Mostrando entradas con la etiqueta Vladimir Lossky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vladimir Lossky. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de febrero de 2024

LIBRE ALBEDRÍO (Vladimir Lossky)

 

LIBRE ALBEDRÍO

 

Vladimir Lossky. Teología mística de la iglesia de oriente. Ed. Herder. Barcelona 1982 Pp. 92-93

 

Según san Máximo, la voluntad es una fuerza natural que tiende hacia lo que es conforme a la naturaleza, fuerza que abarca todas las propiedades esenciales de la naturaleza 19. San Μáximo distingue entre esta voluntad natural (θέλημα φυ σ ι όν), que es el deseo del

bien hacia el que tiende toda naturaleza razonable, y la voluntad que escoge (θέλημα γνωμιχόν) propia de la persona 20. La naturaleza quiere y actúa; la persona escoge, acepta o rechaza lo que quiere la naturaleza. Sin embargo, según san Μáximο, esta libertad

de elección es ya una imperfecciónόn, una limitación de la verdadera libertad: una naturaleza perfecta no tiene necesidad de escoger, pues conoce naturalmente el bien; su libertad está basada en ese conocimiento. Nuestro libre albedrío (γ ν ωμ ή) denota la imperfección

de la naturaleza humana caída, la pérdida de la semejanza divina. Al estar esta naturaleza obnubilada por el pecado, al no conocer ya el verdadero bien, al tender, las más de las veces, a lo que es «contrario a la naturaleza», la persona humana se encuentra siempre ante la necesidad de escoger; progresará a tientas. Llamamos a esa indecisión en la ascensión hacia el bien «el libre albedrío». La persona destinada a la unión con Dios, destinada a la asimilación perfecta de su naturaleza a la naturaleza divina por la

gracia, está atada a una naturaleza truncada, deformada por el pecado, desgarrada por los deseos contrarios. Al conocer y querer por la naturaleza imperfecta, es prácticamente ciega e impotente, ya no sabe escoger bien y cede demasiado a menudo a los impulsos de

la naturaleza convertida en esclava del pecado. Así, lo que hay en nosotros a imagen de Dios es arrastrado hacia el abismo, aunque sigue siendo libre de escoger, de volverse de nuevo hacia Dios.

 

19 Opuscula theologica et polémica, Ad Marinum,P.G., t. 91, col 45 D-48ª

20 Ibídem col 48ª-49ª, col192BC. En San Juan Damasceno, De fide ort., III, 14 P.G. col 1036-1037; 1044-1045

viernes, 9 de febrero de 2024

VISIÓN

VISIÓN


Se llega siempre a la palabra de San Pedro, el Maestro de la Fe “ No es por las fábulas hábilmente imaginadas que nosotros os hemos hecho conocer la potencia y el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo, es por haver visto Su Majestad por nuestros propios ojos (II Pedro I/16)

L’Orthodoxie hier-demain . Deuxième partie: La Pensée.Marc-Antoine Costa de Beauregard E. Buchet/Chastel. Paris 1979 P.122

Cantamos en la Liturgia, al final de la Eucaristía: “Hemos visto la luz verdadera”. Los fieles, concelebrando todos el mismo misterio, pueden decir como San Juan:” Os anunciamos lo que hemos oído, lo que hemos visto por nuestros ojos, lo que nuestras manos han tocado del Verbo de Vida” (I Jn I/1)

Op.Cit P.169

«Si alguno pretende — dice San Simeón el Nuevo Teólogo ese gran místico — que todos los creyentes han recibido y poseen el Espíritu Santo sin tener de ello la conciencia o la experiencia, blasfema tratando de mentira las palabras de Cristo que dicen que el Espíritu es un manantial de agua que fluye en la vida eterna (Jn 4,14) y además: el que cree en mi, ríos de agua viva manarán de su seno (Jn 7,38). Si el manantial mana en nosotros, el río que de él procede tiene que ser necesariamente visible para aquellos que tienen ojos para ver. Pero si todo ello ocurre en nosotros sin que tengamos de ello alguna experiencia o conciencia, cierto es, entonces, que no sentiremos tampoco la vida eterna que de ello resulta, que no veremos la luz del Espíritu Santo, que permaneceremos muertos, ciegos, insensibles en la vida eterna,lo mismo que lo estamos en la vida presente. Nuestra esperanza será, pues, vana y nuestra vida inútil, si permanecemos siempre en la muerte, si permanecemos muertos según el espíritu, privados de experiencia de la vida eterna. Pero no es así, en verdad no es así. Lo que he dicho varias veces, de nuevo lo diré y no cesaré de repetirlo: luz es el Padre, luz el Hijo, luz el Espíritu Santo. Los tres son una sola luz intemporal, indivisible, sin confusión, eterna, increada, inagotable, sin medida, invisible — porque está fuera y por encima de todo — luz que nadie ha podido jamás ver antes de ser purificado, ni recibir antes de haberla visto. Pues es menester primero haberla visto para adquirirla después con penas y trabajos múltiples...» 27 .

 

27 San Simeón el Nuevo Teólogo, Homilías 57,4

Teología mística de la iglesia de oriente. Vladimir Lossky.Editorial Herder. Barcelona. 1982. P.127

 


martes, 13 de agosto de 2019

Luz divina (Vladimir Lossky)







Vladimir Lossky Teología mística de la iglesia de oriente Herder 1982

domingo, 30 de junio de 2019

Energías increadas versus orden sobrenatural (Vladimir Lossky)


Vladimir Lossky. Teología mística de la iglesia de oriente. Herder 1980

domingo, 23 de junio de 2019

Cosmología en la Patristica Griega 2 San Máximo el Confesor (Vladimir Lossky )




Vladimir Lossky . Teología mística de la Iglesia de Oriente Herder  1982

jueves, 20 de junio de 2019

Cosmología en la Patrística Griega 1 (Vladimir Lossky)


Vladimir Lossky Teología mística de la Iglesia de Oriente. Herder  1982

domingo, 16 de diciembre de 2018

La desemejanza creada, el intelecto y la gracia (Vladimir Lossky)




VLADIMIR LOSSKY:

 La desemejanza creada, el intelecto y la gracia

Cuando santo Agustín, después de haber leído algunos extractos de Eneadas, meditó sobre la Divinidad " hecha visible a la inteligencia por la creación " (Rom. 1, 20), el Ser que verdaderamente se apareció en él como la Identidad inmutable. Et inspexi cetera infra te et vidi nec omnino esse nec omnino non esse: quidem, quoniam abs te sunt, non esse autem, quoniam id quod es non sunt. La  radiación de la Verdad que dejó oír de lejos su voz: immo vero Ego sum qui sum, - eclipsó la vista enferma  de Agustín y, consciente de su condición de criatura, se estremeció lleno de amor y de terror. “Y me encontré lejos de Ti, en la región de la desemejanza... “

Esta expresión, sacada de sus lecturas plotinianas, vino muy naturalmente bajo la pluma del teólogo cristiano que sabía que el hombre había sido creado a la imagen y a semejanza de Dios. Sin embargo el regio dissimilitudinis  agustiniana, en el contexto de las Confesiones, no responde únicamente al estado de la naturaleza humana privada de "semejanza" después del pecado de Adam; parece que la desemejanza debe señalar aquí, ante todo, la inadecuación ontológica de las criaturas a Dios. El alejamiento del Ser verdad querría pues caracterizar para Agustín la condición de los seres que no son verdaderamente; la "vertibilidad" hacia la nada, la inestabilidad propia de todo lo que no es unívocamente  "ser", relega las criaturas en el dominio que corresponde al "devenir" platónico. Afectados de una desemejanza congénita, no idénticas a Dios por definición, los seres creados " son y no son " o, como lo dirá a su vez el Maestro Eckhart, expresando la misma idea en términos de unidad, son " uno y no-uno”.

La expresión regio dissimilitudinis, tomada de san Agustín, recibe en el Maestro Eckhart una significación ontológica y noética todavía más pronunciado, porque debe designar la distancia que separa a Dios, "innominable" en su inmensidad, de sus " obras exteriores " a partir de las cuales se da a conocer  y nombrar. Podremos hacernos alguna idea de esta inadecuación de la obra creada en Dios, si consideramos en el dominio que nos es más familiar, el alejamiento de las operaciones con relación a las sustancias de las que son accidentes, también - todo lo que distingue, en nuestras acciones, la obra exterior de la obra interior. Para ilustrar el recurso a las  naturalia en el primer ejemplo, podemos recordar su expresión más concreta, a menudo utilizada por Eckhart en los casos análogos: el ejemplo del fuego y del calor. Propiedad accidental del fuego, el calor es su acción ad extra que aparece en la pasión del cuerpo calentado; La esencia o la forma sustancial del fuego y el calor, su operación, aunque coinciden en el tiempo y el lugar, son sin embargo " completamente dispares y prodigiosamente alejadas la de la otra según la naturaleza ' ". El Maestro Eckhart dice la misma cosa respecto a la operación interior, in moralibus, o, en el orden más propiamente espiritual, del hombre interior y del hombre exterior: a pesar de su simultaneidad aparente en un lugar determinado, el primero está más alejado del segundo que el último cielo lo está del centro de la tierra. Ya que en el orden creado hay una tal disparidad entre la forma sustancial y su acción, entre el acto interior y la voluntad exterior de la voluntad, con mayor razón se encontrará una disparidad radical entre la Causa esencial increada y sus efectos "exteriores" y creados. En una doctrina dónde el ser es concebido como identidad esencial con si mismo, dónde la esse primum de las criaturas corresponde a su quiddidad que no se distingue del ipsum intelligere divino, ¿Cuál será la situación de las " obras exteriores " de Dios? En su naturaleza propia, " inferior al intelecto ", deben definirse por la exclusión de todo lo que es "semejanza", por tanto  que la semejanza supone un momento de identidad. Ya que es imposible ser "más" o menos idéntico al Ser-mismo, la alteridad ontológica de los seres creados los alejará infinitamente del Ser propiamente dicho, situándolos, por un tipo de oposición, en una región de desemejanza absoluta, la de la nada de las criaturas. En efecto, en ellas mismas las criaturas no son más que desemejantes, porque la semejanza, tanto como la igualdad, la imagen, la relación y otras consecuencias de la unidad o la identidad, pertenecen propiamente a Dios y no sabrían estar encontradas fuera del intelecto. En la medida en que permanecen extrañas a la " región del intelecto ", los seres creados - foris stantes et longe, in regione dissimilitudinis-serían incapaces de coger la verdad de una definición (por ejemplo, la de la justicia): " oyendo, no entienden ni comprenden  " (Mate. 13, 13). La " región misma de la desemejanza " se define pues como el ser no-idéntico, la criatura considerada en ella misma, en su naturaleza propia. Esta región privada de la verdad debe, por consiguiente, ser opuesta a la del intelecto, donde reinan la identidad y todo lo que le acompaña, haciendo posible el conocimiento de las cosas creadas no en ellas mismas, sino en sus principios, sobre un nivel superior. Sin embargo, para conocer a Dios de otro modo que por sus efectos creados, la facultad intelectual del hombre no sabría bastar para él sin la gracia. 

El sermón latino del Maestro Eckhart, donde lo vimos rechazar las " obras exteriores " de Dios " lejos en la región de la desemejanza ", tiene como objeto la cuestión de la gracia y de la gloria. Tiene como "autoridad" este texto de Epístola (I Pedro 5, 10): Deus omnis gratiae, que vocavit su in aeternam suam gloriam in Christo lesu, modicum passos ipse perficiet, confirmabit, solidabitque. “El Dios de toda gracia " recibe su nombre a partir de un efecto: la gracia. Pero la gracia es el efecto de una operación interior de Dios que queda disimulada in abdito animae, en la esencia misma, "más "íntima" que todas potencias o las facultades del alma razonable. Entonces, ya que esta operación secreta de Dios confiere al hombre " el ser-uno y la vida en Dios y con Dios ", su efecto en el alma, la gracia o la justificación del pecador, tiene más valor en un solo individuo humano que todo el bien de  "naturaleza"  podría tener  en el universo entero. El Maestro Eckhart se refiere aquí a santo Tomás que decía que la justificación del impío, en tanto que encuentre su cumplimiento en el bien eterno de la participación divina, era una obra más grande que la creación del cielo y de la tierra, cuyo término es sólo el bien temporal de la naturaleza cambiante; de donde el Aquinate sacaba esta conclusión: bonum gratiae unius maius es quam bonum naturae totius universi. Pero, al lado del gran doctor de su Orden, el predicador turingio también cita a Moisés Maimónides, para  quien un individuo humano era el equivalente de toda la especie de la naturaleza sensible. Eckhart somete esta opinión del aristotélico judío a una regla general, formulada en el espíritu del neoplatonismo procliano: Universaliter enim unum superioris habet omnia inferioris. Un individuo humano, en tanto que está dotado de intelecto, posee pues sobre un plan más elevado todo lo que pertenece a la naturaleza creada inferior al intelecto. La preeminencia de la obra de justificación en un solo hombre sobre toda la obra exterior de creación del universo sensible encontraría así su razón no tanto en el carácter "sobrenatural" del gracia, sino más bien en el hecho que la gracia no está  reservada sólo para las  intellectualia, para las criaturas superiores, hechas a la imagen de Dios.

¿Podremos preguntarnos sin embargo si la gracia es "sobrenatural" porque obra en un ser dotado de intelecto y superior, en este sentido, a la "naturaleza" del cosmos, o bien si es el intelecto humano quién debe a la gracia su superioridad sobre la obra exterior de Dios? En este último caso habría que atribuirle al Maestro Eckhart una doctrina de la inherencia de  la gracia al intelecto, doctrina que lo habría obligado a extender la " justificación de lo impío " a todos los hombres, a menos que no hubiera querido negarles a los no cristianos el intelecto superior a la naturaleza. Un error tan manifiesto sobre la gracia no le ha sido criticado al teólogo de Turingia en el momento de su proceso en Colonia. Parece pues que la primera suposición responda mejor al pensamiento de Eckhart. Si la gracia de un solo individuo de  naturaleza intelectual es más preciosa que el bien de todas las sustancias individuales de  naturaleza cósmica inferior al intelecto, es porque la esencia del alma humana, tanto como la gracia que le está destinada, se coloca en un nivel "sobrenatural". Por cierto, hay que descartar aquí la acepción especial que esta palabra recibirá entre los teólogos, para atenerse al sentido más general (y original) del término supernaturalis, réplica latina de υπερφυής [hyperphyses]?, quién casi es un sinónimo de υπερκόσμιος [hypercosmios] en el neoplatonismo. Qué un san Alberto, comentador de Dionisio y de Liber de causis, haya hablado en este sentido del alma elevada supra naturam, no hay ninguna duda. En cuanto al Maestro Eckhart, tenía una razón además para insistir en la superioridad del polo intelectual del alma humana con relación a la naturaleza del cosmos. En efecto, como hemos visto, la unidad y la identidad no son de este mundo; con todo lo que les sigue (igualdad, imagen, similitud, relación), pertenecen propiamente a Dios y no se encuentran en ninguna parte fuera de la " región intelectual”. Si el hombre no fuera nada más que una parte del universo, es decir de la naturaleza donde las formas están sumergidas en la materia, donde lo inteligible está velado por lo sensible, pertenecería totalmente a la " región de la desemejanza ", a la multiplicidad de los seres particulares que no es más que " diversidad y deformidad ". La condición "sobrenatural" o extra-cósmica del intelecto no puede ser extraña para el alma razonable, sin la que el conocimiento discursivo, este cognitio a posteriori, cognitio in phantasmate y per phantasma, nos sería imposible. El alma humana con sus facultades cognitivas  revela pues dos regímenes opuestos: el de la identidad, en la regio intellectus, y el ser no-idéntico, en la " obra exterior " de Dios que es la región de la desemejanza. Es lo que hemos encontrado antes: el entia intellectualia, compuestos de esse y de intelligere, son ontológicamente distendidos entre su "naturaleza" propia, que forma parte del conjunto cósmico, y un tipo de "sobrenaturaleza " intelectual, en la cual la gracia viene a operar para traer al hombre que justifica ad unum ese y vivere in deo y cum deo. 

El intelecto humano que excede el conjunto del universo, en tanto que se desprenda de eso y participe en el regio intellectus, no basta sin embargo,  por el solo, más que a darnos un conocimiento de Dios per speculum e in aenigmate. Para tener aquí abajo, in vía, la experiencia del Ser único que es Dios, experiencia que haría reconocer, al mismo tiempo, la nada de las criaturas, la luz de la gracia es necesaria. Es un conocimiento per speculum e in lumine, que el Maestro Eckhart describe en los términos siguientes: quando scilicet lux divina per effectum suum aliquem specialem irradiat super potentias cognoscentes y super medium in cognitione, elevans intellectum ipsum ad id quod naturaliter no potest. En el contexto de un sermón para la fiesta de san Agustín, esta elevación del intelecto por la luz de la gracia responde al pasaje de las Confesiones, citado aquí por el predicador: Cum Te en primo cognovi, Tú assumsisti me, ut viderem ese, quod viderem, y nondum me esse, que viderem. Sin duda alguna, estas palabras de Agustín debían expresar, para el Maestro Eckhart, el carácter extático del conocimiento que pudo tener " por el espejo y en la luz”. En efecto, hizo falta que san Agustín  "fuera asumido" por Dios para ver al Ser Uno como Identidad subsistente y reconocer luego su propia miseria de criatura, no idéntica a Dios y, encontrándose " lejos, en la región de la desemejanza”. Se trata pues aquí, para Eckhart, de un encantamiento in exstasi mentis, de un " conocimiento sabroso " o una sabiduría (sapientia, casi sapida scientia) que introduce al hombre en una " gran afección ", consagrándosele el " sabor anticipado de la dulzura divina " (ad divinam dulcedinem praegustandum). El caso es que el fruto de la gracia, escapando in vía a la percepción intelectual, está ya presente en el intelecto práctico, para permitir a la voluntad  alcanzar aquí abajo por el amor el objeto todavía desconocido de la beatitud eterna. La experiencia extática de Agustín le mostró que " ser - uno - con dios ", concedido por la gracia, era la vocación suprema del hombre y qué toda abundancia que no es Dios no es más que indigencia. Sin la gracia, no sabríamos querer a Dios y aspirar únicamente a la Unidad de ser, ni sentirse agobiado en la desemejanza radical de las criaturas. Superior a la totalidad de la naturaleza que está contenida en ella virtualmente, indivisa y unida, la gracia se aproxima en este sentido al intelecto. Sin embargo, la obra que la gracia de Dios cumple en la esencia del alma queda incognoscible para una inteligencia creada reducida a su luz natural. En la medida en que ignora en qué consiste su verdadera beatitud, el hombre que no recibió la gracia puede acomodarse con la regio dissimilitudinis. Es la razón por qué los niños muertos sin bautismo no se resienten en absoluto de la privación de la gloria beatificante. También parece como fuera de la gracia el "conocer" y el "ser"  quedan, para Eckhart, disjuntos y encerrados cada uno en su esfera. Podemos ser "sobrenaturales", en cierto modo, por el intelecto que excede la naturaleza desemejante que conoce en su luz natural; hasta podemos conocer allí a Dios - ablatione, eminentia et causa, como absolutamente otro, como sobrepasando todas las perfecciones conocibles, como principio de todo lo que es. No obstante este conocimiento per speculum e in aenigmate todavía no arranca las criaturas intelectuales de la región de la desemejanza, para atraerlos hacia su "patria". Sin la gracia, el intelecto todavía no es la vía de la vuelta hacia " ser uno con Dios”.


De Vladimir Lossky Théologie négative et connaissance de Dieu chez Maître Eckhart, Paris 1998 (3), pp. 175-182



lunes, 30 de octubre de 2017

Energías Increadas (Vladimir Lossky)


Energías Increadas

Vladimir Lossky



La teología de la Iglesia de Oriente distingue, pues, en Dios:

las tres hipóstasis, procesiones personales; la naturaleza o esencia;

las energías, procesiones naturales, Las energías son inseparables de

la naturaleza; la naturaleza es inseparable de las tres personas,

Esto tiene gran importancia para la vida mística en la tradición

oriental:



1º La doctrina de las energías inefablemente distintas de la

naturaleza es el fundamento dogmático del carácter real de toda

experiencia mística, Dios, inaccesible en su naturaleza, está pre-

sente en sus energías «como en un espejo», permaneciendo invisi-

ble en lo que él es; «así es como nuestro rostro se hace visible

en el espejo, aunque permanece invisible para nosotros mismos»,

según la comparación de san Gregorio Palamas (38) Totalmente in-

cognoscible en su esencia, Dios se revela, pues, totalmente en sus

energías, que no dividen la naturaleza en dos partes, conocible e

incognoscible, sino que señalan dos diferentes modos de la existencia

divina, en la esencia y fuera de la esencia.



2.º) Esta doctrina da a entender cómo la Trinidad puede exis-

tir en su esencia incomunicable y, al mismo tiempo, venir a habitar

en nosotros, según la promesa de Cristo (Jn 14,23). No es una

presencia causal, como la omnipresencia divina en la creación; no

es, tampoco, la presencia según la esencia misma, incomunicable

por definición; es un modo según el cual la Trinidad permanece

en nosotros realmente por lo que de comunicable tiene, por las

energías comunes a las tres hipóstasis, es decir por la gracia, pues

así se llama a las energías deificantes que el Espíritu Santo nos

comunica. Aquel que tiene al Espíritu que confiere el don tiene

al mismo tiempo al Hijo, por medio del cual todo don nos es

transmitido; tiene también al Padre, del cual proviene todo don

perfecto. Al recibir el don, las energías deificantes, se recibe al

mismo tiempo la habitación de la Santísima Trinidad, inseparable

de sus energías naturales, presente en ellas de otro modo, pero tan

realmente como en su naturaleza.



3.º) La distinción entre la esencia y las energías —funda-

mental para la doctrina ortodoxa sobre la gracia — permite que

conserve su sentido real la expresión de san Pedro: «partícipes de

la naturaleza divina». La unión a la que estamos llamados no es

ni hipostática como para la naturaleza humana de Cristo, ni subs-

tancial como para las tres personas divinas: es la unión con Dios

en sus energías o la unión por la gracia que nos hace participar

en la naturaleza divina, sin que nuestra esencia se convierta por

ello en la esencia de Dios. En la deificación se posee por la gracia,

es decir en las energías divinas, todo lo que Dios tiene por na-

turaleza, salvo la identidad de naturaleza nuc67Fi), según la

enseñanza de san Máximo (39) Se permanece criatura,

convirtiéndose simultáneamente en Dios por la gracia, como

Cristo siguió siendo Dios al convertirse en hombre por la encar-

nación.



Las distinciones que la teología de la Iglesia de Oriente admite

en Dios no van en contra de su actitud apofática con respecto a las

realidades reveladas. Por el contrario, esas distinciones antinómicas

son dictadas por el cuidado religioso en salvaguardar el misterio,

expresando simultáneamente los datos de la Revelación en el dogma.

Así, como hemos visto con el dogma de la Trinidad, la distinción

entre las personas y la naturaleza revelaba una tendencia a repre-

sentar a Dios como mónada y tríada a la vez, sin que la unidad de

naturaleza prevalezca sobre la trinidad de las hipóstasis, sin que

el misterio inicial de esta identidad-diversidad fuese eliminado o

aminorado. Del mismo modo, la distinción entre la esencia y las

energías se debe a la antinomia de lo incognoscible y lo conocible,

de lo incomunicable y lo comunicable a la que se enfrenta el pen.

samiento religioso y la experiencia de las cosas divinas. Estas dis-

tinciones reales no introducen ninguna composición en el Ser divi-

no, sino que señalan el misterio de Dios, absolutamente uno en

cuanto a la naturaleza, absolutamente trino en cuanto a las personas,

tinidad soberana e inaccesible, que vive en la profusión de la

gloria que es su luz increada, su Reino eterno en el que han de

entrar todos cuantos heredarán el estado deificado del siglo futuro.



La teología occidental, que aun en el dogma de la Trinidad

pone el acento en la esencia una, admite aún menos una distinción

real entre la esencia y las energías. Pero, en cambio, establéce

otras distinciones, ajenas a la teología oriental: entre la luz de

la gloria, creada, la luz de la gracia, igualmente creada, así como

entre otros elementos del «orden sobrenatural» tales como los do-

nes, las virtudes infusas, la gracia habitual actual. La tradición

oriental ignora un orden sobrenatural entre Dios y el mundo creado

que se añada a este último como una nueva creación. No conoce

aquí otra distinción o, mejor dicho, división que la de lo creado

y lo increado. Lo sobrenatural creado no existe para ella. Lo que

la teología occidental designa con el nombre de sobrenatural sig-

nifica para el Oriente lo increado, las energías divinas inefablemente

distintas de la esencia de Dios. La diferencia consiste en el hecho

de que la concepción occidental de la gracia implica la idea de 

causalidad, presentándose la gracia como un efecto de la causa

divina, lo mismo que en el acto de la creación; mientras que para

la teología oriental es una procesión natural, las energías, la irra-

diación eterna de la esencia divina. Sólo en la creación actúa Dios

en cuanto causa, produciendo un nuevo sujeto llamado a participar

en la plenitud divina, conservándolo, salvándolo, concediéndole la

gracia, guiándolo a su fin último, En las energías él es, existe, se

manifiesta eternamente. Es un modo de ser divino al que accedemos

al recibir la gracia. Es, también, en el mundo creado y perecedero,

la presencia de la Luz increada y eterna, la omnipresencia real de

Dios en todo, que es más que su presencia causal; «la luz brilla en

las tinieblas y las tinieblas no la han recibido» (Jn 1,5).



Las energías divinas están en todo y fuera de todo. Hay que

elevarse por encima del ser creado, dejar todo contacto con las

criaturas, para alcanzar la unión con «el rayo de la divinidad»,

según la frase de Dionisio Areopagita. Y, sin embargo, esos rayos

divinos penetran el universo creado, son la causa de su existencia.

«La luz estaba en el mundo y el mundo fue hecho por ella y el

mundo no la ha conocido» (Jn 1,10). Dios creó todo por sus ener-

gías. El acto de la creación establece una relación de las energías

divinas con lo que no es Dios. Es una limitación una determinación

 de la irradiación infinita y eterna de Dios lo que se

convierte en la causa del ser finito contingente. Porque las ener-

gías no producen el mundo creado por el hecho mismo de que

existen, por el hecho de que son las procesiones naturales de la

esencia. De otro modo, o bien el mundo sería infinito y eterno como

Dios o bien las energías no serían más que manifestaciones limitadas

y temporales de Dios. Así pues, las energías divinas en sí mismas no

son relaciones de Dios con el ser creado, pero entran en relación

con lo que no es Dios, traen el mundo a la existencia, por la

voluntad de Dios. Ahora bien, según san Máximo, la voluntad es

siempre una relación activa con otro distinto de uno mismo, con

algo exterior al sujeto actuante. Esta voluntad ha creado todo por

las energías a fin de que el ser creado acceda libremente a la unión

con Dios en las mismas energías. Porque, dice san Máximo, «Dios

nos ha creado para que nos hagamos partícipes de la naturaleza

divina, para que entremos en la eternidad, para que aparezcamos

semejantes a él, siendo deificados por la gracia, que produce todos

los seres existentes y trae a la existencia a todo lo que no existía» (40)



Notas

38 Sermón sobre la presentación de la Santísima Virgen en el Templo. Ed sophocles, Atenas             1981 pp. 176-177

39 De ambiguis. P.G. t.91 col. 1308B

40 Epist. 43 Ad Joannem cubicularium P.G. t.91, col 640BC