sábado, 17 de abril de 2021

Observaciones sobre la tragedia (E.M. Cioran)

 

Contagio de la tragedia

 

No es piedad, es envidia lo que nos inspira el héroe trágico, suertudo, cuyos sufrimientos devoramos, como si fuesen nuestros de derecho y él nos los hubiese sustraído. ¿Por qué no intentar volver a cogérselos? De cualquier forma, estaban destinados a nosotros... Para asegurarnos mejor, los declaramos nuestros, los engrandecemos y les damos proporciones desmesuradas; él, por mucho que se agite o gima ante nosotros, no conseguirá conmovernos, pues no somos sus espectadores, sino sus competidores, sus rivales en el patio de butacas, capaces de soportar sus desdichas mejor que él: tomándolas por nuestra cuenta, las exageramos más allá de sus posibilidades en escena. Provistos de su suerte y corriendo hacía la derrota más rápidamente que él, le dedicamos todo lo más una sonrisa superior, mientras que nos reservamos para nosotros solos, los méritos de la falta o del asesinato, del remordimiento o de la expiación. ¡Qué poca cosa es a nuestro lado y cuán vulgar nos parece su agonía! ¿Acaso no estamos cargados con todos sus dolores, no representamos la víctima que él quena encarnar sin lograrlo? Pero, ¡oh, irrisión!, finalmente ¡es él quien muere!

 

(La tentación de existir E.M. Cioran)

 

 

Condiciones de la tragedia

 

Si Jesús hubiera acabado su carrera en la cruz y no se hubiera comprometido a resucitar, ¡qué hermoso héroe de tragedia hubiese sido! Su vertiente divina ha hecho perder a la literatura un tema admirable. Comparte así la suerte, estéticamente mediocre, de todos los justos. Como todo lo que se perpetúa en el corazón de los hombres, como todo lo que se expone al culto y no muere irremediablemente, no se presta nada a esa visión de un «fin total» que marca un destino trágico. Para eso hubiese hecho falta que nadie le siguiese y que la transfiguración no viniese a elevarle a una ilícita aureola. ¡Nada más extraño a la tragedia que la idea de redención, salvación e inmortalidad! El héroe sucumbe bajo sus propios actos, sin que le sea dado escamotear su muerte por una gracia sobrenatural; no se prolonga —en tanto que existencia— de ningún modo, permanece distinto en la memoria de los hombres como un espectáculo de sufrimiento; al no tener discípulos, su destino infructuoso no fecunda nada salvo la imaginación de los otros. Macbeth se desploma sin esperanza de rescate: no hay extremaunción en la tragedia... Lo propio de una fe, aunque deba fracasar, es eludir lo irreparable. (¿Qué hubiera podido hacer Shakespeare por un mártir?) El verdadero héroe combate y muere en nombre de su destino, no en nombre de una creencia. Su existencia elimina toda idea de escapatoria; los caminos que no le llevan a la muerte le resultan callejones sin salida; trabaja en su «biografía»; cuida su desenlace y hace todo lo posible, instintivamente, para componerse acontecimientos funestos. Puesto que la fatalidad es su savia, cualquier escapatoria no podría ser más que una infidelidad a su perdición. Por eso el hombre del destino no se convierte nunca a ninguna creencia, fuera la que fuese; equivocaría su fin. Y si estuviese inmovilizado sobre la cruz, no sería él quien levantase los ojos hacia el cielo: su propia historia es su único absoluto, como sυ voluntad de tragedia su único deseo...

 

(Breviario de podredumbre E.M. Cioran)

 

 

Antitragedia

 

Atengámonos a lo concreto y a lo vacío, proscribamos todo lo que se sitúa entre los dos: cultura, civilización , progreso, rumiemos la mejor fórmula que se ha encontrado en este mundo: el trabajo manual en un convento... No hay verdad más que en el derroche físico y en la contemplación; el resto es accidental, inútil, malsano. La salud consiste en el ejercicio y en la vacuidad, en los músculos y en la meditación; en ningún caso en el pensamiento. Meditar es absorberse en una idea y perderse en ella, en tanto que pensar es saltar de una Idea a otra, complacerse en la cantidad, almacenar naderías, perseguir concepto tras concepto, meta tras meta. Meditar y pensar son dos actividades divergentes, léase incompatibles.

.Limitarse al vacío no es igualmente una forma de búsqueda? Sin duda, pero es buscar la ausencia de búsqueda, aspirar a una meta que aparte de golpe todas las otras. Vivimos en la inquietud porque ninguna meta sabría satisfacernos, porque sobre todos nuestros deseos y, con mayor razón, sobre el ser en tanto que ser, planea una fatalidad que afecta forzosamente a esos accidentes que son los individuos. Nada de lo que se actualiza escapa a la decadencia. El vacío —salto fuera de esa fatalidad— es, como todo producto del quietismo, de esencia antitrágica. Gracias a el deberíamos aprender a encontrarnos, remontándonos hacia nuestros orígenes, hacia nuestra eterna virtualidad. ¿Acaso no pone fin a todos nuestros deseos? !Y que son estos, en su conjunto, al lado de un solo instante en que no se persiga ni se experimente ninguno! La dicha no está en el deseo, sino en la ausencia de deseo, más exactamente en el entusiasmo por esa ausencia, en la cual quisiera uno revolcarse, abismarse, desaparecer, exclamar...

 

(El aciago demiurgo. E.M. Cioran)

miércoles, 14 de abril de 2021

Lo trágico y el occidente a la luz del no–dualismo asiático (Georges Vallin)

 

Lumière du Non-dualisme

Georges Vallin

Presses Universitaires de Nancy , 1987

 

Lo trágico y el occidente a la luz del  no–dualismo asiático

 

“Es significativo, nos dice Jean-Marie Dοmenach 1 , "que lo trágico, esta categoría esencial de la existencia humana, marca la cultura de Europa, y ninguna otra.”

Para justificar esta afirmación, nos parece útil mostrar cómo, en un marco cultural con presupuestos fundamentalmente diferentes de los de Occidente (o de Europa), la aparición de  lo trágico como "categoría esencial de la existencia humana " -tal como se manifiesta en particular en la tragedia griega- es propiamente inconcebible.

Es al pensamiento del Asia tradicional, tal como aparece en el hinduismo y en el budismo, en particular,nos que parece esclarecedor acudir, por varias razones: la metafísica asiática nos ofrece un tipo de pensamiento que, sin desconocer o escamotear los motivos de lo trágico tal y como aparece en Occidente, nunca termina por aislar, hipostasiar o valorizar las estructuras de lo trágico y los sentimientos que les corresponden. Por otra parte, nos parece que es en el pensamiento asiático, y más concretamente en el hinduismo, donde  encontramos la expresión más completa y coherente de esta "filosofía trágica" de inspiración dionisíaca  que Nietzsche intentó elaborar a partir de una meditación sobre la tragedia  griega y una recuperación de ciertos temas elaborados por los pensadores presocráticos. Pero es importante precisar que el término "filosofía trágica" no conviene a esta doctrina oriental por las diferencias de perspectiva que tendremos que elucidar.

El "postulado" que servirá de punto de partida para nuestra reflexión puede formularse así: si lo trágico no ha aparecido más que en Occidente, es porque el hombre occidental en general

1. Le retour du tragique, París, Ed. du Seuil, 1967, p. 292.

-en el contexto de la civilización tradicional así como de la modernidad- corresponde a lo que Nietzsche llama el "hombre reactivo", es decir, el hombre del "nihilismo", del "resentimiento", de la "decadencia", etc., dentro de cuyos límites nos parece  que el mismo Nietzsche intenta ilusoriamente elaborar su teoría del superhombre y de la afirmación total. Lo que nos parece  que constituye la ideología permanente del hombre occidental es la creencia en la realidad del individuo, o la identificación de la realidad con la individualidad, frente a la ideología fundamental del Asia tradicional, tal como se refleja en las doctrinas de del vedanta no dualista, el taoísmo o el o Budismo del Gran Vehículo 1. El hombre de Oriente, cuyas características esenciales hemos identificado a partir de las producciones culturales  constituyen estas doctrinas, tiende a identificar lo real y lo Universal o Supraformal, como aparece en la famosa fórmula popularizada por Schopenhauer: lal lvan asi : esto (el Absoluto suprapersonal), tú (el ego) lo eres.

Esta identificación, que nos parece que constituye el objeto de forma más acabada de la intuición intelectual corresponde a una doctrina de la afirmación integral (la que Nietzsche tenía nostalgia) que también podría llamarse la doctrina de la afirmación originaria, que caracteriza al hombre del origen, de la aurora del pensamiento o del "amanecer" del pensamiento, es decir, el hombre de Oriente. Afirmación original e integral 2, que no se apoya en la negación más que  como vehículo dialéctico – así como se puede ver en a propósito del método apofático o de la “teología negativa” que está un funcionamiento en la posición del Absoluto suprapersonal, contemplada por los Budistas, los Vedantinos o los Taoístas. Afirmación integral o integrativa que plantea desde el principio la coincidencia entre la trascendencia integral del Absoluto y su inmanencia integral en la manifestación, como lo habíamos planteado en el la doctrina de la Naturaleza integral 3.

Desde este punto de vista, la negatividad no es originaria sino derivada, como hemos mostrado para la teoría del Mâyâ o de la manifestación universal 4. Esto no significa en absoluto que sea

1. Corresponde a lo que hemos propuesto llamar La perspectiva metafísica (París, Presses Universitaires de France, 1959).

2. De lo que los presocráticos están indudablemente cerca, pero más allá de su recuperación de Nietzsche.

3. Véase nuestro artículo . Nature intégrale et mutilée, Revue philosophique (1974, enero-marzo, pp. 77-100).

4. Aunque siempre es siempre de facto, si no enteoría original en las doctrinas producidas por la ideología occidental.

excluida de lo real o escamoteada: está propiamente integrada en lo real, y en el mismo Absoluto, del que constituye una dimensión interior (correspondiente, recordemos, a la "Naturaleza integral"). Dicho de otra manera, la negatividad, que nunca es exaltada como tal, se encuentra metafísicamente justificada por su integración en lo Universal.

Este punto es capital para la ontología o la teología, así como para la antropología del hombre oriental, que excluye formalmente toda forma de dualismo u oposiciones o contradicciones, excepto las que se pueden encontrar a título de método, y que, por tanto, sólo son provisionales y propedéuticas".

La oposición entre el hombre y la trascendencia de un Dios "malvado" o simplemente "ausente" es impensable. Todos los temas que la tragedia desarrollará en Occidente o que marcarán lo trágico en el pensamiento occidental se encuentra integrados en una perspectiva que los destragifica, pero sin que se pueda hablar - como podemos hacer, nos parece, para el pantragismo hegeliano que se ha convertido en panlogismo - de escamoteo o de "recuperación".

Tomaremos algunos ejemplos tan característicos como sea posible para ilustrar nuestra tesis, y en primer lugar la teoría del "Dios destructor" en el hinduismo. El Dios trinitario del hinduismo no sólo es "creador" (o más bien "manifestador") y "conservador", sino  más fundamentalmente destructor. Esto nos parece aportar elementos de comparación y reflexión muy importantes para la inteligencia de lo "dionisíaco", del que el Shivaismo hinduista nos parece que constituye la "verdad", es decir, la expresión más acabada y la más profunda.

El individuo debe necesariamente ser destruido, en tanto que aparece no sólo como una manifestación, sino como una ocultación y una limitación "injusta" (cf. las palabras de Anaximandro) del ser; pero esta destrucción, en el pensamiento oriental, debe ser comprendida a la luz de las siguientes reservas: lo que es verdaderamente real no puede ser destruido 3, la "destrucción" no puede ser más que una transformación y esto en un doble sentido.

Lo que es individual debe necesariamente ser transformado,

1. Así, en el budismo la oposición transmigración (samsara) y nirvâna se encuentra superada en las formulaciones más características del Gran Vehículo (véase nuestra Perspectiva Metafísica, p. 120 y siguientes).

2. Para esta distinción nos remitimos a DOMENACH, o.c., pp. 25 y ss.

3. Mientras que la mentalidad de Occidente se encuentra primero con la contradicción de una individualidad real que debe ser destruida en virtud de un fatalidad y no de una necesidad interna.

es decir, pasar a otra forma. El budismo justificará esta tesis con brillantez : el ego es propiamente indestructible, dura indefinidamente, a través de la alternancia indefinida de "nacimientos" y  "muertes" - que corresponde al famoso argumento de los contrarios del Fedón- y es la indefinidad  de este devenir lo que corresponde en cierto modo al elemento "trágico", a la exterioridad del destino (exterioridad de la realidad aparente del ego en relación con la verdadera realidad del ego, idéntica al Absoluto transpersonal). El ego prisionero de la "sed” producida por la ignorancia es víctima del "Destino" que aparece, como sabemos, bajo la figura de Mâyâ en tanto poder de obnubilación (avarana-shaki) que corresponde al "Dios malvado" que ciega al "héroe" en la tragedia griega 1. Pero lo mismo que el Dios destructor es sólo la expresión de la necesidad ontológica consecutiva a la identidad esencial del Absoluto y lo manifestado, o del individuo y lo universal, así también el Dios obnubilante (simbolizado por el velo de Mâyâ) no está vinculado a una "maldad fundamental” del ser, a una "violencia original", etc., sino que es sólo una consecuencia  del principio de manifestación, que a su vez es una consecuencia o expresión de la Infinidad integral del Absoluto. En virtud de la identidad esencial del yo y del Absoluto suprapersonal, esta "obnubilación" que está en el origen de la creencia en la realidad del ego, es en un sentido el "Yo" mismo el que puede parecer como siendo afectado e "infectado" por ella, y no un Destino maléfico y trascendente. La teoría de la "la Mâyâ que obnubila" no es correlativa de a una acusación "trágica" del Dios malvado y celoso que ciega a los "mortales". La exterioridad del Destino es integrada en la plenitud indesgarrable e infinita del Ser. El hombre no sabría preocuparse por una entidad que es fundamentalmente externa a él: si hay "trágico" es, es en cierto modo interno al hombre. El sufrimiento de los "inocentes" no es un escándalo "trágico" o "metafísico" porque no existe una existencia "inocente": el individuo es, en cierto sentido  responsable de su propia individuación, porque tiene la posibilidad permanente, inscrita en el corazón de su ser,  redescubrir la dimensión "universal" o "infinita" del Ser, de la que nunca se ha separado en la realidad.

Y la individuación como tal está necesariamente ligada al sufrimiento y destrucción: la muerte no es externa al ego inscrita en su ser en tanto estructura permanente, aunque ilusoria, en forma de la potencia de negación o de "vacío".

1. Cf. RICEUR, Finitude el culpabiIité, vol. 2, cap. 2:  El Dios malvado y la visión trágica de la existencia.

constitutivo del ego. Toda existencia debe ser "desgarrada" en la medida en que está centrada en el ego (y esta es la lección en la que creía Nietzsche creía poder extraer con razón de la tragedia griega y de su embriaguez dionisíaca). Pero este desgarro no es sentido, en el "terror y la piedad" catártica que Aristóteles asignó a la tragedia, más que por una cultura que  identifica al hombre real con el ego. En la terminología búdica, se dirá, de forma menos patética, que "todos los agregado son impermanentes" como decía Heráclito que "todas las cosas fluyen” 1, más allá de toda tristeza y de toda angustia "trágica". El sufrimiento del ego no es un escándalo ni un accidente sino una ley fundamental del ser individual, más allá de todo pesimismo - ya que el ser-ego o el individuo no es su propia verdad, sino una máscara que se ha forjado el mismo y que oculta su verdadero rostro. El fracaso del héroe trágico en todos sus avatares es aquí sólo el signo de esta primera ecuación que el budismo ha planteado con gran rigor: la existencia del ego es idéntica al sufrimiento, y el ser del ego es idéntico al "vacío". Pero esta primera ecuación se apoya en la segunda, que es su "verdad" última: el ego que sufre no es mi verdadero centro de gravedad ontológico. En la realidad última, soy idéntico a Eso, es decir, es decir, al Si (Atma), al Absoluto transpersonal.

Conviene destacar aquí la segunda significación  "poder de destrucción" del que hablábamos más arriba: para el hombre asiático, la muerte corporal no es objeto de la tristeza o de angustia fundamental: porque no es más que un momento en el proceso indefinidamente repetido  del devenir del ego y de las alternancias de "nacimientos" y "muertes" que ritman este devenir: el objeto de angustia concierne al "destino" del ego que consiste en este proceso perpetuamente renovado de atado y arrancado que no puede llegar al final más que por el desprendimiento consecutivo a la transmutación del "deseo" y la desaparición de la ignorancia. Este proceso es el de un devenir o una transformación, es decir, la del paso de una forma individual a otra.

La única destrucción verdadera, es por lo tanto la transformación tomada en el sentido de pasaje más allá de la forma individual, más allá del ego, en ese movimiento de trascendencia integrativa que simboliza el poder destructivo de Shiva. Lo que destruye aquí la única "muerte" concebible es el ego, la ilusión del ego, reintegrándolo

1. Nótese que el flujo heracliteano expresado por el παvτá  ρ εi corresponde muy exactamente al significado de la palabra sánscrita Samsara en Budismo (la raíz sr significa fluir,huir .).

en la plenitud de su esencia ilimitada. Además, ni el “destino” constitutivo del ego ni el poder destructivo de lo "divino” podrían ponerse aquí como objeto de un sentimiento "trágico".

Ahora sabemos que la ontología y antropología dominante del hombre occidental se centra precisamente en la invencible afirmación de la realidad del ego (en todas sus formas) 1 y de la realidad de las formas individuales en general. Esta creencia nos parece  correlativa de una mutilación del ser 2, y a una actitud que llamaremos "reactiva" porque ha perdido el sentido de plenitud original  tomando como origen y esencia, de hecho, si no de derecho la negatividad o el principio de individuación identificado con el principio de realidad. Hemos mostrado que este proceso de identificación domina masivamente el pensamiento occidental desde Aristóteles a Sartre, y desencadena la toma de conciencia progresiva de las implicaciones últimas de esta afirmación del ego: la identificación del hombre con el vacío del ego, correlativo al descubrimiento del no-sentido fundamental del mundo o del "mundo absurdo".  En otras palabras, el "nihilismo" que Nietzsche veía el origen en la mutilación platónica de la carne, de la tierra y del instinto nos parece que se remonta a la entronización del principio de individuación o la santificación metafísica del ego. Y el destino, propiamente  trágico, de Occidente parece consistir en el descubrimiento progresivo de las consecuencias de esta santificación coincidente con el prometeísmo fundamental de hombre occidental. El hombre occidental es un hombre esencialmente trágico porque la negatividad es en él original y no derivada. Su creencia en la realidad del ego nos parece explicar eso por  lo que  se distingue fundamentalmente del hombre asiático tradicional 2. Esta creencia, en sus distintos niveles, puede parecer correlativa  de los diversos aspectos que ha podido  tomar la "muerte de Dios", que da ritmo, por así decirlo, a los avatares de lo trágico en Occidente.

*

**

Lo trágico está pues íntimamente ligado a la creencia en la realidad del ego.

1. Para la multiplicidad de estas formas, nos remitimos a nuestro libro Etre et individualité, París, Presses Universitaires de France, 1959.

2. Que habíamos analizado en relación con la Naturaleza (cf. artículo Revue philosophique, Enero de 1974).

3. Es bastante evidente que el hombre moderno de Oriente se sitúa en la cultura de una civilización occidental que se ha hecho mundial. El hombre maoísta en este sentido es más bien el Extremo Occidente que el Extremo  Oriente.

El budismo nos aporta una perspectiva ejemplar sobre este punto, y es en su luz con la que nos proponemos definir la naturaleza y las formas de  lo trágico.

Todas las formas de lo trágico nos remiten, en último análisis, al ego como como origen de las contradicciones, de las separaciones, de los desgarramientos, es decir de todas las formas de sufrimiento que la conciencia y el arte trágico han sido capaces de concebir. El ego concebido en la forma extrema de pura actividad de negación, pura forma sin contenido 1, nos parece que constituye el fundamento mismo de lo trágico, tanto lo trágico impuro e imperfecto tal como aparece en la  cultura del Occidente tradicional (tragedia griega y cristiana), como de lo trágico en estado puro tal como la cultura contemporánea ha elaborado (tanto en el antiteatro de un Becket como en las filosofías del absurdo, especialmente la del primer Sartre).

Se puede decir que este trágico en estado puro persigue, como su límite y su verdad última, las grandes producciones culturales, las actitudes fundamentales de del hombre occidental.

Lo trágico es como la sombra o el residuo de estas actitudes fundamentales: incluso cuando es entonces tematizado, está lejos de ser integrado.

El espectáculo trágico no es más que una catarsis que irrealiza nuestra angustia reprimida, dicho de otra manera que constituye un escape de lo trágico, y no una liberación que sólo una verdadera integración de lo trágico sería capaz producir. Pero la psique del hombre de occidente opone a esta integración la barrera constituida por constituida por hegemonía del ego y el principio de individuación.

*

**

 

Nos parece que en el Occidente tradicional estamos confrontados a dos formas diferentes de lo trágico, por una parte, la que se manifiesta en la tragedia griega,  y que está ligada a la problemática del Dios malvado, y por otro lado, la que está vinculada al monoteísmo judeo-cristiano, y a la problemática del Dios oculto o del Dios ausente.

En primer lugar, hay que señalar, siguiendo el análisis propuesto por Ricoeur 2, que el "mito trágico” tal como ha sido elaborado por la tragedia griega constituye un tipo de respuesta definitiva al problema del origen del mal, mientras que el monoteísmo judeocristiano ofrece una respuesta totalmente

1. Cf. Etre el individualité, p. 415 y ss.

2. Finitude et culpabilité, t. 2: La simbolique du Mal.

diferente. Nos parece útil detenernos primero en esta primera divergencia, que analizaremos a la luz del no dualismo asiático, que puede incitarnos a ver en las dos perspectivas divergentes dos instancias complementarias que  integra y unifica en la universalidad de su propia perspectiva. El monoteísmo judeocristiano sitúa en la sola voluntad del hombre libre, creado por Dios, el origen del mal. Dios es por definición  "inocente" del mal, sólo el hombre es responsable de él. El hombre creado por Dios no está habitado por el mal, que nacerá ante todo de una orientación libre y "mala" de su querer en forma de "maldad moral" -para usar la terminología leibniziana- y que luego aparecerá en forma de "mal físico" o de sufrimiento, justo castigo por el "pecado", del que sólo es responsable la libre voluntad del hombre. Por lo tanto, no existe una relación necesaria entre el entre el ser del ego humano y el "pecado", es decir, la afirmación consciente y voluntaria por la que el ego se pone por así decirlo como un absoluto.

 En este contexto, el ego no está acechado por el mal antes de la libre decisión por la que se toma a sí mismo como objeto, como fin y como medida.

Hay una disyunción radical entre la posición del ego en el ser (acto creador que emana de la libre voluntad de Dios) y el mal que proviene de la libre voluntad del hombre (cf. la interpretación del pecado de Adam en el De libero arbitrio de Agustín).

Se sabe, además, que este tema de la "inocencia" de Dios es un lugar común en todas las teodiceas de Occidente, desde Platón hasta Leibniz.

A esta problemática se opone radicalmente el "mito trágico" del origen del mal que, en definitiva, puede aparecer como una "antropodicea ", proclamando la inocencia del hombre y la injusticia de su sufrimiento infligido por los Dioses que parecen "celosos" de su grandeza o simplemente "celosos" de su felicidad.

Sin duda vamos a apuntar aquí el elemento de "desmesura" que el sufrimiento vendrá a expiar  -según un esquema similar al del mito adámico (véase el robo de Prometeo o el "excesivo" "saber" de Edipo), pero el exceso mismo puede aparecer como un "destino" del que el hombre es víctima, y que está ligado a un tipo de violencia y de mal originario inherente al ser mismo, anteriormente e independientemente de la intervención del querer humano. Dicho de otra manera, si el hombre hace el mal que lo llevará al sufrimiento, es porque fue "cegado por los dioses" y a partir  de este esquema fundamental el hombre sufriente aparecerá la inocente víctima de una potencia ciego y maléfica que lo abruma, lo aplasta y lo destruye, y este espectáculo engendra miedo, angustia y terror al mismo tiempo que la piedad, como dirá Aristóteles.

Este aplastamiento del hombre, esta fatalidad ciega e ineluctable que se abate sobre él desde fuera - como en la tragedia griega, o que es interior a él, como en la tragedia de Racine, y que, en el límite, se identifica con la "libertad pura" a la que el hombre está condenado como diría Sartre- aparecen propiamente injustificados, en ruptura con nuestras exigencias éticas o lógicas de justicia y significación. Lo trágico corresponde a una especie de protesta contra la justicia divina, una acusación a los dioses que parecerá impía y  escandaloso, como sabemos,  a Platón.

¿Cuál es el sentido de esta primera modalidad de lo trágico, en el marco de un pensamiento de tipo "tradicional"? Lo trágico es la forma que toma la teoría más amplia de la ilusión cósmica, en contacto con una mentalidad que cree en la realidad del ego y de las formas individuadas.  La ceguera "causada por los dioses" corresponde a la ignorancia que está  para los orientales en el origen de la creencia en el ego. El mérito del mito trágico es que plantea una dimensión del mal que excede la voluntad del hombre y de la que esta voluntad con todo rigor no puede ser considerada responsable. Hay una fatalidad que está inscrita en el ser mismo del ego anteriormente al ejercicio de esta voluntad y que podrá parecer que corresponde a la realidad misma del “libre arbitrio” o de la facultad de “elección”, coincidente con una distorsión ontológica entre el entendimiento y la voluntad.

 La condición "egóica" de la "realidad humana" ligada a la existencia de una "posibilidad de elección" podría parecer el destino al cual la creación misma "condena" al hombre, y de  que ineluctablemente surgirán la infelicidad y el sufrimiento.

Los Gnósticos y los Cabalistas interpretan en ese sentido la creación de Eva en el mito adámico: la separación del entendimiento y la voluntad como el primer momento de la caída que condicionará necesariamente sus peripecias ulteriores. Esta cesura "trágica" corresponde a la Ignorancia o al velo de Mâyâ del Hinduismo, la ignorancia desculpabiliza  al hombre. Pero esta ignorancia que engendra la división, la contradicción, la infelicidad no es en sí misma más que el resultado del poder de manifestación del Principio mismo o del Absoluto suprapersonal, es decir, del Bien platónico. La "voluntad malvada" de un Dios personal se reenvía, pues, en último análisis, a un más allá del bien y del mal relativos, a un Bien más allá del Ser y Esencia, es como la expresión de su infinidad integral, expresada en una forma simbólica destinada a mostrar lo que en el destino del hombre permanece anterior y exterior a su voluntad misma, o más bien al ejercicio de esta voluntad (y que puede coincidir, en el límite, con el propio ser de esta voluntad como tal).

Pero el ego "aplastado" y "desgarrado" por los dioses "malvados" no es por tanto víctima de una "injusticia". Su "destino" remite en última instancia a una "justicia" más profunda, a un Logos que trasciende el Logos humano, como lo deja entender la palabra de Anaximandro o ciertos aforismos de Heráclito. En cierto sentido, el ego es "culpable" de existir y la individuación aparece como una "falta" en la medida en que somos reenviados a la dimensión supra-personal del Ser, de la que el ego no es finalmente distinto más que en modo ilusorio. En otras palabras, Platón tiene razón cuando afirma que "Dios es inocente" porque la desgracia que afecta al "ser del ego" es finalmente, la consecuencia de un espejismo o ilusión que me  afecta a mí mismo. Pero esta ilusión no aparece evidentemente más que al ego que ha logrado deshacerse de él. Y esto justifica el esquema tradicional de nuestra teodicea occidental concerniente a la inocencia de Dios,  pero obviamente superando sus presupuestos fundamentales. La teoría asiática de la ilusión cósmica -de la de encuentra como un eco en los presocráticos y en el simbolismo dionisiaco que Nietzsche, más allá de las interpretaciones de Aristóteles, encuentra en la tragedia griega- permite reunir las problemáticas  divergentes del Dios malvado y del Dios inocente, mostrándonos el significado profundo de la problemática trágica misma.

Lo trágico no es posible más que para el hombre que permanece fiel a la famosa "medida" griega, es decir, a la visión del hombre encerrado en su finitud, que se identifica con los límites constitutivos de su humanidad,  es decir, con el ego. Desde el punto de vista de la metafísica oriental, esta "medida" se reduce a la verdadera “desmesura” o a su fundamento ontológico: y es a partir de esta desmesura de facto del ego  afirmando su realidad como el hombre se encuentra con lo trágico, el destino y la aparente violencia e injusticia de los dioses.

Para el hombre asiático, esta "violencia de los dioses" no hace más que una con la violencia misma y la desmesura del ego que se proyecta míticamente en esa.

Lo que podríamos llamar el aspecto "exotérico" de la tragedia, que Platón afectó retener, al igual que Aristóteles (o Ricoeur) -a diferencia de Nietzsche- corresponde a una primera forma de alejamiento de lo divino, correlativo del "humanismo" y de la "medida" griega.

La segunda forma de tragedia que ofrece la cultura del Occidente tradicional aparece en el interior del monoteísmo judeocristiano mismo y en razón, nos parece, de una segunda forma de alejamiento de lo divino, que marcará de manera decisiva el pensamiento y la cultura de Occidente y que corresponde a la trascendencia abstracta del Dios personal y creador.

La oposición fundamental que hay que señalar en esta ocasión es la de este Absoluto personal y exclusivamente trascendente en relación con el Absoluto transpersonal tal como aparece en las tradiciones asiáticas, en el marco de lo que hemos llamado la doctrina de la naturaleza integral.

Nos parece que podemos afirmar sin paradoja que la creencia en el Dios “viviente”, personal  y creador del monoteísmo judeocristiano corresponde a otra forma de alejamiento de lo divino, paralela a la del "mito trágico" o más precisamente a lo que podría llamarse la primera etapa de la muerte de Dios. En  lugar de ser radicalmente trascendente e integralmente inmanente a la manifestación, lo "Divino" no debe aquí su "trascendencia"  más que a la  cesura ontológica que separa a la criatura del Creador. Esta exterioridad recíproca e insuperable condiciona la famosa "humildad" de la criatura - paralela a la "medida" helénica y constituyendo de hecho, al igual que ésta última, una forma de "desmesura" - con relación con la problemática de la Oriente tomada como referencia, en el sentido de que la criatura como tal, es decir como ego, se postula como real en su ser-para-si, en su sustancialidad, dependiente y derivada sin duda, pero eficaz. La tragedia que surgirá de la relación entre el hombre y Dios está condicionada aquí también por el postulado fundamental de la realidad del ego - que crea una distancia infinita entre Dios y la realidad constitutiva del hombre. El postulado monoteísta enfocado en el rigor de su expresión no cristiana lleva a al creyente a "temor y temblor" en presencia del radicalmente Otro, y se sabe que la mediación del Dios-hombre no impedirá  a las formas más "occidentales" del cristianismo mismo, en un Pascal, un Kierkegaard o un Barth, de conducir a un Dios "ausente", objeto de una especie de nostalgia impotente de la consciencia desgraciada.

Observemos que la división criatura-creador favorece el resurgimiento de un mito trágico del Dios malvado, como se ve en el libro de Job , donde el inocente y el justo se encuentran perseguidos - por diablo interpuesto - por Υahve. Trágico aparece el sufrimiento de Job, o la prueba de Abraham dispuesto a sacrificar a Isaac en su fe ciega e incondicional en el Todopoderoso. Sin olvidar la soledad y el abandono del propio Cristo, el Inocente que sin duda eligió sufrir (y por tanto puede parecer que ha eliminado la posibilidad misma de la tragedia) de lo trágico) pero cuyo grito a su Padre prefigura  el trágico "abandono" de los modernos. Trágicas igualmente pueden aparecer las oposiciones, incluso las contradicciones que obligan al creyente a tomar decisiones desgarradoras: la fe o la razón, Naturaleza o Gracia, Carne o Espíritu, y que el creyente es llevado a vivir en la angustia, en la certeza de una fe centrada en la libre voluntad del ego y por el cual el misterio tiende a degradarse en paradoja escandalosa y finalmente en el Absurdo mismo, es decir, en el no-sentido. El vacío del ego sobre el cual - por una falsa humildad - el creyente se encuentra centrado y crispado repercute  sobre la relación entre el yo y Dios y ensancha el abismo entre el hombre y Dios que es como otra figura del Destino de la tragedia pagana.

Trágico impuro o incompleto, como decíamos antes sobre la trágico premoderno, pagano o judeo-cristiano, pues lo trágico griego desemboca finalmente  un "teofanismo" centrado sobre un Dios meta-moral, llegando hasta el fin de la interpretación "dionisíaca" dada por Nietzsche, lo trágico monoteísta se reabsorbe en la mediación crística, que, como se sabe, permitió a Hegel transmutar sin paradoja su pantragismo en panlogismo.

La modernidad, más que la tragedia de Esquilo o Sófocles, nos traerá la esencia o la verdad de lo trágico: lo trágico en su estado puro.

Plantearemos aquí la modernidad como el acontecimiento consecutivo a la segunda muerte de Dios -  la primera muerte correspondiente al advenimiento del Dios personal, ético y creador del judeocristianismo.

El ego ya no está simplemente aislado y separado de una trascendencia hostil y alienante,  desafía y rechaza la hegemonía del Todo otro del que ocupa el lugar. La esencia del hombre se reduce entonces estrictamente a los contornos de un ego que se convierte en la única "subjetividad", la única medida del ser y de los valores. La primera fase de este humanismo y de este ateísmo triunfante puede parecer corresponder a una regresión de lo trágico en la medida en que el ego humano se integra en  un proceso activo de totalización, como lo ilustra la dialéctica hegeliana, con el sentido de la historia, o la progresiva domesticación de la naturaleza por la técnica.

Pero, en un sentido, es posible detectar 1 una trágico de tipo político e histórico que es propiamente moderno, y profundamente ligado a las dimensiones totalizantes, incluso totalitarias, que asume el ego humano; la historia se diviniza y el hombre se colectiviza: el ego así divinizado puede tomar la figura de un destino opresivo 2 para la subjetividad singular en tanto que tal: el existencialismo de un Kierkegaard o del primer Sartre denunciará las ilusiones del ego atrapado en la trampa de la dialéctica "histórico-mundial".

Pero los últimos avatares de la cultura moderna nos ofrecerán un trágico en estado puro, que estaba contenido en germen en la apuesta inicial del hombre occidental por la realidad del ego o por el humanismo.

La muerte de Dios conduce entonces a la "muerte del hombre", última consecuencia de la hegemonía del principio de individuación, con la puesta en evidencia del carácter ilusorio y provisional del proceso de totalización dialéctica que corresponde a la toma de conciencia progresiva del No-sentido (propiamente trágico) de una política de crecimiento indefinido, es decir del  Νο-sentido de una hegemonía del tener. El ego humano encerrado en la afirmación de su hegemonía y su voluntad de potencia conquistadora  es conducido, al término de su odisea, a la consciencia del necesario y trágico fracaso del proceso de  totalización o del colapso ineludible de las totalidades que ha suscitado.

De donde el descubrimiento del vacío radical que constituye la verdad del ego, tal como aparece en la primera filosofía de Sartre, cuya importancia y trascendencia capital no puede subestimarse.

Ella nos parece coincidir con la toma de consciencia de las últimas implicaciones de la verdad del ego tomada como medida del sentido y del ser. Trágico en estado puro, trágico sin tragedia, duración pura sin verdadero devenir. Al tiempo creador del humanismo triunfante le sucede el tiempo destructivo de la muerte del hombre, del hombre identificado con la pura potencia de la negación que constituye su "libertad".  Y aquí lo trágico nos entrega una de sus paradojas: la filosofía de la libertad en estado puro, identificando al hombre con el puro poder de elegir, es decir con libre arbitrio, es al mismo tiempo al mismo tiempo la filosofía trágica por excelencia, porque una

1. Cf. DOMENACH, Le retour du tragique, y Camus, L’homme révolté.

2. Con las formas más aterradoras de la responsabilidad colectiva en las grandes tragedias de la historia contemporánea.

 pura libertad de elección sin el lastre de un contenido, sin relaciones orgánicas y viscerales con un orden de lo real en el cual se enraíce, coincide en última instancia con la pura exterioridad del Destino ciego, pero despojado aquí de la noble vestiduras de las antiguas "tragedias".

Trágico del infierno, por debajo del tiempo mismo y de su poder destructor, por debajo de la tragedia de la muerte (en Huis clos, Sartre nos ayuda a comprender que el destino absurdo y ciego que está en el corazón de lo trágico es, más bien  que la muerte, como ya lo había mostrado el budismo, la repetición indefinida de lo mismo, del eterno retorno infernal del vacío constitutivo del ego tras el colapso de los proyectos de deseo y sus ilusiones). En Sartre este destino se disfrazó de nuevo bajo la máscara de una falsa libertad, a la que ya era idéntico, y de un falso humanismo, que revelará su verdadero rostro en el teatro de Becket, por ejemplo: trágico máximo , al término de este viaje al fin de la noche 1 del infierno del ego, donde el infierno es el ego antes de ser "los otros", donde el hombre ya no es una víctima inocente de un Destino trascendente sino que ha devenido en un sentido destino mismo 2,  marioneta desarticulada y absurda sumida en un mundo sin consistencia ni valor, donde nada, ni siquiera la muerte liberadora, puede advenir verdaderamente. Trágico del hombre absurdo que en cierto modo ya está muerto antes de haber nacido, víctima de una especie de primera muerte caricaturescamente análoga pero en virtud de una analogía inversa, de  la primera muerte de la que hablan los místicos. La trascendencia del Destino cruel y aterrador de la tragedia griega revela aquí su verdadero rostro, más allá de la recuperación simbólica que Nietzsche había intentado realizar: la trascendencia del Destino trágico coincide con la de la Nada constitutiva del ser del ego. Este trágico máximo queda por debajo de la calurosa violencia de los deseos, de los desgarramientos y los sufrimientos que nos exhiben los grandes tenores de las tragedias clásicas, Edipo, Antígona, Rey Lear o Fedra. Dolor mudo o aplastado del hombre pulverizado, que pasa por la muerte del lenguaje, a través del logos desarticulado de los protagonistas de ¡Ah! les beaux jours u de Esperando a Godot. Como dijo Dante, "los últimos círculos del infierno son fríos".

G. VALLIN.

1. Esta imagen celiniana nos ayuda a comprender las implicaciones últimas de la noción deOccidente tomado en su sentido etimológico.

2. Más allá de la afirmación de Orestes, que en Les mouches de SARTRE, pretende ser su libertad.

martes, 13 de abril de 2021

El mal (Frithjof Schuon)

Tras las huellas de la religión perenne .Frithjof Schuon

 

lunes, 12 de abril de 2021

El mal (Nicolás Berdiaeff)

 

Dialectique existentielle du divin et de l’humain

Nicolás Berdiaeff

Editions Arma Artis, 2007

 

Capítulo VI

El mal

El sufrimiento y el mal están ligados el uno con el otro, sin que haya identidad entre ellos. El sufrimiento puede no ser un mal, incluso puede ser un bien. La existencia del mal constituye el mayor misterio de la vida del mundo y opone las mayores dificultades a la teología oficial y a  toda la filosofía monista. La solución racionalista del problema del mal es tan difícil como la solución racionalista del problema de la libertad. Está permitido afirmar, y con mucha razón, que el mal no es por sí mismo una entidad positiva, sino que no seduce más que por lo que roba al bien (San Gregorio de Nisa, Agustín y otros doctores de la Iglesia lo consideraban como un no-ser). Sin embargo, es cierto que el mal no existe. Sin embargo, el mal no sólo existe en el mundo, sino que predomina en él. Lo que se llama no-ser puede tener a menudo un significado existencial. La Nada tiene una gran importancia existencial, aunque no se puede decir que exista (En la Evolución Creativa, Bergson niega la existencia del no-ser, de la Nada, pero sus argumentos no son convincentes. Heidegger y Sartre atribuyen a la Nada una importancia bastante grande). Una de las tentativas para resolver el problema del mal y acordarlo con la posibilidad de una teodicea consiste en declarar que el mal no existe en las partes, mientras que el todo no contiene más que el bien. Esta era la forma de ver de San Agustín, de Leibniz y, además, de la mayoría de las teodiceas, porque admiten que Dios se sirve del mal en vista del bien. Pero tal doctrina está fundada en la negación del valor absoluto de la persona, y está más de acuerdo con la moral antigua que con la moral cristiana. Coloca el punto de vista estético por encima del punto de vista moral. Lo que es verdadero y real, es que la buena finalidad divina está ausente de este mundo empírico, que por otra parte no sabría existir en un mundo reconocido como caído. Se podría decir que la finalidad está implicada  en grupos de fenómenos, cada uno de ellos considerado por separado,  pero que no forma un vínculo que garantice la unidad del conjunto de todo el mundo fenomenal, que no reúne todos los fenómenos del mundo en vista del bien. La doctrina tradicional de la providencia se ve obligada a negar el mal y para negar el mal y la injusticia, y sale del problema planteando la existencia del pecado. Existe en nuestro mundo un conflicto insoluble entre el individuo y la especie. La vida individual, humana y animal, es de una fragilidad extraordinaria y constantemente amenazada, pero no menos extraordinaria es la fuerza generatriz de la vida específica, de la especie que no deja de producir vidas nuevas. La doctrina que ve el mal sólo en partes y niega su niega su existencia en el todo no se preocupa más que de la especie e ignora completamente al individuo. El genio de la especie está lleno de astucia y siempre sugiere siempre al hombre desgraciado argumentos justificativos que lo mantienen en la esclavitud. Es por lo que la vida histórica y social se basa en tantas mentiras. La mentira puede convertirse en una autosugestión cuando el hombre se convierte en el juguete de las fuerzas sociales que le asignan un determinado rango en la vida. La mentira puede aún seguir siendo un medio de defensa de la vida contra los asaltos que sufre. La cuestión de la verdad y la falsedad es una cuestión moral de primer orden.

Para sustraerse de la dolorosa cuestión del mal, el hombre quisiera refugiarse en la esfera de la neutralidad, con la esperanza de ocultar su traición hacia Dios. Pero la neutralidad no tiene profundidad, es todo superficie. Incluso se podría decir que el diablo es neutro, porque es un error creer que el Diablo es lo contrario de Dios. El polo opuesto a Dios es Dios mismo, su otra hipóstasis: los extremos se tocan. El diablo, que es el príncipe de este mundo, se refugia en la neutralidad. La creencia en los demonios y el diablo ha jugado un gran papel en la vida religiosa en general, y en el cristianismo en particular. Esta ha sido una de las soluciones al problema del mal. Declarar que el diablo es la fuente del mal equivale a la objetivación del drama interior del alma humana. El diablo es una realidad existencial, no objetiva, no  igual a las realidades del mundo natural; es una realidad de la experiencia interna, del camino seguido por el hombre. En la vida social, se ha abusado mucho del diablo; se ha utilizado como espantapájaros para asustar a la gente, extendiendo constantemente su reinado, anexando constantemente nuevos dominios. De este modo, se ha creado un verdadero terror religioso. Sólo una religión espiritualmente purificada es capaz de liberar al hombre de los demonios que lo atormentan. La  demonología y la demonolatría no han sido sino los caminos que el hombre ha sido obligado a seguir para alcanzar el reino del Espíritu, la libertad y el amor, el Reino de Dios. La lucha contra el mal se convierte fácilmente en un mal en sí mismo, por contagio, por así decirlo. Conocemos la sombra dialéctica moral del dualismo maniqueo. Los más grandes  enemigos del mal sucumben ellos mismos al mal y se convierten en malvados. Tal es la paradoja de la lucha contra el mal y los malhechores: para vencer el mal, los mismos buenos   se convierten en malvados, y no creen en otros medios de lucha contra el mal que el propio mal. La bondad se trata entonces con desdén y se considera sin interés e insípida, mientras que la maldad es se impone y parece más interesante y atractiva. Los hombres que se dedican a la lucha creen que la maldad es una cualidad más inteligente que la bondad. El problema consiste en la imposibilidad en que se encuentra de alcanzar los fines del bien, los fines buenos. Esto lleva muy fácilmente al mal a medios malignos. Hay que estar en el Bien, hay que exorcizarlo. Sólo el Evangelio supera esta degeneración de la lucha contra el mal en un nuevo mal, sólo él ve en la condenación de los pecadores un nuevo pecado. Es preciso tratar  al diablo,  con bondad. La actitud hacia el diablo y el mal está sujeta a una cierta dialéctica. Empiezas luchando contra el enemigo y contra el mal en nombre del Bien. Pero terminas por dejarte invadir tú mismo por el mal. El problema moral que hoy en día domina a todos los demás es el de la actitud hacia el enemigo. Se cesa de considerar al enemigo como un hombre, y  y se considera imposible una actitud humana hacia él. Este es el mayor insulto a la verdad evangélica, es la mayor apostasía que se hace culpable ante ella. No creo que haya naturalezas irremediablemente demoníacas, es decir, naturalezas sobre las que pesaría el fatum de la obsesión demoníaca, al igual que no creo en la existencia de pueblos demoníacos. No hay, para los hombres y los pueblos, estados demoníacos y es por lo que no se puede formular sobre ellos  un juicio definitivo. Al igual que existe una dialéctica de la actitud hacia el enemigo, una dialéctica que hace que el que lucha contra un enemigo malvado se convierte en malvado a su vez, hay una dialéctica de la humildad, gracias a la cual esta se transforma en pasividad ante el mal, en adaptación al mal. También hay una dialéctica del castigo infligido por los delitos, una dialéctica que hace que el propio castigo se transforma en crimen. Los hombres mismos experimentan la irresistible necesidad de tener un chivo expiatorio, un enemigo al que puedan convertir en la causa de todas las desgracias y que uno puede, y debe, incluso odiar: judíos, burgueses, jesuitas, masones jacobinos, herejes, masones, bolcheviques, sociedades secretas internacionales, etc. La revolución siempre necesita un enemigo, pues es el odio al enemigo que la alimenta, y cuando el enemigo no existe, lo inventa. La contrarrevolución no es diferente. El chivo expiatorio una vez encontrados, el hombre siente un alivio. Esto no es otra cosa más que la objetivación del mal, su proyección al exterior. El Estado tiene razón en luchar contra los crímenes y contra las manifestaciones demasiado violentas del mal, pero esto no  impide que se haga culpable de crímenes y de entregarse al mal. El Estado comete crímenes delitos e inflige el mal como "el más frío de los monstruos" (expresión de Nietzsche), en una actitud impasible y abstracta. En tanto defensor de la ley, el Estado es el guardián del bien, pero al mismo tiempo crea un mal que es propio. La malvada alegría que produce la visión de crueldades infligidas, la satisfacción colectiva que procura el derecho a castigar y a presenciar el castigo se encuentran objetivadas. La relación entre el bien y el mal, lejos de ser simples, están sometidos a una compleja dialéctica existencial. El bien puede degenerar en el mal, así como el mal puede transformarse en el bien. Ya la distinción entre el bien y el  mal ha sido una dolorosa escisión y llevaba el sello del paso por la caída (Ver mi libro: Del destino del hombre). Es una concepción servil la que ve el pecado como un crimen contra la voluntad de Dios y por el cual Dios lo hará objeto de un proceso judicial. Es por un movimiento interior, en profundidad, como se puede superar esta concepción servil. El pecado es el producto de un desdoblamiento, de una disminución, de una incompletitud, de una esclavitud, producto del odio, pero no de una desobediencia a la voluntad de Dios, una violación formal de esa voluntad. Edificar una ontología del mal es imposible e inadmisible, y es porque la idea de un infierno eterno es una idea absurda y perversa. El mal no es más que un camino, una prueba, una ruptura. La caída original es ante todo una prueba de libertad. El  hombre avanza hacia la luz a través de la oscuridad. Esto es lo que  Dostoyevski sentía más profundamente que  cualquier otro.

La explicación más corriente del mal es que es un efecto de la libertad. Pero la libertad es un  misterio que sustrae a toda racionalización. La teoría tradicional del libre albedrío es una teoría estática y no está hecha para desvelar el misterio de la aparición del mal. No se comprende cómo naturaleza, toda bondad, del hombre y la del mismo diablo, cómo la vida edénica que, en los rayos de la luz divina, había llevado la criatura gracias a la libertad, considerada como el mayor don de Dios y como signo de la semejanza divina del hombre, no se comprende, digo, cómo de todo esto pudo nacer el mal y esta vida del hombre y del mundo basada en el mal que recuerda al infierno. Es necesario admitir la existencia de una libertad increada, que precedió al ser y que estaba sumergida en una esfera irracional en lo Boehme llama, dándole, sin embargo, un sentido un poco diferente, Ungrund. El reconocimiento de tal libertad, anterior al ser, a la criatura, al mundo, plantea al hombre el problema de la continuación de la creación del mundo y hace del propio mal un camino, una experiencia dura, no un principio ontológico, marcado con el sello de la eternidad (infierno). La libertad debe ser comprendida  como un principio dinámico, comprometido con un proceso dialéctico. La libertad presenta contradicciones, estados variados y está sujeta a ciertas leyes. El mal plantea el problema escatológico y sólo puede ser abolido y superado escatológicamente. La lucha contra el mal es una necesidad, y debe ser definitivamente vencido. Y al mismo tiempo, la experiencia del mal no sólo ha sido un camino descendente, sino también ascendente  y no directamente y por sí mismo, sino gracias a la fuerza espiritual despertada por la resistencia que ha provocado y gracias al conocimiento de la que ha sido la ocasión y la fuente. El mal está desprovisto de sentido, mientras que tiene un significado superior, al igual que la libertad, que  aunque se opone a la necesidad y a la esclavitud,  puede degenerar en necesidad y esclavitud, puede transformarse en su contrario. El hombre debe pasar por la prueba de todas las posibilidades, adquirir a través de la experiencia el conocimiento del bien y del  mal, y dialécticamente el propio mal puede convertirse en un momento del  bien. El mal debe ser superado de una manera inmanente, sufrir lo que Hegel llama Aufhebung, que consiste en que tras la negación lo positivo entra en la siguiente fase siguiente. Por lo tanto, es así también como  el propio ateísmo puede convertirse dialécticamente en uno de los momentos del conocimiento de Dios. Tal es ya la suerte del hombre que debe pasar por fases como el ateísmo, el comunismo, etc., antes de llegar a la luz, enriquecido por la experiencia inmanente que ha adquirido a través de victorias sucesivas. Los "malos" no deben ser suprimidos, sino iluminados, transfigurados. El mal sólo puede ser destruido desde dentro, no por medios de la defensa y de destrucción exteriores. Este no nos impide poner límites externos a las manifestaciones del mal, destructoras de la vida. Es necesario que se haga al mal una lucha que es a la vez espiritual y social. En las condiciones de nuestro mundo, la lucha social no puede llevarse a cabo sin el uso de la fuerza. Pero la lucha espiritual debe apuntar sólo a la transfiguración, a la regeneración interior. La experiencia del mal obtenida al entregarse a él no es en sí misma una fuente de enriquecimiento: solo puede enriquecer la fuerza positiva y luminosa que se manifiesta y afirma en la lucha contra el mal. La luz presupone las tinieblas, el bien presupone el mal, el poder de la creación presupone no "eso" sino también lo "otro". Esto es lo que Hegel y Boehme lo entendieron mejor que muchos otros.  El mal reina en este mundo. Pero no es el que tendrá la última palabra. El mal puede ser un momento dialéctico en el desarrollo de la criatura, pero solamente porque es un medio que hace posible la manifestación de su contrario, es decir, del bien. En cuanto a la idea del infierno y sus torturas, sólo podría servir para eternizar el mal, era una expresión de la impotencia ante el mal. El mal supone la libertad, y no hay libertad sin la libertad del mal, porque en ausencia de esta libertad, el bien sólo puede imponerse por coacción. Pero el mal se dirige contra la libertad, a la que  pretende matar, para hacer reinar la esclavitud. Según Kierkegaard, es por el pecado que el hombre se convierte en un "yo". Sólo quien ha descendido al infierno conoce el cielo. Y el que está más lejos de Dios es quizás el que está más cerca de él. Según Kierkegaard, es la procreación de los hijos lo que sería el pecado original. Y Baader dice que la vida nace en medio de dolor y sólo sale a la luz tras el descenso a los infiernos. El mundo de la oscuridad y el mundo de la luz están separados por un límite donde brilla un resplandor. El mal comienza por tratarnos como si fuéramos sus amos, luego como si fuéramos sus dueños, luego como sus colaboradores, y finalmente se impone como nuestro amo. Estas son ideas dinámicas que implican contradicción y dan lugar a  al proceso derivado de esta contradicción.

La maldad inherente al hombre proviene de dos fuentes opuestas. A veces el mal es atraído por el vacío que se forma en el alma. A veces la pasión, convertida en idea fija, repele y degenera en maldad: tal es, por ejemplo, el caso de la ambición, la avaricia, los celos, el odio. Sin ser un mal en sí misma, la pasión degenera fácilmente en el mal, lo que lleva a la pérdida de la libertad interior. La pasión de la muerte también es algo posible (Ribot define la  pasión como una emoción durable e intelectualizada. Es importante tener en cuenta que la emoción en su estado puro y aislado no existe; que incluye a todo el hombre, aunque desgarrado y desdoblado y que incluso el estado más insensato, el más irracional del hombre comporta un elemento intelectual). El hombre ya en posesión de una conciencia moral y religiosa sólo cometerá su primer crimen con gran dificultad. Pero un crimen engendra fácilmente otro, y el hombre acaba sumergiéndose definitivamente en la atmósfera mágica de la criminalidad. Esto es lo que Shakespeare describió notablemente en Macbeth. Es difícil entrar en el camino del terror, pero una vez que lo haces, no puedes parar, no puedes detener el terror. El mal es principalmente el resultado de la pérdida de integridad, la ruptura con el centro espiritual y la formación de centros autónomos que comienzan a vivir una vida independiente. El bien inherente al hombre testimonia una integridad, una unidad interior, una subordinación de la vida del alma y del cuerpo a un principio espiritual. El mal es un más acá que no se puede trasladar al más allá, siempre que se mantenga la concepción apofática de Dios. La idea del infierno, lejos de haber sido una victoria sobre el mal, sólo ha servido para perpetuarlo, para eternizarlo. Ante el doloroso problema del mal, el optimismo y el pesimismo son igualmente falsos. Hay que ser más pesimista, en el sentido de que hay que reconocer la existencia del mal en este mundo fenomenal, donde reina el príncipe del mal,  y al mismo tiempo más optimista al negar la posibilidad del mal en el mundo del más allá. El conocimiento de la vida, el conocimiento de su parte inferior es un conocimiento muy amargo. Las revoluciones políticas y religiosas no son más que intentos simbólicos de conseguir una vida mejor, pues en realidad no dan lugar a una vida mejor ni a hombres nuevos. No impiden que las tendencias más bajas de la vida humana se manifiesten en represalias y persecuciones que se justifican por razones religiosas, nacionales, políticos, ideológicas o por intereses de clase. El entusiasmo colectivo lleva fácilmente a la institución de una Gestapo o una Cheka. La vida del hombre dentro de la civilización tiene una tendencia irresistible a la decadencia, a la descomposición, a  la degeneración, a la decadencia, al vacío. Uno siente entonces la necesidad de salvación, que buscan satisfacer con una vuelta a la naturaleza, con una vida en el campo, por el trabajo, por el ascetismo, por el monacato. Es sorprendente observar que cuando los hombres se arrepienten, no es precisamente de lo que exige el arrepentimiento. Torquemada no se arrepintió de su pecado como inquisidor, que era real, y creía firmemente que estaba al servicio de Dios. Los cristianos buscan tanto la transformación  y la  transfiguración de su naturaleza como el perdón de sus pecados. Las ideologías y creencias religiosas se convierten en objeto de nuevos odios y hostilidades. La religión del amor y la religión del perdón también se utilizan para enmascarar la lucha por el poder.  Los Estados y las sociedades son siempre agresivos, y la persona humana siempre se ve obligada a defenderse. El amor de la mujer puede tener un efecto redentor, salvador, como en el Barco Fantasma, como en el caso de Sollweg en Peer Gynt o Jouhandot en Verónica. La mujer aparece aquí casi siempre como la imagen de la Santísima Virgen. Pero es más frecuente que el amor de una mujer sea causa de perdición. Los sacrificios sangrientos propiciatorios debían haber tenido un significación de expiación, sin ser una manifestación de la crueldad humana y la sed de sangre. Incluso hoy en día, hay sacrificios sangrientos humanos, hechos en nombre de ideas y creencias que se consideran sublimes. Todo este conocimiento amargo de la vida no es el conocimiento final, el conocimiento de las últimas cosas. Detrás de las tinieblas en la que el hombre y el mundo están sumidos, una luz brilla, y esta luz es a veces tan fuerte que uno  queda deslumbrado por ella. El hombre debe mirar al mal a la cara, sin ilusiones, pero nunca debe dejarse aplastar por el mal. La verdad está más allá de la del pesimismo y optimismo. La absurdidad del mundo no significa que el mundo esté desprovisto de sentido, ya que denunciarlo  es ya reconocer implícitamente que ese sentido existe. El mal del mundo presupone la existencia de Dios, porque en ausencia del mal la existencia de Dios no puede ser reconocido.

La nobleza, la dignidad, lo que yo llamo el verdadero aristocratismo, requiere que el hombre reconozca sus faltas. En el fondo, la conciencia, que a menudo no está suficientemente despierta o que está oprimida,  siempre es conciencia de la falta. Es necesario cargar la conciencia con el mayor número posible de fallos y atribuir el menor número posible a los demás . El aristócrata no es el que declara con orgullo que es el primero que es un privilegiado, y que quiere mantener su posición. Sino que es aristócrata el que ve una culpabilidad y un pecado, en el hecho mismo de que ocupa una situación primera y privilegiada. Es demasiado fácil acusar de resentimiento a los oprimidos, a los que ocupan los últimos lugares de la sociedad,  como hizo Max Scheler demasiado injustamente, poniéndose en el punto de vista de un cristianismo nietzscheano (Max Scheler: El hombre del resentimiento), que comporta una gran dosis de celos, es ciertamente un sentimiento que carece de nobleza, pero a menudo puede justificarse. No son los que causan el resentimiento de los oprimidos los que están capacitados para denunciarlo. No es  la conciencia de la culpabilidad, que puede no superar los límites de la esfera psicológica y moral que es la más profunda de todas, sino la consciencia metafísica de la situación del hombre en el mundo, situación caracterizada por la oposición entre las infinitas aspiraciones del hombre y las condiciones de su existencia finita, aprisionadas dentro de estrechos límites. Es en esto en lo que consiste el estado de decadencia del hombre, es esta la fuente de la que extrae los materiales con los que construye mundos falsos e ilusorios, dando rienda suelta a  sus pasiones no transfiguradas. El hombre se acostumbra difícilmente a la idea de que es en este mundo una criatura y que todo lo que le sucede es igualmente mortal. Es por eso que el problema del mal es sobre todo el problema de la muerte. El mal es la muerte, la victoria sobre la muerte  es la resurrección de la vida, el nacimiento a una vida nueva. El asesinato, la venganza, el odio, la traición, la perversión, la esclavitud: todo esto es la muerte. La victoria del Hombre-Dios sobre el último enemigo que es  la muerte es la victoria sobre el mal. Es la Victoria del Amor, de la libertad, del poder creador sobre el odio, la esclavitud y la inercia, la victoria de la persona sobre lo impersonal. La muerte, este último enemigo, también tiene un significado positivo. El sentimiento trágico de la muerte está ligado al sentimiento agudo de la persona, del destino personal. Para la vida de la especie, no hay nada trágico en la muerte, porque esta vida se renueva sin cesar, constantemente continua, y siempre encuentra compensaciones. La muerte golpea sobre todo a los organismos más perfectos e individualizados. Con el sentido agudo de la persona va a la par  el sentido agudo del mal. El sentido positivo de la muerte consiste en que, como acontecimiento inevitable de la vida individual, muestra la imposibilidad para el hombre de resolver las tareas infinitas de la vida y de alcanzar la plenitud en los límites de esta vida y de este mundo (Ver mi libro :El destino del hombre). La muerte es el mal límite, uno de los caminos que llevan a la eternidad. Una vida infinita sería, en las condiciones de nuestra existencia limitada y acotada, una verdadera pesadilla. El paso por la muerte es  una necesidad desde el punto de vista de nuestro destino personal y  eternidad personal, al igual que el fin del mundo es necesidad de la realización de su destino eterno. Las contradicciones y problemas que surgen de la vida del hombre y del mundo son insolubles en este eón, lo que hace necesario pasar a otro eón. Esto explica la posibilidad no sólo del terror a la muerte, sino también de la atracción ejercida por la muerte. El pensamiento de la muerte es siempre un consuelo para el hombre, cuando las contradicciones de la vida se vuelven demasiado insolubles, cuando la nube formada por el mal se vuelve demasiado espesa alrededor de él. Freud veía en el instinto de la muerte no sólo como un instinto de orden superior al instinto sexual, sino el único instinto elevado del hombre (ver sus Ensayos sobre el psicoanálisis). Heidegger  también se vio obligado a reconocer que la muerte ocupa un nivel superior al Dasein, inmerso en la vida cotidiana y en el Man (Sein und Zeit). La última palabra de su filosofía se refiere a la muerte. Es interesante observar que el espíritu germánico se siente atraído por la muerte, por la victoria y la muerte. La música de Wagner está impregnada del pathos de la victoria y la muerte. Nietzsche predicaba la voluntad de poder, y  cantaba la alegría extática de la victoria; pero las últimas palabras que la haya dictado su desesperado y trágico sentido de la vida fueron: amor fati. El espíritu germánico tiene profundidad, pero lo que le falta son las fuerzas de regeneración, de resurrección. Estas fuerzas existen en el espíritu ruso y N. Fedorov fue la más alta expresión de estas fuerzas de resurrección. Y no es  efecto de la casualidad que la fiesta principal de la ortodoxia rusa sea la de la Resurrección de Cristo. No son la muerte ni el nacimiento los que son el factor de la victoria sobre el mal de la vida y de este mundo: es la Resurrección. La experiencia del mal que reina en el mundo o es una experiencia que lleva a la pérdida, pero las fuerzas creativas en la resurrección triunfan sobre el mal y la muerte. La actitud de la ética cristiana hacia el mal y los malos no puede ser más que paradójica. En el Cristo Hombre-Dios y el proceso de la humanidad divina se prepara la transfiguración del cosmos entero. El mal y la libertad que se relacionan con él no pueden ser el objeto de una representación ontológica y estática, no se las puede pensar más que  dinámicamente, en términos de una experiencia espiritual y existencial

domingo, 11 de abril de 2021

Sobre el origen de los males (Plotino)












Plotino. Eneada Primera. Aguilar Argentina S.A. de Ediciones Buenos Aires1966
                   pp.121-143
 

miércoles, 3 de marzo de 2021

Catolicidad versus extensión espacial (Marc-Antoine Costa de Beauregard)

 

CATOLICIDAD

L’Orthodoxie hier-demain . Deuxième partie: La Pensée

Marc-Antoine Costa de Beauregard

E. Buchet/Chastel. Paris 1979

 

La realidad de la Iglesia es antinómica, apofática y mística. Su descripción sólo puede realizarse mediante "aproximaciones" sucesivas. Su misterio se desvela a medida que el ojo de nuestro corazón se desvela y que nosotros mismos tenemos acceso a una vida eclesial y a un conocimiento eclesial de la Verdad. La eclesiología es menos un capítulo de teología sistemática que uno de los aspectos fundamentales del Misterio de la Salvación, que recibimos constantemente del Padre, por el Hijo, en el Espíritu.

"El nombre de Esposa distingue para unir, el nombre de Cuerpo une sin confundir y descubre, por el contrario  la diversidad de los ministerios; unidad en la pluralidad, imagen de la Trinidad, es la Iglesia" (Bossuet, Carta a una dama de Metz, junio de 1659).

La unidad se manifiesta en la Iglesia por la economía del Verbo, por su dimensión jerárquica: "Allí donde está el obispo, allí está la Iglesia, dijo San Ignacio de Antioquía. El obispo, siempre  miembro el mismo de un colegio episcopal, que se manifiesta en un tiempo y lugar, particularmente presidiendo la celebración eucarística, la unidad de la fe, la unidad del Cuerpo de Cristo, la unidad de la naturaleza humana deificada en la Persona divina del Verbo. El obispo responde por la Iglesia y por el colegio apostólico, "pues la unidad está en todo, dice San Agustín. San Ambrosio de Milán, por su parte, dijo: "Lo que se dirige a Pedro se dirige también a todos los apóstoles", y San León Magno, Papa de Roma: "El privilegio de Pedro permanece dondequiera que se forme el círculo apostólico. "El obispo, dice San Ignacio, es la imagen de Cristo. La Iglesia está fundad no en una persona humana, sino en la fe en el Hijo de Dios: Cristo es el único jefe de la Iglesia. Además, nadie, ni obispo ni laico, confiesa la fe solo sino que el obispo y el laico confiesan la fe con todo el colegio apostólico - consejo, sínodo, etc. - y con todo los bautizados (vivos y difuntos, pasados, presentes y futuros).

La Iglesia no se funda por lo tanto en el principio de autoridad; no encuentra su unidad en la autoridad del obispo sobre el clero; se basa en la plenitud (catolicidad) y la evidencia de la Verdad: Jesús Hijo de Dios y Triunidad.

La catolicidad designa la plenitud de vida en Cristo en el seno de una comunidad o una persona. La catolicidad no es una cuestión de la extensión espacial de la Iglesia por la adición de las Iglesias; es una cuestión de densidad de la vida cristiana en un punto del espacio y del tiempo. Una comunidad de bautizados presidida por un obispo regularmente ordenado y en comunión con toda el episcopado puede realizar esto. Esta "Iglesia local" puede utilizar para su vida concreta, en un momento dado y en un país determinado, todos los recursos del Misterio de Cristo: los pulsará en la asamblea litúrgica, si es cierto que "nuestra doctrina está de acuerdo con la Eucaristía y que la Eucaristía lo confirma", según San Ireneo. Tal es la catolicidad: la plenitud de Cristo, de la vida divino-humana, de la vida divina y humana personal, con la cara original de cada tiempo, de cada cultura, una plenitud cuyo criterio  sigue siendo invariablemente el depósito apostólico, continuamente animado por el Espíritu Santo. Esto significa que la unidad de la Iglesia es actualizada no por acuerdos entre los teólogos, sino por una profunda renovación en el Espíritu Santo de las comunidades locales basándose en la Tradición litúrgica, canónica y espiritual de la Iglesia indivisa, para responder a las necesidades concretas. Se trata para la Iglesia, fiel a su estructura episcopal, para actualizar en un lugar y en un tiempo la plenitud del Misterio de Cristo, en la diversidad culturas.

La dimensión jerárquica, ministerio no de autoridad sino de abnegación (kenosis: el Buen Pastor da su vida por sus ovejas...) 18, corresponde a la dimensión conciliar - el hecho de que se confiesa la Fe con otro, y en primer lugar con este Otro que es el Espíritu. Por eso San Ireneo dice: "Donde está el Espíritu, allí está la Iglesia".

El misterio de la Iglesia se presenta así de forma antinómica: el Cuerpo Jerárquico de Cristo (es decir, todos los bautizados, la jerarquía no designa sólo el ministerio apostólico) es divino humano. La función del ministerio apostólico incluye la iniciación en el Reino a través de la remisión de los pecados y la transmisión de la Fe en su pureza y en el fuego del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, todo creyente es un "confesor de la Fe en el Espíritu". La Iglesia está marcada por la economía del Verbo - estructura, orden, precisión de las formas, todo el ámbito "corporal", - pero también por la economía del Espíritu que nos hace reconocer al Hijo de Dios en Su Cuerpo (no es la carne y la sangre quienes te ha revelado esto, sino Mi Padre que está en el cielo, es por el Espíritu del Padre que confesamos a Cristo como Hijo de Dios) y que revela la imagen trinitaria en la Iglesia.

La Iglesia es descrita por el propio Cristo: "Cuando estéis dos o tres juntos en Mi Nombre. Yo estoy en medio de vosotros. Estos dos o tres testigos componen la multiplicidad de personas en la ecclesia reunida por el Espíritu Santo. El Nombre Divino es el fundamento de la Unidad divino-humana. Es por la Palabra de Dios, Dios-hombre, que tenemos acceso a la vida trinitaria. Y la unidad de la Iglesia no es pues externa, estructural, sino interior, sacramental, la unidad interna de la Iglesia es carismática. Procede de la armonía, en cada bautizado, entre la economía de la Palabra y la de la del Espíritu. Un cuerpo, pero un cuerpo constantemente vivificado y resucitado por el Espíritu