sábado, 2 de junio de 2012

Trasladar la quiebra a la banca europea como Felipe II



El culebrón Bankia, su quiebra y el hipotético rescate español que tiene en brete a medio mundo, puede tener una solución más rápida de lo esperadosi preferimos morir matando a vivir arrodillados. La primera clase de la historia de quiebras españolas ya nos la dio Felipe II en 1557 cuando fue capaz de arrasar a la banca alemana y mandar a la bancarrota a la familia Fugger.

Hasta ahora, Alemania considera que no hay ninguna receta factible para el rescate bancario que necesitamos y que no se van a articular préstamos directos a través del fondo de Rescate Europeo y que la opción de emitir más deuda no es viable. No hay solución válida, pero Alemania está cometiendo un error de bulto, obvia la capacidad destructiva de los morosos y ya se la jugamos una vez a sus bancos ¿por qué no lo volvemos a hacer con la banca europea?

En 1557 la banca alemana tuvo que tragarse una pérdida de 4 millones de florines, una quita del 40% y un plan de pagos diseñado por el deudor. En nuestro caso, Felipe II. Ahora, las tornas han cambiado y los planes de pagos los hacen los acreedores sin contar con las capacidades de pago de los deudores, tal y como está pasando en Grecia. Pero el sistema financiero de Grecia no asusta, el español SI.

Ahora, en España tenemos un problema brutal de deuda privada, con una sobreexposición increíble en créditos dudosos y activos incobrables. Las soluciones de los planes de rescate no son válidas y tenemos que hacer una liquidación de entidades como Bankia. En estos procesos de liquidación, los que van a perder dinero son las entidades financieras extranjeras si somos capaces de marcar nuestras condiciones.
Como podemos ver en el gráfico superior, ahora mismo, el sector privado español debe más de 350.000 millones de dólares a los bancos europeos y americanos. ¿Cómo eliminamos nuestros problemas de activos tóxicos? Muy sencillo, trasladamos nuestros créditos incobrables y los activos adjudicados a sus balances y eliminamos los créditos en los procesos de liquidación.

En esta tesitura, Alemania se puede negar, Francia también y por supuesto UK también, dado que ellos quieren dinero y no activos. Pero como es lógico, aquí quién tiene que decidir cómo se liquidan las empresas son sus propietarios y si somos capaces de pagarles las deudas con los activos tóxicos, Alemania se pone de rodillas ante España y no al revés. Una hipotética suspensión de pagos de 700.000.000.000 de dólares sólo al sector financiero extranjero arrasa con la fortaleza de Europa.

La negociación se ha roto y ahora, lo que hay que hacer es depurar nuestros balances. Aquí tenemos un buen comienzo para arrancar como digo. Separamos los activos tóxicos y se los endosamos directos a los acreedores ofreciendo un plan de canje de deuda por acciones. El capitalismo es lo que tiene, si toca perder, hay que aguantarse, no ser rescatado.

Lo que tenemos que hacer es una concentración de riesgos financieros tóxicos en una sola entidad y llevarnos por delante a la banca alemana, francesa e inglesa que son parte activa de la fiesta del crédito que se ha acabado. España puede provocar la quiebra bancaria de media Europa antes que sacrificar a sus ciudadanos y órdago de estas dimensiones en Europa hace rectificar el rumbo político que están tomando los acontecimientos.

Nota: Para los que crean que la suspensión de pagos cierra las puertas a los mercados, que no se equivoquen. Eso nunca sucede porque la avaricia del bankero es insaciable. Véase la historia, Felipe II quebró a la banca alemana y ese mismo año obtuvo préstamos de banca genovesa y judia.













viernes, 20 de abril de 2012

El banco sueco que presta dinero sin interés (JAK)

Posible SPAN EL BANCO SUECO QUE PRESTA DINERO SIN INTERESES


UNICAMENTE HAY QUE PAGAR UNA PEQUEÑA TASA, QUE SIRVE COMO SUELDO A LOS EMPLEADOS
Érase una vez una cooperativa de 36.500 miembros que era dueña de un banco. Un banco a través del cual los miembros de la cooperativa se prestan dinero unos a otros sin intereses. No es un cuento de hadas, existe en Suecia y se llama JAK.
Las oficinas de la cooperativa bancaria están por todo el país: en
casa de cada miembro, en cada taller, en cada huerto... JAK es una asociación, también es un banco, pero por encima de todo es un movimiento social. Un movimiento social que nació en 1965 y que no para de crecer.
Prestar dinero sin intereses no es nada nuevo. Fijémonos por ejemplo en una familia o un grupo de amigos. La novedad es el tamaño del grupo. No se trata de 5, 10 o 15 personas, sino de 36.500 (aproximadamente 1.500 miembros nuevos cada año).

Una de las críticas de JAK a los intereses es que perjudican al 90% de la población. El único sector de la sociedad que se beneficia de que nuestro sistema de ahorros/préstamos funcione con intereses es el sector más rico de la sociedad. Es decir: el 90% de nosotros salimos perdiendo, mientras el 10% de nosotros sale ganando.


Los préstamos de JAK no son gratis. Para serlo, la cooperativa tendría que funcionar sólo con el trabajo de voluntarios, y aunque en un principio fue así, llegó un momento en que el número de miembros creció tanto que la cooperativa necesitó profesionalizarse. Hoy, JAK cuenta con aproximadamente 30 empleados a los que tiene que pagar un sueldo.
Y no sólo eso, también tiene otros gastos fijos. JAK es, por lo tanto, una cooperativa que ofrece un servicio profesional a sus miembros. Para pagar este servicio, los beneficiarios de los préstamos tienen que pagar una tasa administrativa. Es el coste real del préstamo.
Para asegurar que el sistema no se pare y que nuevos miembros puedan beneficiarse de préstamos sin intereses, JAK incluye en sus préstamos una cláusula de ahorro obligatorio. En pocas palabras: si tomas prestado 50.000 euros a devolver en 20 años, JAK te obliga a ir ahorrando otros 50.000 euros en una cuenta paralela y blindada. Cuando has acabado de devolver el préstamo, JAK te abre la cuenta y puedes disponer de los 50.000 euros.
¿Que ha hecho JAK durante todo ese tiempo con tu dinero? ¡Prestarlo a otros miembros! JAK es una cooperativa democrática que da mucha importancia a la formación de sus miembros. Invierte dinero en ello y no lo hace en publicidad. Los miembros asisten a cursos organizados por JAK y con ello están mejor preparados para presentarlo a todos sus contactos.
JAK también apoya a otros proyectos que quieran sacar adelante
iniciativas similares en otros países. Una asociación italiana lo está intentando actualmente. (Fuente: Noticias curiosas)


UNAS PREGUNTAS INCÓMODAS:
¿Por qué ningún político de ningún partido ha nombrado ni propuesto este sistema como una de las más efectivas salidas de la crisis...?
¿Tendrá algo que ver con la deuda que todos los partidos mantienen con la banca?
¿Qué sucedería si hiciéramos evolucionar nuestra democracia de forma que votáramos los acuerdos y leyes que nos afectan en vez de dejarlos en manos de políticos que están hipotecados y controlados por bancos y grandes corporaciones empresariales?
¿No aprobaríamos por mayoría absoluta la creación sistemática de este tipo de cooperativas, que además de ahorrar mucho dinero a las economías familiares, garantizarían que nunca se volverá a dar en el futuro una crisis financiera como la que aún estamos padeciendo?
La Cumbre de Copenhage, como era previsible, ha sido un fracaso y se ha impuesto, una vez más, la codicia sobre el interés colectivo.
¿Hubiera sucedido esto si los acuerdos hubieran sido votados por todos los ciudadanos del mundo, por todos los afectados por el grave problema? ¿No habríamos votado mayoritariamente que la industria y la banca redujeran en tan sólo un 3% sus beneficios, suficiente para detener el cambio climático y, de paso, terminar con la vergonzosa muerte diaria de 23.000 niños por causas evitables? ¿Qué habría votado usted?


COMPARTA Y EXTIENDA LA IDEA DE UNA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, ES EL MÉTODO MÁS EFECTIVO Y PACÍFICO DE TRANSFORMACIÓN, MEJORA Y AVANCE SOCIAL.


(SI COINCIDE CON ESTAS PROPUESTAS, REENVÍE ESTA INFORMACIÓN A SUS AMISTADES, CON ESE SIMPLE GESTO ESTARÁ CONTRIBUYENDO A CONSTRUIR UN FUTURO MEJOR)
CADA DÍA SON MÁS LAS PERSONAS, DE DIFERENTES IDEOLOGÍAS Y DE TODAS PARTES DEL MUNDO, QUE COMPRENDEN QUE NUESTRO SISTEMA SOCIAL DEBE EVOLUCIONAR Y BUSCAR UN MÉTODO QUE SOLUCIONE EFICAZMENTE LOS GRAVES PROBLEMAS QUE PADECE EL MUNDO, DONDE LAS DECISIONES REALES SON TOMADAS POR UN REDUCIDO GRUPO DE CORPORACIONES MULTINACIONALES CON ENORME PODER.
LA HUMANIDAD YA CUENTA CON LOS MEDIOS TECNOLÓGICOS PARA CREAR UN MUNDO MUCHO MEJOR Y MÁS JUSTO, SÓLO FALTA APLICAR DICHOS MEDIOS.

viernes, 30 de marzo de 2012

Trabajo y economía en el mundo moderno III (Julius Evola)

La corporación romana nos facilita un ejemplo del aspecto viril y  orgánico que acompaña amenudo al elemento sagrado en las  instituciones verdaderamente tradicionales; jerárquicamente  constituida, ad exemplum republicae, estaba animado por un  espíritu militar. El conjunto de los sodales se llamaba populus u  ordo y, al igual que el ejército y el pueblo, estaban organizados,  en las asambleas solemnes, en centurias y decurias. Cada centuria  tenía su jefe, o centurión y un teniente, optio, como las  legiones. Distintos de los maestres,los  otros miembros llevaban el nombre  de plebs y corporati pero también de caligati o milites caligati  como simples soldados. Y el magister era, no solo el maestro del  arte, el sacerdote de la corporación, cerca de su "fuego", sino  también el administrador de la justicia y el guardián de las  costumbres del grupo([13]).
Las comunidades profesionales medievales, sobre todo en los  paises germánicos, presentaron carácteres análogos: al mismo  tiempo que la comunidad del arte,  un elemento ético‑religioso  servía de cimiento a los guías y a los Zünften. En estas  organizaciones corporativas, los miembros estaban unidos "por la  vida", como en un rito común, antes que en función de intereses  económicos y fines exclusivamente orientados hacia la producción;  y todas las formas de la existencia cotidiana se encontraban  penetradas por los efectos de esta íntima solidaridad que se  apropiaba del hombre entero y no solo de su aspecto particular de artesano. Al igual que los colegios profesionales romanos tenían su dios lar o demonio, las guildas alemanas, constituidas también como imágenes en reducción de la ciudad, tenían no solo su "santo protector" o su "patrón", sino también su altar, su culto funerario común, sus enseñas simbólicas, sus conmemoraciones  rituales, sus reglas éticas y sus jefes ‑Vollgenossen‑ llamados también a dirigir el ejercicio del oficio más que a hacer respetar las normas generales y los deberes de los miembros de la corporación. Para ser admitido en las guildas, hacía falta un nombre sin tacha y un nacimiento honorable: se descartaba a los hombres que no eran libres y en ocasiones, a los que pertenecían a razas extranjeras([14]). Estas asociaciones profesionales se caracterizan por el sentido del honor, la pureza y la impersonalidad en el trabajo, cualidades bastante próximas de los principios arios de la bhakti y del nishkama‑karma: cada uno se ocupaba silenciosamente de su propio trabajo, haciendo  abstracción de su persona, pero permaneciendo activo y libre, y  era este un aspecto del gran anonimato propio a la Edad Media, al igual que a cualquier otra civilización tradicional. Además, se separaba todo lo que podía engendrar una concurrencia ilícita o un monopolio y todo lo que de una forma o de otra, podía  alterar, por consideraciones económicas, la pureza del "arte":  el honor de la guilda y el orgullo que inspiraba su actividad  constituían las bases sólidas, inmateriales de estas  organizaciones([15]) que, aun no siendo institucionalmente  hereditarios, amenudo se convertían en tales, demostrando así la  fuerza y el carácter natural del principio generador de las  castas([16]).
Así se reflejaba, incluso en el orden de las actividades inferiores ligadas a la materia y a las condiciones materiales de  la vida, el modo de ser de una acción purificada y libre,  teniendo su fides, su alma viviente, que la liberaba de los lazos  del egoismo y del interés vulgar. Además, se establecía un lazo natural en las corporaciones, entre la casta de los vaishas ‑que en términos modernos, equivaldría a los empleadores‑ y la casta de los shudra, que correspondería a la clase obrera. El espíritu de solidaridad casi miliar, sentida y querida, que, en una empresa común, hacía aparecer el vaisha como el jefe y el shudra como el simple soldado, excluían la antítesis marxista entre el capital y el trabajo, entre empleadores y empleados. Cada uno realizaba su función y ocupaba su justo lugar. En las guildas alemanas, a la fidelidad del inferior correspondía el orgullo que extraía el superior de un personal dedicado con celo a su tarea. Aquí también, la anarquía de los "derechos" y las "reivindicaciones" no apareció más que cuando la orientación espiritual íntima declinó, y la acción realizada por sí misma, fue sustituida por los  intereses materiales e individualistas, la fiebre multiforme y  vana engendrada por el espíritu moderno y por una civilización  que ha hecho de la economía un "demonio" y un destino.
Por otra parte, cuando la fuerza íntima de una fides cesa de  estar presente, cada actividad pasa a definirse según su aspecto  puramente material, mientras que la diversidad de las vías unidas por una misma dignidad, es sustituida por una diferenciación real según el tipo de actividad. Esto explica el carácter de las  formas intermedias que revisten algunas organizaciones sociales,  como por ejemplo, la esclavitud antigua. Por paradójico que esto pueda parecer a los ojos de algunos, en el marco de las civilizaciones donde la esclavitud fue más ampliamente practicada, era el trabajo lo que definía la condición de esclavo y no lo contrario. Cuando la actividad en los estratos más bajos  de la jerarquía social, no fue dirigida  por un significado espiritual, cuando en lugar de acción existió solamente trabajo, el criterio material no podía dejar de tomar la iniciativa y estas actividades, en tanto que ligadas a la materia y unidas a las necesidades materiales de la vida, debían  aparecer como  degradantes e indignas para un hombre libre. El "trabajo  podía ser, en consecuencia solo un asunto de esclavos, casi un castigo y, recíprocamente, no se podía contemplar para un esclavo otro dharma que el trabajo. El mundo antiguo no despreció el trabajo porque conoció la esclavitud y porque fueran los esclavos quienes trabajaban, sino al contrario, es por despreciar al trabajo, que desprecia al esclavo; ya que aquel que "trabaja" no puede ser más que esclavo, este mundo quiso esclavos y distinguió, constituyó y estableció una clase social cerrada  para la masa de aquellos cuya forma de existencia no podía expresarse más que mediante el trabajo([17]). Al trabajo como pena oscura relacionada con las necesidades de la carne, se oponía la acción: uno, polo material, pesado, animal, el otro, polo espiritual libre, separado de la necesidad, de las posibilidades humanas. En los hombres libres y entre los esclavos, en el fondo, no se encuentra sino la cristalización social de las dos maneras de vivir una acción ‑según su materia o bien ritualmente‑ de la que ya hemos hablado: es aquí donde hay que buscar la base ‑reflejando ciertamente algunos valores tradicionales‑ del desprecio al trabajo y del concepto de jerarquía propias a las constituciones de tipo intermedio de los que se trata aquí y que se encuentran sobre todo en el mundo clásico, donde fueron la actividad especulativa, el ascesis, la contemplación ‑el "juego" en ocasiones y la guerra‑ quienes expresan el polo de la acción frente al polo servil del trabajo.
Esotéricamente, los límites impuestos por el estado de esclavitud  a las posibilidades del individuo que nacía en este  estado, corresponden a un "destino" determinado, del que el nacimiento  debe ser considerado como una consecuencia. Sobre el plano de las  transposiciones mitológicas, la tradición hebraica no está muy  alejada de una concepción similar, cuando considera el trabajo  como la consecuencia de la "caida" de Adán y, al mismo tiempo,  como la "expiación" de esta falta transcendental en el estado  humano de existencia. En cuanto al catolicismo, busca, sobre esta  base, hacer del trabajo un instrumento de purificación, lo que  corresponde en parte a la noción de ofrenda ritual de la acción  conforme a la naturaleza de cada ser (en este caso, a la naturaleza de un  "caido" según el aspecto de la visión hebraico‑cristiana de la  vida), ofrenda concebida como vía de liberación.
En la antigüedad, frecuentemente eran los vencidos quienes debían  asumir las funciones de los esclavos. ¿Se debió a un puro  materialismo de costumbres bárbaras? Si y no. Una vez más, no  hay que olvidar esta verdad que impregnaba el mundo de la Tradición: nada sucede aquí abajo, que no sea un símbolo y un efecto concordante de acontecimientos espirituales; entre el espíritu y la realidad (y también la potencia) hay una íntima relación. Como consecuencia particular de esta verdad, ya hemos indicado que la victoria o la derrota no fueron nunca considerados como un mero azar. La victoria, tradicionalmente,  implicaba siempre un significado superior. Entre las poblaciones  salvajes subsiste aun, y con un relieve particular, la idea  antigua que el desgraciado es siempre un culpable([18]): los  desenlaces de cada lucha y también cada guerra, son siempre  signos místicos, resultados, por así decir, de un "juicio  divino", capaces de revelar o realizar, un destino humano.  Partiendo de aquí, si se quiere, se puede ir más lejos, y ver  una convergencia trascendental de sentidos entre la noción del  "vencido" y la noción hebraica del "culpable", de la que acabamos  de hablar, uno y otro ligados al destino que conviene al dharma del esclavo, el trabajo. Esta convergencia se evidencia también  en que la "falta" de Adán puede referirse a la "derrota" sufrida por él en una aventura simbólica (intento de apropiarse del fruto del "Arbol") que habría podido tener un desenlace victorioso. Existen, en efecto, mitos donde la conquista de los frutos del "arbol", o cosas simbólicamente equivalentes (por ejemplo la  "mujer", el "toison de oro", etc...) se consigue y conduce a  otros héroes (por ejempo Heracles, Jason, Siegfried), no a la maldición, como en el mito hebraico‑cristiano, sino a la inmortalidad o a la sabiduría trascendente([19]).
En el mundo moderno, se ha denunciado la "injusticia" del régimen de  castas, se han estigmatizado aun más las civilizaciones antiguas que conocieron la esclavitud, y se ha considerado como un mérito de los tiempos nuevos haber afirmado el principio de la "dignidad humana". Pero se trata, aquí también, de pura retórica. Se olvida que los europeos mismos reintrodujeron y mantuvieron hasta el siglo XIX, en los territorios de ultra‑mar, una forma de esclavitud a menudo odiosa, que el mundo antiguo casi nunca conoció ([20]). Lo que es  preciso poner de relieve, es que jamás una civilización practicó la esclavitud en tan gran escala,como la civilización moderna. Ninguna civilización tradicional tuvo jamás masas tan numerosas condenadas a un trabajo oscuro, sin alma, automático, a una esclavitud que no tiene siquiera en contrapartida la alta estatura y la realidad tangible de figuras de señores y dominadores, sino que se encuentra impuesta de una forma anodina por la tiranía del factor económico y las estructuras absurdas de una sociedad más o menos colectivizada. Y el hecho es que la visión moderna de la vida, en su materialismo, ha restado al individuo toda posibilidad de introducir en su destino un elemento de transfiguración, un signo y un símbolo, y la esclavitud de hoy es la más lúgrube y  desesperada  que jamás se haya conocido. No es pues sorprendente que las fuerzas oscuras de la subversión mundial hayan encontrado en las masas de esclavos modernos un instrumento dócil, adaptado para la consecución de los fines: aquí donde han triunfado los inmensos "campos de trabajo", se quiere practicar metódica, satánicamente, la servidumbre física y moral del hombre en vistas a la colectivización y al desarraigo de todos los valores de la personalidad.
Para terminar, añadiremos a nuestras consideraciones anteriores  sobre el trabajo contemplado en tanto que arte, en el mundo de la Tradición, algunas breves indicaciones sobre la cualidad orgánica y funcional de los objetos producidos. Gracias a esta cualidad constante, lo bello aparecía no como algo separado o limitado a una categoría privilegiada de objetos artísticos, y nada presentaba un carácter puramente utilitario y mercantil. Todo objeto tenía una belleza propia y un valor cualitativo, al igual que tenía su función en tanto que objeto útil. Mientras que, de un lado, se verificaba "el prodigio de la unificación de los contrarios", "las más absoluta sumisión a la regla consagrada, en la cual parecería deber morir, ahogado, todo impulso personal, conciliándose con la más franca manifestación de la espiritualidad, tan duramente comprimida, en una auténtica  creación personal", de otro lado se ha podido justamente decir:  "Todo objeto no lleva ciertamente la impronta de una personalidad  artística individual, como ocurre hoy con los "objetos  artísticos", sino que revela sin embargo un gusto "coral" que hace  del objeto una de las innumerables expresiones similares, imprimiéndoles el sello de una autenticidad espiritual que impide llamarlo copia([21]). Tales productos atestiguaban una  personalidad estilística única desarrollada durante siglos  enteros; incluso cuando se ha podido conocer un nombre, real, o bien ficticio y simbólico, esto carecía de importancia: el anonimato no desaparecía([22]), sino que albergaba un carácter no sub‑personal sino supra‑personal. Tal era el terreno sobre el cual podían nacer y proliferar, en todos los dominios de la vida,  creaciones artesanales tan alejadas del triste "utilitarismo" plebeyo como de la belleza "artística" extrínseca y afuncional,  escisión que refleja el carácter inorgánico de la civilización  moderna.
Notas
([13])WALTZING, op. cit., v. I, pag. 257, sigs. 
([14])O. GIERKE, Rechtsgeschichte der deutschen Genossenschaften,  cit., v. I, pag. 220, 226, 228, 362‑5, 284.
([15])GIERKE, Op. cit., v. I, pag. 262‑5, 390‑1.
([16])En Roma los colegios profesionales se convirtieron en  hereditarios en el curso del siglo III a. J.C. Cada miembro  transmitió entonces a sus herederos, con la sangre, su profesión  y sus bienes, condicionados por el ejercicio de esta profesión. Cf. WALTZING, op. cit., v. II, pag. 4‑5, 260‑265. Pero esto fue realizado por vía de la autoridad, por medio de leyes centralizadas impuestas por el Estado romano y no se puede decir que las castas, así constituidas, hayan sido verdaderamente conformes al esíritu tradicional.
([17])ARISTOTELES (Pol., I, iv, y sigs.) fundaba la esclavitud  sobre el postulado de que hay hombres aptos solo para el trabajo  psíquico y que deben ser dominados y dirigidos por los otros. Según él, esta relación era la del "bárbaro" frente al "Heleno". Así mismo, la casta hindú de los shudra (los siervos) correspondía en el origen a la raza negra aborigen ‑o "raza enemiga" dominada por los arya‑ a la cual no se reconocía otra posibilidad mejor que la de servir a las castas de "los dos veces nacidos".
([18])Cf. LEVY‑BRUHL, La mentalité primitive, cit., pag. 316‑331.
([19])Cf. EVOLA, La Tradición hermética, cit. introd.
([20])Es preciso señalar, por lo demás, que en América la  verdadera miseria de los Negros empezó cuando fueron  liberados y  se encontraron en la situación de proletarios sin raices en el  seno de una sociedad industrializada. Como "esclavos", bajo un  régimen paternalista, gozaron en general de una mayor seguridad  económica y de una mayor protección. Es por ello que algunos  estiman que la condición de los trabajadores blancos "libres", en  Europa, fue, en la época, peor que la suya. (Cf. p. ej. R.  BASTIDE, Les religions africaines au Brésil, passim.
([21])G. VILLA, La filosofia del mito secundo G. B. Vico, Milán,  1949, pag. 98‑99.
([22])Cf. Ibid., pag. 102.

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte . 14. La doctrina de las castas)
Julius Evola

Trabajo y Economía en el mundo moderno II (A. K. Coomaraswamy)

Estamos familiarizados con dos escuelas contemporáneas de pensamiento sobre el arte. Por una parte tenemos una autodenominada «elite» muy reducida que distingue entre las «bellas» artes y el arte como manufactura especializada, y que valora en mucho estas bellas artes en tanto que autorrevelación o autoexpresión del artista; Por consiguiente, esta elite basa su enseñanza de la estética en el estilo, y centra la llamada «apreciación del arte» en la manera más que en el contenido o la verdadera intención de la obra. Estos son nuestras profesores de Estética y de Historia del Arte, que se felicitan por la ininteligibilidad del arte a la vez que lo explican psicológicamente, sustituyendo el estudio del arte de un hombre por el estudio del hombre mismo; y estos guías de ciegos son seguidos gustosamente por una mayoría de artistas modernos, a quienes halaga naturalmente la importancia que se atribuye al genio personal.

 Por otra parte tenemos la gran mayoría de los hombres sencillos que no están realmente interesados en las personalidades artísticas, y para quienes el arte, como se ha definido arriba, es más bien una peculiaridad que una necesidad de la vida, y de hecho no tienen ningún uso para el arte.

Y frente a estos dos tipos tenemos una visión del arte normal, aunque olvidada, que afirma que el arte es el hecho de hacer bien, o de ordenar correctamente, cualquier cosa que se necesite hacer u ordenar, ya sea una estatuilla, un automóvil o un jardín. En el mundo occidental, ésta es específicamente la doctrina católica del arte; doctrina cuya conclusión natural, en palabras de Santo Tomás, es que «no puede haber ningún buen uso sin arte». Es más bien evidente que si las cosas que se requieren para el uso, ya sea un uso intelectual o físico, o, bajo condiciones normales, ambos, no están hechas correctamente, no pueden saborearse, entendiendo por «saborear» algo más que el mero hecho de que nos «gusten». Por ejemplo, una comida mal preparada nos sentará mal; y de la misma manera, las exhibiciones autobiográficas, o cualquier otro tipo de exhibiciones sentimentales, debilitan  necesariamente la moral de aquellos que se alimentan de ellas. El patrón sano no está más interesado en la personalidad del artista que en la vida privada de su sastre: todo lo que necesita de ellos es que estén en posesión de su arte.

 Esta serie de conferencias se dirige al segundo tipo de hombres que hemos definido arriba, a saber, al hombre llano y de mentalidad práctica que no tiene ningún uso para el arte, a saber, para el arte según lo exponen los psicólogos y lo practican la mayoría de los artistas contemporáneos, especialmente los pintores. El hombre llano no tiene ningún uso para el arte a menos que sepa de qué se trata o para qué es. Y hasta aquí, tiene toda la razón; si no trata sobre algo y no es para algo, no ningún uso. Y, además, si no trata sobre algo —más, por ejemplo, que la preciosa personalidad del artista—, y no es para algo que valga la pena tanto para el patrón y el cliente como para el artista y hacedor mismo, no tiene ningún uso , y no es más que un producto de lujo o un mero ornamento. En base a esto, el arte puede ser rechazado como una mera vanidad por un hombre religioso, como una superfluidad costosa por el hombre práctico, y como una parte esencial del conjunto de la fantasía burguesa por el pensador de clase. Por consiguiente, hay dos puntos de vista opuestos, uno de los cuales afirma que no puede haber ningún buen uso sin arte, y el otro, que el arte es una superfluidad. Obsérvese, sin embargo, que estas expresiones contrarias se afirman con respecto a dos cosas muy diferentes, que no son la misma por el mero hecho de que a ambas se les haya llamado «arte». Demos ahora por aceptada la visión históricamente normal y religiosamente ortodoxa de que, así como la ética es la «manera correcta de obrar», el arte es «hacer bien cualquier cosa que se necesite hacer» o, simplemente, «la manera correcta de hacer las cosas»; y dirigiéndonos ahora a aquellos para quienes las artes de la personalidad son superfluas, preguntemos si el arte no es después de todo una necesidad.

 Una necesidad es algo de lo que no podemos permitirnos prescindir, cualquiera que sea su precio. No podemos entrar aquí en cuestiones de precio; sólo diremos que el arte no necesita ser caro, y no debería serlo, excepto en la medida en que se emplean materiales costosos. Es en este punto donde surge la cuestión crucial de la manufactura para el provecho frente a la manufactura para el uso. En general, las cosas no se hacen bien y por consiguiente no son bellas, porque la idea de la manufactura para el provecho está estrechamente vinculada con la sociología industrial actualmente aceptada. Al fabricante le interesa producir lo que nos agrada, o lo que puede inducirnos a que nos agrade, sin considerar si nos conviene o no; como otros artistas modernos, el fabricante se está expresando a sí mismo, y sólo está sirviendo a nuestras necesidades reales en la medida en que hacerlo para poder vender. Los fabricantes y los demás artistas recurren por igual a la publicidad; el arte recibe abundante publicidad en las escuelas y universidades, en los «museos de arte moderno» y por parte de los marchantes de arte; y el artista y el fabricante fijan por igual el precio de sus mercancías acordemente a los que permite el tráfico. Bajo estas condiciones, como lo ha expresado tan bien el señor Carey, que participa en esta serie de conferencias, el fabricante trabaja para poder seguir ganando; no gana, como debería, para poder seguir fabricando. Sólo cuando el hacedor de cosas es un hacedor de cosas por vocación, y no meramente alguien que tiene un empleo, el precio de las cosas se aproxima a su valor real; y bajo estas circunstancias, cuando pagamos por una obra de arte diseñada para servir a un propósito necesario, tenemos el valor de nuestro dinero; y puesto que el propósito es un propósito necesario, ser capaces de poder pagar por el arte, o en otro caso estamos viviendo por debajo de un nivel humano normal; como viven hoy la mayoría de los hombres, incluso los ricos, si consideramos la calidad más que la cantidad. No es necesario agregar que el trabajador también es una víctima de la manufactura para el provecho; tanto es así que ha devenido una burla decirle que las horas de trabajo deberían ser más agradables que las horas de ocio; que cuando trabaja debería estar haciendo lo que le agrada, y que sólo en su tiempo libre debería hacer lo que debe —puesto que el trabajo está condicionado por el arte, y la conducta por la ética.

La industria sin arte es brutalidad. El arte es específicamente humano. Ninguno de esos pueblos primitivos, pasados o presentes, cuya cultura afectamos despreciar y nos proponemos enmendar, ha prescindido nunca del arte; desde la Edad de Piedra en adelante, todas las cosas hechas por el hombre, a menudo bajo condiciones penosas o de pobreza, han sido hechas por arte para servir a un doble propósito, a la vez utilitario e ideológico. Somos nosotros, que, hablando en términos colectivos al menos, disponemos de unos recursos ampliamente suficientes, y que no nos paramos ante el despilfarro de estos recursos, quienes por primera vez nos hemos propuesto hacer una división del arte: por una parte un tipo que ha de ser meramente utilitario, y por otra el tipo lujoso, y que omite enteramente lo que fue una vez la función más elevada del arte, a saber, expresar y comunicar ideas. Ha pasado mucho tiempo desde que la escultura se consideraba como el «libro» del hombre pobre. Nuestra palabra «estética» misma, de «aesthesis», «sensación», proclama nuestro abandono de los valores intelectuales del arte.

 El tiempo de que disponemos sólo nos permite tocar otros dos puntos. En primer lugar, aunque decimos que el hombre llano tiene razón al querer saber de qué trata una obra, y al pedir inteligibilidad en las obras de arte, no es menos cierto que se equivoca al pedir el parecido, y que se equivoca completamente al juzgar las obras de arte antiguo desde puntos de vista como el que implica la expresión común «esto era antes de que supieran nada de anatomía» o «esto era antes de que se descubriese la perspectiva». El arte se ocupa de la naturaleza de las cosas, y sólo incidentalmente, si lo hace alguna vez, de su apariencia; apariencia que oculta mucho más que revela la naturaleza de las cosas. La tarea del artista no es enamorarse de la naturaleza como efecto, sino considerar la naturaleza como la causa de los efectos. En otras palabras, el arte tiene mucha más afinidad con el álgebra que con la aritmética, y de la misma manera que se necesitan ciertas calificaciones si queremos comprender y saborear una fórmula matemática, así también el espectador tiene que haber sido educado como debe si ha de comprender y saborear las formas del arte comunicativo. Este es el caso, sobre todo, si el espectador ha de comprender y saborear obras de arte que están escritas, por decirlo así, en un lenguaje extraño y olvidado; lo cual se aplica a la mayoría de los objetos expuestos en nuestros museos.
Algunos han respondido a la pregunta «¿cuál es el uso del arte?» diciendo que el arte es por el arte mismo; y no deja de ser extraño que aquellos que sostienen que el arte no tiene ningún uso humano hayan subrayado al mismo tiempo el valor del arte. Trataremos de analizar las falacias que implica esto.
Antes nos hemos referido al pensador de clase que no tiene ningún uso para el arte y que está dispuesto a prescindir de él como parte esencial del conjunto de la fantasía burguesa. Si pudiéramos descubrir a un pensador tal, ciertamente estaríamos muy felices en estar de acuerdo con él en que toda la doctrina del arte por el arte, y todo el asunto del «coleccionismo» y del «amor al arte» no es más que una aberración sentimental y un medio de escapar de las cuestiones serias de la vida. Estaríamos muy dispuestos a estar de acuerdo en que cultivar meramente las cosas más elevadas de la vida —si el arte es una de ellas— en las horas de ocio que han de obtenerse mediante una mayor sustitución de los medios de producción manuales por medios mecánicos, es tan vano como pueda serlo el cultivo de la religión por la religión únicamente los domingos; y en que las pretensiones del artista moderno son fundamentalmente ilusorias y egóticas.
 Desafortunadamente, cuando descendemos a los hechos, descubrimos que el reformador social no es realmente superior a la ilusión de la cultura vigente, sino que sólo está irritado por una situación económica que parece privarle de esas cosas más elevadas de la vida que la riqueza puede proveer más fácilmente. Mucho más que ver claro lo que son, el trabajador envidia al coleccionista y al «amante del arte». La noción que tiene del arte el esclavo del salario no es más realista o práctica que la de un millonario, de la misma manera que su noción de la virtud no es más realista que la del predicador de la bondad por la bondad misma. No ve que si necesitamos el arte sólo  si es arte, y que si debemos ser buenos sólo si  y por ser buenos, el arte y la ética se convierten en meras materias de gusto, y no puede suscitarse ninguna objeción si decimos que nosotros no tenemos ningún uso para el arte porque no nos agrada, o que no tenemos ninguna razón para ser buenos, porque preferimos ser malos.
Si el uso y el valor no son de hecho sinónimos, es sólo porque el uso implica la eficacia, y, sin embargo, el valor puede otorgarse a algo ineficiente. San Agustín, por ejemplo, señala que la belleza no es simplemente lo que nos agrada, porque hay gentes a quienes agradan las deformidades; o, en otras palabras, valoran lo que en realidad es inválido. El uso y el valor no son idénticos en la lógica, pero en el caso de un sujeto perfectamente sano, coinciden en la experiencia; y esto lo ilustra admirablemente la equivalencia del alemán , «usar», y el latín , «disfrutar, saborear». Tampoco el dinero, la fama, o el «arte» pueden considerarse explicaciones del arte. El dinero no puede serlo porque, aparte del caso de la manufactura para el provecho en vez de para el uso, el artista por naturaleza, cuyo fin en vista es el bien de la obra que ha de hacerse, no trabaja para ganar, sino que gana para poder seguir siendo él mismo, es decir, para poder seguir trabajando en eso que él es por naturaleza; de la misma manera que come para poder seguir viviendo, en vez de vivir para poder seguir comiendo. En cuanto a la fama, sólo necesita señalarse que la mayor parte del arte más grande del mundo se ha producido anónimamente, y que si un trabajador sólo persigue la fama, «cualquier hombre digno debería avergonzarse de que las buenas personas sepan esto de él». En cuanto al arte, decir que el artista trabaja por el arte es un abuso de lenguaje. El arte es eso lo que un hombre trabaja, suponiendo que esté en posesión de su arte y que tenga el hábito de su arte; de la misma manera que la prudencia o la conciencia es eso por lo cual actúa bien. Ni el arte es el fin de su trabajo, ni la prudencia es el fin de su conducta.
Confusiones tales como éstas sólo son posibles porque bajo las condiciones establecidas en un sistema de producción para el provecho más bien que para el uso, hemos olvidado el significado de la palabra «vocación», y sólo pensamos en términos de «empleos». El hombre que tiene un «empleo» trabaja por motivos extralaborales, y puede ser completamente indiferente hacia la calidad del producto, del que tampoco es responsable; todo lo que quiere, en este caso, es asegurarse una participación adecuada en los beneficios esperados. Pero un hombre cuya vocación es específica, es decir, que está natural y constitucionalmente adaptado e instruido en un tipo u otro de hacer, aun cuando se gane la vida con este hacer, está haciendo realmente lo que más ama; y si es forzado por las circunstancias a hacer algún otro tipo de trabajo, aunque esté mejor pagado, este hombre es en realidad muy infeliz. La vocación, ya sea la del granjero o la del arquitecto, es una función; en lo que concierne al hombre mismo, el ejercicio de esta función es el medio más indispensable de su desarrollo espiritual, y en lo que concierne a su relación con la sociedad, es la medida de su dignidad. Exactamente en este sentido, Platón dice que «se hará más, y mejor, y con mayor facilidad, cuando cada cual haga sólo una cosa, de acuerdo con su genio; y esto es la justicia para cada hombre en sí mismo». La tragedia de una sociedad organizada industrialmente sólo para el provecho es que a cada hombre, en lo que él es en sí mismo, se le niega esta justicia; y una sociedad tal como ésta, literal e inevitablemente, hace el papel del Diablo con respecto al resto del mundo.
El error básico de lo que hemos llamado la ilusión de la cultura es la asunción de que el arte es algo que ha de hacer un tipo especial de hombre, y particularmente el tipo de hombre que llamamos genio. En oposición directa a esto, tenemos el punto de vista normal y humano de que el arte es simplemente la manera correcta de hacer las cosas, ya sean sinfonías o aeroplanos. En otras palabras, el punto de vista normal no asume que el artista sea un tipo especial de hombre, sino que todo hombre, que no es un mero holgazán y un parásito, es necesariamente un tipo especial de artista, habilidoso y contento con la hechura u ordenamiento de una cosa u otra de acuerdo con su naturaleza e instrucción.
Las obras de un genio tienen muy poco uso para la humanidad que, invariable e inevitablemente, no comprende, distorsiona y caricaturiza sus manierismos al tiempo que ignora su esencia. Lo que importa no es el genio, sino el hombre que puede producir una obra maestra. Pues, ¿qué es una obra maestra? Ciertamente, no es, como se supone comúnmente, un vuelo de la imaginación individual, más allá del alcance común de su propio tiempo y lugar, y más para la posteridad que para nosotros mismos; sino, por definición, una obra hecha por un aprendiz al cierre de su aprendizaje, obra con la que prueba su derecho a ser admitido plenamente en la cofradía de un gremio, o como diríamos ahora, en un sindicato, en calidad de maestro. La obra maestra es simplemente la prueba de competencia que se espera y se requiere de todo artista graduado, a quien no se le permite establecer su taller propio a menos que haya producido tal prueba. Del hombre cuya obra ha sido aceptada por un cuerpo de expertos practicantes, se espera que siga produciendo obras de idéntica calidad durante el resto de su vida; es un hombre responsable de todo lo que hace. Todo esto forma parte del curso normal de las cosas, y lejos de considerar las obras maestras como meras obras antiguas conservadas en los museos, el trabajador adulto debería avergonzarse si algo que él hace no llega al nivel de la obra maestra, o es menos que apropiado para ser expuesto en un museo.
El genio habita en un mundo suyo propio. El maestro artesano vive en un mundo habitado por otros hombres; tiene vecinos. Una nación no es «musical» porque haya grandes orquestas mantenidas en sus capitales y apoyadas por un círculo selecto de «amantes de la música», ni siquiera lo es porque estas orquestas ofrezcan programas populares. Inglaterra era un «nido de pájaros cantores» cuando Pepys podía insistir en una baja capacidad de la doncella para asumir un papel difícil en el coro de la familia, a falta de lo cual no sería contratada. Y si las canciones folklóricas de un país se recogen ahora entre las cubiertas de los libros, o como lo expresa el cantor mismo, «se meten en un saco», o si, de la misma manera, consideramos el arte como algo que hay que ver en un museo, no es que se haya algo, sino que sabemos que algo se hace , y nos alegraría preservar su memoria.
 Así pues, hay otras posibilidades de «cultura» distintas de las que consideran nuestras universidades y grandes filántropos, y otras posibilidades de realización distintas de las que pueden exhibirse en las galerías de pintura. No negamos que el pensador de clase pueda estar perfectamente justificado en su resentimiento contra la explotación económica; en cuanto a esto bastará señalar de una vez por todas que «el trabajador merece su salario». Pero lo que el pensador de clase, como hombre, y no meramente en su evidente papel de explotado, debe exigir y apenas se atreve a exigirlo nunca, es una responsabilidad humana por lo que hace. Lo que el sindicato debe exigir a sus miembros es un cumplimiento de maestro. Lo que el pensador de clase que no es meramente un victimario, sino también un hombre, tiene derecho a pedir, no es tener menos trabajo que hacer, ni poder dedicarse a un tipo de trabajo diferente, ni tener una participación mayor en las migajas culturales que caen de la mesa del rico, sino la oportunidad de que lo que hace por un salario le proporcione tanto placer como el que puede obtener en su propio jardín o en su vida familiar; en otras palabras, lo que debe exigir es la oportunidad de ser un artista. Ninguna civilización que le niega esto puede ser aceptada.
 Con o sin máquinas, lo cierto es que siempre habrá un trabajo que hacer. Hemos intentado mostrar que aunque el trabajo es una necesidad, no es en modo alguno un mal necesario, sino que, en el caso en que el trabajador es un artista responsable, es un bien necesario. Hasta ahora hemos hablado desde el punto de vista del trabajador, pero apenas es necesario agregar que depende tanto del patrón como del artista. El trabajador deviene un patrón tan pronto como procede a comprar para su propio uso. Y en cuanto a éste mismo como usuario, sugerimos que el hombre que, cuando necesita un traje, no compra dos trajes de confección hechos con género de mala calidad, sino que encarga un traje de buena tela a un sastre experimentado, es mucho mejor patrón y mejor filántropo que el hombre que se limita a adquirir una obra de un maestro antiguo y la regala a la nación. El metafísico y el filósofo también están implicados; uno de los principales cometidos del profesor de estética debería ser acabar con la superstición del «Arte» y con la del «Artista» como una persona privilegiada, de otro tipo que los hombres ordinarios.
 El explotado no debería resentirse sólo por el hecho de la inseguridad social, sino por la situación de irresponsabilidad humana que se le impone bajo las condiciones de la manufactura para el provecho. Debe darse cuenta de que la cuestión de la propiedad de los medios de producción es ante todo una cuestión de significación espiritual, y que sólo secundariamente es un problema de justicia o injusticia económicas. Mientras el pensador de clase proponga vivir sólo de pan, o aunque sea de pastel, no es mejor ni más sabio que el capitalista burgués a quien afecta despreciar; tampoco sería más feliz en el trabajo sustituyendo muchos amos por pocos. Mientras consienta en la inhumana deificación del «arte» implícita en la expresión «el arte por el arte», importa poco si propone prescindir del arte, o tener su parte en él. Que se sacrifique a sí mismo en el altar del «arte» no es más conductivo al fin último, y presente, de la felicidad del hombre que sacrificarse a sí mismo en los altares de una Ciencia, Estado o Nación personificados.
Por el bien de todos los hombres negamos que el fin del arte sea el arte por el arte. Por el contrario, «la industria sin arte es brutalidad»; y devenir un bruto es morir como hombre. En ambos casos se trata de carne de cañón; hay poca diferencia entre morir súbitamente en la trinchera o en una factoría día tras día.
La Filosofía cristiana y oriental del arte ( Cap IV ¿CUÁL ES EL USO DEL ARTE?)
A. K. Coomaraswamy