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domingo, 13 de noviembre de 2022

METAFÍSICA (Jean-Mark Vivenza)

 

Diccionnnaire de René Guénon.

Jean-Mark Vivenza

Le Mercure Dauphinois . Grenoble 2002 Pp. 299-302

 

METAFÍSICA.

Por definición, La metafísica se interesa en el dominio que está más allá de la física , más allá del mundo material inmediato, por encima de la naturaleza, y que, por lo tanto, puede llamarse propiamente "sobrenatural", además, como escribe Guénon, "según su composición esta palabra "Metafísica "significa literalmente 'más allá de física", tomando "física" en la  acepción que este término siempre tuvo siempre para los antiguos, la de "ciencia de la naturaleza" en toda su generalidad". Se podría decir, paralelamente, que el objeto de La metafísica siendo “ilimitado y universal", supera cualquier otro punto de vista más o menos especializado, ya sea de orden religioso o teológico, marcada por la influencia de elementos sentimentales que socavan la pureza intelectual de la doctrina inmemorial. "El punto de vista teológico, escribe René Guénon, no es más que una particularización del punto de vista metafísico, una particularización que implica una alteración proporcional". El ejemplo se nos da de forma muy elocuente en Occidente, en la utilización teológica de la visión unívoca llevada sobre el Ser* en ciertos griegos, producto el mismo en su tiempo de una estrechamiento trágico del campo hermenéutico. Por eso la metafísica occidental que, desde Aristóteles, identifica la metafísica al conocimiento del "Ser en tanto ser", reduce el inmenso campo real de la Metafísica a la sola ontología, es decir que ella  toma "la parte por el todo" y no es en definitiva más que una Metafísica, incompleta, y por decirlo claramente, "falsa". Para la Metafísica auténtica, es decir en posesión de todo su amplitud verdadera " el Ser puro no es ni el primero ni el más universal de los principios, pues es ya una determinación; es necesario ir más allá del ser, y es incluso eso es lo que cuenta más". Por esta razón, el Conocimiento metafísico es un conocimiento "supra-racional, intuitivo e inmediato", una intuición intelectual pura, lo que quiere decir no-sensible, "sin la cual", dice vigorosamente René Guénon, "sin la cual no hay verdadera metafísica".

En efecto, el dominio de lo sensible como cualquier otro dominio limitativo, debe ser imperativamente superado para alcanzar el dominio del Conocimiento metafísico. Los fenómenos que tienen tal importancia en la tradición aristotélica, no hacen en realidad , más que desviar al investigador de su objeto esencial, y encerrarlo  en la positividad de un juicio existencial parcial, donde solo triunfa la muy estrecha lógica de la prueba y de la "causa". "En tanto no se supere la naturaleza, es decir el mundo manifestado en toda su extensión, afirma Guénon, se está todavía en el dominio de la física”. Ahora, es precisamente esto mundo sobre el cual importa esta "superación" radical, so pena de hundirse en una pseudo-metafísica reducida a la grosera ontología común de lo visible, pues "no hay conocimiento verdadero y válido más que el que tiene su raíz profunda en lo universal y lo informal". Esta metafísica "reducida", que se presenta en Occidente como el modelo mismo de la aproximación fundamental, tendría que hacer sonreír por su pueril pretensión a la "verdad" si, desgraciadamente, su  capacidad de hacer daño no hubiera  llevado a consecuencias desastrosas que, hoy día  ahora se expresan tan pavorosamente en el mundo moderno, mundo no contento con haber sometido a la lógica de lo verificable y lo y cuantificable los seres y las cosas , ha terminado por transformar al hombre mismo en un miserable mecanismo finalizado. Por lo tanto, Guénon tiene perfectamente razón en insistir como lo hace, en la necesidad de los occidentales que quieran comprender la perspectiva de la Tradición, de emprender, dejándose enseñar por la Metafísica verdadera, una apertura liberadora más allá de la dictadura de la razón y de lo sensible para alcanzar el dominio de lo inmutable mediante el despertar salvador del "intelecto trascendente". Sin embargo, es importante ver que "no es en tanto hombre que lograr esto, sino como ese ser que es humano en uno de sus estados, y es al mismo tiempo otra cosa y más que un ser humano". Esto explica por qué "es la toma de conciencia efectiva de los estados supraindividuales lo que es el verdadero objeto de la metafísica, o, mejor aún, que es el conocimiento metafísico mismo". Esto es sin duda uno de los puntos más importantes de la comprensión metafísica, pues el individuo, lejos de ser una ser cerrada, o acabado, "no representa en realidad más que una manifestación transitoria y contingente del ser verdadero; no es más que un estado especial entre una multitud indefinida de otros estados del mismo ser; y este ser es, en sí, absolutamente independiente de todos sus manifestaciones (...)". Esto significa concretamente, que lo que subsiste de más esencial en el individuo, es decir no su pequeño "yo*" sin interés, sino su "Si", permanece inalterable, estable y representa ese "Centro" principial del ser con el cual entra en contacto e el "intelecto trascendente" , que está en el origen del Conocimiento metafísico. El "intelecto trascendente", no lo olvidemos, es lo que permite afirmar que un ser "es todo lo que él conoce", sobre todo porque esta identificación por el conocimiento, es "el principio mismo de la realización metafísica".

Desde un punto de vista puramente histórico, Guénon pensaba que Occidente había tenido, en la antigüedad y en la Edad Media, en su poder una doctrina metafísica completa, reservada sin embargo para el uso de una determinada élite, y que era capaz de conducir a la realización de las posibilidades del ser, realización que, "para la mayoría de los modernos es sin duda una cosa apenas concebible; si Occidente también ha perdido por completo el recuerdo de la misma", añade Guénon muy pertinentemente, es porque ha roto con sus propias tradiciones, y es porque la civilización moderna es una civilización anormal y desviada". Como vemos, la posesión de una doctrina metafísica completa, lejos de ser un simple enriquecimiento para eruditos, es muy por el contrario, la base indispensable para la restauración de una civilización normal. Es pues indispensable, en nuestros tiempos actuales, pensaba Guénon, que los medios de la realización metafísica puedan ser presentados a los que sean juzgados dignos, "sabiendo que deberán ser adaptados a las condiciones del estado humano, ya que es en este estado que se encuentra actualmente el ser que, partiendo de ahí, deberá tomar posesión de los estados superiores". Convendrá pues, para el ser, en su vía metafísica, servirse preliminarmente de palabras, signos, símbolos, ritos, etc. Y tomar como un punto de apoyo sobre “sus formas pertenecientes a este mundo donde se sitúa su manifestación presente" a fin de elevarse a continuación por encima de este mundo mismo, y alcanzar finalmente el "estado primordial ","el estado absolutamente incondicional liberado de toda limitación, razón por la cual es enteramente inexpresable, y todo lo que se puede decir no se traduce más que por términos de forma negativa: negación de los límites que definen y determinan toda existencia en su relatividad. La obtención de este estado, es lo que la doctrina hindú llama "Liberación", cuando ella lo considera con relación a los estados condicionados, y también " La Unión" cuando lo enfoca con relación al Principio supremo. Tal es el sentido profundo de la expresión "eterno” que, en cierta manera, resume en ella misma la esencia infinita de la verdadera metafísica, cuando la Tradición afirma que ella es de origen "no-humano" e "infinito".  

(Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes Cap V " Caracteres esenciales de la metafísica", Cap VI " Relación de la metafísica y la teología", Cap VIII " Pensamiento metafíco y pensamiento filosófico", Cap X " La realización metafísica". El hombre y su devenir según el vedanta, Cap I " Generalidades sobre el vedanta", Cap II “Distinción fundamental del "Si" y del "yo", Cap VI " Los grados de la manifestación individual". Los estados múltiples del ser Cap III " El Ser y el No-Ser", Cap IV " Fundamento de la teoría de los estados múltiples" Cap XV " La realización del ser por el conocimiento", Cap XVIII " La noción metafísica de libertad". La Metafísica Oriental)

lunes, 15 de septiembre de 2014

De la perspectiva metafísica a la perspectiva religiosa (Georges Vallin)


De la perspectiva metafísica a la perspectiva religiosa
 

Extraído de
"Être et Individualité" (PUF, 1959). INTRODUCTION - DE LA PERSPECTIVE MÉTAPHYSIQUE AU REFUS DE LA TRANSCENDANCE. Chapitre Premier - LA PERSPECTIVE MÉTAPHYSIQUE ET LE DÉPASSEMENT DU PANTHÉISME
MuriloEl lunes, 3 de noviembre de 2008, por Murilo Cardoso de Castro

Una mirada lúcida sobre el mundo moderno nos revela, como el más incontestable  de los hechos, la desaparición creciente de la diversidad cualitativa de las colectividades y de las individualidades humanas. Y la uniformización a la cual conducen los progresos de la ciencia y de la técnica no concierne solamente al orden de los medios utilizados por el hombre de hoy, sino que también a la raíz subjetiva de sus motivaciones. La  objetivación uniformizante del mundo parece ir  al par con la desindividualización del hombre. La filosofía de la historia tuvo éxito a veces, como se sabe, al hacer de esta necesidad virtud llamando al individuo singular a integrarse en Totalidades que ponía como su esencia y su verdad. El sistema de Hegel encarna relieve este panteísmo prometeico del hombre moderno.

Entonces está claro que el desindividualización de hecho del hombre moderno es correlativo de una individualización fundada sobre la cantidad. La integración del individuo en las Totalidades panteísticas presupone el principio " de individuación por la materia”. La individualidad se revela pues una noción ambigua. Al lado de la muy clásico individuación por la materia, conviene admitir un individuación cualitativo, que esencialmente concierne a la subjetividad humana, y de la nos proponemos buscar sus fundamentos.

Durante mucho tiempo creímos encontramos a estos últimos en la filosofía de la existencia de Kierkegaard. La meditación de la obra del pensador danés nos había dado a entender la importancia decisiva de su categoría del Individuo (NA: Cf. J. Wahl, Estudios kierkegaardianos, p. 270: la soledad de la Existencia: la categoría de lo Único.). Y nos parecía que sólo las relaciones de la subjetividad humana con la Trascendencia, o más precisamente, con lo Absoluto puesto como transcendental, en el " temor y el temblor " de una "fe" que reposaba en la " conciencia del pecado ", podían preservar al individuo de la integración panteística a la cual lo destinaba el Sistema hegeliano.

La individuación cualitativa, que en este caso coincidía con una "personalización", parecía en nosotros profundamente vinculada a una interiorización de la subjetividad fundada sobre una experiencia cierta y espiritual de la Trascendencia de lo Absoluto, y sobre el rechazo de encerrar al hombre en el círculo del dogmatismo humanista. Esta individuación cualitativa o " de interioridad ", profundamente distinta de la individuación de exterioridad que funda el principio de " individuación por la materia ", equivale a lo que se podría llamar un transascendencia (NA: término que tomamos de prestado a J. Wahl, en Existencia humana y trascendencia.) interiorizante de la subjetividad humana.

Nos parece siempre evidente que este transascendencia interiorizante constituye el fundamento de la individuación cualitativa.

Pero el descubrimiento de ciertos aspectos de la metafísica oriental, particularmente del no Dualismo de Vedanta (NA: encontraremos en nuestra obra La perspectiva metafísica, P.U.F ., 1959, una bibliografía que permite una iniciación al pensamiento vedántico, particularmente a la doctrina a no dualista de Shankara.), así como una segunda lectura de los textos neoplatónicos (NA: particularmente de Plotino a la luz del no Dualismo vedántco.) nos condujo a tomar consciencia de las limitaciones que este "transascendencia" reviste en el existencialismo de Kierkegaard.

A la luz de lo que hemos propuesto  llamar " la perspectiva metafísica " (NA: conviene anotar aquí que la perspectiva metafísica puede expresarse (NA: cf. Maestro Eckhart) en tradiciones espirituales de tipo religioso en el sentido estricto (NA: monoteísmo judeocristiano y musulmán) lo mismo que a la inversa la perspectiva religiosa puede expresarse en tradiciones espirituales de tipo "mitológico-metafísico". Cf. Vedantin "dualista" "Ramanuja".) La evolución espiritual de este último nos pareció  ligado a presuposiciones dogmáticas que le prohíben un sobrepasamiento  efectivo del panteísmo hegeliano. Esta evolución se inscribe en efecto en el marco de lo que llamaremos la perspectiva religiosa, que engloba ciertos tipos de experiencia espiritual (NA: yendo de la fe "exotérica" del carbonero hasta ciertas cumbres de la experiencia mística) y que comprende tanto el teísmo personalista de Vedantin "dualista" "Ramanuja" como el de Lutero y de santo Tomás de  Aquino.

Sin analizar desde ahora en sus detalles las modalidades diversas de esta experiencia de tipo religioso (NA: Cf. nuestro artículo: esencia y formas de la teología negativa en la Revista de metafísica y de la moral (NA: abril de 1958), donde esbozamos dos aspectos diferentes de esta experiencia) (NA: san Juan de la Cruz y Gregorio de Nisa).) a los cuales consagraremos una obra próxima (NA: La experiencia espiritual de la Trascendencia.), nos limitaremos a observar que:

1. La perspectiva religiosa se distingue de la perspectiva metafísica sobre el plano doble de la experiencia espiritual y de las presuposiciones doctrinales;

a) Mientras que la perspectiva metafísica reposa en una experiencia espiritual orientada sobre el Conocimiento por el cual la subjetividad humana se identifica con un Absoluto " transpersonal " o suprapersonal " (NA: Y no "impersonal".) que constituye su "Sí" o su "Esencia" íntima (NA: La experiencia espiritual de estilo metafísico se inserta en la India tradicional, en lo que Vedantinos llaman la " Vía del Conocimiento " (NA: Jnana marga) que se distingue de la vía de Amor (NA: bhakti marga) donde la experiencia espiritual es de estilo religioso.), la perspectiva religiosa desemboca en una experiencia espiritual fundada sobre el Amor, por el cual la subjetividad humana despojada de su orgullo pero no de su ego, se une a la Persona divina de quien queda para siempre separada por un infranqueable abismo.

b) Mientras que la perspectiva metafísica implica una concepción integral de la Trascendencia de lo Absoluto que se revela correlativa de su inmanencia radical a lo manifestado, de tal modo que el mundo y el hombre son puestos como reflejos del Principio y no como las sustancias, ni incluso como  efectos o modos, la perspectiva religiosa se caracteriza por una concepción fragmentaria o abstracta de la Trascendencia: lo Absoluto no es contemplado allí como el Sí o la Esencia de las realidades finitas, sino solamente como su Causa productora o creadora. La limitación de lo Absoluto que no es concebida más que como Causa de lo Múltiple parece entonces correlativa de la limitación de las "criaturas" cuya condición constituye la esencia. El mundo  y el hombre aparecen sea  como modos (NA: en el emanatismo teísta de Ramanuja) sea como criaturas, pero siempre como efectos, y no como reflejos. La esencia del hombre se identifica aquí con la condición humana. Esta perspectiva reposa pues en una irreductible exterioridad recíproca (NA: este exterioridad es efectivamente recíproca porque si es evidente que "Dios" se sitúa más allá no sólo de la existencia, sino de la misma esencia de la "criatura" parece no menos claro que la criatura en tanto que tal está necesariamente, bajo cualquier relación, fuera de un Absoluto que por esencia lo "crea" y la conserva en su ser de criatura.) de lo "creado" y de lo "increado".

 

2. En la perspectiva religiosa, el movimiento de transascendencia interiorizante, que nos Parece desarrollarse al máximo en la perspectiva metafísica, se encuentra limitado por este exterioridad recíproca que encierra la subjetividad humana tanto como la "subjetividad" divina en una determinación o una negación personalizante (NA: la persona finita  encontrándose a la vez unida a y separada de la Persona infinita). Dentro de la perspectiva religiosa, la limitación de la interiorización puede revestir dos aspectos diferentes, según que se ponga el énfasis en el aspecto "unión" y "el amor" o sobre el aspecto "separación" y " conciencia del pecado”. Mientras que las cumbres de la mística sanjuanista y el itinerario de la espiritualidad de Gregorio de Nisa (NA: Cf. J. Daniélou, Platonismo y teología mística (NA: Aubier).) están orientados sobre la unión personalizante del alma humana con Dios, la espiritualidad kierkegaardiana, donde la Fe se reduce a un movimiento puro de Querer despojado por toda luz intelectual, está muy alejada la "gnosis" metafísica de Védanta o del Neoplatonismo, a causa de su subjetivismo voluntarista orientado sobre el "temor" más que sobre el amor de Dios, sobre la angustiosa conciencia del "pecado" más que sobre tranquilizadora certeza de la "gracia". También el Individuo kierkegaardiano nos ha parecido, a la luz de la perspectiva metafísica, como un aspecto limitado de una realidad más universal a la cual hay que referirse para que el individuación cualitativo o la individuación de interioridad encuentre su sentido verdadero y su fundamento.

 

 

La perspectiva metafísica y el principio de individuación (Georges Vallin)


La perspectiva metafísica y el principio de individuación

 el 4 de noviembre de 2008, por Murilo Cardoso de Castro


Extraído de  "Être et individualité. Éléments pour une phénoménologie de l’homme moderne ", par Georges Vallin. PUF, 1959.II. - la perspectiva metafísica y el principio de individuación



A) La Trascendencia como la interioridad absoluta.

Trascendencia, subjetividad y vía negativa

( NA: Los fundamentos metafísicos del " individuación de interioridad ")

La noción de lo Absoluto que caracteriza la perspectiva metafísica reposa en una concepción integral de la Trascendencia. Si lo Absoluto concebido en estilo metafísico, por oposición a lo Absoluto concebida en estilo "religioso" escapa rigurosamente, en tanto se lo contempla en sí mismo a toda relatividad, a toda limitación, hasta interna o principial, es porque "se" "sitúa" por decirlo así  en el límite extremo del movimiento de transascendencia que coincide con lo que proponemos llamar analógicamente la individuación de interioridad. Está al término de una "interiorización" del ser, que es sin duda posible efectuar a partir de los "objetos" de la experiencia sensible, pero que se incorpora preferentemente sobre un ahondamiento de la conciencia de sí.

La perspectiva metafísica que, como lo mostramos en otro lugar (NA: La perspectiva metafísica, op. cit ., III parte cap. I.) Sobrepasa la alternativa del idealismo y del realismo, no realiza plenamente sin embargo el significado de lo Absoluto que ella apunta, más que en el cuadro de una vía aparentemente subjetiva que esencialmente se expresa en términos de conciencia y de interioridad. La serenidad objetiva del conocimiento así como su universalidad presuponen una interiorización previa. Es lo que nos parece conferir al aspecto vedántico de la perspectiva metafísica una superioridad cierta sobre el aspecto neoplatónico particularmente plotiniano,  que le es sin embargo, creemos, esencialmente equivalente (NA: esta superioridad se manifiesta particularmente en la aplicación de la doctrina a la realización espiritual. La interioridad del Sí presupuesta por la "teoría" vedántica es como una invitación para realizar, para "hacerse" lo que soy, mientras que " la objetividad " de lo Uno produce primero como un reflejo de distancia.). Pero esta interiorización, que se quiere radical, sobrepasa de hecho la dualidad entre el interior y el exterior, y no es más que por razones de método, teniendo como punto de partida de la experiencia misma, que el lenguaje de la conciencia y de la interioridad es el menos inadecuado. Así como una reflexión sobre Cogito cartesiano puede asegurarnoslo, el pasaje a lo Absoluto no puede cumplirse más que a partir de la interioridad del sujeto pensante. Si se emplea el lenguaje del " exterioridad ", es sin duda por razones "más "psicológicas" que "profundamente "doctrinales" (NA: Plotino en un estilo occidental, hablará de lo Uno o el Bien más bien que del Sí o de la no Dualidad.). La exterioridad presupone la interioridad, la conciencia del mundo presupone la conciencia de sí, mientras que ésta no presupone aquella. Descartes mostró bien esta verdad, aunque posiblemente no hubiera descubierto las implicaciones esenciales. Para pasar de lo relativo a lo Absoluto, es preciso  primero pasar de la exterioridad a la interioridad, es decir a la subjetividad. Esto nos explica que la "prueba" fundamental de " la existencia " de lo Absoluto esté  orientada en Shankara sobre una especie de Cogito (NA: Cf. Lacombe, Lo Absoluto según Vedanta, p. 229 sq.). Se trata de despojar progresivamente a la conciencia de sí de todo lo que no es el Sujeto puro, el Testimonio , el Espectador, que es necesario "discriminar" cuidadosamente del "Espectáculo" (NA: Cf. " Cómo discriminar al espectador del Espectáculo ", Tratado vedantico, Ed. Maisonneuve.). Pero la interioridad de la conciencia de sí implica todavía una relatividad. También la interiorización empujada hasta su extremo limita conduce a una interioridad vaciada para decirlo así de toda relación con uno " en lo exterior ", que estaría situado "en el interior" por ella misma. La interiorización absoluta no acaba entonces en todo rigor en la Conciencia absoluta, sino  en la trascendencia absoluta de un Absoluto realizado a partir de la conciencia de sí. En otros términos, si lo Absoluto es interioridad absoluta, necesariamente está más allá de la Conciencia en tanto  ésta permanece conciencia de sí, como está más allá de la oposición misma entre el exterior y el interior. Es lo que indica bien el empleo de un pronombre de la tercera persona: Atman, el Sí para designar de manera positivo aunque evidentemente analógica, el término apuntado por este verdadero pasaje  límite de la interiorización. Si se puede analógicamente  aplicarle el término de Conciencia (NA: Chit) (NA: Cf. ternario clásico: Ser-Consciencia-Beatitud (NA: Sat-Chit-Ananda) que es atribuido por Shankara al aspecto " transpersonal " de lo Absoluto.), se trata allí de una conciencia que escapa de la ley que parece deber aplicarse toda conciencia en general, y hasta a la de "Dios", y según cuál toda conciencia es conciencia de algo (NA:  sea conciencia del "mundo", o sea conciencia de sí), y esto no a consecuencia de una imperfección ontológica, sino por plenitud. La conciencia en tanto conciencia absoluta no es del ser al cual  la "espiritualidad" se añadiría misteriosamente a consecuencia de no sabemos que  cataclismo metafísico. Ella posee eminentemente la dimensión de interioridad que es  esencial a la conciencia. Pero esta interioridad que es propiamente infinita, pues más allá de toda relatividad, en virtud misma de su plenitud y de su actualidad ontológica, sobrepasa la Conciencia de sí conduciendo hasta su término el movimiento de interiorización por el cual la conciencia misma comienza por tomarse ella misma como distinta de sus objetos. Tal es lo que se puede llamar el aspecto de "espiritualidad", o de "interioridad" de lo Absoluto concebido en estilo metafísico (NA: es esta la dimensión la que parece haber descuidado Spinoza, mientras que no está ausente del neoplatonismo, a pesar del aspecto "extático" del " contacto con el Uno.). La Trascendencia absoluta es primero interioridad absoluta, subjetividad infinita, pero subjetividad transpersonal y transsubjetiva, no limitada por la conciencia que tomaría de sí. No es más que a este precio  como la interiorización radical puede desembocar en un Absoluto rigurosamente ilimitado, es decir idéntica a la plenitud infinita y actual del ser (NA: este aspecto de actualidad infinita del ser implica evidentemente el aspecto " de eternidad ".). Lo real  no sabría pues encontrarse por fuera de la  Subjetividad así, ya que la interioridad absoluta sobrepasa la distinción de dentro y de fuera. Esta es  la razón por la cual el ser no es deducido a partir de la dimensión " de interioridad ", sino que coincide rigurosamente con ella. Si lo Absoluto metafísico puede ser puesto como universalidad concreta y actual del ser, precisamente es debido a su interioridad, debido a su espiritualidad "meta-espiritual", debido a su interioridad que trasciende la concepción dogmático que el "espiritualismo" suele hacerse del Espíritu.

Vemos pues en que sentido podríamos hablar de un individuación absoluta de la Trascendencia así concebida. Lo Absoluto metafísico es en cierto sentido el Individuo absoluto, que posee la indivisible plenitud de la interioridad.

Comprendemos fácilmente que la interiorización absoluta que desemboca en la Trascendencia absoluta coincida con una negación integral, es decir con un sobrepasamiento  ontológico concreto - y radical - de toda relatividad, de toda multiplicidad incluso "interior". Es por eso que el apofatismo  de la vía negationis se revela el instrumento por excelencia de la dialéctica propiamente metafísica. No porque esta negación concierna evidentemente al ser mismo de lo Absoluto, al menos bajo su aspecto más profundo.  No es más que el instrumento necesario de un transascendencia a la vez epistemológica y existencial que se efectúa de hecho a partir de la multiplicidad y a partir de la relatividad empírica. Se trata de negar la negación, es decir la limitación constitutiva de toda realidad empírica, para acabar en la plenitud positiva, que, contemplada en ella misma, es afirmación absoluta, realidad infinita, en absoluta indeterminación, etc.

Pero no se ha tomado  siempre conciencia  de las implicaciones más importantes de esta negación. Es así  como la teología negativa es concebida en el hombre religioso en función de  una negación, es decir en función de a una transascendance más intencional y abstracta que efectiva. La vía negativa reviste por otra parte en la perspectiva religiosa dos funciones esenciales:

1. Sobre el plano "dialéctico" de la teología natural de un santo Tomás, por ejemplo, aparece como el simple complemento de la teología catafática , destinado a despojar de su antropomorfismo las calidades que ésta le atribuye por analogía a Dios, es decir al Absoluto personal. No es concebida por santo Tomás como un instrumento destinado a sobrepasar lo que la teología oriental, más metafísica, llama las "Energías" frente " la Esencia " de Dios. No es concebida más que con arreglo a la " vía de analogía ", encontrados ésta  por otra parte en relación estrecha con la técnica de las pruebas a posteriori, que parten del mundo para acabar en Dios y que no conciben a Dios más que en función de a su relación con el mundo , es decir como Causa creadora. Hay que advertir  por otra parte que el sobrepasamiento  tomista de la teología natural hacia la teología trinitaria "revelada" no llega  ( NA: Y no lo  busca por otra parte) a sobrepasar esta "relatividad" pretendiendo apuntar a la "vida íntima" de la divinidad (NA: la teología mística de la Iglesia de Oriente nos parece reservar, gracias a su apofatismo, lo que es capaz de sobrepasar las exigencias pasionales de la conciencia religiosa, la posibilidad de una comprensión propiamente metafísica de los "misterios" de la Trinidad.).

2. Sobre el plano "existencial" de la " teología mística " de un san Juan de la Cruz, el método negativo aparece primero como el rechazo voluntario de este mundo en la realidad sustancial del cual el espiritual invenciblemente ha sido  condicionado  a creer, de donde la  negatividad pasional de la angustia y de las tinieblas de "noche" sanjuanista.

La negación metafísica es a la vez integra y concreta. Realmente va hasta el límite del transascendencia, y es por eso que alcanza naturalmente y necesariamente este aspecto de irrelatividad y de interioridad radicales de lo Absoluto que constituye la Subjetividad transpersonal (NA: sabemos que el apofatismo de la perspectiva metafísica se traduce por el empleo de términos de estructura negativa para designar lo Absoluto metafísico: no dualidad vedantica, no Actuar taoísta, Non-Ser guénoniano, etc. (NA: cf. La perspectiva metafísica, op. cit ., I Parte, cap. II).).

 

B) La inmanencia de lo Absoluto metafísico y el origen de la negación

Significado metafísicos y justificación del " individuación por la materia”

1. El aspecto positivo de la individuación  de exterioridad

 La "Materia inteligible”

La perspectiva metafísica se distingue por el rigor de su concepción de lo Absoluto y las conclusiones que saca (NA: mostramos en otro lugar cómo este extremo rigor está unido  a una ausencia de dogmatismo. La perspectiva metafísica no es un sistema. Esta  ahí lo que nos parece distinguir muy profundamente a Platón, Plotino o Shankara de un filósofo como Spinoza, que se acerca sin embargo a su perspectiva por muchos aspectos de su sistema.). Acabamos de tener un ejemplo con su concepción radical de la negación. Vamos encontrar otro en su concepción del origen mismo de la negación, que es sólo una consecuencia rigurosa de la Trascendencia absoluta o de la Infinidad del Principio.

Lo Absoluto no sería verdaderamente absoluto, si dejara lo relativo fuera de de él. Y Hegel lo había comprendido bien, haciendo de lo "negativo" la esencia misma de lo Absoluto o del Espíritu”. La perspectiva metafísica no hace de la esencia misma, sino una consecuencia necesaria. Esta distinción es capital. Lo Absoluto que se "negará" en la manifestación no dejará por eso de permaneer lo Absoluto tal como lo acabamos de describir, es decir plenitud infinita y sobreactual de la realidad. La negación, es decir la limitación en virtud de la cual la relatividad y la multiplicidad pueden manifestarse, es posterior y subordinada a lo Absoluto sin introducir en su esencia el menor rastro de dualidad. Vamos a ver en que sentido se puede decir que la negación procede de lo Absoluto concebido en el extremo rigor de su noción metafísica, abordando un segundo aspecto de la dialéctica propiamente metafísica, a saber su aspecto antinómico, o su "antinomismo" que consiste en un sobrepasamiento  del principio de no contradicción. La negación o la transascendencia que acaba en la plenitud del Sí, o de lo Uno es correlativa de la aplicación rigurosa del principio de identidad en tanto se lo contempla bajo su aspecto "ontológico". Conocemos por otra parte la aplicación que ha hecho Parménides. El Ser es, el no ser no es. El metafísico vedantino o neoplatónico no dice otra cosa. Pero lo dice de modo más profundo. Porque lo Uno de Parménides queda petrificado en su trascendencia, como el Dios de Aristóteles. La negación que conduce a afirmar que sólo " lo Uno es " y que " el no ser no es " queda finalmente abstracta: llega a poner el mundo aparte de lo Uno, dejando por así  decirlo fuera de lo Uno su propia negación, y  limitándolo por ahí mismo por la ausencia de esta última. Pudimos alabar a Platón por  el parricidio de Parménides. Pero todavía conviene comprender en que  sentido lo "mató", es decir sobrepasado el principio de no contradicción.

Creemos que lo sobrepasó no porque era más "físico" o "más "poeta", es decir más atado a lo Múltiple, a la diversidad infinita de la realidad, sino porque era más profundamente metafísico, en el sentido riguroso que damos a este término. El genio de Platón no es tanto haber introducido la "vida" y el "movimiento" en el corazón de las Ideas (NA: Hegel lo hizo con más audacia, pero menos sutileza que el metafísico "puro".) como de haber conservado simultáneamente la inmovilidad y el movimiento. La Idea, aunque eternamente actual, "se" "mueve", y el mundo puede "participar" en su esplendor gracias a este movimiento que no añade rigurosamente nada a su plenitud actual. Es porque la Idea es verdaderamente transcendental que es también, correlativamente radicalmente inmanente. Lo que es verdad de la Idea lo es a fortiori de lo Uno o del Sí.

Para que el Ser sea verdaderamente, hace falta que el no ser sea también de una manera cierta. Tal es la clave paradójica de la perspectiva metafísica. Si el no ser no fuera, si no participara en el ser, estaría fuera del ser, se pondría por decirlo así aparte del ser  que limitaría por ahí mismo su plenitud infinita.

El no-metafísico, a consecuencia de su crispación dogmática sobre una idea incompleta del Ser o de lo Absoluto, llega a limitar prácticamente la Infinidad del Principio que creía al contrario justificar y  protegía por su "negación" del "no ser" (NA: es curioso por lo menos anotar a este respecto que Parménides, a pesar de su "Eleatismo" está más próximo de Aristóteles que de Platón. Su monismo teórico es un dualismo de hecho como el de Aristóteles. Nada es menos Platón que "dualista", sino por razones de metodología espiritual.). La aplicación rigurosa del principio de identidad y de la dialéctica apofática implica pues un sobrepasamiento aparente del principio de no contradicción y la aplicación de una dialéctica antinómica. La negación aparente de lo Absoluto es necesaria para preservar la realidad de su Trascendencia, para evitar acabar en una Trascendencia abstracta, es decir separada de lo que niega. Hace falta que Dios mismo afirme por decirlo así el mundo negándose a sí mismo para no estar limitado por la ausencia de su propia negación. La Trascendencia puede ser absoluta o radical sólo si es correlativamente, pero sobre otro plano, inmanencia absoluta o integral (NA: esta coincidencia de los polos opuestos es la misma marca del verdadero Infinito, del Infinito metafísico. Si sobrepasa la razón, es a la manera en la que lo Absoluto trasciende concretamente la manifestación, no excluyéndolo, sino integrándola.).

La "necesidad" de esta "negación" no arrastra ninguna limitación así como lo imagina la ontología pasional de la perspectiva religiosa: la necesidad coincide rigurosamente aquí con la libertad (NA: necesidad y contingencia son unas categorías que son antinómicamente sobrepasadas al nivel de lo Absoluto metafísico: el "necesitarismo" masivo y dogmático del vocabulario espinosista justificaba la afirmación más pasional y más dogmática de la "libertad" divina entre sus adversarios " creacionistas ".); la inmanencia de lo Absoluto es rigurosamente idéntica a su Trascendencia. En otros términos, la Trascendencia verdadera de lo Absoluto, que implica como una " consecuencia necesaria " (NA: se trata aquí de lo que se podría llamar una necesidad de perfección.) su inmanencia absoluta exige la doctrina metafísica de la Ilusión cósmica, de la Maya vedántica, de la Alteridad o de la Materia inteligible del neoplatonismo. La superabundancia infinita de lo Absoluto "exige" su manifestación (NA: así como Espinosa lo vio bien, pero en una óptica muy diferente, que no preservaba realmente la Trascendencia divina). Pero la manifestación en su entera totalidad  no sólo no es rigurosamente nada fuera del Infinito (NA:Espinosa dirá que los modos no  existen realmente más que en Dios) sino que no es rigurosamente nada más que el Infinito mismo (NA: podríamos mostrar cómo la teoría emanantista de Espinosa introduce en Dios una limitación análoga a la que criticaba en el creacionismo. Desde el punto de vista de la perspectiva metafísica, la oposición no está entre Monismo y Dualismo, sino entre no dualismo metafísico y ontoteología dogmática (NA: Aristóteles, santo Tomás, Espinosa).). La manifestación consecutiva a la "negación" de lo Absoluto no constituye más que una negación ilusoria, de la que importa determinar bien su sentido. Ilusorio no significa "irreal". Maya o la Alteridad o la materia inteligible no es irreal en la medida en que no es diferente de lo Absoluto (NA: Shankara), en la medida en que participa en el Ser (NA: Platón).

Si no fuera, es decir si fuera "irreal", si no participara en el ser, se quedaría aparte de él, separada de él, y sería pues " en cierto sentido mucho más "real" que siendo puesta como "ilusoria". No diferente de lo Absoluto, la Materia inteligible no le es tampoco idéntica, nos dice  Shankara.

Su identidad (NA: expresada bajo la forma más rigurosa que convenga a la " teología negativa " de la perspectiva metafísica, a saber el apofatismo vinculado al anti-nomismo (NA:ni  diferente, ni no diferente).) en  lo Absoluto preserva la afirmación de la plenitud infinita de este último. Su no-Identidad identificada paradójicamente a su identidad con él preserva el carácter de la Trascendencia de lo Absoluto. Manifestándose, lo Absoluto verdaderamente no sale de mismo, o más profundamente el "mundo" siendo manifestado no sólo verdaderamente no " sale " de Dios (NA: el emanantismo reúne a este respecto la limitación del creacionismo.) pero no cesa  jamás de serle efectiva o esencialmente idéntico.

Es esta identidad metafísica rigurosa entre lo Absoluto y lo manifestado que, lejos de deshacer lo manifestado, le confiere al contrario toda la realidad de la que es capaz.

La  negatividad está  pues arraigada en lo Absoluto, pero no es su esencia (NA: Cf. Plotino, Enn ., II, 4, 5: " no que esta indefinidad sea en lo Uno, sino  (NA:) la crea. "). Procede misteriosamente de su plenitud infinita pero sin alterar a esta última.

La  inmanencia de lo Absoluto en lo manifestó coincide con lo que llamaremos la generalización metafísica del principio de individuación por la materia. Vimos que la  "Nada", o la "Materia" no es ni verdaderamente diferente de lo Absoluto ni verdaderamente idéntica. Ni real, ni irreal, esta naturaleza engañosa no es pues  solamente engañosa. Es lo que se olvida demasiado a menudo refiriéndose a la imagen un poco similista que Occidente, a consecuencia de Schopenhauer, tiende a hacerse de la Maya  vedántica. Nos parece rigurosamente idéntica, así como lo mostramos en otro lugar, a la Materia plotininiana, de la que reviste el aspecto doble. La nada en tanto que  no diferente de lo Absoluto aparece como principio positivo de individuación. Equivale a lo que llamaremos el aspecto positivo de individuación de exterioridad, estando bien entendido que la individuación en el sentido riguroso de este término se reduce a esta última (NA: Lo que llamamos el individuación de interioridad no es pues designado más que  impropiamente por esta expresión. Se trataba más bien del principio de interiorización. Pero la misma posibilidad de emplear legítimamente esta última es un signo de la ambigüedad de esta noción fundamental, que sólo refleja la ambigüedad del principio metafísico de individuación mismo, de esta Nada, de esta "Materia" o de este "Mâyâ", la que es a la vez la potencia tenebrosa que aleja (NA: ilusoriamente) de lo Absoluto (NA: individuación de exterioridad) y la potencia atractiva que le vuelve a traer a él la manifestación (NA: individuación de interioridad).).

Este aspecto positivo se traduce de maneras diversas. Corresponde a lo que Plotino llamó la Materia inteligible, que se revela la condición de la producción de las Ideas o de la Inteligencia, es decir de esta determinación eminentemente positiva que es el Ser en tanto Unidad de lo Múltiple, como multiplicidad inteligible (NA: Cf. Enéadas, II, 4, 5.). La materia inteligible aparece en Plotino como la raíz de la multiplicidad infinita de las Ideas. En Shankara, Maya es la raíz del "Señor" (NA: Ishvara), es decir de Dios causa primera, el productor del mundo, correspondiente al Intelecto universal del platonismo. Aparece como la fuente de un aspecto eminentemente positivo del Infinito. No potencia de ilusión, sino omnipotencia productora, Energía, Madre divina (NA: Cf. el culto de la Madre divina en el Hinduismo.). En el tantrismo, es el aspecto de lo Absoluto que prevalecerá, pero como integrado en el aspecto de interioridad, de no dualidad pura. La perspectiva religiosa se limita exclusivamente a este aspecto de lo Absoluto, y es en el sentido que la individuación " de exterioridad " por la "materia inteligible " puede ser puesta como el principio metafísico de la Persona, es decir de la Conciencia de sí. La "negatividad" o más bien la "Omnipotencia" de lo Absoluto que es paradójicamente idéntica y no idéntica a este último la conduce a manifestarse a sí misma en la multiplicidad infinita de los aspectos inteligibles de su Verbo. La Materia inteligible es el aspecto de infinidad, de expansión infinita, de lo Absoluto pero que se queda (NA: por decirlo así) en la misma sombra de lo Absoluto (NA: Es lo que explica la interpretación unilateral pero completamente válida que hace el teísta Ramanuja de la Maya vedántica, y  que se encuentra también en la "potencia maravillosa " que circula, en la inteligibilidad de la que habla Plotino  en En ., II, 9, 8.). Multiplicidad no dispersiva, multiplicidad de riqueza, principio "creativo" o más bien manifestador " ya que na hace más que revelar por la multiplicidad de las ideas la plenitud infinita de lo Absoluto.

Es a este nivel que se encuentra el aspecto cualitativo o esencial del límite, en virtud del cual el límite, es decir la Esencia, la Idea, distingue los seres sin separarlos, los une sin confundirlos. La alteridad "inteligible" inherente a la Idea platónica, desempeña un papel positivo, en la puesta en orden   del cosmos a partir de la potencialidad cósmica que está constituida por el reflejo invertido de  esta "materia inteligible ", es decir por el aspecto "propiamente "negativo" de la Nada. Esta "Alteridad" es idéntica a la potencia infinita del "Padre" que engendra de toda eternidad al "Hijo", es decir al Verbo eterno de la teología trinitaria el Cristianismo. Es el aspecto en cierto modo positivo de la "Nada" que se encuentra en las diversas formas de "esencias". Y es en virtud de su participación más o menos profunda en " la Alteridad inteligible ", en Esencia concebida no más  en su interioridad pura, sino en su exteriorización principial, que la subjetividad y a las realidades a las que se refiere en el mundo revisten un aspecto de determinación positiva.

El aspecto positivo (NA: por oposición al aspecto "negativo" que se se desarrollará al máximo en el temporalismo nihilista de Sartre.) de la conciencia de sí, que caracteriza la estructura de la Persona espiritual en el marco de la perspectiva religiosa nos aparece la forma más importante del positividad de esta Alteridad inteligible (NA: este análisis nos ayuda a comprender que no hay esencia pura de toda "materia", si no la raíz "esencial" de todas las esencias, que se sitúa ella misma  " más allá de la esencia ", según la fórmula de Platón. La perspectiva metafísica no retenida por limitaciones sentimentales, nos conduce pues a reconocer que Dios, como "creador" del mundo, es material a algún grado.).

Pero lo que constituye, en la perspectiva metafísica, la real  positividad de la Materia inteligible es su " conversión a lo Uno ", como dice Plotino. Es su orientación hacia la interiorización absoluta que da a esta individuación de exterioridad principial su aspecto positivo.

No es más  que en esta perspectiva donde la trascendencia absoluta del Infinito envuelve su inmanencia absoluta que se revela posible una misterioso (NA: más bien que paradójica) coincidencia de estos polos opuestos que son la Universalidad del Ser y la singularidad del individuo aparentemente sometido a el separatividad de la "materia". Es la no dualidad de la perspectiva metafísica que nos parece fundar y justificar más profundamente la singularidad cualitativa de los seres. Es porque el Intelecto plotiano es sólo una exteriorización principial de lo Uno o del Sí, que su inmanencia radical a la manifestación permite hacer corresponder a cada uno de los individuos singulares a uno de los aspectos innumerables incluidos en la universalidad concreta del mundo inteligible (NA: de donde la teoría plotiniana de las " Ideas de los Individuos ". Cf. Enn ., V, 7.).

El individuo debe ser concebido como perteneciendo, para hablar el lenguaje de Plotino, a lo inteligible por el lado superior de su ser, para que los acontecimientos y los accidentes singulares que ritman su devenir puedan "ser deducidos" de su esencia.

Hace falta para esto que la realidad de este individuo tal como ella es concebida por Dios sea realmente - y no verbalmente - más que su proyección en el cosmos. Y no puede ser realmente más que si el aspecto personal del Dios creador es sobrepasado hacia el aspecto suprapersonal del Sí shankariano, de la "Deidad" eckhartiana. En otros términos, la criatura no puede ser interiorizada hasta el punto de justificar metafísicamente la Idea divina de un ser singular más que si la interiorización misma del Creador es empujada así como la suya propia  hasta su límite (NA: en otros términos no hay verdadera integración de lo indefinido más que por una coincidencia paradójica entre la inmanencia absoluta y la trascendencia absoluta. No es más que a este precio que la lógica según el entendimiento de Aristóteles puede ser realmente sobrepasada. Es Plotino o Nicolas de Cusa quien realmente sobrepasan la lógica de Aristoteles, y no Leibniz o Hegel.). Hace falta que la criatura y el creador se interioricen en la absoluta transpersonalidad del Sí para que haya una justificación verdaderamente integral, o una integración en el sentido más metafísico del término de la indefinida multiplicidad cualitativa de los accidentes singulares que caracterizan a un ser individual. No es más que a este precio que los seres y los acontecimientos singulares pueden tener, como en Nicolas de Cusa, " un valor teofánico " (NA: Según la expresión de Sr. de Gandillac, in Obras escogidas, de N. de Cusa, p. 38 (NA: edit.. Alubier).). Dios no podía saber que César franquearía el Rubicón más que porque en él y por encima de él su Deidad era más que su Persona.

2. El aspecto negativo de la individuación de exterioridad.

La Nada como Materia no inteligible y la situación del "principio" de individuación por la materia.

La ambigüedad fundamental de esta "Materia" principial (NA: si Plotino no habla apenas de la materia inteligible y teme divulgar sus "secretos", tiene por lo menos una conciencia neta de la ambigüedad de Mâyâ, ya que nos habla de " dos materias) " (NA: Enn ., II, 4).), que no es ni diferente ni no diferente de lo Absoluto, exige que al lado de su transparencia radical a lo Absoluto, que se expresaba en la materia inteligible, o en el aspecto positivo del individuación de exterioridad, se encuentren un aspecto diferente y negativo de esta última que se expresará particularmente en el principio de individuación por la materia tal, como es contemplado en la ontología clásica. Se trata aquí del aspecto inferior de Maya, de lo que Vedantinos llaman el " poder de obnubilación " (NA: avarana shakti) que  vela  lo Absoluto, o todavía la Ignorancia (NA: Avidya).

Este aspecto de la "materia" es evidentemente el más importante para el metafísico en tanto que  "espiritual" enfrentándose con la realidad del mal, del sufrimiento o de la muerte, que se trata a la vez de comprender y de sobrepasar (NA: La unidad profunda de la " vía del conocimiento " de la sabiduría vedántica valora la imposibilidad de separar estos dos aspectos: el sobrepasamiento  exige el conocimiento, el conocimiento es el instrumento por excelencia de este sobrepasamiento , de esta transascendencia metafísica que es una integración no sólo pensada sino efectuada o realizada.) existencialmente . También Shankara por ejemplo contempla en general a Mâyâ como Avidya, como Inciencia, raíz de la Ignorancia que nos separa ilusoriamente de lo Absoluto.

Es este aspecto de "Mâyâ" que la perspectiva metafísica nos parece situar en la raíz de lo que llamaremos la individuación  separativa. Al lado de la Alteridad convertida en el "Bien", hay una Alteridad que se aparta  de él y que está en la misma raíz del aspecto "sustancial" del límite. O más precisamente, esta Materia no inteligible, este "irracional" principial que, contemplado en él  mismo es radicalmente ininteligible, es como el reflejo  invertido del Infinito, que no sabría jamás constituir el objeto de un Conocimiento verdadero (NA: no es alcanzado , como dice Platon, más que por un razonamiento bastardo (NA: cf. Timée, foque. Cit.).).

Es lo ilimitado por ausencia total de límites esenciales, y es ella la que  constituye el principio de la limitación separativa o sustancial. En otros términos, es lo que llamamos con Guenon (NA: Cf. Guenon, El hombre y su devenir según Vedanta, p. 45 sg. (NA: las Ediciones tradicionales).), la " Sustancia universal " pero en el estado puro, la cara "oscura" de Mâyâ, reflejo necesario de la plenitud infinita, del Sí, como la Alteridad inteligible era la omnipotencia inteligible de lo Uno. Bajo este aspecto aparece como principio de Ilusión, potencia engañosa. Sobre el plano del Conocer es Avidya o " Inciencia ". Sobre el plano ontológico, es potencia divisoria y constituye el conjunto de las limitaciones por las cuales el mundo parece múltiple y distinto de su Principio. Pero la inmanencia perfecta del Sí a la manifestación exige que este separatividad sea rigurosamente nula en tanto se busque oponerla al Principio. La multiplicidad como tal es pues puramente ilusoria. La separación está fundada sobre la Ignorancia. A este respecto hay que precisar que, en  Shankara, el " mundo inteligible " también se encuentra rigurosamente sobrepasado él también en tanto que presenta un aspecto de multiplicidad. Si Plotino  reconoce una real  positividad en el mundo inteligible, podemos decir que el radicalismo metafísico (NA: pero no dogmático, como el de Parménides) de Shankara admite también este aspecto de ilusión al nivel del Ser mismo -  (NA: Cf. Comentarios de Shankara en Mandukyupanisad (NA: Ed. Adyar).) de la Persona divina. Dios aparece como "sobreimpuesto" a lo Absoluto, en la medida en que se le contempla a partir de la limitación que lo constituye, y no a partir de su esencia en la que esta limitación eminentemente esencial tiene toda su realidad. Lo Absoluto es pues radicalmente transcendental al mundo en tanto que éste está exclusivamente contemplado bajo el aspecto de las limitaciones separativas que lo constituyen. La forma rigurosa del no Dualismo shankariano tiende a contemplar el mundo sobre todo bajo este aspecto, en la medida en que el aspecto positivo de Maya sería como una invitación para interrumpir el movimiento transascendente de interiorización radical: El aspecto "personal" de Dios juega sólo un papel secundario en la vía del Conocimiento puro, por lo menos en la " dialéctica ascendente " o la subida hacia lo Absoluto, es claro que la interiorización absoluta debe sobrepasar el mismo aspecto limitativo principial, de lo Absoluto, antes de poder reencontrar  el mundo, al término de esta ascensión, como rigurosamente idéntico a él.

Georges Vallin
 
 
 

domingo, 3 de agosto de 2014

Filosofía occidental y metafísica oriental (Georges Vallin)



Filosofía oriental occidental y metafísica oriental

por Georges Vallin

15 septiembre 2010   Vallin Georges

(Revue Aurores. No 39. Janvier 1984)

Paul Mus rinde homenaje a Georges Vallin (1921-1983) en su prólogo a " La perspective métaphyísique " (Dervy Livres), tesis que " quedará notoria en los anales universitarios por su rechazo del patrocinio aristotélico y por una ensayo de alejamiento de perspectiva de la tradición oriental, para juzgar mejor de la nuestra ". Georges Vallin nos propone, lo dice él mismo, liberarnos de nuestro etnocentrismo y de su imperialismo ideológico para desembocar, no sólo en un ensanche cada vez más indispensable hoy, sino que sobre una verdadera mutación del pensamiento filosófico que nos llevarían como lo dijo Heidegger a abrirnos un " camino hacia el ser”. Reproducimos aquí un extracto del conversación difundido en agosto de 1983 en France-Culture a propósito de Védanta no dualista.

Creo que la filosofía occidental nació del rechazo de lo había  de más esencial de Platón a Aristóteles y toda nuestra metafísica, nuestro pensamiento teológico - simplifico aquí en exceso, pero es en una tendencia  que pienso poder remarcar – viene de  esa especie de olvido de la trascendencia del Bien, de lo que verdaderamente es el Bien platónico que está más allá de la esencia y que es por ahí mismo  algo que se sitúe a la vez muy lejos de mí y finalmente algo muy próximo de mí, como en el Atman Brahman de los Vedantas. Y la mirada que Advaita Vedanta nos permite echar sobre esta filosofía es mostrar que hay una mutilación original que coincide con punto de partida más efectivo de la metafísica con Aristóteles. De esta mutilación resultarán otras  que no son más que  las exploraciones del círculo del ego. La filosofía de Hegel y la de Sartre son dos momentos que ilustran los sucesiones de esta mutilación, de lo que se podría llamar, después de todo, la muerte de Dios, o la muerte de a lo que hay de más esencial en Dios.

EL EGO SE DESPRENDE DE SU NATURALEZA VERDADERA

En una Upanishad, se dice que la dimensión supra personal, el para - brahma, es los tres cuartos de la verdad; todo el resto, a saber lo que tenemos la costumbre de llamar Dios, el mundo  y el hombre, es un pequeño cuarto. Y cuando se percibe que la filosofía comienza con olvido de los tres cuartos de la verdad, el cuarto que queda tiene una aventura que es fácil de  balizar y localizar. Es en el fondo la aventura del ego que se desprende de su naturaleza verdadera y que va a ser condenada a fantasear dualidades, oposiciones de las que vivirá toda la historia de nuestra filosofía y de nuestra cultura para llegar a una exploración cada vez más clara de las potencias del ego; una exploración positiva primero con Hegel y Marx por ejemplo, una especie de dinamismo, de filosofía del progreso que fue la gran ilusión de la que Occidente ha vivido hasta muy recientemente, y que ha precedido la fase descendente, la fase del tiempo no creadora, sino lo que se podría llamar la dimensión destructora; es la que corresponde a la fase nihilista que ha sido inaugurada de modo posiblemente involuntario e inconsciente, por Sartre. Mientras que Sartre  hizo una filosofía de la creación y de la libertad, yo  veo más bien allí como una especie de acta de fracaso, de callejón sin salida a partir del cual no se puede ir más allá en el mismo sentido. El fondo del ego separado de la realidad, es el vacío, es la nada en el sentido sartriano  del término. Y es esto lo que nos revela, con una mirada advaitica, toda la historia de nuestra filosofía detrás de las ilusiones de la posesión, del crecimiento del ego, este crecimiento indefinido que resume el sistema de Hegel.

Descubrimos en suma, al término de este proceso que es la cumbre de nuestra ilusión y de la egolatría, el hundimiento del ego, el vacío en el fondo del ego. Es estolo  que me parece constituir el último estado fundamental de la metafísica occidental como tal pero que ya había nacido con Aristóteles.

A este respecto, le querría rendir un homenaje a un filósofo por el cual tengo la admiración más grande, es Kant. Se atrevió a mostrar que lo que se llamaba la metafísica era en el fondo una ilusión; que el hombre no tenía la posibilidad de tener la experiencia de lo absoluto, la experiencia del ser. Entonces digo que  tiene toda razón en la medida en que se trata del hombre que Occidente cultural y simbólico ha forjado; pero este hombre es sólo una parte del hombre verdadero.

UN PEQUEÑO SECTOR DE LA REALIDAD

En definitiva hablar de una  manera dogmático de mí, de Dios, de la libertad, sin tener en cuenta la plenitud de la experiencia, colocándose en un sector muy  pequeño de la realidad delimitado justamente por el ego, es, mayormente, lo que ha hecho la filosofía occidental. Habla de Dios, del hombre, del mundo , de la alienación del hombre por Dios de quien hay que desembarazarse para volverse autónomo, independiente, etc.

No hablo de lo que  la ciencia y la técnica pueden tener de eminentemente positivo y que puede ser muy benéfico en un diálogo los países del Tercer Mundo; me coloco aquí de un punto de vista espiritual, estrictamente metafísico e intelectual. Pienso que esta inhibición de la intuición intelectual es una de las grandes características del occidentalidad que no es específico por otra parte del hombre europeo o americano. Despojado así de la intuición intelectual o de su equivalente, es decir de la revelación bajo una forma o bajo otra, este hombre está confrontado con su propio vacío interior, con su propia nihilidad que le deja entonces ante de una exigencia alguna otra cosa - esta posibilidad de apertura.

El Advaita Védanta puede tener alguna posibilidad de ser entendido por este hombred el fin del ciclo de Kali Yuga que, como se sabe, es la edad sombría , la edad de Occidente, del encerramiento del ego, de la cristalización del ego sobre si mismo  pero que no puede durar indefinidamente. En un momento dado hay ruptura. Ya está  ilustrada en el marco del hinduismo por los avataras  los "descensos" que son tanto gracias que el ser hace la apariencia, como el  uno hace a lo múltiple.

ESTE OLVIDO DEL SER

Pienso que vivimos una época (no se trata de fechar, sino simplemente de ilustrar las tendencias) bastante extraordinario donde justamente este vacío escondido que estaba en el fondo de nuestra mutilación metafísica, de este olvido del ser - que el gran filósofo alemán Heidegger ilustró y qué podemos comprender mucho más claramente a la luz de las metafísicas a no dualistas, - esta especie de vacío al cual estamos dejados sin respuesta, puede conducirnos a una especie de redescubrimiento de este otro vacío, de ese verdadero vacío de la no dualidad que es un vacíoparadójico de plenitud.

Y yo iría a buscar el mensaje de Advaita Vedanta, (si se puede emplear aquí esta palabra un poco presuntuosa), en una especie de confrontación con las formas a la vez clásicas y modernas de la filosofía occidental, descubriendo la ilusión que está detrás de la afirmación del ego, las consecuencias de esta ilusión y el tipo de experiencia en la cual puede desembocar y que creo que alguien como Heidegger pero también como Nietzsche tenía el presentimiento y la nostalgia.


 

lunes, 22 de julio de 2013

René Guenon y la doctrina metafísica


Pedro Vela del Campo:
 
René Guénon y la doctrina metafísica.

 Comentarios sobre "Los estados múltiples del Ser" y "El Demiurgo"

 

INTRODUCCIÓN

 

El primer contacto con la obra de René Guénon es, casi siempre, singular. Unas veces, aparece como solución providencial a una crisis personal que  ha provocado en el individuo el replanteo y el abandono de todos sus antiguos esquemas vitales, viniendo a ordenar ese caos relativo. Otras, actúa precisamente como desencadenante de esa crisis, pues la contundencia de sus planteamientos y el peso de su discurso arrolla, literalmente, todos los paradigmas que hasta ese momento habían sostenido una visión ordinaria de las cosas.

Muchos de los detractores de Guénon le atacan por ese flanco, calificando a su obra como un monismo absolutista y sistemático, de tintes orientalistas, que lo único que pretende es desechar toda la filosofía occidental para sustituirla por el pensamiento oriental, en una especie de "colonialismo intelectual". Otros, quizá menos radicales, entienden su obra como un buen estudio del simbolismo sagrado en general, pero lo califican de "sincretista" en lo que se refiere a la exposición de las doctrinas metafísicas de las distintas tradiciones.

Como es comprensible, nosotros, no participamos de esos puntos de vista y pensamos más bien que los que eso dicen no han entendido o no han querido entender en toda su profundidad el sentido y las palabras de un hombre que, negando siempre cualquier tipo de protagonismo a su propia individualidad, se transforma voluntariamente en herramienta de la Sabiduría tradicional que le fue legada por las diferentes culturas sagradas que conoció.Su único objetivo: ser portavoz de ese Conocimiento en una época y en una tierra que fueron y son prácticamente opacas a ese mensaje, para que aquellos todavía capaces de acceder a su comprensión, sea en el grado que sea, puedan disponer de una guía clara e inteligible que los aleje de los caminos erróneos y sirva para encauzarlos correctamente en el peregrinaje hacia la fuente de Sabiduría, dentro de  la Tradición sagrada a la que pertenezcan.

De la lectura atenta de su obra se deduce que lo único achacable directamente a la "personalidad" guenoniana es la forma que emplea y no el fondo. Desde el punto de vista tradicional no cuentan los individuos; por eso no se puede decir que nuestro autor pretenda ser "original", ni que quiera construir un "nuevo sistema filosófico" mediante un remedo de otras "filosofías" orientales. Lo que sí nos parece bastante claro es que escribió empleando un estilo que se podría llamar filosófico, si se entiende esta palabra en su sentido etimológico, aunque para ser más exactos deberíamos decir que lo que Guénon nos ofrece son tratados más o menos extensos sobre metafísica tradicional. A nuestro entender, este modo de presentación obedece a dos motivos fundamentales: en primer lugar, y a pesar de la poca eficacia de las lenguas occidentales para expresar concepciones metafísicas, es el más preciso que podía utilizar; y, en segundo lugar, porque su obra va dirigida, principalmente, a todos los europeos contemporáneos que se cuestionan sobre el conocimiento de las causas primeras y, al menos a priori, los más preparados deberían encontrarse entre los así llamados "intelectuales".

Otra faceta a tener en cuenta es la utilización de nociones matemáticas, sobre todo geométricas, especialmente a la hora de explicar ideas tan esenciales como, por ejemplo, la de Infinito. La precisión del lenguaje es una de las cosas que más le preocupan, y eso se nota tanto en la construcción de las frases, a veces excesivamente largas (dificultad que por otra parte obliga a releerlas una y otra vez hasta alcanzar la comprensión requerida), así como en el empleo casi constante de la etimología para desvelar todos los aspectos posibles contenidos en cada palabra importante.

La Tradición Sagrada que Guénon considera como fundamental y que emplea como marco para todo el desarrollo posterior de su exposición es, como se hace  evidente en todo su trabajo, la Tradición hindú, y dentro de ésta principalmente el Vedanta advaita en la formulación de la escuela de Sri Shankarâchârya, aunque desde luego no se circunscribe sólo a ésta, sino que utiliza extensamente conceptos y textos correspondientes a otros darshanas (1), como por ejemplo el Sankhya.

Esto no significa que las demás formulaciones sagradas, orientales u occidentales, desmerezcan respecto a la hindú, o que pudieran ser de algún modo reductibles a aquella. En absoluto. Es sabido que Guénon abrazó el Islam en 1912, que perteneció a la Francmasonería y que tuvo en Matgioi a uno de sus maestros en el Taoísmo. Es decir, que conocía en profundidad todas ellas y que incluso a algunas les dedicó obras enteras. Sin embargo, no las tomó como eje fundamental en el que basarse a la hora de encuadrar su trabajo. Siempre consideró a la Tradición hindú como la expresión más extensa, precisa y cercana a la Tradición Primordial, centrada de tal manera en el conocimiento de las verdades de orden universal que puede prescindir de una vertiente exotérica y otra esotérica, pues su formulación doctrinal está constituida de forma que "cada cual llegará más o menos lejos según la medida de sus propias posibilidades intelectuales, pues en ciertas individualidades humanas existen limitaciones que son inherentes  a su naturaleza misma y que son imposibles de superar" (2).

A pesar de la extensión de su obra y de la diversidad de temas que trata, Guénon nunca pretendió realizar un trabajo de erudición sino más bien "ofrecer una serie de estudios en los cuales, según los casos, podríamos exponer directamente ciertos aspectos de las doctrinas metafísicas de oriente, o bien adaptar estas mismas doctrinas de la manera que nos pareciera más inteligible y provechosa, pero siempre permaneciendo estrictamente fieles a su espíritu" (3).

En esa misma dirección quiere ir la redacción del presente artículo, es decir, por un lado, no se pretende otra cosa que exponer un resumen de las enseñanzas tradicionales que nuestro autor nos transmite en sus trabajos, tal como nosotros las hemos entendido, de modo que pueda ser útil a quienes no conocen su obra, facilitándoles un acercamiento sencillo y agradable a la misma; quienes ya la conocen, quizá puedan rememorar ciertos aspectos y afianzar aún más su comprensión. Por otra parte, se nos antoja harto difícil encarar un estudio de la obra guenoniana, por restringido que sea, desde un punto de vista que pudiera calificarse como de '"investigación científica". Algo parecido excedería el límite de nuestras intenciones. En el fondo, uno no puede reflejar más que su propia impresión sobre el tema que trata, y en este caso eso es posible gracias al hondo calado que en su día supuso el acercamiento a la obra de René Guénon. Como reza el título de estas líneas, nos centraremos principalmente en dos temas: la doctrina de los estados múltiples del Ser y el problema del Mal. El primero es desarrollado fundamentalmente en la obra del mismo titulo, relacionada a su vez estrechamente con "El simbolismo de la cruz" y con "El hombre y su devenir según el Vedanta". El segundo es explicado de manera magistral por un sorprendentemente joven Guénon (a la edad de 23 años) en el primer articulo que publicó en la revista "La Gnose", titulado "El Demiurgo".

EL HOMBRE Y EL MUNDO MODERNO

La sociedad moderna en todos sus ámbitos (económico, social, político, religioso, etc.) viene marcada y modelada profundamente por el "mito" tecnológico y científico de la evolución y el progreso. El instrumento más eficaz que ha permitido y permite propagar y convencer de ese punto de vista a la mayor parte de la  población, en el menor tiempo posible, de una manera arrolladora y empleando uno de los medios más poderosos que existen desde el punto de vista psicológico, la imagen, es sin duda alguna la televisión. Artefacto "mágico" y pernicioso en las mismas proporciones, su influencia va penetrando lenta y sibilinamente en las capas más profundas del psiquismo colectivo hasta impregnarlo por completo, creando una adicción electrónica masiva al paradigma que presenta día tras día mediante su hipnótica pantalla.Evidentemente, este hecho manipulador, aparte de ser causa de degradación progresiva, de "distracción" calculada y continua, es principalmente un efecto. Efecto de la miseria intelectual que rige los destinos de occidente y que prácticamente ha sido impuesta por la fuerza, bélica o económica, no importa, a la totalidad del mundo.

Vivimos inmersos en lo que podríamos llamar la cultura de la  profanidad, un ámbito cerrado y convencional cuya característica fundamental es la ausencia, el olvido de lo sagrado. Este tema se aparca, se niega o, en el mejor de los casos, se ridiculiza intentando reducirlo a lo moral o lo religioso, en gran parte debido también a la aquiescencia de los propios representantes de este estamento, que ya no recuerdan quiénes son, qué representan ni cuál es su función. Afectados por la amnesia y la somnolencia de lo profano, se autolimitan a no ser más que un poder fáctico de decisión en política o moral, cuando no en los turbios escenarios de la pura economía, bajo la coartada de una supuesta conservación de las esencias espirituales legadas por Ia Antigüedad. Esta actuación reduccionista de gran parte de los representantes de la autoridad espiritual respecto al poder temporal no contribuye más que a crear mayor confusión si cabe, sobre todo en aquellos que todavía son capaces de vislumbrar la posibilidad de otra manera de ver las cosas. La mayoría de estos últimos son campo abonado para las fantasías de los especuladores paranormales, ocultistas o "new age", en las cuales el "mítico" progreso se disfraza con ropajes reencarnacionistas, promesas de un mundo mejor en vidas terrestres posteriores debido a la supuesta evolución intrínseca al ser humano. Para la presente vida sólo pueden prometer, si acaso, el desarrollo de  las "facultades parapsicológicas" latentes en el hombre, las cuales, por lo visto, le servirán como herramientas para su propia deificación, siempre entendida, desde luego, en el marco de lo puramente individual.

Son pocos los que llegan a establecer algún contacto esclarecedor con una enseñanza que pueda calificarse como genuinamente sagrada y tradicional, y desde luego mucho más escasos aún los que emprenden el camino de realización que ésta les ofrece. Esto es así por la propia naturaleza de la situación actual, que sólo se puede comprender correctamente en el marco de la explicación simbólica de las Edades del Hombre o de los Ciclos Cósmicos. Desde esa perspectiva, la situación presente del mundo se describe como la Edad de Hierro, la Edad de la Sombra o Kali-Yuga, en la cual todo conocimiento de lo sagrado permanece oculto, como enterrado y sustituido por otro que el propio hombre se ha fabricado a la medida de su propia ignorancia prepotente.La concepción moderna del hombre como un ser en constante cambio, que progresa desde un estado de primitiva animalidad hacia otro de futurible perfección, es realmente aberrante desde el punto de vista tradicional, e incluso lo es simplemente desde el punto de vista del "sentido común". Para darse cuenta de ello tan sólo es necesario echar un vistazo a la situación general de un mundo que se ha desarrollado en los últimos tiempos gracias a ese enfoque, un mundo cuya quinta parte "civilizada y moderna" sobrevive de la explotación de las otras cuatro quintas partes, de la esquilmación de los recursos naturales propios y ajenos, en definitiva, de un mundo que vive preso de su propia inconsciencia, preso de su idea de que el planeta es una propiedad privada cuya explotación le pertenece en exclusiva, aunque para ello deba someter al resto de sus habitantes al imperio de su propia y estrecha ley.

El concepto del mundo como objeto de manipulación, como algo separado y en cierto modo lejano e independiente del hombre que lo subyuga, proviene a su vez del concepto moderno del hombre como un ser desacralizado, cuasi-mecánico y cerrado, cuyo principio se encuentra en la propia materia que explota y respecto a la cual se ha ganado ese derecho gracias a su evolución progresiva, que le ha otorgado el magnífico título de "rey de la creación". Creación que, desde esa perspectiva, también tiene un origen material bastante oscuro y realmente azaroso, pues, casi por una casualidad química debida a la buena fortuna, aparece en un instante dado la vida sobre la superficie del planeta y, según los últimos datos científicos, responde a su vez muy bien a su carácter azaroso, pues parece ser que es única en todo el universo conocido.

Respecto a este último y a su origen la cosa no cambia mucho, dado que para explicarlo se invoca a una fascinante explosión primordial, bautizada como Big-Bang, a partir de la cual habrían surgido enigmáticamente las partículas más elementales descubiertas hasta el momento, conocidas como quarks (y  sus  correspondientes antipartículas o antiquarks), cuya posterior recombinación ha dado lugar a la materia conocida convencionalmente. Aprovechando el maravilloso impulso de tan grande explosión, la materia se expandió con y por todo el espacio, comenzando una evolución cuyo final todavía no está definitivamente esclarecido, pues depende de la existencia de otro tipo especial de materia denominada "oscura" que aún no ha sido localizada por los científicos y que, de ser real, provocaría a la larga la detención de la expansión anterior y la posterior contracción de todo el universo, acabando en una gran implosión o colapso final.

Ésta es, en resumen, la explicación paradigmática del hombre y del mundo que nos ofrece la ciencia moderna, y con la que todo el que se precie y no quiera ser calificado como un personaje poco serio, un excéntrico o un loco, debe comulgar hasta sus últimas consecuencias.

PENSAMIENTO TRADICIONAL

El concepto tradicional del Hombre y del Cosmos es diametralmente opuesto al que acabamos de esbozar en el párrafo anterior. Como ya hemos visto, éste se caracteriza por la creencia generalizada de que lo mayor procede de lo menor, lo "más" de lo "menos", lo mejor de lo peor, esto es, la vida de la materia, el Homo Sapiens del Australopitecus Afarensis, la sabiduría de la ignorancia. La construcción de este escenario se fundamenta básicamente en una filosofía que instaura a la razón como el único modo de conocimiento posible para el hombre y cuya formulación histórica puede situarse a partir de Descartes, Galileo, Francis Bacon, Spinoza, Leibniz, etc. (siglo XVI). Este pensamiento marca una ruptura, un punto de inflexión muy importante debido a que, gracias a él, se margina toda otra posibilidad de conocimiento, en primer lugar ignorándola, dejándola aparte, como inferior a la razón o menos eficaz que ésta, y posteriormente, con el apogeo del Racionalismo y el Positivismo (siglos XVII al XX), negándola por completo.

Lo que podríamos denominar como modo de pensamiento tradicional se fundamenta en el conocimiento sobre el hombre y el cosmos que nos ha sido legado por todas las culturas sagradas de la humanidad, las cuales ponen de manifiesto la estrecha relación que existe entre el origen y el desarrollo de ambos. En ese sentido pueden entenderse las palabras Macrocosmos (referida al Universo) y Microcosmos (referida al hombre): los dos se componen esencialmente de los mismos elementos (4) y de la misma estructura a diferente escala, siendo a su vez reflejo de un Principio que los trasciende (5).

Desde una perspectiva agnóstica o atea se nos podría decir que partir de esa petición de principio es insostenible, puesto que un principio trascendente es indemostrable. Quizá sea indemostrable analíticamente, que es como se procede en esos ámbitos de pensamiento; sin embargo, tomar como petición de principio la entronización de la razón como único instrumento de conocimiento y de la materia como causa primordial es igualmente indemostrable, además de arbitrario y reduccionista, pues limita la inteligencia humana solamente a una de sus facultades, ignorando o dejando de lado otras posibilidades superiores que igualmente contiene (6).

Esta Sabiduría transmitida de la que hablamos se perpetúa en el tiempo a través de un lenguaje simbólico no convencional, esto es, no establecido por el hombre de forma arbitraria, sino que él mismo tiene un origen trascendente, superior al hombre. Por otro lado, este lenguaje simbólico es analógico, sintético y polisémico, características éstas necesarias a la hora de establecer un modelo de transmisión de un conocimiento que supera,  a la vez que contiene, el ámbito de lo puramente racional, distintivo y analítico.

El símbolo, como lenguaje sagrado por excelencia, apela a una facultad cognoscitiva superior a la razón, a la que Guénon denomina "intuición intelectual". Su propio nombre nos evoca su característica principal: una lectura interior, directa e inmediata de la Realidad; una instantánea global derivada de la identificación entre sujeto conocedor y objeto conocido. Como hemos dicho, este modo de conocimiento es suprarracional y por lo tanto se sitúa en un ámbito superior a lo individual y a lo psíquico; de hecho, podría decirse que estamos hablando de la facultad espiritual por excelencia, que, en lo humano, tiene su lugar en el centro mismo del ser, simbolizado por el corazón (7).

Así pues, el conocimiento metafísico no es hipotético sino real, esto es, accesible a todos aquellos que se tomen el trabajo de realizarlo y tengan las aptitudes necesarias para llevarlo a cabo. Queremos  decir con esto que no se circunscribe exclusivamente a una acumulación de datos teóricos, a una información sobre ésta o aquella formulación sagrada, es decir, no es un trabajo simplemente erudito. Sin embargo, es bien cierto que, en primera instancia, es necesario adquirir una serie de conocimientos de tipo teórico que posteriormente, una vez entendidos, permitan alcanzar una realización efectiva, y no simplemente memorística o acumulativa, de la manera más eficaz posible.

En este sentido, es capital la obra de René Guénon, pues nos proporciona unos conocimientos teóricos de primera magnitud, además de indicarnos algunos caminos para su realización. En particular, su estudio sobre la doctrina de los estados múltiples del Ser es fundamental para comprender cabalmente lo que antes hemos denominado el modo de pensamiento tradicional. La propia estructura del libro nos lo demuestra, pues partiendo de la concepción metafísica del Infinito va descendiendo gradual y jerárquicamente hasta el nivel del hombre, y esde aquí expone la manera en que éste puede remontar el mismo camino para alcanzar su realización por el Conocimiento.

LOS ESTADOS MÚLTIPLES DEL SER

Para intentar entender completamente la doctrina de los estados múltiples del Ser hay que comenzar por remontarse hasta las raíces, hasta los orígenes, es decir, hasta el Principio Supremo. Esto significa ni más ni menos que lo que intentamos hacer es hablar de lo inefable, de lo esencialmente inabarcable mediante palabras, ni siquiera mediante símbolos.

Así pues, hay que tener presente que nuestro lenguaje es ineficaz e insuficiente para decir lo que realmente queremos decir, y por lo tanto deberemos reservar siempre una parte a lo inexpresable, al Misterio, parte además que contendrá lo más importante.

Decir, afirmar, siempre es limitar, como nos recuerda Lao Tsé: "El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao". Por esa razón, cuando Guénon, o, mejor dicho, cuando la Tradición a través de la pluma de Guénon tiene que hablar sobre el Principio lo hace como anteriormente lo hicieron ya Shankara o Dionisio Areopagita, es decir, utilizando lo que se conoce como lenguaje apofático o vía negativa. Diciendo no lo que es, sino lo que no es. O también negando una negación, lo cual equivale a una afirmación más completa y fuerte, menos limitada que la afirmación definitoria, directa y simple.

Así, la frase menos coercitiva que podemos predicar sobre el Principio, teniendo en cuenta los problemas señalados respecto al lenguaje humano, es la siguiente:

EL PRINCIPIO SUPREMO ES INFINITO. INFINITO QUIERE DECIR QUE NO TIENE ABSOLUTAMENTE

NINGÚN LÍMITE.

Dicho esto, hay que aclarar inmediatamente una serie de puntos: en primer lugar, el Infinito del que estamos hablando no tiene nada que ver con la concepción de "infinito" que tienen los matemáticos modernos. Estos últimos consideran a su "infinito" como una "medida" o una "cantidad" muy grande. Nosotros no hablamos para nada de cantidades ni de ningún otro atributo o categoría, pues nos situamos por encima, en un plano superior al cuantitativo o a cualquier otro. Hablar de cantidad respecto al Infinito es limitarlo, y si lo limitamos ya no estamos hablando del Infinito sino de cualquier otra cosa. El reflejo del Infinito en el ámbito de lo meramente cuantitativo es lo indefinido. Quizá un ejemplo ilustre mejor esta idea: si tomamos la serie de los números naturales (1, 2, 3... etc.), la podemos extender cuanto queramos simplemente sumando 1 al último número; de este modo se puede decir que la serie de los números naturales es indefinida, pues su final no lo podemos concebir. Sin embargo, no es infinita, pues está circunscrita al plano de lo cuantitativo y no puede elevarse fuera de él, es su limite.

Esto aclara la segunda cuestión que queríamos puntualizar, la cual tiene que ver con la palabra "límite". Metafísicamente hablando, Infinito e Ilimitado son equivalentes. Sin embargo, en la matemática moderna, decir de algo que es "ilimitado" no implica necesariamente que ese algo sea "infinito". Así, podemos escuchar frases como "el Universo es finito pero ilimitado", muy típica cuando se quiere explicar la teoría relativista del Universo. Aquí vuelve a confundirse lo indefinido con lo ilimitado, y dicho error proviene, como ya hemos visto, de considerar al Infinito cuantitativamente.

Por otro lado, todas estas ideas nos conducen a otra que también es fundamental tener en cuenta, y es la de que no es posible concebir dos Infinitos. Efectivamente, dado que el Infinito no tiene límite alguno, es imposible pensar en dos Infinitos uno al lado del otro, pues o necesariamente se limitarían entre si, con lo cual ninguno de los dos sería verdaderamente infinito, o uno contendría al otro, y por lo tanto el contenido sería finito y sólo subsistiría en realidad un Infinito, que sería el continente. De esta forma, se habla de la No-dualidad del Principio Supremo o Infinito metafísico.

Podemos considerar al Infinito desde varios puntos de vista. En primer lugar, y puesto que hemos señalado ya la imposibilidad de concebir dos Infinitos simultáneamente, se deduce de ello que el Infinito es el Todo universal y que no es posible considerar alguna cosa que tuviese entidad fuera o independientemente de él. Por tanto, el concepto nihilista de la Nada como una especie de "lugar"  desintegrador y vacío, que se situaría fuera del Universo, es totalmente erróneo. Lo que sí es cierto es que no hay nada que no esté contenido en el Todo universal, y, a su vez, no hay que concebir este Todo como una especie de suma aritmética de sus partes. En el Todo universal subsisten en esencia, en principio, todas las cosas de un modo no-distintivo. El Todo es "sin partes", puesto que es igual al Infinito metafísico, que no está limitado de ninguna manera.

Lo finito, aún cuando sea susceptible de extensión indefinida, es siempre rigurosamente nulo respecto al Infinito. Por eso, desde el punto de vista principial (8) no hay partes que tengan una relación definida con el Todo, sino que somos nosotros, desde nuestro punto de vista parcial, quienes concebimos partes separadas y finitas. Por este motivo hay que subrayar que cuando hablemos de "multiplicidad", o cuando se diga que un cierto principio universal "'contiene" algo, o que está formado por un cierto "conjunto" de características, no deben entenderse estas palabras con el sentido cuantitativo que normalmente tienen, sino que más bien las utilizaremos en sentido metafórico, para intentar expresar de alguna manera la inimaginable riqueza del Principio Supremo, del que todo procede como por reflejo.

Otro aspecto bajo el que podemos contemplar al Infinito es como Posibilidad universal, la cual no deja de ser también ilimitada dada su relación de identidad con él. Precisamente, los sistemas filosóficos y las ciencias occidentales se caracterizan fundamentalmente por su intento de limitar la Posibilidad universal a un cierto campo de aplicación restringido, negando después cuanto sobrepase dicho limite, ya sea por incomprensible, por imposible o por inexistente para el individuo que haya concebido el sistema o la teoría en cuestión.

La Posibilidad universal es en sí misma inagotable, indivisible, sin partes. Ahora bien, hay que tener en cuenta que nuestro punto de vista condicionado se sitúa en la Manifestación, es decir, en un ámbito limitado que viene caracterizado por la multiplicidad. Por eso mismo, sólo para nosotros es concebible considerar diversos órdenes de posibilidades contenidos en la Posibilidad total, cada uno con características propias.

Dicho de otra manera, si intentamos colocarnos en la perspectiva menos restringida posible, forzosamente tendremos que hablar tanto de posibilidades de manifestación como de posibilidades de no-manifestación, pues negar unas u otras sería limitar la Posibilidad universal. Sin embargo, eso no quiere decir que las posibilidades de no-manifestación sean por eso irreales. La distinción entre "posible" y "real" es ilusoria. La Realidad no puede identificarse exclusivamente con el mundo de lo tangible o con la Manifestación, pues eso sería un intento más de poner límites a lo ilimitado. La Realidad total es idéntica al Infinito, y por lo tanto cada posibilidad participa del grado de realidad que conviene a sus propias características.

Si nos preguntamos ahora por el principio del cual procede la Manifestación, esta línea de pensamiento nos lleva a definirlo como el Ser; es decir, el Ser comprende al conjunto de todas las posibilidades de manifestación, pero, por ser su principio, él mismo es inmanifestado, ya que un principio no puede pertenecer al mismo ámbito que lo que deriva de él. De este modo queda a su vez definido el No-Ser, es decir, todo aquello que queda más allá del dominio del Ser.

Por lo tanto, el No-Ser comprende todas las posibilidades de no-manifestación, incluyendo el grado del propio Ser, que como ya hemos dicho es en sí mismo inmanifestado. Además, ni el Ser ni el No-Ser son infinitos, puesto que ninguno de ellos se identifica totalmente con la Posibilidad universal. Es el con]unto del Ser y del No-Ser lo que es idéntico al Infinito metafísico.

Todo esto, que puede parecer a primera vista un juego de palabras incomprensible, es en realidad bastante sencillo si nos atenemos al siguiente esquema:

Infinito = Posibilidad Universal

            I

        No-Ser (Posibilidades de No-manifestación)

            I

           Ser (Posibilidades de Manifestación)

            I

Manifestación (Estados múltiples del Ser)

            I

    Ser humano (uno de los posibles estados del Ser)

 

Otro ejemplo interesante es aquel que identifica al No-Ser con el Cero metafísico y al Ser con la Unidad, con el Uno como afirmación del Cero, siendo ambos como expresiones parciales del Infinito en distinto grado. Esto es lo mismo que decir que la Unidad del Ser es una afirmación de la No-dualidad del Infinito. Por ser una afirmación es ya una cierta limitación, una determinación, aunque sea la primera, la más universal y la menos restringida de las determinaciones concebibles. Por eso se dice que el Ser es Uno pero no es Infinito.

Hemos explicado antes que la multiplicidad era la característica fundamental de la Manifestación. De este modo, al conjunto de todos los grados que comporta es a lo que se llama Existencia universal. Es interesante recordar que, etimológicamente, "existir" proviene del latín "ex-stare", que significa "depender de" y se aplica a aquello que no tiene en sí mismo su razón suficiente, sino que su ser depende de un principio superior.

De esta manera vemos que la Existencia universal, con todos sus grados, es el "lugar" donde el Ser, que está por encima de ella por ser su principio inmediato, despliega todos sus estados, en tanto éstos son posibilidades de manifestación que efectivamente se manifiestan. Las demás posibilidades de manifestación en tanto que no se manifiestan permanecen en el seno del Ser en sí, que a su vez descansa en la primordialidad del No-Ser.

La Existencia universal se puede entender como una especie de imagen estratificada de la Unidad del Ser, la cual, aun siendo múltiple, no establece una relación distintiva entre sus diversos grados, sino complementaria, es decir, manteniendo una cohesión esencial entre ellos. Así pues, se habla de la Unicidad de la Existencia universal, que contiene en su interior el desarrollo de todos los estados del Ser manifestado, cada uno en un grado; por encima de ésta se habla de la Unidad del Ser, como principio de manifestación, y más allá se sitúa el dominio de la No-dualidad, del Infinito metafísico.

CONOCIMIENTO Y LIBERACIÓN

Situándonos ahora particularmente dentro del dominio de la Existencia universal podemos decir que todos los estados del Ser que efectivamente se manifiestan están limitados por una serie de condiciones cada vez más restrictivas conforme nos vamos alejando del grado del Ser puro. Más concretamente, podemos discernir entre estados individuales y estados no individuales, siendo la forma la característica que los determina. Es decir, la forma es la condición que define a un estado individual, de modo que los estados que carecen de ella, los estados informales, son supra-individuales, puesto que están  menos limitados.

A este respecto, el estado humano se sitúa en la Manifestación dentro de un grado determinado por una serie de condiciones propias que lo constituyen y lo distinguen jerárquicamente respecto a los demás. No por ello hay que pensar que éste tenga algún tipo de preferencia o de importancia especial, pues desde el punto de vista principial todos los estados son equivalentes, o, mejor dicho, son de nula importancia respecto a la Unidad primordial del Ser, a la que no afectan de ninguna manera, del mismo modo que las distintas formas cambiantes de un sueño no afectan para nada a la unidad relativa de la conciencia humana que las origina y les sirve de soporte.

Sólo para nosotros cobra importancia este estado particular del Ser universal, pues lo habitamos, y en su riqueza intrínseca e indefinida encontramos múltiples caminos para realizar toda su potencia, o todos los talentos que nos han sido dados por nuestro nacimiento en él. Se podrían decir muchas cosas sobre las características específicas que conforman al hombre; sin embargo, no entraremos a fondo en ese tema, pues excede el marco de nuestra exposición. Simplemente apuntaremos que el estado "natural" del hombre, si se nos permite la expresión, es aquel que le otorga verdadera conciencia de la Unicidad de la Existencia universal a la que antes hicimos mención. Con esto queremos  decir exactamente que, aun sin salir del dominio individual propio del estado humano, es posible alcanzar esa limpieza de concepción que permite contemplar al mundo como lo que realmente es, o sea, como Adán contemplaba y disfrutaba del Jardín del Edén. Y en ese mundo no existe el discurrir apelmazado del tiempo que domina nuestra cotidianeidad de hombres "caídos", no es necesario recordar a cada momento quiénes somos ni de dónde venimos, pues toda esa problemática desaparece de nuestra vista, nuestra percepción ya no es sucesiva, ni está condicionada por la oposición de contrarios. Esa dialéctica se resuelve en una síntesis, en una complementariedad, en una coexistencia simultánea, pacífica y armoniosa de aspectos que, en el fondo, son ilusorios como nosotros mismos, pues todo al fin y al cabo no es más que un reflejo vago de la verdadera esencia radical, que es única. Ese estado es el de "hombre verdadero" y en él la Realidad universal se hace constantemente presente en nuestro corazón, receptáculo, como también dijimos, de la facultad capaz de percibirla, que es la intuición intelectual.

Si tomamos un símil geométrico y consideramos al estado humano como una circunferencia contenida en un plano horizontal, el hombre verdadero al que hacemos referencia estaría situado en el centro, lugar primordial que da origen y contiene en esencia a todas las posibles modalidades de sí mismo, las cuales se expresan y desarrollan conforme a las leyes cíclicas del proceso cosmológico en los  indefinidos puntos situados en la circunferencia. Por lejos que éstos puedan hallarse del centro, siempre existirá un radio que los una a él, de modo que siempre es posible para el hombre caído, situado en uno de estos puntos, remontar hacia el centro y recobrar, o más bien recordar, pues nunca ha dejado de pertenecerle, su verdadera identidad como hombre.

Este proceso a contracorriente, de la periferia al centro, viene facilitado por las distintas formas tradicionales, las cuales actúan a modo de canales o radios, transmitiendo una influencia espiritual que otorgarán a quien libremente esté dispuesto a recibirla, permitiéndole comenzar el vasto camino de regreso a la casa de su Padre celestial, que no es sino su propia casa (9). Sin embargo, este recorrido, que no es otro que el camino iniciático (10), no termina con la consecución del estado de hombre verdadero. De hecho, el Centro no es sino el reflejo en el plano horizontal humano del eje vertical que religa y traspasa todos los estados condicionados, remontándose hasta el Principio supremo, es decir, más allá incluso del grado del Ser puro (11).

La finalización de la primera etapa, denominada normalmente como "misterios menores", conlleva la realización integral del estado humano, siendo esto lo que, en lenguaje cristiano, significa obtener la "Salvación". A partir de ahí es posible iniciarse en los "misterios mayores", comenzar el camino de ascenso por el eje vertical mediante una transformación, o, lo que es lo mismo, un paso más allá de la forma o de lo individual, para  transitar los estados superiores y culminar con la superación de cualquier modo determinado de Existencia y de Ser. El alcance de dicha meta es lo que en la tradición hindú se denomina "Liberación", puesto que implica una total identificación con el Principio, exenta de cualquier tipo de condicionamiento o límite. Es la finalidad última del camino de iniciación y realización espiritual.

Algunos modelos simbólicos de tradiciones diversas ejemplifican claramente el proceso iniciático en su totalidad. Entre ellos pueden establecerse analogías, aunque no correspondencias exactas, pues, como hemos dicho, la simbología no puede reducirse a un conjunto de relaciones unívocas e inquebrantables, sino que más bien consiste en una "poiesis", es decir, en una acción unitaria y unitiva que refleja la riqueza del Principio mediante indefinidos matices imaginales, gramaticales o sensoriales. El símbolo sagrado es más parecido a la delicadeza de un sabor o a la fragancia de un perfume, que no a la concisión de una expresión lógica, aunque todas participen de la belleza que sugiere el orden. Y no por ello hay que admitir que la lógica produzca conclusiones que podrían calificarse como más evidentes. Las relaciones simbólicas, como las lógicas, también están sometidas a leyes, aunque sin embargo no del mismo tipo, y su mayor o menor evidencia depende del sujeto conocedor, o sea, de que su horizonte intelectual admita o deje paso a la influencia transmitida por los símbolos y no se empecine en cuadricularlos o clasificarlos en modelos racionales preestablecidos, intentando confeccionar una especie  de informática simbólica. Más bien eso sería satanizar el símbolo, convertirlo en herramienta humana, rebajándolo a un mero dato.

Como decíamos, el camino iniciático se describe habitualmente como una sucesión de etapas o grados cuya superación implica el desligamiento de toda una serie de corazas, pieles o falsas imágenes de uno mismo, que dejan al descubierto, como quien pela una cebolla, la Realidad desnuda, nuestra verdadera identidad, reflejo de la Identidad Suprema y una con ella.

En su tratado titulado "La Jerarquía Celeste", Dionisio Areopagita nos describe, con el verbo poético que le caracteriza, cómo las jerarquías inmateriales se han revestido de múltiples figuras y formas materiales a fin de que, conforme a nuestra manera de ser, nos elevemos analógicamente desde estos signos sagrados a la comprensión de las realidades espirituales simples, inefables" (12). Estas jerarquías o "ángeles" (13) corresponden a los estados supraindividuales que se remontan, a través del Rayo divino, hasta la presencia del Padre de las luces (14). Basándose en la Escritura (15) y en el neoplatónico Proclo (16), Dionisio dispone las Jerarquías celestes en tres grupos de tres órdenes cada uno, siendo así que la Primera jerarquía, la más cercana a Dios, se compone de Serafines (17), Querubines (18) y Tronos (19), la Jerarquía media de Dominaciones, Virtudes y Potestades, y la Ultima jerarquía, la más cercana al hombre, de Principados, Arcángeles y Ángeles (20).

Sin duda influido por la Teología de Dionisio, Dante signa su "Divina Comedia" con el número nueve: 9 círculos infernales, 2 resaltos + 7 cornisas en el antepurgatorio y purgatorio, y 9 cielos, siendo el 10º cielo, como culminación, el que corresponde a la visión de Dios. ¿Y no son éstas las etapas de un camino iniciático que Dante comienza a recorrer aI recuperar "la senda derecha ya perdida"? (21).

 

En la Cábala, el Árbol de la Vida Sefirótico es otra expresión, increíblemente rica, de la equivalencia entre grados de iniciación y estados del Ser. "Diez números primordiales, diez y no nueve, diez y no once" (22), diez sefirots o esferas que son otras tantas potencias o aspectos del Adam Kadmón, del Ser universal, cuya aparente disgregación da lugar a cuatro mundos, lugares o niveles de lectura de la Realidad. De modo similar a la Jerarquía Celeste que nos presenta Dionisio, los tres planos superiores están compuestos por tres sefirots cada uno, formando un conjunto de nueve: Atziluth por Kether (1), Hockmah (2) y Binah (3); Beriyah por Hessed (4), Gueburah (5) y Tipheret (6); Yetzirah por Netzah (7), Hod (8) y Yessod (9). El décimo sefira es Malkuth (10), situado en Assiah, el Reino en el plano de la Concreción, la Presencia divina en el mundo visible, la Shekinah. Ahora bien, Malkuth también puede interpretarse como el hombre profano, el cual, al recibir la iniciación, comienza su andadura en busca del centro por entre los intrincados paisajes del mundo Yetzirático, compuesto de indefinidos reflejos o formas cambiantes que no son sino los egos que debe purificar y trascender el iniciado. Si lo consigue,  habrá superado los "misterios menores" y alcanzado su núcleo, el estado de "hombre verdadero", libre ya de las ataduras formales y situado en Tipheret, final de esa etapa y punto de partida de la siguiente ascensión por los estados superiores, angélicos, informales de Beriyah. Sin embargo, el grado del Ser puro se encuentra más allá de la Manifestación representada por Assiah, Yetzirah y Beriyah; El Ser en sí, inmanifestado, es Atziluth, es Kether, es la Unidad que en su divina misericordia se polariza expandiendo su Sabiduría en el regazo de su Inteligencia para dar lugar al Huevo del mundo. De hecho, todos los planos están contenidos en Atziluth y todas las sefirots no son sino Kether. Y Kether es la expresión de Ain, de la Nada. La Unidad como afirmación de la No-dualidad.

Ain "es" el núcleo del núcleo, la extinción de la extinción, el alfa y la omega, el principio y el fin. Es Brahma, la Liberación final.

Los grados de iniciación no son sino grados de conocimiento, y éstos no son más que estados del Ser. De este modo, por ejemplo, las siete artes liberales (23) de la Antigüedad son técnicas que permiten avanzar de modo paulatino por esa escala que lleva a la identificación entre sujeto y objeto. Si el Ser es todo lo que conoce, entonces es que ser y conocer no son una dualidad. Desatar ese nudo gordiano que conduce al Conocimiento es un acto puro, y como tal es interior, no exterior. De manera que la Jerarquía celeste, es decir, los órdenes angélicos, son también inmanentes, están dentro de nosotros como posibilidades de realización. ¿Acaso el árbol sefirótico no tiene correspondencias conocidas con el cuerpo humano, no es el Adam Kadmón el arquetipo del hombre? ¿No dibuja la doctrina hindú de los Chakras (24) una anatomía sutil que se corresponde con diversas situaciones del cuerpo físico? ¿No se dice que la serpiente Kundalini va despertando los siete Chakras conforme el Yogui avanza por el camino del autodominio y el Conocimiento hasta alcanzar a Sahasrara, lo que le proporciona la Liberación de todas las ataduras?

Existe una correspondencia que llega hasta lo literal entre lo superior y lo inferior, el Cielo y la Tierra (25). El Zohar y los libros de Hermes Trismegisto lo expresan del mismo modo: "lo que es arriba es como lo que es abajo". En ese caso, pues, la Unidad del Ser es indiscutible por evidente.

 

LIBERTAD, BIEN Y MAL.

 

En su estudio titulado "El Demiurgo", Guénon aborda otro problema fundamental, ni más ni menos que el del origen del Mal, cuya explicación ha preocupado durante generaciones a la Humanidad, sobre todo desde que el acceso al conocimiento metafísico se fue tornando cada vez más difícil, llegando hasta la actual situación, en la cual la filosofía moderna ni siquiera se plantea ya este tipo de cuestiones, puesto que carece de un referente universal que las sitúe y le permita responderlas.

La pregunta a contestar es pues la siguiente: Si Dios existe, ¿de dónde procede el Mal?, y, si no hay Dios, entonces, ¿de dónde procede el Bien? Si las criaturas pueden elegir entre hacer el Bien o el Mal es que ambos preexistían ya desde un principio, y además, si se decantan a veces hacia el Mal en vez de hacerlo siempre hacia el Bien, es que son imperfectas, ¿cómo entonces Dios, si es Perfecto, ha podido crear seres imperfectos?

En realidad, Bien y Mal son dos tendencias, centrípeta y centrífuga respectivamente, es decir, una que tiende a la unión y otra a la disgregación. Cuando la Realidad se observa desde un punto de vista analítico es cuando estas dos fuerzas actúan. De otro modo, cuando la síntesis se realiza, esas dos fuerzas desaparecen, pues ya no hay contrarios que se opongan sino aspectos complementarios que confluyen en la Unicidad de la Existencia universal. Más allá, en la Unidad sin atributos, y con más razón en el Infinito, no hay lugar para hablar de aspectos ni de Bien ni de Mal; es a eso a lo que Guénon alude con el término de Perfección.

Dicho de otra manera, la imperfección no procede de la Perfección como una emanación de ésta, sino que en realidad no hay otra cosa que lo Perfecto. Lo imperfecto es sólo un punto de vista parcial, un reflejo invertido que aparece en el ámbito de lo formal, o sea, de lo individual.

Lo individual, cuya expresión central es lo humano, no puede elevarse por sí mismo por encima de sus propias posibilidades si no se abre a una influencia espiritual. Si se encierra en su plano y niega, por ignorancia o prepotencia, esa apertura, entonces se encarcela en la multiplicidad, en el análisis, y ese dominio es el Imperio del Demiurgo. De modo que el Demiurgo es la propia voluntad del hombre caído cuando éste distingue entre Bien y Mal, entre Espíritu y Materia, etc., y admite esta distinción y se doblega ante ella como irresoluble.

Al considerar todas las cosas como opuestas y exteriores a él, personifica esa tendencia en un "ser" exterior al que denomina Satán, el Adversario. Así vista, la Creación aparece como algo fantasmagórico, producto directo de la acción del Demiurgo sobre la Materia, Caos primordial de la que éste extrae todas las formas como de un saco sin fondo.

¿Hay que deducir entonces que la Creación es imperfecta? Esa consideración sólo es posible si la entendemos como separada de su principio. Ahora bien, desde el punto de vista principial, no ha lugar a considerar ni Materia, ni Demiurgo, ni Creación como entes separados. Desde ese punto de vista universal, se puede decir que todo es Espíritu, puesto que éste es independiente de toda forma.

El hombre puede y debe, para recuperar su verdadero sentido y ser expresión directa de la Divinidad, liberarse de toda atadura y de toda forma, y esa liberación se opera por la Gnosis, es decir, por el Conocimiento integral. Esto nos lleva, ya para finalizar, a traer a colación el tema de la Libertad.

 

No es posible ni razonable entender la Libertad en su verdadero y pleno sentido si no es como atributo de lo Divino. Lo que generalmente se entiende por libertad en nuestros días es en realidad una confusión o, más bien, un abuso del lenguaje. Se toma la parte por el todo al denominar libertad al libre albedrío, y aún atribuir éste a un hombre ordinario sigue siendo un abuso del lenguaje.

Si la Libertad es la ausencia de toda coacción (26), entonces sólo es posible cuando no hay Dualidad. Esto significa que solamente podemos encontrar la libertad total en el grado del Ser puro, que es Uno e inmanifestado, y más allá del Ser, que es el dominio de la No-dualidad (27).

Así pues, cualquier estado de Ser manifestado, por elevado que sea, no participa de la libertad total sino en un cierto grado. Es absurdo, por tanto, hablar de libertad en el ámbito humano. Lo correcto sería hablar de libre albedrío, como reflejo de la libertad absoluta del Ser en este estado. Ahora bien, ¿quién posee en verdad libre albedrío?

Si, como dijimos antes, el reflejo de la vertical sobre el plano horizontal es el centro, es sólo aquel que se sitúa en dicho lugar quien ejerce con certeza el libre albedrío. Hablamos, pues, del hombre verdadero.

El hombre caído no puede decir que es libre, ni siquiera que tiene libre albedrío, pues es tal la cantidad de condicionantes a los que le somete el mundo moderno que ni tan sólo su propia voluntad le pertenece completamente. Generalmente actúa por actos reflejos, por respuesta a estímulos que no puede controlar, dado que su psique se halla en un estado caótico, en completo desorden, abandonada a una indefinidad de imágenes con las que alternativamente se va identificando.

Solamente mediante una "metanoia", un cambio de orientación, será posible una regeneración psíquica que le permita alcanzar paulatinamente la unificación de su consciencia, para reencontrar su centro, su verdadero estado de hombre.

Quien, a partir de ahí, se eleve hacia la Unidad del Ser mediante el Conocimiento, realizando todos  los estados intermedios, o lo que es lo mismo, transitando los dominios caracterizados por las diferentes jerarquías angélicas, se liberará del Imperio del Demiurgo, superando el ámbito de lo formal.

Si alcanza su meta, es decir, la Liberación final, se convertirá en un verdadero Yogui, o en un Sufí, para el que bien y mal ya no tienen ningún sentido. En ese momento, en ese instante eterno, será, como nos dice el gran maestro hindú Shankara, "idéntico a Brahma, que es eterno, puro, libre, uno, incesantemente feliz, no dual, existente, perceptivo y sin fin" (28).

 

NOTAS:

 

1. Los darshanas o puntos de vista de La doctrina, es decir, del Veda, son seis: Nyaya, Vaisheshika, Samkhya, Yoga, Mimansa y Vedanta. Ver a este respecto "lntroducción general al estudio de las doctrinas hindúes", caps. VIII y ss.

2. Cf. "La Metafísica Oriental".

3. Cf. "El hombre y su devenir según el Vedanta", Prólogo.

4. Nos referimos a la tríada cuerpo, alma, espíritu, que en lo cósmico se traduce por los planos físico, psíquico y espiritual.

5. A este principio es a lo que, en lenguaje teológico, se denomina Dios. Es evidente que la palabra Dios ha sido tan manipulada, tergiversada y mal utilizada que inmediatamente nos trae a la memoria toda una serie de prejuicios y falsas imágenes que hacen realmente difícil su utilización; sin embargo, nosotros procuramos no situarnos en el plano teológico sino en el metafísico, que lo supera, y desde ese punto de vista intentaremos explicarnos.

6. Por otra parte, no es nuestro objetivo demostrar nada a nadie, sino simplemente exponer una visión tradicional en contraposición con la convencionalmente aceptada por la mayoría de nuestros contemporáneos.

7. Evidentemente, no hay que confundir aquí al órgano corporal con el símbolo tradicional.

8. Empleamos este neologismo para traducir el francés "principielle" que utiliza Guénon. El matiz respecto a "principal", que a primera vista sería la palabra más correcta en castellano, recae en que ésta se aplica a una cosa para destacarla de los demás elementos de su misma clase. Sin embargo, "principial" hace referencia al Principio mismo, que no tiene igual ni puede compararse con otra cosa o conjunto de cosas.

9. Véase a este respecto la Parábola del hijo pródigo en Lc. XV, 11-32.

10. Señalar que, entre otros, tanto el Camino de Santiago en el Cristianismo como la Peregrinación a la Meca en el Islam no son sino representaciones exteriores del proceso

iniciático interior.

11. Particularmente en el Hinduismo se habla del Sûtrâtmâ como el hilo invisible que une y penetra entre sí todos los mundos. Éste es también uno de los aspectos concernientes al simbolismo masónico de la Cadena de Unión. Cf. René Guénon, "Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada", caps. LXI, LXV y LXVIII, Ed. Eudeba.

12. "La Jerarquía Celeste" (JC), cap. I, 3. Todas las citas y notas sobre Dionisio están sacadas del volumen "Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita, de la B. A. C.

13. Según Proclo, "mensajeros y reveladores del silencio de Dios"; cf. en "De malo subsist.", 1.218.

14. Sant., I, 17.

15. Is., XVI, 1-7; Gén., IV, 24; Ez., X, 1-22; Ef., I, ,21; Col.,

I,16; Jud., IX.

16. Plat. Theol., III,14; In Parm., VI, 60.

17. "Serafín equivale a decir inflamado o incandescente, es decir, enfervorizante" (JC VII, 1).

18. "Querubín significa plenitud de conocimiento o rebosante de sabiduría" (JC VII, 1).

19. "El nombre de los sublimes y más excelsos Tronos indica (...) que son portadores de Dios y están prontos como los sirvientes para acogerle a Él y sus dones" (JC VII, 1).

20. "Se da el nombre de ángeles a este grupo con preferencia a otros por cuanto su jerarquía es la más próxima a nosotros, la que nos hace manifiesta la revelación y está más cerca del mundo... [el orden de los ángeles] es el que hace las revelaciones y, según sus distintos grados, preside las jerarquías a fin de que la elevación y retorno a Dios, comunión y unión con Él, suceda como es debido" (JC, IX, 2).

21. Infierno, canto I, 12. Es curioso recordar aquí que el Tao es "la Vía" y Tao-te-king es "la Vía recta" o "la Vía del medio".

22. Sefer Yetzirah, II, 1.

23. Lógica, Retórica, Gramática, Música, Geometría, Astrología y Aritmética.

24. Los Chakras (literalmente "ruedas") son siete: Muladara, Suadhisthana, Manipura, Anahata, Vishuddha, Ajña y Sahasrara, y se relacionan respectivamente con el perineo, los genitales, el ombligo, el corazón, la garganta, la frente y la coronilla. Existe también una correspondencia simbólica con los diez sefirots del árbol de la vida cabalístico; si se abaten los sefirots que forman el pilar de la Misericordia (2, 4, 7) y los situados en el pilar del Rigor (3, 5, 8) sobre el pilar del Equilibrio (1, 6, 9, 10), se obtienen siete puntos significativos equivalentes a los siete chakras. Recordar también los tres canales que unen entre sí todos los chakras, llamados Sushumna, Ida y Pingala.

25. Astrología y Alquimia son las dos ciencias herméticas que evidencian esta relación, poniendo de manifiesto las analogías entre Planetas y Metales, y de éstos con el cuerpo y el alma humanos. Cf. Titus Burckhardt, "Alquimia".

26. "Los estados múltiples del Ser", cap. XVIII.

27. Se podría pensar aquí en la distinción entre Ser y No-Ser, pero ésta no implica dualidad.

28. Citado en R. Guénon, "El Demiurgo", IV parte.