viernes, 28 de marzo de 2008

EL regionalisma y la comunidad autónoma (Castilla-La Mancha). Un ejemplo de palabras ameba

Como aplicación del lenguaje de palabras ameba, elásticas y chiclosas aptas para todo tipo de logomaquias huecas, verborrea insulsa y políticamente correcta, expuestos sintéticamente sus principios básicos de funcionamiento por Vladimir Volkoff en este mismo blog, se inserta a manera de ilustración el siguiente artículo, todo una pieza antológica de género.

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EL REGIONALISMO Y LA COMUNIDAD AUTÓNOMA

Publicado en Castilla-La Mancha. La tierra del Quijote, Número, 45, (2006), pp. 56-61.


Dentro del propósito general de esta serie de trabajos sobre las señas de identidad en nuestra región, el presente artículo intenta efectuar una aproximación al fenómeno del regionalismo político en Castilla­La Mancha. Para ello se ha optado por partir de una triple perspectiva de carácter temporal marcada por la conocida división entre pasado, presente y futuro. Siendo así, conviene señalar que la primera parte del mismo se ocupará de analizar el surgimiento y evolución en la época contemporánea de las ideas y movimientos regionalistas en las provincias que hoy conforman Castilla­La Mancha. El segundo apartado centra su atención en el momento en que se produjo la actual plasmación institucional de unas renovadas inquietudes autonomistas, es decir, el período de la transición y consolidación democrática. La tercera y última parte de este estudio toma forma a través de una serie de reflexiones que intentan anticipar cuáles serán, en un futuro inmediato, las claves en torno a las que girará la cuestión regional en el contexto del Estado español y más concretamente en la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.


¿REGIONALISMO CASTELLANO-MANCHEGO ANTES DE CASTILLA-LA MANCHA?
Rastrear en los orígenes del regionalismo político entre las gentes que vivieron en los territorios que hoy componen la Comunidad Autónoma de Castilla­La Mancha resulta una tarea en sumo grado compleja. Una dificultad que se explica por una sencilla razón: con anterioridad a la implantación del actual sistema descentralizador nacido con la democracia, apenas existieron dichas inquietudes regionalistas entre los habitantes de las cinco provincias. Siendo aún más exactos en esta apreciación: las escasas que se dieron, carecieron en todo momento de una entidad suficiente o de una trascendencia notoria. No obstante, sería injusto dejar sentada aquí la idea de que el regionalismo no prendió en absoluto en estos territorios hasta la transición democrática. Aunque a mucha distancia de otras áreas del Estado, también broto aquí la semilla del regionalismo.

Y al igual que sucede respecto a otros lugares, son los años finales del siglo XIX y principios del XX el período al que necesariamente hay que remontarse para iniciar esta aproximación. Durante esta etapa las reivindicaciones regionalistas cobran en España una fuerza desconocida hasta entonces. Algo especialmente evidente tras el desastre colonial del 98, acontecimiento que condujo a un replanteamiento global de todas las esencias nacionales y al cuestionamiento del orden centralista vigente hasta el momento. Este fenómeno, que se detectó con especial nitidez en sociedades dotadas de una cierta conciencia de identidad basada en las tradiciones, en la lengua y en la historia
– de manera singular en Cataluña y el País Vasco – no dejó de notarse en otras zonas del país, transmutándose en unos movimientos reivindicativos que en la mayoría de los casos no fueron sino corrientes de reacción opuestas a las reclamaciones vascas y catalanas. Así sucedería en buena medida en lo que hoy es Castilla­La Mancha. Un regionalismo – el surgido en este territorio – que estaría, además, marcado por una singularidad expresada de manera emblemática en la denominación actual de la Comunidad Autónoma. Esta particularidad no es sino la existencia en estas provincias de un claro dualismo castellano/manchego. Dos formas distintas – aunque en ocasiones la primera subsumiera a la segunda – de afrontar el afán regionalista, y que marcarían los cortos y leves momentos de refulgir regionalista en estas tierras.

En cualquier caso hasta la llegada de la II República esos instantes se vieron concretados en contadas realizaciones. Entre las más sobresalientes se podría destacar la creación en 1906 del Centro Regional Manchego en Madrid, la celebración de una Asamblea de la Juventud Central Manchega en 1919, o los tenues e infructuosos intentos de crear una Mancomunidad de provincias a inspiración de la catalana, proyecto este que volvería a recuperarse – para ser de nuevo muy pronto desechado – durante la dictadura de Primo de Rivera. Durante el régimen republicano, al rebufo de las posibilidades de descentralización que el llamado Estado Integral ofrecía, también en Castilla-La Mancha se exploraron las vías autonomistas. Así, en agosto de 1931 tenía lugar en Madrid una reunión de los diputados de las provincias manchegas, planteándose en dicho encuentro la viabilidad de un proceso político que terminase en la institución de un Estatuto manchego. Otras circunstancias como el surgimiento de una Agrupación Regionalista de Toledo en julio de ese año, o la creación en octubre de 1932 de un Partido Autónomo Manchego en Ciudad Real, demostraron el resurgir del regionalismo manchego. Pero ninguno de estos esfuerzos llegó a cristalizar en resultados tangibles.

Y si escasos e intrascendentes fueron los ensayos regionalistas en etapas anteriores a la Guerra Civil, durante la subsiguiente dictadura franquista las tentativas en este sentido fueron insignificantes por no decir inexistentes. Tan sólo un ligero logro merece ser notado: la constitución en 1962 del Consejo Económico Sindical Interprovincial de La Mancha que tendría como principal misión la coordinación de los Consejos Provinciales de Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo. En Castilla­La Mancha – en consonancia con lo acontecido en el resto del Estado – franquismo fue sinónimo de autoritarismo, centralismo, y falsa homogeneidad; panorama este aderezado en nuestra región con buenas dosis de atraso, marginación y pobreza.



DEMOCRACIA, AUTONOMÍA Y REGIONALISMO: 1976-2006.

No eran hondos ni firmes, pues, los cimientos sobre los que tenía que intentar levantarse la autonomía castellano-manchega. En la memoria histórica de los habitantes de estas tierras difícilmente se podía recurrir al anhelo común del pasado como justificador de unas emergencias regionalistas, que con el retorno de la democracia, se hicieron – entonces sí – más reales y posibles que nunca. Partiendo de este hecho, no es menos cierto que en estos treinta años que han transcurrido desde el final de la dictadura franquista, Castilla­La Mancha surge y se apuntala como nuevo ente referencial para las vidas de los habitantes de sus cinco provincias. Dentro de este proceso se pueden establecer dos fases bien diferenciadas: aquella que se podría denominar como de “gestación regional”, que tuvo lugar entre los años 1976 a 1983, y una segunda fase de “consolidación autonómica” que se extiende desde esa fecha hasta el presente.

Durante esa primera fase de “gestación regional” acontece el nacimiento a la Historia de la región castellano­manchega como nuevo organismo político­institucional. Dicho mecanismo se inserta dentro de lo que podríamos calificar como “transición territorial o autonómica”, es decir, los años en que quedaron cerradas – no del todo como tozudamente se empeña en recordarnos la actualidad política de nuestros días – las bases del sistema de organización territorial del Estado. El mencionado proceso de descentralización generalizada, fue consecuencia directa de la conjugación de toda una serie de factores: las fuertes reivindicaciones nacionalistas existentes en Cataluña y el País Vasco, la identificación “autonomía-democracia” que se produjo durante la dictadura en buena parte del espectro ideológico antifranquista, y la percepción cada vez más extendida de que el centralismo franquista estaba agotado como eficaz modelo de gestión administrativa. Si a estos motivos se le añade el deseo de diluir las particularidades vasca y catalana, y los efectos de emulación que con prontitud las élites políticas emprendieron en otro lugares del país, encontramos plenamente caracterizado el esquema que marca la puesta en marcha del famoso “café para todos”, el que explica entre otras cosas el nacimiento de Castilla-La Mancha.

Los orígenes de este proceso se detectan aún en momentos predemocráticos, siendo el mejor ejemplo de ello la reunión de procuradores franquistas que tuvo lugar en la localidad conquense de Mota del Cuervo a finales del mes de mayo de 1976, convocatoria a la que acudieron representantes ya de las cinco provincias. El final del mismo puede fijarse en el mes de mayo de 1983, con la celebración de las primeras elecciones autonómicas y la constitución de las primeras Cortes Regionales elegidas directamente por los castellano­manchegos. Entre ambos momentos se situaron acontecimientos tales como la etapa preautonómica, el cumplimiento de los requisitos marcados por el Artículo 143 de la Constitución, la asunción de las primeras competencias, y como hecho más destacado la promulgación en agosto de 1982 del Estatuto de Autonomía de la región. Y a lo largo de estos años la superación también de los obstáculos y debates que dificultaron el proceso: el debate en torno a la inclusión de Madrid, las dudas de Guadalajara y Albacete, las dificultades derivadas del provincialismo, de la lucha política y la que muy posiblemente constituyó la principal de las trabas, la falta de espíritu o identidad regional. A la altura de 1982 apenas la mitad de los castellano­manchegos identificaban correctamente la composición provincial de su región o podían citar con exactitud la denominación oficial de la misma.
En 1983 finalizaba, pues, un proceso de culminación político­institucional, que con su reafirmación ha posibilitado esa nueva fase que he calificado de “consolidación autonómica”. Esta nueva etapa que llega hasta el presente se ha fundamentado en dos pilares esenciales. En primer lugar, habría que aludir al consenso generalizado respecto al modelo de organización territorial. A pesar de evidentes – y ciertamente no menores – desajustes respecto al cierre definitivo del modelo; la vigencia y permanencia del Estado descentralizado en España no parece estar en cuestión. En la medida en que esto es así, la existencia de Castilla­La Mancha parece estar también garantizada.

El segundo factor que ha contribuido a esta etapa de afianzamiento autonómico tiene que ver con la visión que los propios castellano-mnnchegos han podido ir haciéndose de su autonomía en todos estos años. El acceso y el disfrute de la autonomía han coincidido en el tiempo con el período de mayor desarrollo y progreso en la historia de estas tierras. Los castellano-manchegos han visto como sus condiciones de vida en todos los sentidos han cambiado a mejor de forma fulgurante. Todo ello unido al cuarto de siglo ya de existencia regional, ha ido afianzando la idea y el valor de Castilla-La Mancha en la mente de sus habitantes. En 1976 muy pocos eran los que en estas cinco provincia enarbolaban la bandera del regionalismo. Treinta años después, sin embargo, Castilla-La Mancha aparece como una realidad plenamente consolidada.






CASTILLA-LA MANCHA: FUTURO REGIONAL Y FUTURO DEL REGIONALISMO.

Los nuevos retos que se avecinan en el futuro del regionalismo en Castilla-La Mancha – ambos determinados fundamentalmente por su pertenencia a los contextos español y europeo – pueden ser englobados en dos grandes líneas. Dos tipos de problemáticas que, sin bien poseen caracteres y dinámicas propias, no escapan a una inevitable e intensa influencia recíproca con unas interconexiones tan estrechas entre sí que muchas veces los hacen indistinguibles. Por un lado, será interesante ver en los próximos años como evolucionará en nuestra región – como también en otras del ámbito estatal – todo lo relacionado con el complejo entramado de lo identitario. Comprobar en qué medida los castellano-manchegos nos identificaremos como tales – en contraposición o prevalencia a la identificación como españoles – o como integrantes de otros ámbitos territoriales diferentes, será un elemento de valor esencial para ver hacia dónde camina el regionalismo en Castilla-La Mancha.

Pero sin duda dentro del tema regional y nacional el gran protagonismo en el corto y medio plazo, tanto en nuestra Comunidad como en el resto de España, se relaciona de forma directa con lo político­institucional y de forma más concreta aún, con el trabado problema respecto a la organización territorial del Estado español. Lo que verdaderamente está en juego es la forma en que las distintas CC.AA modelarán las posibilidades que el ordenamiento constitucional les ofrece respecto a su acceso y disfrute de la autonomía, y en el mismo sentido, el modo en que el Estado va encauzando, orientando y retocando esos caminos “individuales” para salvaguardar una especie de necesario “equilibrio global”.

En la actualidad buena parte del conjunto de las CC.AA españolas, incluida Castilla-La Mancha, están sometiendo a un proceso de reformas aquellos instrumentos que, tras la Constitución, se erigen en las más elevadas plasmaciones del ordenamiento autonómico español: los Estatutos de Autonomía. Del final de este camino – marcado de manera especial por la aprobación de un nuevo Estatuto catalán y el aún incierto proceso de cese de la violencia en el País Vasco – todo hace pensar que surgirá un remodelado Estado autonómico, acaso más cercano a cerrar el que ha sido uno de los principales problemas en la historia del país, un problema que ni siquiera la Carta Magna y el proceso de democratización han sabido solventar de manera definitiva. En medio de este panorama, y como ya se ha apuntado, Castilla-La Mancha también ha puesto en marcha su propio mecanismo de reforma estatutaria.

¿Cuáles son las principales novedades del nuevo proyecto estatuario respecto al aprobado en 1982? Según declaraciones de los máximos responsables políticos de la región, el nuevo Estatuto tiene como principal finalidad lograr una mejora constante de las condiciones de vida de los castellano­manchegos, prestando especial atención a la profundización de los derechos de ciudadanía con objeto de optimizar la asistencia que los poderes públicos ofrecen a los colectivos más necesitados En este punto, el actual presidente autonómico, José María Barreda Fontes, ha llegado incluso a proponer en sede parlamentaria la inclusión en el texto autonómico de una Carta de Derechos de Ciudadanía. No obstante, está previsto que el nuevo texto estatutario atienda a toda otra serie de aspectos como serían la prevención de riesgos laborales; la plena equiparación de géneros y la protección integral contra la violencia de género; el reconocimiento del derecho a un medio ambiente adecuado y el acceso a la información; y los derechos derivados de la plena protección de los consumidores. Y los que serían los “temas estrella”: por un lado el texto autonómico deberá intentar garantizar el mayor nivel competencial posible que permita la Constitución con relación a una materia tan sensible como la política del agua. De otro, se pretende la creación de un marco solidario y renovado de financiación con cobertura estatutaria, que se inserte plenamente en el precepto constitucional que establece que las capacidades económicas de actuación de las distintas CC.AA deberán estar presididas por el principio de la solidaridad interterritorial.

En definitiva, el Estatuto también deberá definir el marco de relaciones con las otras CC.AA, con el Estado y la Unión Europea, ya que la complejidad de nuestro sistema económico y social provoca que las decisiones de cada Comunidad no afecten únicamente a las disposiciones del Estado en su conjunto, como se suele considerar, sino que también condicionen las políticas del resto de CC.AA. Los desafíos que diseña el porvenir en nuestra región respecto a la idea “regional” quedan ya un poco apartados de los que ocasionó el replanteamiento de la esencia nacional en los albores del siglo XX. Al mismo tiempo, exigen nuevas reformulaciones respecto al problema autonómico que hubo de afrontarse en la transición. En la forma y manera en que – insertos como estamos en un contexto estatal e internacional cada vez más globalizado e interdependiente – se afronten estos retos estará la medida de nuestro futuro como castellano-manchegos.






























































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jueves, 6 de marzo de 2008

martes, 26 de febrero de 2008

Desinformación y lenguaje. Vladimir Volkoff (lenguaje electoral)

¿Quieren ejemplos? (de palabras- amebas). Los pido prestado, con la autorización de Alexandra Viatteau, en su curso enseñado en el Instituto francés de prensa en el marco de la universidad de Paris II. Ella les propone un juego que llama <> (del verbo piper –trucar, cazar con reclamo-, supongo)y que les permitirá componer innumerables palabras- amebas que no presentan ningún significado real pero que se integran perfectamente en no importa que articulo de un periódico político contemporáneo.

Primer miembro de la frase:

con/la situación/presente
considerando/la coyuntura/actual
donde nos lleva/la crisis/que nos ocupa
Teniendo en cuenta/la inercia/que es la nuestra (o)
visto/el callejón sin salida/Inducido (a)
en lo que concierne/al extremo/coyuntural
en el caso particular/de la degradación de las costumbres/contemporánea (o)
cualquiera que sea/la siniestralidad/de este comienzo de siglo
Del hecho de/la dualidad de la situación/de la sociedad
en tanto dure/la baja de confianza/de estos últimos tiempos


Segundo miembro de la frase

conviene/estudiar/todas las
es necesario/examinar/cada una de las
se debe de/tomar en cuenta/la mayoría de las
es preferible/tomar en consideración/todas las
sería interesante/anticipar/el conjunto de las
no es necesario descuidar de/imaginar/la suma de las
no se puede pasar por alto/Preocuparse de/la totalidad de las
es necesario/interesarse en/la globalidad de las
sería bueno /tener en la mente/todas las
es necesario con toda urgencia/acordarse/ ciertas


Tercer miembro de la frase

soluciones/factibles
consecuencias/posibles
problemáticas/ya en nuestra posesión
vías/ofreciéndose a nosotros
alternativas/de sentido común

¿Quiere que ensayemos? En tanto dure la dualidad de la situación que es la nuestra, no es necesario descuidar de tomar en consideración la globalidad de las alternativas posibles. O: Considerando la crisis que nos ocupa, es necesario anticipar todas las problemáticas factibles. En el mismo orden de ideas y siempre para ilustrar el concepto de palabras-ameba, se me permitirá de reproducir pasaje mi Pequeña Historia de la desinformación donde cito al historiador protestante Frangois Bluche y al sacerdote católico Philippe Sulmont que habían “ inventado un juego insípido literatura eclesiástica progresista contemporánea.. . ]. La tabla adjunta-permite forjar 160000 formulas que nosignifican gran cosa pero imitan perfectamente el tono de una cierta tartufería modernista. Basta tomar un verbo en la columna A, hacerlo seguir de un complemento tomado del columna B, y añadir allí añadir un adjetivo de la columna C y añadir allí un complemento determinativo de la de columna D”


A************/B************/C**********/D

reactualizar/la transparencia/esencial /de nuestras diferencias
testimoniar/la dimensión/pastoral/del problema de los jóvenes
animar/el reparto/ecuménico /de la catequesis
llegar a/el compromiso/sociológico/del equipo
estar atento a/la llamada /eclesial/de lo que vive
hacerse presente/con urgencia/querigmática/de la realidad humana
programar/la aproximación/colegial/del tejido local
promover/la responsabilidad/no tranquilizador (a)/de nuestra escucha
concientizar/las prioridades/comunitaria/de nuestros análisis
Tomar a cargo/El riesgo/Extremadamente rico /De nuestra búsqueda
Asumir /Las probabilidades /Plural (les)/De las células de base
Ser interpelado por/La ambivalecia/Ético(a) /Del mundo
Estar concernido por/Las complementaridades/Discernidos (a)/De hoy día
liberar/El contexto/apremiante/De los media cristianos
concebir/El esquema/fundamenta/De las concelebraciones
profundizar/La dialéctica /Radiante /De nuestras respuestas
manifestar/Los cambios/Caritativos (a)/Del militantismo
decir/La solidaridad /Festivo (a)/De los verdaderos mensajes
recurrir/El proyecto/Imperativo (a)/De la unidad
identificarse/Al arraigo/profundo/De nuestras búsquedas

Su turno de ensayo. Naturalmente, es fácil bromear, pero no olvidemos el mensaje más que inquietante de Kara-Mourza: aceptar la lengua del adversario o incluso de un amigo es llegar a ser su prisionero.

Vladimir Volkoff.
La désinformation vue de l’est
Éditions du Rocher 2007
pp. 55-59

jueves, 21 de febrero de 2008

Correo Electrónico




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Secretaría del Cofre

miércoles, 20 de febrero de 2008

Religión remedio a la decadencia y 3 (P. de Meuse)

Continuación

El Comandante: - Y bien, consideremos pues que, para reedificar la ciudad terrestre, solo tenemos necesidad de las lecciones de la naturaleza. Tenemos teólogos que los sostendrán.

Simplicio: - Su análisis no es nuevo. Es tan viejo como el Bajo Imperio, esto es el principio de la era constantiniana, cuando las autoridades cristianas se encontraron frente a los imperativos del orden temporal. Desembocó en una compartimentación de la moral según los objetos a los cuales se aplica. Santo Tomás ha consagrado a esta delimitación el preliminar de su Summa Theologica. La Ética regula los actos de los individuos, lo Económico regula los de los hogares, y la Política los de la Ciudad. Esta clasificación magistral permitió la Cristiandad funcionar durante ocho siglos. Teniendo en cuenta los datos de la experiencia, supo reservar a cada dominio la parte que le permitía organizarse según sus propias reglas de manera a la vez tradicional y humana. Así el príncipe podía guerrear sin faltar a la Caridad, los cristianos podían oponerse entre ellos enarbolando en cada campo las banderas adornadas con la cruz. El poder no era un pecado, la exclusión era generalmente legítima, y la cristiandad estaba erizada de defensas.

El Comandante (exaltándose): ¡- Y bien! Es de eso que tenemos necesidad: de una fe de cruzado, sin reservas mentales ni pesares, de una fe que esgrima la cruz como un emblema sublime, y que permita también ¿como diría yo? Que recomiende, que se la sirva también como de una masa de armas. Una fe que justifique la violencia cuando sirva a la mayor gloria de Dios. Una fe que haga dar espadazos como de los actos de caridad. ¡Quién nos volverá el corazón puro de Balduino IV de Jerusalén, que combatía bajo el sol quemante de la Tierra Santa a pesar de la lepra que lo corroía, cuando su cota de mallas le arrancaba a cada movimiento de su caballo pedazos de carne! ¡Los valientes del siglo XII no conocían estado de ánimo. Ahí está nuestro ejemplo y nuestra vía de salvación.

Simplicio: - Desgraciadamente, parece evidente que esta bello sistema no funciona más desde hace mucho tiempo, y que, a pesar de nuestros esfuerzos, es imposible volver a ponerlo en marcha. En efecto, se basa en la no interferencia de la norma ética sobre la norma de la política desde el momento en que se aplica un acto operado en su esfera, y la aplicación de una ética adaptada para los hombres que ejercen el poder. Dicho de otra manera, en la moral del siglo XI, es una mancha, incluso un pecado personal, para Godofredo de Bouillon, masacrar musulmanes y judíos después de la toma de Jerusalén, el 15 de julio de 1099, pero no necesariamente una falta de política; incluso hubo que llevarse a los altares a este héroe de la pura tradición caballeresca. En cuanto a Bayard, el último gran caballero, el héroe sin miedo y sin reproches, había ordenado colgar en la horca a los todos arcabuceros que sus ejércitos hacían a presos, porque era intolerable que un destripaterrones pudiera tener razón de un caballero a distancia, suprimiendo así la distancia legítima entre los gentilhombres y los plebeyos. En la moral cristiana de siglo XXI, ningún eclesiástico se atrevería a encontrar las excusas que se le prodigaban sin pesar un asesino de viejas damas. La compartimentación moral, ha sido no solamente trastocada, sino invertida, en el sentido de que el acto cometido en la esfera de la Política en violación de regla ética aparece inmediatamente como un pecado contra el espíritu. En "Política", hay polis, que designa la Ciudad. Se basa pues en la distinción fundamental entre el otro (aquél que es extranjero a la ciudad) y el mismo (el conciudadano), distinción que el hombre dotado de responsabilidad debe aplicar en cada instante, en aplicación de una caridad especial para defender a su grupo con relación y, llegado el caso, contra el otro. En el dominio de la gestión de la ciudad, el egoísmo colectivo es pues de rigor. Ahora bien la moral cristiana está precisamente fundada sobre la apertura al otro por compasión. ¿Qué queda de un tal deber de Estado, el de la Política cuándo se suprime la autonomía de los dominios? Nada significativo. Pero es necesario ir más lejos aún. Cuando la sociedad está destruida, cuando las barreras están aplastadas y la sociedad no es más que un magma, la defensa de las identidades no descansa ya sobre la autoridad de los políticos, sino sobre cada uno nosotros, individualmente. Ahí, la moral cristiana hacia el próximo puede revelarse contradictoria con el deber de solidaridad hacia el grupo. Es preciso osar, pienso, plantearse la cuestión. Como Jean Raspail. En una entrevista que otorgó a L’ Opinion indépendant, el 15 de octubre 1999 y cuyas observaciones fueron recogidas por Christlan Authie, el novelista respondió a la cuestión: “¿Pero que hacemos?” que le fue planteada, con las siguientes palabras: “Soy novelista. No tengo teoría, ni sistema, ni ideología a proponer o a defender. Me parece solamente que una única alternativa se presenta ante nosotros: aprender el coraje resignado de ser pobre o encontrar el inflexible coraje de ser ricos. En ambos casos, la caridad llamada cristiana se revelará impotente. Estos tiempos serán crueles.”

El Comandante: - Olvidan que el próximo, es el más cercano, y soy más cercano de mi hermano que de mi primo, de éste que del extranjero que vive en China. Me siento en el deber pues ocupar en primer lugar cuidar al primero en detrimento del segundo, y así sucesivamente. En fin, conocen el razonamiento.

Simplicio: Bello razonamiento, querido Comandante, que he sostenido muchas veces con la convicción de mi delgado talento. Usted me dice que es necesario distinguir deberes según la jerarquía, los que se tiene hacia sus prójimos, y los que se tienen hacia los menos cercanos. Hay toda una gama de contrafuegos y sutilezas casuísticas que se han construido pacientemente por teólogos preocupados con razón defender el orden social. Sin embargo, no se le puede escapar a usted que ha perdido su fuerza, estos últimos tiempos. En efecto, cuando distancias inmensas separan al otro de usted, es casi imposible no dar prioridad a los suyos, en sentido amplio, ya que la eficacia de la relación humana se impone. La moral del prójimo es una evidencia. Pero cuando el otro está por todas partes en torno ustedes, cuando el extranjero está en su calle, su comercio, su escuelas, cuando sus hijos juegan con vuestros hijos que acaba por hablar como él, imitando su acento o sus idiotismos, es difícil no considerarlo como el prójimo en el sentido cristiano, a menos de construir en su propia cabeza las murallas que remplacen las de la ciudad, que se hundieron. Ahí, la moral de apertura al otro interfiere en nuestras acciones, volviendo más difícil el ejercicio de los derechos del grupo, puesto que declara que nada esencial cuenta más que lo búsqueda de la salvación, para las cual la libertad humana es inalienable. Ahora bien ¿de qué argumento moral dispone, por ejemplo, un padre de familla que desea, en una voluntad de continuidad familiar, impedir una unión de su hijo cuya naturaleza misma implica su ruptura irremediable, por ejemplo una diferencia de raza, de clase o de cultura? Muy pocas cosas. Frente a la soberanía del yo, que trastorna todas las lealtades, afirmando que el individuo no pertenece más que a si mismo, y que la cadena inmensa de generaciones pueden ser rota sin respeto ni remordimiento, la teología moral cristiana (que no se suma) no opone más que la virtud de la prudencia, dicho de otra manera una virtud menor, y mientras que nuestras solidaridades se desmantelan por este brecha, su firmeza se disuelve infaliblemente por otra parte bajo el efecto de la moral de la compasión, también segregada en las glándulas del yo íntimo. Asistimos, en uno periodo muy cortos de cuarenta años apenas, al anonadamiento de siglos de humildes tradiciones que daban una identidad a millones de famillas, quienes no se acuerdan más de nada, cuyos retoños han enajenado la totalidad de su memoria, para reducirse voluntariamente a la condición servil como se la definía en la antigüedad, propia de un ser que no conocía sus ascendientes y vive en el simple instante. El vagabundeo marital que constatamos hoy en porciones cada vez más numerosas de la sociedad no hace más que reforzar esta similitud. ¿Quién volverá a dar a los hombres desgraciados de nuestro tiempo el sentimiento de pertenencia a un grupo natural si ninguna voz trascendente habla a su alma para intimarle a perpetuar su grupo como un derecho y un deber? No sé si usted es teólogo, querido Comandante, pero si lo es, y ya que a usted se lo ve en la vía de la devoción, ¿no podría hacernos un buen razonamiento de teología moral que permita restituir a las comunidades naturales lo que la doctrina de la autonomía del sujeto le ha retirado? ¿Nos puede elaborar minuciosamente una buena ética de grupo, religiosa a la manera del Júpiter Capitolino, o del Shinto, una moral de nosotros al lado de la del otro? O tomar ejemplo de las iglesias orientales, como la Iglesia Armenia que no hace más que una con su pueblo, o, de una manera menos neta, como la ortodoxia; forjar un nuevo razonamiento remplazando esas mecánicas benefactoras que se han convertido en inoperantes, o reforzándolas para volver a poner lo divino en armonía con el buen orden. Para responder este desafío formidable, debemos reformar nuestros argumentos ideológicos, adaptarlos a las nuevas situaciones. ¿Lo puede usted?

El Comandante: ¡- Adaptar, reformar! ¡Pero a usted le parezco un progresista, querido amigo! ¿Para qué raciocinar si es para cambiar lo que es intangible? ¿Qué valor tendrá una religión católica que la se revisa como un anuario telefónico?

Simplicio: - Pero, querido Comandante, usted la revisa sin darse cuenta, y en dominios no desdeñables. La manera como recibe usted las palabras del papa hubiera asombrado mucho a su bisabuelo, para el cual la simple crítica de un gesto del Santo Padre representaba un principio de herejía. El rechazo de ciertos realistas a suscribir la República según el deseo de León XIII era ya considerado como sospechoso y pecaminoso. La lectura de la Acción Francesa les ponía fuera del sacramento en algunas diócesis después de 1926. Incluso a su cuerpo vetado, la religión que practica dejaría muy sorprendido a un devoto de del siglo XVI. Sin embargo, hay algo mucho más grave en este registro. Usted ha estado en disposición de observar, no lo dudo, el horror que los hombres de nuestro tiempo, sobre todo los jóvenes, sean creyentes o no, experimentan por la valorización del sufrimiento, tal como fue practicada durante dos mil de años de cristianismo. Las maceraciones, el ayuno, los golpes de disciplina que los santos de los siglos pasados se infligían para participar en el misterio de la cruz son muy buenamente incomprensibles, incluso obscenos, para la inmensa mayoría de los cristianos de nuestro época Le dejaré el cuidado de deducir lo que quiera en lo que concierne a la fe de nuestros contemporáneos en lo que es el segundo gran dogma de la religión cristiana: la Redención.

Como lo remarcaba Ortega y Gasset, hay en toda convicción una parte de inercia y una parte de voluntad. Ciertas concepciones son aceptadas porque forman parte del entorno, sin haber sido inventariadas, sin que sus implicaciones hayan sido registradas. Ortega las llama los objetos de la creencia. Otras son objeto de una fuerte asociación del pensamiento y de la voluntad, son, siempre según él, los verdaderos objetos de la fe. La imposibilidad en el cual usted está de diferenciar estos dos datos: el que tienerealmente y el que le vincula solamente la fuerza del hábito, y que estaría desolado de perder, sin que adoptara las medidas necesarias para preservarlos. Es el papel del pensamiento viviente hacer esta división. Por otra parte, grandes controversias han sacudido la cristiandad durante siglos, y vivimos siempre sobre los conclusiones de una de las más famosos: la Controversia de Valladolid. Deberíamos interrogarnos sobre su pertinencia, que tiene una singular actualidad.

El Comandante ' – No creo acordarme perfectamente de esta controversia Recuérdeme de que se trata, se lo ruego.' Simplicio: - En medio del siglo XVI se celebró en Valladolid, en presencia de los representantes del Papa et del rey de España un coloquio entre dos teólogos:" el obispo dominicano de Chiapas Bartolomé de Cansa uno de los padres del derecho de gentes, y el filosofe tomista Ginés de Sepúlveda. El primero sostenía que el estado de servidumbre en el cual los españoles habían reducido a los indios de América era incompatible con la fe cristiana. Proclamaba la necesidad de convertirlos por la única fuerza de la persuasión misionero. Por lo demás, España debía reembarcar sus soldados, sus feudatarios y sus mercaderes si quería evitar la maldición divina. El segundo, basándose en los escritos de Aristóteles, sostenía al contrario que las poblaciones autóctonas de este continente estaban predestinadas a la esclavitud por su naturaleza inferior, y que solamente una pequeña parte de entre ellos podían merecer recibir la revelación de los evangelios. Justificaba su disminución y la destrucción de su cultura por su naturaleza semi-humana y el horror de sus costumbres, especialmente los sacrificios humanos y la antropofagia.

El Comandante: ¿- Y que decidieron el papa y el muy católico rey?

Simplicio: - El Papa rechazó el imprimatur a Sepúlveda a causa de la falsedad de sus tesis; puesto que las uniones entre indios y españoles no eran estériles, no se podía rechazar la plena condición humana a los indios, y por tanto su derecho a la salvación. Las Casas había pues ganado en lo esencial. Sin embargo su victoria estaba teñida de amargura: en efecto, para ahorrar a los Indios los trabajos demasiado duros que les hacían perecer en gran número, autorizó al rey de España, según los consejos que el pobre obispo habían dado imprudentemente, a hacer venir por barcos cargamentos de esclavos negros, estando consideradas las poblaciones negro-africanas resistentes al trabajo. Bien entendido que no era cuestión de renunciar a las Indias Occidentales, ni a las plantaciones, ni a las minas de oro y plata. Fue este debate famoso el que dio la señal inicial de la trata de negros que duró cerca de tres siglos. Se ve ahí en obra un escenario que se reproducirá más tarde: buenas intenciones y principios "inmaculados" dan lugar, por ignorancia o menosprecio de las necesidades, a consecuencias desastrosas.

El Comandante: - ¿Y cuales son las consideraciones que le inspiran hoy día la controversia en cuestión? ¿Sobre todo, en que concierne este debate a nuestra época?

Simplicio: - Esta controversia es un ejemplo característico de la dificultad insuperable a que ha experimentado la Iglesia en responder a una cuestión que esconde otra, que esa, no le concierne. En efecto, el razonamiento propuesto por Sepúlveda es extraño, en el sentido de se ve mal cómo los tribunales eclesiásticos habrían podido admitir que los Indios solo pertenecían “parcialmente” a la especie humana, mientras que la principal justificación de la conquista era la conversión. Por tanto, tenía detrás de él a lo los funcionarios imperiales del Consejo de Indias y las autoridades coloniales, que temían las consecuencias catastróficas que una decisión real inducida por el sentencia pontificia hubiera provocado inevitablemente sobre la administración de los territorios conquistados, si hubiera impuesto las soluciones que Las Casas deseaba. Se trataba pues de preservar una institución humana, amenazada por la aplicación intransigente de un principio de teología moral. La respuesta de la autoridad religiosa, reafirmando el principio, pero concediendo compromisos cuestionables, es típica de los problemas sin solución. En efecto, el problema es saber que consecuencias se debe sacar de la unidad de la especie humana. Si esta unidad se aplica con menosprecio de las barreras necesarias, ninguna obra humana resiste, y el cristianismo opera como una bomba de efecto retardado.

El Comandante: - Pero no es la Iglesia ni la Fe quienes reclaman estas destrucciones. Al contrario, usted mismo dice que sus enseñanzas han buscado, incluso torpemente, compromisos para preservar el orden. ¿Entonces que queda de sus observaciones?

Simplicio:-Efectivamente, pero cuando la Fe se eclipsa, cuando las instituciones religiosas se secularizan, los instintos de conservación colectiva que la religión ha sustituido no se reconstituyen ya. En un sentido, estamos hoy en frente de un rompecabezas similar, pero invertido. Nuestras sociedades, en su fundamento mismo, el de la transmisión biológica de la herencia, sin la cual nada puede durar, están amenazadas a muy corto término por el individualismo universalista que el cristianismo no ha predicado, pero que ha salido de su seno. Parafraseando a Pablo VI, digamos que, si es cierto que las causas de nuestra decadencia no está en el cristianismo, ellas vienen de ahí sin embargo. Todas las cosas iguales por otra parte, nuestro hundimiento moral no carece de semejanzas con la brutal dimisión de la voluntad que afectó a las sociedades Indias el tiempo de Conquista. Mismo disgusto por el esfuerzo, misma negativa a parir, misma certeza de no merecer transmitir una tradición en quiebra, mismo rechazo de su sacralidad, mismo suicidio de una cultura que encontraba en sus propios mitos un anuncio de su propia destrucción, puesto que los guerreros españoles eran reconocidos por ellos como encarnación de sus dioses. Los Aztecas y los Incas, si no encontraron en las filas sus sacerdotes una puesta en orden de la mitología de manera para organizar su renacimiento, tuvieron al menos en frente ellos una religión compasiva que les garantizó una supervivencia humillada. Nosotros no tendremos esa “suerte”. Cada pueblo del mundo verá en la desaparición o el mestizaje de la raza blanca una sabrosa venganza. No contemos ni con el reconocimiento, ni con la piedad. Es pues a los clérigos testarudos y caritativos de los que hablaba ahora mismo que incumbe dar una nueva visión de la teología moral que permita a nuestros pueblos sobrevivir y reconstruir un orden social, echando a bajo las ideas falsas que imponen cada día una represión totalitaria de todo lo que se opone ellas.

Lo que la situación actual requiere nosotros, en efecto, es la reconstrucción, en nuestro fuero íntimo, de una sociedad, por un acto de voluntad que no tiene precedente en la Historia, a pesar de que toda nuestra herencia religiosa plantea que el mundo real se sitúa en lo invisible y que la relación que el hombre mantiene con este mundo está en el seno del alma individual. La Necesidad, en efecto, no pesa más en favor del orden social, sino contra él.

Para resumir nuestra conversación, formulemos nuestra hipótesis en forma de proposiciones:

1º La decadencia que sufrimos no es (solamente) el resultado de una conspiración pero sino el resultado de una tendencia milenaria del espíritu occidental al individualismo, facilitada y fomentada por los progresos científicos.

2º- El sobrepasamiento del individuo para seguir el deber de la especie es de naturaleza religiosa y espiritual." Sin el recurso esta dimensión del hombre, nada es posible para oponerse a la entropía.

3 º- La religión de Europa es, sin discusión posible, el Cristianismo.

4º- Es nuestra religión que está en la fuente de este individualismo. Su Historia no es más que una larga sucesión de rupturas imperceptibles, produciendo una evolución que condujo la secularización de sus principios. No que el sea conforme a la religión cristiana, al contrario, pero se ha derivado dentro de él.

5º-Es imposible volver de nuevo un estado previo de la religión por una razón bien simple: cada estado previo contiene los otros en germen. Sin deber adherir a un determinismo mecanicista, es necesario de todos modos reconocer a la evolución del pensamiento una cierta recurrencia, a la cual no escapan las religiones, cualquiera que sea su verdad. El problema es aún más inextricable cuando se los examina en su relación con la política, en la medida en que la forma de las sociedades no es, para el cristianismo, más que una contingencia.

Como ve, estamos en plena pesadilla. Nuestra situación es profundamente trágica, en el sentido que nos encierra en una contradicción sin salida.

¿Se puede pensar la religión y su moral de una manera diferente , dejándonos una tabla de salvación colectiva?. Es digno de notarse que la cuestión se estudió, todavía en el siglo XVI, durante las tentativas de conversión de China. En esta época, los Jesuitas habían comprendido que la irrupción de un cristianismo universal en este inmenso y viejo país, si se acompañaba de una adopción de los esquemas de pensamiento extranjeros, no podía hacerse sin destruir los fundamentos de la cultura y de la identidad china. Nos encontramos hoy en la misma problemática, desenraizados de nuestras propias creaciones mentales, que se vuelven contra nosotros. Necesitamos pues, si queremos sobrevivir, demandar a nuestra Fe y a la moral que ella induce los compromisos indispensables para escaparse a la entropía y a la indiferenciación del magma universal. Yo no sé si esto es posible, ya que mis luces son demasiado débiles, pero si los Europeos son capaces de expresar una manera europea de vivir religiosamente, compatible con la perennidad de nuestras razas, entonces, les prometo que me juntaré a sus procesiones, agitaré sus banderas, llevaré sus cilicios, (aunque sea muy quisquillosos, lo reconozco tanto) sin reclamar mérito por tanto. El temor de Dios, el culto de los santos y los ángeles, la veneración Virgen María, la llamada a la inmensa multitud de seres poderosos e invisibles de que la tradición cristiana ha poblado el cielo, son alimentos del alma europea que no pueden sino lo elevar más allá de ella misma nuestra conciencia colectiva. Se dice incluso de ciertos ángeles, como el Arcángel San Miguel, han recibido la misión de velar por la perennidad de las naciones. Usted perdonará, estoy seguro, mi ingenuidad. Mi única recompensa será que la Francia europea, la mía, naturalmente, que es también la suya, perdure y renazca.

Notas

(1) Spengler, Le déclin d ' Occident (Der Untergang des Abendlands, Munich "1923."

(2) Mg Hippolyte Simon, La France païanne , Éditions Cana, 1999.

(3) Georges Dllinger sur Radio Courtoise.

(4) Marc Augé, Génie du Paganisme, Gallimard 1982

(5) Marc Augé, ibid.

(6) La documentación católica mensaje de Pascua 2000.

(7) Saint Augustin, La cité de Dieu, 19, 13.

(8) VoirJean Delumeau, Historia del miedo en Occidente., Plural, 1999 (Éédition) y también las obras del profesor Michel Roüche que ve en la legitimización de Clodoveo por la Iglesla la elección de la dinastía más capaz de quebrar las solidaridades clánicas de los Francos

(9) Radio Notre-Dame el 15 de noviembre de 1998.

(10) Juan-Pablo II radicalizó su oposición a la pena capital en su vlaje a EE.UU. en 1995. Desde entonces, no pasa un año sin que haga una declaración en este sentido.

Pierre de Meuse.

Essai sur les contradictions de la droite. Dialogues avec les hommes de ma tribu.

Éditions de L’Aencre. Paris 2002

pp. 85-114

Religión remedio a la decadencia 2 (P. de Meuse)

Continuación.

El Comandante:- ¡Y bien! ¿Qué religión puede ventajosamente religarle más a su patria que aquélla que heredó sus de sus padres?

Simplicio: - Ninguna, indiscutiblemente. No obstante, el resultado actual de la Iglesia Católica hace reflexionar seriamente sobre las capacidades que nos deja su magisterio para buscar las vías de la supervivencia colectiva de nuestra herencia. Me limitaré recordarles entre millares de otros, dos hechos significativos: el día 15/08/1989, con ocasión de la fiesta de la Santa Virgen, el papa Juan Pablo II pide a Europa se recristianizarse y abrir sus fronteras. Pascua 2000; el misma papa pide para la humanidad la vuelta a la Paz y reclama de la conciencia universal una movilización acrecentada contra la xenofobia y el racismo, cuya falta reconoce a nuestra cultura (6).

El Comandante: - ¿Usted se siente aludido por estas críticas contra el racismo y la xenofobia? Me parece que esta crítica pastoral no nos concierne, sino que van dirigidas a otros, que, en nombre de teorías materialistas y deterministas que rechazamos, se proponen instaurar o mantener prácticas criticables. Son válidas tan para los Chinos que oprimen a los Tibetanos, o el Ghaneanos que expulsan a los Nigerianos; ¡no de en la manía persecutoria, que diablo!

Simplicio:-Me tiende una trampa en la que no caeré. Cuando el Papa condena el racismo, no es solamente las teorías de Vacher de Lapouge lo que está en causa, sino el conjunto de las prácticas por las cuales una colectividad social se defiende. Por otra parte, estas palabras van dirigidas del mundo entero y se entienden bien en este sentido. Ellas exhortan a una actitud moral que tienen por resultado ignorar las diferencias y solo son susceptibles de ser seguidas por los pueblos cristianos. A once años de distancia, es el mismo mensaje todavía el que se extiende, venido de Roma, exigiendo el desarme mental de Europa, a la que se le reclama siempre más apertura sobre La Humanidad, a ella y solo a ella. Ya que es ella la que se supone entender su palabra, intimándole el deber de borrarse a sí misma y el renunciamiento al precio mismo de su existencia, mientras que el resto del mundo no quiere oír más que el advenimiento de su derecho, y de su crédito a nuestro respecto. ¿Piensa realmente que esta llamada sea compatible con la perennidad de nuestra comunidad natural? .

El Comandante: - No sea demasiado duro para el Santo Padre, que tiene ya mucho que hacer con nuestros enemigos: mostró una firmeza espléndida oponiéndose al aborto, a la contracepción, al matrimonio de los sacerdotes. Está atraído por la venganza universal de los progresistas y los liberales. Eso debería volverles propenso a la indulgencia para el que ha abatido con su báculo la tiranía comunista.

Simplicio: ¿- Esta pugnacidad en defender la cohesión de la Iglesia debería pues ser la contrapartida de una renuncia de Europa a existir? ¿" Dejadme la regla moral, os dejo las patrias"? Sería difícilmente aceptable, incluso con la Fe, pienso.

El Comandante: - Quizá, pero después de todo, esto solo es la opinión personal del Soberano Pontífice, el cual nosotros no estamos obligados de adherir. Sólo debe contar para nosotros el Verbo infalible, el que los Padres de la Iglesia han definido durante su larga vida que solo terminará con el Juicio último. El resto no es más que incidencia.

Simplicio: - Ahí, no puedo seguirle, ya que es demasiado fácil transformar en opinión personal lo que se difunde al mundo entero desde los cátedras más altas. En primer lugar, este mensaje ha sido repetido sin parar por tres papas, si se excluye a Juan Pablo I que no ha tenido tiempo de hablar, y esto, durante más de cuarenta años, es decir mucho más tiempo que la más grande de de las herejías que tocaron Roma. La situación actual es completamente nueva. Queda claro que, en la imagen que quiere dar de ella misma, en la exposición que da del mundo, y que debe permitirle mantener sus acervos y conquistar las almas, la Iglesia no cesó desde 1960, esto es la muerte de Pío XII y el principio del Concilio de Vaticano II, de dar autoridad moral al Humanitarismo y a los Derechos del Hombre, dos sistemas que sin embargo había condenado severamente ambos durante los siglos anteriores. En estos años que vieron la descolonización y el final de la hegemonía de Europa en el mundo, Roma eligió aliarse al más fuerte, a saber la ideología universalista temporal que había precedentemente combatido. Ciertamente, los dogmas de la religión siguen siendo los mismos, y ninguna bula pontifical, ninguna declaración del concilio vino a derogar el a Transubstanciación ni la Presencia real. Sin embargo, los temas sobre los que funda su desarrollo se modificaron completamente, siendo relegados los dogmas al segundo plan. La Iglesia no se basa ya en la teología, dejada solamente para “uso interno", para hablar al mundo, ni sobre su mística, algunos carismáticos puesto a parte, ni incluso sobre su moral, sino sobre la extensión de esta moral a las sociedades, demandando así a nuestras naciones la misma contrición que ella demanda a los individuos. Nosotros no podemos pues esperar ninguna ayuda de un discurso que pone en primer plano la renuncia de Europa a ser ella misma. Cuando, en l969, el papa Pablo VI impuso delante de las cámaras su bendición sobre la cabeza del siniestro Mugabe, célebre hoy día por la expulsión sangrante de los agricultores blancos de Rodesia, no hacía más que prever, dotado del extraordinario haz de información del que dispone, el descenso definitivo de Europa, a la cual no quería a ligar la Iglesia. Es por esto que Juan XXIII y sobre todo sus sucesores, comenzaron a aliarse a la idéología1945, la de la ONU, en la idea "de cristianizarla".


El Comandante: ¿- Es pues tan criticable? ¿No es lo propio de la política adaptarse a una relación de fuerzas? ¿Y no alababa usted hace mucho tiempo al florentino Maquiavelo por ver en este planteamiento la primera condición para una acción política?

Simplicio: -¡Atención! esta actitud de los papas contemporáneos implica un cambio de registro más pesado de consecuencia de lo que usted cree. Cuando los papas de la Edad Media o el Renacimiento, como jefes de la Cristiandad, decidían sostener a un príncipe o desposeer a otro, no pretendían poner en entredicho la naturaleza de su poder, ni a someter su autoridad a una regla de legitimidad nueva, liberada de las leyes de Historia, sino solamente aplicar, en tanto príncipes, los reglas tradicionales del ejercicio del poder. La actitud de la Iglesia post conciliar, al contrario, fomenta la puesta en obra de un proyecto revolucionario, el advenimiento de un hombre nuevo sobre el plan temporal y no solamente en la ciudad celeste. La antigua doctrina cristiana reclamaba la paz civil de un poder legítimo, esto decir “la tranquilidad en el orden”, según la expresión de San Agustín (7), no pidiendo el Estado cristiano más que garantías de libertad preferencial para su enseñanza. El antiguo papado justificaba las necesidades del poder como imperativos "técnicos", propios la ciencia política, de la que no repugnaba servirse, en tanto que depositarla una soberanía temporal. La nueva doctrina hizo renunciar a los papas, desde Pablo VI, a este poder temporal, cuyas exigencias no soportan ni sostienen más: no es una casualidad si ningún papa, incluso el efímero Juan Pablo I, haya llevado la tiara, ya que Roma sabe aún lo que significa la simbólica. El magisterio católico no se preocupa ya realmente de la conformidad de las leyes civiles con la conducta de las almas hacia la salvación, sino solamente de la adhesión á un principio general: el de un vago humanismo, conducente a un Estado mundial construido sobre la disminución de las diferencias y fronteras, y la culpabilidad unilateral y permanente de las antiguas culturas y naciones cristianas. Es lo que Juan Pablo II expresa en sus "arrepentimientos' sucesivos que, lo sé, le hace chirriar de los dientes." ¿Pero ha reflexionado sobre el su significado? No expresan la culpabilidad personal del que las profiere, que tendría el derecho a confesar, sino la, colectiva, de toda la Europa cristiana, que no le pertenece, a pesar de la altura de su función. ¿Y cómo puede responder a eso? Nadie se atrevió entre ustedes, a formular del contra-arrepentimiento, diciendo orgullosamente: “ yo asumo todo esta que hizo mi patria, bien o mal, y no pido ningún perdón!" Eso prueba bien cuánto les paraliza este mecanismo. No hay más anatemas contra los herejes, ni contra los descreídos. En cambio, cada vez que un hombre, un partido, un pensador, se rebela contra La indiferenclación, reclama la aplicación de las legítimas discriminaciones, es seguro encontrar en frente él los doctores de la fe y toda la jerarquía de la Iglesia. Últimamente, y en la época en que el FN representaba un motivo de inquietud para la clase política, los obispos franceses no faltaban felicitarse con razón, al apoyo de estadísticas, que el obstáculo más temible que obstaculizaba su desarrollo fuera la masa de practicantes de nuestro país. Perdone mi brutalidad, pero el catolicismo ha tomado partido sin reservas contra nuestras naciones y nuestras culturas. Se ha pasado al enemigo. Su sumisión a sus órdenes, su voluntad de no ver, contra la evidencia, en sus tomas de posición más que una preocupación de apaciguamiento apostólica, dan prueba de su humildad, pero no de su lucidez.

El Comandante: - Sea, yo se lo concedo, con rabia en el corazón. ¡Y bien! Debemos unirnos a los batallones de los que resisten, que llaman respetuosamente del papa mal informado al papa bien informado. Contra los errores de la jerarquía, nosotros formamos una cohorte de laicos y sacerdotes cabezones que se obstinan defender la religión tridentina, a pesar de las desviaciones de la fe ocasionadas por el Concilio y sobre todo las interpretaciones falaces a las que dio lugar. Desde que el dedo de Dios levante sobre nosotros, estaremos allí para remitir a su lugar las certezas vivificantes de la Revelación: en el corazón del orden social restaurado.

Simplicio: ¿- Esta es una solución? Me permitirá guardar alguna desconfianza. No estoy seguro que la creación de una comunidad cristiana- tradicional baste, ni restaurar nuestras sociedades, ni incluso a edificar una contrasociedad.

En efecto, no se trata de conservar un orden social bien asentado sino de reconstruirlo después de que haya sido destruido. Ahora bien para reconstituir, aunque solo fuera en la cabeza, una estructura compleja, es necesario retomar sus componentes y no solamente una de ellas. Además, cuando la lógica de los elementos culturales es contradictoria, es indispensable edificar un compromiso entre ellas. En efecto, la cultura europea no se reduce al cristianismo. En el orden social cristiano del siglo XIII que usted admira a justo título, y considera como un modelo imperfecto, pero magnífico, de cristiandad viva, existen muy numerosos comportamientos normativos previos al cristianismo, y que, en gran parte, le son contrarios y con todo esenciales. Citemos la guerra privada, las venganzas del clan, la violencia limitada, pero omnipresente, el duelo, las dificultades patrimoniales ejercidas sobre los individuos, los rescates, la moral selectiva, el saqueo de las ciudades y tierras conquistadas, la masacre de sus guarniciones, y, por encima de todo, el punto de honor. Podría por otra parte ennegrecer páginas enteras de enumeraciones en este sentido. La Iglesia, naturalmente, tomó sin relajo medidas para oponerse estas prácticas. No obstante la imagen serena y mística de la Edad Media que guardamos proviene de esta tensión interna que conocía; en otros términos, la gloria de la sociedad cristiana procede precisamente del hecho de que no es ¡enteramente cristiana!

El Comandante: - En este caso deberíamos admirar la que nosotros vivimos, que no lo es más. Todo eso me tiene le aire ser un elegante sofisma

Simplicio: - No es que nuestra sociedad no sea ya cristiana, es que ella ha desviado radicalmente los principios cristianos secularizándolos, y cumpliéndolos. “ no hay ya ni Judío ni Griego, ni hombre ni mujer” nos afirma, según la palabra de San Pablo en la carta al Colosenses. Solamente que, naturalmente, no es una fusión espiritual en el Reino de Dios más de lo que se trata, sino de un indiferenclación temporal y materialista. La sociedad "orgánica" la cual se refieren sus nostalgias - y las mías-conoce une gama extensa de deberes muy fuertes basados en primer lugar en los lazos de sangre. Deber de obediencia, de fidelidad, de venganza, deber, en una palabra, de conformar su destino al de la comunidad en que el nacimiento le ha colocado. La soberanía del individuo, en todo eso, contaba bien poco. La persona estaba sometida a estas obligaciones, cualquiera que fuera la casta a la cual perteneciera, de modo que solo excepciones podían desligarse. La religión cristiana, incansablemente, se esforzó de mil maneras para reducir el peso de estas cadenas, canalizando al mismo tiempo las energías producidas por estos solidaridades que ella no había creado, y que estaba forzada a acepta. Las Instituciones tradicionales del Antiguo Régimen estaban iluminadas por la fe, pero su lógica, su dinámica es previa y exterior al cristianismo.

El Comandante: - Me va usted a decir ahora que el cristianismo es hostil la familla. Es insensato. Es por el contrario la defensa más segura, más indefectible.

Simplicio: - No diría una cosa similar. Es cierto que la doctrina cristiana es favorable a la familla, calificada por los teólogos tradicionales de "sociedad imperfecta". Dicho esto, no es de cualquier familla que se trata, sino de la familla celular, compuesta del padre, la madre y de los niños, funcionalmente indispensables para su educación en la Fe. Es por otra parte aún un trazo, perdóneme usted que se lo diga, que lo aproxima al Islam. Es del todo diferente si se interesa por la familla "troncal", la que reagrupa varias generaciones y varias células, y que se llaman también "patriarcal". En lo que concierne a esta, los moralistas cristianos vinieron muy pronto a reclamar limitaciones a sus poderes sobre los individuos. La patria potestad, los imperativos patrimoniales, las obligaciones de endogamia aparecieron en efecto como abusivas a los ojos de los moralistas. Les recordaré que los primeras contestaciones al principio del derecho de primogenitura provienen de los teólogos de la Contra-Reforma y no de los Filósofos del siglo XVIII La Iglesia con la dulzura y la obstinación de las instituciones que tienen el tiempo delante de ellas, ha reducido las prerrogativas de los clanes y fratrías; buscó rebajar el orgullo de las razas que querían que cada generación hizo crecer el patrimonio. Pacientemente, y hasta el siglo XVI , exigió un impuesto sobre las sucesiones (más de un cuarto, a veces) sin el cual rechazaba el entierro en tierra cristiana, considerada en ese tiempo como la puerta del paraíso (8). Es suficiente leer las obras de los profesores Jean Delumeau y Jean de Viguerie, a pesar de la oposición total de sus tesis, para convencerse que todo esto no es producto de la casualidad. Las cosas vienen de lejos y la evolución postconciliar, contrariamente a lo que dicen muchos tradicionalistas, no es el resultado de una conspiración súbita y de una ruptura total, sino de una larga evolución de ideas que se encontraba en gestación y que se expresaba diferentemente, pero cuyo origen es antiguo.

El Comandante:-Quizá. ¿Pero que deduce usted? La Iglesia es una institución humana, y sus príncipes estaban y están sometidos como todos los mortales a las tentaciones y a las ambiciones de la humana naturaleza. Estaban, como todo el mundo, ávidos de poder y buscaban someter al prójimo según sus debilidades de pecadores. No es necesario juzgarla por este rasero.


Simplicio – Yo deduzco simplemente que el cristianismo es una religión individualista. La salvación individual es el gran, el único asunto del cristiano. No hay, radicalmente, salvación colectiva. La civilización cristiana, está fundada, no lo negará, sobre dos pilares: la caridad y el libre arbitrio, es decir dos valores que se sitúan, en cuanto a su fin como en cuanto a su resorte, en el alma individual. Para el cristianismo, no hay pasado colectivo. Muy pronto algunos apologistas sacaron la conclusión terrible de que el cristiano no tiene necesidad de patria. Naturalmente, me dirá usted, estas opiniones lapidarias no comprometen la fe. Son sin embargo la consecuencia lógica extrema de la palabra del Evangelio:” si tu mano derecha se opone a tu salvación, córtala y arrójala lejos ti”, “si tu padre se opone a tu salvación, aléjate de él”.

El Comandante:- Sin embargo, contrariamente lo que dice usted, la religión católica siempre ha sabido hacer la parte entre el ámbito de la libertad individual, quien solo afecta a salvación, y el ámbito de los deberes de Estado hacia la colectividad, para la cual no consiente ninguna reducción, no justifica ninguna retirada en si mismo. Toda la teología moral cristiana se lo dirá: la Iglesia tradicional no promueve la rebelión. Ella demanda solamente que se le deje a cada uno una parte inalienable que le permite elegir libremente la vía del Bien. Ella no demande la liberación del presidiario, sino proclama solamente que, incluso cargado de cadenas, cuya legalidad no impugna, o incluso la legitimidad, éste sigue siendo libre cara a su Dios. Afirma igualmente que la política es una forma superior de la caridad. Privar su próximo de su comunidad humana, es pues faltar lo más alto de las virtudes teologales.

Simplicio: - Ciertamente, toda la obra de la historia de la Iglesia nos da a conocer los compromisos que ella concibió para hacer su funcionamiento compatible con las instituciones terrestres. Sin embargo, no es necesario perder vista que estos acomodamientos son el producto de una transacción, producida por una relación de fuerza entre un imperativo espiritual y un estado de hecho, con el cual era necesario negociar como con un conjunto extranjero. El orden social cristiano pues todavía ha sido el producto de la necesidad .Desgraciadamente, no estamos más ahí hoy día.

En efecto, cuando existe un orden social, dedicado a la salvación individual, y en tanto que ella se limite se a los fines últimos, la Fe puede vivir en armonía con este orden, vivificarlo e incluso perennizarlo durante quince siglos. Desgraciadamente, cuando este orden se destruye, no es necesario pensar en las virtudes cristianas para reconstruirlo. Es un asunto puramente humano pues contingente, para el cual nos deja sin recursos. La lectura de las instrucciones diocesanas es a este respecto instructiva. No es por ignorancia por lo que los obispos, que tomamos fácilmente por imbéciles, han renunciado a defender el orden social, ya que saben perfectamente qué consecuencias ha encadenado su destrucción para las costumbres de nuestro país, que por otra parte, deploran, sin que esta incoherencia sea siempre el producto de la mala fe.

Uno de ellos describía últimamente sobre las ondas con una lucidez implacable cuanto la fidelidad de las parejas, la estabilidad de los matrimonios, la continuidad de los padres y de los hijos estaban directamente vinculada a las dificultades de carácter patrimonial, financiero, legal, que los individuos sufrían antes y que ellos sufren cada vez menos, a causa de leyes que favorecen hoy día al individuo frente al grupo. Citaba estadísticas muy claras que prueban que los días individuos no siguen la vía recta más que a condición que sea balizada severamente por la ley civil. Mostraba con una sensatez que estallaba cuánto las prestaciones sociales, descartando la obligación de buscar la solidaridad familiar, permite a cada uno vivir según sus gustos, incluso con menosprecio de las buenos costumbres. ¿Cree usted que el abogaba por una restauración de esas reglas coercitivas que mantienen al individuo protegiéndole al mismo tiempo? ¿Piensa usted que añoraba el tiempo en que era necesario el coraje para ser un pecador público? De ninguna manera. Muy al contrario, se felicitaba con ingenuidad de esta “bella aventura” de la liberación de los individuos, porque “la elección del bien llegaba a ser más preciosa que antes, pues era una elección personal, no contaminado por obligaciones aceptadas a regañadientes (9)

Tenemos ahí una ilustración de un hiato esencial entre las exigencias de orden social y la tendencia de la moral evangélica fundar todo esto que es importante sobre la autonomía del sujeto. Si mi observación les parece obscura, les daré un ejemplo sorprendente: la discriminación que hacen todas las sociedades tradicionales, sin excepción, entre los niños legítimos y los niños naturales. Ustedes no negarán que este concepto es crucial ya que se encuentra en el corazón de los derechos del grupo. Ahora bien esta maldición que pesa sobre los niños inocentes de las "faltas" de sus padres siempre ha sido considerada como escandalosa por los moralistas cristianos. La aceptaban generalmente, pero como una prueba la "dureza de corazón" inherente a la imperfección del mundo aquí abajo. ¿Una vez que, en el consenso general, estas exclusiones hayan sido abolidas, cree usted que podría volverlas a poner en vigor sin justificación moral?

Es exactamente lo mismo para la pena de muerte. Cuando Juan Pablo II martillea cada vez que tiene la ocasión su hostilidad de principio a la pena capital (10), no se propone expresar una opinión personal sobre este tema, sino quiere ser el continuador de un pensamiento cristiano muy antiguo, que se resume en la célebre formula: “ Ecclesin abhorret asanguine” . Bien entendido que los teólogos tradicionalistas tendrán el bonito juego de responder que esta interpretación del viejo proverbio es cuestionable, ya que la Iglesia preconciliar se guardaba bien de militar por la abolición, sino que se limitaba a tenerse al margen de un método que tenía como una exigencia terrestre gravemente manchada por la imperfección de los hombres. Ello no impide, este estrabismo, corolario del principio evangélico “mi reino no es de este mundo “, sea la causa de una incurable tendencia de la Iglesia a la indiferencia por las exigencias del orden civil, que Pascal expresaba ya bajo una forma extrema, pero que está latente en el pensamiento católico latino desde el siglo XVII; el orden social es necesario pero su único valor reside en su existencia; su legitimidad solo es contingente.

Queda claro que la Iglesia no puede sola restaurar la sociedad. A lo sumo puede aliviar su sufrimiento de haber perder perdido su patria carnal y espiritual, por las "consolaciones" con que ella nos gratifica. Más grave aún, sus preceptos, incluso y sobre todo cuando han sido relajados, y solo subsisten como un entorno cultural, dejan subsistir una pendiente deslizante hacia lo humanitario, hacia el rechazo del sometimiento al grupo cuyo renacimiento es la condición sine qua non de la recuperación que nosotros deseamos usted y yo.

¿Ha observado, un mi querido Comandante, quien los países protestantes se mezclan mucho menos que los católicos? Es un observación que he hecho durante mis viajes y que me apesadumbró mucho tiempo; el Catolicismo, más respetuoso de las costumbres, debería al contrario, en una justa acepción de la diferencia entre la Ética y las costumbres, permitir un mejor preservación de las diferencias innatas. Ahora bien, los países latinos católicos conocen un mestizaje par la parte baja de la escala social, mientras que los países nórdicos y protestan conocen que un mestizaje por la cumbre, por lo tanto mucho más limitado.

El Comandante: - Es que los barreras son de tanto más eficaces cuanto que la consciencia de clase es fuertes, y esta conciencia solo protege las élites, que han conservado tradiciones colectivas. Así los békés de la Martinica, aunque católicos y franceses, se reproducen en su grupo, porque tienen un sentido de la comunidad aristocrática que les separa de la masa antillana. No es, salvo excepción, con un razonamiento como se controla la libido humana, sino con un conjunto de solidaridades e interacciones sociales.

Simplicio: - Precisamente. Ahora bien los países protestantes tienen un orden social tan destruido como los católicos, si no aún más, y sin embargo, las mezclas no se hacen en la masa, o en una proporción mucho menor. Aventuro a este hecho una explicación: es que la religión católica, en su forma tradicional, estaba mas socializada que la protestante; integraba todas las autoridades legítimas en el lo sagrado, cercando los personas en una red donde los deberes naturales y los derivados de la Fe solo hacían uno, mientras que el libre examen no exige de los protestantes más que una adhesión contingente al orden social. El reflujo de la religión en los países católicos deja un espacio vacío en el cual el preceptos universales del catolicismo han dejado un recuerdo vago, pero pregnante, y que nada viene a remplazar. Este contexto es particularmente favorable a la indiférenclación. Al contrario la disminución de la Fe en los países afectados por del protestantismo no concierne más que al fuero interno de cada uno, y las actitudes naturales e instintivas de los hombres se mantienen intactas, porque la religión las habían afectado más. Conclusión: cuanto más una religión es perfecta, tanto más su secularización deja desarmado. España e Italia que se suicidan bajo nuestros ojos con una tasa de natalidad inferior un niño por mujer son una prueba más de de lo que avanzo.

Religión remedio a la decadencia 1 (P. de Meuse)

La noción de pueblo en occidente se ha visto modernamente sometida a tan dispares interpretaciones semánticas, que para retomar la noción tradicional de pueblo es un referente esclarecedor usar el término sánscrito de “Jana” que es el pueblo caracterizado por una cultura basada en una concepción metafísica tradicional de carácter sagrado que impregna de manera unánime al pueblo. Claro está que unánime se refiere al fondo tradicional y sagrado muy diferente de la modernas nociones de igualdad e indiferenciación que no son sino una manifestación de la entropía. Muy por el contarios el pueblo tradicional trata de preservar las diferencias cualitativas o funcionales inherentes al hombre, sobre todo las diferencias internas que corresponden a la función sacerdotal o sagrada, la función guerrera y la función artesana que corresponden a la vocación diferente, irremplazable e íntima de cada ser humano –swadharma- que son la base de lo que Dumezil ha llamado sociedades tri-funcionales que occidente era el fundamento de la sociedad estamental o de las castas en la India.

La decadencia progresiva de la tradición que estaba en la base de los pueblos cristianos europeos trajo consigo una degeneración y confusión progresiva del sentido de las funciones tradicionales, que sucesivos episodios revolucionarios acabaron por extinguir casi del todo.

En un contexto no exactamente centrado en la noción tradicional de pueblo unánime o Jana, Pierre de Meuse trata de analizar en su libro : Essai sur les contradictions de la droite. Dialogues avec les hommes de ma tribu, Éditions de L’Aencre, Paris 2002 y mas concretamente en su capítulo III : De la religión como remedio a la decadencia de Europa; las posibilidades de la religión cristiana como fundamento posible de un pueblo en los tiempos actuales, en el caso que el contempla se refiere de manera general a los pueblos europeos , pero de una manera más concreta a Francia, pero que puede ser una reflexión pertinente para cualquier otro pueblo europeo y cristiano, por ejemplo Castilla. Su estilo rememora los diálogos platónicos

La noción de pueblo que maneja Pierre de Meuse se esboza más bien como una solidaridad comunitaria - no siempre bien perfilada - frente al moderno individualismo, que no de un pueblo en su sentido tradicional.

En lo que se refiere a la tradición subyacente se refiere naturalmente a la tradición cristiana occidental o católica, con referencias también al protestantismo, y que como ocurre con la inmensa mayoría de los occidentales deja fuera la consideración de la ortodoxia oriental que tiene particularidades especiales que el propio autor considera quizá como más factibles como fundamento existencial de un pueblo.

Un poco superficial en conocimientos de nociones teológicas y místicas repite en varias ocasiones que el cristianismo actual no considera más que la salvación individual y no la salvación colectiva, interpretación desde luego más válida para el catolicismo y el protestantismo actuales que no para el cristianismo de los orígenes o la ortodoxia oriental en donde la noción de restauración universal o apocatástasis no es un palabra vacía de significado.

Se echa de menos también una referencia, por ligera que sea, a la especial particularidad de la religión cristiana como una tradición que en su origen era teológicamente mística o en terminología guenoniana esotérica, que por avatares históricos se convirtió en una religión oficial imperial de caracteres marcadamente externos o exotéricos, y que además en occidente derivó en una tendencia terrenal y marcadamente raciocinante muy diferente por cierto de la ortodoxia oriental.

Hace referencia a que la consideración del cristianismo como fundamento de convivencia social y política en una Europa progresivamente deslizada al individualismo y la indiferenciación no es una preocupación reciente, muchos políticos han intentado rectificar la decadencia fatal imponiendo con más o menos brío a las masas un cristianismo de ordenanza y decreto: Federico II de Prusia, Napoleón, Mussolini con sus pactos lateranenses y otros privilegios, Franco con el nacional-catolicismo, intento combinado de boletín oficial del estado , código penal, grises y respetables dosis de hipocresía; intentos todos ellos de crear con la religión guardianes de almas , vigilantes de fuegos y policías auxiliares pero incapaces a la postre de contener el aluvión imparable de decadencia y caos creciente. No obstante aun es posible observar algún llamado tradicionalista que pretende volver por los fueros del nacional catolicismo.

Lo que parece claro es que el intento de volver al pasado es una ensoñación irrealizable. Trasformado el cristianismo occidental fundamentalmente en una ideología humanista al estilo correcto propagado por la ONU difícilmente puede ser el fundamento tradicional de nada. Aunque mucho antes de esta transformación mundanal y humanitaria ya decían algunos moralistas cristianos que el cristiano no tiene necesidad de patria. Hoy día parece incluso que no verían con malos ojos la destrucción pura y simple de las patrias que quedan, cuando no entregarlas postradas a la conquista del Islam.

Cuanto más perfecta es una religión tanto más desarmado deja su secularización, o como decían los alquimistas “corruptio optimi pessimi”.

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III DE LA RELIGIÓN COMO REMEDIO A LA DECADENCIA DE EUROPA

¿ Es de tu agrado, dime, que tu lleves el yugo?
O en tu pueblo tienes el odio de un partido,
que sigue la voz de un dios?

Odisea III 214-215

Diálogo entre Simplicio y el Comandante (continuación)

El Comandante: -¿ Decadencia? ¿Habla de decadencia? Pero querido Simplicio, la palabra no es bastante fuerte, hay en la decadencia como un vago olor de refinamiento malsano que puede tentar a los estetas, un relente de escuela literaria a lo Huismans, sugiriendo el agotamiento de los sentidos y voluntades que alcanza a un organismo hastiado y perverso, y que puede suscitar aún un interés de curiosidad. ¡No! "decadencia" es una palabra demasiado bella para describir la ignominia de la que vivimos." Es de caducidad, de putrefacción, de lo que sería necesario hablar: nuestro siglo asquea a fuerza de peste y de de sanie. Por todas partes se manifiestan las señales de una vuelta al paganismo: la deificación del hombre impone su innoble dictadura en todos los ámbitos de la moral; aceptación de la eutanasia, del aborto, hedonismo generalizado, que expone bajo nuestros ojos la imagen del estupro más descarado, esclavitud del dinero, desfiguración de la obra de Dios en las creaciones humanas cada vez más utilitarias, cada vez más feas. Todo en esta sociedad refleja la imagen repelente de un mundo que retorna a sus falsos dioses, adorando ídolos gesticulantes: Mammon, para la riqueza, Freya para el sexo, Mercurio para las relaciones sociales limitadas al comercio, Hefaistos parar la técnica. El hombre no es ya el templo de la chispa divina, sino un impuro objeto de deseo, un simple instrumento de potencia y de gozo instantáneo. Nuestro entorno se ha vuelto absolutamente obsceno. Querría tener la pluma de Léon Bloy para llamar sobre él el castigo de Dios que lo fulminara en Su sabiduría y Su infinita bondad.

Simplicio: - Permítame hacer dos observaciones sobre lo que acaban de decir. En primer lugar sobre el carácter decadente de nuestras sociedades. Es necesario observar que estos caracteres no son nuevos y otros pensadores los han discernido desde más de un siglo, diagnosticando los síntomas de una sociedad en la vía de la decadencia: acuérdese de Renan, lanzando al joven Barrés su famoso apóstrofe: “Francia se muere, joven, no turbe su agonía”o de Spengler que preveía a la vuelta de los años treinta la decadencia de Occidente(1). Queda claro que La Historia nos prodiga ejemplos de sociedades que se hundieron por haber seguido la misma vía: la desaparición del vínculo que une a los hombres entre ellos, en su adhesión al pasado como en su percepción del futuro. Ya que esto es un rechazo de toda herencia de lo que se trata. Las mujeres no quieren parir más, los hijos no quieren seguir más la obra de su padres ni su modo de vida, nadie quiere admitir más que debe a veces sacrificar su deseo. Hace hincapié en la pérdida de sentido moral que caracteriza nuestro tiempo. Sin embargo, todos los aspectos de la actividad humana están tocados, y no solamente el respeto del Decálogo, en un rechazo casi unánime de todas las dificultades y de todas las diferencias. Queda claro que nunca a una sociedad conoció tal grado de desagregación y con todo, nuestros gritos de alarma parecen ridículos, ya que la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos no percibe en absoluto esta situación como una decadencia. Mucho peor, nuestras advertencias son casi ridículas, en el sentido que anuncian catástrofes que no se producen, pero que deberían haberse producido si... nuestra sociedad funcionara como las del pasado. En efecto, La actividad económica prospera, y permite a cada uno vivir sin dificultades mayores, sin que se sepa cuánto tiempo el intercambio monetario que es su esencia podrá seguir haciéndose en una sociedad privada progresivamente de todas las acciones gratuitas sin la cual ninguna sociedad puede vivir. Lo que llamamos "decadencia", el espíritu público lo llama pues "progreso" y considera " que el deterioro progresivo del orden social no es más que una etapa normal hacia el nacimiento de una sociedad enteramente nueva en la cuál razas y culturas estarán enteramente mezcladas, no solamente porque los hombres vivirán en paz (se cree), sino sobre todo porque las únicas diferencias que subsistirán entre los hombres serán las que son individuales e incluso voluntarlas, habiendo desparecido las otras progresivamente. Utopía, me dirá con razón, pero una utopía que parece realizarse bajo nuestros ojos bajo al menos en algunos aspectos, y con el consentimiento general de los hombres de nuestro tiempo. La Ciencia, en efecto, ha venido a aportar los medios de liberar a los individuos de todas las dificultades más naturales. Le daré un ejemplo que, espero, no encontrará inconveniente: el de la contracepción. He ahí una técnica que los hombres de nuestro tiempo utilizan para escaparse a los sufrimientos del parto y a las cargas de los hijos no deseados. En eso, no hacen más que seguir la pendiente natural que empuja a los humanos, sirviéndose de su inteligencia, a obtener el máximo de satisfacción con el mínimo de esfuerzo. ¿No pagan la contrapartida, me dirá? ¿Despojan a la especie de sus derechos en favor de su pequeña persona, me contestará?

Anonadan lo sagrado en favor de lo prosaico, me objetará. Seguramente, todo esto es verdad; pero es una tendencia que rige el comportamiento racional de los hombres desde siempre. Se puede inducirles a llevar una vía recta mediante reglas adecuadas, se puede conducirlos al heroísmo y al sacrificio, pero raramente. Desgraciadamente, no se puede obligarlos seguir constantemente los caminos más duros cuando tienen en permanentemente la posibilidad de hacerlo de manera diferente. ¿Si los hombres de la Edad Media hubieran conocido la píldora, esta usted seguro qué la Cristiandad hubiera durado y qué estaría aquí hoy? No negará que los orígenes de nuestra entropía residen en el seno mismo de la razón individual y los fines que ella se fija. Las leyes que elevan los hombres sobre su existencia, que conceden a la Especie sus derechos, están sobre la Razón individual. Lo que le digo no es no una novedad, desgraciadamente.

Los organismos que alientan y organizan discretamente esta evolución ponen en práctica el viejo proverbio alquímico "solve et coagula": disolver las comunidades existentes y sustituirlos por grupos fundados sobre Ia adhesión individual, voluntarla y racional. Lo que denunciamos "in desertis" como decadencia es un fenómeno global y secular en el cual todo está lógicamente causado por la misma actitud. Amoralidad, pérdida de memoria, colapso demográfico, desaparición de lo sagrado, odio de todo lo que es elevado, omnipresencia de lo feo, confusión de las clases, borrado de las diferencias, mezcla no diferenciada de las razas son el producto de la soberanía del Ego de la que se alegran la mayoría de nuestros contemporáneos. Mientras la catástrofe que anunciamos no se convierta en visible al otro lado de la calle, nuestros contemporáneos se burlarán de nuestros gemidos.

Por otra parte, me permitirán contradecirle, Querido Comandante, en su diagnóstico. Contrariamente lo que usted dice, nada en la visión de nuestra sociedad permite referirse al paganismo de los antiguos días. En efecto, las sociedades paganas se caracterizan al contrario por la presencia de innumerables prohibiciones de todas las clases. Las religiones anteriores al cristianismo no favorecían el laxismo sino imponían a los hombres dificultades omnipresentes en su comportamiento, de carácter territorial, ritual, corporal. El hombre antiguo estaba encerrado en una red de deberes sagrados que se elaboraban en torno él barreras destinadas a guardarlo en una conformidad con el orden social y religioso, que no eran más que uno, por otra parte. La referencia a la eutanasia o al aborto- infanticidio no es más que una ilusión óptica ya que las sociedades que la practicaban como Esparta o el antiguo Japón no contemplaban realizar así la liberación del individuo sino la conformidad con el interés social tal como era percibido por ellas (eugénico o demográfico). Su contrasentido proviene de lo que identifica paganismo e irreligión, lo que es un grave error, cometida recientemente por Mgr Simon autor de un libro muy discutible titulado La France païanne(2). No, Querido Comandante, la deriva de nuestras sociedades no es la prueba de un retorno a los antiguos dioses, sino al contrario, como lo destaca el Sr. Georges Dillinger3), una evolución original, sobre sus propias bases, pero traicionándolas, de la sociedad precedentemente humanista y cristiana: asistimos hoy día a una formidable rebelión del individuo contra la especie que no debe nada a los Ases ni a los Olímpicos. Lo que la modernidad triunfante coloca más alto que todo no es lo sagrado antiguo, sino la soberanía del Yo.

El Comandante: - Me parece percibir en su observación una tentación pagana. ¿No será usted de los que van a bailar desnudos a la luz de luna al sonido de la chirimía? ¿O que, vestidos de lino blanco, recogen el rocío de las hojas y cortan los ramos de muérdago cantando informes melopeas?

Simplicio: - No, Comandante, no se de lo que habla usted; no me enviarán a la cumbre su hoguera íntima sobre este cargo de acusación ya que la palabra "pagano" está para mi desnuda de sentido. Formada en el siglo V para designar les campesinos atrasados que no habían asimilado las convicciones de su tiempo, (pagus = país) este vocablo me parece vacío. Algunos lo emplean, como Pedro Louys, para designar un estado de ánimo concibiendo los placeres de la carne sin culpabilidad ninguna, lo que es una visión muy parcial y pueril de las antiguas religiones; otros se refieren ahí para celebrar la rebelión prometéica contra las fuerzas de la inercia, lo que es un contrasentido total. Hay para quien ser "pagano' es solo es un manera de ser ateo. Algunos al contrario querrían, como el viejo Maurras, borrar el corte abierto cavado entre la antigüedad y la Edad Media, congregándose en un catolicismo del Orden, heredero de dioses de Olimpo. De todas formas, se sea esteta, moralista o erudito, nadie está en condiciones de comprender a fondo cómo los Griegos antiguos concebían su fe, porqué sacrificaban a sus rebaños a sus dioses, porqué el renacimiento de Grecia, por el advenimiento de la Ciudad, después de las "edades obscuras", se han hecho por reagrupaciones alrededor de los lugares consagrados (4). La motivación mística del paganismo nos sigue siendo misteriosa, herméticamente cerrada. Sus señales, sus milagros, no hablan ya. Como lo decía Walter Otto, tenemos tanta dificultad en comprender su contenido como un arqueólogo de los siglos futuros que solo tuviera por todo elemento de teología católica las ruinas de una catedral. Por lo tanto, las tentativas de reconstrucción artificial de ritos a las cuales hicieron alusión no son más que mascaradas, sin ningún valor, que no comprometen realmente el corazón y el espíritu de los que se entregan a ellas, no dándoles ni regla ni vida espiritual. Desafío pues la calificación de paganismo, tanto a mi respeto como al de la sociedad del tiempo presente. Los únicos que, de manera perceptible de una sola mirada, guardan una actitud religiosa en la sociedad actual, a pesar de su extremo decadencia, son los cristianos. Esto no es de mi parte una concesión, sino una comprobación.

El Comandante: - Bien. Yo prefiero eso. Pero poco importan. Quería solamente hacer hincapié en el hecho de que en el estado en que nos deslizamos, no podemos escapar a la desesperación sino por la Fe. Se lo digo francamente, ante el grado de subversión al que hemos llegado, no nos queda ya más que rezar, confiando en la Esperanza. Es necesario creer en el milagro, ya que solamente lo sobrenatural puede salvarnos, y omnipotencia de Dios se manifestará plenamente cuando toda esperanza humana nos haya abandonado, mostrándose así que no tenemos nada que esperar de otro que de El.

Simplicio: - Constato que usted pasa muy rápidamente de la certeza en la fuerza irresistible del genio francés a la serenidad desapegada que dan las contemplaciones eternas. ¿Quieren rezar? ¡Yo no sabría desviarle! No obstante la oración no le dispensa de combatir y arrojar una mirada lúcida sobre nuestro tiempo. Es cierto que nada es irreversible en las cosas esenciales, excepto nuestra muerte individual, y el mestizaje, la decadencia, no hacen excepción; sin embargo, su esperanza se asemeja mucho a la desesperación, en el sentido que dejan al fatum, cualquiera que sea el nombre que le de, el cuidado de decidir lo que se salvará y lo que se sacrificará. Su voluntad se asusta de la tarea inhumana de distinguir entre estos objetos. Usted está seguro de que Dios no puede abandonarle, y esta certeza le devuelve la paz.

El Comandante: - Sí, lo digo con fuerza, incluso si su ironía de descreído se ejercen abroncarme, pues creo que, como lo decía Mgr el Conde de Chambord en su lecho de muerte, Dios no puede abandonar a sus Francos, desde el pacto que hizo a Clodoveo en Tolbiac, desde el crisma de Saint Rémi.

Simplicio:- Estoy contento de desengañarle, querido Comandante, e incluso si yo no compartiera la integridad de su fe, yo no me burlaría de usted, ya que es cierto que nuestra esperanza no puede ser más que religiosa. Sin un compromiso completo del alma, nada nos puede detener sobre la pendiente mortal en que nos deslizamos Nuestras fidelidades, nuestras solidaridades, nuestros linajes, nuestra cultura incluso, todo será llevada por la mascarada que la disloca, si no tenemos en el fondo nosotros una chispa divina que nos eleve sobre nosotros mismos. Cada vez que en la Historia, una civilización pudo renovarse, siempre ha sido siempre necesario que ella se enderece con el recurso sus dioses. No veo lo que haría de la civilización europea una excepción.

El Comandante (sospechoso): - Si hombre, quiere dar al sacerdote el papel de guardián de las almas, de guardafuegos, de policía auxiliar. Es su pensamiento secreto; la confesión es, a vuestro modo de ver, una versión benigna de las medidas represivas del orden público. ¡Qué piedad! Napoleón, Federico II de Prusia expresaron por turno estas concepciones mezquinas de agnóstico y de cínico. El miedo del infierno, puesto al mismo plano que el miedo del presidio. ¿Pero no ven qué todo esto no más que un expediente temporal? La Religión no está al servicio del Estado. Sus beneficios son de un otro registro. En primer lugar existe la Verdad. No hay una verdad para los imbéciles quienes se le intimida la sumisión, y una verdad para las élites.

Simplicio: - Su sospecha es aún injusta, Comandante. Tal no es mi concepción del orden. La religión no puede ser sierva; debe encontrarse en la cumbre del orden social, en la fuente misma de la soberanía. Es suicida encerrarse en la contradicción que coloca Marc Augé de la manera siguiente: “los hombres no pueden ser gobernados más que en nombre de un principio trascendente; este principio no existe”(5), Lo Divino debe resumir y proyectar la esencia de una sociedad. Sin él, nada no es posible: ni mantenimiento ni renacimiento, y nosotros quedaremos solos, impotentes y desnudos. La decadencia que sufrimos no puede ser frenada más que por una resurrección religiosa. Ella sola, sobre nuestro continente, puede transmitir la llamada de la especie a sobrepasar al individuo para seguir la marcha colectiva que conecta las generaciones.

El Comandante: - Muy bien hablado; puesto que usted está del lado de la buena palabra, y dado que recusa el paganismo, no le falta más que la Fe, que no se adquiere más que por las obras. Únase a nosotros. Justamente le propongo participar en la próxima peregrinación que organizamos próximamente a Santa Gertrudis de las Picotets y que...

Simplicio: - Desgraciadamente, temo que, en el estado en que se encuentra él cristianismo no pueda responder solo a nuestra espera. Necesitamos una religión, en efecto, pero de una religión que nos religue, según el origen de la palabra, y no de una que nos desate.