jueves, 1 de marzo de 2018

EL SIMBOLISMO DEL ESPEJO EN LA MÍSTICA ISLÁMICA (Titus Burckhardt)


Titus Burckhardt
EL SIMBOLISMO DEL ESPEJO EN LA MÍSTICA ISLÁMICA
Artículo publicado originalmente en alemán en la revista Symbolon, n° 1, 1960. Traducido al francés por Sylvie Girard e incluido en Aperçus sur la connaisance sacrée, Milano, Archè, 1987.
De entre la riqueza de los símbolos que sirven para expresar la
mística islámica, elegiremos la imagen del espejo, pues se presta
mejor que cualquier otra para mostrar la naturaleza de esta mística,
es decir, su carácter esencialmente "gnóstico", basado en una
percepción directa. El espejo es en efecto el símbolo más directo
de la visión espiritual, de la contemplatio, y en general de la
gnosis, pues a través de él se concreta la relación entre el
sujeto y el objeto.

Al mismo tiempo, puede demostrarse a partir de este ejemplo de qué
manera los diferentes significados de un símbolo relativos a distintos
niveles de realidad, que a veces parecen contradecirse, poseen todos una
profunda vinculación entre sí, y se encuentran reunidos en el
significado más elevado de la imagen, que es un significado puramente
espiritual.

Estas interpretaciones múltiples forman parte del carácter
propio del símbolo; es ahí donde reside su ventaja con respecto a la
definición conceptual. Mientras que esta última integra un concepto
dado en un contexto lógico y, en consecuencia, lo determina en un
cierto nivel, el símbolo permanece abierto, sin por ello ser
impreciso; es ante todo una "clave" que da acceso a realidades que
superan el ámbito de la razón.

Igualmente pueden estas "realidades" que superan la razón ser
llamadas "verdades"; e insistiremos sobre este hecho, pues demasiado
corrientemente se admite hoy en día que el simbolismo puede tener una
explicación puramente psicológica. La interpretación psicológica
de un símbolo no puede descartarse de antemano; puede corresponder a
una posibilidad; es preciso, por el contrario, rechazar la tesis según
la cual el verdadero origen de un símbolo se encontraría en el
supuesto "inconsciente colectivo", es decir, en las profundidades
caóticas del alma humana. El contenido de un símbolo no es
irracional, sino, si puede decirse, "supra-racional", es decir,
puramente espiritual. No emitimos con esto una nueva tesis, sino que nos
referimos al conocimiento del simbolismo tal como se halla en toda
tradición auténtica, y tal como ha sido expuesto por autores como
René Guénon, Ananda Coomaraswamy y Frithjof Schuon.

Nuestro objeto es una cuestión de principio: la simbólica del
espejo es a este respecto particularmente instructiva, ya que el espejo
es, en un cierto sentido, el símbolo de los símbolos. En efecto,

puede considerarse a la simbólica como el reflejo figurado de las
ideas no-cautivas, o de los arquetipos. El apóstol Pablo dice en este
sentido: "Vemos ahora como por espejo, de manera oscura, pero entonces
veremos cara a cara. En el presente, mi ciencia es parcial; pero
entonces lo conoceré todo como yo soy conocido" (I Corintios, 13-12).

¿Qué es ese espejo en el que el símbolo aparece como imagen de
un arquetipo eterno? Ante todo la imaginación, si se piensa en el
carácter figurativo, "plástico", del símbolo, contrariamente al de
la noción abstracta. Pero en un sentido más amplio es la razón,
que, en tanto que capacidad para conocer y discernir, refleja el
espíritu puro; y, en un sentido aún más amplio, el espíritu
mismo es el espejo del Ser absoluto. Plotino dice del espíritu
absoluto (nos) que mira al Uno infinito y que, con esta visión, que
jamás llega a asimilar enteramente su objeto, pone en evidencia el
mundo como una imagen siempre incompleta; es como un reflejo quebrado
ininterrumpido.

Según una sentencia del Profeta Muhammad, "hay para cada cosa un
medio para pulirla, y quitarle la herrumbre. Y lo que sirve para pulir
el corazón es el recuerdo (dhikr) de Dios". El corazón, el verdadero
centro del ser humano, es entonces como un espejo que debe ser puro para
poder recibir la luz del espíritu divino.

Puede establecerse una comparación con el dogma del Budismo
T'chan del Norte. "Todos los seres poseen en el origen la
iluminación espiritual, de la misma manera que brillar está en la
naturaleza del espejo. Si, por el contrario, las pasiones velan el
espejo, éste es entonces invisible, como si estuviera cubierto de
polvo. Si los malos pensamientos son domeñados y destruidos según
las indicaciones del Maestro, cesan entonces de manifestarse. Entonces
el espíritu se aclara, como corresponde a su naturaleza propia, y en
él nada permanece oculto. Es como pulir un espejo..." (Tsung-mi). Esta
frase podría encontrarse en un texto sufí, es decir, en un texto de
la mística islámica.

Cuando el corazón se convierte en un espejo puro, entonces el
mundo se refleja en él tal como realmente es, es decir, sin las
deformaciones debidas al pensamiento pasional. Por otra parte, el
corazón refleja la verdad divina de manera más o menos directa, es
decir, primero en forma de símbolos (ishârât), después en forma
de las cualidades espirituales (Çifât) o de las entidades
(a'yn) que están en la base de los símbolos, y finalmente como
verdad divina (hagîgah).

Recordemos aquí el espejo sagrado, que desempeña un papel tan
importante en las tradiciones del Tao y del Shinto. El espejo sagrado
del Shinto, conservado en el templo de Ιse, significa la verdad o la
veracidad. Según la leyenda, los dioses lo fabricaron para que la
diosa del Sol Amaterasu saliera de la gruta en la que se había
retirado y para traer así la luz al mundo. Cuando la diosa lanzó una
mirada al exterior vio su propia luz en el espejo, la tomó por un
segundo sol y, por curiosidad, salió de la cueva. Esto indica, entre

otros significados, que el corazón, por su capacidad de reflejar -por
su veracidad-, atrae a la luz divina.

Todo lo que depende de la ley de la reflexión puede igualmente
servir para describir el proceso espiritual correspondiente. Según
estos términos, la imagen reflejada se comporta de una manera inversa
con respecto a su imagen de origen. Así, la Realidad divina, que lo
abarca todo, aparece en su imagen especular como un centro reducido a un
punto que no se puede alcanzar. La bondad del puro Ser aparece en su
reflejo como un rigor que fulmina, la eternidad como un momento
fugitivo, y así sucesivamente.

La ley de la reflexión significa también que la imagen reflejada
se parece a su imagen de origen desde un punto de vista cualitativo,
aunque distinguiéndose de ella materialmente; el símbolo es su
arquetipo, en la medida en que se hace abstracción de sus limites
materiales -incluso imaginables- y en que no se considera sino su
naturaleza propia.

La ley de la reflexión significa por otra parte que la imagen de
origen aparece de manera más o menos completa y precisa, según la
forma y la posición del espejo. Esto es igualmente válido para la
reflexión espiritual, y es por ello que los maestros del Sufismo dicen
habitualmente que Dios se manifiesta a su servidor según la
disposición o las aptitudes de su corazón. En un cierto sentido,
Dios se adapta a la forma espiritual del corazón, al igual que el agua
adopta el color de su recipiente.

En este sentido, el espejo del corazón es igualmente comparado con
la luna, que refleja la luz del sol de manera más o menos perfecta,
según su posición en el espacio. La luna es el alma (nâfs), que es
iluminada por el espíritu puro (rúh), pero que permanece prisionera
de lo temporal, de modo que sufre un cambio (talwîn) en el nivel de su
receptividad.

El proceso de la reflexión es quizá el símbolo más perfecto
del "proceso" del conocimiento, que la razón no alcanza a agotar
completamente en cuanto a su sentido. El espejo es lo que refleja, en la
medida exacta en que lo refleja. Al igual, el corazón -o el espíritu
de conocimiento-, que refleja el mundo múltiple, es este mundo, a la
manera de este mundo, a saber, con la separación entre el objeto y el
sujeto, el interior y el exterior. En la medida en que el espejo del
corazón refleja al Ser divino, él lo es, y ello a la manera entera,
indivisible, del Ser puro. En este sentido, el apóstol Pablo dice:
"Pero en el presente se refleja en nosotros la claridad del Señor a
rostro descubierto, y somos iluminados en la misma imagen, de una
claridad a otra...".

Consideremos ahora el mismo símbolo desde otro punto de vista.
Hasan aΙ-Basrî, uno de los primeros místicos del Islam, compara al
mundo en su relación con Dios con un reflejo que el sol proyecta sobre
un plano de agua. Todo lo que podemos percibir de ese reflejo proviene
de su imagen original, pero ésta es independiente de su imagen
reflejada, e infinitamente superior a ésta.


Para comprender este símbolo según la doctrina de la "unicidad
de la existencia" ('wahdat al-wujûd), que ocupa un lugar fundamental
en la mística islámica, es necesario recordar que la luz representa
al Ser y que, en consecuencia, la oscuridad representa la nada; lo que
es visible es la presencia, y lo que no es visible es la ausencia. Se ve
entonces del espejo lo que en él se refleja. La existencia del espejo
se descubre por la posibilidad de ese reflejo. En tanto que tal, no
obstante, sin la luz que cae sobre él el espejo es invisible, lo que
significa, según el sentido del símbolo, que no hay espejo en tanto
que tal.

A partir de aquí, existe una conexión con la teoría india de
la Μâyâ, la fuerza divina mediante cuyo poder el infinito se
manifiesta de manera finita y se disimula tras el velo de la ilusión
Esta ilusión consiste justamente en el hecho de que la
manifestación, es decir, igualmente el reflejo, aparece como algo que
existe aparte de la unidad infinita. Es la Μâyâ lo que produce este
efecto, la Μâyâ que, fuera de los reflejos que sobre ella se
proyectan, no es nada más que una simple posibilidad o una capacidad
del infinito.

Si el mundo en tanto que totalidad es el espejo de Dios, el hombre,
en su naturaleza original, que en si misma resume el mundo entero
cualitativamente, es igualmente el espejo del Uno. A propósito de
ello, Μuhyîd-Dîn Ibn `Arabî (del siglo XII) escribe: "Dios
(al-hagq) quiso ver las esencias (a'yn) de Sus Nombres perfectos
(al-asmâ al-husnâ), que el número no podría agotar, y, si tú
quieres, puedes igualmente decir: Dios quiso ver Su propia esencia
('ayn) en un objeto (kawn) global, que, dotado de la existencia
(al-wujûd), resume todo el orden divino (al-amr), a fin de manifestar
con ello Su misterio (sirr) a SI mismo. Pues la visión (ru'yâ)
que tiene el ser de si mismo en si mismo no es igual a la que le
procura otra realidad de la que se sirve como de un espejo: él se
manifiesta a si mismo en la forma que resulta del "lugar" de la
visión; ésta no existiría sin ese "plano de reflexión", y sin el
rayó que se refleja...". Este objeto, comenta lbn `Arabî, es por un
lado la materia original (al-gâbil), y por otro Adán; la materia
original es, en cierta medida, el espejo que es aún oscuro y en el que
ninguna luz ha aparecido todavía, pero Adán es en cambio la
claridad misma de ese espejo y el espíritu de esta forma.. "
(FuÇûÇ al-Hikam, capítulo sobre Adán).

El hombre es entonces el espejo de Dios. Pero, desde otro punto de
vista más secreto, Dios es el espejo del hombre. En la misma obra
(capítulo sobre Seth), Ibn 'Arabî escribe también: "...el sujeto
que recibe la revelación esencial no verá sino su propia "forma" en
el espejo de Dios; no verá a Dios -es imposible que Le vea-, aunque
sabe que no ve su propia "forma" más que en virtud del ese espejo
divino. Esto es análogo a lo que ocurre con un espejo corporal;
contemplando las formas, tú no ves el espejo, aunque sepas que no ves
estas formas -o tu propia forma- sino en virtud del espejo. Este 

fenόmeno lo ha manifestado Dios como símbolo particularmente apropiado a Su revelación esencial, para que aquel a quien ΈΙ se revele sepa que no Le ve; no existe símbolo más directo y más conforme a la contemplación y a la revelación de la que tratamos. Intenta pues ver el cuerpo del espejo mirando la forma que en él se refleja; jamás lo verás al mismo tiempo. Esto es tan cierto que algunos, observando esta ley de las cosas reflejadas en los espejos [corporales o espirituales], han pretendido que la forma reflejada se interpone entre la vista del que contempla y el propio espejo; esto es lo más alto que han logrado en el dominio del conocimiento espiritual; pero, en realidad, la cosa es tal como acabamos de decir, [a saber, que la forma reflejada no oculta esencialmente al espejo, sino que éste la manifiesta]. Por lo demás, ya hemos explicado esto en nuestro libro de las "Revelaciones de la Meca" (al-Futûhât al-Makkiyah). Si supieras esto, sabrías el limite extremo que la criatura como tal puede
alcanzar [en su conocimiento "objetivo"]; no aspires pues a más, y no fatigues tu alma tratando de superar este grado, pues no hay allí, en principio y en definitiva, sino pura no-existencia [al ser la Esencia no manifestada]".

El Maestro Eckhart escribe a propósito de ello: "ΕΙ alma se
contempla a sí misma en el espejo de la divinidad. Dios es él mismo el espejo que desvela a quien él quiere y que vela a quien él quiere... En la medida exacta en que el alma es capaz de superar toda palabra, en esta medida ella se acerca al espejo. Es en el espejo donde se cumple la unión como una igualdad pura e indiferenciada".
El sufí Suhrawardi de Alepo (siglo XII) escribe que el hombre en camino hacia su Si descubre primero que el mundo entero está contenido en él mismo, pues es sujeto conocedor; se ve como el espejo en el que todos los arquetipos eternos aparecen como formas efímeras. Pero después toma conciencia de que él no posee existencia propia; su propio Yo en tanto que sujeto se le escapa, y no queda sino Dios como sujeto de todo conocimiento.

Muhyîd-Dîn Ibn Arabî escribe en otro lugar: "Dios es
entonces el espejo en el que tú te ves a ti mismo, así como tú eres Su espejo en el que ΈΙ contempla Sus Nombres. Ahora bien, éstos no son sino ΈΙ mismo, de manera que la realidad se invierte y deviene ambigua...".

Tanto en un caso como en otro, sea Dios el espejo del hombre o el hombre el espejo de Dios, el espejo significa siempre el sujeto conocedor, que en tanto que tal no puede ser al mismo tiempo el objeto del conocimiento. Pero esto no es válido sin ninguna restricción más que para el sujeto divino, el "testigo" eterno (shahîd) de todos los seres manifestados; es el espejo infinito, cuya "substancia" no puede ser asimilada en modo alguno, pero que no obstante puede ser conocida en un cierto sentido, ya que se puede saber que todos los seres no pueden ser conocidos más que en él. Todo esto ilumina igualmente las palabras que Dante pone en boca de Adán, y sobre las cuales se han afrontado ya muy diversas interpretaciones. Adán dice del deseo de Dante: "porque la veo en el veraz espejo que hace de sí reflejo en otras cosas, mas las otras en él no se reflejan"

"perch'iο la veggio ne; verace speglio che fa di sé pareglio all'altre cose, e nulla face lui di sé pareglio"
Paraíso, XXVI, versos 106 y siguientes.
En cuanto a esto, dice Farid-ud-Din `Attar:
"Venid, átomos errantes, volved a vuestro centro
y convertíos en el espejo eterno que habéis contemplado..."

miércoles, 28 de febrero de 2018

Numerología de las tradiciones abrahámicas (Nikos Vardhikas)

Numerología de las tradiciones abrahámicas

Por Nikos VARDHIKAS

(Vers la Tradition)

Tomando como base el artículo de R. Guénon "Remarques sur la production des nombres" (La Gnose, Junio Agosto 1910, reimpreso en "Mélanges", 1976, pp. 58-68), podemos establecer para las tradiciones abrahámicas tablas basadas en su concepción de la divinidad y los símbolos dominantes de cada rama (que consideraremos como indicando el método particular de cada tradición), y así concluir en su finalidad.

Judaísmo:
Divinidad: 1 - Símbolos: 6,7 (estrella de David y menorah) - Finalidad: 7 (6 + 1), 8
Cristianismo:
Divinidad: 3 - Símbolos: 4,7 (cruz y crisma, inscritos en un círculo) - Finalidad: 7 (3 + 4), 10 (adición) 12,3 (multiplicación)
Islam:
Divinidad: 1 - Símbolos: 8,10 (: 2) (dos cuadrados anidados, media luna + estrella) Finalidad: 9,11 (6)

Llegamos a las finalidades añadiendo el número de la divinidad con los símbolos de la tradición. El cristianismo es la única tradición para la cual, debido a su divinidad "dinamica" (1 = 3), también es posible multiplicar símbolos y divinidad.

El 10 como la finalidad del cristianismo no sólo sale del 7+3, sino también del hecho de que el 4 es el tetraktys, ya que el 3 proviene de la serie 1-2-3 de la Trinidad. Por eso se considera que el propósito dominante del cristianismo es el décimo y no el séptimo.

Hemos indicado la manera en que se producen los números, para diferenciar su simbiosis; el cristianismo comparte con el judaísmo un propósito "7", pero se produce de una manera diferente.
Utilizando la interpretación de los números del mencionado artículo de Guénon, podemos hacer algunas observaciones.

Judaísmo

Representa una continuidad notable: 6,7,7,8 entre su método y su fin. La presencia de 7 en las dos "rúbricas" refuerza aún más esta homogeneidad.
El judaísmo se presenta como una forma de cubrir todo el mundo manifestado, por lo tanto como una forma natural basada en un método de este mundo, y por lo tanto necesariamente ritual. Parece que es él, más que el Islam que se vuelca al futuro, quien es el más rico en "alabar" y recordar a Dios a quien debemos nuestra existencia.

Cristianismo

Se basa enteramente en la manifestación de la Palabra en la naturaleza, y es, por lo tanto, un camino del corazón que puede ofrecer un "atajo" para salir del camino completamente natural.
(Comienza en 4: el Verbo manifestado; termina en 10: la manifestación total del ser. Su divinidad, el 3, es la divinidad manifestada, aunque no todavía material.

Es, por lo tanto, en realidad, la vía "media", como lo es cronológicamente también (1).
Su método (el Principio de Creación en éste) parece indicar la participabilidad en lo divino.
Si uno admite sólo 6 para el crisma (ponemos 7 porque generalmente está en un círculo), las conclusiones finales no cambian mucho.

Por otra parte, si aceptamos la multiplicación símbolos y divinidad, tenemos 4 x 3 = 12 (ciclo completo) y 6 x 3 = 18 = 9 (manifestación material completa - comienzo del Islam) o 7 x 3 = 21 = 3,  alcanzar la divinidad (manifestada y no manifiesta, es decir, la divinidad "inteligible", pero no pura no-manifestación).

7 x 3 indica la naturaleza en los tres mundos, es decir, la naturaleza en los tres mundos, es decir el fin de los pequeños misterios.

6 x 3 indica la creación en los tres mundos, es decir, el principio de los pequeños misterios.
Con esta multiplicación (= uso del atajo transformador cristiano), el cristianismo sobrevive al Islam en el siglo futuro; de lo contrario, se extingue antes. Por supuesto, como ésta es una forma esotérica, habría sobrevivido de todos modos, pero aquí se nos dice que sólo ella sobrevivirá. Cabe señalar aquí que el Islam considera a Jesús como el profeta que volverá el día del juicio.

Islam

Desde el principio, uno puede notar una "secuela" en los objetivos de las tres tradiciones:
El Islam comienza en el 8 donde termina el judaísmo, pero también en el 10 lugar donde termina el cristianismo. Esta doble salida del Islam sobre los objetivos de los otros dos monoteísmos confirma su carácter como la última religión revelada.

La misma conclusión se impone por las dos finalidades del Islam:

El 9, que indica la finalización de la creación y un ciclo completo (pero parcial, siendo el ciclo más general simbolizado por el 12).
Y el 11, que indica el paso al siguiente ciclo.
El método del Islam (final de la Creación y Manifestación total del Ser) parece ser, como su finalidad, un método de conservación hasta el final del ciclo. Es, por lo tanto, el mínimo necesario al final de los tiempos para la "salvación".

Islam y cristianismo

El hecho de que el 10 del islam esté representado por un semicírculo con su centro, mientras que el décimo cristiano proviene del desarrollo de los tetraktys indica, además, que el islam no constituye, en sentido estricto, una culminación del cristianismo, sino más bien una rectificación (obviamente reductora) de un cristianismo desviado.

Cristianismo y Judaísmo

Comparten, como método, el 7 (6 + 1) o el 6 según si el crisma está en círculo o no.
Esto indica un ordenamiento (ritual?) de la creación, las fuerzas naturales que recuerdan su principio.
La judeidad de Jesús y el Antiguo Testamento comúnmente aceptado refuerzan esta conclusión.
En sus finalidades, las dos tradiciones comparten el 7 de nuevo, producido de manera diferente (6 + 1,4 + 3). Se trata siempre  de ordenar la creación, pero el cristianismo innova recordando la presencia de la divinidad en la creación y lo inverso (deificación), donde el judaísmo se contenta con afirmar que su método es su finalidad: la doxología perpetua.

Judaísmo e Islam

Se completan en tanto que principio y fin de la creación material y se afirman como vías naturales y devocionales, inaugurando y clausurando la revelación.

 Si, desde ciertos lados, se puede hablar de continuum, el judaísmo que va de 6 a 8 y el Islam de 8 a 11, no hay que olvidar el terreno cristiano, del 4 (antes, pues, del principio de creación material pues “Antes que Abrahan fuero yo soy”) al 10; el cristianismo constituye así una tradición a la vez de acuerdo con las dos otras y profundamente original en relación con ellas, en cuanto a su método que puede ser "abrupto". Se nos recuerda aquí, por tanto, la posibilidad que el cristianismo nos brinda de superar a la naturaleza, ha existido desde antes de la existencia misma de esta tradición.
Las tres tradiciones, en cualquier caso, no parecen estar interesadas en una visión "global" que vaya más allá del mundo, aunque se puede decir que el cristianismo va más "hacia atrás" (antes de la manifestación) y el Islam más "hacia adelante" (después del fin del ciclo). Paradójicamente, es el judaísmo, la primera tradición desde un punto de vista cronológico, la que parece ser la más arraigada en este ciclo.

La conclusión más interesante nos parece ser la que se refiere al propósito de las tres ramas abrahámicas.

El judaísmo aparece como el que ordena la vida aquí abajo para vivir bien, recordando sus orígenes: el cristianismo propone un camino unitivo: el Islam constituye el viatico mínimo para el más allá.
Finalmente, a pesar de nuestra costumbre de hablar del continuum "Judeo-Cristiano", el concepto de judeo-islamismo también debería ser inventado. Entre las dos ramas semíticas del monoteísmo, hay mucha más "continuidad" que el judaísmo y el cristianismo; este último "desarrolla" la enseñanza judía hasta sus límites (cf.  Las analogías Génesis/Éxodo con encarnación/resurrección o víspera con María, etc.), pero al hacerlo innova mucho más que el Islam que aparece como un "retorno" al fitrah semítico, simplificando y nivelando, deshaciéndose de las sutilezas "griegas" que también son sinagógales.

He aquí lo que Guénon dice sobre los números que nos interesan aquí:

3 Manifestación del Ser-Unidad (1), la única a través del cual podemos concebirlo.
4. Expansión total de la primera manifestación de la Unidad receptora, el Verbo Manifestado, Adam Kadmon, Emanación; de ella derivan todos los otros grados de la manifestación del Ser (1 + 2 + 3 + 3 + 4 = 10).
6 Consecuencia necesaria del ternario (1 + 2 + 3 = 6); punto de partida de la Creación.
7 Símbolo de las fuerzas naturales, Creación revestida de formas.
8. Realización material, límite de la manifestación del Ser, el Mundo material, Equilibrio, límite en las distinciones que creamos entre las cosas.
9 Multiplicidad, jerarquía de los tres mundos.

10 Manifestación total del Ser, pleno desarrollo de la Unidad, la Unidad realizada en la multiplicidad.
Podemos elaborar el siguiente esquema, en cuanto a los métodos y propósitos de las tres religiones, teniendo en cuenta que no tiene nada de cronológico:

3      4     5     6     7       8      9     10    11     12

                      0     0 •     •                                         JUDAISMO

•    0              0      0 •                     •                 •       CRISTIANISMO

                                        O      •     o        •               ISLAM


o= método                    • = finalidad

NOTA
1 - Sobre este tema (la vía del medio), ver la discusión entre el emperador Manuel Il Paleólogo y un turco Mudarris, Ankara, en 1390/1 o 1391/2.
Edición y  traducción de la 7ªme controversia por Théodore Khoury, CERF (Sources: Christiannes Nº115), París 1966.