sábado, 2 de marzo de 2024

VOLUNTAD. (Jean –Marc Vivenza)

 

VOLUNTAD.

Jean –Marc Vivenza . Le Diccionaire de René Guénon. Le Mercure Dauphinois. Grenoble 2002 p.520-5821

 

 La tradición oriental china considera que la "fuerza atractiva de la Divinidad" es paralela a la influencia ejercida sobre el ser por la "Voluntad del Cielo", Voluntad que tiene como representación geométrica del "eje vertical". Sin embargo, la Voluntad se despliega en un doble movimiento de realización, en primer lugar, la "perfección activa" (Khien), teniendo a continuación por fin el establecimiento de la "perfección pasiva" (Khouen). La primera de estas dos perfecciones permite a la Voluntad que se manifieste, mientras que la segunda es el verdadero objeto de su manifestación.

 Desde el punto de vista del desarrollo del ser, si el eje vertical expresa la "Voluntad del Cielo", los planos horizontales representan los diferentes estados de manifestación. Es pues por el ejercicio de una sutil jerarquización como se produce el entrecruzamiento entre el eje vertical y los planos horizontales, poniendo en juego las fuerzas mismas de la Voluntad Celeste.

Cabe señalar que, según tradición occidental, mientras que el Destino es más bien una especie de potencia oscura de la Naturaleza, es por el contrario la "Providencia" quien encarna la Voluntad del Cielo, la Voluntad divina. Por eso la Voluntad del hombre debe desempeñar un papel de intermediario y hacer la unión, mediación y equilibrio entre el Destino y la Providencia. A este respecto, tal vez no sea inútil recordar aquí que el término Islam significa sumisión a la Voluntad de Dios", muslim es, por tanto, una persona que acepta no sustraerse a la Voluntad Divina, lo que tiene como consecuencia directa el respeto del lugar reservado a cada uno en el plan de creación. Por ello se distinguirá los fieles (mûminîn) de los infieles (kuffâr), en función del respeto o falta de respeto que los seres muestran respeto al orden universal que es no es otro que la Voluntad de Dios. Es por tanto en el acto inicial de ruptura con la Voluntad del Cielo que se encuentra el germen de la caída, y es en la sumisión respetuosa a esta misma Voluntad que pueden florecer los frutos de la reintegración en el seno mismo de lo Eterno.

(El simbolismo de la Cruz, cap.XXIΙΙ, "Significado del eje vertical; la influencia de la Voluntad del Cielo ", cap. XXIV, "El Rayo Celeste y su plano de reflexión", cap. XXV, "El árbol y la serpiente". La Gran Tríada, cap. XXI, "Providencia, Voluntad, Destino".

 Mélanges, IΙ° parte,cap. IV, "Les conditions de l'existence corporelle ".

Estudios sobre el Ήindouismo, "Sanâtana Dharma").

 

viernes, 1 de marzo de 2024

EL DESTINO, LA PROVIDENCIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO (ANANDA K. COOMARASWAMY)

 

¿QUÉ ES CIVILIZACIÓN? 

ANANDA K. COOMARASWAMY

 

CAPÍTULO NUEVE

 

EL DESTINO, LA PROVIDENCIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO*

 

 

Ningún acontecimiento puede considerarse que ocurre aparte de la posibilidad lógicamente antecedente y efectivamente inminente de su ocurrencia; y en este sentido, cada nuevo individuo viene de una potencialidad antenatal, potencialidad que muere como potencialidad primeramente en la primera concepción de la criatura y después durante toda la vida a medida que los aspectos de esta potencialidad se reducen a acto, de acuerdo con una voluntad en parte consciente y en parte inconsciente que busca siempre realizarse a sí misma. Podemos expresar lo mismo en otras palabras diciendo que el individuo viene al mundo a cumplir ciertos fines o propósitos peculiares a sí mismo. El nacimiento es una oportunidad.

 

El campo del procedimiento desde la potencialidad al acto es el de la libertad individual, de acuerdo con la parábola de los talentos, el «libre albedrío» del teólogo es una libertad para hacer uso o para dejar pasar la oportunidad de devenir lo que uno puede devenir bajo las circunstancias en las que uno nace; estas «circunstancias» del nacimiento consisten en su alma-y-cuerpo propios y en el resto de su entorno, o mundo, definido como un conjunto de posibilidades específico.

 

Evidentemente, la libertad del individuo no es ilimitada; no puede llevar a cabo lo imposible, es decir, lo que es imposible para él, aunque podría ser un posible en algún otro «mundo» como se define arriba. Hay que destacar, que el individuo no pude haber nacido de otro modo que como ha nacido, ni poseído otras posibilidades que las que le dotan naturalmente (por natividad); no puede realizar ambiciones para cuya realización no existe ninguna provisión en su naturaleza propia; él es él y nadie más. Ciertas posibilidades específicas y en parte únicas están abiertas a él, y ciertas otras posibilidades, usualmente más numerosas, están cerradas a él; es decir, en tanto que ser finito, él no puede ser al mismo tiempo un hombre en Londres y un león en África. Estas posibilidades e imposibilidades, que son las de su propia naturaleza, que están predeterminadas por ella, y que no puede considerarse como habiéndosele impuesto arbitrariamente, sino sólo como la definición de su propia naturaleza, representan lo que nosotros llamamos el destino del individuo; todo lo que le acontece al individuo es meramente la reducción a acto de una posibilidad dada cuando se presenta la ocasión, mientras que todo lo que no le acontece no era realmente una posibilidad, sino que sólo se consideraba una posibilidad debido a la ignorancia.

 

Así pues, la libertad de la voluntad individual es la libertad para hacer lo que el individuo puede hacer, o para contenerse de hacerlo. Todo lo que uno hace efectivamente bajo unas circunstancias dadas es lo que uno quiere hacer bajo esas circunstancias: el hecho de ser forzado a actuar o el hecho de sufrir contra la voluntad de uno no es una coerción de la voluntad, sino de sus implementos, y es sólo en apariencia una coerción del individuo mismo en la medida en que se identifica a «sí mismo» con sus implementos. Además, el destino del individuo, lo que él hará de sí mismo bajo circunstancias dadas, no es enteramente obscuro para él, sino más bien manifiesto en la medida en que se conoce realmente a sí mismo y comprende su propia naturaleza. Es notorio que esta medida de providencia no interfiere en modo alguno en su sentido de libertad; uno piensa meramente en la decisión futura como si se resolviera una decisión presente. De hecho, hay una coincidencia de la providencia y el libre albedrío. De la misma manera, pero dentro del alcance limitado en que se puede conocer realmente la esencia de otro, uno puede prever su destino peculiar; una providencia que no gobierna en modo alguno la conducta de esa criatura. Y finalmente, si asumimos una providencia omnisciente en Dios, que desde su posición en el centro de la rueda presencia inevitablemente el pasado y el futuro ahora, un «ahora» que será el mismo ahora mañana que el ahora que fue ayer, ésta no interfiere en la libertad de ninguna criatura en su propia esfera. Como lo expresa Dante, «La contingencia… está toda pintada en el aspecto eterno; aunque no saca su necesidad de ahí» (Paradiso XVI.37 sigs.). Nuestras dificultades aquí vienen solamente de que nosotros consideramos la providencia como una suerte de previsión en el sentido temporal, como si uno viera hoy lo que debe acontecer mañana. Muy lejos de ser una previsión en este sentido temporal, la providencia divina es una visión siempre simultánea con el acontecimiento. Considerar que Dios mira adelante hacia un acontecimiento futuro o atrás hacia un acontecimiento pasado carece de significado, como carece igualmente de significado preguntar qué hacia Dios «antes» de hacer el mundo.

 

No se trata en modo alguno de que sea imposible zafarse de un destino previsto. El destino es para aquellos que han comido del Árbol, y esto incluye igualmente a esa «fracción» del Espíritu que entra en todos los seres nacidos, y que parece sufrir con ellos, y a estos seres creados mismos, en la medida en que se identifican a «sí mismos» con el cuerpo-y-alma. El destino es necesariamente una pasión de bien y de mal; como tal, se presenta a nosotros como algo a lo que podemos dar la bienvenida o tratar de evitar, y que al mismo tiempo no podemos rehuir, sin devenir otro que el que somos. Esta aceptación nos la explicamos a nosotros mismos en los términos de la ambición, del coraje, del altruismo, o de la resignación, según pueda ser el caso. En cualquier caso, es la propia naturaleza de uno la que nos lleva a perseguir un destino del que estamos preadvertidos, por fatal que pueda ser el resultado. La futilidad de las advertencias es un tema característico de la literatura heroica; no se trata de que las advertencias estén desacreditadas, sino que es el honor del héroe el que requiere de él que continúe lo que ha comenzado; o también se da el caso de que en el momento crítico se olvida la advertencia. Por ello decimos que el hombre está «predestinado».

 

Un ejemplo notorio de la rehusación de un destino previsto y sin embargo de la aceptación del mismo puede citarse en la «vacilación» de un Mesías. Es así como Agni teme ante su destino como sacerdote sacrificial y auriga cósmico, y debe ser persuadido; así también el Buddha, «en su aprehensión del sufrimiento» tiene que ser persuadido por Brahma; y Jesús suplica igualmente «Padre… aparta de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como Tú quieres» (San Marcos 14:36), y «Padre, sálvame de esta hora; pero para esta causa he venido yo a esta hora» (San Juan 12:27).

 

El deseo no debe confundirse con la pesadumbre. El deseo presupone una posibilidad que puede ser efectivamente tal, o que se imagina que es tal. Nosotros no podemos desear lo imposible, sino sólo apesadumbrarnos ante la imposibilidad. Puede sentirse pesadumbre por lo que ha acontecido, pero esto no es un deseo de que no hubiera ocurrido; llena de pesadumbre que «tuviera que acontecer» como lo hizo; pues nada acontece a no ser por necesidad. Si hay una doctrina en la que la ciencia y la teología están perfectamente de acuerdo, esa es la doctrina de que el curso de los aconteceres está determinado causalmente; como dice Santo Tomás, Si Dios gobernara solo (y no también por medio de las causas mediatas) el mundo sería privado de la perfección de la causalidad… Todas las cosas (pertenecientes a la cadena del destino) … son hechas por Dios por medio de las causas segundas» (Summa Theologica I.103.5 ad 2, y 116.4 ad 1). De manera similar se distingue entre el Brahman, el Espíritu de Dios, el Uno, como la causa permanente[1], y su Poder o Medio de operación; conocido como tal por los contemplativos, pero «considerado» como una pluralidad de «combinaciones causales de tiempo, etc., con el espíritu pasible», éste último, «debido a que no es una combinación de la serie, tiempo, etc.», no es el dueño de su propio destino, mientras que permanece olvidado de su identidad propia con el Espíritu trascendental. De la misma manera, se explica que el Brahman no opera arbitrariamente, sino de acuerdo con propiedades variables inherentes a los caracteres de las cosas como son en sí mismas, cosas que deben su ser al Brahman, pero que son individualmente responsables de sus modalidades de ser. Este es, por supuesto, el punto de vista tradicionalmente ortodoxo; como lo expresa Plotino (VI.4.3) «se ofrece todo, pero el recipiente es capaz de acoger sólo un tanto», y Boehme «como es la armonía, es decir, la forma de la vida, en cada cosa, así es también el sonido de la voz eterna en ella; en el santo, santo, en el perverso, perverso… por consiguiente, ninguna criatura puede culpar a su creador, como si él la hiciera mala» .

 



* Este artículo probablemente no se publicó en vida del autor.

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jueves, 29 de febrero de 2024

LIBRE ALBEDRÍO Y ÉTICA. (Nicolás Berdiaev)

 

N. Berdiaev. De la destination de l’homme . Ed L’Age d’Homme SA. Lausanne 1979. Pp.108-112


5. - LIBRE ALBEDRÍO Y ÉTICA.


El problema religioso y metafísico de la libertad, en el que también radica el problema ético, no tiene nada que ver con la doctrina tradicionalmente escolástica del libre albedrío, que se basa en premisas falsas y en una psicología anticuada y no puede mantenerse. La antigua concepción de la voluntad como uno de los elementos de la vida del alma, mediante la cual el hombre elige entre el bien y el mal, haciéndose responsable de este último, es errónea. Es evidente que esta doctrina fue dictada por consideraciones utilitarias y pedagógicas. El libre arbitrio, en tanto que liberum arbitrum indifferentiae no existe, el ofrece más bien una esclavitud que una libertad, y el hombre debe sentirse liberado y aliviado cuando ya no tiene que elegir, es decir, cuando permanece en estado de desdoblamiento, porque la elección ya está hecha. El principio tradicional del libre albedrío no es un principio creador. Lejos de elevar al ser humano, no hace más que aceptar o rechazar lo que se le entrega desde fuera.

Podríamos incluso establecer la siguiente paradoja, que juega un papel considerable en la historia de las ideas religiosas: el libre albedrío teniéndose eternamente ante la feroz necesidad de hacer una elección que le era impuesta desde fuera y desde lo alto, esclavizaba y oprimía al hombre; la verdadera liberación no procedía más que de la gracia, siendo el hombre libre cuando no estaba obligado a elegir. En este sentido, había una verdad en Lutero, aunque la expresara incorrectamente. N. Hartmann, que sostenía que el punto de vista teleológico en ética conduce a la negación de la libertad moral del hombre y afirma la necesidad, tenía razón, aunque él mismo no lo superó completamente en su doctrina de los valores ideales. El punto de vista teleológico junto a la doctrina del libre arbitrio puede formularse de la manera siguiente: el hombre debe someter su vida al fin supremo que le ha sido propuesto y subordinarle jerárquicamente todos los otros fines inferiores, dándole el libre arbitrio la posibilidad de hacerlo. Semejante doctrina, muy extendida por otra parte, no corresponde en absoluto ni a la psicología contemporánea ni a la revelación cristiana, y conduce a una ética servil.

El punto de vista teleológico que se remonta a Aristóteles Debe ser abandonado de una manera general; la dignidad moral y la libertad del hombre no están determinadas en absoluto por el fin al que somete su existencia, sino más bien por la fuente de la que derivan su vida moral y su

actividad en el mundo. En cierto sentido, podría incluso sugerirse que los "medios" que el hombre utiliza son mucho más importantes que los "fines" que persigue, porque dan más testimonio de su espíritu. En efecto, si tiende a la libertad con la ayuda de la violencia, al amor mediante el odio, a la fraternidad mediante la división, a la verdad por medio de la mentira, su elevado fin no será una circunstancia atenuante en el juicio desfavorable que llevaremos sobre él. Incluso estoy inclinado a creer que, si buscara la violencia por la libertad, el odio por el amor, la

mentira por la verdad, la división por la fraternidad, sería moralmente superior. Porque lo más importante para la ética es saber qué es el hombre, de qué espíritu vive, si tiene una luz interior, una energía beneficiosa y creadora. La ética debe ser decididamente energética, no teleológica. Por eso debe concebir la libertad como fuente originaria, como energía creadora interior, y no como capacidad de seguir normas y alcanzar el fin propuesto. El bien moral es dado al hombre no como una meta, sino como una fuerza interior que debe iluminar su vida. Lo que realmente importa es saber de dónde procede el propio acto moral, no hacia qué fin se dirige. Por esta razón, la doctrina de la autonomía de Kant no es en modo alguno una doctrina de la libertad humana, 'pues no se refiere al hombre, sino a la ley moral. La libertad sólo es necesaria aquí para cumplir la ley. Esta ética autónoma rechaza al hombre; en suma, sólo reconoce la naturaleza moral y razonable. Ahora, el concepto que debe servir de piedra angular es el de libertad creadora, como fuente de vida, y el de espíritu, en tanto luz que ilumina esta vida. El hombre es un ser que no actúa según fines, sino en virtud de su libertad creadora y de la luz benéfica que está arraigada en él. Así el problema fundamental de la ética no es, pues, la cuestión de la libertad y la necesidad, sino la de la libertad y la gracia.

Un problema que también tiene su importancia para la antropología y la ética es el de las correlaciones entre la libertad y el principio jerárquico, correlaciones que, en la mentalidad cristiana, se han visto a menudo seriamente alteradas. Cuando se vincula el principio jerárquico no a la calidad suprema, opuesta a la cantidad y la masa, sino a la decadencia de la naturaleza humana, que supuestamente debería ser domada, rebajada y guiada desde arriba, acabamos con una distorsión de la antropología. Pues ya no es el hombre, ya no son sus cualidades y dones lo que se venera, sino al portador de un principio jerárquico impersonal. Y toda la vida se desarrolla de tal manera que este principio adquiere predominio y dirección. El obispo y el sacerdote, el monarca y el policía, el padre y el cabeza de familia, el dueño de la empresa y el director de la institución, todos corresponden a órdenes jerárquicos, cuyas cualidades no son en modo alguno cualidades humanas, porque les son conferidas automáticamente. Se trata de una antropología y una ética muy particulares. La significación del hombre en la vida, su poder sobre ella, está determinado por la presencia en él de un principio impersonal, no humano. Esta antropología no tiene nada que ver con el culto carlysliano de los héroes y de los grandes hombres. Ahora bien la jerarquía impersonal, no humana, se contrapone a una jerarquía de cualidades y dones humanos. El santo y el genio, el héroe y el gran hombre, el profeta y el apóstol, el inventor y el artesano, corresponden a órdenes de una jerarquía humana, y la sumisión que podemos imponernos a su respecto se produce en un plano totalmente distinto al que nos sometemos a la j e r a r q u í a no-humana e impersonal. El mundo pecador supone, aparentemente, la existencia de estas dos jerarquías, pero es indiscutible que la jerarquía humana vuelve a tener la primacía.

La Iglesia no puede existir sin obispos y sacerdotes, cualesquiera que sean sus cualidades humanas, pero interiormente vive y respira por los santos y los profetas, por los apóstoles y los genios religiosos, por los mártires y los ascetas. El Estado no puede existir sin un líder, sin ministros, funcionarios, policías, generales, sin soldados, pero los Estados no se mueven, las misiones importantes no se realizan en la historia más que a través de los grandes hombres, los héroes, los talentos, los reformadores, más que a través de seres dotados de una energía particular. La ciencia no puede existir sin profesores, sin maestros, aunque sean mediocres, sin academias y universidades organizadas jerárquicamente, pero vive y progresa a través de sus genios, sus innovadores, sus promotores y sus revolucionarios. La familia no puede existir sin una estructura jerárquica, pero sólo vive a través del amor y la abnegación. Por tanto, es a través de la jerarquía humana, la de humanos, como la vida se preserva de la degeneración, la osificación y la muerte. La jerarquía impersonal, angélica (en la Iglesia) es una jerarquía que refleja y prefigura, mientras que la jerarquía humana y personal es una jerarquía real de las cualidades y de las obtenciones. El sacerdote es simbólico; el santo, en cambio, es real. El monarca es simbólico, el gran hombre real. Y la tarea de la ética es conceder preponderancia a la jerarquía real, humana, sobre la jerarquía simbólica, no humana; lo que implica una antropología diferente, una nueva doctrina del hombre.

La aspiración humana, fundamental para la ética, no es la aspiración a la felicidad, como tampoco lo es la aspiración a la docilidad y a la sumisión. Puesto que el hombre es un ser libre llamado a crear, no debe dejarse guiar ni por una cosa ni por la otra. Su aspiración primordial es buscar la calidad, el crecimiento y la autorrealización, aunque ello implique sufrir o rebelarse. El hombre no existe sin lo divino en su interior, pero este divino no es sólo simbólico, es también real.

El hombre tiene dos fuentes eternas en el mundo antiguo: la fuente bíblica y la fuente griega. Fue en esta época cuando se desarrolló y emergió gradualmente del caos original. Pero si hay ante todo un origen judío-helénico, no se revela definitivamente y se afirma espiritualmente más que en el cristianismo, más que a través de Cristo y de la revelación cristiana. No es más que en la persona de Cristo, el Dios-Hombre, que comenzó realmente a existir. Y la idea fundamental del cristianismo en lo que concierne al hombre es una idea realista: la de una transfiguración y una iluminación efectiva de su naturaleza creada. Su fin es la consecución de cualidades supremas, no la prefiguración simbólica en el mundo humano de un mundo no humano. La idea antropológica que está en el centro del cristianismo es la de Dios-Humanidad, la del reino teándrico real, siendo Cristo un Dios-Hombre y no un Dios-Ángel. La jerarquía simbólica es un simbolismo teológico-angélico. La ética no puede fundarse en una ruptura entre Dios y el hombre, entre lo divino y lo humano.

Se pueden identificar tres tipos de ética: la ética teológica, la ética humanitaria y la ética teándrica. Este libro se centra en la última de ellas.

miércoles, 28 de febrero de 2024

LIBRE ALBEDRÍO (Vladimir Lossky)

 

LIBRE ALBEDRÍO

 

Vladimir Lossky. Teología mística de la iglesia de oriente. Ed. Herder. Barcelona 1982 Pp. 92-93

 

Según san Máximo, la voluntad es una fuerza natural que tiende hacia lo que es conforme a la naturaleza, fuerza que abarca todas las propiedades esenciales de la naturaleza 19. San Μáximo distingue entre esta voluntad natural (θέλημα φυ σ ι όν), que es el deseo del

bien hacia el que tiende toda naturaleza razonable, y la voluntad que escoge (θέλημα γνωμιχόν) propia de la persona 20. La naturaleza quiere y actúa; la persona escoge, acepta o rechaza lo que quiere la naturaleza. Sin embargo, según san Μáximο, esta libertad

de elección es ya una imperfecciónόn, una limitación de la verdadera libertad: una naturaleza perfecta no tiene necesidad de escoger, pues conoce naturalmente el bien; su libertad está basada en ese conocimiento. Nuestro libre albedrío (γ ν ωμ ή) denota la imperfección

de la naturaleza humana caída, la pérdida de la semejanza divina. Al estar esta naturaleza obnubilada por el pecado, al no conocer ya el verdadero bien, al tender, las más de las veces, a lo que es «contrario a la naturaleza», la persona humana se encuentra siempre ante la necesidad de escoger; progresará a tientas. Llamamos a esa indecisión en la ascensión hacia el bien «el libre albedrío». La persona destinada a la unión con Dios, destinada a la asimilación perfecta de su naturaleza a la naturaleza divina por la

gracia, está atada a una naturaleza truncada, deformada por el pecado, desgarrada por los deseos contrarios. Al conocer y querer por la naturaleza imperfecta, es prácticamente ciega e impotente, ya no sabe escoger bien y cede demasiado a menudo a los impulsos de

la naturaleza convertida en esclava del pecado. Así, lo que hay en nosotros a imagen de Dios es arrastrado hacia el abismo, aunque sigue siendo libre de escoger, de volverse de nuevo hacia Dios.

 

19 Opuscula theologica et polémica, Ad Marinum,P.G., t. 91, col 45 D-48ª

20 Ibídem col 48ª-49ª, col192BC. En San Juan Damasceno, De fide ort., III, 14 P.G. col 1036-1037; 1044-1045

martes, 13 de febrero de 2024

LA BÚSQUEDA HUMANISTA DE LA UNIDAD DEL CONOCIMIENTO Y LA METAFÍSICA ORTODOXA DE LA LUZ (Dr. Auxentios)

LA BÚSQUEDA HUMANISTA DE LA

UNIDAD DEL CONOCIMIENTO Y LA

METAFÍSICA ORTODOXA DE LA LUZ

 

Corrección del malentendido del

Padre Meyendorff sobre la teología

de San Gregorio Palamas*.

 

Por el Reverendo Dr. Auxentios

Obispo titular de Fotiki

 

Ya hemos comentado la cuestión del neoplatonismo en los Padres

griegos. La idea de que el hesicasmo implica un intento

primordialmente sacramental y contemplativo de participar en

Cristo -por no hablar de "sus pasiones"- simplemente oscurece aún

más la teología ascética de Palamas y refleja el malentendido básico

de Meyendorff sobre la naturaleza del misticismo ortodoxo.

Es a través de una serie de malas traducciones e interpretaciones

críticas erróneas que Meyendorff llegó a la conclusión de que el

misticismo palamita se basa en la contemplación y el

sacramentalismo, una conclusión que, como hemos señalado

anteriormente, también llevó a Børtnes a sus suposiciones erróneas

sobre la visión hesicasta de Dios. Lo que Romanides dice del error de

Meyendorff, por lo tanto, también se aplica a Børtnes:

 

Mientras que en Occidente se distingue entre los estados contemplativo y

activo de la vida cristiana, en Oriente no existe tal distinción. La búsqueda

y el don de la oración ininterrumpida ["misticismo"] no es una vida de contemplación

 ni una búsqueda de experiencias extáticas 15

 

La visión hesicasta de Dios, producto de la oración ininterrumpida,

no implica en esencia un intento de unión literal con Cristo -ya sea

sacramentalmente o a través de la contemplación y participación en

Sus pasiones-, sino una purificación ontológica de los sentidos (si no

de toda la persona) mediante búsquedas espirituales activas, a través

de las cuales se entra en comunión con la Gracia de Dios. El sutil con

traste conceptual de la distinción esencia-energías encuentra su

contrapartida en la teología ascética en los esfuerzos del ser humano

por alcanzar, mediante la purificación, la invulnerabilidad a las

consecuencias del pecado, sin dejar de conocer el dominio

potencial del pecado sobre la carne y el mundo caído y su propia

imperfección esencial. Con el trabajo ascético y la adquisición de la

virtud humana, se llega, por la Gracia, a la unión con Dios, a la teosis

y a la visión de Dios como luz increada o luz Divina a través de la

sensibilidad humana purificada o espiritualmente transformada. Es

esta purificación ontológica en la adquisición activa de virtudes lo

que los Padres griegos consideran ascetismo, no un repliegue a la

vida de contemplación y "sacramentalismo". Y es la visión de la

gloria de Dios en la luz increada de sus energías (o theosis), y no (al

menos como fin en sí mismo) el éxtasis beatífico o la participación

en las pasiones de Cristo, el objetivo y la meta de la vida ascética.

Cuando los Padres orientales hablan de participación en las pasiones

de la Cruz de Cristo, no se refieren a la visión de Dios, sino al

camino terapéutico y purificador de la ascesis, vía de acceso a la

visión de Dios.

 

Con respecto a la theosis y la visión de la luz increada específicamente,

Børtnes hace una observación informativa:

 

Para los místicos de la luz, la forma más elevada de disfrute es la

contemplación de las cosas para descubrir su "luz" y contemplar así el Logos

divino, la Luz Increada de los místicos ortodoxos, tal y como se refleja

en la materia. Esta contemplación era un acto de salvación, una restitución

de la totalidad en la "naturaleza desintegrada "16 .

 

Si bien es cierto que el estado más elevado de la vida espiritual

ortodoxa es la visión de Dios como luz increada, este estado no debe

equipararse con la contemplación beatífica a la que se refiere

Børtnes. Sin embargo, Børtnes tiene razón al situar la theosis y la

visión de la luz increada, la visión de Dios, en el contexto de la

salvación humana. Así, según San Nicodemos el Hagiorita (n. 1749):

"Sabed que, si vuestra mente no está divinizada por el Espíritu Santo,

es imposible que os salvéis "17. Se trata de un punto importante, ya que

la visión de Dios no debe entenderse como un extraño y exótico

exotismo.

 

No se trata de una experiencia propia de una élite de "místicos", sino de

un elemento de una metafísica universal de la luz que afecta a la vida de

todo cristiano que busca la salvación.

 

 

 

Es, en último análisis, en la transformación del ser humano

dentro de la luz divina, en la metafísica abarcadora de la luz de la

teología cristiana oriental, donde descubrimos las verdaderas

dimensiones de la noción unificada del universo y la interacción de

Dios y el hombre que vincula el pensamiento palamita con las

preocupaciones antropocéntricas de los humanistas. En efecto, es en

la acción humana, y no en la visión neoplatónica o en una confusa

teoría del sacramentalismo contemplativo, donde la transformación

humana alcanza su plena expresión. Debidamente entendido en su

unicidad y liberado de las distorsiones que le imponen los

infructuosos intentos de acomodarlo a las tendencias del

intelectualismo occidental, el pensamiento palamita alcanza

verdaderamente un conocimiento unificado de las cosas, una visión

integral del hombre y de Dios en un universo ordenado por una

compleja interacción entre el Creador y la criatura. San Gregorio

Palamas y toda la tradición patrística griega que él representa

abordan la cuestión de la epistemología humana de un modo

profundo y desafiante, vinculando la sabiduría divina a la visión

humana en un universo que se esfuerza por restaurar un equilibrio

entre Dios y el hombre que hace del hombre algo que va mucho más

allá incluso de las más tiernas expectativas del humanista secular o

religioso de Occidente. Este hombre hesicasta está tan cerca como

nuestra capacidad de liberarnos de las concepciones erróneas

occidentales y tan lejos de nosotros como lo está la arrogancia que

impide ese esfuerzo desde la humildad perfecta.

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* De una conferencia pronunciada originalmente en la Universidad

Estatal de Nueva York en Albany en otoño de 1992

 

15. The Rev. John S. Romanides, "Notes on the Palamite Controversy and Relat- ed

Topics-II," The Greek Orthodox Theological Review, 9 (Winter 1963-64):238ff esp.

16. Børtnes, Visions of Glory, p. 84.

17. Constantine Cavarnos, Modern Greek Saints, Vol. 3, St. Nicodemos the Hagiorite

(Belmont, MA: Institute for Byzantine and Modern Greek Studies, 1954), p. 139.


domingo, 11 de febrero de 2024

Dormir, percance para soñar.El estado medio de las almas en la literatura patrística y bizantina (NICHOLAS CONSTAS)

 

Dormir, percance para soñar.El estado medio de las almas en la literatura patrística y bizantina

 

NICHOLAS CONSTAS


La mayoría de las tradiciones religiosas ha mantenido un agudo interés en el último destino de la persona humana, y el cristianismo bizantino no fue ninguna excepción a esta regla general con su atención a la relación entre el cuerpo y el alma, y con su preocupación por su sino después de la muerte y su anhelo por la reunión en la resurrection, la escatología de los bizantinos fue sobre todo un cumplimiento transcendental de la antropología.  Es decir, los bizantinos creyeron que solamente en la luz clarificante del eschaton el ser humano aparecería auténtica y obedientemente en definitivo relieve y resolución.  Desde este punto de vista, la escatología y la antropología se entrelazan tan de cerca que, en las palabras de un teólogo moderno, lal escatología es antropología conjugada en futuro (113). Sin embargo, y a pesar de la importancia obvia de estos temas, la naturaleza del ser humano y su sino después la muerte nunca fueron autoritariamente definidos o formalizados por un consejo ecuménico, ni fueron nuncalos objeto per se de investigación teoloóica sistemática.  Así a través del mundo bizantino se encuentra un surtido de escatologías algo negligentemente esparcidas alrededor.  Las observaciones de Gershom Scholem sobre una situación similar en judaísmo rabínico son las palabras aquí anotadas: “Aparte de ideas básicas referentes recompensa y el castigo, la vida después de la muerte, el Messiah, el rescate, y al resurrection, apenas hay una creencia comúnmente compartida entre los judíos con respecto a los detalles escatológicosl.  Esta laguna proporcionó una oportunidad obvia de juego libre para el imaginativo, el visionario, y el supersticioso (114).

 

111 On the Resurrection, 58?59, líneas 197?211;  cf. D. Chitty, Las carats de San Anthonio el grande (Oxford, el an o 80), 3?5, y el comentario de Rubenson, Las cartas de St. Anthonio, 71:  el cuerpo no debe simplemente ser desechado;  puede ser transformado.  En [ letra 1, Antony ] describe cómo cada miembro del cuerpo puede ser purificado.  .  .  los ojos, los oídos, la lengüeta, las manos, el vientre, los órganos sexuales y los pies, todos pueden llegar a ser puros a través del trabajo de la mente dirigida por el Espíritu

 

 112Responsio, chap. 7 (p. 163, lines 22–39), alluding to 2 Cor. 5:7.

 

113K. Rahner, Foundations of Christian Faith: An Introduction to the Idea of Christianity, trans. W. V. Dych (New

York, 1978), 431. Rahner por supuesto no está tratando las fuentes theological de Byzantine, , but see J. Meyendorff, Christ in Eastern Christian Thought (Crestwood, N.Y., 1975), 211, , que observa que la antropología de Rahner?s está?precisely en la línea de la tradición patristica griega 

 

114G. Scholem, Kabbalah (Jerusalem, 1974), 333.

 

 Más de lo mismo se podría decir acerca de los bizantinos, cuya confesión central de fe, del credo de Niceno-Constantinopolitano, profesa solamente la vuelta de Cristo para juzgar los vivos y los muertos y esperar la resurrección de los muertos y la vida de la edad por venir.  Exaltado por esta invitante laguna, el horror vacui de los bizantinos respondió con conjeturas sin fin y especulaciones (115). Según lo observado arriba, estas últimas estaban selectivamente endeudadas a las tradiciones y las fuentes venerables por su antigüedad, el prestigio de sus autores presuntos, o por su inclusión en un Canon autorizado.  Pero las posiciones razonablemente inequívocas, y largamente establecidas así como los textos canónicos de autoridad no objetable, estaban ellos mismos sujetos a un proceso hermeneutico de recepción que a lo largo del tiempo los hizo susceptibles a diversas lecturas e interpretaciones rivales.

 Como hemos visto, la formación de las opiniones de los bizantinos sobre la vida futura también estuvo influenciada por los corolarios teológicos implícitos en prácticas litúrgicas tales como la adoración del Cristo resucitado, los rezos y los memoriales por los muertos, y la dedicación al culto de santos y reliquias.  Con el rezo y la contemplación, los símbolos varios de la liturgia terrenal se podían reconocer y apropiar por el pensamiento bizantino como las formas exteriorizadas de la misma liturgia celebrada invisiblemente en cielo y sobre el altar del corazónhumano (116).  En virtud de icoónicas y macrocósmicas transparencias, la escatología bizantina exhibió profundos acoplamientos a la vida de la liturgia y la oración, y eran quizás más fáciles de experimentar para el místico que definir para el teólogo.  En la aventura sin fin de la consciencia post mortem, los encuentros con los demonios y los ángeles eran no obstante una extensión del encuentro similar experimentada en la vida de oración in corpore.  Descender con rezo en el crisol del uno mismo era arriesgar un encuentro con el demónico, el angelical, y el purificante fuego de lo divino.  Tales encuentros eran inevitables a la hora de la muerte, en cuyo caso el paisaje interior del alma estaba inexorablemente externalizado y revisado como ascenso del auto-descubrimiento hacia los cielos.  Puede por lo tanto no estar fuera de contexto sugerir que la escatología bizantina es una opinión del uno mismo y de las últimas cosas arraigadas en prácticas particulares, tradiciones, y experiencias de oración.  En este artículo he discutido acerca de la rica diversidad de la escatología bizantina (entendido como anthropología en el tiempo futuro), pero sería un error no poder discernir patrones más amplios que se entrecruzan dentro de la alfombra total.  Permítanme sugerir tentativamente, después, y en un nivel bastante alto de abstracción, la presencia de dos escuelas del pensamiento que reflejan el sentido doble complejo de los bizantinos con respecto a su herencia griega y judía.  Siguiendo a Jan Bremmer, podemos distinguir provisionalmente entre la creencia en un alma libre y creencia en un alma corpórea cada uno diferiendo en términos de sus conjugaciones y corolarios escatológicos.  Según Bremmer, el alma libre es una especia de doble activo del humano, funcionalmente independiente del cuerpo, y que representa la personalidad individual.  El alma corpórea por otra parte, es el principio de la animación de la vida biológica, movimiento, y el crecimiento, asociado a menudo con la sangre y

 

115 Ver Gregorio de Nazianzos, la oración 27,10, que animó a pensadores cristianos a filossofar alrededor.  .  .  resurrection, sobre el juicio, sobre recompensa.  .  .  para que en estos temas golpeen la marca no son inútiles, y echrla de menos no es peligroso;  ed.  P. Gallay, Sc 250 (París, 1978), 96. 

 

116 Parar una declaración pensativa de este fenómeno, ven a A. Golitzin?Liturgy y Mysticism:  La experiencia del dios en cristianismo ortodoxo oriental Pro Ecclesia 8 (1999):  159?86, y la misma contribución de los authores a este volumen. 

 

con varios órganos y facultades corporales.  Solamente el alma libre sobrevive a la muerte del cuerpo como el alma activa de los muertos.  Bremmer arguye que la posterior identificación de estas dos almas constituye el concepto moderno del alma, una identificación avanzada por las opiniones cristianas de la persona humana como irreductiblemente encarnada (117). Mientras que es verdad que las creencias escatologicamente reductoras en un “alma corpórea” incluyendo “el sueño” o “muerte” de esa alma, emergieron generalmente dentro de las críticas racionalistas del culto de los santos, podían también demandar ser una expresión legítima de la tradición cristiana.  En el nacimiento, una persona entra en el mundo con el cuerpo y el alma solamente, pero en el bautismo recibió el Espíritu Santo como aspecto de su personalidad e individualidad.  A la muerte, el Espíritu Santo volvió a su fuente en Dios, mientras que el alma (es decir, “el alma corpórea” o espíritu animal ligado a la sangre) entra en un período del sueño hasta el día del resurrection, en cuyo momento se reuniría con el Espíritu Santo y vendría a una nueva vida (118).

Cuando estas dos tradiciones rivales se reunieron, produjo aún más disyunciones, tales como la noción de “dos almas”, una dualidad dentro del uno mismo experimentado como condición simultánea del enlace y liberación.  La condición interior precaria del uno mismo dividido fue exteriorizada dramáticamente en las narrativas de ángeles y los demonios que luchan en las aduanas celestiales, siendo paralelo a las interrogaciones sistemáticas del confesonario monastico, así como la inclinación dividida de misericordia divina y justicia (119). Puede también haber sido el caso que la experiencia bizantina separación de las jerarquías de la iglesia y del estado animara la formación de sistemas metafisicos complejos e impositivos.  A nivel narrativo y retórico, estos sistemas, según lo observado arriba, dibujaron en las tradiciones de prueba y tribulation entre vida y post-vida disponibles en muchos estratos de la cultura griega, como si el que moría era un héroe mítico que negociaba a las puertas de Hades.  En un ambiente monástico, el perdón o la condenación de un miembro de la comunidad era de la importancia más grande, como si las prácticas y los ejercicios emprendidos por esa comunidad pudieran de tal modo ser valorados como eficaces o ineficaces.  En el momento de la muerte, el asceta percibió el horror detrás de la posibilidad que incluso después de un curso de la vida de la lucha y de la búsqueda de la pureza, el rescate no estuviera asegurado.  La muerte del individuo se convierte en un momento corporativo en que cada miembro debe reevaluar el nivel que mantiene (120).

 

 117Bremmer, concepto del alma, 14?53 (como arriba, la nota 2),

 

118For una discusión de esta pregunta, considera los estudios de Krüger citados en la nota 69, y Origenes, Commentary on Matthew, , 57,62:  El los dividirá en dos  (cf. mate.  24:50), para los que han pecadose se dividen:  una porción de ellos son puestos con los infieles (cf. Lucas 12:46), pero la parte de ellos que no es de ellos retorna a Dios que lo dio  (Eccl. 12:7).  .  .  .  Dios los dividirá en dos cuando el Espíritul retorne a Dios que lo dio. pero el alma va con su cuerpo al infierno.  Los justos, sin embargo, no se dividen.  En lugar, su alma va con su cuerpo al reino divinoed.  E. Klostermann y E. Benz, GCS 11 (Leipzig, 1933), p. 144.  Vea también el epigram de Manuel Philes Sobre lal Resurreccion que describe almas antes del resurreccion como hasta ahora confinado en sus ataúdes, y que moran al lado de sus cuerpos, ahora siendo liberado de las sombras y de la desesperación, y del hedor de la muerte dentro;  citado en N. Constas, “Gregory the Theologian

and a Byzantine Epigram on the Resurrection by Manuel Philes,” in Rightly Teaching the Word of Truth, ed.

N. Vaporis (Brookline, Mass., 1995), 255–56.

 

119 sobre el cual ver J. Carmen, majestad y mansedumbre:  Un estudio comparativo del contraste y de la armonía en el concepto de Dios (Rapids magnífico, Mich., 1994).  Observar el paralelo con las tradiciones rabínicas, en las cuales Satan no es simplemente una figura del mal completo, sino representa el principio de la justicia que trae el balance al principio de la misericordia;  cf. P. Scha¨fer, Rivalita¨t zwischen Engeln und Menschen: Untersuchungen zur rabbinischen Engelvorstellung (Berlin,

1975), 187, 222.

 

.  120 Ver, por ejemplo, el interés intenso de una comunidad monastica en la muerte de uno de sus miembros descritos por Juan Climaco, Escala de la subida divina, 5 ( La prisión (PG 88:772C?7Á;  trans.  Luibheid, 126).

 

 Otrro modelo que emergió dentro del curso de este estudio es lo que ha descrito Jaroslav Pelikan como cambio crítico del idealismo cristiano al materialism cristiano.  Con el final del último período antiguo, Pelikan observa la aparición de una nueva metafísica y la estética cristiana [ y una ] nueva epistemología cristiana”, agregando que por la época de la controversia iconoclasta, el idealismo cristiano  que era tan prominente, especialmente en el pensamiento de muchos de los padres de la iglesia de Alexandría tales como Clemente y Orígenes, había sido contrabalanceado por un materialismo cristiano. A esta observación general, Henrio Maguire ha agregado otro matiz, observando que el iconoclasmo tuvo un efecto marchitante en lo que él llama los aspectos mágicos de los iconos.  Después del iconoclasmo, argumenta Maguire, no pudo ser por más tiempo la imagen material la que por sí misma era fuente eficaz de poder, sino más bien la presencia hipostatica y la implicación y la actividad personales del santo representado.  La reconceptualization posticonoclástica del icono por lo tanto puso incluso mayores cargas en las almas de los santos difuntos:  fueron privadas de sus apoyos mágicos y materiales, sus propias almas fueron dejadas para hacer todo el trabajo (121).

La teología del icono, por supuesto, formaba parte de una cponcepción bizantina del mundo más amplia, abrazando conceptos implícitos y explícitos de la naturaleza humana, el lugar del uno mismo, y el sino del alma después de la muerte.  Según lo observado arriba, los teólogos bizantinos se opusieron a la reducción de la persona humana a una mera entidad mental, y se esforzaron para resolver un concepto del uno mismo como fundamentalmente encarnado.  En la medida que estos esfuerzos se desplegaron contra el acervo del culto de santos y de reliquias, parecían necesariamente presuponer a la identidad humana un grado fuerte de continuidad espaciotemporal, asegurando que el santo individual continuara ser la misma persona en un cierto plazo, a través del espacio, y más allá de la muerte.  Consecuentemente, los restos mortales de los santos fueron identificados con sus cuerpos escatológicmente gloriosos.  Inversamente, el sentido incrementado de uno mismo como irreduciblemente encarnado añade considerable peso a las experiencias y a las opciones morales de ese cuerpo qué fue descrito arriba como subjetividad corporea, una forma de sentido postmortem entendida como repromulgación de la experiencia del cuerpo (122).

 La noción de la subjetividad corporea nos trae a su vez a otro engarce común que ha funcionado en la mayor parte de los escritores y de las tradiciones considerados en este estudio, a saber, la metáfora de la muerte como estado del sueño y de soñar, en el cual la facultad de del memoria - la modalidad mayor de lo cultura bizantina- juega un papel pivote.  La independencia aparente de la conciencia humano durante sueño proveyó a los bizantinos de una experiencia provechosa y universal compartida que sirvió como marco para las conjeturas sobre la vida futura.  En otras palabaras la imaginación religiosa bizantina hizo uso de la experiencia del sueño y de los sueños para organizar un pensamiento más abstracto proyectando modelos a partir de un dominio de la experiencia en otro.  Durante sueño, el cuerpo está inactivo mientras que el alma conserva activamente el sentido, pensamientos, memorias, y la capacidad de tener emociones.  De esta manera, el entorno del otro mundo fue frecuentemente obligado a ser una especie de mundo de sueños, con las imágenes mentales jugando en el mundo siguiente el papel que desmpeñan en este los sentidos Los sueñoss en palabras de G. K. Chesterton “son

 

121J. Pelikan, Imago Dei: The Byzantine Apologia for Icons (Princeton, N.J., 1990), 99, 107; H. Maguire, The

Icons of Their Bodies (Princeton, N.J., 1996), 138–39.

 

122On which see A. Angenendt, Heilige und Reliquien. Die Geschichte ihres Kultes vom fru¨hen Christentum bis zur

Gegenwart (Munich, 1994), esp. 102–22 (_ “Das Doppelexistenz: Im Himmel und auf Erden”); C. Bynum,

“Why All the Fuss about the Body? A Medievalist’s Perspective,” Critical Inquiry 22 (1995): 1–33. 

                                      

como la vida, solamente más así“ (123). De hecho, la vida futura promete (o amenaza) ser a cada parte tan detallada y viva como ésta, e incluyen una cuerpo-imagen como en los sueños de esta vida.  El mundo más allá del sepulcro es un mundo psicologico y espiritual, más bien que físico.  La supervivencia postmortem (y la continuidad) de la memoria y de la conciencia eran también necesarias para el castigo del pecador, la recompensa del justo, y, como se ha observado, como corolario al culto a los santos.  La memoria se convierte así en el medio crucial y necesario para alcanzar la paz con el pasado y la esperanza del futuro.  Es intrigante observar que la ciencia moderna ha comenzado a entender algunas de las conexiones entre el sueño, los sueños, y la memoria.  Durante sueño, la mente organiza y codifica las experiencias del día, una analogía notable a la creencia bizantina que el sueño de la muerte es un tiempo entregado en gran parte a los procesos de la memoria y de la rumia de la conciencia.  Concluyo volviendo a la cuestión de la escatología bizantina como opinión de uno mismo y de las últimas cosas arraigadas en las experiencias de la oración y de la espiritualitidad. La apocalíptica y la escatología bizantina no eran el tipo que se esperaba que irrumpiera en el mundo violentamente desde fuera.  La apocalíptica exteriorizada de la revelación de Juan fue sellado dentro del único libro de la biblia que nunca fue leída públicamente dentro de la iglesia bizantina.

 En cambio, el reino de Dios era una realidad que prometió irrumpir a través, no desde un punto de fuera del cosmos, sino dentro de las profundidades del uno mismo.  No es así ninguna coincidencia que la especulación patrítica y bizantina con respecto al sino del alma después de que la muerte emergiera dentro de los estrechos, sepultureros confines de la célula monastica, conjurados hacia arriba por una especie de dolientes enlutados (benditos cadáveres vivos según la escala de la subida divina 4) quie se vieron a si mismos como habiendo muerto al mundo y para los que la memoria de la muerte era el punto de la entrada en vida.  En el mismo centro de la vida de Antonio, el fundador del monasticismo oriental enseña esto: “es bueno considerar la palabra del Apostol: ‘Yo muero cada día’ (1 cor 15:31), porque si vivimos también como si murieramos diariamente, no pecaríamos.  Y el significado del dicho es éste: mientras que nos levantamos día por día debemos pensar que no habitaremos hasta la tarde; y otra vez, cuando estamos a punto de acostar para dormir, debemos pensar que no nos levantaremos.  Para nosotros la vida es naturalmente inciertos, y un regalo asignado a nosotros diariamente “(paragr.19).

 Tanto para el centro.  Entre las últimas palabras de Antonio en la conclusión de la vida están éstas: “Respira Cristo.  .  .  y vive como si piensas morir diariamente” (paragr.91;  cf.89).  La paradoja bizantina de la muerte en vida, observada al principio de este estudio, parece haber sido un aspecto importante, no solamente de la teología de la muerte de Antonio, sino de su visión de la vida monástica, es decir, de su modo de estar en el mundo.  Desde esta perspectiva, el vocabulario simbólico de la escatología bizantina, en ambas dimensiones divinas e infernales, combina sin esfuerzo con el vocabulario simbólico de la vida ascética y mística bizantina.  La experiencia de la oscuridad y del aislamiento, de la lucha con los pensamientos y las memorias que se presentan en el curso del confinamiento solitario, el dolor del pecado y de las punzadas de la conciencia como anticipo de condenación inminente (124), de confrontaciones con lo demónico, del deseo de vivir una “vida angelica”, la experiencia de extasis y del transporte extatico, o in corpore o in

 

123Cited in G. Stroumsa, “Dreams and Visions in Early Christian Discourse,” in Dream Cultures: Explorations

in the Comparative History of Dreaming, ed. D. Shulman and G. Stroumsa (Oxford, 1999), 191.

 

124On which see Symeon the New Theologian, On Penitence and the Fear of God (CWS, 254; cf. 330).

 

spiritu  “Yo no se”  (cf. 2 Cor 12:2), la noción del arrepentimiento y  conversión como resurrection interiorizada desde la muerte (125), y el encuentro con Dios como luz  purificacante, son a la vez las características básicas de la espiritualitdad  bizantina y las características básicas del viaje final del alma  a otro hogar.  En Bizancio, la vida futura era de muchas maneras la vida interna tornada de adentro hacia fuera y un ordenamiento general del cosmos.  Los contornos y las dimensiones del mundo interno formaron el paisaje del mundo externo, produciendo un mundo alternativo a través de la transformación subjetiva del uno mismo. 

Los bizantinos no tenían ningún sistema acerca de las últimas cosas.  La escatología seguía siendo para ellos un horizonte abierto dentro de la teología, una apertura quizás prevista para dibujar la experiencia y pensada hacia lo que está más allá de los límites del mundo del espacio y del tiempo.  Quizás la misma inaccesibilidad de las cosas últimas las hizo más actuales y obligantes; un fermento en el orden presente.  No eran las últimas cosas que se esperaba fueran transportadas al cosmos, sino el cosmos el que fue llamado, en y a través del microcosmo, para ser llevado más allá de sí mismo, fuera de sí mismo, en el misterio de Dios, que solamente es la primera cosa y la última. 

 

Universidad de Harvard

 

125Symeon the New Theologian, The Example of Symeon the Pious (CWS, 128–29; cf. 181, 296).