¿QUÉ ES CIVILIZACIÓN?
ANANDA K.
COOMARASWAMY
CAPÍTULO
NUEVE
EL DESTINO, LA PROVIDENCIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO*
Ningún acontecimiento puede
considerarse que ocurre aparte de la posibilidad lógicamente antecedente y
efectivamente inminente de su ocurrencia; y en este sentido, cada nuevo
individuo viene de una potencialidad antenatal, potencialidad que muere como
potencialidad primeramente en la primera concepción de la criatura y después
durante toda la vida a medida que los aspectos de esta potencialidad se reducen
a acto, de acuerdo con una voluntad en parte consciente y en parte inconsciente
que busca siempre realizarse a sí misma. Podemos expresar lo mismo en otras
palabras diciendo que el individuo viene al mundo a cumplir ciertos fines o propósitos
peculiares a sí mismo. El nacimiento es una oportunidad.
El campo del procedimiento desde la
potencialidad al acto es el de la libertad individual, de acuerdo con la
parábola de los talentos, el «libre albedrío» del teólogo es una libertad para
hacer uso o para dejar pasar la oportunidad de devenir lo que uno puede devenir
bajo las circunstancias en las que uno nace; estas «circunstancias» del
nacimiento consisten en su alma-y-cuerpo propios y en el resto de su entorno, o
mundo, definido como un conjunto de posibilidades específico.
Evidentemente, la libertad del
individuo no es ilimitada; no puede llevar a cabo lo imposible, es decir, lo
que es imposible para él, aunque podría ser un posible en algún otro «mundo»
como se define arriba. Hay que destacar, que el individuo no pude haber nacido
de otro modo que como ha nacido, ni poseído otras posibilidades que las que le
dotan naturalmente (por natividad); no puede realizar ambiciones para cuya
realización no existe ninguna provisión en su naturaleza propia; él es él y
nadie más. Ciertas posibilidades específicas y en parte únicas están abiertas a
él, y ciertas otras posibilidades, usualmente más numerosas, están cerradas a
él; es decir, en tanto que ser finito, él no puede ser al mismo tiempo un
hombre en Londres y un león en África. Estas posibilidades e imposibilidades,
que son las de su propia naturaleza, que están predeterminadas por ella, y que
no puede considerarse como habiéndosele impuesto arbitrariamente, sino sólo
como la definición de su propia naturaleza, representan lo que nosotros
llamamos el destino del individuo; todo lo que le acontece al individuo es
meramente la reducción a acto de una posibilidad dada cuando se presenta la
ocasión, mientras que todo lo que no le acontece no era realmente una
posibilidad, sino que sólo se consideraba una posibilidad debido a la
ignorancia.
Así pues, la libertad de la
voluntad individual es la libertad para hacer lo que el individuo puede hacer,
o para contenerse de hacerlo. Todo lo que uno hace efectivamente bajo unas
circunstancias dadas es lo que uno quiere hacer bajo esas circunstancias: el
hecho de ser forzado a actuar o el hecho de sufrir contra la voluntad de uno no
es una coerción de la voluntad, sino de sus implementos, y es sólo en
apariencia una coerción del individuo mismo en la medida en que se identifica a
«sí mismo» con sus implementos. Además, el destino del individuo, lo que él
hará de sí mismo bajo circunstancias dadas, no es enteramente obscuro para él,
sino más bien manifiesto en la medida en que se conoce realmente a sí mismo y
comprende su propia naturaleza. Es notorio que esta medida de providencia no
interfiere en modo alguno en su sentido de libertad; uno piensa meramente en la
decisión futura como si se resolviera una decisión presente. De hecho, hay una
coincidencia de la providencia y el libre albedrío. De la misma manera, pero
dentro del alcance limitado en que se puede conocer realmente la esencia de
otro, uno puede prever su destino peculiar; una providencia que no gobierna en
modo alguno la conducta de esa criatura. Y finalmente, si asumimos una
providencia omnisciente en Dios, que desde su posición en el centro de la rueda
presencia inevitablemente el pasado y el futuro ahora, un «ahora» que
será el mismo ahora mañana que el ahora que fue ayer, ésta no interfiere en la
libertad de ninguna criatura en su propia esfera. Como lo expresa Dante, «La
contingencia… está toda pintada en el aspecto eterno; aunque no saca su
necesidad de ahí» (Paradiso XVI.37 sigs.). Nuestras dificultades aquí
vienen solamente de que nosotros consideramos la providencia como una suerte de
previsión en el sentido temporal, como si uno viera hoy lo que debe acontecer
mañana. Muy lejos de ser una previsión en este sentido temporal, la providencia
divina es una visión siempre simultánea con el acontecimiento. Considerar que
Dios mira adelante hacia un acontecimiento futuro o atrás hacia un
acontecimiento pasado carece de significado, como carece igualmente de
significado preguntar qué hacia Dios «antes» de hacer el mundo.
No se trata en modo alguno de que
sea imposible zafarse de un destino previsto. El destino es para aquellos que
han comido del Árbol, y esto incluye igualmente a esa «fracción» del Espíritu
que entra en todos los seres nacidos, y que parece sufrir con ellos, y a estos
seres creados mismos, en la medida en que se identifican a «sí mismos» con el
cuerpo-y-alma. El destino es necesariamente una pasión de bien y de mal; como
tal, se presenta a nosotros como algo a lo que podemos dar la bienvenida o
tratar de evitar, y que al mismo tiempo no podemos rehuir, sin devenir otro que
el que somos. Esta aceptación nos la explicamos a nosotros mismos en los
términos de la ambición, del coraje, del altruismo, o de la resignación, según
pueda ser el caso. En cualquier caso, es la propia naturaleza de uno la que nos
lleva a perseguir un destino del que estamos preadvertidos, por fatal que pueda
ser el resultado. La futilidad de las advertencias es un tema característico de
la literatura heroica; no se trata de que las advertencias estén
desacreditadas, sino que es el honor del héroe el que requiere de él que
continúe lo que ha comenzado; o también se da el caso de que en el momento
crítico se olvida la advertencia. Por ello decimos que el hombre está
«predestinado».
Un ejemplo notorio de la rehusación
de un destino previsto y sin embargo de la aceptación del mismo puede citarse
en la «vacilación» de un Mesías. Es así como Agni teme ante su destino como
sacerdote sacrificial y auriga cósmico, y debe ser persuadido; así también el
Buddha, «en su aprehensión del sufrimiento» tiene que ser persuadido por
Brahma; y Jesús suplica igualmente «Padre… aparta de mí este cáliz; pero no se
haga como yo quiero, sino como Tú quieres» (San Marcos 14:36), y «Padre,
sálvame de esta hora; pero para esta causa he venido yo a esta hora» (San Juan
12:27).
El deseo no debe confundirse con la
pesadumbre. El deseo presupone una posibilidad que puede ser efectivamente tal,
o que se imagina que es tal. Nosotros no podemos desear lo imposible, sino sólo
apesadumbrarnos ante la imposibilidad. Puede sentirse pesadumbre por lo que ha
acontecido, pero esto no es un deseo de que no hubiera ocurrido; llena de
pesadumbre que «tuviera que acontecer» como lo hizo; pues nada acontece a no
ser por necesidad. Si hay una doctrina en la que la ciencia y la teología están
perfectamente de acuerdo, esa es la doctrina de que el curso de los aconteceres
está determinado causalmente; como dice Santo Tomás, Si Dios gobernara solo (y
no también por medio de las causas mediatas) el mundo sería privado de la
perfección de la causalidad… Todas las cosas (pertenecientes a la cadena del destino)
… son hechas por Dios por medio de las causas segundas» (Summa Theologica
I.103.5 ad 2, y 116.4 ad 1). De manera similar se distingue entre el Brahman,
el Espíritu de Dios, el Uno, como la causa permanente[1],
y su Poder o Medio de operación; conocido como tal por los contemplativos, pero
«considerado» como una pluralidad de «combinaciones causales de tiempo, etc.,
con el espíritu pasible», éste último, «debido a que no es una combinación de
la serie, tiempo, etc.», no es el dueño de su propio destino, mientras que
permanece olvidado de su identidad propia con el Espíritu trascendental. De la
misma manera, se explica que el Brahman no opera arbitrariamente, sino de
acuerdo con propiedades variables inherentes a los caracteres de las cosas como
son en sí mismas, cosas que deben su ser al Brahman, pero que son
individualmente responsables de sus modalidades de ser. Este es, por supuesto,
el punto de vista tradicionalmente ortodoxo; como lo expresa Plotino (VI.4.3)
«se ofrece todo, pero el recipiente es capaz de acoger sólo un tanto», y Boehme
«como es la armonía, es decir, la forma de la vida, en cada cosa, así es
también el sonido de la voz eterna en ella; en el santo, santo, en el perverso,
perverso… por consiguiente, ninguna criatura puede culpar a su creador, como si
él la hiciera mala» .
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