Mostrando entradas con la etiqueta Pietro Nutrizio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pietro Nutrizio. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de octubre de 2017

Nuevo Curso (Pietro Nutrizio)

RIVISTA
DI
STUDI TRADIZIONALI

N. 65                                               JULIO - DICIEMBRE 1986

<NUEVO CURSO>
 PARA <ETUDES TRADITIONNELLES>

No habrá escapado a los lectores que en un artículo precedente de este mismo número se habla en un cierto punto de la revista Etudes Traditionnelles como de aquella que fue el órgano a través del cual se expresó una gran parte de la obra de René Guénon[1]; este pasado remoto, por el que nadie más que nosotros siente tanta aflicción al leer, tuvo, como se puede imaginar fácilmente, una precisa  razón de ser que vale la pena indagar y que, creemos, no dejará de interesar a todos aquellos que de la obra de René Guénon han obtenido claridad intelectual para orientar su existencia y fuerza para oponerse, al menos interiormente, al avance de la invasión del desorden y de la oscuridad.
            El uso de este tiempo verbal que indica algo que existió hace un tiempo, pero que ahora no es más, no se refiere evidentemente a la presencia física de Guénon, desaparecido hace más de treinta años, sino al espíritu de su obra, cuya influencia parece haberse retirado de las páginas de la revista Etudes Traditionnelles siguiendo un proceso que, iniciado inmediatamente después de su muerte en el 1951, no ha dejado de desarrollarse, a través de sucesos alternados y temblores, algunas veces incluso subversivos[2], hasta llegar al último episodio de verdadera y propia falsificación del cual se trata en el artículo ya mencionado por nosotros.
            Liberada hacia fines de 1984, de la que parecía entonces la última de una serie de presencias más o menos conscientes y profundamente hostiles a la obra de Guénon, incluso en virtud de un gesto de coraje y de probidad intelectual por parte de quien ya en el pasado había participado en su redacción, la revista renovaba con el último número de aquel año (486) el propósito de su dirección de <mantener la idea tradicional mientras las circunstancias no tornaran absolutamente imposible un trabajo de este tipo>[3]. En esta ocasión se recordaba que los dos directores precedentes, Charconac y Villain, se habían sucesivamente <esforzado en hacer esto de manera estrictamente conforme a las directivas que se deducen de la obra de René Guénon por lo que respecta a la ortodoxia doctrinal y a la universalidad tradicional> y se reafirmaba que <las páginas de Etudes Traditionnelles deberían ser, y permanecer, el soporte privilegiado de todos aquellos que, habiendo percibido la importancia excepcional del mensaje que Guénon ha transmitido al mundo moderno, son capaces de dar a su obra las prolongaciones tradicionales que él mismo había siempre auspiciado>.
            Era una reacción positiva ante el shock provocado por la aparición entonces reciente en el Dossier H dedicado a René Guénon, de un artículo firmado por uno de los colaboradores habituales de Etudes Traditionnelles, <cuyo tono polémico y cuyas aserciones> estaban <en total oposición con la orientación fundamental de la (...) revista>[4]. Para la revista francesa se trataba evidentemente de un momento de <crisis>, que como tal también habría podido preludiar  a uno de aquellos temblores  subversivos que señalábamos hace poco. Para peor, grande era además el peligro de que las cosas se desarrollasen de un modo totalmente distinto, y justamente en esta revista[5] G. Manara afirmaba a este propósito: <Encontramos aquí expresada una intención ciertamente muy apreciable, y también, a decir verdad,  muy ardua de realizar, siendo en general, en las condiciones actuales, muy difícil no caer en posiciones dictadas por tendencias individuales y por corrientes interesadas, incluso para quien se refiera a la obra de Guénon y, con un neologismo contra el cual Guénon se había expresado en su correspondencia en términos totalmente negativos, se califique eventualmente como “Guenoniano”>.
            A decir verdad, el número 486 con el artículo <33 ans après > de Denys Roman, que, si así puede decirse, inauguraba la nueva fase de la revista de la que bajo ciertos aspectos emanaba un encomiable entusiasmo por los posibles desarrollos de esta última, desafortunadamente también ya portaba en sí los gérmenes de algo menos positivo. Daban por descontado, aceptándolos como un hecho y sin siquiera  señalar la posibilidad de que pudieran parecer tales a causa de las limitaciones de los intérpretes de más o menos buena fe, aquello que habían llamado <algunos errores que se pueden encontrar en ciertas obras> de Guénon[6], se mostraba una complaciente satisfacción por el hecho de que los que se ocupaban de la obra guenoniana fueran ahora (a diferencia de lo que ocurriera en un pasado relativamente reciente) también universitarios investidos de cargos oficiales, se hacía resaltar con mal disimulado placer la concordancia de ciertos datos producidos por investigaciones efectuadas por disciplinas profanas con aquellas de las ciencias tradicionales que tenían relación con los <ritmos cósmicos> y, en fin, se llamaba insistentemente la atención sobre los beneficios de la publicación de la correspondencia privada de Guénon.
            Si los tres primeros puntos relevantes pueden a primera vista parecer impropios, aunque sea en alguna medida, para una revista que intentaba renovar su inspiración en los principios formadores de la obra de Guénon, no salta a los ojos tan evidentemente, incluso para los de un lector serio de tal obra, lo inoportuno de un procedimiento del género de aquel considerado en el último punto[7]. Y de hecho la revista francesa cayó en el error de imitar aquello que con manifiesta envidia había visto hacer en Dossier H y en Cahier de l’Herne dedicados a Guénon, y diera inicio, después de algún número de preparaciones, a la publicación de una serie de cartas de su antiguo inspirador a distintos corresponsales. 
            En el número 491 (Enero - Marzo 1986) esta iniciativa había comenzado <con la primera carta de una larga serie, de la cual cada lector apreciará su importancia>; la satisfacción por este resultado (veremos más adelante que significado viene al caso atribuirle) era mitigada por la contemporánea desaparición de Denys Roman, presentado como el principal artífice de la iniciativa, la cual, como quiera que sea, era descripta como un medio, por los Etudes Traditionnelles, de cumplir su <deber (...) de proseguir incansablemente el trabajo emprendido respecto a René Guénon>.
            La publicación de las cartas (que eran hechas pasar por extractos, pero que en realidad excluían casi solamente las fórmulas de introducción y despedida...) continuaba en los números 492 y 493 de 1986, después se interrumpen bruscamente en el número 494 de Octubre - Diciembre de 1986 sin que fuera dada a los lectores ninguna explicación de este imprevisto, en tanto que inesperado, silencio. El presentador de las cartas en cuestión, que firmaba Régor Amadeus, había hecho preceder la primera carta publicada por una introducción en la cual se buscaba de algún modo ilustrar los criterios que habían antecedido a la iniciativa, iniciativa que, se decía entre otras cosas, pretendía <responder a la expectativa de todos los lectores que buscaban en los escritos del Maestro una enseñanza tradicional (¿y que cosa si no...?) y que tal vez esperarían encontrar en forma más accesible>; además, para defenderse anticipadamente de posibles críticas que vagamente intuía que afectarían su obrar, agregaba en fin: < Por lo demás estamos convencidos de que la Verdad, así como es presentada por René Guénon en sus libros, y como está usualmente formulada en su correspondencia, no debe ser considerada como la propiedad o prerrogativa de quien quiera que sea, y nosotros consideramos por esto que es justo que todos aquellos que son capaces, puedan aprovecharla de un modo u otro>.
            Vemos cuan poco se justifican las ilaciones contenidas en estos dos pasajes si queremos situarnos verdaderamente en un punto de vista tradicional, o sea conforme a las consideraciones inspiradas en las enseñanzas de R. Guénon. Ante todo, quien quiera que no esté irremediablemente enceguecido por prejuicios individualistas no puede dejar de aceptar una distinción muy elemental, pero fundamental: aquella existente entre la obra <pública> de Guénon y su vida privada; se sabe que Guénon no perdió jamás la ocasión de subrayar cómo esta última le correspondía solamente a él[8], y nadie podrá ciertamente desconocer que las cartas por él escritas forman parte de ella (así como de los destinatarios, obviamente); poner <a alcance de todos> aquello que por su naturaleza es reservado, no es ciertamente un procedimiento recomendable bajo ningún punto de vista y se justifica solamente en un  caso, esto es, cuando sea entendido como procedimiento extremo en defensa de una verdad que se ve tergiversada o comprometida.
            Ahora bien, las razones esgrimidas por el supuesto Amadeus no son, según él mismo admite, de este tipo; como habíamos visto, él sostiene que las cartas deben publicarse por lo que los lectores pueden encontrar en ellas sobre la enseñanza tradicional de Guénon <claramente en forma más accesible>. Se trata, de toda evidencia, ó de una ingenua ilusión (como si Guénon, en privado, se expresara en términos de <divulgador>, mientras en público estuviera obligado de un lenguaje más inaccesible), ó de una increíble confusión entre el conocimiento profundo de las concepciones tradicionales, por propia naturaleza incomunicable (y, en cambio, considerado aquí transmisible en un escrito, para desmentir el propio parecer contrario dado por Guénon), y la exposición de este último bajo la forma lógica, con todas las limitaciones que Guénon jamás despreció poner en evidencia[9].
            Bajo este perfil, las cosas están en modo exactamente opuesto a cuanto imagina el negligente presentador; desde que la obra <pública> de R. Guénon es de algún modo el fruto de una <iniciativa> referida a Occidente tomada por el autor, o mejor, como justamente Amadeus subraya, por la voluntad <providencial> que se expresa a través de él, y por eso ha sido concebida en modo de adaptarse en su forma a las capacidades intelectuales de todos los potenciales lectores que R. Guénon sabía que existían en el área geográfica occidental[10], las cartas de las cuales está constituida su correspondencia son en cambio su respuesta a iniciativas de seres determinados que se dirigieron a él como producto de la lectura de sus libros. Como tal, esto no puede ser sino una adecuación posterior ad personam, calibrado sobre la posibilidad intelectual y sobre la situación particular de un ser singular, y,  a su vez, sobre sus reacciones a la carta precedente del autor.
            Considerarlas como una <prolongación> de su obra pública (tal como son presentadas en Etudes Traditionnelles) y exponerlas indiscriminadamente a todos los lectores, además sin el control de las cartas que las habían ocasionado, en lugar de contribuir a clarificar los argumentos considerados sólo puede acrecentar las dificultades de su correcta profundización[11] (que solamente puede ser el fruto de un esfuerzo personal y no el resultado de una mayor o menor cantidad de información) y por lo demás prestarse al riesgo de que el lector saque una impresión de, al menos, aparente incoherencia a causa de los diferentes puntos de vista desde los cuales son considerados los argumentos, diversidad naturalmente ocasionada por la misma variedad de los <horizontes intelectuales> de los interlocutores. Por esto decíamos hace poco que es una ingenua ilusión aquella de pretender encontrar, en la correspondencia privada de Guénon, las cosas <claramente en forma más accesible>.
            En cuanto a la afirmación de que <la verdad, como está presentada por R. Guénon en sus libros, y como es usualmente formulada en su correspondencia> no debería <ser considerada como la propiedad o pertenencia de quien quiera que sea> y por esta razón es justo <que todos aquellos que son capaces puedan aprovecharla de un modo u otro>, se trata de un sofisma explicable nuevamente sólo con la superficialidad y la falta de preparación de Amadeus, el cual no está, evidentemente, capacitado para captar la distinción, pese a ser fundamental y haber sido expuesta reiteradamente por Guénon, entre la verdad o la esencia de la doctrina, de naturaleza informal,  y los medios o soportes a través de los cuales es expresada, en la medida en que es posible, tal verdad (en este caso la obra íntegra escrita por R. Guénon). Si este modo vago de proponer las cosas fuese válido, incluso solamente en un plano contingente, habría podido publicar cualquier escrito de este autor sin tener que solicitar los derechos al autor mismo, o a sus herederos, o a las casas editoriales de sus obras, lo que afortunadamente todavía está lejos de ser practicable, a no ser por personajes o grupos que de este modo se auto califican inmediatamente a sí mismos y a sus intenciones. Por lo demás, a este propósito, tenemos razones para creer que la imprevista interrupción en la presentación de las cartas no carezca de relación con alguna intervención por parte de los representantes de los herederos de R. Guénon en lo que respecta a la publicación de sus escritos; y esto nos induce a pasar a otro orden de consideraciones, que hacen atender a una afirmación  ya contenida en el artículo <33 ans après> del número 486 de Etudes Traditionelles, y sobretodo a sus tendenciosos desarrollos en un Avis de la Direction del número 491, en el cual aparece la primera carta.
            Hacia el final del artículo, el autor, con el evidente objetivo de anticipar a los lectores la iniciativa de la publicación de la correspondencia, señala a aquel que él llama <el fiel entre los fieles> de R. Guénon, diciendo de él que le <había confiado, al día siguiente de la muerte del Maestro, que había conseguido, hacía poco, una parte importantísima de esta correspondencia>. El pasaje prosigue con una ilación totalmente gratuita y consistente en su creencia de que este <fiel entre los fieles> <había recibido de Guénon la misión (?) de reunir la totalidad de estas misivas, tarea a la cual debía dedicar toda la vida>. Sobre la gratuidad de semejante deducción y ante todo sobre su extraña y hasta grotesca <restrictividad>, G. Manara ya se había expresado aquí en su artículo <Etudes Traditionnalles 33 anni dopo>; de todos modos, como habíamos dicho, el concepto era retomado en el Avis de la Direction del número 491 de Etudes Traditionnelles, y ampliado de este modo: <R. M., uno de los corresponsales en los cuales R. Guénon tenía mayor confianza, le ha sido confiada [obviamente por Guénon mismo] la misión de “reunir”, a los fines de una eventual publicación, las numerosísimas misivas del Maestro “esparcidas” en los países más diversos>.
            Con el anterior pasaje, subrayado por nosotros (no presente, nótese, en el artículo <33 ans après>) se buscaba atribuir al <fiel entre los fieles> de R. Guénon (y en el fondo a Guénon mismo) la intensión original de la iniciativa, y de comprometerlo, a diez años de su muerte, en un patente acto de infidelidad hacia lo que, habíamos visto, eran los principios del adab[12] tradicional que R. Guénon había reclamado incansablemente a los verdaderos destinatarios de sus escritos[13].
            En realidad, aquel a quien Etudes Traditionnelles sindican como <el fiel entre los fieles>, no pensó jamás en publicar las cartas de Guénon que él poseía; él fue en efecto, por más de doce años, el mandatario de los herederos de Guénon para la publicación de su obra, y, si ellos lo permitieran, el encargado de hacer aparecer, según la voluntad del mismo Guénon, los últimos seis conjuntos de artículos esparcidos; por el contrario, cualquiera puede constatar que durante este largo lapso de tiempo no hizo aparecer jamás, con ningún editor europeo, alguna colección de aquellas cartas que, como se recuerda con alguna exageración en el artículo <33 ans aprés>, <si hubieran sido publicadas habrían conformado un conjunto cuatro veces mayor que la obra  actualmente en venta de Guénon>. Un comportamiento muy extraño, si se admite que <se le había confiado la misión de “reunir”, a los fines de una eventual publicación, las numerosísimas misivas del Maestro esparcidas en los países más diversos... >; ¿o no será tal vez que, justamente por la fidelidad a Guénon y a su obra ya recordadas en el artículo de Etudes Traditionnelles, y profundamente consciente, por demás, de los motivos que empujaban a Guénon en querer que fuese siempre mantenida la más rigurosa distinción entre su obra pública y su vida privada, él había reunido la mayor parte posible de las cartas accesibles para hacer que al menos ellas no sufrieran aquel tratamiento profanador (en el sentido estrictamente técnico del término) al cual nos hace asistir ahora, por lo demás en buena compañía, aquella que muchos lectores creen todavía <la revista de Guénon>?.
            En este punto se podrá contestar que la <Rivista di Studi Tradizionali> también se sirve de tanto en tanto (y lo hace varias veces en este mismo artículo), de pasajes extractados de cartas de R. Guénon en su posesión. Ya habíamos indicado cuales eran las razones que justifican intervenciones de este género, pero además hacemos notar que una cosa es presentar en modo sistemático cartas de tal autor como si se inscribieran indiscerniblemente  en su obra pública, induciendo así a los lectores a sacar deducciones genéricas de aquello que en cambio era específico en tanto que destinado a un solo corresponsal, y otra cosa es citar, cuando la ocasión lo requiera, un parecer de Guénon (cuya autenticidad será eventualmente probada con una reproducción del original manuscrito) sobre una temática que se esté tocando.
            La distinción que estamos haciendo puede parecer rebuscada, pero en realidad es de la mayor importancia, aunque se pueda admitir que no todos sean capaces de aprehenderla de manera inmediata. Aunque pudiera parecer extraño, el primer procedimiento es casi siempre ocultar los intereses de tipo individual (algunas veces colectivos: en el caso que estamos examinando, en efecto, es manifiesto un interés de <prestigio>, eventualmente monetizable, por Etudes Traditionnelles al presentar los escritos inéditos de Guénon), incluso cuando invariablemente, al menos para quien sepa ir un poco más allá de la letra, los intereses individuales sean traducidos después en algunos <detalles> reveladores de su cualidad particular; algunos ejemplos podrán ilustrar mejor el alcance de cuanto estamos diciendo.
            En la colección de artículos sobre Guénon de los Cahiers de l’Herne se sirven profusamente de la técnica de la publicación de cartas de Guénon para alcanzar objetivos aparentemente distintos; una de estas cartas está dirigida a F. Schuon, y evidentemente fue publicada con el único objetivo (que probablemente haya pasado inadvertido a los mismos coordinadores de la compilación) de guiar la atención de los lectores sobre la fórmula de la dirección de la misiva, en la cual el nombre del destinatario está precedido del apelativo Shaykh[14]; es significativo que quien hizo insertar esta carta no haya, de paso, percibido todo el alcance  <pedagógico> de la fórmula de encabezamiento, donde el nombre árabe del escritor (o sea del mismo Guénon) está precedido de la expresión Min al-faqîr ilâ rabbihi (del indigente frente a su Señor), cosa que, a la luz de los desarrollos de la carrera <iniciática> del destinatario, la carta, contra toda intención de este último, adquiere el significado de una inocultable y trágica advertencia.
            Otro ejemplo elocuente está constituido por una serie de cartas publicadas hace años por J. Evola en la revista <La Destra>; siendo pública la existencia de su correspondencia con Guénon, el escritor italiano buscaba de modo tan ingenuo como descubierto, constituirse a los ojos de un cierto género de lectores, de una <credibilidad> tradicional, mirando como segundo objetivo <apropiarse> de la figura de R. Guénon a los fines de una anhelada y no menos definida <cultura de derecha>. También aquí, para verificar la validez del dicho popular que expresa <el diablo hace la olla pero no la tapa>, había sido <descuidadamente> citado también un párrafo en el cual Guénon le explicaba con todas las letras, cómo su parecer (el de Evola) sobre la cuestión que más le importaba en su corazón era exactamente lo opuesto de una correcta concepción tradicional[15].
            Después de estos ejemplos, que se podrían multiplicar a gusto examinando todos los casos en los cuales han sido hechas públicas las cartas de Guénon[16], surge espontáneamente preguntarse sobre cuál puede ser la particular motivación por la que han sido movilizados los protagonistas de las iniciativas que estamos considerando.
            Ya habíamos señalado cual era tal motivación para el órgano que las hospedaba; a este propósito solamente se puede agregar que el género de errores cometidos por los responsables de la revista francesa no hace más que probar la justeza de aquello que Guénon había repetido tantas veces en sus escritos, y esto es que en el campo tradicional las intenciones, por cuan buenas pudieran ser, no pueden por sí solas tomar el lugar de algo más <positivo>. Incluso sin poner en duda  la sinceridad y la honestidad de los propósitos expresados por la dirección de Etudes Traditionnelles en el n. 486, cualesquiera que hayan sido hasta ahora los frutos, en ausencia de una efectiva asimilación de ciertos principios tradicionales, ¿cómo conceptuarla si en la primera ocasión ella ha <abierto las páginas> de la revista a auténticos contra iniciados?.
            Por lo que concierne en cambio al presentador de las cartas, las dificultades para individualizar sus movimientos no son muchas para quien sabe, como nosotros sabemos hasta demasiado bien, que en realidad él está ligado (o al menos lo estaba al momento de la publicación) con el autor del pseudo comentario a la qasîdah del Shaykh at-Tâdili: birds of a feather flock together, como dice un proverbio inglés que no debería ser de difícil interpretación para este último. De modo que, se podría decir que la iniciativa no había tenido un solo autor sino dos, y para convencerse de que los intereses de entre ambos son también en este caso pesadamente individuales, se puede recurrir a la información que poseemos, sobre que las cartas presentadas han sido cedidas a la revista francesa por una suma no insignificante de dinero.
            Este particular, si por un lado confirma en nuestra hipótesis que la dirección de Etudes Traditionnelles hubo pecado en esta ocasión sobre todo de incompetencia (la puesta en venta de tal <bien> debería por lo menos hacerla sospechar sobre la verdadera naturaleza de los oferentes...), por el otro arroja una luz siniestra sobre semejantes protagonistas del <hecho>, que parecen haber olvidado cómo R. Guénon, tenía un verdadero horror por el comercio de las cosas inherentes a la tradición, y que para dar su obra a Occidente sufrió largos períodos de indigencia, entre otros a causa del hecho que los ingresos que se derivaban de sus libros le eran apenas suficientes para pagar las estampillas de las cartas que enviaba a sus corresponsales...            
            Además, en esta circunstancia tampoco faltan los particulares (esta vez son más de uno) que revelan la intención oculta de los presentadores (¿o no sería más adecuado a los hechos llamarlos <vendedores>?); ¿el nombre propio que fue elegido para firmar esta bella empresa no es tal vez el anagrama <al revés> de aquel a quien, como también ha sido hecho por el supuesto Mostagh Firou, se estuvo buscando imitar con una abismal carencia del sentido de las proporciones?.  Pero probablemente sería más provechoso para los intereses de la verdad deducir las cualidades del entendimiento de ellos desde el hecho de que quienes se han <olvidado> de haber substraído a la redacción de nuestra revista las cartas, después las han ofrecido a Etudes Traditionnelles (y sobre la procedencia de las cuales no les deben haber sido hechas demasiadas preguntas... ). Por lo tanto es oportuno tener en cuenta, incluso para los lectores de la revista francesa, cómo han hecho su aparición estas cosas, estas cartas no sólo han sido publicadas sin que fuese solicitada la autorización a los herederos de R. Guénon, ni a sus destinatarios ni a sus herederos, sino que incluso la misma posesión por parte de los presentadores es de origen fraudulento, por lo tanto ellos no tenían el mínimo derecho de disponer de modo autónomo de la reproducción de documentos con los que se han encontrado entre las manos, pero que pertenecen al archivo de la <Rivista di Studi Tradizionali>.
            Como se ve, diversos son los hechos que confirman, a una distancia de no mucho tiempo, lo fundado de los temores que G. Manara expresaba en el párrafo citado por nosotros al inicio, y además las dos iniciativas particulares de Etudes Traditionnelles que son puestas en examen en este número no son las únicas en contener elementos sospechosos  desde un punto de vista realmente tradicional. Pero si las iniciativas que hemos relevado pueden ser consideradas en una primera aproximación como la consecuencia, desplegada entre ellos, por una marcada incapacidad de la dirección actual de la revista francesa para elegir colaboradores seguros, y como tales han sido tratados por nosotros, destacándose principalmente la incoherencia intrínseca de los puntos de vista expresados por sus autores, hay una constatación posterior que hacer,  la cual lamentablemente hace presagiar que aquello que se presentaba  hace tres años como un <nuevo curso> para Etudes Traditionnelles esté en cambio probablemente destinado a ser solamente una fase más avanzada en el proceso de alejamiento del espíritu de la obra de Guénon que recordábamos en la apertura del artículo.       
            Desde diversas partes están manifestándose los síntomas de una maniobra antitradicional de un nuevo género, cuya característica principal es que se traen hipótesis y se presentan hechos referentes a la personas que estuvieron de algún modo ligadas a las sugerencias dadas por Guénon para la constitución de una élite intelectual en Occidente, pero de un modo totalmente contrario a la verdad, incluyendo la <histórica>. Evidentemente se confía en el hecho de que la desaparición natural  de los testimonios de aquellos hechos habría debilitado el recuerdo correcto y se busca así <neutralizarlos>, instrumentándolos después, si es posible, para aumentar el desorden que ya se está esparciendo[17].
            Y bien, cuanto está acaeciendo en Etudes Traditionnelles con el llamado inesperado y rebuscado al Shaykh at-Tâdilî y a aquel que es sindicado como el <fiel entre los fieles> de R. Guénon, vale decir a dos personajes de los cuales hasta ahora no se había sentido jamás la necesidad de hablar en público, y esto justamente en virtud de la naturaleza profunda y por lo tanto esencialmente invisible de su acción, nos parece que se inserta plenamente en esta maniobra, además con el agravante de <profanar> cuanto fue hecho en modo único e irrepetible, y sobre todo siguiendo escrupulosamente  la indicaciones más directas de René Guénon.
            Esta es la razón por la cual es necesario antes que nada rectificar con una cierta abundancia de particularidades aquello que se está haciendo en este sentido en aquella que fue la revista en la cual escribía René Guénon[18], y es esta también la razón  que nos induce, según el único principio válido recordado por nosotros, a reportar en el cierre de este artículo un último extracto de una carta que Guénon dirigía a uno de sus corresponsales a pocos meses de su muerte (30 de Agosto de 1950) y que concernía entre otros a la oportunidad de continuar después de su desaparición con la publicación de la revista Etudes Traditionnelles: <Evidentemente, está siempre el peligro de que algunos busquen de apropiársela y utilizarla a los propios fines; ésto es necesario poderlo evitar, porque de otro modo sería mejor que dejara de ser publicada>. (<Evidemment, il y aurait toujours le danger que des gens en cherchent à s’en emparer et à l’utiliser à leurs propes fins; c’est là ce qu’il faudrait pouvoir empêcher, car alors il vaudrait mieux qu’elle cesse de paraître>).

Pietro Nutrizio
 





[1] Se trata del artículo de J. -B. L., titulado <Una Parodia de la Ayuda de Oriente>, Pág. 180.
[2] De alguno de los síntomas más característicos de este alejamiento  ha sido  tratado en esta revista en distintas ocasiones por G. Manara. Se pueden ver, por ejemplo, los artículos: <Le voile du temple> (en el n. 15, de Abril - Junio 1965), <Etudes Traditionnelles  tra divergenti tendenze> (en el n. 16, de Julio - Septiembre de 1965), <Sempre piú confusione: Planète Plus e i pretesi “discépoli” di René Guénon> (en el n. 33, de Julio - Diciembre de 1970), <Etudes Traditionnelles ringrazia Planète> y <Etudes Traditionnelles rinnega Planète (en el n. 34 de Enero - Junio 1971), <Sui parassiti dell’opera di Guénon: qualque aggiornamento> (en el n. 60, de Enero - Junio 1984). 
[3] Se trata, como por lo demás se refiere en el n. 486  de la <Orientación> de la dirección de Etudes Traditionnelles, tras un  <pensamiento expresado por R. Guénon en una de sus últimas cartas>.
[4] Sobre este artículo, que en realidad es más bien una larga recolección de anotaciones en la cual se expresan <un ensañamiento y un desprecio excepcional contra la obra y la persona misma de Guénon>, ver la nota de G. Manara <F. Schuon: eufemisticamente “qualche critica”>, comprendida en el artículo ya citado en el Nro. 60 de esta revista.
[5] <Rivista di Studi Tradizionali> n. 61 (Julio - Diciembre 1984): <Etudes Traditionnelles 33 ans après >.
[6] En particular  se hacía referencia a los <dos (errores) que tenían verdadera importancia y de los cuales se podía extraer alguna enseñanza> (?), y eran aquellos, según el autor del artículo, <referentes al Budismo y a la relación entre la autoridad espiritual y el poder temporal>.  Ahora bien, a pesar de que también fuera dicho que <en Guénon, absolutamente nada es sin significado, e incluso un significado frecuentemente muy importante> (¡incluido el error!), este nos parece un modo singular de defender, aunque sea con buena fe, la integridad global de los puntos de vista expresados por Guénon. No pretendemos abordar en una simple nota cuestiones que requerirían de largos desarrollos para ser clarificados, sin embargo podemos al menos sugerir que en ambos casos existe una explicación que para ser tal no tiene necesidad de recurrir a la... <teoría del error>.
[7] A los cuatro puntos dudosos que destacamos se agrega una singular comparación de la importancia respectiva de los roles de Guénon, de Shankarâchâria y del Dante en base a datos puramente exteriores: sobre este argumento ver el artículo de G. Manara <Etudes Traditionnelles 33 ans après > ya recordado.
[8] Una brusca reprensión en este sentido está contenida en el compte-rendu en la Revista, en el número de Noviembre de 1932 (155), el Voile d’Isis, compte-rendu reimpreso en la edición de 1965 del Théosophisme, histoire d’une pseudo-religion: <Pedimos a nuestros lectores tomar nota: <(...) 3° que es igualmente inútil buscar informaciones biográficas sobre nosotros, entendido que nada de aquello que nos refiere personalmente pertenece al público, y que por el resto estas cosas no pueden tener el mínimo verdadero interés para nadie: sólo la doctrina cuenta, y, frente a ella, las individualidades no existen>.
               Como se puede constatar, es exactamente aquello que se está haciendo por todas partes...

[9] Ver, por ejemplo, este pasaje de Oriente y Occidente, pág. 165 de la edición italiana: <Obviamente, es necesario distinguir entre la concepción de la verdad metafísica y su formulación, en la cual la razón discursiva puede intervenir secundariamente (a condición, entiéndase bien, que ella reciba un reflejo directo del intelecto puro y trascendente) para expresarla en la medida de lo posible; tal verdad sobrepasa inmensamente su esfera y su alcance, y de ella, en virtud de su universalidad, cualquier forma simbólica o verbal podrá solamente y siempre ofrecer una traducción incompleta, imperfecta e inadecuada, llegando más bien a constituir un “soporte” para la concepción, que, en cambio, representar efectivamente aquello que por naturaleza es en su mayor parte inexpresable e incomunicable, y a lo cual no se puede  sino “asentir” directa y personalmente>.
[10] A este propósito, ver nuestro artículo <Ilegitimidad de la vulgarización>, en el n. 48 de esta revista.
[11] Un pequeño ejemplo, pero bastante significativo, aparece en el n. 493 (presentación de la tercera carta); el comentador cree oportuno llamar la atención del lector sobre el hecho de que Alberto Magno y Tomás de Aquino (de los cuales se dice en la carta haber estado vinculados a una organización hermética) <hubieran (según Guénon) llegado a un  estado espiritual análogo a aquellos que más tarde fueron indicados con la denominación de “Rosa-Cruz”>, hecho que, según él <explicaría muchas cosas>. Ahora bien, el texto de la carta quiere decir solamente que ¡en aquella época las organizaciones herméticas no se llamaban todavía <rosacrucianas> !.  
[12] Nos servimos voluntariamente de este <término técnico> sacado de la tradición islámica para traer un concepto ya expresado en el artículo de J. -B. L. publicado en este número. En realidad con esta palabra (sobre todo si está aplicada, como aquí, a los escritos de R. Guénon), intentamos denominar de modo extensivo todo acto correcto relativo a aquello que Guénon llamaba el <el manejo de las influencias espirituales>. En el fondo, el mismo adjetivo <tradicional> usado propiamente, sobrentiende el mismo concepto; se puede deducir, de cuanto estamos diciendo, cual es el abuso que se hace de este término en los escritos con pretensiones de este tipo, que se ven hoy enormemente multiplicados.
[13] Encontramos afirmado este principio particular en una carta de René Guénon del 12 de Abril de 1936: <[...] tal vez me decida pronto a escribirle a este propósito, pero precisando bien que mi carta no está destinada a la publicación, porque veo que tiene el hábito de publicar casi todo aquello que le escriben; naturalmente podrá, por el contrario, hacer el uso que quiera de las observaciones que formularé en mis compte-rendus...>(<[...] je vais peut-étre me décider à lui écrire à ce sujet , mais en  précisant  bien que mi lettre n’est pas destinée à la publication, car je vois qu’il a l’habitude de publier à peu près tout ce qu’on lui écrit; il pourra naturellement, par contre, faire l’usage qu’il voudra des observations que je formulerai dans mes compte-rendus...>).
               Por lo demás, para ilustrar posteriormente cual fuese el tipo de reserva del todo particular que R. Guénon mantenía respecto a su vida privada y de aquella de su correspondencia, podemos señalar que estos dos (que además se conocían entre ellos) no supieron el uno del otro que estaban en relación con él si no cuando él quiso, por razones bien precisas, ponerlos personalmente al corriente de las cosas. Y este silencio había durado por diez años.
[14] Confrontar, a propósito del peso a dar a este título, según los casos, con el artículo de J. -B. L. <Una penosa conferma> en el n. 64 de la <Rivista di Studi Tradizionali>. Entre otros, el ejemplo del cual el autor del artículo se sirve para ilustrar la diferencia que es necesaria hacer al propósito es propiamente aquel de F. Schuon, y de su título de shaykh tal como era visto por Guénon. 
[15] Ver nuestro artículo <Implicacioni polítiche dell’opera di René Guénon ?> en el n. 39 de la <Rivista di Studi Tradizionali>.
[16] En un artículo recientemente aparecido en una revista francesa <de derecha> se anuncia la próxima publicación, a cargo de una casa editorial italiana, de una reunión de escritos de Guido de Giorgio; esta reunión comprenderá, se dice en el artículo, también la reproducción integral de una serie de cartas de R. Guénon dirigidas al poco conocido tradicionalista italiano. Después de todo lo que hemos visto hacer en este campo, y con lo cual estamos distrayendo a los lectores de lo que solamente respecta a los Etudes Traditionnelles, la última cosa que nos sorprendería sería llegar a saber que en ocasión de esta nueva empresa ...<tradicional> no se ha pensado solicitar a los herederos del autor francés una autorización previa a la publicación... Y porque  en el caso de Etudes Traditionnelles las cartas (además de haber sido objeto de un cambio venal, como diremos dentro de poco, en el texto) han tenido casi ciertamente la función de <mercancía barata> para dar a los presentadores la introducción de sus propios escritos en las páginas de la revista francesa, lo que les apetecía en gran medida, tenemos razones para sospechar  que algo del género se está verificando también  en esta ocasión; sobre todo porque algunos detalles hacen pensar en una identidad de presentadores... 
[17] Como era de esperarse, la maniobra antitradicional de la cual estamos hablando se articula en formas variadas para tocar los <estratos> diversos de destinatarios. Además de los dos aspectos a los cuales se hace referencia en este número, relevamos otro, de un tipo particular, pero también significativo por su modo insidioso ya que, confirmando aquello que apenas habíamos terminado de decir, su objetivo es nuevamente  confundir las ideas en mérito a la función conferida por el Shaykh at-Tâdilî a la única persona que debía ejercitar regularmente el papel de Murshid para los Occidentales (ver el artículo de J. -B. L. en este número, ya citado por nosotros repetidas veces).
               En el número de Septiembre de 1986 de la revista Connaissance des Religions, en buena parte dedicado a las necrológicas de su jefe de redacción muerto a los inicios de 1986, encontramos que se habla de su pérdida como de un <maestro que se anulaba frente a la maestría> y termina, refiriéndose a él, con la evocación de <puntos de comparación con la vida y la misión de René Guénon>. Incluso cuando se trata solamente de un periódico de vagas tendencias literarias y misticoides, no pensamos que tal límite (por lo demás claramente enunciado en la misma denominación de la revista) justifique que se juegue con términos que deben ser solamente <técnicos>, sobre todo cuando se hace una referencia explícita a Guénon.
               Ni es menos revelador de ciertas intenciones <proselitistas>, un <homenaje> al desaparecido, consistente  en la reproducción de una du’â (plegaria) recibida por éste del Shaykh at-Tâdilî en el curso de una visita a este último hecha <en ocasión de un viaje que realizó (el personaje del que se trata) en automóvil, con algunos amigos, atravesando España y con permiso de visitar numerosas ciudades del norte de Marruecos>...
               Como se puede constatar fácilmente, aquí la <trampa> está montada sobre dos mecanismos: ó los lectores desprevenidos serán inducidos a pensar que, como consecuencia de un viaje turístico, el personaje en cuestión ha devenido realmente en un maestro espiritual (y serán de tal modo desviados de búsqueda de aquello que ellos habrán eventualmente dejado...), o podrán pensar que el Shaykh at-Tâdilî operase en un nivel exclusivamente <religioso> o exotérico (y estarán impedidos de buscar en esa dirección...). En realidad, para arribar a un juicio correcto, será suficiente que consideremos el hecho de que el desaparecido era un (supuesto) moqqaddem de F. Schuon (y también aquí rogamos a nuestros lectores creer que se trata de una constatación <técnica>).
               ¾ Un síntoma posterior de esta nueva acción antitradicional, aunque de alcance menor, está también contenido en la revista  Etudes Traditionnelles. En la presentación  de la <Bibliografía completa de los escritos de Denys Roman aparecida en Etudes Traditionnelles> (n. 492, pág 67), la redacción presenta a D. Roman (M. Maugy) como uno de los <cuatro depositarios>  del <deseo formulado por R. Guénon en las vísperas de su muerte> sobre la orientación de la revista. Esta información está caracterizada por una inexactitud doble, que, aunque sea solamente <histórica> no deja de tener su peso, en particular frente a los nuevos lectores de la revista francesa. Documentos de los cuales disponemos comprueban en cambio que: 1) René Guénon no discutió jamás sobre la <orientación> de la revista, incluso aquella póstuma, si no con M. Clavelle (J. Reyor), todavía jefe de redacción del periódico; 2) el grupo de los <cuatro depositarios> (que aunque existió) no había sido sindicado por Guénon para ser garante de la <orientación> de la revista, sino para precisar los criterios a seguir en la publicación de las recopilaciones póstumas de artículos esparcidos en publicaciones diversas. 
               Este grupo, el único del cual hay huellas, estaba compuesto por Clavel, Vâlsan, Maridort y Madero (ex embajador de Argentina en el Cairo y en París, en el primero después de la Guerra y frecuentador de la familia de Guénon en Egipto). En los documentos que poseemos no se señala el nombre de M. Maugy (Denys Roman). Esta rectificación no está hecha por cierto  para atacar ¾ ni siquiera mínimamente¾ la figura de M. Maugy; ella tiene sin embargo, como los lectores comprenderán fácilmente, su importancia desde el punto de vista <histórico>, sobre todo en presencia de la maniobra que estamos denunciando.  
[18] Si decimos que estamos decididos a rectificar antes de todo cuanto se está haciendo en este sentido en Etudes Traditionnelles, es por un orden de consideraciones que están lejos de ser meramente <sentimentales>, como tal vez podría pensar quien no haya deducido de la obra de Guénon las consecuencias más profundas. Estas consideraciones nos inducen a exponer una observación, por lo demás muy justa, que hemos leído en la sección <Les Revues> del n. 489-490 de Etudes Traditionnelles, con la firma de Denys Roman. Este, después de haber señalado el papel positivo de <difusión necesaria de la obra del Maestro desaparecido> que el articulista cuyos escritos él examina atribuye a tal revista, comenta del modo siguiente: <No nos es dado saber [si esto corresponderá o no a la realidad]. (...)Pero sería ya mucho que nuestros colaboradores, conscientes de sus límites y de su insuficiencia, pero confiados sobre toda otra cosa en la acción de la “influencia espiritual” ejercitada durante tanto tiempo en la cabeza y en el corazón de nuestra revista, dedicaran todos sus esfuerzos a fin de que jamás sean olvidados el nombre y la obra de René Guénon>.
También nosotros pensamos que la revista Etudes Traditionnelles fue el <lugar> en cuyo centro se ejercitó la <influencia espiritual> de la cual era vehículo René Guénon, y es justamente por esto que, viendo aquello que sucede ahora y sabiendo quienes son algunos de sus colaboradores actuales, irresistiblemente nos viene a la memoria este pasaje del capítulo XXVII del Reino de la Cantidad:  <(...) es necesario darse cuenta que también la influencia espiritual, para entrar en acción en nuestro mundo, debe necesariamente asumir los soportes apropiados, antes de todo en el campo psíquico, y después en el mismo campo corpóreo (...). Si la influencia espiritual a continuación se retira por cualquier razón, sus antiguos “soportes” cuerpos, lugares u objetos (...),  quedarán no menos cargados de elementos psíquicos, los cuales serán tanto más fuertes y más persistentes cuánto más potente haya sido la acción para la cual ellos hayan servido como intermediarios e instrumentos>... <Además, estas influencias están a disposición quienquiera que sepa “captarlas”, del mismo modo que las fuerzas “físicas”; será por lo tanto natural que tanto las unas como las otras puedan servir a los fines más diversos y hasta opuestos, a continuación de la intención de quien se las apodere y las dirija según la propia voluntad>... <De todos modos, ya sea que se trate de los lugares en sí mismos, de las influencias que permanecen ligadas a ellos, o también de conocimientos del tipo de aquellos a los cuales hemos señalado recientemente, es el caso de recordar a este propósito el antiguo adagio: “corruptio optimi pessima”, el cual tal vez se aplica mejor en esta ocasión que en cualquier otra (...)>.
Evidentemente se podrá objetar que con estas palabras  Guénon intentaba referirse a los <residuos> de verdaderas y propias tradiciones, pero, aparte de hecho de que quien hiciera tale objeción demostraría no ser capaz de valorar en sus proporciones reales la función de René Guénon, si el mismo Guénon no hubiese pensado en estos términos sobre el destino Etudes Traditionnelles después de su muerte, ¿habría tal vez dado el consejo que reportamos al cierre de nuestro artículo, sobre la oportunidad de <demolir> tal revista en el caso de <infiltraciones> sospechosas?.
De todos modos, para que sea completa la exposición de nuestro modo de ver a este propósito, es necesario agregar una última observación. Aquello que habíamos descripto es un estado de cosas que corresponde a un momento de Etudes Traditionnelles, y, teniendo en cuenta la posición totalmente especial de este periódico, estaba en cierto modo descontado que una tentativa de infiltración del género tuviese lugar contra ella; a la revista francesa, que, como habíamos dicho al inicio, había demostrado en su tiempo saber reaccionar en modo positivo a otras contaminaciones, queda todavía abierta la posibilidad de mantener los óptimos propósitos manifestados a fines del 84.
Pero para hacer esto es necesario antes de todo que se den cuenta de que aquello que Guénon desarrollaba desde las páginas de Etudes Traditionnelles no era ciertamente una acción pacífica, ni mucho menos de tipo... <literario>.   

martes, 31 de enero de 2017

CIENCIA MASÓNICA Y CIENCIA PROFANA (Pietro Nutrizio)

PIETRO NUTRIZIO:

 CIENCIA MASÓNICA Y CIENCIA PROFANA

 (Rivista Studi Tradizionali, julio.-dic. de  1978).

En un estrato de adherentes a la organización masónica que parece ser bastante extenso, se puede notar hoy una conducta respecto a la institución que, pese a testimoniar una mentalidad ya menos grosera que aquella de quienes no alcanzan a concebir el fin de la Masonería sino como un apoyo mutuo que sus adherentes deberían profesarse, o como una acción que la organización debe ejercitar en el campo político o social, no está sin embargo capacitada para hacerles dejar una perspectiva muy exterior, y en todo caso, desviada, respecto a la dirección mental que debería caracterizar a los iniciados.

En pocas palabras, de parte de estos Masones se reconoce, como finalidad de la organización, el conocimiento, pero éste resulta identificado con el fruto de la ciencia que los Masones pueden encontrar en torno suyo en el ámbito de su vida ordinaria (en particular, en los ambientes académicos de los cuales tal vez forman parte), cuando no hasta en aquella ciencia menos fiable, construida sincréticamente como soporte de las asociaciones pseudo-tradicionales que hoy pululan un poco en todas partes.

Quien ha tenido la fortuna de darse una preparación tradicional teórica fundada sobre una doctrina que se puede afirmar ortodoxa, o bien basada sobre principios intelectuales verdaderos, no puede dejar de ver cuán peligrosa es esta tendencia, incluso, tal vez, más que aquellas otras que señalábamos en primer lugar, mayoritariamente groseras y sentimentales, pero también menos capacitadas para contaminar a quienes posean un horizonte intelectual menos limitado. Aunque, a falta de un preparación semejante, algunas consideraciones de simple orden lógico, y diremos, a propósito en este caso, de puro sentido común, deberían ser suficientes para arrojar luz sobre aquellos malentendidos en los cuales se apoyan quienes comparten esta opinión, que podríamos llamar cientificista.

Como decíamos, estos son de hecho Masones; esto es, han querido y obtenido una iniciación, y periódicamente ponen en obra, en aquel ambiente particular que es una Logia masónica, un ritual constituido por gestos y expresiones que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo que conocen. Por lo tanto, están capacitados para percibir, aunque no sea sino de un modo nebuloso, que tales elementos son de naturaleza fundamentalmente distinta de aquella de todos los elementos que, en cambio, intervienen en los procedimientos según los cuales son construidas y asimiladas ciencias como, por ejemplo, la física moderna, la fisiología o la historia académica. ¿Qué podrían añadir estos elementos a los datos racionales que constituyen tales ciencias, o, también, al efecto que se quiere provocar sobre quien afronta el problema de la asimilación de una ciencia?. Y entonces, si las ciencias académicas no hacen intervenir nada análogo en su metodología y sin embargo obtienen los resultados prácticos de los cuales se jactan, ¿no existirá, en cambio, una ciencia puramente masónica de la cual tales elementos sean parte integrante, esto es, una ciencia que proceda de otros principios cuyos resultados no son alcanzables sino haciendo intervenir justamente aquellos elementos rituales y simbólicos, que en caso contrario no deberían ser calificados sino como pura superstición o simple demostración exterior, destinada solamente a satisfacer la propensión a un ceremonialismo que, claramente, no tiene nada que ver con el conocimiento?

Son estos, pensamos, algunos de los interrogantes que, antes que nada, podrían hacerse, para ser coherentes consigo mismos, estos Constructores Libres que en el interior de la institución dan crédito exclusivo a las ciencias profanas y pretenden servirse de ellas para alcanzar el conocimiento (1). Si tras habérselos formulado continuaran sosteniendo que su deseo de saber será satisfecho por los contenidos de la ciencia profana, deberían considerar pensando así, quiéranlo o no, que en tal caso la Masonería sería solamente un nombre o una apariencia exterior; que los ritos cumplidos no tienen ninguna razón de ser y que por ello, al menos en el nivel de su consciencia actual, la iniciación recibida en el momento de su entrada en la Orden se resume en poco más que un simple acto burocrático sin gran alcance, a no ser desde un punto de vista psicológico.

Si en cambio consideraran que, en verdad, lo que hacen como Constructores Libres los distingue de todo aquello que en el mundo exterior se puede encontrar en forma de ciencia y de saber, entonces deberían comenzar a reflexionar, siempre por pura coherencia, que en el curso de los trabajos masónicos son fundamentalmente inútiles las referencias a datos y criterios de las ciencias académicas y que su verdadero trabajo se debe fundar únicamente sobre el patrimonio sapiencial que se encuentra en el interior de la organización masónica.
Habiendo llegado a este punto, tal vez tomarían consciencia de que el conjunto de las enseñanzas, de los ritos y de los símbolos de la Masonería representan un método para operar en el campo de una ciencia (o de un oficio, recordando el dicho medieval según el cual ars sine scientia nihil) que antiguamente debía ser, y debe por ello serlo todavía de manera virtual -mientras los ritos y los símbolos se hayan mantenido inalterados-, profundamente distinta de las ciencias tal como son conocidas hoy en el mundo profano. Trataremos en breves palabras de exponer aquí algunas de las razones por las cuales las cosas son verdaderamente así.

Aquello que debe admitirse ante todo es que una ciencia puede distinguirse de otra no solamente por su objeto (y en este caso la cuestión nos parece evidente), sino también por los puntos de vista desde los cuales un mismo objeto puede ser tomado en consideración. Si se examina en su operatoria el arte de construir, que constituye el fundamento del oficio de los Masones, y se lo compara, para hacerlo más fácilmente comprensible, no a cualquier otra ciencia moderna (para lo cual deberían ser hechas otras y más completas consideraciones, que tornarían el discurso más extenso y complejo) sino con las actuales técnicas de construir ¿cuál sería la diferencia esencial que las distingue y separa profundamente?

Desde un punto de vista tradicional, que es aquel al cual buscamos siempre atenernos, tal diferencia consistirá en cómo es entendido por el constructor el hombre que habitará o frecuentará la construcción. Si el hombre es concebido como un ser completo y, por así decir, cerrado en sí mismo, algo que comienza y concluye con su existencia corpórea (aun con todas las implicaciones psicológicas que se quieran), la construcción que lo hospedará podrá, o mejor dicho, deberá, no tomar en cuenta sino sus necesidades relacionadas con la corporeidad: el calor, el frío, la humedad, la necesidad de reparo de la curiosidad ajena, y demás; y es esto lo que hacen las modernas técnicas de construir.

Si en cambio el hombre es concebido como algo que no tiene su explicación en sí mismo, en cuanto manifestación fenoménica, sino como el receptáculo (o tal vez fuese mejor decir el soporte) de una razón de ser que no está condicionada por los sentidos, sino más bien manifestada sensiblemente por los elementos corpóreos y psíquicos que la hospedan transitoriamente, esta será la primera realidad que deberá tener en cuenta la construcción. Esto no se traducirá, como algunos podrían creer, en consideraciones morales y sentimentales que se sumarán a la realización de una manufactura entendida, bien o mal, como la única cosa que cuenta o a la que ilustran a posteriori, sino que se pondrán en juego, desde el momento mismo de la concepción del plano constructivo, y posteriormente en cada fase de la obra de erección del edificio, datos rigurosamente científicos en el sentido más pleno del término, esto es, referidos al mundo de los principios y de las causas de aquello que, considerado en sí mismo, es solamente transitorio. No porque escapen a las limitadas facultades de comprensión de los hombres de hoy estos elementos principiales no operarán, sin embargo, según leyes rigurosas. De ellos, además de naturalmente todos los otros, tenía conciencia el antiguo arte constructivo.

Es ésta también la principal razón por la cual es absolutamente imposible admitir, desde un punto de vista verdaderamente tradicional, que la actual ciencia de la construcción (o cualquiera que sea el nombre que tenga hoy el arte de construir) esté capacitada para proyectar, e incluso probablemente para elevar materialmente, por ejemplo, edificios como las catedrales de Colonia, de Rouen o el mismo "duomo de Milán".

Hemos escuchado afirmar, siempre por los Masones, que, aun cuando las cosas sean de este modo, ello no es un mal tan grande porque hoy los edificios del género ya no son necesarios; pero incluso admitiendo que esto sea actualmente una realidad, debemos añadir que, pese a todo, ello sería una realidad bien triste, porque corresponde a una situación de inutilidad de hecho -y no de derecho- que el mismo hombre moderno ha provocado al no reconocer ya la necesidad de armonizarse con las leyes universales. Identificándose cada vez más con los elementos de su modalidad más exterior, el hombre moderno ha llegado, en efecto, a perder de vista el ligamen profundo con las modalidades superiores de su ser, las cuales son, sin embargo, las que confieren al individuo humano toda la realidad de la cual es susceptible.

Además, las catedrales medievales no eran sino construcciones ejecutadas según criterios que permitían concentrar en un lugar determinado (y no elegido por casualidad) las influencias espirituales para beneficio de las comunidades humanas entendidas según su verdadera razón de ser; ¿cómo se podría reconstruirlas, o construir otras, cuando ya ni siquiera se concibe cual sería la eficacia de tales influencias, o hasta cuando no se sospecha siquiera que puedan responder a alguna realidad?

La verdad es que sin ellas (y la incapacidad de construir templos justos y perfectos es el dramático signo exterior de su gradual desaparición del mundo occidental, al menos a través de este tipo particular de vehículo), aquello que permanece del hombre, o mejor, aquello a lo que el hombre, de algún modo por autocondena, se halla reducido a ser, cambiando la libertad por un número cada vez mayor de vínculos, es solamente un caparazón vacío, una ilusión cuya inanidad la misma naturaleza, inexorablemente, pone en evidencia, al menos una vez en su ciclo de existencia. Esta desgracia ocurre justamente cuando él no puede hacer nada más para modificar su situación, y coincide con el momento en el cual tales vínculos, en los cuales ha puesto toda su confianza y su esperanza y hacia los cuales se dirige -dispensándole- toda su potencia, se desatan, y se encuentra empujado hacia unas tinieblas que podrían ser una luz, pero que ha rechazado como tal.

NOTAS

(1). Está claro que cuanto aquí decimos no tiene nada que ver con los resultados contingentes que tales ciencias han demostrado poder obtener en el campo circunscrito por las aplicaciones prácticas a la vida ordinaria. Estos resultados, nadie lo pone en duda, pueden ser legítimamente usufructuados sin contradicción, incluso por parte de quienes -como nosotros- ven claramente sus limitaciones, para resolver problemas específicos ligados a las condiciones de manifestación del hombre en cuánto ser individual corpóreo. Aquello que le negamos es su idoneidad para constituir una prueba de la relevancia de la ciencia que las ha originado en el campo puramente cognoscitivo, cuando se entiende por conocimiento -como lo haremos notar más adelante- algo verdaderamente explicativo de la razón de ser del hombre entendido en su integralidad.

jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Implicaciones políticas en la obra de René Guenon?



Pietro Nutrizio: ¿IMPLICACIONES POLÍTICAS EN LA OBRA DE RENÉ GUÉNON? (1)

Recientemente se ha hablado (2), en esta revista (3), de un artículo de Julius Evola cuyo título es "René Guénon y el Tradicionalismo integral" (4); este artículo ha aparecido en el periódico mensual "La Destra", en el n° de abril de 1973, y el Sr. Manara, que 10 trataba entonces, evidenciaba principalmente la manera paródica que caracterizaba la exposición que se hacía de ciertos aspectos de la obra de René Guénon. N os parece oportuno actualmente, incluso aunque el asunto nos obligue a volver sobre algunos de los puntos ya tocados por el Sr. Manara, retomar su argumento, considerando sin embargo un punto de vista algo diferente, que parece afectar especialmente a numerosas personas que se interesan de algún modo en las cuestiones tradicionales.

El artículo del cual hablamos continúa, tras un intervalo de más o menos un año, a otro escrito del mismo autor, aparecido también en "La Destra" (5), que nos había asombrado por las intenciones que ocultaba y que, unido a otros síntomas provenientes de numerosos sectores (entre los cuales se encuentra el tono de ciertas entrevistas a Julius Evola publicadas por diferentes medios de comunicación, aunque casi siempre de inspiración política) se insertaría en un marco bastante bien definido, no carente de una cierta sutilidad. Este marco es, en suma, como podía preverse, principalmente político, y este aspecto ha ido definiéndose cada vez más en estos últimos tiempos. Se trata, como señala G. Manara en su "post-scriptum", de una vasta tentativa de "anexión" de la "figura" de R. Guénon en provecho de una "Derecha" concebida en un sentido "político y cultural" (es descrita de esta forma por sus propios adherentes), con el objetivo de apropiarse de un "pensamiento" del que en el fondo se siente desposeída. Las observaciones que seguirán se proponen demostrar que la doctrina que se expresa en la obra guenoniana escapa por su naturaleza propia a cualquier contaminación política en el sentido moderno -sean cuales sean, por otra parte, sus tendencias y "coloraciones"- y, además, hacer patentes las contradicciones que están en la base de esta tentativa de "anexión".

Para comenzar, diremos que es normal que cualquiera que haya tomado conciencia -en el grado y el nivel que sea- del desorden en el que el mundo moderno está en vías de hundirse, tenga posteriormente la intención de "reaccionar" frente a este desorden; esta intención no se traduce sin embargo para todo el mundo en una acción apropiada. Un gran número de aquellos que, aún de una manera sincera, no comparten las tendencias a la dispersión que caracterizan el modo de vida de nuestros días, ni siquiera piensan que sea posible en el fondo -e incluso que sea deseable- "hacer cualquier cosa" para remediarlo; la incoherencia que caracteriza a todas las manifestaciones de la mentalidad actual ha marcado demasiado fuertemente sus facultades como para que experimenten algún impulso para combatirla.

Es necesario entonces apreciar a aquellos que, habiendo comprendido la verdadera naturaleza del mundo moderno, intentan reaccionar contra sus tendencias esforzándose por reemplazarlas con algo más normal. En el fondo, el objetivo al que apuntaba la obra de R. Guénon en uno de sus aspectos era efectivamente hacer que los occidentales que fueran capaces de ello tomaran conciencia de la anormalidad de un mundo como el nuestro y de la necesidad de hacer algo para cambiarlo (6). Pero el diagnóstico que hacía R. Guénon del mundo moderno se basa en nociones que ciertamente no dependen de gustos o tendencias individuales; y, por otra parte, las fuerzas que están en acción en el movimiento exasperado y desordenado que caracteriza a nuestra época son demasiado imponentes como para dejarse domar por impulsos que provienen de su propio ámbito.

¿Cuál será entonces el camino que podría conducir al cambio de la mentalidad actual, o al menos al inicio de un cambio efectivo, según principios derivados del mismo origen que ha permitido reconocer sus debilidades y sus errores? Ésta es -a groso modo- la pregunta a la que se enfrentan los "hombres de buena voluntad" cuando quieren adoptar una actitud activa y resolutiva frente al problema que les implica y, desde ese momento, corren el riesgo de encontrar la primera "tentación" a la que deben oponerse. Si se considera este problema bajo su forma más evidente, es decir, si se observan sus apariencias más exteriores, el desorden del mundo moderno aparece como el producto de una confusión de las funciones sociales y del desarrollo que ésta provoca al nivel de los fenómenos de la vida de grupo. Se trata de fenómenos que en toda civilización normal están regidos por un arte de la vida en común, fundado sobre una ciencia que, en estas civilizaciones, no puede ser sino tradicional. Sin embargo, los principios de una tal ciencia son en cierto modo relativos; están, al igual que aquellos que rigen sobre toda contingencia, contenidos en un principio puramente intelectual del que proceden integralmente; dicho de otra forma, su puesta en acción, para que sea verdaderamente eficaz, debe provenir de una fuente intelectual trascendente y universal que sea al mismo tiempo su justificación y su garantía. Si en la constitución de una ciencia cualquiera no es respetado este proceder que parte del conocimiento puro para llegar a las consecuencias, que' tratan de las aplicaciones, el resultado no será ya una "ciencia tradicional" en el sentido propio de la expresión, y en nuestro caso la eficacia de lo que se habrá reconocido como las reglas de la vida social será nula, al menos si se quiere considerar a estas reglas -lo que aquí nos interesa- en tanto que vehículo de un orden profundo y "natural".

Tan sólo podrán corresponder éstas a una percepción del orden en el nivel de las contingencias, percepción que deberá variar respecto a las individualidades que se arroguen el "derecho" de formular tales leyes, y cambiante con arreglo a las circunstancias. En el fondo, el mundo moderno está ya enormemente afligido de limitaciones de este orden en todos los dominios, y si se procediera de esta forma en el dominio especial del "gobierno de los pueblos" no se haría más que añadir inestabilidad a la inestabilidad y desorden al desorden. La "tentación" a la cual aludimos anteriormente, y que puede ejercerse especialmente sobre aquellos hombres que, como los occidentales modernos, han perdido la capacidad de distinguir lo particular y lo general de lo universal, es entonces la posibilidad que se ofrece a éstos de actuar de esta manera ilusoria.

La vía trazada por la tradición para quienes quieren emprender una tentativa seria de restaurar el orden social en un medio en el que éste se ha perdido se presenta, por el contrario, bajo la forma de una búsqueda de los principios sobre los cuales se funda el orden. Y tales principios, que es lo único que puede suministrar una base inquebrantable, susceptible de todas las adaptaciones en el espacio y el tiempo, no pueden situarse más que en el dominio de la metafisica, a la cual corresponde el verdadero conocimiento intelectual.

La dependencia de la eficacia real del gobierno de los pueblos con respecto a un conocimiento de los principios intelectuales que rigen el dominio del "devenir" y el procedimiento que deben seguir aquellos a quienes será confiada esta misión son descritos por Confucio con una claridad impresionante, en el siguiente pasaje del "Tahio", 13 parte: "Los antiguos príncipes, para hacer brillar las virtudes naturales en el corazón de todos los hombres (7), se aplicaban antes a gobernar bien sus principados. Para gobernar bien sus principados, antes ponían orden en sus familias. Para poner orden en sus familias, trabajaban antes en perfeccionarse ellos mismos. Para perfeccionarse ellos mismos, ordenaban antes los movimientos de sus corazones. Para ordenar los movimientos de sus corazones, tornaban antes su voluntad perfecta. Para hacer su voluntad perfecta, desarrollaban sus conocimientos tanto como era posible. Desarrollaban estos conocimientos escrutando la naturaleza de las cosas. Una vez escrutada la naturaleza de las cosas, los conocimientos alcanzan su más alto grado. Habiendo llegado los conocimientos a su más alto grado, la voluntad se hace perfecta. Siendo perfecta la voluntad, los movimientos de su corazón están ordenados. Estando ordenados los movimientos de su corazón, todo hombre está exento de defectos. Tras haberse corregido a sí mismo, se establece el orden en la familia. Reinando el orden en la familia, el principado está bien gobernado. Estando bien gobernado el principado, pronto todo el imperio gozará de paz".

En "Oriente y Occidente", René Guénon aborda con el mismo espíritu el problema de la constitución y de la organización de la "élite" occidental, primer y fundamental paso a realizar sobre la vía de una "normalización" en profundidad de la civilización occidental.

Tras haber hecho comprender que lo que él entiende con esta palabra "no tiene nada en común con lo que, en el occidente actual, es a veces designado con el mismo nombre", y que "los sabios y los filósofos más eminentes en sus especialidades pueden no estar en absoluto cualificados para formar parte de esta élite ( ... ) en razón de los hábitos mentales que han adquirido, de los múltiples prejuicios de los que son inseparables, y sobre todo de esa "miopía intelectual" que es su consecuencia más normal", continúa de esta manera: "Mucha gente, oyendo pronunciar la palabra "organización", se imaginan rápidamente que se trata de algo comparable a la formación de un grupo u de una asociación cualquiera. Es éste un completo error, y quienes se forman tales ideas demuestran con ello que no comprenden ni el sentido ni el alcance de la cuestión ( ... ). Al igual que la metafisica verdadera no puede ser encerrada en las fórmulas de un sistema o de una teoría particular, la élite intelectual no podría acomodarse a las formas de una "sociedad" constituida con sus estatutos, sus reglamentos, sus reuniones, y todas las restantes manifestaciones exteriores que necesariamente implica la palabra; se trata de algo muy distinto a semejantes contingencias". Y, más adelante: "Por rigurosa que sea la selección, sería muy dificil impedir, especialmente al principio y en un medio tan poco preparado, que se introdujeran algunas individualidades cuya incomprensión bastaría para comprometerlo todo; y es de prever que tales grupos correrían el riesgo de dejarse seducir por la perspectiva de una acción social inmediata, quizá incluso política en el sentido más estrecho de la palabra, lo que constituiría la más molesta de todas las eventualidades y la más contraria al fin propuesto" .

Este objetivo, es decir, la constitución inicial y el "reforzamiento" de la élite, debe realizarse recordando siempre que el papel de la élite no consiste en "mezclarse en luchas que, sea cual sea su importancia, son forzosamente extrañas a su dominio propio; su papel social no puede ser más que indirecto, pero no por ello será menos eficaz, pues, para dirigir verdaderamente aquello que se mueve, es necesario no estar implicado uno mismo en el movimiento".

Se notará que aquí se trata, de una forma quizá algo diferente en apariencia, de los mismos conceptos que los que se encuentran en el pasaje de Confucio que hemos citado, incluso aunque éste se refiera más particularmente sólo a la "acción de gobierno"; esta . "acción de gobierno" supone para R. Guénon -para que sea válida- un fundamento esencialmente tradicional, fundamento del cual habla de la siguiente manera: "Es esencialmente el retorno de occidente a una civilización tradicional, en sus principios y en todo el conjunto de sus instituciones; este retorno deberá efectuarse por orden, yendo de los principios a las consecuencias, y descendiendo por grados hasta las aplicaciones más contingentes (. .. ) Es preciso (. .. ) mantenerse en primer lugar en el punto de vista puramente intelectual, y, por una repercusión natural, las consecuencias se extenderán después gradualmente, y de manera más o menos rápida, en todos los dominios, incluido el de las aplicaciones sociales ... "

La analogía entre los principios que se expresan en el texto tradicional chino y en la obra de R. Guénon (y que claramente son el producto de una inspiración común), aparece entonces más evidentemente a medida que se desarrolla el texto guenoniano: "En suma, la élite trabajará primero para sí misma, puesto que, naturalmente, sus miembros obtendrán de su propio desarrollo un beneficio inmediato y que no podría faltarle, beneficio que constituirá por otra parte una adquisición permanente e inalienable; pero, al mismo tiempo, y por ello mismo, aunque menos inmediatamente, trabajará también necesariamente para el occidente en general, pues es imposible que una elaboración como ésta de la que se trata se efectúe en un medio cualquiera sin producir más tarde o más temprano considerables modificaciones; además, las corrientes mentales están sometidas a leyes perfectamente definidas, y el conocimiento de estas leyes permite una acción de una eficacia muy distinta a la derivada del uso de medios totalmente empíricos".

Lo que acabamos de decir nos parece suficiente como para que se comprenda que la obra de R. Guénon no puede en absoluto integrarse en acción o "cultura" alguna que tenga relación directa o indirecta con un tipo cualquiera de "política". Los pasajes de "Oriente y Occidente" que hemos citado son además apropiados para desmentir de la forma más clara la arrogante afirmación que el Sr. Evola hace en el artículo del que hablábamos en un principio, y según el cual R. Guénon "pertenece plenamente a la cultura de derecha". A la luz del texto guenoniano parece claro, por el contrario, que la perspectiva evoliana está en completa contradicción con los consejos que da R. Guénon a propósito del orden a seguir para llegar a la constitución de la élite occidental. Desde el punto de vista tradicional, como se expresa en la obra de R. Guénon, la reforma de las instituciones sociales aparece como uno más entre una indefinidad de otros factores de orden, y, lo que es más importante, posee las características de una consecuencia y no de una• causa de la influencia de la élite sobre el medio occidental.

Las cosas son muy diferentes en la perspectiva del Sr. Evola. Éste opone, en efecto, a la idea de la élite intelectual expuesta por R. Guénon en "Oriente y Occidente" (y que con desenvoltura trasforma en plural, las "élites intelectuales", para poder aproximarlas a las sociedades de pensamiento francesas del siglo XVIII), la de la formación de algo que, aunque haya tenido la astucia de cambiarle el nombre, no es sino una forma especial -a la que estaríamos tentados de denominar un "travestismo político"- de esas asociaciones, o "sociedades", a las que aludía R. Guénon al considerar las posibles deformaciones occidentales del concepto de organización de la élite.

He aquí, en sus propias palabras, la formulación del pensamiento del Sr. Evola: "En lugar de ello (es decir, de la idea de élite expuesta por R. Guénon), nos parecería más adecuada la concepción de una especie de Orden, que reuniera a las personalidades fieles a ciertos principios, ancladas en la espiritualidad tradicional, pero teniendo además un contacto y una confrontación más directas con las realidades y las corrientes históricas. Esta Orden sería además la espina dorsal de una verdadera Derecha, y si sus miembros, que en absoluto estarían obligados a hacer alarde de su cualidad, consiguieran poco a poco ir ocupando ciertas posiciones clave en la sociedad y en la cultura contemporánea, se podría considerar como posible una acción de rectificación".

 

Si se examinara más de cerca este pasaje, no serían dificiles de identificar las debilidades de una tal concepción desde un punto de vista realmente intelectual (8); sin embargo, no es esto lo que pretendemos en esta ocasión, pues un examen semejante, que debería tener en cuenta ciertos datos doctrinales, nos alejaría demasiado del tema que nos interesa aquí y que trata sobre todo de las aplicaciones9. Nos limitaremos a indicar ciertas inconsecuencias que nos han sorprendido en los dos artículos citados, inconsecuencias que, en el fondo, están en la base de toda esa maniobra de anexión del "tradicionalismo integral" por parte de la "cultura de Derecha", cultura a la cual el Sr. Evola pertenece y de la que es incluso una de sus "voces" más escuchadas.

Como decíamos al principio de nuestro artículo, en el n° de marzo de 1972 de la revista "La Destra", el Sr. Evola publicó algunos extractos de cartas que R. Guénon le había enviado entre los años 1948 y 1950. Tales extractos, agrupados bajo el título de "Mi correspondencia con R. Guénon", estaban acompañados, como prueba de su autenticidad, de la fotocopia de una de ellas, fechada el 13 de junio de 1949 (10). Es muy probable que una maniobra de este género haya sido realizada con el objetivo de hacer resaltar ante un cierto público la existencia de relaciones confidenciales y continuadas entre Evola y Guénon; nuestra deducción está por lo demás confirmada por una corta presentación de esta correspondencia, presentación que señalaba las "relaciones personales cordiales" entre el Sr. Evola y el escritor francés, así como "una

correspondencia que se mantuvo, se puede decir, hasta la muerte de éste". Era la prueba

que el Sr. Evola ambicionaba para hacerse pasar ante los ojos de sus lectores como un asociado a la obra de R. Guénon y a su persona; por otra parte, ello no le impedía manifestar en esta misma ocasión, así como en otras, su oposición y su profunda incomprensión frente al concepto guenoniano de élite. Hasta aquí se trata sin embargo "solamente" de una cuestión de aplicaciones, incluso aunque sean muy importantes (11); se podría incluso pensar que desde el punto de vista de la doctrina pura las cosas son diferentes y que bajo este ángulo las aproximaciones entre Guénon y Evola podrían revelarse más legítimas. No obstante, incluso desde tal perspectiva, la posición del Sr. Evola es contradictoria: en efecto, en otro extracto del artículo "R. Guénon y el Tradicionalismo integral", afirmando en su comienzo que la sabiduría oriental "constituye el fundamento, declarado o sobreentendido (12), de las doctrinas expuestas por Guénon en diferentes libros", el Sr. Evola se apresura a añadir, como si se tratara de algo que le afectara particularmente, que "una reserva se impone", y esta reserva consiste en que "a menudo lo que el Sr. R. Guénon presenta como una metafisica en un sentido especial y trascendente, si se hace abstracción de la terminología, en el fondo no difiere sino muy poc9 de lo que existe bajo este nombre en la historia de la filosofia profana occidental, y a menudo no consiste sino en abstracciones bastante pesadas, como es por ejemplo el caso en todas las ocasiones que diserta acerca de la Posibilidad universal".

Ahora bien, incluso dejando de lado la afirmación de que la metafisica expuesta por René Guénon es asimilable a las consideraciones filosóficas que llevan abusivamente este nombre en la "filosofia profana", afirmación que raya lo grotesco, quienes conocen la importancia que tiene en la obra guenoniana y para la sabiduría oriental la concepción de la Posibilidad universal, fundamento esencial de toda auténtica doctrina tradicional, pueden ahora preguntarse lo que verdaderamente comparte el Sr. Evola con R. Guénon y en qué consiste realmente el fundamento intelectual de su obra. Nos parece entonces legítimo plantear esta cuestión: ¿por qué reivindicar a toda costa una aproximación personal con un autor de quien se rechazan ostentosamente no sólo las conclusiones que traten de las aplicaciones, sino aún los elementos doctrinales e intelectuales más esenciales?

 

o A propósito de ello se ha hablado, en esta misma revista, sea de ligereza, sea de mala fe doctrinal, y se sabe que, al menos en una ocasión particular, el propio R. Guénon avanzó, aunque en privado, semejante hipótesis; pero en las circunstancias actuales, y teniendo en cuenta la campaña "cultural" de "Derecha" que desde hace algún tiempo se manifiesta en Italia y otros lugares, nos parece justificado que se hable también de una maniobra más o menos sutil para "anexionarse" la obra y la figura de R. Guénon con un objetivo que no sale del dominio político, sean cuales sean por otra parte los esfuerzos hechos para presentarla con apariencias más "intelectuales". En efecto, no nos es posible creer que los partidarios del Sr. Evola sean incapaces de percibir la tremenda inconsecuencia de su posición doctrinal frente a la obra guenoniana: solamente un fin de naturaleza utilitaria puede llevarles a buscar el apoyo de alguien cuya doctrina es por el contrario de una naturaleza propia para reducir a la nada toda su construcción; y esto no deja también de ser contradictorio.

De todas formas, e incluso queriendo hipotéticamente suponer que las intenciones de tales personas no estén condicionadas por segundas intenciones maquiavélicas y que su incomprensión sea verdaderamente tan estrecha que no les permita siquiera entrever la inconsecuencia de su actitud, nos resta por hacer una última consideración. Intentar "anexionarse" la obra y la "figura" de R. Guénon, aunque sea de buena fe, no puede sino significar que se busca para sus propias tesis el apoyo de la Tradición al completo, dado que las ideas que Guénon ha expuesto no son suyas, sino que pertenecen a la Tradición.

Ahora bien, entre las ideas dela Tradición, no se puede escoger aquellas que nos son útiles y separarlas de aquellas otras que no nos convienen. La Tradición, tal como la entendemos (y especialmente como la entendía Guénon) es la expresión de la Verdad, y la Verdad es Una en su esencia. Aunque quizá sea necesario indicar que si bien la expresión tradicional de este Uno -en 10 que tiene de posible- no reviste en absoluto los rasgos de un "sistema" a la manera de los filósofos modernos, cada uno de sus aspectos se integra indisolublemente en los demás, de forma que si se intentara operar una escisión en su interior se caería -una vez más- en la contradicción y en el absurdo.

El que algunos puedan intentar hacer algo parecido, no es esto lo que aquí nos preocupa: cada uno puede aceptar todas las responsabilidades que quiera frente a sí mismo, y no seremos nosotros quienes intentemos persuadirle de lo contrario. Sin embargo, es la misma lógica 10 que nos obliga a señalar que, si a estas personas no se les puede lamentablemente impedir su tentativa (aquí se trata de Evola y de sus partidarios, aunque en nuestros días no son con seguridad los únicos que se prestan a este juego de prestigio ), quienes a ella asisten no deberán deducir que tales intentos son tradicionalmente legítimos, y aún menos, como pretenden sus autores, que los resultados que se derivan de ellos deban considerarse como integrados en el depósito de la Tradición y aprobados por Ella. Nuestra opinión está por lo demás corroborada, además de por la doctrina tradicional y por la lógica, por una declaración que el propio René Guénon hizo en vida.

Respondiendo a algunas insinuaciones que también debían tener un carácter político, señalaba a su interlocutor (reseña del n" de "Atlantis" de febrero de 1936, reproducida en "Comptes Rendus", París, 1973): "1) Que "nuestras doctrinas" no existen, por la buena razón de que jamás hemos hecho otra cosa que exponer, lo mejor que hemos sabido, las doctrinas tradicionales, que no podrían ser propiedad de nadie;

Que cada uno es naturalmente libre de citar nuestros escritos, a condición de hacerlo "honestamente", es decir, sin deformarlos, y que ello no implica por nuestra parte ni aprobación ni desaprobación de las particulares concepciones de quien los cita (13);

Que el dominio de la política nos es absolutamente extraño, y rechazamos formalmente que se nos asocie a cualquier consecuencia de este orden que se pretenda extraer de nuestros escritos, en cualquier sentido que sea, y que, en consecuencia, suponiendo que ello se produzca, no seremos con seguridad (. .. ) responsables, a los ojos de toda persona de buena fe y de juicio sano ... " (14).

Es necesario pensar que R. Guénon, que ciertamente conocía muy bien las tendencias de algunos de los representantes de la mentalidad moderna (15), preveía también de antemano las maniobras que se intentarían realizar tras su muerte, y él mismo tomó medidas para defender su obra de toda tentativa de contaminación y de "anexión" póstuma. Pero es cierto que esta defensa es solamente eficaz "a los ojos de toda persona de buena fe y de juicio sano"; es para estas personas que hemos escrito estas pocas consideraciones, las cuales habrán servido de algo si pueden ayudar a algunos, por pocos que sean, a comprender que las fantasías individuales jamás adquieren los caracteres de la realidad, aunque se haya tenido la astucia de hacerlas preceder del adjetivo "tradicional" o -aún mejor- "tradicionalista".

NOTAS:

l. Artículo publicado en el n° 39 (julio-agosto de 1973) en la "Rivista di Studi Tradizionali". Apareció posteriormente en "Vers la Tradition" , n° 21-22-23, marzo- agosto de 1986 (n° especial por el centenario del nacimiento de René Guénon). Nos basamos en esta última para la presente traducción (G.E.T.V).

2. Ver "Evola parodista", post-scriptum del artículo "Evola publica Ouspensky", por G. Manara, en el n° 38 de la "Rivista di Studi Tradizionali", enero-junio de 1973. 3. Se trata de la "Rivista di Studi Tradizionali", publicada en Turín desde 1961.

4. Con esta curiosa perífrasis, que al menos contiene dos ejemplos de evidente inconsecuencia, el Sr. Evola pretende denominar la doctrina expuesta por R. Guénon y

sus implicaciones.

5. "La mia correspondenza con René Guénon", en el n° 3, año 2, marzo de 1972. Se trata de una recopilación de extractos de cartas de R. Guénon a Julius Evola.

6. Basta, para ilustrar nuestra afirmación, recordar 10 que escribió R. Guénon en "Oriente y Occidente", "Conclusión", p. 227: "Mostrar a occidente sus defectos, sus errores y sus insuficiencias, no es una cuestión de hostilidad, sino al contrario, pues es la única manera de remediar el mal que sufre, y por el cual puede morir si no se reacciona a tiempo. La tarea es ardua, ciertamente, y no está exenta de inconvenientes; pero poco importa, si se está convencido de su necesidad; que algunos comprendan cuál es verdaderamente ésta es todo lo que deseamos. Por lo demás, cuando se ha comprendido, uno no puede quedar impasible, del mismo modo que, cuando se han asimilado ciertas verdades, no se las puede perder de vista ni rechazar aceptarlas con todas sus consecuencias ... "

7. También es éste, según Dante, el objetivo de la función real: se trata de una acción de guía necesaria para garantizar a los hombres "el ejercicio de la función propia" en la cual consiste la "beatitud de esta vida", es decir, el "Paraíso terrestre", o la realización de la perfección del estado humano. Ver "De Monarchia", 111, 16.

8. Un poco antes del párrafo citado aquí, el Sr. Evola reconocía en efecto que la palabra "intelectual" "no tiene (en la obra de R. Guénon) el sentido corriente", pero el esfuerzo que ha realizado para descubrir cuál es verdaderamente ese sentido no debe haber sido excesivo, ya que poco después llega a la conclusión de que "incluso aunque él (R. Guénon) no hubiera tenido a la vista a los intelectuales de hoy, sino una intelectualidad de un género conservador (?) y tradicional, este concepto tiene, en las actuales condiciones (? 1) algo de abstracto". Para quienes son capaces de leer un poco entre líneas -es decir, de hacer abstracción de todo el verbalismo confuso e inútil que caracteriza a buena parte de la obra del Sr. Evola- la limitación que conduce a este autor a una interpretación tan restringida y banal del punto de vista guenoniano tiene su origen en esa incapacidad básica para distinguir entre la verdadera intelectualidad e el intelectualismo racionalista que caracteriza a todo el pensamiento moderno, sea filosófico o científico. A propósito de esto, es interesante referir aquí un juicio dado por R. Guénon a uno de sus corresponsales (26.1.1926): "Evola no carece de pretensiones, como puede Vd. observar, pero, por mi parte, insisto en pensar que no acaba de comprender lo que nosotros entendemos por "intelectualidad", "conocimiento", "contemplación", etc., y que ni siquiera sabe hacer distinción entre el punto de vista "iniciático" y el punto de vista "profano" ... Si se nos objetara que este juicio se remonta a 1926, podríamos responder que, a juzgar por sus escritos actuales, la situación no ha cambiado demasiado.

9. De todas formas, este examen más propiamente teórico de las ideas que están en la base de la construcción activista y política de Evola -evidentemente, a la luz de una doctrina tradicional seria- es un trabajo que no dejaría de ser interesante y que por otra parte ya ha sido emprendido en esta revista por el Sr. Giovanni Ponte, principalmente en el artículo "Julius Evola o el rinoceronte sobre el asfalto" (1963, números 8 y 9). Un tal examen podría aclarar algunos puntos que nosotros no hacemos más que esbozar en nuestro artículo, y creemos que mucha gente podría quedar sorprendida. Por otra parte, hay en el escrito de Evola al cual nos referimos principalmente aquí una observación que en cierto modo ofrece la posibilidad de este desarrollo futuro; he aquí en efecto lo que escribe más adelante: "Las consideraciones más específicas sobre el dominio de la realización, acompañadas de un examen del libro de Guénon "Apercus sur l'Initiation", quedarían fuera del marco del presente escrito y no es esta revista ( "La Destra") el medio más adecuado. No haremos más que señalar que existen algunas reservas que hacer en cuanto a las posibilidades que el Sr. Guénon toma casi exclusivamente en consideración. Él insiste en la necesidad de la vinculación, a través de una "cadena" determinada, con "una organización regular" dada, para la transmisión de una influencia espiritual". El Sr. Evola se refiere con esto casi con seguridad a una serie de consideraciones realizadas por él en un largo artículo titulado "Sui limiti della regolaritá iniziatica" ("Sobre los límites de la regularidad iniciática") y que apareció en una recopilación de escritos de diferentes autores reunidos en tres gruesos volúmenes, que tenían como título general "Introduzione alla Magia quale scienza dell io" ("Introducción a la Magia como ciencia del ego"). Estas consideraciones fueron firmadas como "Ea", un seudónimo de Evola, quien más tarde reconoció su paternidad en una entrevista publicada en el n" 1 de la revista "Arthos" , septiembre-diciembre de 1972. Ahora bien, ese artículo es un ataque declarado a los fundamentos de la teoría tradicional de la iniciación.

10. Uno de los pasajes citados por Evola (extraído de una carta del 25.7.1950), si se interpreta de una manera correcta, nos ofrece un curioso ejemplo de los ilogismos de los que nuestro autor no parece darse cuenta. He aquí el texto en cuestión (texto del cual traducimos la versión italiana de Evola): "En lo que concierne a la constitución de una Orden y de vuestro proyecto, no sabría verdaderamente qué decir, pues, si no es posible establecer una vinculación auténtica y regular, no se tratará más que de una asociación como tantas otras, e incluso aunque fuera considerado un cierto aspecto "esotérico", ello solamente podría dar lugar a un simple "grupo de estudios", sin que ello corresponda a ninguna realidad efectiva. No creo que, sean cuales sean sus intenciones, las asociaciones más o menos exteriores puedan desembocar en resultados verdaderamente serios, y, a mi        entender, más bien implicarían una pérdida de tiempo y de esfuerzos. En semejantes condiciones, sería preferible no hacer nada a limitarse a una especie de "simulacro".

¿Cómo es posible entonces, ante una afirmación de este género, sostener -como hará el Sr. Evola en el artículo siguiente- que R. Guénon, hablando de la acción de la élite intelectual, debía estar pensando en aquella "que ejercían antaño -aunque en un sentido opuesto, pues tenían como objetivo la subversión- las llamadas "sociedades de pensamiento", hasta la Revolución francesa y al margen de la Masonería"?

11. Debe comprenderse la afirmación que acabamos de hacer en un sentido muy relativo. En el dominio tradicional, la "práctica" (o el aspecto "operativo" y "metódico") es una rigurosa consecuencia de la doctrina, no siendo en el fondo sino la aplicación de ésta a un nivel determinado; en consecuencia, si no se la acepta como lo que es, no se aceptan ya, de la Tradición, los contenidos doctrinales. Confróntese, a propósito de ello, el pasaje siguiente de R. Guénon ("Oriente y Occidente", "Constitución y papel de la élite" , p. 177): "Por otra parte, las cuestiones de método, aquí, dependen estrechamente de los propios principios; es decir, tienen una importancia mucho más considerable que en cualquier otro dominio, y consecuencias también mucho más graves que en el dominio científico, donde sin embargo están lejos de ser despreciables".

12. Interpretamos este último adjetivo como una verdadera insinuación maliciosa, puesto que sobreentiende que R. Guénon ha podido hacer pasar como propias ideas que tienen un origen tradicional y que provienen de oriente; ahora bien, al final del prólogo a su "Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes" (que fue además su primera obra) Guénon decía textualmente: " ... pero algunas indicaciones sobre el pensamiento oriental pueden hacer reflexionar a algunos, y este simple resultado tendría, por sí mismo, una importancia insospechada. Por otra parte, incluso aunque este objetivo no se alcanzara, todavía tendríamos otra razón para emprender una exposición de este género: sería la de reconocer en cierto modo todo lo que intelectualmente debemos a los orientales, y de lo cual los occidentales jamás nos han ofrecido el menor equivalente, siquiera parcial e incompleto".

13. La última reserva puede eventualmente aplicarse, con las necesarias adaptaciones, también a aquellos que, habiendo recibido -durante la vida de R. Guénon- algunas cartas suyas, pensaran erróneamente que, por el solo hecho de haber mantenido con ellos una cierta correspondencia, aprobaba sus "particulares concepciones" ...

14. Puesto que el Sr. Evola, en un cierto punto de su artículo, se apresura a informar a sus lectores que R. Guénon, habiendo sido "alérgico a todo lo que es política en un sentido estricto" -ya que pensaba que no existía "ningún movimiento al cual podía adherirse"- "consintió (. .. ) excepcionalmente en que algunos extractos de sus escritos llevando su firma fueran publicados bajo forma de artículos en una página cultural (. .. ), el "Diorama", del periódico "Régime fascista" de Crémone", le recordaremos que también algunos artículos del Maestro masón R. Guénon aparecieron en la publicación ... antiínasónica "La France anti-maconnique'', lo que prueba la poca importancia que concedía a las "etiquetas" modernas y cuán poco se sentía ligado a ellas. Por otra parte, sus intenciones en esta ocasión eran muy claras; lo sabemos por una observación que se encuentra en una carta que envió a uno de sus corresponsales y que justamente trataba del ofrecimiento a colaborar en el "Regime fascista" que le hizo Evola. Esta carta está datada el 27.1.1934, y dice a propósito de ello: "Quizá todo esto sea un esfuerzo vano, dada la mentalidad de esta gente, pero igualmente es posible que algo llegue a algunas personas susceptibles de comprender".

15. Que nadie se asombre de esta expresión, atribuida al Sr. Evola: "hace falta algo más que un confuso, tanto como presuntuoso, "tradicionalismo" para estar efectivamente    vinculado a esos principios que hacen de alguien: un hombre no moderno".

Contrariamente a lo que ocurre en los escritos de Evola, donde las palabras "tradición" y "tradicionalismo" son empleadas de un modo casi indiferente, nos servimos aquí del término "tradicionalismo" a propósito y con un objetivo muy definido. Nos referimos en efecto al siguiente pasaje de R. Guénon: " .. .la idea misma de la tradición ha sido destruida hasta tal punto que quienes aspiran a encontrarla no saben ya a donde dirigirse, y no están sino demasiado dispuestos a aceptar todas las falsas ideas que se les presenten en su lugar y con su nombre (. .. ) Aquellos de quienes acabamos de hablar pueden ser calificados propiamente de "tradicionalistas", es decir, son aquellos que solamente tienen una especie de tendencia o de aspiración hacia la Tradición, sin ningún conocimiento real de ésta; se puede medir con ello toda la distancia que separa al espíritu "tradicionalista" del verdadero espíritu tradicional, que por el contrario implica esencialmente un tal conocimiento, y que en cierto modo no hace sino uno con este mismo conocimiento" (El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, pp. 204-205).