WOLFGANG SMITH
La sabiduría de la cosmología antigua
La ciencia contemporánea a la luz de las cosmologías tradicionales
CAPÍTULO II
DEL GATO DE SCHRÖDINGER A LA ONTOLOGÍA TOMISTA
Mientras la visión cientificista del mundo
sigue extendiendo su dominio sobre la sociedad, un hecho inesperado ha pasado hasta ahora desapercibido: sabemos que la visión que sigue desempeñando el papel
de dogma científico oficial ya no se ajusta a los hechos científicos.El siglo
XX ha sido testigo de descubrimientos sin precedentes que han hecho retroceder
los límites de la ciencia y que ya no parecen encajar con la Weltanschauung habitual, con el
resultado de que sus conclusiones tienen apariencia de paradojas. Parece que,
en su nivel más fundamental, la física ha
renegado de la visión dominante del mundo. 23Como
observó un teórico de la cuántica, los físicos han "perdido el control de
la realidad". Pero son sobre todo los físicos quienes son conscientes de
este hecho, y quienes lo han llamado, no sin razón, "uno de los secretos
mejor guardados de la ciencia". 24Implica
que la física se ha reducido
efectivamente a una disciplina positivista o, en palabras de Whitehead,
"una especie de canto místico cuyo tema es un universo ininteligible"
. Richard Feynman afirmó en una ocasión: "Creo que se puede decir con
seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica". La falta de
comprensión a la que se refiere Feynman es ciertamente filosófica; se comprenden las matemáticas de la mecánica cuántica,
pero no su ontología. En general, los físicos han reaccionado ante este
callejón sin salida de tres maneras principales. La mayoría, quizás, encontró
su consuelo en una perspectiva fundamentalmente pragmática, mientras que
algunos persisten, hasta el día de hoy, en intentar reconciliar los resultados
positivos de la mecánica cuántica con la imagen pre-cuántica del mundo. La
tercera categoría, que incluye a algunos de los más grandes nombres de la física,
está convencida de que la ontología precuántica ha quedado obsoleta, y ha
buscado nuevos postulados filosóficos con la esperanza de llegar a una concepción válida de la realidad física; en la actualidad
parece haber alrededor de una docena de estas visiones del mundo compitiendo
por la aceptación de la comunidad científica.
No tengo intención de añadir otra filosofía ad hoc
para resolver la paradoja cuántica. 25Mi
intención es hacer lo contrario: mostrar que no hay absolutamente ninguna
necesidad de un nuevo Ansatz
filosófico , que el problema puede resolverse
con toda naturalidad sobre una base filosófica estrictamente tradicional. En particular, me propongo mostrar que los hechos
cuánticos, despojados de su incrustación cientificista, pueden integrarse
fácilmente en una ontología muy antigua y venerable: el tomismo, que, como
sabemos, se remonta a Aristóteles.
Rechazado por
Galileo y Descartes, y posteriormente marginado, esta especulación medieval, con fama de pasada de moda, se muestra ahora
capaz de proporcionar las claves filosóficas que los físicos
buscan ciegamente desde el
advenimiento de la teoría cuántica.
Formulada por primera vez en 1925, la
mecánica cuántica sacudió los cimientos de la ciencia. Es como si la física
hubiera llegado por fin a sus verdaderos fundamentos; había descubierto lo que
ahora llamaré el universo físico, un mundo que parece desafiar algunas de
nuestras concepciones más fundamentales. Un mundo (si se le puede llamar así)
que no se puede percibir ni imaginar, sino sólo describir en términos
matemáticos abstractos. La representación más útil y ampliamente aceptada es la
formalizada en 1932 por el matemático húngaro John von Neumann. Este modelo
representa el estado de un sistema físico como un vector en un espacio complejo
de Hilbert. Esto significa que un estado puede multiplicarse por un número
complejo, que dos estados pueden sumarse
y que las combinaciones lineales de estados distintos de cero seguirán siendo
estados del sistema físico. Este hecho fundamental, conocido como principio de superposición, es
el que da lugar a la extrañeza cuántica.
Consideremos, por ejemplo, un sistema físico constituido
por una sola partícula, y luego dos estados en los que esta partícula se
encuentra en dos dominios disjuntos A
y B, tan alejados entre sí como queramos. Una combinación lineal de estos dos
estados con coeficientes distintos de cero determinará entonces un tercer
estado, en el que esta partícula no estará aparentemente situada, ni en A ni en
B, sino de alguna manera en ambos
espacios. Ahora podemos decir: los vectores de
estado describen realmente, no el sistema
físico como tal, sino nuestro
conocimiento de ese sistema. El tercer vector de estado
significa simplemente que, por lo que sabemos, esta partícula puede estar en A
o en B, con una cierta probabilidad ligada a cada uno de los dos sucesos posibles. Sin embargo, subsiste una gran
dificultad, porque el estado del
sistema físico correspondiente al tercer vector de estado puede, en efecto,
producirse experimentalmente, y cuando lo producimos, obtenemos efectos de
interferencia que no podrían existir si la partícula estuviera situada en A o
en B. De alguna manera inimaginable, la partícula parece estar realmente en A y
en B al mismo tiempo.
Entonces, ¿qué ocurre si medimos u observamos la posición de la partícula
en el tercer estado? Resulta
que el propio acto de medición provoca
instantáneamente un nuevo
estado del sistema. Evidentemente, la partícula detectada está en A o en B; en
otras palabras, sólo las partículas no observadas pueden estar en dos espacios.
Todo esto es, por supuesto, muy extraño; pero subrayemos que, desde un punto de vista matemático, todo está bien, y la
teoría funciona realmente a la perfección.
Como ya he dicho,
el problema para los físicos
no son las matemáticas, sino la
ontología.
Hasta ahora, puede que hayamos dado la
impresión de que los estados de superposición son raros y algo excepcionales.
Sin embargo, lo que es realmente excepcional
son los estados en los que un observable dado tiene realmente un valor
preciso conocido como su "estado propio";
e incluso en este caso, el sistema permanece necesariamente en una situación de
superposición con respecto a otros observables. Así pues, el sistema cuántico
se encuentra siempre
en una situación de
superposición; o más exactamente, se encuentra simultáneamente en diferentes
situaciones de superposición, según el observable que tengamos a la vista. A
nivel cuántico, la superposición no es la excepción, sino el hecho
fundamental.
Llegados a este punto, podría
decirse que no hay motivo
para estar especialmente perplejos; al fin y al
cabo, la superposición se aplica a microsistemas demasiado diminutos para ser
observables sin ayuda de instrumentos. ¿Por qué preocuparse si ocurren "cosas misteriosas" a nivel de partículas fundamentales y átomos?
¿Por qué esperar poder
describir cosas o acontecimientos que son imperceptibles por naturaleza? Me
parece que la mayoría de los físicos estarían encantados de adoptar esta
postura, si no se vieran frenados por el hecho de que la superposición tiende a
extenderse al ámbito macroscópico. Es este hecho de la mecánica cuántica el que
estableció el famoso experimento de Schrödinger, en el que la desintegración de
un núcleo radiactivo provoca la muerte de un gato. Según la teoría cuántica, el
núcleo no observado se encuentra en una situación de superposición, es decir,
su vector de estado es una combinación lineal de los vectores de estado
correspondientes a los estados desintegrado y no desintegrado. Gracias al
dispositivo experimental, esta superposición se transmite al gato, que en
consecuencia se encuentra en una situación de superposición correspondiente. En
otras palabras, el gato está vivo y muerto a la vez. Y permanece en esta
extraña situación hasta que un acto de observación elimina su vector
de estado, como decimos, y lo reduce
a uno u otro de los dos estados ordinarios.
Obviamente,
este misterio no tiene nada que ver con los gatos, sino con el papel
de la medición en la economía de la mecánica cuántica. La medición es un
procedimiento en el que interactúan un sistema físico dado y un instrumento, y
el estado resultante indica el valor de un observable dado asociado al sistema.
Por ejemplo, hacemos colisionar una partícula con un detector (quizás una placa
fotográfica) que registra la posición de la partícula en el momento del
impacto.
Antes de esta interacción, la partícula se encuentra
generalmente en un estado de superposición que da lugar a múltiples posiciones;
debe considerarse dispersa en una zona espacial. Además, su evolución o
movimiento se rige por la ecuación de Schrôdinger, que es lineal y, por tanto,
preserva la superposición, y también es estrictamente determinista: un único
estado inicial determina los estados futuros. En el momento del impacto, sin embargo, la evolución determinista de Schrödinger es
sustituida por otra ley de la mecánica cuántica, una proyección, que elige una
de las posiciones representadas en el estado de superposición dado
-¡aparentemente sin ninguna buena razón! - y asigna instantáneamente la
posición elegida a la partícula. Este sencillo
escenario ilustra lo que suele ocurrir en el acto de medición: un sistema físico interactúa
con un instrumento o aparato de medición, y esta interacción hace que una
proyección aparentemente aleatoria suplante a la evolución de Schrödinger del
sistema, como si la trayectoria de una partícula se modificara de repente sin
ninguna causa asignable. ¿A qué se debe esto? En la medida en que el
instrumento es en sí mismo un sistema físico, cabría esperar que el sistema
combinado obtenido al incluir el instrumento evolucionara según la ecuación de
Schrödinger correspondiente; ¡pero no es eso lo que ocurre! ¿Qué distingue
entonces
el tipo de interacción que llamamos medición
de otras interacciones entre sistemas
físicos, en las que la evolución de Schrödinger no es suplantada?
La teoría cuántica contiene muchos enigmas de
este tipo; el escándalo de la superposición adopta muchas formas. Me gustaría
mencionar uno más de estos enigmas, que me parece especialmente importante.
Podría considerarse una versión simplificada de la paradoja del gato. En
palabras de Roger Penrose, el problema es el siguiente: "Las reglas son
que dos estados cualesquiera,
independientemente de la diferencia entre ellos, pueden coexistir en cualquier
superposición lineal compleja.
De hecho, cualquier
objeto físico, formado
a su vez por partículas individuales, debería poder existir en tales
superposiciones de estados que están espacialmente muy alejados, ¡y por tanto
estar en "dos lugares a la vez"! ¿Por qué entonces no vemos cuerpos
macroscópicos, como pelotas de cricket, o incluso personas, en dos lugares
completamente distintos al mismo tiempo? Se trata de una pregunta profunda, y
la teoría cuántica no nos ha proporcionado una respuesta satisfactoria hasta la
fecha.26
Como sabemos, estas cuestiones se han
debatido durante mucho tiempo, y se han
propuesto diversas interpretaciones del formalismo matemático en un esfuerzo
por discernir un significado filosófico en la teoría. 27Sin embargo, como señala Penrose: "Estos enigmas, de una forma u otra, persisten en cualquier interpretación de la mecánica cuántica, en el estado actual de
la teoría" . Tras más de medio siglo de debate, parece que aún no se
vislumbra una resolución clara del problema. Sin embargo, algo se ha pasado por
alto, un punto decisivo que ahora hay que examinar.
Como hemos visto,
Descartes sentó las bases filosóficas de la física
moderna en el siglo XVII.
Concebía el mundo externo u objetivo como constituido por res extensae, cosas
extensas que carecen de cualidades sensibles y que pueden describirse
completamente en términos puramente cuantitativos o matemáticos.
Junto a las res
extensae, postula las res cogitantes
o entidades pensantes, y es a ellas a
las que confía las cualidades sensibles, así como todo lo que en el universo
podría resistirse a una definición
matemática. Esta división cartesiana de la realidad
en res extensae y res cogitantes suele verse como una simple
afirmación de la dicotomía mente-cuerpo, olvidando que es mucho más que eso;
pues Descartes no sólo hizo una distinción estricta entre mente y cuerpo, sino
que impuso una concepción excesivamente extraña y verdaderamente problemática
de la naturaleza corporal, una concepción que hace que el mundo
externo sea invisible, imposible de
percibir. En su opinión, la manzana roja que percibimos existe -no en el mundo
externo, como siempre había creído la humanidad- sino en la mente, en la res
cogitans; en resumen, es una fantasía
mental que hemos confundido ingenuamente con una entidad externa. Descartes
admite, obviamente, que en la percepción sensorial normal la causalidad vincula
el fantasma a un objeto externo, una res
extensa; lo cierto es que no es la res extensa
sino el fantasma lo que se percibe realmente. Lo que antes concebíamos como un
objeto único -que en la vida cotidiana se considera invariablemente como tal- se
ha dividido ahora en dos
28Como dice Whitehead: "Habría así dos naturalezas, una sería la conjetura y la otra el
sueño" . Pero esta división del objeto en "conjetura" y
"sueño
"Esto es lo que
Whitehead llama una "bifurcación".
hecho filosófico decisivo que subyace y determina nuestra
interpretación de la física. A partir de sus Conferencias Tarner en la
Universidad de Cambridge en 1919, Whitehead llamó repetidamente la atención
sobre este hecho y lo comentó. "El resultado", declaró, "es una
completa confusión en el pensamiento científico, la cosmología filosófica y la
epistemología. 29Pero cualquier doctrina que no
presuponga implícitamente este punto de vista es atacada como ininteligible" . Hoy,
después de setenta años de debate cuántico, la situación sigue siendo
fundamentalmente la misma. Casi todos los demás artículos filosóficos de fe han
sido, al parecer, "puestos sobre el tapete" y sometidos a un riguroso
escrutinio, mientras que la bifurcación sigue siendo una presuposición
implícita de los físicos, como si se tratara de un sacrosanto dogma divinamente revelado.
Y así continúa "el
completo desorden en el pensamiento científico", y las exigencias de la
teoría cuántica no han hecho más que exacerbarlo.
Hasta aquí las malas noticias; la buena es
que existe un remedio para esta situación. 30En una
monografía reciente he demostrado que la física puede interpretarse realmente
sobre una base no bifurcacionista, y el resultado es que la paradoja cuántica
desaparece por sí sola . La hipótesis de los "muchos mundos" y otras
estipulaciones ad hoc son por tanto inútiles; para
resolver la apariencia de paradoja, basta con abandonar un postulado filosófico
heredado de Galileo y Descartes y considerado como cierto. La paradoja cuántica
se convierte entonces
en la forma que tiene la Naturaleza de repudiar una filosofía falaz.
Así pues, hay que volver a examinar la
mecánica cuántica, esta vez desde un punto de vista no bifurcacionista. Negar
la bifurcación es afirmar la realidad objetiva de la entidad percibida: la
manzana roja vuelve a ser reconocida como un objeto externo. Además, esta
entidad perceptible debe distinguirse de lo que podríamos llamar la
"manzana molecular", algo que claramente no puede percibirse, pero
que sólo puede conocerse mediante los métodos de la física. Esto nos lleva a distinguir entre dos tipos de objetos
externos: los objetos
corpóreos, que pueden percibirse, y los objetos físicos, que sólo pueden observarse
indirectamente a través del modus operandi del físico experimental. Es
evidente que estos dos ámbitos ontológicos están estrechamente ligados, pues de
lo contrario no podría haber ciencia de lo físico. La razón fundamental es la
siguiente: todo objeto corpóreo X está asociado a un objeto físico SX del que
deriva todos sus atributos cuantitativos.
Por ejemplo, una manzana roja deriva su peso de una manzana molecular. Pero lo
fundamental es que se trata de dos cosas distintas; X y SX pertenecen a niveles
ontológicos distintos, casi podríamos decir que a mundos distintos.
Es evidente que el bifurcacionista no
reconoce esta distinción, puesto que niega la existencia del objeto corpóreo
X; pero, al hacerlo, asimila
inconscientemente SX a X.
El credo de la bifurcación reduce así lo corpóreo a lo físico. Y es en
este reduccionismo donde radica el error fundamental -la ilusión, si se quiere-
de la Weltanschauung actualmente
dominante.
Lo más sorprendente es que, mientras que la
física clásica aparentemente tolera este error, la mecánica cuántica no. De
ello se deduce que la nueva física distingue entre X y SX; incluso insiste en
esta distinción, que es precisamente lo que avergüenza al físico. En su propia
estructura, es decir, en su distinción categórica entre el sistema físico
y sus observables, la mecánica
cuántica afirma a su manera
la distinción ontológica entre
los niveles físico y corpóreo. El sistema
pertenece, pues, al dominio
físico, mientras que el acto de medida conduce claramente al corporal, en el estado perceptible, precisamente, de un
instrumento corporal. Es cierto que el instrumento corpóreo I está asociado al
sistema físico SI; pero lo esencial, una vez más, es que ambas cosas no son en
absoluto idénticas. La particularidad de la medida es que realiza una
transición ontológica entre lo físico y lo corpóreo. Así pues, no es de
extrañar que la teoría cuántica tenga dos "leyes del movimiento
"Ahora está claro que la evolución de Schrödinger opera en el ámbito físico, mientras que la
proyección se refiere a una transición de
lo físico a lo corpóreo. La
metafísica diría que la primera describe un proceso horizontal y la segunda un
proceso vertical. 31Ahora podemos ver que la
discontinuidad provocada por la reducción del paquete de ondas refleja una
discontinuidad ontológica, razón por
la cual el fenómeno no puede explicarse desde un punto de vista reduccionista.
La reducción del paquete
de ondas es inexplicable desde
el punto de vista físico
porque resulta del acto de una entidad corporal.
Estas consideraciones sugieren fuertemente
que el principio de superposición debe corregirse para los sistemas
subcorpóreos, es decir, para el SX de un objeto corpóreo X; pues es perfectamente razonable suponer que el vector de estado de SX
sólo puede admitir superposiciones compatibles con las propiedades perceptibles de
X. Y ésta es sin duda la razón por la que los gatos no
pueden estar a la vez vivos y muertos, ni las bolas de cricket en dos lugares
distintos. Penrose tiene
toda la razón: si los gatos y las pelotas de
cricket estuvieran "constituidos
por partículas individuales", podrían existir realmente en estados que no
conocerían ninguna restricción de superposición; el problema es que no están así constituidos. Desde un
punto de vista no bifurcacionista, como hemos visto, los objetos corporales no
son meros agregados de partículas, sino algo más. Debemos, pues, buscar lo que
diferencia a X y SX; y para ello recurrimos a la ontología tomista.
Tenemos que partir de donde empezó el propio
Tomás: de las concepciones fundamentales de Aristóteles. En el análisis del
ser, el primer paso es distinguir entre sustancias
y atributos: entre cosas que existen
en sí mismas, o cosas primarias, y cosas que existen en otra cosa, o cosas
secundarias. Luego, en el análisis de la cosa primaria,
tenemos que reducir
la sustancia a sus componentes, o dividir el átomo de la sustancia.
"Aristóteles resolvió este problema con uno de los
grandes golpes maestros de la historia de la filosofía: la distinción entre . potencia
y acto. La definición habitual de
estos dos términos es simple y corriente: aquello que
es capaz de ser cierta cosa, pero no es esa cosa, es esa
cosa en potencia; mientras que lo que una cosa ya es, es en acto. Una semilla
es un árbol en potencia, y un árbol es un árbol en acto. Aristóteles sigue
definiendo la materia, o para ser exactos, la materia prima,
como aquello que es potencialmente una sustancia, un ser
sustancial. Por tanto, la materia prima como tal no tiene ser, pero sin embargo
tiene una capacidad o aptitud para ser. Ahora bien, lo que actualiza esta
capacidad es evidentemente un acto, y este acto se llama forma o, más exactamente, forma
sustancial. La sustancia se ha
dividido, pues, en sus dos componentes, materia y forma. La forma da a la
sustancia su contenido esencial, su quiddidad, o su "ello", lo que los alemanes llaman tan
expresivamente Sosein. Pero esta
forma no es en sí misma sustancia, no es lo que existe: la forma sin la materia
no existe.
Es en este punto del análisis
donde se hace evidente el genio de Santo Tomás de
Aquino.Y aquí tenemos un segundo
golpe maestro en la historia de la filosofía: Santo Tomás reconoció que la
forma sustancial está ella misma en potencia en relación con otra cosa: con un
acto, que no es una forma, sino el acto de ser. 32En sus propias
palabras: "El acto de ser es el elemento más íntimo de cada cosa, y el más
profundo, porque es como una forma en relación con todo lo demás de la
cosa" . Ahora bien, este elemento íntimo constituye el punto de contacto,
por así decirlo, entre la cosa creada y su Fuente
increada, Dios. Así pues, este acto de ser pertenece en primer lugar a Dios, que crea
y mantiene el universo; pero también pertenece a la sustancia creada en la
medida en que es su realidad más profunda. Puede verse como una irradiación
hacia el exterior, a través de la forma sustancial, hacia los accidentes a
través de los cuales el ser se nos comunica.
Todo ser está dotado de una cierta eficacia,
de un cierto poder de actuar fuera de sí mismo, que deriva igualmente de su
acto-de-ser, y por tanto de Dios mismo. Y, sin embargo, esta eficacia, este
poder, le pertenece expresamente. Como ha explicado magníficamente Etienne
Gilson: "El universo, tal como lo representa Santo Tomás, no es, pues, una
masa de cuerpos inertes, agitados pasivamente por una fuerza que los atraviesa,
sino un conjunto de seres activos, cada uno de los cuales goza de la eficacia
que Dios le ha delegado en el mismo momento en que existe. 33En el origen primario
de tal mundo hay que situar, pues, mucho menos una
fuerza que se ejerce que una bondad infinita que se comunica; el Amor es la
fuente profunda de toda causalidad" .
Quizá estemos empezando
a vislumbrar la ontología tomista.
No sólo el amor de Dios es la fuente insondable de toda
causalidad, sino que toda causa, como sabemos, imita este amor.
Gilson prosigue: "En
el fondo de toda forma
natural se oculta
un deseo de imitar,
actuando, la fecundidad creadora y la pura actualidad de Dios. Este deseo es
inconsciente de sí mismo en el reino de los cuerpos, donde nos hemos estancado
temporalmente, pero no obstante es ya un esfuerzo hacia Dios que florecerá en
la moral humana con inteligencia y voluntad. 34Así pues,
si hay una física del cuerpo, es porque hay ante todo una mística de la vida
divina; las leyes naturales de la comunicación de los movimientos imitan la
efusión creadora primitiva, y la eficacia
de las causas segundas no es más que el análogo de su fecundidad" .
El Maestro Eckhart expresó la misma visión de
la Naturaleza en un pasaje de rara belleza: "Debes comprender que, por
naturaleza, todas las criaturas se esfuerzan
por parecerse a Dios. Los cielos no girarían si no siguieran el camino que Dios ha trazado, un camino que es a
su semejanza. Si Dios no estuviera en todas las
cosas, la naturaleza se detendría, sin movimiento ni deseo; porque, se quiera o
no, se sepa o no, la naturaleza busca esencialmente a Dios, aunque sea
oscuramente, y tiende hacia Él. Nadie, por sediento que esté, aceptaría una
bebida sin Dios en ella. 35La naturaleza no busca el alimento
o la bebida, el vestido o la comodidad, o cualquiera de esas cosas en las que
no hay nada de Dios, sino que en secreto busca y con pasión siempre creciente
persigue en ellas la huella de Dios" .
Aquí la tenemos:
una visión de la Naturaleza que penetra hasta el corazón mismo de las cosas, hasta ese
"elemento más hondo" que Santo Tomás identificó como su
"elemento más profundo" que Santo Tomás ha identificado como su acto-de-ser.
Y ciertamente ya no se trata de una Weltanschauung
aristotélica, sino auténticamente cristiana. Veremos cómo encajan los
descubrimientos de la teoría cuántica en esta visión cristiana del mundo.
En primer lugar, hay que subrayar que la
filosofía tomista, no menos que la aristotélica, es inequívocamente no
bifurcacionista. En ninguna de ellas hay el menor rastro de duda cartesiana. Lo
que conocemos por medio de la percepción sensorial son objetos externos, y
punto; y son estos objetos los que conciernen principalmente a la ontología
tomista. De ello se deduce que los descubrimientos
de la física, tal como los entendemos, pueden vincularse a la visión tomista
del mundo, con la única condición de que se interpreten en términos no bifurcacionistas.
El problema fundamental es, evidentemente,
situar el dominio físico en relación con el dominio corpóreo. Ahora bien,
sabemos que las transiciones de lo físico a lo corpóreo se efectúan mediante
actos de medida en los que se actualiza una determinada posibilidad inherente a
un sistema físico dado; y esto constituye, en términos tomistas, un paso de la
potencia al acto. En relación con el ámbito corpóreo, todo sistema físico debe
concebirse como una potencia. 36Heisenberg hace hincapié en este
punto con referencia a los sistemas microfísicos, a los que denomina "un
extraño tipo de entidad física que se encuentra exactamente en el medio entre
la posibilidad y la realidad"; y señala que, en algunos aspectos,
recuerdan a lo que denomina
"potentiae aristotélicas". Sin embargo, cuando llega al dominio macroscópico, identifica el
objeto corpóreo X con el objeto físico SX asociado a él, y se somete así (¡como
hace prácticamente todo el mundo!) a una visión reduccionista de la
corporeidad, como si la mera formación de un agregado de átomos pudiera
efectuar una transición de la potencia al acto. La no-bifurcación implica, como hemos visto,
una distinción ontológica entre X y SX, lo que equivale a decir que SX, al igual que las
partículas cuánticas que lo componen, constituye "un extraño
tipo de entidad
física que se encuentra exactamente en el medio
entre la posibilidad y la
realidad". Más concretamente, las partículas fundamentales y sus agregados
-¡por macroscópicos que sean! - ocupan un lugar intermedio, ontológicamente
hablando, entre la materia primaria y el reino corpóreo. Como vemos, la física
contemporánea ha descubierto un
un nivel intermedio de existencia por debajo de lo
corpóreo en el que ni siquiera podíamos pensar antes de los tiempos modernos.
Es a este reino intermedio al que yo llamo
universo físico.
¿Qué distingue, pues, los dos niveles
ontológicos? Desde un punto de vista aristotélico o tomista, la respuesta es
clara: lo que distingue un objeto corpóreo X de SX es precisamente su forma
sustancial. Es esta forma la que da a X su naturaleza corpórea y su esencia
específica, su "quididad" o Sosein,
como hemos visto. Es importante subrayar que esta forma sustancial no es una
estructura matemática; si lo fuera, X y SX coincidirían inevitablemente. Una
ciencia exclusivamente cuantitativa no puede saber nada de las formas
sustanciales, y el propio Descartes lo reconoció claramente. 37Podemos concebir fácilmente
-escribe-de qué manera el movimiento de un cuerpo puede ser causado por el de
otro, y diversificado por el tamaño, la figura y la situación de sus partes,
pero somos enteramente incapaces de concebir de qué manera estos mismos cuerpos
pueden producir otros cuerpos, de naturaleza enteramente diferente de la suya,
como por ejemplo esas formas sustanciales y cualidades reales que
muchos filósofos suponen que hay en los cuerpos" .
Pero, ¿no es ésta la razón por la que Galileo y Descartes - los inventores de la teoría
mecanicista universal- rechazaron las formas sustanciales y desterraron las cualidades
sensibles del mundo externo? Sin embargo, al hacerlo, rechazaron la esencia
misma del ser corpóreo, y nos legaron un universo privado de su
esencia, un universo vaciado de su realidad.
Hoy necesitamos liberarnos del férreo control
de este dogma científico deshumanizador. Necesitamos redescubrir la plenitud del mundo corpóreo, saturado de formas sustanciales y cualidades reales, y que
oculta en lo más profundo de sí mismo el misterio de lo que Santo Tomás llamaba
"el elemento más profundo de todas las cosas". Sentimos la necesidad
de este redescubrimiento en todos los ámbitos de la vida, incluida la ciencia,
pero sobre todo en el ámbito espiritual. En particular, la plenitud de la vida
cristiana requiere una capacidad sacramental por parte de la materia, que sería
totalmente inconcebible en términos de ontología reduccionista. No hay lugar
para los misterios de Cristo en un universo compuesto únicamente de partículas
fundamentales. Por eso las verdades más profundas de la religión nos resultan
impensables. Al final, no conocemos ni al hombre ni al universo, porque ninguno
de los dos puede entenderse si se separa de Dios: Yo soy la verdad,
dice Cristo. Postular, como hacemos, un universo que existe por sí mismo y
engendra al hombre, es crear una ilusión. Como los prisioneros de la caverna de
Platón, estamos encerrados en un mundo ilusorio, obligados a ver sólo un mundo
de sombras. Pero parto de la premisa de que, de todas las filosofías verdaderas
-y creo que hay más de una-, la filosofía tomista es el camino más seguro y
eficaz para que nos recuperemos intelectualmente de forma liberadora.
Quien haya sentido que "el amor es la fuente
insondable de toda causalidad" ya ha roto
sus cadenas; y quien haya captado, aunque
sea levemente, lo que Tomás llama
el acto de ser, ya está en el buen camino.
23
Nick Herbert, Quantum Reality, Doubleday, Garden City, 1985, p.
15.
24 Nature ami Life, Greenwood Press, Nueva York, 1968, p. 10.
25 Un nuevo Ansatz: un nuevo enfoque.
26 The Emperor's New Mind, Oxford University Press,
1989, p. 256.
27 Ibid, p. 296.
28 The Concept of Nature, Cambridge University Press, 1964, p. 30.
29 Naturaleza y vida, p. 6.
30 El enigma cuántico. William A. Wallace ha publicado un esclarecedor resumen y comentario en "Thomism
and the Quantum Enigma", The Thomist, vol. 61, 1997, pp. 455-467.
31 El "paquete de ondas
probabilísticas superpuestas" se
reduce a una única posibilidad durante la observación o, dicho de otro
modo, cuando se observa el cuanto su función
de onda se reduce a una de las posibilidades que describe (KM).
32 Suma Teológica, I, 8, 1.
33 Le Thomisme. Introduction à la Philosophie de S. Thomas d'Aquin, 6ª edición, Vrin, París, 1986, p. 236.
34 Ibid, p. 237.
35 Meister Eckhart, trad. C. de B. Evans,
Watkins, Londres, 1924, Vol I, p.
115.
36 Física y Filosofía, p. 41.
37 Citado en E. A. Burtt, The Metaphysical Foundations of Modern Physical Science, Humanitics Press, Nueva York, 1951, p. 112
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