Jean –Marc Vivenza . Le Diccionaire de René Guénon. Le Mercure Dauphinois. Grenoble 2002
(Símbolos de la Ciencia Sagrada, cap. XLVI, "Reunir a los dispersos").
Véase Absoluto, Creación, Dios, Geometría, Masonería, Prajapati.
DEMIURGO.
Jean –Marc Vivenza . Le Diccionaire de René Guénon. Le
Mercure Dauphinois. Grenoble 2002
El Demiurgo es el que ejerce una acción creadora sobre la
materia
"En otras palabras, la forma en que las personas actúan
en relación con el
mundo en el que se encuentran.
La visión creadora del Demiurgo es, pues, las más de las
veces una
visión antropomórfica, que equipara erróneamente y mediante
una
formidable confusión metafísica el poder creador de Dios*
-que, no lo
olvidemos, hace todas las cosas de la "nada "*-
con el modo individual
"artesanal" del ser humano, que utiliza el
material ya creado para elaborar
sus obras.
A este , Guénon indica lo importante que es distinguir
claramente entre
el Gran Arquitecto* de la Masonería* y los dioses de las
diversas
religiones, que no son más que aspectos del Demiurgo. El
Gran Arquitecto
es algo muy superior, quedando reservado el papel de
artesano del
Universo* a la colectividad de los seres individuales,
identificables con el
protoplasto Adán (primer formador).
(Introducción general al estudio de las doctrinas
hindúes, cap. VII,
"Simbolismo y antropomorfismo". La Gran Tríada,
cap. XI, "Spiritus,
Anima, Corpus". Aperçus sur l'ésotérisme islamique
et le Taoïsme, cap.
IX, "Création et manifestation". Études sur la
Franc- maçonnerie et le
Compagnonnage, t. II "À propos du Grand Architecte
de l'Univers".
Mélanges, Ire partie, cap. I, "Le Démiurge").
Véase Creación, Dualismo, Emanación, Moralismo.
MORAL.
Jean –Marc Vivenza . Le Diccionaire de René Guénon. Le
Mercure Dauphinois. Grenoble 2002
La moral se presenta generalmente de dos modos distintos:
a) - el modo religioso, en el que las normas éticas dependen
declaraciones dogmáticas (la Ley de Manu, el Decálogo,
etc.).
b) - el modo filosófico, cuando la Moral se totalmente libre
de toda
subordinación religiosa.
Huelga decir que el punto de vista tradicional no puede
concebir, o
más exactamente admitir, que una ley moral, una regulación
social, esté
desligada de una perspectiva espiritual precisa, y no
imagina ni por un
momento que exista una "Moral independiente". Esta
situación, que
caracteriza nuestra época moderna, pero que hunde sus raíces
en los
griegos y los romanos, no es más que el resultado de una
larga
degradación de la civilización, fruto relativamente claro de
una lenta
penetración de elementos "sentimentales" en la
esfera social. La
omnipresencia del moralismo en nuestro tiempo es, pues, el
resultado de
una degeneración del pensamiento religioso que, al
secularizarse, ha
traducido los principios ancestrales en una especie de
código reductor, y
ha hecho que la mentalidad contemporánea se pliegue a
imperativos
categóricos que no parecen tener ninguna fuente trascendente
particular.
Por otra parte, examinando el problema de la moral desde un
ángulo
metafísico o doctrinal, Guénon, partiendo del hecho de que
la distinción
entre el Bien y el Mal es, "en última instancia",
evidentemente ilusoria,
se pregunta, no sin razón, si esto no implica, como
consecuencia directa,
la inexistencia pura y simple de la Moral, Pues si la
diferenciación entre
el Bien y el Mal no existe en la realidad, "lo mismo
debe suceder con la
moral", escribe, "pues es bastante obvio que la
moral se funda en esta
distinción, que la presupone esencialmente". Pero esto
sería sin duda
una afirmación exagerada, pues la Moral existe, pero,
precisa, "en la
misma medida que la distinción entre el Bien y el Mal, es
decir, para
todo lo que pertenece al dominio del Demiurgo*". Su
dominio es el de
la Acción* exterior ejercida sobre el mundo bruto, un
dominio donde la
voluntad* del hombre produce por sí sola las múltiples
distinciones
contradictorias, un mundo de limitación donde domina el
"Príncipe de
este mundo". Por eso la Moral sólo está ligada al plano
material, "pero
desde el punto de vista universal ya no tiene razón de
ser", puesto que el
punto de vista universal ve desaparecer todas las
distinciones y
oposiciones. Esto explica fácilmente por qué la Moral sólo
se aplica al
único dominio de la acción*, "y la acción presupone el
cambio, que sólo
es posible en lo formal o manifiesto". A este respecto,
podemos
comprender mejor lo que significa la ausencia de Moral, dado
el fin
efectivo de todas las distinciones
entre el Bien y el Mal en el Mundo no formal e inmutable,
que no está
sujeto al cambio ni a las modificaciones contingentes del
mundo
manifestado, y que, por tanto, está libre de acción, lo que
significa
concretamente que "el ser que ya no pertenece al
Imperio del Demiurgo
carece de acción". Esta es la razón por la que el
Veda*, que se centra
únicamente en una perspectiva puramente metafísica*, no
contiene en sí
mismo ninguna moralidad.
Sin embargo, debemos tener cuidado en señalar que es
importante no
confundir nunca los diferentes niveles de realidad y de
verdad, ni
malinterpretar los diferentes planos del Universo,
"pues lo que se dice
de uno puede no ser cierto de otro". Así, la moral
existe necesariamente
en el plano social, que es esencialmente el dominio la
acción; pero no
puede hablarse de ella cuando consideramos el plano
metafísico o
universal, puesto que entonces ya no hay acción.
(Mélanges, cap. I, "Le Démiurge". Introducción
general al estudio
doctrinas hindúes, cap. IV, "Tradición y
religión", cap. VIII,
"Pensamiento metafísico y pensamiento
filosófico").
Véase Acción, Creación, Demiurgo, Laicismo, Karma*,
Voluntad.
Salmo 51
51,1 Del maestro de coro. Salmo. De David.
51,2 Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se
había unido a Betsabé.
51,3 Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa
ternura borra mi delito,
51,4 lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame.
51,5 Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar
está ante mí;
51,6 contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus
ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando
juzgas.
51,7 Mira que en culpa yo nací, pecador me concibió mi
madre.
51,8 Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo
secreto me enseñas la sabiduría.
51,9 Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y
quedaré más blanco que la nieve.
51,10 Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los
huesos que machacaste tú.
51,11 Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas.
51,12 Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, un espíritu
firme dentro de mí renueva;
51,13 no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí
tu santo espíritu.
51,14 Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu
generoso afiánzame;
51,15 enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores
volverán a ti.
51,16 Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación, y
aclamará mi lengua tu justicia;
51,17 abre, Señor, mis labios, y publicará mi boca tu
alabanza.
51,18 Pues no te agrada el sacrificio, si ofrezco un
holocausto no lo aceptas.
51,19 El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un
corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.
51,20 ¡Favorece a Sión en tu benevolencia, reconstruye las
murallas de Jerusalén!
51,21 Entonces te agradarán los sacrificios justos,
holocausto y oblación entera se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.
«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA
HUMILDAD
Relatos de un peregrino ruso
Título original: Oskrovennye razskazy Strannika
dukhovnomu svoemu
otcu
Anónimo, 1865
Me enteré de que en Kitaevaya Pustina, a unas siete verstas
de Kiev,
había un sacerdote de vida ascética, que era muy sabio y
comprensivo.
Quienquiera que acudiese a él en confesión, encontraba un
ambiente de
tierna compasión, y se marchaba con enseñanza para su
salvación y
desahogo de espíritu. Me alegré mucho al enterarme de esto,
y me fui hacia
allí en seguida. Después que hube pedido su consejo, y
hubimos hablado un
rato, le di a leer mi hoja de papel. La leyó por entero, y
luego dijo:
—Querido amigo, mucho de lo que has escrito es absolutamente
fútil.
Escucha: Primero: no traigas a confesión pecados de los que
ya te hayas
arrepentido y te hayan sido perdonados; no vuelvas sobre
ellos de nuevo,
puesto que esto sería dudar de la fuerza del sacramento de
la penitencia.
Segundo: no hagas memoria de otra gente que haya tenido
relación con tus
pecados; júzgate sólo a ti. Tercero: los Santos Padres nos prohíben
mencionar todas las circunstancias de los pecados, y nos
ordenan
confesarnos de ellos en general, a fin de evitar la
tentación tanto para
nosotros mismos como para el sacerdote. Cuarto; has venido
para
arrepentirte, y no te arrepientes de que no sepas
arrepentirte, esto es, de que
tu arrepentimiento sea tibio y negligente. Quinto: has
repasado todos estos
detalles, pero has pasado por alto lo más importante: No has
revelado los
pecados más graves de todos. No has confesado, ni anotado,
que no amas a
Dios, que odias a tu prójimo, que no crees en la Palabra de
Dios, y que estás
henchido de orgullo y de ambición. Una inmensa cantidad de
maldad, y
toda nuestra perversión espiritual, residen en estos cuatro
pecados. Ellos
son las raíces de las que brotan los retoños de todos los
pecados en que
caemos.
Quedé muy sorprendido al oír esto, y dije:
—Perdón, Reverendo Padre, pero ¿cómo es posible no amar a
Dios,
nuestro Creador y nuestro Guarda? ¿Qué hay en que creer sino
la Palabra de
Dios, en la que todo es verdadero y santo? Yo quiero bien a
todos mis
semejantes, ¿y por qué iba a odiarlos? No tengo nada de que
enorgullecerme; además de tener innumerables pecados, no
tengo nada
digno de ser ensalzado, ¿y qué podría yo codiciar, con mi
pobreza y con mi
mala salud? Naturalmente, si yo fuese un hombre culto, o
rico, entonces sin
duda sería culpable de las cosas de que habláis.
—Es una lástima, querido, que comprendieras tan poco de lo
que dije.
Mira, vas a aprender más deprisa si te doy estas notas. Es
lo que siempre
uso para mi propia confesión. Leelas de cabo a rabo, y
tendrás, de forma lo
bastante clara, una muestra exacta de lo que te acabo de
decir.
Me dio las notas, y me puse a leerlas. Helas aquí:
«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA
HUMILDAD
»Volviendo la mirada atentamente sobre mí mismo, y
observando el
curso de mi estado interior, he comprobado por
experiencia que no amo a
Dios, que no amo a mis semejantes, que no tengo fe, y que
estoy lleno de
orgullo y de sensualidad. Todo esto lo descubro realmente
en mí como
resultado del examen minucioso de mis sentimientos y de
mi conducta, de
este modo:
»1. No amo a Dios. —Puesto que si amase a Dios, estaría
continuamente pensando en Él con profundo gozo. Cada
pensamiento de
Dios me daría alegría y deleite. Por el contrario, pienso
mucho más a
menudo, y con mucho más anhelo, en las cosas terrenales,
y el pensar en
Dios me resulta fatigoso y árido. Si amase a Dios, hablar
con Él en la
oración sería entonces mi alimento y mi deleite, y me
llevaría a una
ininterrumpida comunión con Él. Pero, por el contrario,
no sólo no
encuentro deleite en la oración, sino que incluso
representa un esfuerzo
para mí. Lucho con desgana, me debilita la pereza, y
estoy siempre
dispuesto a ocuparme con afán en cualquier fruslería, con
tal de que acorte
la oración y me aparte de ella. El tiempo se me va sin
advertirlo en
ocupaciones vanas, pero cuando estoy ocupado con Dios,
cuando me pongo
en Su presencia, cada hora me parece un año. Quien ama a
otra persona,
piensa en ella todo el día sin cesar, se la representa en
la imaginación, se
preocupa por ella, y en cualquier circunstancia no se le
va nunca del
pensamiento. Pero yo, a lo largo del día apenas si
reservo una hora para
sumirme en meditación sobre Dios, para inflamar mi
corazón con amor por
Él, mientras que entrego con ansia veintitrés horas como
fervorosas
ofrendas a los ídolos de mis pasiones. Soy pronto a la
charla sobre asuntos
frívolos y cosas que desagradan al espíritu; eso me da
placer. Pero cuando
se trata de la consideración de Dios, todo es aridez,
fastidio e indolencia.
Aun cuando sea llevado sin querer por otros hacia una
conversación
espiritual, rápidamente intento cambiar el tema por otro
que dé
satisfacción a mis deseos. Tengo una curiosidad
incansable por las
novedades, sean acontecimientos ciudadanos o asuntos
políticos. Busco
con ahínco la satisfacción de mi amor por el conocimiento
en la ciencia y
en el arte, y en la manera de obtener cosas que quiero
poseer. Pero el
estudio de la Ley de Dios, el conocimiento de Dios y de
la religión, no me
causan efecto, y no sacian ningún apetito de mi alma. Veo
estas cosas no
sólo como una ocupación no esencial para un cristiano,
sino
ocasionalmente como una especie de cuestión secundaria en
que ocupar
quizá el ocio, a ratos perdidos. Para resumir: Si el amor
a Dios se reconoce
por la observancia de sus mandamientos (Si me amáis,
guardaréis mis
mandamientos, dice Nuestro Señor Jesucristo), y yo no
sólo no los guardo
sino que incluso lo procuro poco, se concluye
verdaderamente que no amo
a Dios, Esto es lo que Basilio el Grande dice: “La prueba
de que un
hombre no ama a Dios y a Su Cristo está en el hecho de
que no guarda Sus
mandamientos”.
»2. No amo tampoco a mi prójimo. —Puesto que no sólo soy
incapaz
de decidirme a entregar mi vida por él (conforme a lo que
dice el
Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad,
mi bienestar y mi
paz por el bien de mis semejantes. Si lo amase tanto como
a mí mismo,
como manda el Evangelio, sus infortunios me afligirían a
mí también, e
igualmente me deleitaría con su felicidad. Pero, por el
contrario, presto
oídos a extrañas e infortunadas historias sobre mi
prójimo, y no siento
pena; me quedo imperturbable o, lo que es peor, encuentro
en ello un cierto
placer. No sólo no cubro con amor la mala conducta de mi
hermano, sino
que la proclamo abiertamente con censura. Su bienestar,
su honor y su
felicidad no me causan placer como si fueran míos y, al
igual que si se
tratase de algo absolutamente ajeno a mí, no me
proporcionan ningún
sentimiento de dicha. Lo que es más, ellos despiertan en
mí, de forma sutil,
sentimientos de envidia o de menosprecio.
»3. No tengo fe. —Ni en la inmortalidad ni en el
Evangelio. Si
estuviera firmemente persuadido y creyese sin ninguna
duda que más allá
de la tumba se encuentra la vida eterna y la recompensa
por las acciones
de esta vida, pensaría en ello continuamente. La idea
misma de la
inmortalidad me aterraría, y haría que me condujese en
esta vida como un
extranjero que se dispone a penetrar en su tierra natal.
Por el contrario, ni
siquiera pienso en la eternidad, y veo el fin de esta
vida terrena como el
limite de mi existencia. Y esta secreta idea anida en mi
interior: “¿Quién
sabe lo que ocurre a la muerte?”. Si digo que creo en la
inmortalidad,
hablo entonces sólo por mi entendimiento, pues mi corazón
está muy lejos
de una firme convicción de ello. Esto lo atestiguan
abiertamente mi
conducta y mi continua solicitud en dar satisfacción a la
vida de los
sentidos. Si mi corazón acogiese con fe el Santo
Evangelio como la Palabra
de Dios, yo estaría ocupado continuamente con él, lo
estudiaría, hallaría
deleite en él y pondría con toda devoción mi atención en
él. En él se
ocultan la sabiduría, la clemencia y el amor; él me
llevaría a la felicidad, y
yo encontraría gran gozo en estudiar la Ley de Dios día y
noche. En él
encontraría yo alimento, como mi pan cotidiano, y mi
corazón sería movido
a guardar sus leyes. Nada en el mundo sería lo bastante
fuerte como para
apartarme de él. Por el contrario, si de vez en cuando
leo o escucho la
Palabra de Dios, es tan sólo por necesidad o por un
interés general por el
saber, y al no prestarle una atención estrecha, la
encuentro sosa y sin
ningún interés. Por lo general, llego al término de la
lectura sin sacar
ningún provecho, y más que dispuesto a cambiar a una
lectura mundana,
en la que obtengo mayor placer y encuentro temas nuevos e
interesantes.
»4. Estoy lleno de orgullo y de sensual amor por mí mismo.
—Todas
mis acciones lo confirman. Viendo algo bueno en mí mismo,
quiero
mostrarlo o enorgullecerme de ello ante otra gente, o
admirarme yo mismo
interiormente por ello. Si bien revelo una humildad
exterior, con todo la
atribuyo por entero a mis propias fuerzas y me considero
superior a los
demás, o por lo menos no peor que ellos. Si yo observo en
mí una falta,
trato de excusarla, y la disimulo diciendo: “Estoy hecho
así,” o “no es mía
la culpa”. Me enfurezco con los que no me tratan con
respeto y los
considero incapaces de apreciar la valía de las personas.
Voy jactándome
de mis dotes, y tomo como un insulto personal mis
tropiezos en cualquier
empresa. Murmuro, y encuentro placer en el infortunio de
mis enemigos. Si
me empeño por algo bueno es sólo con el propósito de
ganar admiración, o
autocomplacencia espiritual, o consuelo mundano. En una
palabra: Hago
de mí continuamente un ídolo y le presto servicio
ininterrumpidamente,
buscando en todo el placer de los sentidos y el sustento
para mis pasiones
sensuales y mis apetitos.
»Examinando todo esto, me veo arrogante, espurio,
incrédulo, sin
amor a Dios y con odio hacia mis semejantes. ¿Qué
condición podría ser
más culpable? La de los espíritus de las tinieblas es
mejor que la mía.
Ellos, aunque no aman a Dios, odian a los hombres y viven
de orgullo, por
lo menos creen y tiemblan. Pero en cuanto a mí, ¿puede
haber una condena
más terrible que la que me espera? ¿Y qué sentencia de
castigo será más
severa que la que recaerá sobre la vida de indiferencia y
de desatino que
reconozco en mí?».
Leyendo por entero este modelo de confesión que el sacerdote
me
había dado, quedé horrorizado y pensé para mí: «¡Dios mío!
Qué pecados
tan espantosos se esconden dentro de mí, y yo sin haber
reparado nunca en
ellos!». El deseo de verme limpio de ellos me hizo rogar a
este gran padre
espiritual que me enseñase cómo conocer las causas de todos
estos males y
cómo curarlos. Y él se puso a instruirme.
—Mira, querido hermano. La causa de no amar a Dios es falta
de fe;
la falta de fe viene motivada por la carencia de convicción;
y la causa de
ésta es el descuido en la búsqueda del saber santo y
verdadero, la
indiferencia hacia la luz del espíritu. En una palabra: Si
no tienes fe, no
puedes amar; si no tienes convicción, no puedes tener fe; y
para alcanzar
la convicción debes obtener un conocimiento pleno y exacto
de la cuestión
que tienes delante. Por la meditación, por el estudio de la
Palabra de Dios
y por la observación de tu experiencia, debes despertar en
tu alma un ansia
y un anhelo (o, como algunos lo llaman, una «admiración»)
que te
proporcione un deseo insaciable de conocer las cosas más de
cerca y más
plenamente, y de penetrar más en su naturaleza.
Un autor espiritual habla de ello de este modo: «El amor,
dice, crece
por lo general con el conocimiento, y cuanto mayor es la
hondura y la
extensión del conocimiento tanto más amor habrá, más
fácilmente se
ablandará el corazón y se abrirá al amor de Dios, a medida
que contemple
con diligencia toda la plenitud y belleza de la naturaleza divina
y su
ilimitado amor por los hombres».
L’Orthodoxie .
Hier.Demain
M.A. Costa de Beauregard
Père Ion Bria Théologue de Foucauld
Ëditions Buchet/Chastel.Paris 1979 pp 161-162
EL PECADO
Pero el hombre, dotado también de plena libertad de
elección —sin la
cual no sería más que un esclavo, como dice san Ireneo—,
prefiere el
amor propio al amor a Dios. Perturbado primero por la falsa
ciencia del
bien y del mal, y luego por el orgullo y la codicia, se
hunde en la noche del
no ser. Los Padres ven el pecado menos desde una
perspectiva moral de
transgresión de lo prohibido que desde una perspectiva que
es la del
conocimiento (cf. 2 Pedro 2). Todo el mal proviene de la
ignorancia
(agnoia). «El hombre era un niño. Aún no tenía pleno uso de
sus
facultades. Por eso fue fácilmente engañado por el
Seductor», dice san
Ireneo. Engañado por el Maligno, el hombre se aleja de
Dios: deja
entonces de ser alimentado directamente por la gracia y se
produce la
ruptura del equilibrio. El deseo que atraía al hombre hacia
lo inteligible y
hacia Aquel que está por encima de lo inteligible —Dios— se
vuelve ahora
hacia el mundo de los fenómenos. El estado de pecado es, en
el fondo, la
reducción a la mera naturaleza; es la pérdida de la vida
hipostática.
Este desvío del amor a Dios hacia el amor a la criatura y
hacia el amor
propio tiene consecuencias infinitamente dolorosas. La
carne está
condenada a la descomposición y, por el mismo hecho, a la
concupiscencia, que es la forma por excelencia que adoptan
el instinto de
conservación y el temor a la muerte. El alma, privada de su
alimento
natural, se ve sacudida en lo más profundo de su ser. La
voluntad no está
totalmente corrompida, pero sí distorsionada. Y, sobre
todo, el espíritu se
ve ahora invadido por las pasiones del alma. Todo el
macrocosmos, cuyo
jefe está herido, se ve sumido en un proceso de
desintegración.
La obra de la salvación traída por la Muerte y la
Resurrección de Cristo
consistirá no solo en restaurar la imagen divina, sino
también en llevar a
buen término la obra interrumpida a la que el hombre está
llamado.
Dios se encarna, devuelve la vida eterna al hombre mediante
su muerte y
su resurrección, le comunica en Pentecostés la fuerza deificadora
por medio
del Espíritu santificador y lo eleva tras de sí, en su
Ascensión, hasta la diestra
del Padre
AMOR.
Le Dictionnaire de René Guénon
Jean Marc Vivenza
Le Mercure Dauphinois, Grenoble 2002
Sin dejar de insistir en el carácter central y único la
Inteligencia* dentro
de la búsqueda iniciática (la relación con la inteligencia
reviste
evidentemente una importancia capital), Guénon estudia sin
embargo con
gran detalle el papel del corazón* como "centro
vital" y sede del "calor
animador"; vida y afectividad son dos cosas muy
próximas, de hecho
totalmente relacionadas. ¿Acaso no hablamos", escribe
Guénon, "del calor
de los sentimientos? También utiliza una imagen
interesante, que
demuestra su agudo sentido de la observación, cuando
observa que una
llama es tanto más caliente cuanta menos luz tiene, del
mismo modo que
el sentimiento es en realidad, la mayoría de las veces,
sólo calor sin luz.
Por eso el Amor auténtico, para ser profundo, debe ser
totalmente distinto
del sentimiento, si es que se le quiere calificar de alguna
manera. Del
mismo modo que ciertos términos tomados de la afectividad
se transponen
análogamente al plano espiritual (en particular entre los
místicos), también
parece que, en las doctrinas tradicionales, e incluso en el
ámbito de la
iniciación o de ciertas ramas del esoterismo islámico y de
la caballería
medieval*, el uso del Amor puede desempeñar, o ha
desempeñado, un
cierto papel. Como nos recuerda Guénon, es en Dante donde
encontramos
pruebas de la existencia Orden de Caballería iniciática de
los "Fieles de
Amor". Para Guénon, este vínculo con las Órdenes de
Caballería es sin
duda un signo de que el Amor es algo más que un medio para
alcanzar un
fin, particularmente apropiado para los Kshatriyas*,
siendo el camino*
inteligencia o el conocimiento naturalmente el de los Brahmanes*.
(Symboles de la science sacrée, cap. LXIX, "Le
Coeur rayonnant et le
Coeur enflammé". Aperçus sur l'ésotérisme chrétien,
cap. IV, "Le langage
secret de Dante et des Fidèles d'Amour").
LA IGLESIA PAGANA
La femme et le salut du monde
Paul Evdokimov
Desclée de Brouwer 1978 pp 76-77
5. La antropología litúrgica o doxológica
La concepción ortodoxa no conoce rupturas; hay pluralidad
de planos y eones, pero siempre con una misteriosa continuidad y una estrecha
correspondencia. Ve incluso en la historia un fenómeno religioso, pues el
paganismo se llama litúrgicamente «Iglesia infructuosa, estéril», pero Iglesia,
al fin y al cabo. La imagen muy familiar para los Padres, en cuanto hablan de
la caída, es la integridad «rota en mil pedazos por el pecado 30 ». Pero, en su infinita paciencia, Dios dedica
su tiempo a volver a empezar, «pegando» los fragmentos dispersos para
reconstituir la unidad inicial. Esto proporciona a los Padres una idea rica en
implicaciones para la historia de las religiones y la misionología. Hablan de
las «visitas» del Verbo antes de la Encarnación, en los mundos religiosos
ajenos a la revelación cristiana; el Verbo se manifiesta así de una manera más
kenótica, más oculta, en la iglesia invisible, la iglesia pagana.
La continuidad de
los planos acerca los mundos angélico y humano, y esta proximidad tan íntima de
las fuerzas celestiales inspira el paso del esbozo a lo consumado, del vacío a
la plenitud carismática: gratia plena, y condiciona la antropología
hagiophánica en sus aspectos litúrgico y doxológico.
La «pequeña» y la «gran entrada» en la liturgia ortodoxa
van acompañadas de la entrada de la jerarquía de los ángeles. El hombre se une
a su canto, en primer lugar, en el Trisagio: «Dios Santo, Santo Fuerte, Santo
Inmortal»: el Padre, fuente de santidad, el Santo; el Hijo, el Fuerte, aquel
que triunfa sobre la muerte; el Espíritu Santo, el vivificador, soplo de vida.
Y el segundo canto, el Sanctus, resume el tema de la Anáfora, la adoración
eucarística trinitaria; el ministerio humano y el ministerio de los ángeles se
unen de nuevo en el mismo impulso de adoración: Santo, Santo, Santo, es el
Señor de los ejércitos. El cielo y la tierra están llenos de su gloria (cf. Is.
6, 3). «Sed santos, sed perfectos» se refieren a la misma plenitud, al
contenido positivo del siglo futuro que ya ha comenzado aquí en la tierra. Un
santo no es un superhombre, sino aquel que encuentra y vive su verdad de hombre
como ser litúrgico. La definición antropológica encuentra su expresión más
exacta y plena en la adoración litúrgica: el ser humano es el hombre del
Trisagio y del Sanctus: «Cantaré a mi Dios mientras viva» (Sal 103, 33). Es por
esta «acción» por lo que el hombre es «apartado» (hecho santo). Cantar a su
Dios es su única preocupación, es su única «tarea».
30.
San Máximo: Quaest. ad Thalass., P. G. 90, 25 B. En san Agustín, es la imagen
de Adán; al caer y romperse, llenó de sus fragmentos todo el universo. Dios
recoge los fragmentos, los funde en el fuego de su caridad y reconstituye la
unidad quebrantada. In psalm. 95, n. 15.
LOS SACRAMENTOS
L’ORTHODOXIE
Paul Evdokimov
Descleé de Brouwer 1979 pp262-265
CAPÍTULO IV
Los sacramentos
INTRODUCCIÓN
«Los sacramentos: he aquí el camino que nuestro Señor nos ha
trazado, la
puerta que ha abierto… es volviendo a pasar por este camino
y esta puerta
como regresa hacia los hombres» 137.
Cristo regresa en la economía
sacramental del Espíritu Santo, que perpetúa su visibilidad
histórica.
137 NICOLÁS CABASILAS, La vida en Cristo, p. 28.
Pero, además, los sacramentos de la Iglesia ocupan el lugar
de los milagros de
la época de la Encarnación 138.
Más clásica es la definición de la Confesión
ortodoxa: «El sacramento es una acción santa en la
que, bajo el signo visible,
se comunica al creyente la gracia invisible de Dios» 139.
La unión de lo visible y lo invisible es inherente a la
propia naturaleza de la
Iglesia. Como Pentecostés perpetuado, la Iglesia derrama la
sobreabundancia
de la gracia a través de todas las formas de su vida. Pero
la institución de los
sacramentos (su aspecto «lícito», la corrección canónica; su
aspecto «válido»; y
su aspecto «eficaz» de gracia santificante) establece un
orden que pone límites
a todo «pentecostalismo» sectario y desordenado y, al mismo
tiempo, ofrece un
fundamento inquebrantable, objetivo y universal para la vida
de gracia. El
Espíritu sopla donde quiere, pero en los sacramentos, en
presencia de las
condiciones exigidas por la Iglesia y en virtud de la
promesa del Señor, los
dones del Espíritu Santo se confieren con seguridad y la
Iglesia lo atestigua.
La teología escolástica se vio influida por la tradición
latina al afirmar que los
sacramentos son siete: el bautismo, la unción
crismal, la eucaristía, la
penitencia, la extremaunción, la ordenación sacerdotal y el
matrimonio. Esta
doctrina, que se formó en Occidente hacia el siglo XII, fue
confirmada en el
Concilio de Trento y se extendió a Oriente. Pero ya en el
siglo XIII se menciona
la serie de siete sacramentos en la Confesión de
Miguel Paleólogo y se cita en
el Concilio unionista de Lyon (1274). La polémica con los
teólogos protestantes
en la época del patriarca de Constantinopla Jeremías II (†
1595) condujo a la
misma afirmación del número siete (Cirilo Lucaris, de
tendencia calvinista, solo
aceptaba dos). La encíclica de los patriarcas orientales140 da este mismo
número, siete, y precisa «ni más, ni menos»; la tendencia
polémica de la carta
lo explica. Pero aún en el siglo XV, Joasaph, metropolitano
de Éfeso, cita los diez
sacramentos, san Dionisio habla de seis y san Juan Damasceno
solo menciona
dos. Algunos textos mencionan la ordenación monástica, el
oficio de difuntos y
la gran bendición de las aguas. A menudo, entre los Padres,
«el bautismo»
significaba el conjunto de los tres grandes sacramentos.
En un sentido amplio, todo en la vida cristiana es eclesial
y, por tanto, de
naturaleza sacramental, pues «derramaré de mi Espíritu sobre
toda carne»
(Hch 2, 17); todo es carisma, ministerio, don al servicio de
la Iglesia. Sin
embargo, la santidad personal, los actos de fe, de martirio
o de caridad, la
santificación de toda forma de existencia y de ser se sitúan
en la Iglesia, pero
constituyen un ámbito inefable, inorganizable, inobjetivable
y, por ello, no exigen
ni llevan ningún sello objetivo del consenso del
Cuerpo. A lo sumo, se puede
decir que aquí «el Espíritu se manifiesta en cada uno para
el bien de todos» (1
Cor. 12, 17).
138 Véase O. CULLMANN, Les Sacrements dans l'Église Johannique,
París
1951, pp. 35-48.
139 Primera parte, 99.
140 Parágrafo 15
También existe un gran número de sacramentales (sacramentalia):
la
consagración del templo, de las cruces y de los iconos, del
agua, de los frutos
de la tierra, los funerales y los votos monásticos, la
bendición litúrgica y
sacerdotal, la señal de la cruz, la oración. Todos estos
ritos confieren asimismo
la gracia del Espíritu Santo.
El padre Nicolás Afanassieff 141
aporta una precisión esclarecedora. Todo
sacramento incluye una acción de santificación, pero no toda
acción de
santificación es un sacramento. Este último implica la
voluntad de Dios de que
dicho acto tenga lugar, el acto en sí mismo y, en tercer
lugar, el testimonio de la
Iglesia de su recepción, que confirma el don conferido y
recibido. Así, en la
práctica antigua,el «axios» del pueblo acompañaba
todo acto sacramental, y
todos los sacramentos conducían a la Eucaristía, que culmina
el testimonio de
la Iglesia sobre la realidad pneumatófora de todo
sacramento. Tal consenso es
un hecho interno de la Iglesia. Un sacramento es siempre un
acontecimiento en
la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia;
excluye toda individualización que aísle
el acto y a quien lo recibe. Todo sacramento repercute en el
Cuerpo de todos
los fieles. Todo bautizado y confirmado es un nacimiento en
la Iglesia, que se
enriquece con un miembro; todo perdón, toda absolución
«devuelve» al
penitente a la Iglesia 142,
a la «comunión de los santos»; en toda eucaristía:
«todos los que participamos de este único pan y de este
único cáliz, que
estemos unidos unos a otros en la comunión de un mismo
Espíritu» (liturgia de
san Basilio); «tras lo cual mencionamos el cielo, la tierra
y el mar, el sol y la
luna, los astros y toda criatura racional e irracional,
visible e invisible, y a los
ángeles y arcángeles» 143.
La ordenación de un obispo garantiza la Eucaristía,
manifestación de la Iglesia. El marido y la mujer acceden
ante todo a la sináxis
eucarística en su nueva existencia conyugal. Así, todo
sacramento trasciende lo
particular hacia su resonancia católica, y los dones se
manifiestan para todos.
Pentecostés continuado, función reveladora continuada del
Espíritu Santo,
la Iglesia revela sin cesar su identidad con Cristo, que es
Verdad, Vida y
Camino, lo que erige a la propia Iglesia en sacramento de la
Verdad y de la
Vida. El carisma de la Verdad condiciona la acción de los
concilios. Sus
definiciones dogmáticas se acercan a la naturaleza del
sacramento. Su
fórmula: «Ha parecido bien al Espíritu y a nosotros» se
realiza en dos etapas:
primero es «Ha parecido bien a nosotros» y después es la
recepción por parte
del Cuerpo, el consenso proclamado, cuando se trata
de un concilio reconocido
como ecuménico: «Ha parecido bien al Espíritu». El concilio
es ecuménico
porque el Espíritu de la Verdad ha hablado144.
141 «Sacramenta et Sacramentalia», en La Pensée Orthodoxe,
n.º 8 (en ruso).
142 CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, P. G. 9, 649.
143 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, P. G. 33, 1119.
144 PARA SAN GREGORIO DE NAZIANZO, el Padre es el Verdadero, el
Hijo
es la Verdad, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad — Πνεῦμα
τῆς (P.G. 35, 1164 A9
«Nuestra doctrina está en consonancia con la Eucaristía»145. Todo sacramento
se remonta a la institución eucarística y se incluye en
ella. No tiene importancia
buscar para cada sacramento una palabra explícitamente
institucional del
Señor. Ciertamente, siempre se requiere una referencia
bíblica, pero todo
sacramento se remonta al poder del Sacramento de los
sacramentos, que es la
Iglesia-Eucaristía. No es el aspecto formal ni jurídico lo
que opera en los
sacramentos. Si, por razones válidas, en la celebración de
un sacramento
faltan las condiciones canónicas, «la gracia suplanta la
debilidad humana», y la
integración en la Eucaristía puede dar testimonio de la
venida del Espíritu y del
don recibido. Por eso, en la práctica antigua, todo
sacramento formaba parte
orgánica de la liturgia eucarística y culminaba en la Cena
del Señor.
Todo sacramento va precedido de su episcele y forma parte de
la
economía del Espíritu Santo: «Así como el pan eucarístico se
convierte, por
invocación (episcele), en el Cuerpo de Cristo, así también
el crisma, por
invocación (episcele), se ha convertido en el carisma de
Cristo, generador del
Espíritu Santo, por la presencia de su divinidad» 146.
El sacramento, μυστήριον, es algo secreto, oculto. «Los
misterios de Cristo
están ocultos a los profanos, incluso a los profetas, pues
Cristo solo los reveló
en parábolas»147. Es
también un misterio porque, si bien es Dios quien obra, lo
hace a través del acto del sacerdote. «Cuando el sacerdote
bautiza, no es él
quien bautiza, sino Dios, cuya presencia invisible sostiene
la cabeza del
bautizado»148. «Dios
actúa por medio de los sacerdotes, incluso de los
indignos, para salvar al pueblo», afirma san Juan Crisóstomo149. Se
comprende bien que siempre se busca la rectitud moral del
ministro, pero no es
un requisito absoluto; del mismo modo, la fe de quien recibe
no influye en
absoluto en la validez objetiva del sacramento, pero este
último actúa siempre,
ya sea para la salvación o para la condenación, en función
de la fe. Los
sacramentos no son solo signos que confirman las promesas
divinas ni medios
para avivar la fe y la confianza; no solo dan la gracia,
sino que la encierran, y
son vehículos o viáticos de la inmortalidad, a la vez
instrumentos de la
salvación y la salvación misma.
145 SAN IRENEO, Adv. haeres. IV, 18, 5.
146 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, P. G. 33, 1089.
147 CLEMENTE DE ALEXANDRIA, Strom. I, V.
148 P. G. 57, 507.
149 P. G. 62, 609.
NÚMERO DE SACRAMENTOS
Teología Bizantina
Juan Meyendorff
Ediciones Cristiandad. Madrid 2002, pp 353-355
TEOLOGÍA SACRAMENTAL: EL CICLO DE LA VIDA
•
En su obra La vida en
Cristo -un comentario al bautismo, a la
confirmación y a la eucaristía- Nicolas Cabasilas escribe: «En este mundo
presente, los santos son capaces no solo de estar preparados para la vida
[eterna en Cristo], sino también para vivir y actuar incluso ahora según [los
principios] de esa vida» 1 El Reino de Dios,
una anticipación del cumplimiento escatológico, ya es accesible en el Cuerpo de
Cristo. Para los bizantinos, la posibilidad de «ser en Cristo», de «participar»
en la vida divina -el estado «natural» de la humanidad- se manifiesta
esencialmente en los sacramentos o misterios de la Iglesia. Esos
sacramentos se interpretan no tanto como actos aislados, a través de los cuales
se concede a los individuos una gracia «particular» por los ministros legítimos
que actúan con recta intención, cuanto coma aspectos de un único misterio de la
Iglesia, en el que Dios comparte la vida divina con la humanidad, redirmiendo
al hombre del pecado y de la muerte y derramando sabre el la gloria de la inmortalidad.
1 Cabasilas, De vita in
Christo l, 3; PG 150, 496D.
1. EL NOMERO DE LOS
SACRAMENTOS
La teología bizantina ignora la distinción occidental entre
«sacramentos» y «sacramentales», y nunca se comprometió
formalmente con una estricta limitación del número de los
sacramentos. En el periodo patrístico no había un término técnico para
referirse a los «sacramentos» como categoría específica de la acción eclesial;
se utilizaba primariamente el termino mysterion,
en sentido genérico de «misterio de salvación» 2
y solo de manera subsidiaria, para referirse a las acciones particulares que conferían la salvación. El termino se
empleaba en este segundo sentido, en concurrencia con otros como «ritos», o
«santificaciones» 3. En el siglo IX, Teodoro
Estudita presento un Catálogo de seis sacramentos: «iluminación» (bautismo),
«sinaxis» ( eucaristía), unción sagrada (confirmación), ordenación, tonsura monástica,
y servicio de difuntos 4. La doctrina de los
«siete sacramentos» aparece por primera vez, de modo especffico, en la
Profesion de Fe exigida al emperador Miguel Paleologo por el papa Clemente IV
en 1267 5. Naturalmente, el texto de esa Profesión
habia sido preparado por teólogos latinos.
El origen obviamente occidental de ese estricto número de
sacramentos no fue obstáculo para que fuera ampliamente aceptado entre los
cristianos orientales a partir del siglo XIII, incluso entre los más acérrimos
opositores a la unión con Roma. Al parecer, esa aceptación fue resultado no
tanto de la influencia de la teología latina, cuanto de la fascinación típicamente
medieval y bizantina por los números simbólicos; el número siete, en
particular, evocaba una asociación con los siete dones del Espiritu segun Is
11,2-4. Pero entre los autores bizantinos que aceptaban los siete sacramentos
se
2 Vease, por ejemplo,Juan Crisóstomo, Homn. 7,1 in I Cor.; PG 61,55.
3 Juan Crisóstomo, Catechèses
baptisrnales (ed. A. Wenger, SC 50, Paris 1957, II, 17) 143.
4 Ep. II, 165; PG 99,
1524B.
5 G. M.Jugie, Theologia dogmatica
Christianornrn orientaliurn III (Paris 1930) 16.
pueden encontrar diferentes listas en abierta competencia. El
monje Job (siglo XIII), autor de una disertación sobre los sacramentos, incluye
en la lista la tonsura monástica, igual que Teodoro Estudita, pero combina en
un solo sacramento la penitencia y la unción de enfermos 6. Simeon deTesalónica (siglo XV) también admite
el carácter sacramental de la tonsura monástica, pero la clasifica en unión con
la penitencia 7y considera la unción como
sacramento aparte. Porsu parte, Joasaf, metropolita de Éfeso y contemporáneo ce
Simeon, declara: «Creo que los sacramentos de la Iglesia no son siete, sino más»,
y da una lista de diez, en los que se incluyen la consagración de una iglesia,
el servicio dedifutos y la tonsura monastica 8
.
Es evidente que la Iglesia bizantina jamás se comprometió
formalmente con una lista concreta. Numerosos autores aceptan la serie habitual
de siete sacramentos -bautismo, confirmación, eucaristía, orden sagrado,
matrimonio, penitencia y unción de enfermos-, mientras que otros ofrecen una
lista más abultada, e incluso algunos subrayan la importancia especial y
exclusiva del bautismo y de la eucaristía, elementos básicos de la iniciación
cristiana en una «vida nueva».
9
Por ejemplo, Gregorio Palamas proclama que «en estos dos [
sacramentos] radica la totalidad de nuestra salvación, pues la entera economía
del Dios-hombre se recapitula en ellos». Y Nicolas Cabasilas escribe su famosa
obra La vida en Cristo como
comentario al bautismo, confirmación y eucaristía.
6 Citado por G. M,Jugie, ibid.,17-18.
7 Desacrarnentis, 52; PG
155, 197A.
8 Responsa canonica (ed.
A. I. Almazov; Odessa 1903) 38.
9 Horn. 60
(ed. S. Oikonomos; Athenae 1860) 250.