martes, 1 de febrero de 2011

¿ Quien no ha sido alguna vez heterodoxo? (José Belmonte Díaz, Diario de Ávila 30-102011)

OPINIÓN
DIARIO DE ÁVILA
DOMINGO 30 DE ENERO DE 2011


¿Quién no ha sido alguna vez heterodoxo?

(Ávila en la memoria,
José Belmonte Díaz)

El pasado verano acompañé con Adolfo Yáñez de inimaginable guía, a la profesora y pedagoga pa
lentina María Pescador Grajal, en una ruta inolvidable. Destino: Arenas de San Pedro, capital de la Andalucía de Ávila. María desconocía la belleza de las tie­rras de Ávila. Adolfo fue nuestro anfi­trión. Es capaz de improvisar y llenar los oídos de músicas celestiales con su ver­bo fácil y trenzado de bellas e insospe­chadas florituras. Es un gran conversa­dor, y capaz hasta de improvisar una conferencia -ya ha sucedido- cuando el conferenciante se ha visto impedido de acudir a la cita.

Bajando el Puerto del Pico, entre to­millos y jaramas, a través del barranco de las Cinco Villas, nos habló de su obra Heterodoxos y olvidados, a la que daba los últimos retoques, volvimos a hablar sobre aquel ensayo, a la sombra del Cas­tillo de la Triste Condesa.

Allí, en Arenas, aprovechó para ob­tener un testimonio gráfico del Conven­to de Carmelitas con la sierra de Gredos al fondo. En su cementerio reposan las cenizas de Carmen Díez de Rivera, «la musa de la transición», bella y excepcio­nal, que Yánez describe como «mujer de latir convulso y generoso.». Adolfo Yáñez, la considera heterodoxa de nues­tro tiempo yen verdad lo fue. En Arenas, duerme el último sueño, reposa «arro­pada por los murmullos de piñas y em­balsamada por aromas de jara».

El arevalenseYáñez es un excepcio­nal poeta. ¡Qué gran libro Playas interio­res! que, en noches de soledad -en mí son todas- nos aquieta, nos hace encon­trar o añorar sueños perdidos. Ahora, la compartiremos, en noches en blanco, con Heterodoxos y olvidados que, en vi­sión casi cinematográfica , cuidada pro­sa y precisión léxica impecable, refleja, mejor diríamos nos transporta o nos su­merge en las vidas de tantos y tantos he­terodoxos que están en el baúl de los ol­vidos. De todos y cada uno, y de otros que no retrata, como Baruch Spinoza y su impronta en Amsterdam, quisiéra­mos saber más. Nos conformaremos con los olvidados personajes que nos brinda. Su olvido se ha producido, en gran parte, por su disconformidad con el mundo que les circundaba, extorsio­nador, impenitente. Ellos, cruzaron o atravesaron, o gozaron- ¿por qué no de­cirlo?- el mundo de la heterodoxia en España y singularmente en Ávila.

En el ensayo no ha de tomarse su tí­tulo como un tratado sobre herejes o que sustentaran doctrinas no conformes con el mundo católico, aunque existan algu­nos encasillados en este sentido, sino en el sentido más amplio de disconformi­dad con la doctrina fundamental de cual­quier sistema. Yen esta acepción, hete­rodoxos seríamos legión. Emite sem­blanzas de hombres y mujeres, marginados en el tiempo en que les tocó vivir y hoy muchos de ellos, olvidados.

En su obra, desfilan desde «Masones abulenses» que «tuvieron el coraje de remar contracorriente», hasta el último, Daniel González Linacero, asesinado en
Arévalo durante nuestra guerra. ¿Cómo es posible que este brillante pedagogo fuese asesinado solo por ser maestro y por atreverse a censurar la enseñanza que se daba en su tiempo? Y que aquel «activista» de la cultura muriese acribi­llado por la delación de un sacerdote pa­lentino.

Adolfo Yánez no reduce el mundo de los heterodoxos a hombres y mujeres contemporáneos. En su ensayo desfilan también figuras como Prisciliano, el mancebo de Arévalo, la beata de Pie­drahíta, el judío arevalense afincado en Ámsterdam Abraham Gómez Silveira, Sagasta, Ciges Aparicio, los hermanos Cuesta... y no podía estar ausente la fi­gura de Jorge Ruiz de Santayana, «alma de Ávila, filósofo del mundo».

La descripción que hace Yáñez del Santayana universal de Boston es una maravilla.
En reciente conferencia presentada por la Asociación de Vecinos Puerta del Alcázar bajo el título 'Personajes de Ávila en el Siglo XX' nos detuvimos en el pro­fesor de Harvard. Y desde allí, pese a su lejanía de Ávila, la ciudad fue para él un poderoso imán.Y con este señuelo o aro­ma embriagador, el abulense trenzó su extensa e inigualable obra filosófica: Per­sonas y lugares, Mi anfitrión el mundo. . .

Ávila sirvió para Santayana de esce­nario de fondo de sus escritos: Catedral, plazas, callejas, Sonsoles, Valle de Am­blés... Santayana -decíamos- se explaya y se pregunta y se contesta a sí mismo sobre las cosas de los abulenses, e inclu so intenta tratar de desentrañar su ata­vismo, el porqué de su religiosidad, su estoicismo. Son profundas reflexiones sobre el alma de los moradores de esta ciudad , como lo eran su inhóspito vivir, su arraigado conformismo, sus penas y sus miserias y sus contadas alegrías y, hasta sus convencionalismos. Ávila des­pertó en él emociones: «por naturaleza -escribía- Ávila es esencialmente un «oppidum», una ciudad amurallada, una ciudad catedralicia, toda grandiosi­dad y granito...».

Ávila le acogió en su regazo una de­cena de años, y siguió habitándola en espíritu desde todas las lejanías. En fin, mejor que mis palabras sobre Santaya­na, son las de Adolfo Yánez en la sem­blanza que de él hace en su obra. A su muerte en Roma, en un hospital de reli­giosas, El Diario de Ávila publicó sobre este gran genio un comentario: 'Límites de un elogio'. No le cita Yáñez. Posible­mente no conoce aquella triste necro­lógica -valga la redundancia- porque es cruel y despiadada. Yo, humildemente, hoy a mas de medio siglo de su muerte -lo hace Adolfo magistralmente- quiero recordar su figura. La obra deYánez ten­drá la acogida que merece. Los tiempos han cambiado. Dijo Eugenio d'Ors, co­mo la inmortalidad, siempre ha sido precedida por el sacrificio. Es el caso de Jorge de Santayana y el de tantos y tan­tos heterodoxos y olvidados. Nos queda el consuelo de Pericles: «Los hombres ilustres, tienen por sepulcro la tierra eterna».

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