viernes, 26 de enero de 2024

Autoridad Espiritual y Poder Temporal en la Teoría India del Gobierno ( ANANDA K. COOMARASWAMY)

 

Autoridad Espiritual y Poder Temporal

en la Teoría India del Gobierno

 

por ANANDA K. COOMARASWAMY

(Resumen fragmentario)

 

 

Puede decirse que toda la teoría política india está implícita y subsumida en las palabras de la fórmula matrimonial «Yo soy Eso, tú eres Esto, yo soy el Cielo, Tú eres la Tierra» etc., dirigidas por el Sacerdote Brahman, el Pu­rohita, al Rey .  Dado que esto es así, y como se ha pretendido que estas pala­bras las dirigía el rey al Sacerdote,2 se hace deseable, si ha de comprenderse la teoría, establecer de una vez por todas que es el Purohita quien las pronuncia. Ciertamente, un estudio comparado de muchos otros contextos mostrará que es inconce­bible que estas palabras hayan sido pronunciadas por el Rey, quien es incuestionable­mente la parte «femenina» en el «matrimonio» del Sacerdotium (brahma) y el Regnum (ksatra).

 

Mitra, Agni y Bahaspati son los arquetipos divinos del Sacerdotium o Autoridad Espiritual (brahma), y Varuna e Indra son los arquetipos divinos del Regnum (ksatra).«En tus manos, oh Indra, yo (Agni) confío el rayo», —«Nosotros hemos puesto el rayo en tus ma­nos» — que corresponde al Accipe sceptrum (la aceptación del cetro) de los ritos occidentales— es la hechura del Rey in divinis. La relación entre la Mente o Razón que autoriza (kratu) y el Poder eficiente, entre el hombre interior y el hombre exterior es explícita. Agni, el Sacerdote Sa­cri­fi­cial, se le describe como «eligiendo» a Indra: es interesante observar que ya los Comunes jue­gan una parte en esta elección. El «matrimonio» del Purohita y el Rey se menciona —«Nosotros te hemos tomado por la mano derecha», dicho con reproche en referencia a la arrogancia de Indra y a la quiebra de la lealtad reque­rida por la relación marital del Regnum y el Sacerdotium Que el Purohita, como implica la designación misma, tiene prece­dencia sobre el Rey, es explícito, «A aquél en cuyo reino el Brahma va el primero, las gentes rinden homenaje por sí mismas». La relación feudal del Regnum hacia el Sacerdotium es explí­cita en las pa­labras de Agni dirigidas a Indra, «Yo en persona voy delante de ti... y si tú me das mi parte (o débito), entonces, a través de mí, oh Indra, cumplirás hazañas he­roi­cas»

 

Mitra es el Consejo y Varuna el Poder, Mitra el Sacerdotium (brahma) y Varuna el Regnum (ksatra), Mitra el Conoce­dor y Varuna el Ejecutor. En el comienzo estos dos eran distintos, el Sacerdotium y el Regnum: entonces Mitra el Sacer­dotium podía subsistir aparte de Varuna el Regnum, pero Varuna el Regnum no podía subsistir aparte de Mitra el Sacerdotium. Toda obra (Kárma) que Varunaa hacía, que no era vivificada por Mitra el Sacerdotium, era infructuosa. Así pues Varuna el Regnum llamó a Mitra el Sacerdo­tium, diciendo: “Vuélvete a mí para que nos unamos; yo te asigno a ti la precedencia; vivi­ficado por ti yo haré obras”. Ése es, por consiguiente, el origen del oficio de Purohita... Toda obra que, vivificada por Mitra el Sacerdotium, Varuna hizo en adelante, fue fructuosa. La elección es mutua; si el Pu­rohita o el Rey se mal-eligen entre sí, a eso se llama una mezcla de justo y erróneo.

 

El Purohita, literalmente «el que es puesto al frente», «el que tiene la precedencia», como Agni in divinis, es el Brahman consejero y ministro del Rey. Él Rey gobierna entonces por «Derecho Divino». El ritual sacrificial e iniciatorio de la «Vivificación del Rey»; la parte más esencial de este rito es una «aspersión», y esto corresponde a lo que ahora se llamaría una «Coronación». La «Vivificación» se refiere al hecho de que el rito es a la vez iniciatorio y sacrifi­cial; al Rey le dan a luz, recién nacido de la muerte iniciatoria, los Sacer­dotes oficiantes que, a este respecto, son sus «padres».

 

«El Consejo y el Poder» son los equivalentes de los elementos esenciales del buen gobierno de Platón,  de la «Misericordia y Majes­tad» islámicas, del espíritu que vivifica y la letra que mata en la teología cristiana (II Cor. III. 6), y de nuestro «Derecho y Poder». La palabra «Consejo» (kratu, podría haberse traducido como «Voluntad», de acuerdo con la definición en nuestro texto, «cuando con la propia mente (mánas) uno quiere algo, tal como “Esto quiero” o “Esto ha­ría”, eso es el “Consejo”»: o por «Autoridad», puesto que lo que nosotros tenemos intención de hacer es la autoridad para lo que hacemos efectivamente. El acto expresa lo que se tenía voluntad de hacer. Por consiguiente, vemos que el «Consejo y el Poder» corres­ponden al «Dios» poético y ordenador y al «Señor» controlador de Filón (ver nota 7), o, en otras palabras, a «su voluntad» y a «él» en Efesios I. 11 «el propósito de él que hizo todas las cosas, según el consejo de su voluntad». El «Consejo» es «el comienzo del Sacrificio» (yajña-mukham) y se deposita en el Este (el lugar de origen del brahma), Keith traduce kratu por «inspiración», que es ciertamente un valor legítimo cuando se aplica al reino individual, donde kratu representa a la Sindéresis. El Sacerdote inspiritúa e inspira a la vez al Rey. Cuando el Sacerdotium y el Regnum actúan juntos, entonces ambos poseen el poder consejero; por ejem­plo, Agni y Soma son de «consejo conjunto», como debe com­prenderse también en los muchos contextos en los cuales el Regnum está poseído de «consejo» o de «consejos» = poderes.

 

Así pues, Manas, «Mente» o más bien «Intelecto» —que  se iguala a menudo con el Soplo— corresponde a kratu, el «Consejo» , el «Conocedor»: y la «Voz» corresponde al «Poder» y al «Ejecutor» o el «Agente.

 

En una sociedad tradicional, todo lo que dice quien «tiene la autoridad» es «dicho y hecho». Un Rey «trabaja» no con sus manos sino con su fíat o sus edictos. Él es la «Voz» que da efecto a los propósitos de la Autoridad Espiritual, y así hace la voluntad de Dios sobre la tierra. «Lo que se hace vocalmente se hace verdaderamente» De la misma manera que, in divinis, «Indra, el Regnum, es la Voz», y es con esta voz como Agni lleva a cabo el Sacrificio , así, es a la palabra de mando del Sacrificador Real como se hace el «trabajo»

 

De la misma manera que, in divinis, «Indra, el Regnum, es la Voz», y es con esta voz como Agni lleva a cabo el Sacrificio, así, es a la palabra de mando del Sacrificador Real como se hace el «trabajo. Hemos visto que lo que el Purohita «conoce» el Rey lo lleva a cabo: en otras palabras, «la Voz no habla sino lo que es “conocido” por el Intelecto», y de esta obediencia filial y marital nosotros podemos decir verdaderamente que «la dis­ciplina del Logos, informada con la visión del Mythos, es un matrimonio real» (L. F. Kinney, en Journal of Philosophy¸ XXXIV, 1937, pág.358).

 

Cuando la «Voz» real está así informada, «lo que se hace vocalmente se hace verdaderamente»: el Sacerdote y el Rey hablan «con una única voz», y de la misma ma­nera que el Rey sólo es efectivo cuando es instigado por el Sacerdotium, así también «todo lo que el súbdito hace no instigado por estos dos, el Sacerdotium y el Regnum, es no hecho y los hombres lo menosprecian, diciendo: “lo que él hace es no hecho” » . De lo que precede se sigue que no perte­nece al Rey decir (mandar) o hacer algo o todo lo que quiere, sino solo lo que está «ordenado hacia el fin» y es así «correcto». En otras palabras, el Rey es un sadhaka, cuyo «arte» es la ciencia del gobierno, es decir, la «guía del Rey» o la «norma del Rey» , en la que el Purohita ha sido su Maestro: pues la «ciencia» ( es decir, la verdad en tanto que distinta de la opi­nión) es una combinación, o un conjunto , o, en otras pala­bras, el hijo del Intelecto y la Voz, los cuales son ambos esenciales para una enun­ciación de la verdad; y justamente como en el caso de las arpas macrocósmica y micro­cósmica, cuya fuerza  es el concierto del tocador con el instru­mento, así también solo del orador experto que «perfecciona el valor de la Voz», que es especialmente perti­nente y que comprende esta doctrina del matrimonio del sonido y el signifi­cado, se dice que «Su renombre llena la tierra, los hombres le escuchan cuando habla en las asambleas, y dicen: “Que se haga lo que él de los hombres, etc.»), se dice: «En ese mismo punto ellos alcanzan el reino de la Voz , y con ello llevan al Sacrificador real a su reino».

 

Por esto es por lo que el Rey no puede permitirse hablar al azar, ni decir lo que quiere, sino solo hablar sabiamente; por esto es por lo que del Ksatriya, que es tan semejante a una mujer en otros aspectos, se dice que ama la sabiduría, donde la mujer ama los ornamentos. Pues el Rey es sólo un verdadero Rey en la medida en que está en po­sesión de su arte o ciencia real, en la medida en que no se desvía del fin, y no yerra el blanco ; el Rey es un go­bernante «recto» solo en la medida en que es gobernado por su arte, pero «torcido» si es guiado no por la verdad sino por sus propias inclina­ciones: ars sine scientia nihil es tan verdadero del arte del gobierno como de cualquier otro.

 

Si el Monarca tradicional y oriental no es un «gobernante constitucional» cuyas acciones reflejan meramente los deseos de una mayoría de sus súbditos o los de un ministro secular, ni un Rey por virtud de algún contrato «social», sino un go­ber­nante por Derecho Divino, esto no implica que sea un gobernante «absoluto», sino al contrario, que él mismo es el súbdito de otro Rey, como es explícito en A. I. 109, un eco de BU. I. 4. 14 donde se afirma que la Ley (dharma), por encima de la cual no hay nada más alto, es el verdadero principio de la realeza. Por consiguiente, ve­mos cuál es el valor último que va unido a la expresión «Rey de Reyes», y que mientras el «monarca constitucional» puede ser con­trolado por sus iguales, o incluso sus inferiores, el gobernante por Derecho Di­vino es controlado por un Superior.

 

Consideremos el matrimonio de Indra, donde Agni es expresamente el Sacerdotium (brahma) e Indra el Regnum (ksatra). Ellos se di­cen uno al otro: «Mientras estemos así, aparte, seremos incapaces de tener hijos; devengamos los dos una única forma», es decir, como nosotros diríamos, «devengamos una sola carne». Por consiguiente, «Ellos dos devinieron una única forma», la del Fuego mismo, y con ello tuvieron hijos.

 

El matrimonio no es explícitamente el del Sacerdotium y el Regnum, sino de principios que son sus equivalentes en otros contextos. El matrimonio es de los Dos Mundos, que aquí se llaman «moradas»: «En el comienzo Esto (el todo) era doble, a la vez Ser (sat) y No-Ser (asat). De estos dos, el Ser es el Canto, el Intelecto, la Spiración ; el No-Ser es el Verso, la Voz, la Expiración ... Ella, este Verso, deseó el intercurso (mithunan) con él, el Canto. Él le preguntó: “¿Quién eres tú?”. Ella respondió: “Yo soy Ella” . “Entonces, ciertamente, Yo soy Él ”, replicó él. Lo que “Ella” es y lo que “Él” es, eso hace el “Canto”, y esto es la quididad del “Canto”. “No”, dijo él, “pues tú, ciertamente, eres mi hermana”». Entonces ella continúa cortejando a su hermano, que finalmente consiente Cuando la consumación está a punto de tener lugar, se pronuncian las bien conocidas palabras de la fórmula matrimonial: «Yo soy “Él”, tú eres “Ella”; tú eres “Ella”, yo soy “Él”. Cooperando Ella conmigo, generemos los dos una progenie; ven, consortemos»

 

Por consiguiente, está completamente dentro del orden que muchos de los términos que expresan las relaciones, tengan una connotación sexual. Por ejemplo, como el latín cognoscere y el griego gnosis, el sánscrito jiña y el español conocer («Jacob conoció a su mujer»), tiene un valor erótico que es aún más evi­den­te en êB. IV. 6. 7. 10 donde lo que pronuncia (la Voz) es lite­ralmente una «concepción» engendrada por Manas (el Intelecto). Co­rresponde a la fórmula matrimonial, «Yo soy Él, tú eres Ella; yo soy la Armonía, tú las Palabras; yo soy el Cielo, tú eres la Tierra. Devenga­mos aquí los dos uno; tengamos hijos» repetida en la fórmula para el matrimonio del Sacerdotium y el Regnum.

 

Entre las sicigias que hemos mencionado está la de los Dos Mundos, el Cielo y la Tierra ( Zeus y Gaia), los padres universales de cuya armonía depende la prosperidad y fertilidad del universo entero, que se toma como la norma y arquetipo principal de todo matrimonio. La chispa de la vida solo se evoca, el fuego sacrificial solo se enciende, la música solo se ilumina cuando se ha establecido el contacto entre los dos polos cargados opuestamente, las dos puntas del «Palo» que conecta el Altar con el Sol, un palo que se «enciende» desde arriba y que «alumbra» desde abajo.

 

Es evidente que la relación del Sacerdotium y el Regnum, o la del Hombre y la Mujer, o la de un Director y un Ejecutor, puede expresarse más brevemente como la del Cielo y la Tierra. Así pues, desde un punto de vista el Cielo es femenino para el Sol, pero desde otro el Cielo no es menos macho para la Tierra (Zeus para Gaia, Europa, Danae, etc.) y literalmente «Señor y Dueño» de la Tierra.

 

Justamente de la misma manera, mientras «el Regnum es dependiente (anuniyuktam) del Sacerdotium, los Comunes son dependientes del Regnum» ; y mientras el Sacerdotium es viril para el Rey y los Comunes , el Rey solo ha de considerarse propiamente como un Dominio  en la medida en que él genera, es preeminentemente viril para el Reino; de modo que aunque la virilidad pertenece más eminentemente al brahma, tanto el brahma como el ksatra son «virilidades» . De la misma manera también, la delegación del cetro, el vajra, como el distintivo del dominio, por el Sacerdote al Rey, aunque fortalece al Rey con respecto a sus enemigos, le debilita con respecto al Sacerdotium, justamente como cuando el Rey mismo delega autoridad en otros y ellos devienen sus vasallos. El pueblo está sujeto al Rey, pero no así los Brahmanas, «cuyo Rey es Soma»; el pueblo es «alimento» para el Rey, pero el Rey es «alimento» para el Brahmana ; mientras que hay otro para quien el Regnum y el Sacerdotium son ambos «alimento». El Regnum no es su propio principio, sino que está controlado por otro, la Ley Eterna, la Verdad (dharma, satyam), la «Realeza de la Realeza».  Ni siquiera un emperador recto es sin un señor; y «¿Quién es este Rey por encima del Rey?. La Ley Eterna», una Ley que gobierna igualmente al Sabio. Y como el Rey es para sus vasallos, así son éstos para sus propios súbditos, así es el patrón para el artista y el hombre para la mujer, cada uno a su turno un servidor y un señor en una jerarquía feudal que arranca del Rey de Reyes. Que el Rey es femenino para el Sacerdote, pero masculino para su propio Reino no es así nada extraño, sino solo un caso especial del Orden. En toda jerarquía, el individuo está necesariamente vinculado de una manera a lo que está por encima de él, y de otra a su propio dominio.

 

Si el Monarca tradicional y oriental no es un «gobernante constitucional» cuyas acciones reflejan meramente los deseos de una mayoría de sus súbditos o los de un ministro secular, ni un Rey por virtud de algún contrato «social», sino un go­ber­nante por Derecho Divino, esto no implica que sea un gobernante «absoluto», sino al contrario, que él mismo es el súbdito de otro Rey, como es explícito en A. I. 109, un eco de BU. I. 4. 14 donde se afirma que la Ley (dharma), por encima de la cual no hay nada más alto, es el verdadero principio de la realeza. Por consiguiente, ve­mos cuál es el valor último que va unido a la expresión «Rey de Reyes» , y que mientras el «monarca constitucional» puede ser con­trolado por sus iguales, o incluso sus inferiores, el gobernante por Derecho Di­vino es controlado por un Superior.

 

Entre las sicigias a las que nos hemos referido, la del Cielo y la Tierra, los padres universales de cuya cooperación armoniosa depende la prosperidad y la fertilidad del Universo, es entonces la que se toma principalmente como la norma y el arquetipo de todo matrimonio, de modo que en el rito del matrimonio el hombre dirige a la mujer las palabras: «Yo soy Él, tú eres Ella; yo soy la Armonía, tú las Palabras, yo soy el Cielo, tú eres la Tierra. Devengamos aquí los dos uno; tengamos hijos» De la misma manera en China, el Cielo y la Tierra representan respectivamente los principios macho, luminoso y activo, y hembra, obscuro y pasivo, yang y ying, y de esta existencia de los principios macho y hembra macrocósmicos se deriva la distinción de marido y mujer; del matrimonio del Cielo y la Tierra «procede abundantemente la transformación en todas sus múltiples formas » (I Ching, Apéndice, III. 43, 45, y VI. 31). En el mismo I Ching, Apéndice I (según lo cita Fung Yu-lan, Histoy of Chinese Philosophy, I. pág. 387) encontramos «Debido a su unión, el Cielo y la Tierra, aunque separados, tienen su trabajo común, de la misma manera que el hombre y la mujer, aunque separados tienen una voluntad común.

 

Finalmente, ahora estamos en una posición mejor para comprender la mutua elección o el mutuo cortejo entre el Sumo Sacerdote y el Rey, y para comprender la fórmula matrimonial con la que se efectúa la alianza de sus «casas». El Purohita ha sido elegido como Guardián, o más bien como Pastor, del Reino, y ahora se dirige al Rey con el siguiente mantram, con lo cual le toma como esposa: «Yo soy Eso tú eres Esto; tú eres Esto, yo soy Eso. Yo soy el Cielo, tú eres la Tierra. Yo soy la Armonía, tú las Palabras. Unamos los dos aquí nuestras casas. Tú eres el cuerpo, protege tú mi cuerpo de este Gran Temor».

 

Que estas palabras, solo podían haber sido dichas por el Purohita al Rey, puede decirse que ha quedado probado por la ya acumulada evidencia de la masculinidad del Sacerdotium con respecto al Regnum. El Purohita es el «hombre» y el Rey es la «mujer». Obsérvese que es al Rey a quien se dirigen las palabras «Lleva tú el gobierno», y que las palabras «lleve ella su gobierno», se dicen igualmente con referencia a una esposa.

 

El propósito esencial del Matrimonio Divino, en el que el Sacerdote y el Rey son los representantes del Cielo y la Tierra, es ahuyentar a la Muerte, y especialmente a la Hambruna. Es por medio del Matrimonio Divino y del Sacrificio como la Muerte es alejada del Reino. El matrimonio es una garantía contra la Privación, «el Gran Terror, el rayo levantado» temido por el Cielo y la Tierra): de la misma manera que el Cielo y la Tierra (donde se han reconciliado) no están temerosos, ni están heridos, así el brahma y el ksatra no están temerosos ni están heridos, y se dice: «No estés temeroso, oh tú soplo de mi vida»

 

La expresión primaria de la «cólera» está en la sequía, el precursor de la hambruna. Antes de la reunión marital del Cielo y la Tierra «no había lluvia, ni calor, los Cinco Pueblos estaban en discordia» ; que los pueblos sean unánimes  es una consecuencia del matrimonio del Purohita y el Rey. Cuando la separación del Cielo y la Tierra, el acto de «creación» esencial para la vida, pero que implica también la muerte, se hubo efectuado por primera vez, «Todos los Dioses gemían, e imploraban “Reunidles”»: así pues, «los Dioses los llevaron a juntarse, y juntándose, llevaron a cabo este Matrimonio Divino». El Cielo y la Tierra, el Sacerdote y el Rey,  juntamente, dadores de la lluvia, esto depende también de la asociación y cooperación marital de los principios contrastados: en otras palabras, el Rey es directamente responsable de la fertilidad de la tierra; la caída de la lluvia en la estación debida depende de su rectitud o falta de ella.

 

Así, aunque «no había lluvia» mientras el Cielo y la Tierra estaban separados,  cuando el matrimonio se ha hecho, «ellos se vivifican uno a otro; con el humo (del Sacrificio) este mundo vivifica a ese (mundo), con la lluvia ese (mundo) vivifica a este» ; la unión seminal se efectúa, por cuyo medio el Sacerdote fertiliza al Cielo y a la Tierra y «de estos dos, así saturados , todos estos hijos viven como medio de subsistencia» Aquel mundo de allí dio la Aurora a este mundo como un regalo de matrimonio, y este mundo de aquí dio el Humo (del Sacrificio matutino); aquel mundo de allí dio la lluvia a ese mundo como un regalo de matrimonio, y este mundo de aquí dio el Servicio Divino,  el Sacrificio a los Dioses, a aquel mundo». Así, cuando llueve fuerte día y noche los hombres dicen: «la Tierra y el Cielo se han unido».

 

Ahora podemos comprender mejor la doctrina tradicional y universal de que la vida y la fertilidad misma del reino dependen del Rey, a quien, por consiguiente, se dice: «Para nuestro pan eres tú, para la lluvia a nosotros eres tú, para nuestra paternidad de hijos,... para todo esto nosotros te hemos asperjado . Pues a menos que el Rey cumpla su función principal como Patrón del Sacrificio se interrumpirá la circulación de la «Lluvia de Prosperidad , el ilimitado, inagotable alimento de Dios» que cae del Cielo como Lluvia y se devuelve de la Tierra al Cielo en el humo de la ofrenda a quemar : que las ofrendas del hombre se transmiten a los Dioses en el humo del Sacrificio está implícito, por supuesto, en el hecho de que Agni es el sacerdote misal; y es ciertamente de la misma manera como el espíritu del decedido, cuyo cuerpo se ofrece en la pira funeraria, asciende desde aquí.

 

Así pues, solo cuando el Sacerdote y el Rey, los representantes humanos del Cielo y la Tierra, de Dios y su Reino, se «unen en el cumplimiento del rito» , solo cuando «Tu voluntad se hace en la Tierra como se hace en el Cielo» (lo que implica una mimesis de las «formas» Celestiales,  hay a la vez un dar y un tomar, un tomar y un dar, no ciertamente una igualdad sino una verdadera reciprocidad. La paz y la prosperidad, y la plenitud de  vida, en todos los sentidos de las palabras, son el fruto del «matrimonio» del Poder Temporal y la Autoridad Espiritual, de la misma manera que deben serlo del matrimonio de la «mujer» y el «hombre» en todos los niveles de referencia. Pues «Ciertamente, cuando se efectúa un emparejado, entonces cada uno cumple el deseo del otro» (CU. I. 1. 6); y en el caso del «emparejado divino» del Sacerdotium y el Regnum, ya sea en el reino exterior o dentro de vosotros, los deseos de los dos cónyuges son para el «bien» de aquí y del más allá. Las necesidades del alma y el cuerpo se han de satisfacer juntas.

Pero, si el Rey, cooperando con y asimilado al poder más alto, es así el Padre de su pueblo, por ello no es menos verdadero que hay posibilidades satánicas y letales inherentes al Poder Temporal: cuando el Regnum persigue sus propios designios, cuando la mitad femenina de la Administración afirma su independencia, cuando el Poder se atreve a gobernar sin respeto del Derecho, cuando la «mujer» pide sus «derechos», entonces estas posibilidades letales se realizan; el Rey y el Reino, la familia y el hogar, son igualmente destruidos y prevalece el desorden . Fue por una afirmación de su independencia y una pretensión a «iguales derechos» por lo que Lucifer (que hay que distinguir de Lux, como el disco solar se distingue de la «Persona en el Sol») cayó precipitado del Cielo y devino Satán, «el Enemigo»: y fue por una paranoia semejante por lo que Indra, «enloquecido de orgullo por su propio poder heroico» devino el opresor de los Devas , y solo pudo ser re-despertado de su estupor por el Poder Espiritual.. Una auto-afirmación por parte del Regnum es al mismo tiempo destructiva y suicida.

 

En una sociedad tradicional al opresor se le excomulga y se le depone legalmente; esto puede ser seguido por una sumisión y apocatástasis, como en el caso de Indra y como en el Islam se prevé para Iblis, o por la instalación de un sucesor más regular en quien renace la Realeza. En una sociedad antitradicional, cuando el opresor ha sido eliminado por una revolución popular, aquellos que han sido oprimidos tienen la intención de gobernar en sus propios intereses, y devienen opresores a su vez. La mayoría oprime a la minoría. La subida de una plutocracia socava lo que es todavía, nominalmente, un gobierno de la mayoría. La ineficiencia y corrupción de la plutocracia prepara la vía para la toma del poder por un solo proletario que deviene un Dictador, o lo que se llama en términos más técnicos un Tirano, que ya no rinde culto, ni siquiera de palabra, a ningún poder por encima del suyo propio, y que, incluso si tiene «buenas intenciones», sin embargo «carece de principios». Esta caricatura de monarquía prepara a su vez la vía a un estado de desorden tal como puede apreciarse bien en el mundo en nuestros propios tiempos. Ciertamente, es evidente ya que «lo que nosotros llamamos nuestra civilización no es sino una máquina mortífera sin consciencia ni ideales» (G. La Piana en Harward Divinity School Bulletin, XXXVII. 27). Tal es la consecuencia final del divorcio del Poder Temporal respecto de la Autoridad Espiritual, del Poder respecto del Derecho, de la Acción respecto de la Contemplación.

 

Hasta aquí hemos examinado solo los aspectos cósmicos y políticos de la ciencia del gobierno y con referencia al individuo como un súbdito. Pero esta doctrina tiene también una aplicación auto-referente ; la cuestión no es solo de un orden universal y de un orden nacional o cívico, sino también de una economía interna. En último análisis el hombre mismo es la «Ciudad de Dios» y puede también decirse de él, como de cualquier otra ciudad, que «La ciudad jamás puede ser feliz a menos que sea conducida por esos pintores que copian un original divino» (Platón, Rep. 500 E, ).

 

Aquí también, debe existir un gobierno en el que los factores de desorden deben estar regidos por un principio de orden, si han de alcanzarse los objetivos de bienestar en este mundo y en el otro. Que el hombre tiene dos sí mismos es una doctrina universal; éstos son respectivamente natural y supranatural, uno exterior y activo, el sujeto de las pasiones, el otro interior, contemplativo y sereno. El problema de la economía interna, por la cual pueden alcanzarse los fines últimos del hombre, es el de la relación entre el Ego psico-físico y la Persona espiritual, el Rey Exterior y el Sacerdote dentro de vosotros: pues como Platón señala tan a menudo, el bienestar de «el alma y el cuerpo entero» depende de la unanimidad, en cuanto a cuál gobernará, de los si mismos mortal e inmortal dentro de vosotros. Que el Purohita sea el instigador y el Rey el agente, refleja la constitución individual.

 

Este sí mismo exterior, activo, femenino y mortal nuestro subsiste, más eminentemente, en y como ese Sí mismo interior, contemplativo, masculino e inmortal nuestro, al cual puede y debe ser «reducido», es decir, «devuelto» o «casado» . Nuestra existencia (esse, Werden) es contingente, nuestra consciencia de la esencia (essentia, Wesen) es válida e indeleble, ex tempore. Pero nuestra conciencia de nuestra propia esencia está obscurecida por nuestra convicción de ser esencialmente, y no solo accidentalmente, «este hombre», Fulano, nuestra ferviente creencia de «que “yo” soy el hacedor». Ése otro, el Hombre Interior, el Sí mismo «que jamás ha devenido alguien», permanece así desconocido e increíble para nosotros mientras este hombre exterior afirma su independencia, mientras «tú no te conoces a ti mismo» (Cantar de los Cantares I. 8, si ignoras te...): el estupidificado «no alcanza a ver al generoso autor de la existencia, la causa (real) de las acciones (, Juan VIII. 28, etc.), dentro de sí mismo». Haber olvidado así lo que uno es, «conocerse a uno mismo» solo como un «animal racional y mortal» (Boecio, De Consol., prosa VI) es la mayor de todas las privaciones. «Mientras Indra no conoció a este Sí mismo espiritual (Atman), los Asuras (los poderes extrovertidos del alma) le dominaron... Cuando le conoció, abatiendo y conquistando entonces a los Asuras, obtuvo la supremacía, la autocracia y el dominio de todos los Dioses y de todos los seres, como puede hacer igualmente el que es un Comprehensor de ello».

 

«Desear» y «querer» son incompatibles; uno implica una privación, el otro implica una abundancia; «el Espíritu está queriendo, pero la carne es débil» (Mateo XXVI. 41); de manera que, «Quienquiera que no ha sometido su voluntad (voluntad-propia), no tiene Voluntad (voluntad-libre)» (Oda XIII en Nicholson, Shams-i-Tabrxz). El espejismo de una «libertad» individual es la antítesis directa del summum bonum dogmático, cuyo «bien más alto» es ciertamente una libertad, pero una libertad de uno mismo, no para uno mismo (el Fulano), a saber, la libertad de aquéllos que pueden decir con el Comprehensor que «“yo” no hago nada», con Cristo que «Yo no hago nada por mí mismo» (Juan VIII. 28), con el Buddha que «Yo voy errante en el mundo, un verdadero Nadie»  y que son «libres como la Divinidad en su no existencia» (Eckhart); «Si no fuera por el grillete, ¿quién diría “yo soy yo”?» .

«Hacer lo que a uno le place» no es en modo alguno sinónimo de «libertad», sino más bien de una sujeción a las «pasiones dominantes» que uno llama «suyas propias». Quienes están dominados por sus propias inclinaciones son «hombres libres solo de nombre» (Platón, República, 431c). Nosotros somos mucho más las criaturas de nuestros pensamientos que sus autores. El hombre que no sabe, «piensa» lo que le place pensar. Donde deberíamos complacernos en lo que sabemos, de hecho, solo «sabemos lo que nos place», lo que equivale a decir que el gusto y el disgusto son nuestros señores, más bien que nuestros servidores. Por consiguiente, no hay ninguna lección más grande que aprender que la de no pensar para uno mismo, sino por el Sí mismo.

 

¿Qué se entiende, entonces, por «autonomía»? En el caso de un Rey, gobernar y no ser gobernado por la multitud de aquellos que deben ser vasallos y súbditos; en la casa, gobernar y no ser gobernado por la familia de uno; y dentro de vosotros, gobernar y no ser gobernado por los deseos de uno. «Aquél cuya delectación está en el Sí mismo (espiritual), cuyos juegos amorosos son con el Sí mismo, cuyo esposo es el Sí mismo, y cuya felicidad está en el Sí mismo deviene autónomo y un movedor a voluntad  en todos los mundos: pero aquéllos cuyo conocimiento es heterogéneo devienen heterónomos, y no devienen movedores a voluntad en ningún mundo» : pues «Aquí, en la tierra, los hijos de los hombres moran sujetos a mandato, puesto que cualquier cosa que desean, ya sea un reino o un campo (es decir, ya sea un Rey o cualquier otro hombre), sobre eso mismo basan su vida» , y «¿Por qué, entonces», como exclama S. Agustín, «hombres miserables se atreven a jactarse de su libre albedrío antes hacerse libres?... Pues por lo que un hombre es sometido, a ello está asignado en esclavitud» (De spir. et lit., 52,). Cuando esta unión mística del hombre interior y el exterior se ha consumado, cuando los dos fuegos que se odiaban uno a otro se han hecho uno, en este matrimonio afectivo, unánime y cooperativo, entonces puede decirse que «Este sí mismo se ofrece  a ese Sí mismo, y ese Sí mismo a este sí mismo. Ellos se unen uno con otro. Con esta forma (terrenal, femenina), él (el antedicho Comprehensor de Indra como Señor) se une con el mundo de allí, y con esa forma con este mundo»; así se ganan ambos mundos para ambos sí mismos, este mundo fuera y ese otro dentro de vosotros. Decimos «dentro de vosotros» aquí, debido a que es en el «fin del Mundo» donde el Cielo y la Tierra se abrazan; ese fin del Mundo, más allá del cual ya no hay sufrimiento, está en el corazón de nuestro propio ser, y esa es la meta del Viajero.

 

Por otra parte, nosotros estamos naturalmente en guerra con nosotros mismos, y a menudo no solo en guerra con «lo que es divino en nosotros», sino también ignorantes de ello, debido a nuestra «noción de que “yo” soy el hacedor», y así, efectivamente, «auto-egoismados» y «no-Sí mismados», aunque potencialmente poseídos de ambas naturalezas, ésta nacida de la carne y ésa nacida del espíritu. Nuestra casa está dividida contra sí misma. En este estado de desorden «el sí mismo (el Tirano) del hombre no tiene ningún otro enemigo que el Sí mismo (el Rey legítimo): ese Sí mismo es un amigo para el sí mismo que se ha vencido a sí mismo por sí mismo, pero un enemigo en guerra contra el que adolece del Sí mismo». Una tal privación del Sí mismo, y la correspondiente mortalidad, era la condición original tanto de los Dioses como de los Titanes: los Devas y los Asuras eran en el comienzo igualmente, «no-Sí mismados», y sólo Agni era , «inmortal» , y «Como son los hombres ahora (es decir, no-Sí mismados y mortales), así eran los Dioses en el comienzo» . Sin embargo, los Dioses «desearon: “Acabemos con la privación , el mal , la muerte » , «Anhelaron el mundo de la luz celestial» , el Sol mismo «deseó: “Corte yo, en verdad, todo el mal, de manera que yo ascienda al mundo de la luz celestial”; entonces vio el sacrificio, lo agarró y sacrificó con él; cortó así todo el mal y ascendió al mundo de la luz celestial, y habiendo cortado todo el mal ahora brilla» ): de hecho, fue sólo «por cualificación», «por los consejos de Agni» , por el Sacerdotium , como los Dioses alcanzaron su inmortalidad . Y como hizo el Sol, así puede ahora el hombre que es un Comprehensor del sacrificio, cortar todo el mal y subir por encima de sí mismo: es solo encontrándose a Sí mismo como un hombre se beatifica, pues «Todo lo que es otro que el Sí mismo Interior de Todo, otro que tu Sí mismo, es una aflicción» .

 

Así pues, la respuesta a la pregunta «¿Quién es digno de entrar en unión con (de pasar a través de) ese Sol?» , es decir, «de salir fuera del universo», es que es capaz un arhat, es decir, el que puede responder a la pregunta «¿Quién eres tú?» con la respuesta «Yo soy tú mismo»: es a él a quien se dirige la bienvenida, «Entra, oh mí mismo» . Pero si él no ha verificado las palabras «Eso eres tú», si no sabe quién es, sino que habla de sí mismo por su nombre propio o un apellido, entonces es arrastrado lejos de la Puerta y excluido del Matrimonio (Cantar de los Cantares I. 8, Mateo VII. 21, 23, XXV. 10, Apocal. XIX. 9, etc.). «¡Ay! de aquel que parte de este mundo, sin haber conocido a ese Imperecedero» .

Así la primera y la última de todas las necesidades del hombre es «conocerse a sí mismo» (ut sciat seipsum, Avencebrol, Fons vitae, I. 2): la «ciencia del Sí mismo»  es el término final de toda doctrina. El oráculo antiguo y atemporal, «Conócete a ti mismo» , resuena a través de toda la Philosophia Perennis. La doctrina del Sí mismo se introduce así apropiadamente con preguntas tales como: «¿Cuál es el Sí mismo?», «¿Quién es nuestro “Sí mismo”, que es “Brahma”?», y «¿En quién, cuando yo parta de aquí, estaré yo partiendo?», es decir, cuando «yo entregue el espíritu» (Sanctus Spiritus), ¿estaré yo en ese Espíritu inmortal, o, en las palabras de Blake, seré yo «cogido y entregado en las manos de mi propia egoismidad?». Cuál sea la respuesta a esta última pregunta, dependerá del grado de nuestro conocimiento del Sí mismo ahora: «Quienquiera que parte de este mundo sin haber encontrado el Espíritu, no hay ninguna liberación para él» , pero «El Comprehensor de la Persona común de todo, el Comprehensor del logos “Eso es mí mismo”, cuando parte, se junta con el Sí mismo incorporal, y deja tras de él al otro, al sí mismo corporal»; «no puede haber ninguna duda para el que está cierto de esto, que “Este Sí mismo mío en el corazón, es Brahma; coesencial con él yo soy cuando yo parto de aquí”»; «Quien Le conoce, se conoce a sí mismo, y no tiene miedo de morir». Así, el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a quien lo dio (Eccl. XII. 7). Solo necesitamos agregar que estas doctrinas de los dos sí mismos del hombre, y de su compostura, son tanto budistas como brahmánicas, y tan platónicas y cristianas como cualquiera de éstas.

 

La «compostura» del yogin, en quien el hábito del samadhi persiste, es de hecho lo mismo que su «posesión de sí mismo», la posesión de y por el Sí mismo de uno en ese «sueño», como de muerte, que es la entelequia de la conyugación beatífica de los principios conjuntos, descrita en la explicación de las nociones «uno y muchos, lejos y cerca»: «“Duerma” así el Comprehensor: El que con amor lleva a todos sus hijos, Él es ciertamente el Soplo y estos soplos o vidas , es decir, los poderes de los sentidos, son sus propios “súbditos”, y cuando uno duerme , entonces estos soplos, sus súbditos, entran en él; este “sueño”  es, ciertamente, “entrar dentro del propio de uno”, como ello se expresa metafísicamente ... Así es como Él no es meramente “Uno” sino también “Muchos”»  —«como lo que es uno en el todo, y muchos en sus partes, Uno absolutamente, y muchos accidentalmente» (Sto. Tomás de Aquino, Sum Theol., I. 11. 1 ad 2) —

 

Esta relación de los soplos leales y el Soplo, su primer principio, también puede expresarse como la de los sí mismos sensitivos (el «hombre que ve», el «hombre que oye», etc.; colectivamente el hombre mismo —cf. Hermes, Lib. XI. 2. 12a) y el Sí mismo central, donde, por una parte, el Sí mismo precognitivo entra dentro del cuerpo y, por otra, «estos sí mismos (sensitivos) dependen de ese Sí mismo como vasallos de su duque»: él es para ellos y ellos para él, «Pues tú eres nuestro, y nosotros somos tuyos». Solo cuando un hombre está «dormido», en el sentido entendido arriba, donde «lo que se llama estar dormido es realmente “entrar dentro del propio de uno”». Y solo cuando está «dormido» así, un hombre está realmente facultado y es realmente libre. «Cuando “duerme” estos mundos son suyos, y entonces deviene como un gran Rey o un gran Brahman; alcanza igualmente a lo alto y a lo bajo. Lo mismo que un gran Rey, que toma con él a su pueblo, así también “este hombre”, reinando en sus sentidos, va en (el carro de) su propio cuerpo a voluntad». La única vía real al poder es devenir el propio señor de uno; el dominio de todo lo demás se sigue solo. Este es el «secreto del gobierno» tradicional, tanto chino como platónico e indio.

 

Toda la importancia del dicho «Que el Comprehensor duerma» se perderá de vista si nosotros lo consideramos como opuesto al dicho «Que él luche» o «Que él Actúe». Éstos no son ya imperativos en conflicto, sino imperativos coincidentes. El «sueño» que se da a entender aquí es tener los poderes de los sentidos en la mano y bajo el control de uno y así realmente en la posesión de uno, y ésta es la «autonomía» del Rey que es libre para moverse a voluntad en su propio reino; mientras que, por otra parte, la «acción» que se da a entender es la actividad de uno cuyas acciones no son reacciones al placer y al dolor sino solo las acciones que son «correctas». Para combinar y parafrasear, «El que ve inacción en la acción, y acción en la inacción, el sueño en la vigilia y la vigilia en el sueño, es sabio, está despierto, está todo en acto». «El yoga es pericia en las obras»; el arte real es precisamente el karma yoga, «y solo se necesita un poco de este conocimiento para salvarse del gran terror». La dharana, dhyana, y samadhi del yoga (la consideratio, contemplatio, y excesus o raptus cristianos) son otros tantos grados de posesión por el Sí mismo, que se consuma en una salida o vaciación de uno mismo y en un encuentro del Sí mismo real de uno, que es también el Sí mismo del Espíritu inmanente: «Cuando el auriga en el vehículo (psico-físico) se libera de todas estas cosas que le atestaban  y que (como percepciones sensoriales) le sometían, entonces, ciertamente, procede a la unión con-Sigo-mismo» cf. Platón, Fedón 66C, 67A). Volvemos así a los valores más profundos de la «auto-posesión»: «Cuando estás limpio del sí mismo, entonces eres auto-controlado, y auto-controlado eres auto-poseído ( selbes eigen = tu propio sí mismo), y auto-poseído eres poseído de Dios (ist got  eigen = Dios es tu verdadero sí mismo) y de todo lo que él ha hecho alguna vez» (Eckhart, Pfeiffer, pág. 598), un pasaje que suena como una traducción literal de una Upanisad. Por el mismo motivo, en la expresión «Totalmente solo con-sigo-mismo» emerge un sentido más profundo; en el conflicto con la Muerte, en el cual el resultado es literalmente «de victoria o de muerte», nosotros estamos «totalmente solos», solos «con nosotros mismos», que significa junto a nuestro verdadero Sí mismo,  el «Compañero Inseparable» .

 

Queda entonces que efectuar en el Omnihombre, que es todavía un reino o una casa dividido contra sí mismo, un matrimonio tal de sí mismos como el que hemos expuesto. Hemos aludido ya a la consumación de este matrimonio divino, «las Personas en los ojos derecho e izquierdo». Estos dos son, respectivamente, el Rey y la Reina, a la derecha y a la izquierda; así pues, lo que en otro lugar hemos llamado el Sabio Interior y Rey Exterior, se consideran aquí, de acuerdo con el simbolismo funcional con el cual ahora estamos familiarizados, el Rey y la Reina; de hecho, ellos representan el brahma y el ksatra, y de la misma manera que el éxito de todo lo que se emprende por uno u otro de ambos depende de un consentimiento de voluntades marital. El matrimonio sagrado, la síntesis de los principios conjuntos, de los «sí mismos» inmortal y mortal, se describe aún más intensamente: «Esa es su forma hipermétrica, de la que todo el mal ha sido sacudido, que está libre de todo temor. Como un hombre abrazado por una querida esposa no es consciente de un adentro ni de un afuera, así este hombre, abrazado por el precognitivo Sí mismo espiritual no sabe nada de un adentro ni de un afuera; esa es, ciertamente, su forma (real), en la cual es poseído de sus deseos, y puesto que el Espíritu es su deseo, él es sin deseos y está exceptuado del sufrimiento». Esto es manifiestamente un retorno al estado primordial de la Persona Espiritual «como si fuera la de un hombre y una mujer abrazados»: «In dem unbegrîfen der hôhen einekeit, diu alle dinge vernihtet in ir selbesheit sunder sich, ist sînde ein âne underscheit... Ein und ein vereinet dâ linhtet blôz in blôz... Also wirt diu êle got in gote» (Eckhart, Pfeiffer, págs. 517, 531). El hombre ya no es este hombre, Fulano, sino que está disuelto en Sí mismo. El hombre exterior ha sido «coronado y mitrado sobre sí mismo» (Dante, Purgatorio XXVII. 142). Es precisamente una tal coronación y mitración lo que se representa ritualmente: la «divinidad» del rey no es «suya propia», no es «de este hombre» que se sienta en el trono, sino la del principio que le gobierna y del que él es, no la realidad, sino la imagen, el instrumento, y la marioneta vivos. En esta experiencia, el Rey Exterior se sumerge en la vida y el ser del Sabio Interior, este hombre se sumerge en el Sí-mismo real, geworden was er ist (deviene lo que él es): las palabras «Eso eres tú» se han verificado; el anhelo, «Lo que tú eres, eso sea yo» se ha satisfecho.

 

Como la obtención de la Brahmaneidad del Rey y como todos los Himmelfahrten sacrificiales ésta es, por supuesto, una experiencia inevitablemente seguida por un retorno a uno mismo, al hombre Fulano. Pero como todo otro matrimonio, el rito nupcial de la coronación marca el comienzo de un nuevo orden, es un hombre nuevo el que asciende al trono: aparentemente un hombre exterior en la operación, es ahora el agente legítimo de una voluntad más alta que la suya propia. Como el individuo se asimila al Sí-mismo, y la mujer al hombre, así el Regnum se asimila al Sacerdotium: los consortes son unánimes, de manera que lo que uno manda el otro lo cumple. El individuo ya no está esclavizado por sus propios deseos, sino que ha encontrado un guía y mentor infalible en la persona del Daimon o el Espíritu que mora adentro, el Hegemon u Ordenador Interno , la Sindéresis como Pastor y Guardián y «correction du savoir faire» ; el Sabio Interior que puede llamarse  el «Capellán» dentro de vosotros, a quien el Purohita, que es el Capellán de la casa del Rey, corresponde en el reino civil. El artista ya no está «expresándose a sí mismo», sino que puede decir con Dante que «Yo tomo nota, y como Él dicta dentro de mí, así lo expreso» (Purgatorio XXIV. 52). La mujer casada ya no está suelta, sino que ahora está a cargo de un reino, el de su casa. Y todos estos acuerdos son análogos al acuerdo de un Emperador que hace un tratado de paz con un vasallo rebelde o con un gobernador que pretende ser independiente y que, de acuerdo con la política reglamentaria india, es ahora restaurado a su trono y facultado para gobernar, pero ahora como amigo del Emperador. Es lo mismo para el Hombre Interior y el Hombre Exterior.

 

Ahora hay un estado de paz, donde había habido un estado de ansiedad. La compostura del rebelde exterior y el conductor interior capacita a la totalidad del hombre para subir por encima de la batalla mientras participa en ella. El Rey es ahora en realidad una «Alteza»; sus acciones ya no están determinadas por los gustos y disgustos de su parte sensitiva (necessitas coactionis), sino que son instigadas interiormente; y puesto que hablando estrictamente son así «inspiradas», participan en la «infalibilidad» de todo lo que procede ex cathedra, «del trípode de la verdad»; transferido a otros hombros el peso de la responsabilidad ya no acrecienta la suma de su mortalidad, y nosotros podemos decir: «¡Oh Rey, vive para siempre!». Cuando hablamos de un Rey como «Su Serena Alteza», estamos hablando precisamente de la cualidad de auto-posesión (posesión de sí mismo), verdaderamente real, por la cual un Rey, si es realmente un Rey, es ciertamente «exaltado».

 

Así, desde el punto de vista de la teoría sociológica india, y de toda la política tradicional, una tiranía individual, ya sea la de un déspota, la de un artista emancipado, o la de un hombre auto-expresivo o una mujer auto-suficiente, efectúa a la larga solo lo que es inefectivo: toda auto-importancia conduce a la desintegración y finalmente a la muerte del cuerpo político, colectivo o individual. La esencia de la política tradicional equivale a esto, el «Auto-gobierno» depende del auto-control , el Gobierno de la gobernabilidad. Se puede decir que esta concepción del gobierno sobrevive aún en la India moderna, puesto que la victoria política prevista por Gandhi es ciertamente una victoria que solo puede lograrse por una auto-conquista.

 

El Rey es tal por Derecho y Decreto Divino, y por el mismo motivo es el Ejecutor de una voluntad más alta que la suya propia; o si gobierna solo por la fuerza y hace su propia voluntad, es un tirano y debe ser disciplinado. Lo mismo se aplica al individuo que, si solo está interesado en el bien de la obra que ha de hacerse y no en sí mismo, y si se considera a «sí mismo» solo como un instrumento gobernado por su arte, es digno de todo honor; pero si se afirma y busca expresarse a sí mismo, es digno de todo deshonor y vergüenza.

 

La Realeza considerada por la doctrina india y tradicional está así tan lejos como es posible de lo que nosotros entendemos cuando hablamos de una «monarquía absoluta» o de «individualismo». El supuestamente «maquiavélico» afirma llanamente que solo un gobernante que se gobierna a sí mismo puede gobernar largamente a otros: «Todo Soberano, incluso aquel cuyo dominio se extiende hasta los confines de la tierra, si es de disposición pervertida y de sentidos ingobernados  debe perecer prontamente», y prosigue diciendo que

 

 

«LA TOTALIDAD DE ESTA CIENCIA SE OCUPA DE UNA VICTORIA SOBRE LOS PODERES DE PERCEPCIÓN Y DE ACCIÓN».

 

Su aplicación es al «Rey», al «hombre de acción» y al «artista» en todos los dominios; no hay nada que pueda hacerse o construirse verdaderamente y bien, excepto por el hombre en quien el matrimonio del Sacerdotim y el Regnum se ha consumado, ni puede hacerse ninguna paz excepto por aquellos que han hecho su paz consigo mismos.

 

ÊUBHAM BHAVATU

 

 

Notas

 

2 Evola, J., Rivolta contra il mondo moderno, Milán, 1934, pág. 105. La tesis de Evola, en su estudio del Regnum, le fuerza a malinterpretar AB. VIII. 27. Si no hubiera sido por esto, su admirable capítulo «Uomo e Donna», aplicado a las verdaderas relaciones del Sacerdotium y el Regnum (aproximadamente «la Iglesia y el Estado»), habría adquirido una significación mayor. Siendo esto así, el argumento de Evola por la superioridad del Regnum, el principio activo, sobre el Sacerdotium, el principio contemplativo, es una concesión a ese mismo «mondo moderno» contra el cual se dirige su polémica.

Su argumento es una perversión igualmente de la doctrina griega y de la doctrina india. En la tradición griega el linaje o la casta heroica, igualmente en el alma y en la comunidad —«esa parte de nuestra alma que está dotada de bravura  y de coraje , y que el es amante de la victoria»  (Platón, Timeo 70A)— es la parte mejor del alma mortal o animal, superior a la parte apetitiva pero inferior a la parte espiritual e inmortal que establece la ley. Como tal su sede está en el corazón, entre las entrañas y la cabeza; ella es la defensora de toda la comunidad; su función es escuchar la Voz de la Acrópolis, servir  y cooperar en la batalla  con el principio sagrado contra la turba de los apetitos (adentro de nosotros) o de los hombres adinerados (en la ciudad). Las tres partes del alma (o del cuerpo político) corresponden así, respectivamente al Sacerdotium, el Regnum y los Comunes de la tradición védica, y no puede haber ninguna duda posible de la superioridad del carácter sagrado sobre el carácter real.

Que la Autoridad Espiritual,, es también el Gobernante, de la misma manera que el brahma es «a la vez el brahma y el ksatra», significa, en verdad, que el Poder Supremo es un poder real tanto como sacerdotal, pero, ciertamente, no significa que el ksatra considerado aparte del brahma sea él mismo la autoridad suprema o algo más que su agente y servidor.

A. M. Hocart, en Les Castes, París, 1938, pág. 65, repite el error de Evola, diciendo «El hombre y su esposa son el cielo y la tierra, lo mismo que el rey y el sacerdote», donde debería haber dicho «lo mismo que el sacerdote y el rey».

 


 

 

viernes, 19 de enero de 2024

Pueblo unánime, jana ( A.K. Coomaraswamy)

 

Pueblo unánime, jana


La filosofía cristiana y oriental del arte

A.K. Coomaraswamy

Biblioteca de Estudios Tradicionales. Taurus Ediciones. Madrid 1980. Pp 138-144


En las sociedades tradicionales y unánimes observamos que no puede trazarse ninguna división tajante entre las artes que apelan al campesino y las que apelan al señor; ambos viven en lo que es esencialmente el mismo medio, pero en una escala diferente. Las distinciones son de refinamiento y de lujo, pero no de contenido o estilo; en otras palabras, las diferencias se pueden medir en términos de valor material, pero no son espirituales ni psicológicas. El intento de distinguir entre motivos aristocráticos y motivos populares en la literatura tradicional es falaz; todo arte tradicional es un arte folklórico en el sentido de que es el arte de un pueblo (jana) unánime. Como ha observado el profesor Child en relación con la historia de las baladas: «La condición de la sociedad en la que aparece una poesía verdaderamente nacional y popular… (es la condición) en la que las personas no están divididas por organizaciones políticas y una cultura libresca en clases marcadamente distintas 9; en la que, por consiguiente, hay una comunidad de ideas y sentimientos que hace que el conjunto del pueblo forme un solo individuo».

La única razón de que no logremos comprender esta condición es que consideramos estos problemas desde el estrecho punto de vista de las circunstancias presentes. En una sociedad democrática, donde todos los hombres son teóricamente iguales, lo que existe de hecho es una distinción entre una cultura burguesa, por una parte, y la ignorancia de las masas incultas por otra, a pesar de que ambas clases puedan estar escolarizadas. Aquí no existe nada semejante a un «pueblo» (jana), pues el proletariado no es un «pueblo», sino que más bien es comparable a los parias (candala) que a un cuarto estado (sudra): prácticamente no existen las clases sacerdotal (bramana) y caballeresca (ksatriya) (los hombres son tan parecidos que estas funciones pueden ser ejercidas por cualquiera —por ejemplo, el chico vendedor de periódicos que se convierte en presidente); y la burguesía (vaisya) se asimila a las masas proletarias (candala), para formar lo que es en realidad un «rebaño» (pasu) unánimemente profano, cuya conducta sólo se gobierna por gustos y aversiones, y en absoluto por ningún principio superior 10. Aquí la distinción entre «culto» e «inculto» es meramente técnica; ya no es una distinción de grados de consciencia, sino de más o menos información. Bajo estas condiciones, la distinción entre escolarización y ausencia de escolarización tiene un valor completamente diferente de su valor en las sociedades tradicionales, en las que todo el pueblo, al mismo tiempo que es culturalmente unánime, está diferenciado funcionalmente; la escolarización, en este caso, es completamente innecesaria para algunas funciones, donde, además, su ausencia no constituye una privación, puesto que existen otros medios que no son los libros para la comunicación y la transmisión de los valores espirituales; y, además, bajo estas circunstancias, la propia función (svadharma), no importa cuan

9. Apenas es necesario señalar que una organización social feudal o de castas no es, en este sentido, una división, de la misma manera que la compleja organización del cuerpo físico no es señal de una personalidad desintegrada.

10. Puede concebirse un estado del individuo que sea superior a la casta; por ejemplo, de la deidad, para quien ninguna función (dharma) es demasiado elevada o demasiado baja, se le atribuye un absoluto un absoluto pramana. Por otra parte, la condición del proletariado no es de esta naturaleza, sino que es inferior  a la casta, tanto desde un punto de vista espiritual como desde un punto de vista económico; pues, como lo expresaba Platón, «se hará más, y mejor, y con mayor facilidad, cuando todo el mundo no haga sino una cosa, según su genio; y esto es hacer justicia a cada hombre según lo que es en sí mismo».

 

doméstica» o «comercial» sea, es hablando estrictamente una «vía» (marga); de manera que no es dedicándose a otro trabajo, con el que puede atraerse un prestigio social más alto o más bajo, sino en la medida en que se acerca a la perfección en su propio trabajo y comprende su significación espiritual, como un hombre puede elevarse por encima de sí mismo —y entonces la ambición de elevarse por encima de sus congéneres ya no tiene ningún significado real.

Así pues, en las sociedades democráticas, donde prevalecen los valores proletarios y profanos (es decir, ignorantes), surge una distinción real entre lo que se llama optimistamente el «saber» o la «ciencia» por parte de las clases educadas y la ignorancia de las masas; y esta distinción no se mide por patrones de profundidad, sino de escolaridad, en el simple sentido de capacidad para leer la palabra impresa. En el caso en que sobrevive algún residuo de un verdadero campesinado (como todavía es el caso en Europa, pero difícilmente en América), o cuando se trata de la cultura «primitiva» de otras razas, o incluso de escrituras tradicionales y de tradiciones metafísicas, que son todo excepto de origen popular, las «supersticiones» que entrañan (veremos ahora lo que implica realmente este término tan apropiado) se confunden con la «ignorancia» de las masas, y sólo se estudian con una condescendiente falta de comprensión. Puede verse cuan anómala es la situación que así se crea, cuando nos damos cuenta de que donde el hilo de la enseñanza simbólica e iniciatoria se ha roto, en los niveles sociales superiores (y la educación moderna, ya sea en la India o en cualquier otra parte, tiene precisamente, y muy a menudo intencionalmente, este efecto destructivo), lo que ha conservado aquello que de otro modo se hubiera perdido, son justamente las «supersticiones» del pueblo y lo que es aparentemente irracional en la doctrina religiosa. Cuando la cultura burguesa de las universidades ha declinado así hasta los niveles de la información puramente empírica y limitada a los hechos, entonces, es precisa y únicamente en las supersticiones del campesinado, siempre que hayan sido suficientemente fuertes como para resistir los esfuerzos subversivos de los educadores, donde sobrevive una sabiduría genuinamente humana, y a menudo, ciertamente, sobrehumana, por muy inconsciente y por muy fragmentaria e ingenua que pueda ser la forma en la que se expresa. Hay, por ejemplo, una sabiduría en los cuentos de hadas tradicionales (no, por supuesto, en los que han sido escritos por «literatos» «para niños») que es completamente diferente en tipo del sentido o falta de sentido psicológico que puede contener una novela moderna.

Como ha observado justamente René Guénon, «la concepción misma del “folklore”, tal como se entiende comúnmente, se basa en una hipótesis fundamentalmente falsa, a saber, la suposición de que hay realmente cosas tales como “creaciones populares” o invenciones espontáneas de las masas; y la conexión de este punto de vista con el prejuicio democrático es evidente… El pueblo ha conservado así, sin comprenderlos, los restos de antiguas tradiciones que a veces se remontan a un pasado indeterminablemente distante, al que sólo podemos calificar de “prehistórico”». Así pues, lo que se ha conservado realmente en los cuentos populares y de hadas, y en el arte campesino popular no es, ciertamente, un cuerpo de fábulas meramente infantiles o de entretenimiento, ni un cuerpo de arte decorativo rústico, sino una serie de lo que son realmente doctrinas esotéricas y símbolos que no son de invención popular. Puede decirse que, cuando ha tenido lugar una decadencia intelectual en los círculos superiores, es así como se conserva, de una época a otra, este material doctrinal, proporcionando un vislumbre de luz en medio de lo que puede llamarse la noche oscura del intelecto; la memoria del pueblo hace las veces de una suerte de arca, en la que la sabiduría de una época anterior es transportada (tiryate) durante el período de disolución de las culturas que tiene lugar al cierre de un ciclo 11.

11. Cf. Luc-Benoist, La Cuisine des Anges, 1932, pp. 74-75; «El interés profundo de todas las tradiciones llamadas populares reside sobre todo en el hecho de que no son populares de origen… Aristóteles veía en ellas con razón los restos de la antigua filosofía. Sería menester decir las formas antiguas de la filosofía eterna» —es decir, de la Philosophia Perennis, la «Sabiduría increada, la misma ahora que siempre fue y la misma que será siempre» de San Agustín. Cómo ha señalado Michelet, V.-E., es en este sentido —es decir, en tanto que «los Maestros del Verbo proyectan sus invenciones en la memoria popular que es un receptáculo maravilloso de los conceptos maravillosos» (LE Secret de la Chevalerie, 1930, p. 19)— y no en ningún sentido «democrático», como puede decirse propiamente, Vox populi, vox Dei.

Las fábulas de animales del Pancatantra, en las que se incorpora una sabiduría más que meramente mundana, son incuestionablemente de origen aristocrático y no de origen popular; como dice Edgerton, la mayoría de estas historias han «pasado» al folklore indio, en vez de haber sido extraídas de él (Amer. Oriental Series, III, 1924, pp. 3, 10, 54). Sin duda alguna, lo mismo se aplica a los Jatakas, muchos de los cuales son versiones de mitos, y no hubieran podido haber sido compuestos por nadie que no dominara plenamente las doctrinas metafísicas implícitas.

Andrew Lang, en el prólogo de la obra de Marian Roalfe Cox, Cinderella (1893), en la que se analizan 345 versiones de este relato procedentes de todo el mundo, observó: «Creo que la idea fundamental de la Cenicienta es ésta: una persona de posición humilde u oscura, hace un buen matrimonio gracias a una ayuda sobrenatural». Le resultaba muy difícil dar la razón de la distribución universal de este motivo; del cual, podríamos agregar, hay un caso notabilísimo en un contexto escriturario en el mito indio de Apala e Indra. Aquí sólo preguntaré al lector: ¿de qué «persona de posición humilde u oscura» es el «buen matrimonio» al que Donne se refiere con estas palabras: «Nunca fui casto hasta que tú me arrebataste»?, ¿a quién amó Cristo «en su vileza y en toda su inmundicia» (San Buenaventura, Dom. prim Post. Oct. Epiph. II.2)? y ¿qué implica en su significación final el isros gamos? Y, por el mismo motivo, ¿quién es el «dragón» desencantado por el fier baiser? ¿Quién emerge de la piel escamosa con una «piel solar»?, ¿quién se sacude las cenizas y se viste con un vestido de oro para bailar con el Príncipe?  Pra vasiyansa vivahan apnoti ya evan veda, «¡Excelentísimo es el matrimonio que hace el que comprende eso!» (Pancavirinsa Brahmana, VII.10.4).

 

No se trata de si quienes las cuentan o emplean comprenden o no efectivamente la significación última de las leyendas populares y de los diseños del pueblo. Estos problemas surgen en círculos mucho más altos; por ejemplo, en la historia literaria, a menudo uno se ve llevado a preguntar, cuando encontramos que un carácter épico o romancesco se ha impuesto sobre un material puramente mítico (por ejemplo, en el Mahabharata y el Ramayana,  y en las recensiones europeas del Grial y otros temas célticos), hasta qué punto el autor ha comprendido realmente su tema. El punto que queremos destacar es que el material folklórico, independientemente de nuestras calificaciones actuales en relación con él, es efectivamente de un carácter esencialmente marga y no desi , y que es realmente inteligible en unos niveles de referencia que están muy por encima, y en absoluto por debajo de los de nuestro «saber» contemporáneo ordinario. No es nada sorprendente que este material haya sido transmitido por campesinos para quienes forma una parte de sus vidas, un alimento de su constitución misma, aunque no puedan explicarlo; no es nada sorprendente que el material folklórico pueda describirse como un cuerpo de «supersticiones», puesto que es realmente un cuerpo de costumbres y creencias que «sobreviven» ([stand over], superstat) desde un tiempo en que se comprendían sus significados. Si las creencias folklóricas no se hubieran comprendido ciertamente alguna vez, nosotros no podríamos hablar de ellas ahora como metafísicamente inteligibles, ni explicar la exactitud de su formulación. El campesino puede ser inconsciente y no darse cuenta, pero aquello de lo que es inconsciente y no se da cuenta es en sí mismo muy superior a la ciencia empírica y al arte realista del hombre «educado», cuya ignorancia real se demuestra por el hecho de que estudia y compara los datos del folklore y de la «mitología» sin sospechar su significación real en mayor medida que el campesino más ignorante 12.

Por supuesto, todo lo que se ha dicho arriba se aplica con mayor fuerza aún en los textos de la  sruti  y, sobre todo, al  Rveda, que, lejos de representar una época intelectualmente bárbara (como pretenden algunos), tiene referencias tan abstractas y

 

12 Strzygowksi, en JISOA  V, p. 59, expresa su completo acuerdo con esta afirmación.

 

tan alejadas de los niveles histórico y empírico como para haber devenido casi ininteligible para aquellos cuya capacidad intelectual ha sido inhibida por lo que hoy día se llama una «educación universitaria». Es una cuestión de fe y de comprensión al mismo tiempo: los preceptos Crede ut Intellige e Intellige ut credas («Cree, a fin de que comprendas», y «Comprende, a fin de que creas») son válidos en ambos casos —es decir, ya sea que nos interesemos en la interpretación del folklore o en la de los textos transmitidos.