miércoles, 16 de abril de 2008

La democracia en América. Alexis de Tocqueville

Hay unas interesantes consideraciones acerca del gobierno local en la Norteamérica de sus primeros tiempos fundacionales recogidas por Alexis de Tocqueville en su libro “La democracia en América”. Es curioso que la democracia directa de los pequeños municipios no se debe tanto a la moderna ideología de la democracia cuanto a la experiencia que aún quedaba de los consejos municipales en el viejo continente que provenía de la compleja organización medieval y que los inmigrantes aportaron en su asentamiento americano. Organización por cierto muy distinta de la organización política estatal y federal en la que ya se reconocen las características de la moderna democracia liberal formal: parlamentos, partidos, separación teórica de poderes etc.

Es curioso que en la organización de los pequeños municipios estuviera prohibida la representación, como escamoteo que es de la verdadera participación del vecino. Las grandes ciudades por el contrario tenían estatutos especiales que las sitúan plenamente dentro de los mecanismos de la moderna democracia formal. Como por otra parte la mayoría de la población norteamericana vive en grandes ciudades, la democracia directa hoy día es poco menos que un residuo político sin verdadera importancia.

En la antigua Castilla el funcionamiento de comunidades de villa y tierra, merindades y behetrías estaba basado también en la democracia directa, aunque su importancia real , por motivos diversos y complejos, decayó definitivamente en el siglo XVI, no quedando más que residuos de la antigua organización comunera a partir de aquel lejano siglo.

Por cierto que algunos opinantes acerca de la vieja organización comunera castellana, consideran que no era mucha democracia la organización de algunos concejos anuales. Parece que no están muy enterados de la actual organización local y municipal en donde la mayoría de los vecinos no participa nunca de forma directa en el gobierno de la cosa pública , tan solo puede elegir representantes o intermediarios y eso cada cuatro años en el mejor de los casos.

Hoy día siguen considerando muchos al representante o intermediario y a la organización partidaria que lo promueve como característica inequívoca de la democracia representativa, ignorando la existencia de los modernos medios de comunicación y telecomunicación que hacen cuanto menos cuestionable la existencia del representante, en otra época más justificada teóricamente en razón de las distancias y otras estrecheces vitales.

Alain Benoist nos recuerda el origen claramente burgués de la actual democracia representativa:

El juego político está calcado de la actividad económica: al mercader, intermediario entre el productor y el consumidor, le corresponde el representante, intermediario entre el elector y el Estado; a la negociación contractual le corresponde la discusión como fuente de un compromiso que permite ahorrarse la decisión.

Y Péguy podrá escribir: «La burguesía ha forjado con conocimiento de causa al intermediario: intermediarios son estos “políticos intelectuales”, nada socialistas, nada pueblo, distribuidores automáticos de propaganda, revestidos del mismo espíritu, artesanos de los mismos métodos que combaten en el adversario. Es a través de ellos como el espíritu burgués desciende por capas progresivas al mundo obrero y mata al pueblo, al viejo pueblo orgánico, poniendo en su lugar esta masa amorfa, brutal, mediocre, olvidadiza de su raza y de sus virtudes: un público, la muchedumbre que odia».

(Alían Benoist..El burgués paradigma del hombre moderno. El manifiesto nº 1, 4 º trimestre 2004)

Adjuntamos un antología de textos de Alexis de Tocqueville.


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ANEXO


Los poderes municipales en Nueva Inglaterra

En el municipio, como en cualquier otra parte, el pueblo fuente de los poderes sociales, pero en ningún otro lugar ejerce su poder de forma más inmediata. En América, el pueblo es un amo al que ha habido que complacer hasta los últimos límites de lo posible.

En Nueva Inglaterra, la mayoría interviene por medio de representantes cuando resulta necesario tratar los asuntos generales del Estado. Era necesario que fuese así. Pero en el municipio. donde la acción legislativa gubernamental está más cerca de los gobernados, no se admite la ley de representación. No existe consejo municipal alguno. El cuerpo de los e lectores, tras haber nombrado a sus magistrados, los dirige él mismo en todo aquello que no es la ejecución pura y simple de las leyes del Estado 65



En este orden de cosas es tan contrario a nuestras ideas y tan opuesto a ­nuestras costumbres que resulta necesario poner aquí algunos ejemplos para que sea posible comprenderlo bien.

En el municipio, como veremos más abajo, las funciones públicas son extremadamente numerosas y se encuentran fuertemente divididas. No obstante, la mayoría de los poderes administrativos se concentra en manos de un pequeño número de individuos elegidos cada año i que se llaman selectmen (66).

Las leyes generales del Estado han impuesto a los selectmen un número de obligaciones. Para desempeñarlas no tienen necesi­dad de la autorización de sus administrados y no pueden sustraerse a ellas sin comprometer su responsabilidad personal. La ley del Estado les encarga, por ejemplo la formación de las listas electorales de sus municipios. Si prescinden de hacerlo, son culpables de un delito. Pero en todas las cosas dejadas bajo dirección del poder municipal, los se­lect-men son los ejecutores de las voluntades populares, como entre nosotros el alcalde es el ejecutor de las deliberaciones del consejo municipal. Las más de las veces actúan bajo su propia responsabili­dad y no hacen otra cosa que seguir, en la práctica, el resultado de posprincipios que la mayoría ha establecido con antelación. Pero, ¿desean ir un cambio cualquiera? Si quieren dedicarse a una nueva em­presa es necesario remontarse a la fuente de su poder. Supongamos que se trate de establecer una escuela. Los .selectmen convocan para un día determinado, en un lugar indicado de antemano, a la totalidad de los electores. Allí exponen la necesidad que se percibe, dan a
Conocer los medios que hace falta emplear para satisfacerla, el dinero que hace falta gastar, el lugar que conviene escoger. Consultada sobre todos esos puntos, la asamblea adopta el acuerdo, fija el lugar, vota el impuesto y devuelve la ejecución de sus voluntades a manos de los selectmen
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Los select-men son los únicos que tienen derecho a convocar la asamblea municipal (town meeting), pero se les puede forzar a que lo hagan. Si diez propietarios conciben un nuevo proyecto y quieren someterlo a la aprobación del municipio, exigen una convocatoria generall de los habitantes. Los select-men están obligados a suscribirla y no conservan más derecho que el de presidir la asamblea.

Estas costumbres políticas, estos usos sociales se encuentran, sin duda, bien lejos de nosotros. No es mi intención en este momento .juzgarlos ni dar a conocer las causas ocultas que los producen y vivifican. Me limito a exponerlos.
Los selectmen son elegidos todos los años en el mes de abril o mayo. La asamblea municipal elige al mismo tiempo un gran número de magistrados municipales encargados de ciertos detalles administrativos de importancia: los unos, de nombre asesores, deben estable. los impuestos; los otros, llamados recaudadores, deben percibirlos. Un oficial llamado constable se encarga de la policía, vigila los lugares públicos y vela por el cumplimiento material de las leyes. Otro, llamado escribano del municipio, registra todas las deliberaciones y lleva las tal del registro civil. Un tesorero custodia los fondos municipales. Añádanse a estos funcionarios un vigilante de los pobres, cuyo deber, realmente difícil de cumplir, es hacer ejecutar la legislación relativa a indigentes; comisarios de las escuelas, que dirigen la instrucción pública; inspectores de caminos. encargados de todos los detalles de las vías públicas pequeñas y grandes, y se tendrá la lista de los principales agentes de la administración municipal. Pero la división de funcio­no se detiene ahí: entre los funcionarios municipales todavía nos encontramos con comisarios parroquiales, que deben regular los gastos del culto, e inspectores de todo tipo, encargados los unos de dirigir esfuerzos de los ciudadanos en caso de incendio y de velar por las cosechas; los otros de resolver provisoriamente las dificultades que puedan surgir con los cercados, aquéllos, de vigilar la medición de la madera o de inspeccionar pesos y medidas.

Se cuentan, en total, diecinueve funciones principales en el municipio. Cada habitante está obligado, bajo pena de multa, a aceptar estas diferen­tes funciones, pero también la mayoría de ellas está retribuida a fin de que los ciudadanos pobres puedan consagrarles su tiempo sin sufrir perjuicio Por lo demás, el sistema americano no concede estipendio fijo a los funcionarios. En general, cada acto bajo su ministerio tiene un precio y no son remunerados más que en función de aquello que han hecho.

(65) El número de municipios en el Estado de Massachusetts era, en 1830 de 305. El número de habitantes 610.014, lo que nos da, más o menos, un térmi­no medio de 2.000 habitantes por municipio.

(66) Las mismas reglas no son aplicables a los grandes municipios. Por lo general , éstos tienen un alcalde y un cuerpo municipal dividido en dos ramas. Pero esto es una excepción que ha de ser autorizada necesariamente por una ley. Véase lev del 22 de febrero de 1822 que regula los poderes de la ciudad de Boston (laws of Massachusetts, vol. 11. p. 588). Esto no se aplica a las grandes ciudades. A menudo ocurre que las ciudades pequeñas están sometidas a una administración particular. En 1832, se contaban en el Estado de Nueva York 104 municipios administrados de esta manera (Willianr'.s register)



Sobre el espíritu municipal en Nueva Inglaterra.

América no solamente existen instituciones municipales, sino un espíritu municipal que las mantiene y vivifica.

El municipio de Nueva Inglaterra aúna dos ventajas que, doquier ­que se encuentren, estimulan vivamente el interés de los hombres, saber: la independencia y el poder. Ciertamente, interviene dentro de un círculo del que no puede salir, pero ahí sus movimientos son libres. Esta independencia, por sí sola, le daría ya una importancia real aun cuando no se la asegurasen su población y su extensión.

Es necesario convencerse de que los afectos de los hombres no se sitúan, en general, más que allí donde está la fuerza. En un país quistado no se observa reinar por mucho tiempo el amor a la patria. El habitante de Nueva Inglaterra se vincula a su municipio no tanto por haber nacido en él, como porque en dicho municipio reconoce una corporación libre y fuerte de la que forma parte y que merece la pena que se la intente dirigir.

En Europa a menudo acontece que los propios gobernantes lamentan la ausencia del espíritu municipal, pues todo el mundo coincide en que es un gran elemento de orden y tranquilidad pública, aunque no se­pan cómo crearlo. Al hacer fuerte e independiente al municipio. temen repartir el poder social y exponer el Estado a la anarquía. Ahora bien, privad al municipio de la fuerza y la independencia y no encontrareis allí más que administrados y no ciudadanos.

Nótese, por otra parte, un hecho importante: el municipio de Nueva Inglaterra está constituido de tal forma que puede servir de base para vivos afectos y, a un tiempo, nada tiene a su lado que atraiga con fuerza las ambiciosas pasiones del corazón humano.

Los funcionarios del condado en modo alguno son elegidos y su autoridad está restringida. El Estado mismo no tiene más que una importancia secundaria. Su existencia es oscura y tranquila. Pocos hombres hay que, para obtener el derecho a administrarlo, consientan alejarse de sus intereses y en complicar su existencia.

El gobierno federal confiere el poder y la gloria a aquellos que lo dirigen, pero los hombres a quienes les es dado influir sobre sus des tinos son muy escasos. La presidencia es una alta magistratura a la que apenas llega con una edad avanzada y, cuando se alcanzan otras ­funciones federales, ello es, en cierto sentido, por azar y tras haber ­llegado a ser célebre recorriendo otra carrera. La ambición no tomarlas por el objeto permanente de sus esfuerzos. Es en el municipio centro de las relaciones ordinarias de la vida, donde se van a concentrar el deseo de ser valorado, la necesidad de intereses reales, el gusto por el poder y el bullicio. Estas pasiones, que con frecuencia perturban la sociedad, cambian de carácter tan pronto como pueden ejercerse cerca del hogar doméstico y, en cierto sentido, dentro de la familia.

Véase con qué arte se ha procurado, si puedo expresarme así, derrochar el poder en el municipio americano a fin de interesar a más gente en la cosa pública. Independientemente de los electores, llamados de vez en cuando a ejercer tareas de gobierno, ¡qué de funciones diverasas, qué de magistrados diferentes que representan todos, dentro del círculo de sus atribuciones, la poderosa corporación en cuyo nombre actúan! ¡Cuántos hombres explotan así el poder municipal en su beneficio y se interesan por sí solos en él!

El sistema municipal americano, a la vez que reparte el poder mu­nicipal entre un gran número de habitantes, tampoco teme multiplicar los deberes municipales. En los Estados Unidos se piensa, con razón, que el amor a la patria es una especie de culto al que los hombres se unen por la práctica.

De este modo, la vida municipal se deja sentir, en cierta forma, a cada instante. Se manifiesta cada día mediante el cumplimiento de un deber o por el ejercicio de un derecho. Esta existencia política imprime a la sociedad un movimiento continuo, pero al mismo tiempo pa­cífico que la agita sin perturbarla.
Los americanos se vinculan a la ciudad por una razón análoga a la por la que los habitantes de las montañas aman su región. Para ellos la patria tiene rasgos marcados y característicos, tiene más fisonomía que cualquier otro lugar.

Por lo general, los municipios de Nueva Inglaterra tienen una existencia dichosa. Su gobierno es tanto de su agrado como de su elección. En el seno de la paz profunda y la prosperidad material que reinan en América, los problemas de la vida municipal son numerosos. La dirección de los intereses municipales es sencilla. Además, hace mucho tiempo que se ha realizado la educación política del pueblo o, más exactamente, éste llegó completamente instruido al territorio que ocupa. En Nueva Inglaterra, la división estamental no existe ni en el recuerdo. No hay una parte del muni­cipio ,por tanto, que esté tentada de oprimir a otra y las injusticias, que tan sólo golpean a individuos aislados, se pierden en la dicha general. Si el gobierno muestra defectos, y algunos son ciertamen­te fáciles de señalar, éstos no ofenden a la vista, porque el gobier­no emana realmente de los gobernados y le basta con seguir, mal que bien, su curso para que una especie de orgullo paternal lo proteja. Por demás, no tienen nada con qué compararlo. Inglaterra rei­no en su época sobre el conjunto de las colonias, pero el pueblo siempre condujo los asuntos municipales. La soberanía del pueble en el municipio no sólo es, por tanto, circunstancia antigua, sino también una situación primigenia.

El habitante de Nueva Inglaterra se vincula a su municipio porque éste es fuerte e independiente. Se interesa en él porque contribuye a dirigirlo. Lo ama porque no puede lamentarse de su suerte. Pone en él su ambición y porvenir. Se implica en cada uno de los incidentes de la vida municipal. En esta esfera restringida a su alcance intenta gobernar la sociedad. Se habitúa a las formas sin las que la libertad no se alcanza salvo por revoluciones; se penetra de su espíritu, toma gus­to al orden, comprende la armonía de los poderes y pone en claro ide­as netas y prácticas sobre la naturaleza de sus deberes, así como sobré el alcance de sus derechos.

Sobre el condado en Nueva Inglaterra

El condado americano tiene mucha similitud con el distrito de Fran­cia. Al igual que a éste, se le ha trazado una circunscripción arbitraria. Forma un cuerpo donde las diferentes partes no tienen ningún vínculo necesario entre sí y en el que no se asocian ni afecto, ni memoria. ni comunidad de existencia. Sólo fue creado por un interés puramente administrativo.

El municipio tenía una extensión demasiado restringida para que se pudiera incluir en él la administración de justicia. El condado for­ma, pues, el primer ámbito judicial. Cada condado tiene un tribunal de justicia, un sheriff para ejecutar los fallos de los tribunales y una cár­cel para encerrar a los criminales.

Hay necesidades que se perciben casi por igual en todos los todos los municipios del condado. Era natural que una autoridad central fuese en­cargada de atenderlas. En Massachusetts esta autoridad está en manos de un cierto número de magistrados que designa el gobernador del Es­tado con el acuerdo de su consejo.

Los administradores del condado no tienen más que un poder limitado y excepcional que tan sólo se aplica a un número muy reducido de casos previstos con antelación. El Estado y el municipio son suficientes para ­la marcha ordinaria de las cosas. Esos administradores sólo preparan el presupuesto del condado; la legislatura lo vota. No hay asamblea alguna que represente al condado directa o indirectamente.

A decir verdad, el condado no tiene existencia política.

En la mayoría de las constituciones americanas se observa una do­ble tendencia que conduce a los legisladores a dividir el poder ejecutivo y concentrar el poder legislativo. El municipio de Nueva Inglaterra ­tiene de por sí un principio de existencia del que no se lo despoja, pero el condado habría que crear esa vida de manera ficticia y no se ha visto en ello utilidad alguna. Todos los municipios juntos sólo tiene una única representación: el Estado, centro de todos los poderes nacionales. Más allá de la acción municipal y nacional, se puede decir que únicamente hay fuerzas individuales.

Alexis de Tocqueville. La democracia en América. Ediciones Akal S.L. Madrid 2007

Pp 96-105

miércoles, 9 de abril de 2008

viernes, 28 de marzo de 2008

EL regionalisma y la comunidad autónoma (Castilla-La Mancha). Un ejemplo de palabras ameba

Como aplicación del lenguaje de palabras ameba, elásticas y chiclosas aptas para todo tipo de logomaquias huecas, verborrea insulsa y políticamente correcta, expuestos sintéticamente sus principios básicos de funcionamiento por Vladimir Volkoff en este mismo blog, se inserta a manera de ilustración el siguiente artículo, todo una pieza antológica de género.

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EL REGIONALISMO Y LA COMUNIDAD AUTÓNOMA

Publicado en Castilla-La Mancha. La tierra del Quijote, Número, 45, (2006), pp. 56-61.


Dentro del propósito general de esta serie de trabajos sobre las señas de identidad en nuestra región, el presente artículo intenta efectuar una aproximación al fenómeno del regionalismo político en Castilla­La Mancha. Para ello se ha optado por partir de una triple perspectiva de carácter temporal marcada por la conocida división entre pasado, presente y futuro. Siendo así, conviene señalar que la primera parte del mismo se ocupará de analizar el surgimiento y evolución en la época contemporánea de las ideas y movimientos regionalistas en las provincias que hoy conforman Castilla­La Mancha. El segundo apartado centra su atención en el momento en que se produjo la actual plasmación institucional de unas renovadas inquietudes autonomistas, es decir, el período de la transición y consolidación democrática. La tercera y última parte de este estudio toma forma a través de una serie de reflexiones que intentan anticipar cuáles serán, en un futuro inmediato, las claves en torno a las que girará la cuestión regional en el contexto del Estado español y más concretamente en la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.


¿REGIONALISMO CASTELLANO-MANCHEGO ANTES DE CASTILLA-LA MANCHA?
Rastrear en los orígenes del regionalismo político entre las gentes que vivieron en los territorios que hoy componen la Comunidad Autónoma de Castilla­La Mancha resulta una tarea en sumo grado compleja. Una dificultad que se explica por una sencilla razón: con anterioridad a la implantación del actual sistema descentralizador nacido con la democracia, apenas existieron dichas inquietudes regionalistas entre los habitantes de las cinco provincias. Siendo aún más exactos en esta apreciación: las escasas que se dieron, carecieron en todo momento de una entidad suficiente o de una trascendencia notoria. No obstante, sería injusto dejar sentada aquí la idea de que el regionalismo no prendió en absoluto en estos territorios hasta la transición democrática. Aunque a mucha distancia de otras áreas del Estado, también broto aquí la semilla del regionalismo.

Y al igual que sucede respecto a otros lugares, son los años finales del siglo XIX y principios del XX el período al que necesariamente hay que remontarse para iniciar esta aproximación. Durante esta etapa las reivindicaciones regionalistas cobran en España una fuerza desconocida hasta entonces. Algo especialmente evidente tras el desastre colonial del 98, acontecimiento que condujo a un replanteamiento global de todas las esencias nacionales y al cuestionamiento del orden centralista vigente hasta el momento. Este fenómeno, que se detectó con especial nitidez en sociedades dotadas de una cierta conciencia de identidad basada en las tradiciones, en la lengua y en la historia
– de manera singular en Cataluña y el País Vasco – no dejó de notarse en otras zonas del país, transmutándose en unos movimientos reivindicativos que en la mayoría de los casos no fueron sino corrientes de reacción opuestas a las reclamaciones vascas y catalanas. Así sucedería en buena medida en lo que hoy es Castilla­La Mancha. Un regionalismo – el surgido en este territorio – que estaría, además, marcado por una singularidad expresada de manera emblemática en la denominación actual de la Comunidad Autónoma. Esta particularidad no es sino la existencia en estas provincias de un claro dualismo castellano/manchego. Dos formas distintas – aunque en ocasiones la primera subsumiera a la segunda – de afrontar el afán regionalista, y que marcarían los cortos y leves momentos de refulgir regionalista en estas tierras.

En cualquier caso hasta la llegada de la II República esos instantes se vieron concretados en contadas realizaciones. Entre las más sobresalientes se podría destacar la creación en 1906 del Centro Regional Manchego en Madrid, la celebración de una Asamblea de la Juventud Central Manchega en 1919, o los tenues e infructuosos intentos de crear una Mancomunidad de provincias a inspiración de la catalana, proyecto este que volvería a recuperarse – para ser de nuevo muy pronto desechado – durante la dictadura de Primo de Rivera. Durante el régimen republicano, al rebufo de las posibilidades de descentralización que el llamado Estado Integral ofrecía, también en Castilla-La Mancha se exploraron las vías autonomistas. Así, en agosto de 1931 tenía lugar en Madrid una reunión de los diputados de las provincias manchegas, planteándose en dicho encuentro la viabilidad de un proceso político que terminase en la institución de un Estatuto manchego. Otras circunstancias como el surgimiento de una Agrupación Regionalista de Toledo en julio de ese año, o la creación en octubre de 1932 de un Partido Autónomo Manchego en Ciudad Real, demostraron el resurgir del regionalismo manchego. Pero ninguno de estos esfuerzos llegó a cristalizar en resultados tangibles.

Y si escasos e intrascendentes fueron los ensayos regionalistas en etapas anteriores a la Guerra Civil, durante la subsiguiente dictadura franquista las tentativas en este sentido fueron insignificantes por no decir inexistentes. Tan sólo un ligero logro merece ser notado: la constitución en 1962 del Consejo Económico Sindical Interprovincial de La Mancha que tendría como principal misión la coordinación de los Consejos Provinciales de Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo. En Castilla­La Mancha – en consonancia con lo acontecido en el resto del Estado – franquismo fue sinónimo de autoritarismo, centralismo, y falsa homogeneidad; panorama este aderezado en nuestra región con buenas dosis de atraso, marginación y pobreza.



DEMOCRACIA, AUTONOMÍA Y REGIONALISMO: 1976-2006.

No eran hondos ni firmes, pues, los cimientos sobre los que tenía que intentar levantarse la autonomía castellano-manchega. En la memoria histórica de los habitantes de estas tierras difícilmente se podía recurrir al anhelo común del pasado como justificador de unas emergencias regionalistas, que con el retorno de la democracia, se hicieron – entonces sí – más reales y posibles que nunca. Partiendo de este hecho, no es menos cierto que en estos treinta años que han transcurrido desde el final de la dictadura franquista, Castilla­La Mancha surge y se apuntala como nuevo ente referencial para las vidas de los habitantes de sus cinco provincias. Dentro de este proceso se pueden establecer dos fases bien diferenciadas: aquella que se podría denominar como de “gestación regional”, que tuvo lugar entre los años 1976 a 1983, y una segunda fase de “consolidación autonómica” que se extiende desde esa fecha hasta el presente.

Durante esa primera fase de “gestación regional” acontece el nacimiento a la Historia de la región castellano­manchega como nuevo organismo político­institucional. Dicho mecanismo se inserta dentro de lo que podríamos calificar como “transición territorial o autonómica”, es decir, los años en que quedaron cerradas – no del todo como tozudamente se empeña en recordarnos la actualidad política de nuestros días – las bases del sistema de organización territorial del Estado. El mencionado proceso de descentralización generalizada, fue consecuencia directa de la conjugación de toda una serie de factores: las fuertes reivindicaciones nacionalistas existentes en Cataluña y el País Vasco, la identificación “autonomía-democracia” que se produjo durante la dictadura en buena parte del espectro ideológico antifranquista, y la percepción cada vez más extendida de que el centralismo franquista estaba agotado como eficaz modelo de gestión administrativa. Si a estos motivos se le añade el deseo de diluir las particularidades vasca y catalana, y los efectos de emulación que con prontitud las élites políticas emprendieron en otro lugares del país, encontramos plenamente caracterizado el esquema que marca la puesta en marcha del famoso “café para todos”, el que explica entre otras cosas el nacimiento de Castilla-La Mancha.

Los orígenes de este proceso se detectan aún en momentos predemocráticos, siendo el mejor ejemplo de ello la reunión de procuradores franquistas que tuvo lugar en la localidad conquense de Mota del Cuervo a finales del mes de mayo de 1976, convocatoria a la que acudieron representantes ya de las cinco provincias. El final del mismo puede fijarse en el mes de mayo de 1983, con la celebración de las primeras elecciones autonómicas y la constitución de las primeras Cortes Regionales elegidas directamente por los castellano­manchegos. Entre ambos momentos se situaron acontecimientos tales como la etapa preautonómica, el cumplimiento de los requisitos marcados por el Artículo 143 de la Constitución, la asunción de las primeras competencias, y como hecho más destacado la promulgación en agosto de 1982 del Estatuto de Autonomía de la región. Y a lo largo de estos años la superación también de los obstáculos y debates que dificultaron el proceso: el debate en torno a la inclusión de Madrid, las dudas de Guadalajara y Albacete, las dificultades derivadas del provincialismo, de la lucha política y la que muy posiblemente constituyó la principal de las trabas, la falta de espíritu o identidad regional. A la altura de 1982 apenas la mitad de los castellano­manchegos identificaban correctamente la composición provincial de su región o podían citar con exactitud la denominación oficial de la misma.
En 1983 finalizaba, pues, un proceso de culminación político­institucional, que con su reafirmación ha posibilitado esa nueva fase que he calificado de “consolidación autonómica”. Esta nueva etapa que llega hasta el presente se ha fundamentado en dos pilares esenciales. En primer lugar, habría que aludir al consenso generalizado respecto al modelo de organización territorial. A pesar de evidentes – y ciertamente no menores – desajustes respecto al cierre definitivo del modelo; la vigencia y permanencia del Estado descentralizado en España no parece estar en cuestión. En la medida en que esto es así, la existencia de Castilla­La Mancha parece estar también garantizada.

El segundo factor que ha contribuido a esta etapa de afianzamiento autonómico tiene que ver con la visión que los propios castellano-mnnchegos han podido ir haciéndose de su autonomía en todos estos años. El acceso y el disfrute de la autonomía han coincidido en el tiempo con el período de mayor desarrollo y progreso en la historia de estas tierras. Los castellano-manchegos han visto como sus condiciones de vida en todos los sentidos han cambiado a mejor de forma fulgurante. Todo ello unido al cuarto de siglo ya de existencia regional, ha ido afianzando la idea y el valor de Castilla-La Mancha en la mente de sus habitantes. En 1976 muy pocos eran los que en estas cinco provincia enarbolaban la bandera del regionalismo. Treinta años después, sin embargo, Castilla-La Mancha aparece como una realidad plenamente consolidada.






CASTILLA-LA MANCHA: FUTURO REGIONAL Y FUTURO DEL REGIONALISMO.

Los nuevos retos que se avecinan en el futuro del regionalismo en Castilla-La Mancha – ambos determinados fundamentalmente por su pertenencia a los contextos español y europeo – pueden ser englobados en dos grandes líneas. Dos tipos de problemáticas que, sin bien poseen caracteres y dinámicas propias, no escapan a una inevitable e intensa influencia recíproca con unas interconexiones tan estrechas entre sí que muchas veces los hacen indistinguibles. Por un lado, será interesante ver en los próximos años como evolucionará en nuestra región – como también en otras del ámbito estatal – todo lo relacionado con el complejo entramado de lo identitario. Comprobar en qué medida los castellano-manchegos nos identificaremos como tales – en contraposición o prevalencia a la identificación como españoles – o como integrantes de otros ámbitos territoriales diferentes, será un elemento de valor esencial para ver hacia dónde camina el regionalismo en Castilla-La Mancha.

Pero sin duda dentro del tema regional y nacional el gran protagonismo en el corto y medio plazo, tanto en nuestra Comunidad como en el resto de España, se relaciona de forma directa con lo político­institucional y de forma más concreta aún, con el trabado problema respecto a la organización territorial del Estado español. Lo que verdaderamente está en juego es la forma en que las distintas CC.AA modelarán las posibilidades que el ordenamiento constitucional les ofrece respecto a su acceso y disfrute de la autonomía, y en el mismo sentido, el modo en que el Estado va encauzando, orientando y retocando esos caminos “individuales” para salvaguardar una especie de necesario “equilibrio global”.

En la actualidad buena parte del conjunto de las CC.AA españolas, incluida Castilla-La Mancha, están sometiendo a un proceso de reformas aquellos instrumentos que, tras la Constitución, se erigen en las más elevadas plasmaciones del ordenamiento autonómico español: los Estatutos de Autonomía. Del final de este camino – marcado de manera especial por la aprobación de un nuevo Estatuto catalán y el aún incierto proceso de cese de la violencia en el País Vasco – todo hace pensar que surgirá un remodelado Estado autonómico, acaso más cercano a cerrar el que ha sido uno de los principales problemas en la historia del país, un problema que ni siquiera la Carta Magna y el proceso de democratización han sabido solventar de manera definitiva. En medio de este panorama, y como ya se ha apuntado, Castilla-La Mancha también ha puesto en marcha su propio mecanismo de reforma estatutaria.

¿Cuáles son las principales novedades del nuevo proyecto estatuario respecto al aprobado en 1982? Según declaraciones de los máximos responsables políticos de la región, el nuevo Estatuto tiene como principal finalidad lograr una mejora constante de las condiciones de vida de los castellano­manchegos, prestando especial atención a la profundización de los derechos de ciudadanía con objeto de optimizar la asistencia que los poderes públicos ofrecen a los colectivos más necesitados En este punto, el actual presidente autonómico, José María Barreda Fontes, ha llegado incluso a proponer en sede parlamentaria la inclusión en el texto autonómico de una Carta de Derechos de Ciudadanía. No obstante, está previsto que el nuevo texto estatutario atienda a toda otra serie de aspectos como serían la prevención de riesgos laborales; la plena equiparación de géneros y la protección integral contra la violencia de género; el reconocimiento del derecho a un medio ambiente adecuado y el acceso a la información; y los derechos derivados de la plena protección de los consumidores. Y los que serían los “temas estrella”: por un lado el texto autonómico deberá intentar garantizar el mayor nivel competencial posible que permita la Constitución con relación a una materia tan sensible como la política del agua. De otro, se pretende la creación de un marco solidario y renovado de financiación con cobertura estatutaria, que se inserte plenamente en el precepto constitucional que establece que las capacidades económicas de actuación de las distintas CC.AA deberán estar presididas por el principio de la solidaridad interterritorial.

En definitiva, el Estatuto también deberá definir el marco de relaciones con las otras CC.AA, con el Estado y la Unión Europea, ya que la complejidad de nuestro sistema económico y social provoca que las decisiones de cada Comunidad no afecten únicamente a las disposiciones del Estado en su conjunto, como se suele considerar, sino que también condicionen las políticas del resto de CC.AA. Los desafíos que diseña el porvenir en nuestra región respecto a la idea “regional” quedan ya un poco apartados de los que ocasionó el replanteamiento de la esencia nacional en los albores del siglo XX. Al mismo tiempo, exigen nuevas reformulaciones respecto al problema autonómico que hubo de afrontarse en la transición. En la forma y manera en que – insertos como estamos en un contexto estatal e internacional cada vez más globalizado e interdependiente – se afronten estos retos estará la medida de nuestro futuro como castellano-manchegos.






























































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jueves, 6 de marzo de 2008

martes, 26 de febrero de 2008

Desinformación y lenguaje. Vladimir Volkoff (lenguaje electoral)

¿Quieren ejemplos? (de palabras- amebas). Los pido prestado, con la autorización de Alexandra Viatteau, en su curso enseñado en el Instituto francés de prensa en el marco de la universidad de Paris II. Ella les propone un juego que llama <> (del verbo piper –trucar, cazar con reclamo-, supongo)y que les permitirá componer innumerables palabras- amebas que no presentan ningún significado real pero que se integran perfectamente en no importa que articulo de un periódico político contemporáneo.

Primer miembro de la frase:

con/la situación/presente
considerando/la coyuntura/actual
donde nos lleva/la crisis/que nos ocupa
Teniendo en cuenta/la inercia/que es la nuestra (o)
visto/el callejón sin salida/Inducido (a)
en lo que concierne/al extremo/coyuntural
en el caso particular/de la degradación de las costumbres/contemporánea (o)
cualquiera que sea/la siniestralidad/de este comienzo de siglo
Del hecho de/la dualidad de la situación/de la sociedad
en tanto dure/la baja de confianza/de estos últimos tiempos


Segundo miembro de la frase

conviene/estudiar/todas las
es necesario/examinar/cada una de las
se debe de/tomar en cuenta/la mayoría de las
es preferible/tomar en consideración/todas las
sería interesante/anticipar/el conjunto de las
no es necesario descuidar de/imaginar/la suma de las
no se puede pasar por alto/Preocuparse de/la totalidad de las
es necesario/interesarse en/la globalidad de las
sería bueno /tener en la mente/todas las
es necesario con toda urgencia/acordarse/ ciertas


Tercer miembro de la frase

soluciones/factibles
consecuencias/posibles
problemáticas/ya en nuestra posesión
vías/ofreciéndose a nosotros
alternativas/de sentido común

¿Quiere que ensayemos? En tanto dure la dualidad de la situación que es la nuestra, no es necesario descuidar de tomar en consideración la globalidad de las alternativas posibles. O: Considerando la crisis que nos ocupa, es necesario anticipar todas las problemáticas factibles. En el mismo orden de ideas y siempre para ilustrar el concepto de palabras-ameba, se me permitirá de reproducir pasaje mi Pequeña Historia de la desinformación donde cito al historiador protestante Frangois Bluche y al sacerdote católico Philippe Sulmont que habían “ inventado un juego insípido literatura eclesiástica progresista contemporánea.. . ]. La tabla adjunta-permite forjar 160000 formulas que nosignifican gran cosa pero imitan perfectamente el tono de una cierta tartufería modernista. Basta tomar un verbo en la columna A, hacerlo seguir de un complemento tomado del columna B, y añadir allí añadir un adjetivo de la columna C y añadir allí un complemento determinativo de la de columna D”


A************/B************/C**********/D

reactualizar/la transparencia/esencial /de nuestras diferencias
testimoniar/la dimensión/pastoral/del problema de los jóvenes
animar/el reparto/ecuménico /de la catequesis
llegar a/el compromiso/sociológico/del equipo
estar atento a/la llamada /eclesial/de lo que vive
hacerse presente/con urgencia/querigmática/de la realidad humana
programar/la aproximación/colegial/del tejido local
promover/la responsabilidad/no tranquilizador (a)/de nuestra escucha
concientizar/las prioridades/comunitaria/de nuestros análisis
Tomar a cargo/El riesgo/Extremadamente rico /De nuestra búsqueda
Asumir /Las probabilidades /Plural (les)/De las células de base
Ser interpelado por/La ambivalecia/Ético(a) /Del mundo
Estar concernido por/Las complementaridades/Discernidos (a)/De hoy día
liberar/El contexto/apremiante/De los media cristianos
concebir/El esquema/fundamenta/De las concelebraciones
profundizar/La dialéctica /Radiante /De nuestras respuestas
manifestar/Los cambios/Caritativos (a)/Del militantismo
decir/La solidaridad /Festivo (a)/De los verdaderos mensajes
recurrir/El proyecto/Imperativo (a)/De la unidad
identificarse/Al arraigo/profundo/De nuestras búsquedas

Su turno de ensayo. Naturalmente, es fácil bromear, pero no olvidemos el mensaje más que inquietante de Kara-Mourza: aceptar la lengua del adversario o incluso de un amigo es llegar a ser su prisionero.

Vladimir Volkoff.
La désinformation vue de l’est
Éditions du Rocher 2007
pp. 55-59

jueves, 21 de febrero de 2008

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miércoles, 20 de febrero de 2008

Religión remedio a la decadencia y 3 (P. de Meuse)

Continuación

El Comandante: - Y bien, consideremos pues que, para reedificar la ciudad terrestre, solo tenemos necesidad de las lecciones de la naturaleza. Tenemos teólogos que los sostendrán.

Simplicio: - Su análisis no es nuevo. Es tan viejo como el Bajo Imperio, esto es el principio de la era constantiniana, cuando las autoridades cristianas se encontraron frente a los imperativos del orden temporal. Desembocó en una compartimentación de la moral según los objetos a los cuales se aplica. Santo Tomás ha consagrado a esta delimitación el preliminar de su Summa Theologica. La Ética regula los actos de los individuos, lo Económico regula los de los hogares, y la Política los de la Ciudad. Esta clasificación magistral permitió la Cristiandad funcionar durante ocho siglos. Teniendo en cuenta los datos de la experiencia, supo reservar a cada dominio la parte que le permitía organizarse según sus propias reglas de manera a la vez tradicional y humana. Así el príncipe podía guerrear sin faltar a la Caridad, los cristianos podían oponerse entre ellos enarbolando en cada campo las banderas adornadas con la cruz. El poder no era un pecado, la exclusión era generalmente legítima, y la cristiandad estaba erizada de defensas.

El Comandante (exaltándose): ¡- Y bien! Es de eso que tenemos necesidad: de una fe de cruzado, sin reservas mentales ni pesares, de una fe que esgrima la cruz como un emblema sublime, y que permita también ¿como diría yo? Que recomiende, que se la sirva también como de una masa de armas. Una fe que justifique la violencia cuando sirva a la mayor gloria de Dios. Una fe que haga dar espadazos como de los actos de caridad. ¡Quién nos volverá el corazón puro de Balduino IV de Jerusalén, que combatía bajo el sol quemante de la Tierra Santa a pesar de la lepra que lo corroía, cuando su cota de mallas le arrancaba a cada movimiento de su caballo pedazos de carne! ¡Los valientes del siglo XII no conocían estado de ánimo. Ahí está nuestro ejemplo y nuestra vía de salvación.

Simplicio: - Desgraciadamente, parece evidente que esta bello sistema no funciona más desde hace mucho tiempo, y que, a pesar de nuestros esfuerzos, es imposible volver a ponerlo en marcha. En efecto, se basa en la no interferencia de la norma ética sobre la norma de la política desde el momento en que se aplica un acto operado en su esfera, y la aplicación de una ética adaptada para los hombres que ejercen el poder. Dicho de otra manera, en la moral del siglo XI, es una mancha, incluso un pecado personal, para Godofredo de Bouillon, masacrar musulmanes y judíos después de la toma de Jerusalén, el 15 de julio de 1099, pero no necesariamente una falta de política; incluso hubo que llevarse a los altares a este héroe de la pura tradición caballeresca. En cuanto a Bayard, el último gran caballero, el héroe sin miedo y sin reproches, había ordenado colgar en la horca a los todos arcabuceros que sus ejércitos hacían a presos, porque era intolerable que un destripaterrones pudiera tener razón de un caballero a distancia, suprimiendo así la distancia legítima entre los gentilhombres y los plebeyos. En la moral cristiana de siglo XXI, ningún eclesiástico se atrevería a encontrar las excusas que se le prodigaban sin pesar un asesino de viejas damas. La compartimentación moral, ha sido no solamente trastocada, sino invertida, en el sentido de que el acto cometido en la esfera de la Política en violación de regla ética aparece inmediatamente como un pecado contra el espíritu. En "Política", hay polis, que designa la Ciudad. Se basa pues en la distinción fundamental entre el otro (aquél que es extranjero a la ciudad) y el mismo (el conciudadano), distinción que el hombre dotado de responsabilidad debe aplicar en cada instante, en aplicación de una caridad especial para defender a su grupo con relación y, llegado el caso, contra el otro. En el dominio de la gestión de la ciudad, el egoísmo colectivo es pues de rigor. Ahora bien la moral cristiana está precisamente fundada sobre la apertura al otro por compasión. ¿Qué queda de un tal deber de Estado, el de la Política cuándo se suprime la autonomía de los dominios? Nada significativo. Pero es necesario ir más lejos aún. Cuando la sociedad está destruida, cuando las barreras están aplastadas y la sociedad no es más que un magma, la defensa de las identidades no descansa ya sobre la autoridad de los políticos, sino sobre cada uno nosotros, individualmente. Ahí, la moral cristiana hacia el próximo puede revelarse contradictoria con el deber de solidaridad hacia el grupo. Es preciso osar, pienso, plantearse la cuestión. Como Jean Raspail. En una entrevista que otorgó a L’ Opinion indépendant, el 15 de octubre 1999 y cuyas observaciones fueron recogidas por Christlan Authie, el novelista respondió a la cuestión: “¿Pero que hacemos?” que le fue planteada, con las siguientes palabras: “Soy novelista. No tengo teoría, ni sistema, ni ideología a proponer o a defender. Me parece solamente que una única alternativa se presenta ante nosotros: aprender el coraje resignado de ser pobre o encontrar el inflexible coraje de ser ricos. En ambos casos, la caridad llamada cristiana se revelará impotente. Estos tiempos serán crueles.”

El Comandante: - Olvidan que el próximo, es el más cercano, y soy más cercano de mi hermano que de mi primo, de éste que del extranjero que vive en China. Me siento en el deber pues ocupar en primer lugar cuidar al primero en detrimento del segundo, y así sucesivamente. En fin, conocen el razonamiento.

Simplicio: Bello razonamiento, querido Comandante, que he sostenido muchas veces con la convicción de mi delgado talento. Usted me dice que es necesario distinguir deberes según la jerarquía, los que se tiene hacia sus prójimos, y los que se tienen hacia los menos cercanos. Hay toda una gama de contrafuegos y sutilezas casuísticas que se han construido pacientemente por teólogos preocupados con razón defender el orden social. Sin embargo, no se le puede escapar a usted que ha perdido su fuerza, estos últimos tiempos. En efecto, cuando distancias inmensas separan al otro de usted, es casi imposible no dar prioridad a los suyos, en sentido amplio, ya que la eficacia de la relación humana se impone. La moral del prójimo es una evidencia. Pero cuando el otro está por todas partes en torno ustedes, cuando el extranjero está en su calle, su comercio, su escuelas, cuando sus hijos juegan con vuestros hijos que acaba por hablar como él, imitando su acento o sus idiotismos, es difícil no considerarlo como el prójimo en el sentido cristiano, a menos de construir en su propia cabeza las murallas que remplacen las de la ciudad, que se hundieron. Ahí, la moral de apertura al otro interfiere en nuestras acciones, volviendo más difícil el ejercicio de los derechos del grupo, puesto que declara que nada esencial cuenta más que lo búsqueda de la salvación, para las cual la libertad humana es inalienable. Ahora bien ¿de qué argumento moral dispone, por ejemplo, un padre de familla que desea, en una voluntad de continuidad familiar, impedir una unión de su hijo cuya naturaleza misma implica su ruptura irremediable, por ejemplo una diferencia de raza, de clase o de cultura? Muy pocas cosas. Frente a la soberanía del yo, que trastorna todas las lealtades, afirmando que el individuo no pertenece más que a si mismo, y que la cadena inmensa de generaciones pueden ser rota sin respeto ni remordimiento, la teología moral cristiana (que no se suma) no opone más que la virtud de la prudencia, dicho de otra manera una virtud menor, y mientras que nuestras solidaridades se desmantelan por este brecha, su firmeza se disuelve infaliblemente por otra parte bajo el efecto de la moral de la compasión, también segregada en las glándulas del yo íntimo. Asistimos, en uno periodo muy cortos de cuarenta años apenas, al anonadamiento de siglos de humildes tradiciones que daban una identidad a millones de famillas, quienes no se acuerdan más de nada, cuyos retoños han enajenado la totalidad de su memoria, para reducirse voluntariamente a la condición servil como se la definía en la antigüedad, propia de un ser que no conocía sus ascendientes y vive en el simple instante. El vagabundeo marital que constatamos hoy en porciones cada vez más numerosas de la sociedad no hace más que reforzar esta similitud. ¿Quién volverá a dar a los hombres desgraciados de nuestro tiempo el sentimiento de pertenencia a un grupo natural si ninguna voz trascendente habla a su alma para intimarle a perpetuar su grupo como un derecho y un deber? No sé si usted es teólogo, querido Comandante, pero si lo es, y ya que a usted se lo ve en la vía de la devoción, ¿no podría hacernos un buen razonamiento de teología moral que permita restituir a las comunidades naturales lo que la doctrina de la autonomía del sujeto le ha retirado? ¿Nos puede elaborar minuciosamente una buena ética de grupo, religiosa a la manera del Júpiter Capitolino, o del Shinto, una moral de nosotros al lado de la del otro? O tomar ejemplo de las iglesias orientales, como la Iglesia Armenia que no hace más que una con su pueblo, o, de una manera menos neta, como la ortodoxia; forjar un nuevo razonamiento remplazando esas mecánicas benefactoras que se han convertido en inoperantes, o reforzándolas para volver a poner lo divino en armonía con el buen orden. Para responder este desafío formidable, debemos reformar nuestros argumentos ideológicos, adaptarlos a las nuevas situaciones. ¿Lo puede usted?

El Comandante: ¡- Adaptar, reformar! ¡Pero a usted le parezco un progresista, querido amigo! ¿Para qué raciocinar si es para cambiar lo que es intangible? ¿Qué valor tendrá una religión católica que la se revisa como un anuario telefónico?

Simplicio: - Pero, querido Comandante, usted la revisa sin darse cuenta, y en dominios no desdeñables. La manera como recibe usted las palabras del papa hubiera asombrado mucho a su bisabuelo, para el cual la simple crítica de un gesto del Santo Padre representaba un principio de herejía. El rechazo de ciertos realistas a suscribir la República según el deseo de León XIII era ya considerado como sospechoso y pecaminoso. La lectura de la Acción Francesa les ponía fuera del sacramento en algunas diócesis después de 1926. Incluso a su cuerpo vetado, la religión que practica dejaría muy sorprendido a un devoto de del siglo XVI. Sin embargo, hay algo mucho más grave en este registro. Usted ha estado en disposición de observar, no lo dudo, el horror que los hombres de nuestro tiempo, sobre todo los jóvenes, sean creyentes o no, experimentan por la valorización del sufrimiento, tal como fue practicada durante dos mil de años de cristianismo. Las maceraciones, el ayuno, los golpes de disciplina que los santos de los siglos pasados se infligían para participar en el misterio de la cruz son muy buenamente incomprensibles, incluso obscenos, para la inmensa mayoría de los cristianos de nuestro época Le dejaré el cuidado de deducir lo que quiera en lo que concierne a la fe de nuestros contemporáneos en lo que es el segundo gran dogma de la religión cristiana: la Redención.

Como lo remarcaba Ortega y Gasset, hay en toda convicción una parte de inercia y una parte de voluntad. Ciertas concepciones son aceptadas porque forman parte del entorno, sin haber sido inventariadas, sin que sus implicaciones hayan sido registradas. Ortega las llama los objetos de la creencia. Otras son objeto de una fuerte asociación del pensamiento y de la voluntad, son, siempre según él, los verdaderos objetos de la fe. La imposibilidad en el cual usted está de diferenciar estos dos datos: el que tienerealmente y el que le vincula solamente la fuerza del hábito, y que estaría desolado de perder, sin que adoptara las medidas necesarias para preservarlos. Es el papel del pensamiento viviente hacer esta división. Por otra parte, grandes controversias han sacudido la cristiandad durante siglos, y vivimos siempre sobre los conclusiones de una de las más famosos: la Controversia de Valladolid. Deberíamos interrogarnos sobre su pertinencia, que tiene una singular actualidad.

El Comandante ' – No creo acordarme perfectamente de esta controversia Recuérdeme de que se trata, se lo ruego.' Simplicio: - En medio del siglo XVI se celebró en Valladolid, en presencia de los representantes del Papa et del rey de España un coloquio entre dos teólogos:" el obispo dominicano de Chiapas Bartolomé de Cansa uno de los padres del derecho de gentes, y el filosofe tomista Ginés de Sepúlveda. El primero sostenía que el estado de servidumbre en el cual los españoles habían reducido a los indios de América era incompatible con la fe cristiana. Proclamaba la necesidad de convertirlos por la única fuerza de la persuasión misionero. Por lo demás, España debía reembarcar sus soldados, sus feudatarios y sus mercaderes si quería evitar la maldición divina. El segundo, basándose en los escritos de Aristóteles, sostenía al contrario que las poblaciones autóctonas de este continente estaban predestinadas a la esclavitud por su naturaleza inferior, y que solamente una pequeña parte de entre ellos podían merecer recibir la revelación de los evangelios. Justificaba su disminución y la destrucción de su cultura por su naturaleza semi-humana y el horror de sus costumbres, especialmente los sacrificios humanos y la antropofagia.

El Comandante: ¿- Y que decidieron el papa y el muy católico rey?

Simplicio: - El Papa rechazó el imprimatur a Sepúlveda a causa de la falsedad de sus tesis; puesto que las uniones entre indios y españoles no eran estériles, no se podía rechazar la plena condición humana a los indios, y por tanto su derecho a la salvación. Las Casas había pues ganado en lo esencial. Sin embargo su victoria estaba teñida de amargura: en efecto, para ahorrar a los Indios los trabajos demasiado duros que les hacían perecer en gran número, autorizó al rey de España, según los consejos que el pobre obispo habían dado imprudentemente, a hacer venir por barcos cargamentos de esclavos negros, estando consideradas las poblaciones negro-africanas resistentes al trabajo. Bien entendido que no era cuestión de renunciar a las Indias Occidentales, ni a las plantaciones, ni a las minas de oro y plata. Fue este debate famoso el que dio la señal inicial de la trata de negros que duró cerca de tres siglos. Se ve ahí en obra un escenario que se reproducirá más tarde: buenas intenciones y principios "inmaculados" dan lugar, por ignorancia o menosprecio de las necesidades, a consecuencias desastrosas.

El Comandante: - ¿Y cuales son las consideraciones que le inspiran hoy día la controversia en cuestión? ¿Sobre todo, en que concierne este debate a nuestra época?

Simplicio: - Esta controversia es un ejemplo característico de la dificultad insuperable a que ha experimentado la Iglesia en responder a una cuestión que esconde otra, que esa, no le concierne. En efecto, el razonamiento propuesto por Sepúlveda es extraño, en el sentido de se ve mal cómo los tribunales eclesiásticos habrían podido admitir que los Indios solo pertenecían “parcialmente” a la especie humana, mientras que la principal justificación de la conquista era la conversión. Por tanto, tenía detrás de él a lo los funcionarios imperiales del Consejo de Indias y las autoridades coloniales, que temían las consecuencias catastróficas que una decisión real inducida por el sentencia pontificia hubiera provocado inevitablemente sobre la administración de los territorios conquistados, si hubiera impuesto las soluciones que Las Casas deseaba. Se trataba pues de preservar una institución humana, amenazada por la aplicación intransigente de un principio de teología moral. La respuesta de la autoridad religiosa, reafirmando el principio, pero concediendo compromisos cuestionables, es típica de los problemas sin solución. En efecto, el problema es saber que consecuencias se debe sacar de la unidad de la especie humana. Si esta unidad se aplica con menosprecio de las barreras necesarias, ninguna obra humana resiste, y el cristianismo opera como una bomba de efecto retardado.

El Comandante: - Pero no es la Iglesia ni la Fe quienes reclaman estas destrucciones. Al contrario, usted mismo dice que sus enseñanzas han buscado, incluso torpemente, compromisos para preservar el orden. ¿Entonces que queda de sus observaciones?

Simplicio:-Efectivamente, pero cuando la Fe se eclipsa, cuando las instituciones religiosas se secularizan, los instintos de conservación colectiva que la religión ha sustituido no se reconstituyen ya. En un sentido, estamos hoy en frente de un rompecabezas similar, pero invertido. Nuestras sociedades, en su fundamento mismo, el de la transmisión biológica de la herencia, sin la cual nada puede durar, están amenazadas a muy corto término por el individualismo universalista que el cristianismo no ha predicado, pero que ha salido de su seno. Parafraseando a Pablo VI, digamos que, si es cierto que las causas de nuestra decadencia no está en el cristianismo, ellas vienen de ahí sin embargo. Todas las cosas iguales por otra parte, nuestro hundimiento moral no carece de semejanzas con la brutal dimisión de la voluntad que afectó a las sociedades Indias el tiempo de Conquista. Mismo disgusto por el esfuerzo, misma negativa a parir, misma certeza de no merecer transmitir una tradición en quiebra, mismo rechazo de su sacralidad, mismo suicidio de una cultura que encontraba en sus propios mitos un anuncio de su propia destrucción, puesto que los guerreros españoles eran reconocidos por ellos como encarnación de sus dioses. Los Aztecas y los Incas, si no encontraron en las filas sus sacerdotes una puesta en orden de la mitología de manera para organizar su renacimiento, tuvieron al menos en frente ellos una religión compasiva que les garantizó una supervivencia humillada. Nosotros no tendremos esa “suerte”. Cada pueblo del mundo verá en la desaparición o el mestizaje de la raza blanca una sabrosa venganza. No contemos ni con el reconocimiento, ni con la piedad. Es pues a los clérigos testarudos y caritativos de los que hablaba ahora mismo que incumbe dar una nueva visión de la teología moral que permita a nuestros pueblos sobrevivir y reconstruir un orden social, echando a bajo las ideas falsas que imponen cada día una represión totalitaria de todo lo que se opone ellas.

Lo que la situación actual requiere nosotros, en efecto, es la reconstrucción, en nuestro fuero íntimo, de una sociedad, por un acto de voluntad que no tiene precedente en la Historia, a pesar de que toda nuestra herencia religiosa plantea que el mundo real se sitúa en lo invisible y que la relación que el hombre mantiene con este mundo está en el seno del alma individual. La Necesidad, en efecto, no pesa más en favor del orden social, sino contra él.

Para resumir nuestra conversación, formulemos nuestra hipótesis en forma de proposiciones:

1º La decadencia que sufrimos no es (solamente) el resultado de una conspiración pero sino el resultado de una tendencia milenaria del espíritu occidental al individualismo, facilitada y fomentada por los progresos científicos.

2º- El sobrepasamiento del individuo para seguir el deber de la especie es de naturaleza religiosa y espiritual." Sin el recurso esta dimensión del hombre, nada es posible para oponerse a la entropía.

3 º- La religión de Europa es, sin discusión posible, el Cristianismo.

4º- Es nuestra religión que está en la fuente de este individualismo. Su Historia no es más que una larga sucesión de rupturas imperceptibles, produciendo una evolución que condujo la secularización de sus principios. No que el sea conforme a la religión cristiana, al contrario, pero se ha derivado dentro de él.

5º-Es imposible volver de nuevo un estado previo de la religión por una razón bien simple: cada estado previo contiene los otros en germen. Sin deber adherir a un determinismo mecanicista, es necesario de todos modos reconocer a la evolución del pensamiento una cierta recurrencia, a la cual no escapan las religiones, cualquiera que sea su verdad. El problema es aún más inextricable cuando se los examina en su relación con la política, en la medida en que la forma de las sociedades no es, para el cristianismo, más que una contingencia.

Como ve, estamos en plena pesadilla. Nuestra situación es profundamente trágica, en el sentido que nos encierra en una contradicción sin salida.

¿Se puede pensar la religión y su moral de una manera diferente , dejándonos una tabla de salvación colectiva?. Es digno de notarse que la cuestión se estudió, todavía en el siglo XVI, durante las tentativas de conversión de China. En esta época, los Jesuitas habían comprendido que la irrupción de un cristianismo universal en este inmenso y viejo país, si se acompañaba de una adopción de los esquemas de pensamiento extranjeros, no podía hacerse sin destruir los fundamentos de la cultura y de la identidad china. Nos encontramos hoy en la misma problemática, desenraizados de nuestras propias creaciones mentales, que se vuelven contra nosotros. Necesitamos pues, si queremos sobrevivir, demandar a nuestra Fe y a la moral que ella induce los compromisos indispensables para escaparse a la entropía y a la indiferenciación del magma universal. Yo no sé si esto es posible, ya que mis luces son demasiado débiles, pero si los Europeos son capaces de expresar una manera europea de vivir religiosamente, compatible con la perennidad de nuestras razas, entonces, les prometo que me juntaré a sus procesiones, agitaré sus banderas, llevaré sus cilicios, (aunque sea muy quisquillosos, lo reconozco tanto) sin reclamar mérito por tanto. El temor de Dios, el culto de los santos y los ángeles, la veneración Virgen María, la llamada a la inmensa multitud de seres poderosos e invisibles de que la tradición cristiana ha poblado el cielo, son alimentos del alma europea que no pueden sino lo elevar más allá de ella misma nuestra conciencia colectiva. Se dice incluso de ciertos ángeles, como el Arcángel San Miguel, han recibido la misión de velar por la perennidad de las naciones. Usted perdonará, estoy seguro, mi ingenuidad. Mi única recompensa será que la Francia europea, la mía, naturalmente, que es también la suya, perdure y renazca.

Notas

(1) Spengler, Le déclin d ' Occident (Der Untergang des Abendlands, Munich "1923."

(2) Mg Hippolyte Simon, La France païanne , Éditions Cana, 1999.

(3) Georges Dllinger sur Radio Courtoise.

(4) Marc Augé, Génie du Paganisme, Gallimard 1982

(5) Marc Augé, ibid.

(6) La documentación católica mensaje de Pascua 2000.

(7) Saint Augustin, La cité de Dieu, 19, 13.

(8) VoirJean Delumeau, Historia del miedo en Occidente., Plural, 1999 (Éédition) y también las obras del profesor Michel Roüche que ve en la legitimización de Clodoveo por la Iglesla la elección de la dinastía más capaz de quebrar las solidaridades clánicas de los Francos

(9) Radio Notre-Dame el 15 de noviembre de 1998.

(10) Juan-Pablo II radicalizó su oposición a la pena capital en su vlaje a EE.UU. en 1995. Desde entonces, no pasa un año sin que haga una declaración en este sentido.

Pierre de Meuse.

Essai sur les contradictions de la droite. Dialogues avec les hommes de ma tribu.

Éditions de L’Aencre. Paris 2002

pp. 85-114