, la fe de quien recibe no influye en

absoluto en la validez objetiva del sacramento, pero este último actúa siempre,

ya sea para la salvación o para la condenación, en función de la fe. Los

sacramentos no son solo signos que confirman las promesas divinas ni medios

para avivar la fe y la confianza; no solo dan la gracia, sino que la encierran, y

son vehículos o viáticos de la inmortalidad, a la vez instrumentos de la

salvación y la salvación misma.

 

145 SAN IRENEO, Adv. haeres. IV, 18, 5.

146 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, P. G. 33, 1089.

147 CLEMENTE DE ALEXANDRIA, Strom. I, V.

148 P. G. 57, 507.

149 P. G. 62, 609.

NÚMERO DE SACRAMENTOS (Juan Meyendorff)

 

NÚMERO DE SACRAMENTOS

Teología Bizantina

Juan Meyendorff

Ediciones Cristiandad. Madrid 2002, pp 353-355

 

TEOLOGÍA SACRAMENTAL: EL CICLO DE LA VIDA

 

 
En su obra La vida en Cristo -un comentario al bautismo, a  la confirmación y a la eucaristía- Nicolas Cabasilas escribe: «En este mundo presente, los santos son capaces no solo de estar preparados para la vida [eterna en Cristo], sino también para vivir y actuar incluso ahora según [los principios] de esa vida» 1 El Reino de Dios, una anticipación del cumplimiento escatológico, ya es accesible en el Cuerpo de Cristo. Para los bizantinos, la posibilidad de «ser en Cristo», de «participar» en la vida divina -el estado «natural» de la humanidad- se manifiesta esencialmente en los sacramentos o  misterios de la Iglesia. Esos sacramentos se interpretan no tanto como actos aislados, a través de los cuales se concede a los individuos una gracia «particular» por los ministros legítimos que actúan con recta intención, cuanto coma aspectos de un único misterio de la Iglesia, en el que Dios comparte la vida divina con la humanidad, redirmiendo al hombre del pecado y de la muerte y derramando sabre el la gloria de la inmortalidad.

1 Cabasilas, De vita in Christo l, 3; PG 150, 496D.

 

1.  EL NOMERO DE LOS SACRAMENTOS

 

La teología bizantina ignora la distinción occidental entre

«sacramentos» y «sacramentales», y nunca se comprometió

formalmente con una estricta limitación del número de los sacramentos. En el periodo patrístico no había un término técnico para referirse a los «sacramentos» como categoría específica de la acción eclesial; se utilizaba primariamente el termino mysterion, en sentido genérico de «misterio de salvación» 2 y solo de manera subsidiaria, para referirse a las acciones particulares que conferían la salvación. El termino se empleaba en este segundo sentido, en concurrencia con otros como «ritos», o «santificaciones» 3. En el siglo IX, Teodoro Estudita presento un Catálogo de seis sacramentos: «iluminación» (bautismo), «sinaxis» ( eucaristía), unción sagrada (confirmación), ordenación, tonsura monástica, y servicio de difuntos 4. La doctrina de los «siete sacramentos» aparece por primera vez, de modo especffico, en la Profesion de Fe exigida al emperador Miguel Paleologo por el papa Clemente IV en 1267 5. Naturalmente, el texto de esa Profesión habia sido preparado por teólogos latinos.

El origen obviamente occidental de ese estricto número de sacramentos no fue obstáculo para que fuera ampliamente aceptado entre los cristianos orientales a partir del siglo XIII, incluso entre los más acérrimos opositores a la unión con Roma. Al parecer, esa aceptación fue resultado no tanto de la influencia de la teología latina, cuanto de la fascinación típicamente medieval y bizantina por los números simbólicos; el número siete, en particular, evocaba una asociación con los siete dones del Espiritu segun Is 11,2-4. Pero entre los autores bizantinos que aceptaban los siete sacramentos se

 

2 Vease, por ejemplo,Juan Crisóstomo, Homn. 7,1 in I Cor.; PG 61,55.

3 Juan Crisóstomo, Catechèses baptisrnales (ed. A. Wenger, SC 50, Paris 1957, II, 17) 143.

4 Ep. II, 165; PG 99, 1524B.

5 G. M.Jugie, Theologia dogmatica Christianornrn orientaliurn III (Paris 1930) 16.

pueden encontrar diferentes listas en abierta competencia. El monje Job (siglo XIII), autor de una disertación sobre los sacramentos, incluye en la lista la tonsura monástica, igual que Teodoro Estudita, pero combina en un solo sacramento la penitencia y la unción de enfermos 6. Simeon deTesalónica (siglo XV) también admite el carácter sacramental de la tonsura monástica, pero la clasifica en unión con la penitencia 7y considera la unción como sacramento aparte. Porsu parte, Joasaf, metropolita de Éfeso y contemporáneo ce Simeon, declara: «Creo que los sacramentos de la Iglesia no son siete, sino más», y da una lista de diez, en los que se incluyen la consagración de una iglesia, el servicio dedifutos y la tonsura monastica 8 .

Es evidente que la Iglesia bizantina jamás se comprometió formalmente con una lista concreta. Numerosos autores aceptan la serie habitual de siete sacramentos -bautismo, confirmación, eucaristía, orden sagrado, matrimonio, penitencia y unción de enfermos-, mientras que otros ofrecen una lista más abultada, e incluso algunos subrayan la importancia especial y exclusiva del bautismo y de la eucaristía, elementos básicos de la iniciación cristiana en una «vida nueva».

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Por ejemplo, Gregorio Palamas proclama que «en estos dos [ sacramentos] radica la totalidad de nuestra salvación, pues la entera economía del Dios-hombre se recapitula en ellos». Y Nicolas Cabasilas escribe su famosa obra La vida en Cristo como comentario al bautismo, confirmación y eucaristía.

 

6 Citado por G. M,Jugie, ibid.,17-18.

7 Desacrarnentis, 52; PG 155, 197A.

8 Responsa canonica (ed. A. I. Almazov; Odessa 1903) 38.

           9  Horn. 60 (ed. S. Oikonomos; Athenae 1860) 250.