lunes, 8 de julio de 2013

La reencarnación . Hechos y fantasías


Whitall N. Perry: LA REENCARNACIÓN. HECHOS Y FANTASÍAS

 

La reencarnación, -tal como se entiende actualmente en el sentido de un retorno de las almas individuales a otros cuerpos aquí en la tierra- no es una doctrina india ortodoxa, sino tan sólo una creen­cia popular. (A.K. Coomaraswamy, Gradation, Evolution, and Reincarnation.)

 

Es curioso observar que este término de “reencarnación” se ha introducido en las traducciones de textos orientales solamente a partir de su propagación por el espiritismo y el teosofismo. (René Guénon, Le Voile d'Isis, 1928, pp. 389-390.)

 

“No hay nada nuevo bajo el sol”, y la reencarnación no es un invento del hombre del siglo diecinueve, cierta­mente; pero lo que hay en él de original es el sesgo peculiar que da a la doctrina.

En un mundo ya embriagado de copernicanismo y entonces lle­no del vértigo producido por el impacto del darwinismo, la reen­carnación surgió como estímulo de las aspiraciones de ciertas al­mas, más fuertes en sentimientos que en teología, empeñadas en resolver los difíciles enigmas de las diferencias hereditarias y las desigualdades sociales, de modo en cierta forma parecido a cómo la psicología profunda estaba empezando a emerger con un enfo­que intencionalmente clínico de los espinosos y viejos problemas del pecado y la culpa. Para aquellos que sentían que casi dos mile­nios de escatología cristiana herméticamente cerrada equivalían a la esclavitud, la aparente vindicación de las teorías reencarna­cionistas que llegaban a Occidente a través de traducciones de tex­tos orientales vino como un aire fresco de esperanza. Pitágoras y Platón de repente se vieron corroborados por las doctrinas del hinduismo y el budismo, y el “origenismo” fue entonces cual­quier cosa menos anatema.

Hubo quienes pudieron encontrar una consoladora confianza en la perspectiva de vivir sucesivas vidas en la tierra, con todas sus concomitancias “kármicas”, mientras que otros obtuvieron una satisfacción histórica más concreta en la contemplación de sus existencias anteriores como Ashoka, Alejandro Magno, Catalina de Médicis o Jeremy Bentham. Tampoco se admitía ya que la tierra fuese el único centro habitable del Universo: uno podía as­cender, a lo largo de la evolución kármica, por una serie de reen­carnaciones hacia formas de vida cada vez más elevadas en esferas tanto planetarias como imaginarias (según la escuela ocultista o espiritista de la que se fuera partidario), que culminaban en un cuerpo etéreo o “huevo áurico” glorificado; inversamente, uno podía también, claro está, descender de una esfera a otra a esta­dos cada vez más primitivos que terminaban en un insalubre limbo semiconsciente -el ineluctable desierto de las almas “orienta­das negativamente”.

Hubo quienes encontraron en la renovación de las formas vita­les de su alrededor el consuelo de volver a estar de nuevo con los viejos amigos y los parientes, por muy cambiadas que estuvieran las modalidades. Para los de otro credo, todavía, la comunicación con los muertos (en suspensión astral entre dos encarnaciones) -ahora que tal posibilidad había sido confirmada y experimenta­da de manera impresionante- resultó ser una confortación sufi­ciente, si al menos una vez la ansiedad de las guardias nocturnas podía ser compensada con un mensaje del más allá.

Sería mejor olvidar tales aberraciones y extravagancias si no fuera porque este legado ha pasado casi inalterado a nuestro siglo. “Un número sorprendente de pensadores distinguidos de todos los períodos de la historia han defendido la idea de las exis­tencias repetidas en la tierra, o bien la han considerado favorable­mente de vez en cuando”, dice el Prefacio de una obra reciente y abundantemente documentada sobre el tema (1). Y un etnólogo, J.H. Hutton, nos dice en la Encyclopaedia Britannica (14.ª edi­ción) que el alma, en las tradiciones germánicas, sale por la boca en forma de serpiente, comadreja o ratón, y, en la India, de insec­to. Para los bakongs de Borneo, sus muertos se reencarnan como osos panda, mientras que algunas tribus de Assam creen que las avispas y avispones son almas de los muertos, o que los cantores pueden convertirse en cigarras pero los demás tienen que volverse escarabajos. De creer a la misma autoridad, los akikuyus del Áfri­ca oriental se imaginan que las almas de los difuntos viven en los ficus, mientras que los nagas konyak de Assam están convencidos de que las almas pueden encontrarse en arquillas fálicas que con­tienen cráneos humanos. Cuando el mismo etnólogo nos dice que las almas de Tristán e Isolda se reencarnaron en forma de árboles entrelazados sobre sus tumbas, creemos también que Shakespeare pretendía que las estatuas erigidas en memoria de Romeo y Julieta fueran reencarnaciones de estos famosos amantes. Se trata siempre del mismo clásico error: el de confundir la realidad con el símbolo o, mejor, de la completa ignorancia del hecho de que existe siquiera un lenguaje de símbolos, basado en corresponden­cias que se encuentran en todo el Universo. Un monje tibetano puede identificar justificadamente una hermosa carpa dorada con un lama recién fallecido: el pez puede, en efecto, sugerir alguna cualidad del lama o indicar un estado paradisíaco que se ha alcan­zado. Y ningún indio americano confundiría nunca un animal o planta con su “secreto” -el mensaje que transmite para los que pueden entender este lenguaje.

Sería inoportuno recapitular aquí en detalle el tema estudiado a fondo por René Guénon en L'Erreur Spirite y en otros lu­gares. Tal y como él explica, la longevidad, la re-incorporación, la transmigración, la palingenesia, la metempsicosis y otros fenóme­nos (incluido el lado más siniestro relacionado con los residuos psíquicos y la posesión) han llegado a confundirse, por falta de definiciones y comprensión adecuadas, con lo que se llama reen­carnación. Y un tratamiento verdaderamente exhaustivo del tema tendría que empezar con un estudio sobre la naturaleza del alma misma, tan poco conocida por el hombre contemporáneo (2).

En resumen, la hipótesis reencarnacionista surge de la in­comprensión de las doctrinas de la transmigración (el paso del ser a otros estados de existencia) y la metempsicosis (la transferencia de elementos psíquicos de un ser a otro), y se basa ella misma en un doble error: 1º, que puede haber una continuidad del ego indi­vidual si abandona la condición humana y transmigra a través de sucesivos estados de existencia (3); 2º, que un ser (jîvâtmâ bhûtât­mâ) puede repetir un determinado estado. Ambas actitudes impli­can una escisión en la unidad de la Naturaleza Divina, mientras que la doctrina de los estados múltiples del ser presupone como corolario la unicidad del Principio Supremo: “Dios es a la vez Uno y todas las cosas”, dice Hermes; “no es que el Uno sea dos, sino que estos dos son uno; pues el todo que está hecho de todas las cosas es uno”. Mientras que la multiplicidad de nacimientos es el sino del sí pasible y engañado (bhûtâtmâ, que no es el Fulano-de-tal individual, salvo con referencia a una vida sola), el conoci­miento de los nacimientos sólo es predicado del Sí: “Él (Agni) co­noce todos lo nacimientos” (Rig Veda); “Oh Arjuna, tanto tú co­mo yo hemos pasado por muchos nacimientos. Yo los conozco todos, pero tú no los conoces, oh Parantapa” (Bhagavad Gîtâ); -”El hombre nace una vez, yo he nacido muchas veces” (Dîvânî Shamsi Tabrîz); -”Ningún hombre ha ascendido al cielo más que el que descendió del cielo” (S. Juan); -”Hay todavía un sólo nacimiento, por muy a menudo que el alma renazca en Dios, co­mo el Padre engendra su Hijo unigénito” (Eckhart). Es precisa­mente esta Persona engendrada una vez quien puede ser omnipro­genitora, luego omnipresente, y, así, necesariamente omnisciente y, por tanto, capaz de “recordar” sus nacimientos anteriores: ''Si hubiera realmente “otros”, o cualquier discontinuidad dentro de la unidad, cada “otro” o “parte” no sería omnipresente con res­pecto al resto, y el concepto de omnisciencia seria inconcebible” (Coomaraswamy: On the One and Only Transmigrant).

Para comprender la imposibilidad metafísica de que un ser (bhûtâtmâ) pase dos veces por el mismo estado, se puede seguir la demostración de René Guénon (en L 'Erreur Spirite, II, vi) y consi­derar los estados múltiples del ser en su simultaneidad como otras tantas modalidades del Sí en el que la sucesión es lógica o causal en vez de “cronológica” (la condición temporal, por lo demás, lo mismo que la espacial, es una particularidad de nuestro estado). El ser en cuestión se ve entonces “fragmentado” por un número indefinido de determinaciones, cada una de las cuales comprende un conjunto de condiciones que esencialmente componen un úni­co estado, de modo en cierta forma semejante a como puede de­cirse de un ser humano que contiene todas las posibilidades de su vida -y por extensión al estado terrenal, “embrionariamente”, incluso antes del nacimiento. Afirmar que el ser puede pasar dos veces por el mismo estado equivale, pues, a decir que puede ser determinado dos veces por la misma determinación -contradicción manifiesta-. En palabras de Guénon: “Dos po­sibilidades idénticas sólo serían una única y misma posibilidad; para que realmente fueran dos, tendrían que diferir en al menos una condición, y entonces no serían idénticas” (op. cit., p. 213). Cuando se habla de posibilidades idénticas, lo que importa no es el “accidente” de un nacimiento particular en un momento parti­cular dentro de un mundo determinado, sino que son las condi­ciones esenciales, que determinan íntegramente a ese estado en su totalidad como tal, las que cuentan como formadoras de un con­junto único. Sólo dentro de las porciones finitas de cualquier es­tado o “conjunto” puede haber lo que llamamos “repetición”, pues lo Infinito (que está necesariamente en el centro de cada es­tado en su arquetipo increado) por definición excluye toda repeti­ción. Cada estado, de hecho, puede considerarse resumido en un arquetipo estático cuyas posibilidades son agotadas para el ser que “deviene” este arquetipo, aun de modo periférico o fragmen­tario. Como lo expresa Heráclito: “No puedes sumergir tus pies dos veces en el mismo río, pues otras aguas están siempre fluyendo”. Y un signo para nosotros, en esta vida misma, lo constituye la absoluta irreversibilidad del tiempo.

Pero supongamos ahora que dejamos a un lado por un mo­mento esta exposición metafísica y aceptamos la posibilidad de existencias repetidas en la tierra: esto todavía nos enfrenta con una enseñanza que se encuentra en todas las tradiciones y que ha­ce parecer bastante académica a toda la cuestión de la reencarna­ción. Esta enseñanza es la de que de todas las posibilidades de existencia sin excepción que se han manifestado en el transcurso de un ciclo cósmico deben ser recapituladas en la consumación de este ciclo en una discriminación, cómputo o Día del Juicio final en la que la intención y destino últimos de cada ser creado quedan fijados para toda la eternidad (4), al menos según nuestros criterios de “duración”.

Todos los seres humanos (pues esto es lo que nos interesa aquí) que han logrado la salvación, son por ello absueltos de la partici­pación ulterior en la “Corriente de las Formas”, y no habría nin­gún motivo para que un ser rechazara la ilimitación de un estado supraformal a cambio del encarcelamiento en un estado de indivi­duación (la cuestión de los Bodhisattvas y Avatâras no entra en este contexto). ¿Quién, pues, se reencarnaría? No lo harían las al­mas del Purgatorio, porque su salvación final está asegurada, y toda prueba, cualquiera que sea, termina cuando tiene lugar el juicio general. Tampoco las almas de los condenados, puesto que las salidas del infierno están selladas, por cualquier término de duración que podamos medir.

Queda, pues, una categoría de personas ni bastante reales para ser “salvadas” ni bastante malvadas para ser “condenadas”; y se puede considerar la posibilidad de un estado de “limbo” en el que permanecen hasta la culminación del ciclo, momento en que son liberados o bien rechazados al samsâra (5): “Porque eres tibio, ni frío ni caliente, te arrojaré de mi boca”. En cualquier caso, no hay ninguna posibilidad de que obtengan un segundo nacimiento dentro del mismo ciclo o dentro de otro estado de existencia antes que el presente ciclo se complete y se rindan todas las cuentas en el Balance o equilibrio final (6). El Qur'an es inflexible en este punto: “Cuando viene la muerte a uno de ellos, dice: ¡Señor! ¡Hazme volver, para que pueda hacer el bien que dejé de hacer! ¡No! No son sino meras palabras; y detrás de ellos hay una barrera (bar­zakh) hasta el Día en que sean resucitados”. Y cuando llegue este Día de la Justicia, todo lo que tenga que ver con la reencarnación habrá perdido su urgencia, por decir lo menos: “Cuando se toque la trompeta no valdrá ningún parentesco, ni se preguntarán unos a otros” (Surah XXIII, 99-101).

La teología cristiana es igualmente inexorable: renacer en otros cuerpos, evitando así el Juicio, sería expiar pecados de los que uno no tiene conocimiento. “Además, no hay razón ninguna para creer que haya una nueva prueba después de la muerte. Pues en este caso, el hombre, que ahora es impulsado a la virtud por la in­certidumbre de la muerte y la certeza de la retribución eterna, sería tentado, por la perspectiva de una nueva prueba, a ceder a sus pasiones en la vida presente y aplazar su conversión y el servi­cio a Dios para después de la muerte... Por eso Cristo nos exhorta a trabajar mientras es de día, antes de que “llegue la noche (de la muerte), en la que nadie puede trabajar” (7) (W. Wilmers, S.J.: Handbook of the Christian Religion, N.Y., 1981, Sec. 210).

Volviendo ahora al destino de aquellos que son arrojados al samsâra (esa es la palabra: la pérdida del estado humano central es lo que Guénon llama “una posibilidad terrible”), las tradi­ciones “reencarnacionistas” enseñan que tales seres pueden pasar por eones de existencias periféricas antes que la bendición de un nacimiento central les caiga en suerte otra vez (8). Pero si conce­demos, para los efectos de nuestro argumento, que finalmente se alcanza un nacimiento central, y se alcanza en algún ciclo subsi­guiente de la humanidad terrestre, en algún futuro manvantara o incluso en un ulterior kalpa anterior al mahâ-pralaya, aun conce­diendo todo esto, todavía parece razonablemente remota la posi­bilidad de que este nacimiento coincida con ese momento trivial de todo el ciclo en el que las cuestiones acerca de la reencarnación adquieren alguna importancia.

Hay que hacer hincapié, para terminar, en que, para un orien­tal, esta “creencia popular” en la reencarnación se vuelve virtual­mente inocua por su herencia tradicional, que le lleva a intuir lo esencial sin enredarse en definiciones. Sin embargo, el occidental, cuya educación monoteísta le ha resguardado de estas perspecti­vas, es vulnerable cuando se ve expuesto a ellas, y, con sus facul­tades criticas y su imaginación pasional, es propenso a desviarías en direcciones tortuosas que pueden ridiculizar aparentemente la teología y las doctrinas tradicionales relativas a los estados póstu­mos del ser.

“No hay ninguna esencia particular que se reencarne”, dice el Milinda Pañha; y esto basta para recordar, como se afirma en el Satapatha Brâhmana, que los muertos han partido “de una vez por todas”.

 

NOTAS:

 

(1) Reincarnation: an East-West Anthology, compilada y editada por Joseph Head y S. L. Cranston, the Julian Press Inc., Nueva York, 1961.

(2) El hecho de que se pueda preguntar, aunque sea medio en broma, si las com­putadoras electrónicas podrán superar algún día a la inteligencia humana de­muestra como mínimo que la gente ya no sabe siquiera lo que es la consciencia.

(3) “No es necesario decir que el pensador budista rechaza la idea de un paso del ego de una encarnación a otra” (Dr. B. C. Law, citado por Coomaraswamy en Gradation); “Los Brâhmanas no saben nada de semejante doctrina” (Cooma­raswamy: On the One and Only Transmigrant). “Los budistas condenan la creencia de que el “yo” descansa en una base real o permanente cualquiera. Para ellos, el llamado individuo es un haz de activida­des, que se juntan y se disuelven y pasan a ser otras actividades. No contradicen, por supuesto, el hecho obvio de algún tipo de existencia casi individual dentro del mundo fenoménico de la Rueda. Esto seria absurdo. Pero niegan su realidad, diciendo que una vez que sus componentes se han disociado, la individualidad también deja de ser, puesto que ninguno de estos componentes tienen derecho a actuar como núcleo de ella o a seguir llevando su nombre” (Marco Pallis: Peaks and Lamas, p. 159).

(4). Cf. Guénon: El Reino de la Cantidad, cap. XXIV (Trad. esp.: Ed. Ayuso, Madrid, 1976).

(5) Limbus significa “margen” o “borde”, lo que asocia la idea etimológica­mente con los estados de existencia periféricos.

(6) Lucano, en la Farsalia, cita una enseñanza de los druidas según la cual, “la muerte es el centro, no el final, de una larga vida”.

(7) San Juan, IX, 4.

(8) Se utiliza la imagen de una tortuga sumergida en el mar a la que se permite sa­lir a la superficie una vez cada cien años. En el océano flota una tabla con un agujero. Cuando la tortuga y la tabla sean situadas por las corrientes del destino en una posición tal que la tortuga consiga introducir el cuello en el agujero, en­tonces se obtendrá un nacimiento central.

 

 

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