lunes, 13 de enero de 2025

La Gran Muralla (René Guénon)


 EL REINO DE LA CANTIDAD Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

René Guénon

 CAPÍTULO XXV


Las fisuras de la Gran Muralla


Por lejos que haya podido ser llevada la «solidificación» del mundo sensible, nunca puede ser tal que éste sea realmente un «sistema cerrado» como lo creen los materialistas; por lo demás, ella tiene límites impuestos por la naturaleza misma de las cosas, y cuanto más se acerca a esos límites, más inestable es el estado que representa; de hecho, como lo hemos visto, el punto que corresponde a ese máximo de «solidez» ya está rebasado, y esta apariencia de «sistema cerrado» ahora ya no puede sino devenir cada vez más ilusorio e inadecuado a la realidad. También hemos hablado de «fisuras» por las cuales se introducen ya y se introducirán cada vez más ciertas fuerzas destructivas; según el simbolismo tradicional, estas «fisuras» se producen en la «Gran Muralla» que rodea a este mundo y que le protege contra la intrusión de las influencias maléficas del dominio sutil e inferior 1. Para comprender bien este simbolismo bajo todos sus aspectos, importa destacar que una muralla constituye a la vez una protección y una limitación; por consiguiente, en un cierto sentido, ella tiene pues, se podría decir, ventajas e inconvenientes; pero en tanto que está esencialmente destinada a asegurar una defensa contra los ataques que vienen de abajo, las ventajas predominan incomparablemente, y, para lo que se encuentra contenido en este recinto, vale más en suma estar limitado por ese lado inferior que estar incesantemente expuesto a los estra gos del enemigo, si no incluso a una destrucción más o menos completa. Por otra parte, en realidad, una muralla no está cerrada por arriba y, por consiguiente, no impide la comunicación con los dominios superiores, y esto corresponde al estado normal de las cosas; en la época moderna, es la «concha» sin salida construida por el materialismo la que ha cerrado esta comunicación. Ahora bien, como lo hemos dicho, puesto que el «descenso» no está todavía acabado, esta 

1 En el simbolismo de tradición hindú, esta  «Gran Muralla» es la montaña circular Lokâloka, que separa el «cosmos» (loka) de las «tinieblas exteriores» (aloka); por lo demás, entiéndase bien que esto es susceptible de aplicarse analógicamente a dominios más o menos extensos en el conjunto de la manifestación cósmica, de donde la aplicación particular que se hace de ello, en lo que decimos aquí, en relación al mundo corporal solo. 

«concha» no puede sino subsistir intacta por arriba, es decir, precisamente, por el lado donde el mundo no tiene necesidad de protección, y de donde, al contrario, no puede recibir más que influencias benéficas; las «fisuras» no se producen más que por abajo, y por consiguiente, en la verdadera muralla protectora misma, y las fuerzas inferiores que se introducen por ellas encuentran tanta menos resistencia cuanto que, en estas condiciones, ninguna potencia de orden superior puede intervenir para oponerse a ellas eficazmente; así pues, el mundo se encuentra librado sin defensa a todos los ataques de sus enemigos, y eso tanto más cuanto que, por el hecho mismo de la mentalidad actual, ignora completamente los peligros de los cuales está amenazado.

En la tradición islámica, estas «fisuras» son aquellas por las cuales penetrarán, en las proximidades del fin del ciclo, las hordas devastadoras de Gog y Magog1, que, por lo demás, hacen esfuerzos incesantes para invadir nuestro mundo; estas «entidades», que representan las influencias inferiores de las que se trata, y que son consideradas como llevando actualmente una existencia «subterránea», son descritas a la vez como gigantes y como enanos, lo que, según lo que hemos visto más atrás, las identifica, al menos bajo una cierta relación, a los «guardianes de los tesoros ocultos» y a los herreros del «fuego subterráneo», que tienen también, recordémoslo, un aspecto extremadamente maléfico; en el fondo, en todo eso, se trata siempre del mismo orden

de influencias sutiles «infracorporales»2. A decir verdad, las tentativas de estas «entidades » para insinuarse en el mundo corporal y humano están lejos de ser una cosa nueva, y se remontan al menos hasta los comienzos del Kali-Yuga, es decir, mucho más allá de los tiempos de la antigüedad «clásica» a los cuales se limita el horizonte de los historiadores profanos. Sobre este punto, la tradición china, en términos simbólicos, cuenta que «Niu-koua (hermana y esposa de Fo-hi, y que se dice que reinó conjuntamente con él) fundió piedras de los cinco colores 3 para reparar un desgarrón que un gigante había hecho en el cielo» (aparentemente, aunque esto no esté

1 En la tradición hindú, son los demonios Koka y Vikoka, cuyos nombres son evidentemente similares.


2 El simbolismo del «mundo subterráneo», él también, es doble, y tiene igualmente un sentido superior,como lo muestran concretamente algunas de las consideraciones que hemos expuesto en El Rey del Mundo; pero aquí no se trata naturalmente más que de un sentido inferior, e incluso, se puede decir, literalmente «infernal». 

3 Estos cinco colores son el blanco, el negro, el azul, el rojo y el amarillo, que, en la tradición extremo oriental, corresponden a los cinco elementos, así como a los cuatro puntos cardinales y al centro.


explicado claramente, en un punto situado sobre el horizonte terrestre)1; y esto se refiere a una época que, precisamente, no es posterior más que en algunos siglos al comienzo del Kali-Yuga. 

Únicamente, si el Kali-Yuga todo entero es propiamente un periodo de oscurecimiento, lo que hacía posibles desde entonces tales «fisuras», este oscurecimiento está muy lejos de haber alcanzado de inmediato el grado que se puede constatar en sus últimas fases, y es por eso por lo que estas «fisuras» podían ser reparadas entonces con una relativa facilidad; por lo demás, por eso no era menos necesaria una constante vigilancia, lo que entraba naturalmente en las atribuciones de los centros espirituales de las diferentes tradiciones. Vino después una época donde, a consecuencia de la excesiva «solidificación» del mundo, estas mismas «fisuras» eran mucho menos de temer, al menos temporariamente; esta época corresponde a la primera parte de los tiempos modernos, es decir, a lo que se puede definir como el periodo especialmente mecanicista y materialista, donde el «sistema cerrado» de que hemos hablado estaba más cerca de ser realizado, al menos en la medida en que la cosa es posible de hecho. Ahora, es decir, en lo que concierne al periodo que podemos designar como la segunda parte de los tiempos modernos, y que ya ha comenzado, las condiciones, en relación a las de todas las épocas anteriores, están ciertamente muy cambiadas: no solo las «fisuras» pueden producirse de nuevo cada vez más ampliamente, y presentar un carácter mucho más grave que nunca en razón del camino descendente que ha sido recorrido en el intervalo, sino que las posibilidades de reparación ya no son tampoco las mismas de antaño; en efecto, la acción de los centros espirituales se ha cerrado cada vez más, porque las influencias superiores que transmiten normalmente a nuestro mundo ya no pueden manifestarse al exterior, al estar detenidas por esa «concha» impenetrable de la que hablábamos hace un momento; así pues, en un semejante estado del conjunto humano y cósmico a la vez, ¿dónde se podría encontrar una defensa por poco eficaz que sea contra las «hordas de Gog y Magog»? Eso no es todo aún: lo que acabamos de decir no representa en cierto modo más que el lado negativo de las dificultades crecientes que encuentra toda oposición a la


1 Se dice también que «Niu-koua cortó los cuatro pies de la tortuga para poner en ellos las cuatro extremidades del mundo», con el fin de estabilizar la tierra; si se compara a lo que hemos dicho más atrás de las correspondencias analógicas de Fo-hi y de Niu-koua, uno se puede dar cuenta de que según todo eso, la función de asegurar la estabilidad y la «solidez» del mundo pertenecen al lado substancial de la manifestación, lo que concuerda exactamente con todo lo que hemos expuesto aquí a este respecto.


intrusión de esas influencias maléficas, y a eso se puede agregar también esa suerte de inercia que se debe a la ignorancia general de estas cosas y a las «supervivencias» de la mentalidad materialista y de la actitud correspondiente, lo que puede persistir tanto más tiempo cuanto que esta actitud ha devenido por así decir instintiva entre los modernos y se ha como incorporado a su naturaleza misma. Bien entendido, buen número de «espiritualistas» e incluso de «tradicionalistas», o de aquellos que se titulan así, son, de hecho, tan materialistas como los demás bajo esta relación, ya que lo que hace la situación aún más irremediable, es que aquellos que querrían combatir más sinceramente el espíritu moderno están, ellos mismos, casi todos afectados por él sin saberlo, de suerte que todos sus esfuerzos están condenados por eso a permanecer sin ningún resultado apreciable; en efecto, aquí se trata de cosas en las que la buena voluntad está lejos de ser suficiente, y donde es menester también, e incluso ante todo, un conocimiento efectivo; pero es precisamente este conocimiento el que la influencia del espíritu moderno y de sus limitaciones hace completamente imposible, incluso en aquellos que podrían tener a este respecto algunas capacidades intelectuales si se encontraran en condiciones más normales.

Pero, además de todos estos elementos negativos, las dificultades de que hablamos tienen también un lado que se puede decir positivo, y que está representado por todo lo que, en nuestro mundo mismo, favorece activamente la intervención de las influencias sutiles inferiores, ya sea por lo demás consciente o inconscientemente. Habría lugar a considerar aquí, en primer lugar, el papel en cierto modo «determinante » de los agentes mismos de la desviación moderna toda entera, puesto que esta intervención constituye propiamente una nueva fase más «avanzada» de esta desviación, y responde exactamente a la continuación misma del «plan» según el cual es efectuada; así pues, evidentemente, es por ese lado por donde sería menester buscar a los auxiliares conscientes de estas fuerzas maléficas, aunque, también ahí, pueda haber en esta consciencia muchos grados diferentes. En cuanto a los demás auxiliares, es decir, a todos aquellos que actúan de buena fe y que, ignorando la verdadera naturaleza de estas fuerzas (gracias precisamente también a esta influencia del espíritu moderno que acabamos de señalar), no desempeñan en suma más que un simple papel de engañados, lo que no les impide ser frecuentemente tanto más activos cuanto más sinceros y cuanto más ciegos son, son ya casi innumerables y pueden clasificarse en múltiples categorías, desde los ingenuos adherentes de las organizaciones «neoespiritualistas» de todo género hasta los filósofos «intuicionistas», pasando por los sabios «metapsiquistas» y los psicólogos de las más recientes escuelas. Por lo demás, no insistiremos más en ello en este momento, ya que sería anticiparse sobre lo que tendremos que decir un poco más adelante; antes de eso, nos es menester todavía dar algunos ejemplos de cómo algunas «fisuras» pueden producirse efectivamente, así como de los «soportes» que las influencias sutiles o psíquicas de orden inferior (ya que, en el fondo, dominio sutil y dominio psíquico son para nos términos sinónimos) pueden encontrar en el medio cósmico mismo para ejercer su acción y extenderse en el mundo humano. »; los frutos de la tierra y la lluvia del cielo que nos permiten vivir no son otra cosa que manifestaciones de la Bondad que todo lo penetra y que reanima al mundo, y que llevamos en nosotros mismos en el fondo de nuestros enfriados corazones.


miércoles, 8 de enero de 2025

Transgresión (Frithjof Schuon)

 Transgresión


El ojo del corazón

Frithjof Schuon

José J. de Olañeta, Editor. Palma de Mallorca 2003.Pp. 184-18


Definimos la transgresión como una no conformidad en el ámbito de la acción, podemos precisar añadiendo que es una no conformidad respecto al Acto divino; éste es pura afirmación, mientras que el pecado es negativo y pasivo en el sentido de que en él el hombre reniega en cierto modo de su inteligencia y se abandona a la apariencia engañosa.


La ignorancia que es la condición fundamental de la transgresión es de un orden completamente distinto del de la simple ignorancia teorica: es la ignorancia electiva, cuya raíz está en el corazón y no en la razón o en la memoria, y esta ignorancia es lo que las Escrituras monoteístas llaman, con una extrema exactitud de expresión, «endurecimiento del corazón”.  La ignorancia se manifiesta según tres modos principales: la necedad, la debilidad y la maldad; éstas son las privaciones respectivas de la Sabiduría, el Poder y la Misericordia o Belleza divina cuyas cualidades humanas orrespondientes son la inteligencia la fuerza y la bondad. La necedad es la incapacidad de discernir entre lo esencial y lo accesorio, consiste en aferrarse únicamente a los hechos y en considerarlos simplemente como tales o sea sin la menor inducción; la debilidad es el abandono a las ilusiones, o sea una falta de homogeneidad interior y por lo tanto de resistencia; la maldad por último que con mucho es la «no conformidad» más grave pues es eminentemente

«activa» y «consciente»—, es una abstracción inversa de la que efectúa la inteligencia: mientras que esta última hace percibir las relaciones internas de las cosas, la primera representa una tendencia expresamente limitativa, negativa destructiva.


Toda transgresión debe considerarse, pues, como la expresión en el agente de la falta de una cualidad positiva, tal como la sabiduría, la fuerza o la pureza; ahora bien, si toda cualidad positiva se refiere a un aspecto divino, la ausencia de tal cualidad debe referirse a un centro cósmico de naturaleza o bien luciferina, o bien satánica, centro que es la fuente directa de la cualidad negativa y que se opone ilusoriamente al aspecto divino que niega; o bien satánica, centro que se opone ilusoriamente al vicio vive por la comunicación regular, rítmica en cierto modo, con el centro oscuro que determina su naturaleza y que, igual que un vampiro invisible, atrae, en estado de transgresión y de desequilibrio. Si no fuera así, la simple infracción sólo quedaría como un hecho aislado; pero toda infracción es

por definición un precedente y establece un contacto con un centro tenebroso 6, y esto también evidencia la necesidad de ritos de purificación, que tienen precisamente por efecto romper esos contactos, y restablecer la comunicación con el aspecto divino del que la transgresión a semejanza de su centro cósmico fue la negación.



6. El infierno a veces se representa con la forma de un monstruo que habla y se desa. Al-Ghazzáli lo describe así: «Camina sobre cuatro patas y lo conducen mediante setenta mil correas. En cada correa hay setenta mil anillas; si se reuniera todo el hierro de la tierra, éste no tendría el peso de una sola de esas anillas. A cada anilla se agarran setenta mil guardianes infernales... El monstruo brama, aúlla, crepita, susurra, centellea y humea, de modo que los cielos resultan invisibles a causa de la oscuridad que exhala».


Hábitos humanos (Matgioi)

 

Hábitos humanos

La voie rationelle

Matgioi

Editions Traditionelles. Paris 1984  Pp.148-154

Apoyémonos muy rápidamente en dos consecuencias inmediatas del dogma taoísta, que da pruebas absolutas, a dos problemas delicados: el problema del hábito humano (responsabilidad repetida) y del hábito después del estado humano o de cualquier otro estado del ciclo (karma de los hindúes, pecado original de los cristianos), y el irritante problema de la justicia social en el mundo humano, o incluso en el universo visible o capaz de ser visible.

Es fácil ver que, si quisiéramos estudiar en detalle todas estas cuestiones profundas y complejas, necesitaríamos un volumen para cada una de ellas; pero también nos veríamos obligados a perdernos en comparaciones, exégesis y polémicas. Estos procesos no tienen nada que ver con nuestro método. Nuestro método consiste en exponer, lo más brevemente posible, lo que es la médula de la Tradición primordial, y lo que, por tanto, tiene todas las posibilidades de ser la verdad, si es que la verdad puede ser concebida por los cerebros humanos. Pero creemos que esta verdad se mostrará suficientemente bella en sí misma, a aquellos cuyos ojos merezcan su contemplación, como para que no necesitemos articular y detallar sus maravillosas perfecciones. Dejamos el ardor de la propaganda a los que necesitan ayudar a una doctrina que no se basta a sí misma para ganar las almas de sus adeptos,y especialmente a aquellos que tienen un interés personal en hacer prosélitos.

Por lo tanto, cuando incluso las cuestiones más difíciles, controvertidas y oscuras pueden, en nuestra humilde opinión, ser tratadas con una sola palabra, no debe sorprendernos ver esa palabra escrita aquí, seguida de ninguna otra.

La energía emitida por todos los actos humanos es de la misma naturaleza, pero la energía emitida por un acto humano particular es de un grado, valor y «abundancia» especiales; por supuesto, estas cualidades son propias del aura de la humanidad, permanecen allí y no pueden afectar a nada fuera de ella. Así, dentro del aura humana, podemos discernir por la cualidad y el valor vibratorio de la energía cuál fue el acto que la generó. Cuando, habiendo completado su recorrido en el aura universal, esta energía retorna, por impacto de vuelta, al aura individual, toma las cualidades que tenía antes de salir de ella; y, dotada de estas cualidades específicas, vuelve a mover al individuo, que fue su causa mediata por el acto generado. Y, al golpear al individuo, lo golpea con las cualidades que corresponden a las suyas, es decir, con las cualidades, sentimientos, pasiones y motivos que generaron el acto que desencadenó todo el movimiento.

De ello se desprende la consecuencia. Movido en las cualidades, en los planes que generaron un acto, por una energía nacida de ese mismo acto, el hombre está fatalmente inclinado a actuar como actuó antes; está urgido a repetir su acto primitivo. Y si lo repite, una serie de vibraciones nuevas, similares, pero de mayor valor a causa de la repetición, comienza de nuevo el viaje de ida y vuelta que hemos descrito, vuelve a golpear al individuo de la misma manera, pero más fuerte, y le incita aún más ardientemente a una nueva repetición. El mismo acto se hace cada vez más fácil, natural, psíquicamente inevitable; incluso acaba por realizarse en el inconsciente. Tal es la teoría mecánica del hábito, de la costumbre inveterada y, como dice profundamente el proverbio, de la segunda naturaleza.

Llevemos el mismo razonamiento a un plano superior. Emisor de vibraciones, receptor de vibraciones similares, y todos dotados de cualidades humanas dentro del aura individual, un día, en este trabajo normal y perpetuo, hombre muere. Es decir, abandona el plano humano, y su aura individual se disuelve, como afectada por las cualidades humanas.

En el plano superior (1) donde la disociación de los elementos humanos lo ha proyectado, el nuevo ser que es el hombre no lleva nada del hombre anterior. Razonemos rápidamente esta proposición, que sería axiomática si los occidentales no hubieran permitido deliberadamente que sus cerebros se obsesionaran con todas estas cuestiones: los elementos del antiguo compuesto humano, que se encuentran en el nuevo plano, son ni elementos normales de este plano, y eran por tanto los elementos superiores del plano humano; los elementos normales y característicos del plano humano no pueden salir de él, pues de lo contrario dejarían de ser sus características. Además, el nuevo plano sólo puede ser superior al plano humano si no posee los elementos normales del plano humano. Aceptado esto -y no es más que sentido común-, está claro que son los elementos característicos de lo humano los que emiten el acto y, en consecuencia, la energía en el aura humana; pues, si la energía fuera emitida por otros elementos, no tendría las cualidades especiales para inscribirse en el aura humana individual. Por lo tanto, ni la responsabilidad, cualquiera que sea su valor, ni la sanción, cualquiera que sea su signo, siguen a los elementos superiores del compuesto humano después de su disociación. Esto es puramente matemático. El nuevo hombre no nace a su existencia sucesiva con una carga de méritos o deméritos.

En cambio, las vibraciones psíquicas, impersonales e indiferentes, pero absolutamente reales, que, después de su paso por el aura individual, atraviesan el océano universal, estas vibraciones vuelven a su emisión original, como nosotros hemos dicho anteriormente:

1. Cf. La Vía Metafísica.

el hombre nuevo reencuentra así, en su estado superior, las vibraciones que emitió en el pasado, pero estas vibraciones están purificadas y despersonalizadas, como él mismo lo está, y sólo sirven para suscitar en él el celo por la Vida (y por Vida entendemos aquí el modo de ser en el plano superior al que el hombre ha ascendido después de su muerte). Es la totalidad de estas vibraciones universales, reabsorbidas en un compuesto digno de ellas, lo que constituye, para el ser nacido en su nuevo estado, el potencial de su voluntad, de su inteligencia y de sus sentimientos. Esta es otra consecuencia de la teoría de la repetición: es el hábito, despersonalizado y transfigurado. Pero no tiene nada en común con el hábito humano. 

Es a este potencial al que las religiones occidentales, siempre enamoradas de las fórmulas peyorativas, llaman «pecado original». Aparte de la odiosa ridiculez de querer responsabilizar al nuevo ser de este potencial, del que nadie puede escapar, hay que señalar que este potencial no es ni una virtud ni un pecado; que es gratuito que los cristianos pretendan hacer de él un honorable cargo para nacer en cualquier mundo; y que es por su propia voluntad, y cuando haya tomado plena posesión de él, que el ser en cuestión pondrá el signo + o el signo - delante de este potencial energético, según el uso que haga de él en la nueva existencia en la que acaba de entrar.

Por último, consideremos, a la luz de esta luz -que puede parecer nueva a nuestros ojos occidentales, pero que sin embargo es la primera que brilla ante los hombres - la cuestión de la justicia social y de la justicia universal. Pero, a diferencia de los retóricos, hagámoslo muy brevemente, e indicando muy sucintamente las fases de estas evoluciones especiales. Hemos dicho que es metafísica, matemática e incluso moralmente imposible aplicar cualquier tipo de sanción a los actos humanos más allá de la vida humana, y a las acciones humanas más allá de la vida humana y a otra entidad distinta del compuesto humano. Por lo tanto, si hay mérito y demérito, si hay responsabilidad y sanción, si, en una palabra, la reacción concordante debe manifestarse en felicidad o pena, es exclusivamente en el plano humano; y es, pues, al pie de la letra que «todo acto lleva en sí mismo su recompensa o su castigo». Resulta, pues, que es en el plano donde se cometió el acto donde el castigo alcanza al autor del mismo. ¿Cómo conciliar esta proposición, ahora necesaria, con nuestra convicción de que «la justicia no es de este mundo»? La respuesta a esta infantil objeción es infinitamente simple.

Si consideramos cualquier acto en sí mismo, independientemente de todo lo que le precedió y de todo lo que le seguirá, lo concebimos como algo distinto de lo que realmente es, y atribuimos valores absolutos a sus cualidades. Y a partir de ahí, exigimos para él una sanción igualmente absoluta y coordinada sólo con este acto. Pero este punto de vista es absolutamente falso. Y, sin detenernos en la ley de las series, que veremos en un estudio posterior, debemos ser conscientes y recordar en todo momento esta verdad que sentimos confusamente, a saber, que ningún acto es independiente de la serie precedente y de la serie siguiente, que sus elementos de causalidad y de responsabilidad tienen raíces múltiples y distantes; En consecuencia, la sanción que se le aplica inmediatamente es conjunta y solidaria, no sólo con las sanciones anteriores y posteriores, sino con todas las reacciones que no son sanciones; si la sanción que parece aplicarse a un acto nos pareciera justa con respecto a este acto aislado, sería, pues, precisamente injusta, ya que este acto nunca está solo; la injusticia relativa es, pues, necesaria; y es toda la serie de estas injusticias sucesivas lo que constituye realmente la porción humanamente apreciable de la justicia universal.

Todo el problema social está aquí incluido; y los más famosos soñadores y los peores retóricos de la anarquía no harán que podamos obtener, en el plano contingente de la humanidad, la resolución general y definitiva de toda una evolución cíclica.

Sólo necesitamos resumir nuestro razonamiento; e aplicará igualmente a la teoría de la justicia universal;la justicia social, por injusta que sea, forma parte integrante de ella, como la justicia individual forma parte integrante de la justicia social. Así pues, el hombre es un actor en el drama de la justicia universal; y la afecta, y es afectado por ella fuera de su calidad de hombre. Pero recordemos dos cosas: 1° las energías de la justicia universal que afectan a todo ser fuera del recinto humano no son sanciones, sino meras influencias psíquicas o cósmicas indiferentes al estado humano y a lo que ocurre dentro de él; 2° el ciclo evolutivo es ascensional, es decir, cualquiera que sea la suma de los actos humanos, cualquiera que sea . cualesquiera que sean las repercusiones de estos actos en el océano universal, el ser humano asciende, perfeccionándose a través de todas sus disociaciones, y alcanza inevitablemente la desaparición del límite o, precisamente, la perfección.

Ni en la justicia individual, ni en la justicia social, ni en la justicia universal, el ser que fluye en la corriente de las formas está satisfecho. Pues donde hay justicia, hay también injusticia; y la idea de justicia sólo se engendra con y por su contrario y complementario. Por tanto, mientras un ser busque la justicia y crea haberla encontrado, no la hallará.

No la encontrará; porque no estará donde ella está; sólo la habrá alcanzado cuando ya no tenga el deseo de ella, ni el pensamiento de ella, porque, en ese preciso momento, estará, por encima de todas las cualidades y de todos los límites, y ESTO solo es la Justicia Infinita.


Me detendré aquí en estas consideraciones demasiado largas, que habrían podido proseguirse, sin embargo, incluso con cierto interés, durante cientos de páginas y a lo largo de indefinidas líneas de razonamiento. Pero trato de seguir humildemente el ejemplo de mis ilustres maestros, indicando sólo el camino de la verdad, y dejando a cada uno el cuidado y el mérito esencial de tratar de alcanzarla. Creo que, si se presta suficiente atención a las apoteosis que siguen, se podrá encontrar en ellas todo el fruto que se tiene derecho a esperar de un texto a la vez práctico y profundo. Será fácil ver, -entre las ingenuidades morales que ya he mencionado, los símbolos metafísicos en los que se oculta el pensamiento del Maestro, y cómo debemos interpretar los «atrincheramientos de la existencia» que se mencionan en cada momento, y de qué «existencia» estamos hablando. No voy, pues, a sobrecargar con glosas demasiado fáciles una enseñanza que está suficientemente iluminada por todo lo anterior. Me limito a dar, sin la menor interrupción, el texto del Libro de las Acciones y Reacciones Concordantes, tal como Laotseu lo concibió, y tal como ha sido parafraseado por piadosos discípulos y filósofos de todas las escuelas.


ACCIONES Y REACCIONES CONCORDANTES (Kan ying) (Matgioi)

 ACCIONES Y REACCIONES CONCORDANTES (Kan  ying)

La voie rationelle

Matgioi

Editions Traditionelles. Paris 1984 Pp 135-148


Los actos que los hombres cometen dentro de los límites de su responsabilidad, pero en pleno conocimiento humano, no pueden considerarse únicamente como hechos materiales que aportan una modificación temporal a un orden físico esencialmente transitorio.

No sólo son también efectos reflexivos de la voluntad humana, y capaces de aportar consecuencias morales, y de provocar una perturbación o una mejora en las funciones sociales o en las relaciones entre los individuos. 

Son también - son sobre todo - emisiones de energía, esfuerzos psíquicos, desplazamientos de fuerzas nerviosas e inmateriales, cambios de equilibrio en las estáticas y dinámicas del mundo invisible, desviaciones de corrientes en el aura de la humanidad. Estos fenómenos de nuestra segunda naturaleza son tan innegables, tan ciertos en sus consecuencias, como los fenómenos de variaciones de peso, densidad y masa que observamos en nuestra naturaleza inmediata; Pero como son invisibles -por lo menos en general- y como se sitúan en un medio en el que los cinco sentidos del hombre sólo pueden ejercer un control fugaz y bastante excepcional, estos fenómenos, que no se recuerdan de manera tangible a nuestra atención, son desconocidos por la multitud, y no cuentan para nada, o casi, por las mismas personas que más vehementemente sospechaban de su existencia.

Y, sin embargo, son precisamente los fenómenos más importantes a que puede dar lugar la acción humana; son los únicos que permanecen, y que, por un juego de movimientos recíprocos y perfectamente coordinados, tienen una existencia específica; son los únicos que tienen un resultado en todos los planos, un eco en todos los mundos, y que llevan en sí ese carácter de permanencia que, en el fondo, debe tener normalmente todo lo que un hombre dice, piensa o actúa, un fragmento infinitesimal,  pero cierta, de ese Todo indescriptible del que la Eternidad es una dimensión.

En efecto, las consecuencias materiales de un acto humano no pueden ir más allá de la materia, ni en el tiempo ni en la extensión; están, pues, expresamente limitadas al plano mismo en que se cometió el acto; y, en consecuencia, son nulas fuera del punto de vista humano.

Del mismo modo, las consecuencias morales o lógicas de un acto voluntario no pueden ir más allá de los límites donde se mueve la voluntad y donde se conoce la responsabilidad del autor. Hemos visto extensamente en otro lugar cómo el propio estatuto de la humanidad actual (1) restringe la libertad, la responsabilidad y, por tanto, la pena entre la vida y la muerte para el individuo, y entre el estado antehumano y el estado posthumano para la especie. Las consecuencias reflejas de la voluntad humana tienen los mismos límites que la inmovilidad, fuera de la cual esta voluntad ya no es distinta, o, en todo caso, ya no es la voluntad que sabemos que somos, y que nos determina como hombres... Y estas dos observaciones, además de ser el fruto lógico de un razonamiento perfectamente claro, sin ambigüedades ni rodeos posibles, son enteramente naturales, puesto que, ya sea en el plano material o en el plano voluntario, el hombre, al actuar, sólo ha influido en las cosas que están dentro del poder del hombre, o en los sentimientos que están dentro del dominio humano.

Pero, si consideramos el acto como una fuente de energía y, por consiguiente, como un transmisor de vibraciones nerviosas en la atmósfera psíquica, como la hélice de una ola en el océano fluídico que nos baña a nosotros y al universo, nos damos cuenta inmediatamente de que el movimiento así producido, ejercido fuera del plano humano, está fuera de nuestro control, fuera de nuestro alcance y fuera de nuestra misma responsabilidad (al menos como esponsabilidad limitada del estado humano). Las características típicas de estos movimientos son las siguientes: no pueden ser controlados por nosotros; una vez producidos, escapan para siempre a nuestra influencia; y aunque, a medida que la «corriente se invierte», su intensidad disminuye hasta hacerse imperceptible, la serie de movimientos es, no obstante, conocida (2).


1. Cf. Voie métaphysique, cap. Vif.

2. Hay que notar que para determinar los términos de estas ondas psíquicas no tenemos mejores nombres que los aplicados a las fuerzas eléctricas y a las ondas hertzianas. Podemos presumir de hacer las comparaciones que queramos.

Pero, sin demorarnos en considerar estas características, que puedo, por así decirlo, calificar de externas, veamos, en el fondo, lo que son tales fenómenos, o más bien tratemos de expresar claramente lo poco que podemos concebir de ellos. Pues, aun con la firme intención de permanecer claros y exactos, no es posible que el hombre conozca a fondo o analice completamente hechos que, en efecto, proceden de él, pero que, una vez que han partido de él, abandonan el ámbito de sus realidades efectivas y no vuelven jamás a él, o al menos sólo vuelven a él después de haber sufrido, por parte de agentes desconocidos para nosotros, profundas modificaciones de grado, e incluso de naturaleza.

El acto humano, considerado como una fuente de energía que va más allá del germen voluntario que lo generó, afecta a todo lo que es de su naturaleza, es decir, a todo lo que es humanidad y a todo lo que es energía. Esto es axiomático; y aunque, en pruebas burdas como las de que dispone la naturaleza humana, tal correspondencia pase desapercibida, no es menos cierto que siempre existe, y que la emisión, aunque sea infinitesimal, de cualquier energía afectará de algún modo a la energía universal, del mismo modo que el menor de todos los números afectará al mayor de los totales a los que se sume. Se trata de una necesidad matemática, además de lógica. Pero, ¿qué sabemos de la energía universal a la que los actos humanos afectan de tan diversas maneras? La conocemos de un modo tan general que a las mentes concretas y empíricas les resulta fácil negar que exista. Los últimos descubrimientos científicos -las ondas energéticas del éter, la energía radiante que es a la vez material e invisible- han demostrado ampliamente que vivimos en un baño de fuerza potencial universal, y que somos, en definitiva, los objetos a través de los cuales la potencialidad energética se haceenergía real, bajo ciertas condiciones, en todos los planos. Pero al demostrar la existencia de esta omnipotencia indefinida e indefinidamente práctica, la ciencia, todavía enteramente experimental, no precisó su valor, su objeto, ni las condiciones de su acción, aplicación y transformación. Sólo ahora conocemos la existencia de este gran problema y algunos hechos raros sobre él; no vemos aún asegurada su discusión y su resolución.

Es en este mundo energético, aún totalmente desconocido aparte de la afirmación de su existencia, donde convergerán, sin perderse ni aniquilarse, todas las energías parciales emitidas por la serie de las acciones humanas. ¿Qué sabemos del modo en que se comportan? ¿Y del resultado de su reunión y suma? Nada todavía; pero considerémoslas hasta su entrada en este mundo misterioso, el athanor central donde todo lo que es fuerza  se elabora; e intentemos, por razonamiento analógico, captarlas a su salida.

Acabamos de actuar, sea un simple gesto, sea una acción más complicada, lo cual importa poco; admitamos que acabamos de actuar el acto típico, la unidad de acto, es decir, el acto que corresponde al número uno en todos los planos en que se manifiesta.

Este acto, aparte del movimiento material y de la presión moral consiguiente, mueve energías, utiliza fuerzas, y lo hace de dos maneras, y siempre de estas dos mismas maneras, cualquiera que sea el acto producido. La voluntad que determinó el acto es una emisión de fuerza, intelectual o espiritual, como se quiera (y lo digo para no abarrotar la discusión con consideraciones irrelevantes). Una fuerza, a menos que se emita en el vacío, tiene resultantes de la misma naturaleza que ella misma, pero de valores y direcciones diferentes. El movimiento voluntario se proyecta y se inscribe en el plano de las ideas, y en el aura particular que el ser humano en cuestión se ha creado a través de la serie de sus voluntades antecedentes.

Por otra parte, la energía desarrollada bajo la voluntad de cometer la acción no se agota en esa acción; sólo se utiliza allí. Después de que la acción ha sido cometida, el propósito temporal para el cual esta energía fue desarrollada y en el cual fue retenida, desaparece, la energía emitida no desaparece; no retorna al centro que la proyectó, ni se reabsorbe allí. Porque si pudiéramos, como hace el patagón con su lazo y el zelandés con su bumerán, volver a llamar hacia nosotros las energías que hemos exteriorizado, ya no experimentaríamos la fatiga, el hambre o la necesidad de dormir,habríamos resuelto el problema de la inmortalidad del individuo.

Si las energías emitidas fuera del individuo no vuelven a él, una vez que ya no tienen aplicación en el exterior (ya sea porque han fracasado o porque han alcanzado y cumplido su finalidad), como, por otra parte, no podemos concebir ni su pérdida ni su aniquilación, nos vemos obligados a concluir que, paralelamente a la energía voluntaria, pasarán a formar parte del océano de fuerzas fluídicas que rodea toda cosa creada, todo límite. De este modo, cada una de las energías emitidas se une a energías externas de la misma dirección y naturaleza.

Pero la divergencia de valor y de comportamiento de estas masas energéticas, exteriores al hombre, se manifiesta inmediatamente. En efecto, los influjos sucesivos de la voluntad individual, aunque proyectados fuera de su autor, permanecen marcados por su impronta especial, y constituyen para él, fuera de sí mismo, un foco distinto con un aura personal, del que es verdaderamente el creador relativo y contingente, y que le une a su compuesto humano, y que le afecta, que vive por encima de él y tanto como él. El límite impuesto a la libertad de cada individuo no le permite una creación exterior más completa y duradera; pero la idéntica libertad del individuo vecino no permite al primero interferir, si así lo quisiera, en la creación semejante de otro. Y así, las emisiones voluntarias de cada compuesto humano forman auras energéticas personales, tan claramente distintas entre sí como los propios compuestos humanos a los que corresponden.

Por otra parte, las sucesivas afluencias de energía psíquica, partiendo de un elemento del compuesto humano inferior al que constituye la marca de la personalidad, no permanecen personales, en cuanto han salido del individuo, y desligadas de la meta a la que éste las dirigía. Pues si las energías de la voluntad humana no tienen equivalente fuera del hombre, las energías psíquicas, surgidas del hombre y consideradas fuera de él, son dinamismos semejantes a todos los dinamismos psíquicos, cuyo éter vibra indefinidamente. No tienen, pues, ninguna marca distintiva, y se fundirán normalmente en el océano fluídico universal, es decir, se añadirán al total de las energías dinámicas condensadas alrededor de la raza humana desde que fue emitido el primer acto del primer representante de esta raza.

Recordemos, pues, que todo acto humano tiene dos vibraciones, ambas, por supuesto, contingentes: una, siempre distinta, en el alma voluntaria de cada individuo, la otra, siempre general, en el alma psíquica universal. El firme apego de nuestra mente a estas dos concepciones nos permitirá entrar con confianza en un campo hasta ahora poco explorado.

El aura de las voluntades individuales del hombre es la suma de las proyecciones exteriores de todos sus actos racionales; es como una atmósfera envolvente que rodea inmediatamente a cada individuo, adaptándose a él,y recibe la impresión de todos sus movimientos reflejados. Esta aura sólo existe con la individualidad humana - ese fragmento de nuestra personalidad - y sólo a través de ella; se origina, ni siquiera con el individuo, sino con su primer acto, que no coincide necesariamente con su nacimiento; Sólo vive por emisiones sucesivas de la fuente que le da existencia, la voluntad individual, y los actos consecuentes; no puede, por tanto, subsistir tras la desaparición de su origen, como no puede subsistir una llama tras secarse la fuente de luz.

Pero si la contingencia original de esta aura le confiere tales limitaciones de tiempo y espacio, también le otorga ciertas condiciones de resonancia y retroalimentación. La voluntad del individuo, único generador de esta aura especial, constituye la suma inmaterial de sus esfuerzos y direcciones; crea una creación secundaria, que es obra suya y exclusiva, y de la que es, por tanto, directa y completamente responsable. Esta aura, con sus limitaciones, es la imagen misma y la representación exacta de las responsabilidades en que incurre la relativa independencia humana. Cubre al individuo con una capa dinámica de densidad y beneficio variables, según la intensidad y dirección de las acciones voluntarias de las que brota, y de las que se libera y aumenta cada día. En este nivel de energía mental, se asemeja, pues, al aura nerviosa que se mueve, según otras leyes, en nuestra atmósfera psíquica, y que los antiguos imagineros representan, alrededor del cuerpo y especialmente de la fiesta, como un nimbo envolvente y luminoso. Recordemos atentamente esta situación, que arroja luz sobre los preceptos más profundos y repetidos del taoísmo.

Por otra parte, el aura psíquica universal es el lugar donde todas las energías se encuentran, penetran y se influyen mutuamente las energías fluídicas inmateriales o pseudoimateriales (pues quién puede decir dónde acaba la materia, y si incluso empieza y acaba en alguna parte) (1) originadas por acciones de todo tipo emitidas por todas las fuentes concebibles (razones humanas, acciones cósmicas o incluso químicas, movimientos animales, etc., etc.). Esta atmósfera energética no está, sin embargo, constituida por todas estas energías diversas en total; no es un total o una entidad; es un lugar (a la manera de los lugares geométricos). Es impersonal; es la imagen inferior del Gran Todo Energético cuyo Ser se despliega en la acción y el movimiento universales (2). Como receptáculo de todas las fuerzas, la menor de las que penetran en él cambia las disposiciones y los movimientos de los que allí encuentra; y recibe de ellos en reacción y presión el equivalente de lo que aporta en acciones e impresiones. Pero aquí (y lo sentimos profundamente por el carácter cósmico y universal del medio) la voluntad humana no tiene nada que ver; la independencia y la acción humanas son nulas; el valor y la responsabilidad del acto humano son cero. El fenómeno de la energía cósmica continúa rígida, lógica, inevitablemente, y quien la posee, desde el principio, es el único que la posee,


1. Siempre que estemos dispuestos a no reservar este término exclusivamente, como hicieron los antiguos filósofos occidentales, para lo que cae bajo el control de los cinco sentidos humanos en su estado normal. .

2. Aunque aquí sólo estudiamos dos fuentes de energía y fuerzas , hay que recordar que el dualismo, en cualquier grado y de cualquier tipo, no entra en las concepciones tradicionales del Extremo Oriente. La tradición primordial nos enseña acerca del tercer océano, o el océano del nirvana; en este océano, que es la energía por excelencia, es decir, el alma espiritual de todas las cosas, no hay ni acción ni reacción; no hay influencia de la voluntad humana ni, menos aún, de los movimientos cósmicos. Y esta determinación esencial muestra inmediatamente por qué no se menciona este tercer foco, en y alrededor del Kan-ing. Ningún movimiento del universo se refleja allí; pero el universo, a fuerza de deseos intensos, puede ascender y fundirse allí; y es allí donde encuentra su plenitud, en el autoconocimiento absoluto y en la posesión de la Energía Esencial, que es el Reposo Reflejado, o, metafísicamente, el No-Obrar, el No-Ser consciente.

Era interesante subrayar este punto, aunque no se tratara aquí, en relación con las concordancias entre las dos energías que la Tradición primordial ofrece aquí con las teorías de la Cábala. Será fácil reconocer, en lo que acabamos de decir, el mundo incluido en la espiral de la Gran Serpiente, el Sepher Ietzirah, el Tesoro de Luz, etc., todas entidades intelectuales donde el Extremo Oriente, Oriente y Occidente se encuentran, penetran y se apoyan mutuamente.

de otro mundo o en el fondo de una individualidad, ignora no sólo las condiciones, sino la existencia misma de esta emisión, necesaria, pero anónima, y no es, por tanto, ni autor ni testigo de ella. Lo humano no puede surgir del dominio humano, ni asumir cualidades que no sean de naturaleza humana. Lo que está más allá de nuestra intelección y de nuestra condición está por encima de nuestra intención y de nuestro mérito. Nunca se insistirá bastante en esto, sobre todo en el mundo occidental, donde la vanidad nos ha hecho suponer nuestro valor y responsabilidad iguales al propio valor y voluntad del infinito.

En el estudio, tan delicado y complejo, de las energías movidas o influidas por el acto humano, hemos llegado así a ese momento en que la fuerza misteriosa así desarrollada se ha registrado en el hogar psíquico universal, al momento en que esta ola, sin fundirse ni aniquilarse, se ha reunido con ese océano que baña los universos. Como un cuerpo que cae en el agua, o un río con su propio movimiento que desemboca en un océano con el movimiento planetario de las mareas, esta energía provoca ondas que se propagan en todas direcciones. Pero una ondulación que se propaga genera una acción de repercusión, necesaria para cualquier tipo de equilibrio, ya sea material, psíquico o intelectual. Por eso, la vibración ondulatoria, después de haber hecho mella en todo el océano psíquico, vuelve al mismo lugar donde nació, con un nuevo valor y una nueva dirección, sobre los cuales los humanos no tenemos ningún dato cierto, ni siquiera perceptible (pues las influencias encontradas por la ondulación en el océano psíquico están por encima del dominio humano, y forman parte de un todo cósmico del cual ignoramos los elementos de vigor).

No tenemos aquí más que los elementos del razonamiento y de la analogía; no tenemos ningún elemento de experiencia o de de observación, y tenemos que conformarnos con lo que tenemos para tratar de explicar lo que vemos: en este campo, donde reina todavía la contingencia, sólo podemos sacar conclusiones relativas, contingentes con una verdad limitada y reducida, mientras que en el mundo de las abstracciones metafísicas podíamos sacar conclusiones rígidas y claras, cuyas cualidades tomábamos prestadas de la perfección misma de su objeto (1).

Sea como fuere, la energía desarrollada por el acto humano, y llevada hasta el extremo de su acción (kan), por un mecanismo cósmico obligatorio y general, del que nada de lo que existe puede escapar, ya que este mecanismo es la sustancia misma de la existencia; y este retorno de energía constituye inmediatamente la reacción cósmica (ing) de la acción humana.

Esta reacción es evidentemente de la misma naturaleza que la ondulación de donde ella sale; ella lleva las mismas características. Los movimientos cósmicos que puede desencadenar son independientes del hombre, de su voluntad, de su mérito; él los ignora; son suyos y le son indiferentes. Como ola impersonal en el océano universal, sólo interesa al hombre en el momento mismo y en el punto mismo en que desplaza, con su contragolpe similar y paralelo, el aura humana de la que una vez surgió. Sólo podemos estudiar con conocimiento este momento y este punto de tal reacción; pero sepamos que este momento y este punto son afectados de la misma manera y con la misma indiferencia que todos los demás puntos y todos los demás momentos en el curso de esta reacción cósmica. Y, en este punto y en este momento, esta reacción cambia de naturaleza: pierde su carácter universal en el mismo lugar donde lo había adquirido, para tomar este carácter universal en el mismo lugar donde lo había adquirido, para poner esta forma


1. No queremos insistir. Pero qué profundo tema de reflexión, aquel por el que sabemos y sentimos que podemos acercarnos a la verdad absoluta con lo que hay en nosotros de eterno y divino, al tiempo que sentimos y admitimos que los límites, de los que sin embargo estamos hechos, siguen siendo para nosotros obstáculos para la comprensión de esos mismos límites. Y ¡qué inesperada constatación de que, a pesar de nuestra imperfección superficial, estamos más abiertos a lo absoluto que a lo relativo!-

de acción individual, a través de la cual sólo ella puede entrar y actuar en las auras humanas. Y, al perder su característica impersonal, retoma las características de la contingencia individual, a las que había renunciado cuando salió de esa contingencia, y que retoma cuando vuelve a entrar en ella.

Así pues, llevemos esta reacción (ing) de vuelta al tiempo y al espacio humanos. En este período, toma el camino inverso idéntico al que el kan había seguido en el aura humana, desde el momento en que emergió de la vulva energética de la voluntad. Pero, para afectar a un compuesto, una energía debe asumir, si no esencialmente, al menos temporalmente, cualidades que el compuesto a emular pueda sentir y percibir, y apreciar en su naturaleza, y controlar en su juicio. Por eso, en este momento de retorno a lo humano, el kan toma prestadas las cualidades humanas por las que puede presentarse eficazmente a su objeto. Estas cualidades son de tipo material y de tipo sentimental, de modo que el resultado se produce en todo el compuesto humano (notemos de nuevo que no hablamos aquí de los elementos divinos del hombre, que sólo pueden ser movidos, o al menos satisfechos, en comunión con el océano del nirvana, y que no puede hablarse aquí de este océano, que hemos dicho que no está sometido al flujo del kan y al influjo del ing).

Vemos, pues, como una necesidad lógica que, durante su influencia sobre la humanidad, el ing sea temporal y contingente, individual y afectiva. Se apodera del hombre, no en los elementos superiores, sino en el compuesto característico de la humanidad, y lo agita tangible y materialmente. Y, como ya hemos visto que, en el aura humana, la responsabilidad por el acto voluntario permanece completa y exclusiva, sabemos ahora, como corolario fatal, que el ing se manifiesta en el plano humano, a lo largo de la responsabilidad humana, como una sanción, pero como una sanción de valor correspondiente a la responsabilidad, y dentro de los mismos límites.

Ing, según los casos, se manifiesta pues como recompensa o como castigo, y esta manifestación, que le es exterior, sólo afecta al objeto, y permanece independiente del sujeto ing, cuyo reflejo es siempre el mismo que ella misma, cualquiera que sea la consecuencia a los ojos del hombre. Este es, en suma, el gran secreto del viaje de kan y del retorno de ing. En todo este mecanismo metafísico, no hay voluntad divina que envíe al hombre una recompensa o un castigo; hay un poder cósmico que se despliega, se reabsorbe y luego reverbera independientemente del valor moral (1) del acto voluntario humano; y es el movimiento particular del aura humana el que aplica y determina en sanción los efectos especializados de este poder. Así, lo humano sigue siendo humano, afecta a lo único humano, por la mera correspondencia lógica de acciones y reacciones. Parece ahora insostenible que lo finito pueda afectar a lo infinito, y que lo relativo pueda determinar un estado en lo Absoluto; sobre todo, parece monstruoso -llamemos ahora a los conceptos y a las cosas por su nombre- que el hombre, capaz de desear, pero incapaz de actuar fuera del plano humano, pueda, por su agitación humana, causar molestia al Dios Abstracto, y que este Dios Abstracto conciba esta molestia como satisfacción o cólera infinita, generadora de sanciones eternas aplicadas a este hombre temporal y a su agitación ilusoria.

Ya he subrayado enérgicamente (2) semejante monstruosidad, nunca volveremos a ella demasiado ni con demasiado celo; porque, predicada por sacerdotes deseosos de hacer poder y dinero con ella, ha aterrorizado a millones de personas,


1. Pues, ¿cómo podría la fuerza cósmica o el potencial metafísico ser influenciado por la moral humana?

2. Cf. La Vía Metafísica.


y detuvo el impulso evolutivo de una de las más bellas razas humanas por el loco terror de la muerte y la peor angustia del Más Allá


martes, 7 de enero de 2025

FELICIDAD (Frithjof Schuon)

Resumen de metafísica integral

Frithjof Schuon

José J. Olañeta Editor. Palma de Mallorca 2000 Pp 108-110

FELICIDAD

Una de las primeras condiciones de la felicidad es renunciar a la necesidad superficial y habitual de sentirse feliz. Pero esa renuncia no puede surgir del vacío; ha de tener sentido, y ese sentido sólo puede venir de lo alto, de lo que constituye nuestra razón de ser. De hecho, para demasiados hombres el criterio de valor de la vida es un sentimiento pasivo de felicidad, que viene determinado a priori por el mundo exterior; cuando este sentimiento no se produce, o cuando se difumina —cosa que puede tener causas tanto objetivas como subjetivas—, se alarman y están como poseídos por la pregunta: «¿Por qué no soy feliz como antes?» y por conseguir algo que pueda devolverles la sensación de ser felices; lo cual, no hace falta insistir en ello, es una actitud perfectamente mundana, luego incompatible con la menor de las perspectivas espirituales. Encerrarse en una felicidad terrena es crear una barrera entre el hombre y el Cielo, y es olvidar que en la tierra el hombre está exiliado; el propio hecho de la muerte lo prueba.

La primera respuesta a la espera profana del sentimiento de felicidad —o a la mala costumbre de aprisionarse en esa espera como si no hubiese encima de nosotros un cielo ilimitado y sereno—, la primera respuesta, pues, es el recuerdo del Sumo Bien o, en otros términos, la conciencia de su Realidad y de su Felicidad. Es esa conciencia lo que permite percibir la relatividad y la pequeñez de nuestro «complejo» de felicidad, y constatar que hay en la espera en cuestión dos vicios fundamentales, a saber, la concupiscencia y la idolatría; dos cosas, pues, que nos alejan de Dios y por consiguiente de la Felicidad en sí, fuente de toda felicidad.

Pero hay algo más: a la renunciación de la que hemos hablado más arriba, ha de añadirse lo que cabe llamar, del modo más simple, la «vida de oración». Hay que llegar a encontrar felicidad en el acto espiritual, el don de sí, más que en el disfrute pasivo y narcisiano de un bienestar que se espera que el mundo nos ofrezca. «Mayor felicidad hay en dar que en recibir», dijo Cristo 1 

Sin embargo, el hecho de hacer fructificar la actitud negativa de renunciación mediante la actitud positiva de afirmación o de don no puede constituir por sí solo la alquimia del contento espiritual; tenemos necesidad igualmente de un estado de ánimo que corresponda más directamente a la felicidad propiamente dicha, y es en primer lugar y con toda evidencia el amor a Dios: el sentido de lo sagrado y por tanto el recogimiento ante la Divinidad, o ante determinada expresión sacramental de su presencia. Esa es la beatitud contemplativa en el santuario, y éste es ante todo nuestro corazón; porque «el reino de Dios está dentro de vosotros».

Otro polo de la felicidad espiritual —complementario del anterior— es la esperanza: nuestra certidumbre condicional de la salvación, certidumbre que depende de nuestra certidumbre de Dios y de la sinceridad de esa certidumbre; pues estar realmente cierto de lo Absoluto es sacar las consecuencias operativas de esa convicción; pues lo Absoluto compromete todo cuanto somos. La fe exige las obras; no son éstas por sí solas las que obran la salvación, pero forman parte de la fe, que abre nuestra alma

1. Hechos de los apóstoles, XX, 35. También Artajerjes, según Plutarco: «Dar es más regio que recibir».

inmortal a la Misericordia salvadora. Las obras —o la obra a secas— son ante todo el diálogo con el Cielo; el aura moral de esta alquimia es la belleza del alma, luego también la actividad exterior que la manifiesta.

La felicidad es la religión y el carácter; la fe y la virtud. Es un hecho que el hombre no puede encontrar la felicidad en sus propios límites; su naturaleza misma lo condena a elevarse por encima de sí mismo, y, haciéndolo, a liberarse.


Beatitd, felicidad ( Jean –Marc Vivenza)

 BEATITUD.


Jean –Marc Vivenza . Le Diccionaire de René Guénon. Le Mercure Dauphinois. Grenoble 2002 Pp.60-61


Si consideramos que el conocimiento de la identidad del Intelecto* con el Atma* es la más elevada de las posibilidades espirituales de que es capaz el hombre, y que este descubrimiento corresponde también a la

comprensión de que en última instancia no hay diferencia entre el Atma y todas las formas del ser, en la medida en que ninguna realidad es ajeno al Atma, entonces este conocimiento último puede llamarse auténtica Beatitud.


La beatitud (Ananda) puede definirse, pues, como la Conciencia total del "Ser*" cuando se considera en relación con su único objeto: el Ser puro*

(Sat).


(El hombre y su devenir según el Vêdânta, cap. XIV, "El estado de sueño profundo o la condición de prajna").


domingo, 5 de enero de 2025

Etapas de la Vía (1º Hexagrama I-Ching) Matgioi

 Etapas de la Vía (1º Hexagrama I-Ching)


La voie métaphysique

Matgioi

Éditions Traditionelles Paris 1991.Cap IV Pp 41-47 


                  

                  

                 

                  

                 

                           

 

Es del primer hexagrama de donde los magos y  filósofos chinos han extraído, en todas las ramas de la sabiduría humana,sus principales y mejores enseñanzas (3).


El Dragón, "una inteligencia cuyas modificaciones son ilimitadas,

símbolo de las transformaciones de la vía racional (tao) de la actividad expresada por Khièn" (Yiking: cap. I, § 8, comentario sobre Tsheng-tse),descansa sobre la primera línea (una línea inferior, positiva, ya que como todas las líneas del arcano, no tiene continuidad), y representa "el punto de partida del comienzo de los seres". Es el "Dragón Oculto".La actividad extrema de la Perfección no se produce, no se revela todavía por ningún acto de voluntad, por ningún pensamiento en sí; por lo tanto, está oculta, es decir, es ininteligible para el hombre. Es el período de

la no-acción. Y por la palabra "período" debemos entender la idea del estado metafísico, así como por la palabra "situación" debemos entender el "lugar geométrico", debiendo ser aquí todas las concepciones independientes de las relatividades del tiempo y del espacio.


Situado en la segunda línea, el Dragón emerge: la actividad comienza a sentirse en la superficie de la tierra: es el "Dragón en el arrozal". La actividad extrema del cielo aún no se ha manifestado, pero el hombre comprende que existe, del mismo modo que un ser en el arrozal está oculto por el arroz, y verse, pero se sabe que está ahí por las ondulaciones de la superficie a su paso. Observamos aquí que la segunda línea es la línea

mediana del trigrama inferior, que es pues, por así decirlo, el resumen de su expresión general: observamos también que hay un significado que extraer de su comparación con la línea mediana del trigrama superior, que es su simpático (sistema de correspondencias). Este significado da la tendencia

general del hexagrama. Puesto que las dos líneas correspondientes son ambas positivas, se deduce que el significado de Khièn se refuerza, es decir, que la actividad del Cielo es extrema, continua y eterna, y que el Cielo es

inconcebible sin la idea de su actividad. Esto es lo que ya hemos señalado en un capítulo anterior; y aquí, como en otras partes, los significados de la significación simbólica de las seis líneas corroboran los principios, ya conocidos, de la metafísica y la experimentación. Esta segunda situación se resume perfectamente en la comparación de Shiseng: "El éter positivo comienza a generarse, igual que la luz del sol comienza a iluminar todas las cosas, antes de que el sol aparezca en el horizonte".


Situado en el tercer trazo, el Dragón se manifiesta; está en la posición superior del primer trigrama: es el momento de la leyenda en que, elevándose a la cima de las aguas rugientes, se lanzará y aparecerá en la realidad tal como es. Si las escamas del Dragón emergen de las aguas, entonces el hombre conoce la ciencia y la ley. Este es el "Dragón visible". La actividad incesante, habiendo alcanzado la cima de un trigrama, remonta

el abismo que la separa del segundo trigrama. Esto es motivo de gran circunspección. Y vamos a aplicar este consejo inmediatamente tal como se nos da. Hay una delicadeza y un peligro en "ver la espalda del Dragón", es decir, en conocer la Ciencia y la Ley, si uno no está suficientemente preparado para ello por los estados anteriores. (Cf. el estado edénico y la

leyenda del fruto prohibido). Esta es la voluntad de expansión de todos los seres, que es muy perfecta porque es la coronación de la actividad, pero muy peligrosa porque puede conducir a la multiplicidad, es decir, a las formas y a la desunión.


Situado en la cuarta línea, el Dragón tiende a abandonar el mundo, es decir, a desaparecer, ya que, habiéndose manifestado, si permaneciera se haría inteligible para el hombre, y ya no sería la Perfección en sí misma; pero aún no vuela lejos; "es como el pez que salta fuera del agua, con la voluntad, pero sin los medios para desaparecer : Es el Dragón saltarín, igualmente dispuesto a desaparecer en el éter de los espacios celestes y en las profundidades de los abismos, donde está su lugar de reposo".

(Yiking, cap. I, § 14; comentario de Tsouhi).


La incesante actividad al final del salto puede adoptar las alas del

Dragón y desaparecer hacia arriba, o conservar las aletas del pez y desaparecer hacia abajo: hay, pues, libertad para avanzar o retroceder. Es el símbolo de la libertad y la independencia con que el universo se mueve y se adentra en su camino (Tao). La situación es indeterminada, pero cualquiera que sea la solución, podemos ver que la verdadera meta del movimiento de

la actividad es el reposo absoluto, que está más allá de las fuerzas humanas (esto es el Nirvana, inteligible pero inaccesible para el ser humano que conocemos).


Situado en el quinto trazo, el Dragón, plenamente manifestado, actúa en su plenitud y gobierna el mundo. Ha dejado la tierra para desaparecer, pero punto de alcanzar sus límites, aún no ha desaparecido, y su benéfica influencia se extiende por todas partes; es el Dragón Volador quien, en este momento, con su sola visión, hace surgir la edad de oro de la humanidad. Es la feliz expansión del Universo en la Totalidad, que nunca deja de ser

Unidad. La actividad extrema hace esta totalidad: la presencia del Dragón hace esta unidad: y, para utilizar un lenguaje menos metafísico, la creación existe en su totalidad, pero no tiene forma.


Recordemos aquí que el quinto trazo es el trazo medio del trigrama superior, y que es el correspondiente simpático del segundo trazo: y observemos que el segundo trazo es una voluntad de acción no formulada, y que el quinto trazo es esta acción no formulada.


En el sexto trazo, el Dragón desaparece"se sobrepasa la altura

adecuada", dice Tsouhi, "se alcanza la unidad extrema, hay un exceso elevación". Por supuesto, este comentario sólo debe entenderse en relación con el universo visible. Aquí es donde comienza a desaparecer el "Dragón Flotante"; y con él también comienza a desaparecer aquella inmovilidad de la perfección , que traía consigo el pesar de imposibilidad de mantenerla

(debido tanto a la perfección relativa como a la extrema actividad del cielo). Lo que está completamente acabado", dice Confucio, "no puede durar mucho tiempo". Y así, el hombre es tan imperfecto que la sola idea de la perfección trae consigo el temor de perderla. Esta es la creación tangible, o más bien la divisibilidad de la Unidad mediante la multiplicación de las

formas, y el establecimiento de la dualidad relativa de la perfección pasiva, inteligible para el hombre, mediante la desaparición del Dragón que simbolizaba la Unidad a través del vehículo universal. Esta es la estasis actual por la que atravesamos, en el ciclo al que pertenece nuestra . Y el

pesar de esta humanidad engendra su deseo único, que los psicólogos pueden llamar necesidad de idealismo, y que es en definitiva el deseo de volver al estado de unidad, de sustituir la perfección pasiva por la perfección activa, que no comprendemos, pero cuya existencia necesaria conocemos, el deseo, en una palabra, de volver a ver el Dragón (4).


Tal es la armonía metafísica inscrita en la parte formada por el primer hexagrama del Yiking,


Veamos, por ejemplo, en unas pocas líneas, cómo el iniciado encuentra aquí reglas para su conducta como mago, para su ascetismo especial.


Dragón oculto. - El superdotado debe regular su conducta según la actividad del cielo; como el superdotado aún no está instruido, la voluntad del cielo está oculta a su ojo insuficiente: por tanto, permanece envuelto en su ganga de mortal imperfecto. El superdotado debe, pues, meditar, guardar silencio y tratar de desarrollarse mediante el estudio y la contemplación. Si

actuara mientras el dragón está oculto, no daría toda su medida y caería en un error perjudicial para su futuro.


Dragón en el arrozal. - El hombre dotado es consciente de su virtud,pero aún no puede salir del te rre5. Mejora gradualmente a los seres a través de su enseñanza; pero aún no se le permite ni mandar ni manifestarse. Sólo debe esforzarse por seguir la fortuna y el ejemplo. de los Magos que le precedieron.


Dragón visible. - El hombre dotado, colocado en una posición inferior a sus méritos, está en peligro; debe actuar con circunspección, pues por su virtud atrae la simpatía del universo y, por esta simpatía, el odio de sus superiores. Pero tanto si se retira como si permanece, que tenga siempre cuidado de seguir el camino normal (tao).


Dragón saltarín. - Cuando el hombre dotado actúa, nunca es ajeno al momento en que lo hace. Así, ha acrecentado sus méritos y su virtud para distinguirse en un momento preciso y determinado; es libre de avanzar o de retroceder; ha conservado toda su libertad; puede edificar mediante una virtud deslumbrante, del mismo modo que puede descender a una humildad

meritoria; en esta situación, debe inspirarse en las circunstancias.


Dragón volador. - El hombre dotado ocupa la posición superior que le corresponde; habiendo alcanzado las cumbres de la inteligencia, es dulce mirar por encima del hombro al hombre igualmente dotado de virtud, ayudarle con sus ejemplos y asociarle con su poder. Cuando uno está en la cima de sus poderes, debe actuar.


Dragón flotante. - La belleza infinita es difícil de conservar. Por eso el hombre dotado debe saber avanzar y retroceder en el tiempo para no correr nunca el riesgo de perderla. Nunca hay que exagerar nada, por bueno que sea.


3 En cada situación en la que intervenga el Dragón, recuerda el viaje de la Leyenda.

4 Queda entendido que el simbolismo del Dragón, tal como se explica aquí, está fuera del tiempo y del espacio, por encima de los individuos, y sólo es aplicable a las síntesis. El próximo capítulo indicará el simbolismo de su marcha, en relación con lo que se llama, en Occidente, la creación del Universo visible.